"Un bello pecado: Aurora, Eli...

By AllainFanfics

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Después de salvar al mundo y derrotar al Culto de Diabolos, Cid Kagenou pensó que tendría una vida tranquila... More

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Un año había pasado desde la gran batalla. El Culto de Diabolos, aquella amenaza que se extendió como una sombra sobre Midgar y más allá, había sido reducido a escombros. Su derrota trajo una era de paz, un silencio extraño para quienes se habían acostumbrado a la tensión de la guerra. La gente reía en las calles, los mercados prosperaban y los reinos respiraban tranquilos.

Y allí, en medio de todo, estaba Cid Kagenou, un joven de diecinueve años que, por primera vez, no tenía un plan maestro ni un enemigo oculto contra el cual conspirar.

Su apartamento en la capital era modesto pero cómodo: un espacio de un solo cuarto con una cama bien tendida, un escritorio lleno de papeles garabateados y una cocina pequeña donde apenas cocinaba. Pasaba las mañanas entrenando, las tardes leyendo o vagando por la ciudad y las noches durmiendo profundamente, algo que en los viejos días rara vez ocurría.

“Qué aburrido”, murmuró una mañana mientras desayunaba pan duro y café. No era el tipo de aburrimiento malo, sino esa sensación de vacío cuando todo parece demasiado tranquilo.

En teoría, había logrado lo que siempre quiso: vivir como una persona más, un mob entre la multitud, sin destacar. Pero había un problema. Ahora que no existía el Culto, no había más batallas secretas que librar, ni escenarios perfectos que representar. Era como si la función hubiese terminado y él se hubiera quedado en el escenario, mirando al público sin saber qué decir.

—Tal vez debería trabajar… —pensó en voz alta, recostado en la silla.

Lo más sencillo sería acudir a Gamma y pedir un puesto en Mitsugoshi. No era ningún secreto que, con su nombre, le abriría cualquier puerta de la compañía. Pero eso significaba aceptar responsabilidades, títulos, ganancias y fama. Cosas que, por naturaleza, rechazaba.

Aun así, no podía ignorar lo que sentía: un estancamiento extraño. Claire, su hermana, se había unido a los Caballeros Oscuros y rápidamente se estaba ganando fama. La gente la señalaba con respeto y orgullo, y aunque Cid no lo admitiera en voz alta, le molestaba un poco.

—¿Qué diablos estoy haciendo yo? —se rascó la cabeza con fastidio.

El joven salió a caminar. La capital estaba más viva que nunca. Los vendedores ofrecían frutas frescas y baratijas, los niños jugaban en las calles, los bardos cantaban sobre héroes que habían salvado al mundo. Lo gracioso era que, en muchas de esas canciones, el “héroe” tenía detalles que recordaban sospechosamente a Shadow. Cid sonrió de lado, aunque solo él sabía la verdad.

Se detuvo en una plaza donde un grupo de jóvenes entrenaba esgrima bajo la mirada de un instructor. Recordó cuando él mismo se entrenaba a escondidas, perfeccionando técnicas absurdas mientras fingía ser un simple mob. Ese chico ya no estaba allí. Ahora era un adulto, con más poder del que jamás había soñado, y sin una meta clara para usarlo.

Time skip;

La idea de un festival cercano lo sorprendió días después. Un vecino le comentó que en dos semanas se celebraría uno, lleno de puestos de comida, juegos y fuegos artificiales. No era su estilo participar en cosas llamativas, pero la curiosidad le picó. ¿Por qué no? Quizás ahí encontraría un poco de emoción en su rutinaria vida.

Esa tarde, de regreso en su apartamento, se tumbó en la cama y dejó que sus pensamientos fluyeran. ¿Qué haría de ahora en adelante? ¿Seguiría ocultándose tras la fachada de un mob? ¿O permitiría que el mundo lo reconociera por lo que realmente era?

Recordó a Claire, con su espada alzada, luchando con orgullo en nombre de Midgar. Recordó a Alexia, siempre ambiciosa. A Rose, que había tomado un camino propio. Y luego, inevitablemente, recordó a las sombras, aquellas que lo seguían sin importar qué, que habían jurado servirlo.

Pero él… ¿qué quería realmente?

—No soy un héroe, no soy un salvador —murmuró mientras miraba el techo—. Solo soy Cid Kagenou.

El silencio lo envolvió. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía el impulso de representar un papel ni de planear en secreto. Había madurado, aunque no lo reconociera del todo. Las máscaras ya no le eran tan necesarias.

Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Tal vez no necesitaba decidir nada aún. Tal vez lo mejor era simplemente vivir, paso a paso, y ver a dónde lo llevaba el camino.

Pero algo, en lo profundo de su corazón, le decía que la paz nunca duraba demasiado. Que el destino tenía preparado un nuevo escenario para él, uno donde no serían las sombras ni el culto sus rivales, sino algo mucho más complicado: los sentimientos.

La noche cayó sobre la capital. Desde su ventana, Cid observó las luces que iluminaban las calles. El murmullo de la gente, las risas y los pasos resonaban en la distancia. El mundo estaba en calma, y él, al fin, podía disfrutar de esa calma.

Sin embargo, mientras cerraba las cortinas, un pensamiento fugaz cruzó por su mente:

—Quizás… me haga falta algo de emoción.

Sonrió sin darse cuenta. Como si el universo hubiera estado esperando esas palabras, una chispa invisible se encendió en el aire. En pocos días, se encontraría con alguien que cambiaría todo.

Alguien a quien no esperaba volver a ver.





---






Las calles de Midgar estaban decoradas con faroles de papel, sus llamas cálidas oscilando suavemente en la brisa nocturna. El festival anual atraía a nobles, plebeyos y viajeros por igual, todos mezclados entre el bullicio de los puestos de comida, juegos y música. Cid caminaba sin prisa, las manos en los bolsillos y la mirada distraída, como si su mente estuviera muy lejos de aquel escenario festivo.

“Un año después del Culto… y sigo igual. Nada de nuevos enemigos, nada de conspiraciones ocultas. ¿Así se siente la normalidad? …Qué aburrido.”

Suspiró, dejando escapar un bostezo. El sonido de los fuegos artificiales a lo lejos apenas logró sacarlo de su ensimismamiento. Cid nunca fue un amante de las multitudes, pero había terminado ahí empujado por la insistencia de una carta de su madre. “Sal un poco, socializa, diviértete”. Más fácil decirlo que hacerlo.

Sin embargo, algo llamó su atención: una figura femenina entre la multitud, envuelta en un elegante yukata azul con bordados plateados. Su cabello oscuro caía sobre los hombros y una ligera sonrisa iluminaba su rostro mientras observaba los faroles. Era Aurora.

El corazón de Cid dio un vuelco extraño, uno que él mismo se negó a reconocer. Caminó hacia ella con naturalidad fingida.

—Vaya sorpresa —murmuró con una media sonrisa—. No esperaba encontrarte en un festival.

Aurora giró hacia él, y sus ojos negros brillaron con picardía.
—¿Y qué tiene de malo? Hasta los pecados necesitan un respiro de vez en cuando.

Cid arqueó una ceja.
—¿Eso significa que estás aquí para comer takoyaki, o para tentar a alguien a caer en tus redes?

—¿Por qué no ambas? —respondió ella con un guiño juguetón.

Cid no pudo evitar una leve risa. La naturalidad con la que Aurora se movía entre la gente, su gracia envuelta en ese atuendo tradicional, resultaban hipnóticas. Terminó caminando a su lado, casi sin darse cuenta.

Se detuvieron en un puesto de tiro con arco. Aurora observaba con curiosidad cómo los niños intentaban derribar blancos con flechas de madera.
—Me pregunto qué tan difícil será —comentó.

Cid, con su eterna aura de indiferencia, tomó un arco improvisado y disparó sin siquiera apuntar demasiado. El proyectil dio de lleno en el centro del blanco.

El encargado del puesto quedó boquiabierto.
—¡Impresionante, joven! Puede elegir el premio que quiera.

Aurora lo miró con una sonrisa ladeada.
—Presumes demasiado, ¿lo sabías?

—No es presumir si es verdad —contestó él, encogiéndose de hombros.

Eligió un pequeño amuleto en forma de flor y, sin pensarlo demasiado, se lo tendió a Aurora. Ella parpadeó sorprendida antes de aceptarlo.
—Gracias… No esperaba un gesto así de ti.

—No lo pienses demasiado —replicó Cid con el rostro ligeramente girado, ocultando un rubor apenas perceptible.

La noche continuó entre juegos y risas. Aurora insistió en probar todos los dulces: dango, algodón de azúcar, manzanas acarameladas. Cid, aunque refunfuñaba en voz baja, terminaba pagando y compartiendo cada bocado con ella. Había algo extraño en la manera en que todo se sentía… natural.

Cuando los fuegos artificiales comenzaron, ambos se alejaron de la multitud para encontrar un lugar tranquilo en la colina cercana. El cielo se iluminaba con destellos rojos, dorados y azules, reflejándose en los ojos de Aurora.

Ella permaneció en silencio un instante, como si estuviera atrapada entre los recuerdos y el presente. Finalmente, habló en voz baja:
—Es curioso… Hace un 4 años estaba atrapada en una prisión eterna, creyendo que jamás volvería a sentir algo tan simple como esto. Y ahora… estoy aquí contigo.

Cid la observó de reojo.
—No parece tan malo, ¿verdad?

—No… —susurró ella, con una leve sonrisa melancólica—. Aunque… sé que esto es un error.

—¿Error?

Aurora giró hacia él, y sus rostros quedaron a apenas unos centímetros.
—Estar aquí, contigo, riendo, compartiendo una noche como esta… es un pecado hermoso. Y los pecados siempre se pagan caro.

El silencio entre ellos fue interrumpido por un estruendo de fuegos artificiales que llenó el cielo con una lluvia de luces plateadas. Cid no apartó la mirada de ella. Por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él parecía tambalear, como si su habitual indiferencia se resquebrajara.

Aurora, notando su titubeo, sonrió con dulzura y se incorporó.
—No te preocupes, Cid. Aún no es momento de pagar. Esta noche… solo disfrutemos.

Él asintió, aunque en el fondo no entendía bien qué sentimiento lo recorría. Ansiedad, atracción, peligro. Quizás una mezcla de todo.

La velada terminó con ambos caminando lado a lado de regreso a la ciudad, sin decir palabra. Solo el eco lejano de los fuegos artificiales acompañaba sus pasos.

Aurora apretaba en su mano el amuleto que Cid le había regalado, y en sus labios se dibujaba una sonrisa que oscilaba entre lo dulce y lo prohibido.

Mientras tanto, Cid se preguntaba en silencio:
“¿Qué se supone que haré con mi vida… si ella está en medio de todo?”

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