El placer de corromperla

By VioletaQueen_

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Él no olvida, menos a un traidor. Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo aband... More

Sinopsis
Preludio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84

Capítulo 27

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By VioletaQueen_

En cuanto los labios del hombre se posaron sobre los suyos, todo en ella comenzó a temblar de formas inexplicables. Estaba nerviosa, pero sobre todo expectante de lo que iba a pasar ahí. No estaba del todo segura de si daría un enorme paso con él...

Un pequeño gemido escapó de sus labios en el momento en que sus piernas fueron separadas lo suficiente y su cuerpo casi se estrelló con el otro que la abrazó de inmediato por la cintura. El beso se rompió con un pequeño sonido húmedo y él se alejó, no sin antes darle un pequeño beso en la frente antes de salir.

No pasaron siquiera tres minutos para que él volviera a entrar a la biblioteca. Se acercó con pasos de un depredador y volvió a atacar sus labios con benevolencia, una que la volvía loca con cada movimiento. La biblioteca estaba sumida en un silencio; el sonido de las ramas de los árboles, del hermoso bosque que se mostraba detrás de ellos, era el hermoso contraste que hacía todo más evidente.

Al estar sentada en el borde de la mesa, sus piernas colgaban de la misma, aunque las fue abriendo poco a poco para que él se fuera metiendo entre ellas.

—¿Quieres que continúe? —llevó ambas manos al cuello de la chica—. Podemos detenernos...

—Quiero continuar...

Jadiel le dio un beso en la mejilla antes de tomar los bordes del vestido. Ella respiró hondo antes de echarse sobre la mesa, como si fuera una postal, su largo cabello extendiéndose por una gran parte de la mesa. Dejó que él tomara asiento en una de las sillas, luego que la tomara de las piernas y las abriera con suspicacia.

En ningún momento imaginó que estaría en la biblioteca con las piernas abiertas, con el hombre que se suponía que debía darle miedo, pero que en ese momento le daba otra cosa. Jadiel se levantó de la silla y la tiró al suelo antes de acercarse a sus labios. Su braga desapareció y esperaba tenerla de regreso y no como las otras que desaparecían por arte de magia.

Sus brazos rodearon el cuello del hombre que la besaba y que subía poco a poco su vestido hasta detenerse en la altura de su ombligo. Una de las cosas que más le mantenían la mente en otros lados era el hecho de que él siempre respetaba sus límites...

—Espere un momento —ella lo detuvo—. ¿Puso cámaras aquí?

—¿Qué? —Jadiel detuvo sus movimientos—. ¿Que si puse cámaras?

—Usted pone esas cosas donde sea y...

—Pero sí borré los videos de la cocina. —Jadiel le pellizcó el labio inferior—. Y no, no he tenido tiempo de poner las cámaras en este sitio.

—Bien.

Jadiel negó con la cabeza y fue hacia su clavícula, dejándole pequeñas marcas ahí y bajando sus besos por encima del vestido y elevando un poco más sus piernas para tenerla a la altura de su boca. En la posición en la que Nadja se encontraba, a lo mejor sería incómoda si no se usaba de inmediato, pero como él estaba decidido a volver a usar su boca, pues le daba lo mismo.

Las manos del mafioso se movieron por su cuerpo, deteniéndose por breves momentos en las marcas que sobresalían, y cuando estaba por ir más allá de su trasero, le apretó la muñeca para detenerlo. No había palabras en ese momento; la biblioteca se consumía con ellos ahí, tocándose de mil y una maneras. Se suponía que la biblioteca era nada más y nada menos que para fines de lectura, pero no; el estreno de la misma, en lugar de ser un libro que estuviera leyendo, era con el hombre entre sus piernas, recorriendo su cuerpo con sus enormes manos.

—Si te sientes incómoda en esta posición, me dices...

—Sí...

—Puedes llamarme por mi nombre —besó su rodilla—. De todos modos, he sido el único que te ha estado dejando marcas que me gusta ver y remarcar...

Ella supo que se trataba de las dos mordidas que estaban en la parte interna de sus piernas y le daba la sensación de que dejaría otras más en esa parte.

—¿Vas a marcarme? —Ella movió sus deditos, los cuales sin querer terminaron por tocar la oreja del mafioso—. Lo siento, es que me dio cosquillas...

—¿Oh, en serio? —besó sus dedos—. Vamos a ver qué tal.

La pobre mujer terminó chillando cuando, de la nada, ya tenía en sus dedos moviéndose por su pierna y, de nada, se encontraba sentada.

—¿Qué...?

—Antes había usado mi lengua, ahora usaré mis dedos.

No necesitaba un lubricante; su vagina ya estaba chorreando y la mesa empapándose desde que iniciaron los besos. Jadiel paseó un dedo por sus labios vaginales, luego por su clítoris, el cual estaba bastante húmedo, y ni hablar de lo hinchado que estaba ahí. El primer dedo entró y fue demasiado para ella. Jadiel la miraba fijamente a los ojos, no le apartaba la mirada, siquiera cuando lo vio de un modo en el cual hiciera movimientos a la par con el pulgar sobre su clítoris.

Su respiración nuevamente se volvió errática mientras esos dedos se movían de forma sincrónica y cuando se le unió otro más, lo que provocó que se volviera un manojo de gemidos.

De forma involuntaria, lo jaló del cuello de la camiseta y lo besó, arqueándose un poco por la diferencia de altura. Ahogaba poco a poco sus gemidos provocados por los dedos que se movían con maestría y porque su cuerpo se contoneaba alrededor de ellos. Jadiel la agarró por detrás del cuello, tocando puntos en ese sitio que hicieron que todo en ella se rompiera.

Su pecho estaba subiendo y bajando sin poder evitarlo. Separó sus labios del hombre que la penetraba con sus dedos. Echó su cuello hacia atrás, apoyándose con la ayuda de su mano, lo que él aprovechó para rodearla casi por completo con su brazo libre.

Nadja gimoteó cuando tocó esa parte en ella que le hizo ver estrellas y tuvo que pasar saliva en seco ante las sensaciones de placer que estaba experimentando. Jadiel paseó su lengua por el largo del cuello y aceleró los movimientos con sus dedos.

—Oh, por favor...

Escuchó la risa ronca del hombre antes de que le diera un pequeño empujón en la mesa, regresándola a su estado original con su cabellera reposada por el largo de la mesa. Nadja apoyó sus pies en los bordes y, sorprendiendo al mafioso, recogió su vestido, sujetándolo contra su abdomen, donde le dio una vista de sus dedos aún dentro de ella, su entrada mojada y sus labios vaginales hinchados.

—Toda una obra de arte... —le susurró el hombre antes de estirarse un poco más y besarla.

Con sus dedos en su interior moviéndose, le arrancó gemidos de placer que se iban perdiendo de a poco contra sus labios. Ella metió sus manos entre la camiseta del hombre y arañó su espalda cuando el placer se hizo presente con más frecuencia. Cada jodido punto de su ser que era tocado por Jadiel se sentía de una u otra manera demasiado bueno para ser cierto.

No supo si era porque el deseo la estaba corrompiendo o si se sentía tan bien hacer ese tipo de cosas sin sentir asco y que le dijeran que era una obesa asquerosa, pero Jadiel no la estaba tratando como un pedazo de carne que podía quitar del camino siempre que quisiera.

—¿Bien?

—Sí... muy bien —se pegó más a él.

Jadiel dejó un beso en su mandíbula, después en su cuello y fue bajando poco a poco, hasta detenerse en sus senos, los cuales besó por encima del vestido, ya que ella se había tensado creyendo que iba a verla desnuda. Continuó bajando hasta su abdomen, deteniéndose en su monte de Venus antes de sacar sus dedos y levantarla por los muslos como la tenía primero. Ella chilló asustada, pero no dijo nada.

Ella se bajó el vestido un poco cuando creyó que Jadiel se iba a mover; no quería que viera esa parte de su cuerpo a esas alturas. Le daba pavor que terminara por vomitarle encima en cuanto se diera cuenta de que no era hermoso a simple vista.

—Está bien. —Le dio unas palmaditas en la pierna—. Todo está bien.

Ella asintió; sin embargo, se mantuvo firme en dar su mano donde estaba. Jadiel no puso objeción ante eso y le abrió un poco más las piernas desde su posición y lamió los fluidos que estaban bajando por ambas piernas.

—Lo siento...

—Te dije que está bien —levantó la mirada hacia ella—. Recuerda decirme si te molesta esta posición —le indicó. —Soy mucho más alto que tú.

—Sí, estoy bien.

Jadiel asintió y prosiguió a llevar su lengua hasta la entrada de la chica, jorobándose un poco para que le fuera más fácil sobrellevar. Las ramas de los árboles se movían sin más detrás de él. Su figura sobresalía de entre todas las cosas que había en la biblioteca y lo único que se podía escuchar eran los jadeos altos y los gemidos de la mujer que se sostenía el vestido con una mano y con la otra se agarraba del borde de la mesa para seguirle el ritmo.

Nadja dedujo que él no iba a tardar mucho en introducir ese órgano lujurioso que siempre notaba cuando le sonreía de diferentes maneras, porque llegó a creer que Jadiel, cuando estaba con ella, le mostraba diferentes facetas de sonrisas.

Con la ayuda de sus dedos dentro de ella, sus labios hicieron lo suyo en su botoncito, sin darle tiempo a pensar con claridad. Ella abrió sin evitarlo los dedos de sus pies, golpeando la mesa con la palma abierta y cerrando los ojos. Su cuerpo se movía de arriba hacia abajo sobre la mesa, encontrándose con cada movimiento con los dedos y la lengua del hombre que buscaba que ella dejara salir todo.

Una de las manos del mafioso fue a parar a su muslo, apretándolo un poco mientras su rostro se metía más y más entre ellos. Su lengua, que movía de un lado a otro, le erizó todos los vellos de la piel. Aunque gran parte de su espalda se encontraba suspendida en el aire, continuaba moviéndose a la par del mafioso.

Jadiel parecía no querer siquiera tomar aire; su boca y sus dedos continuaban dentro de ella de una forma que la hizo suspirar en más de una ocasión. Llegó un punto en el que sus paredes se contrajeron y él lo notó porque sus dedos se quedaron aprisionados y su lengua sintió que sus labios se hincharon más.

Los nudillos de sus manos se volvieron blancos, los dedos de sus pies comenzaron a doler y su cuerpo estaba tenso. La mano que la apretaba se movió de arriba hacia abajo, como si tratara de que dejara de tensarse.

Nadja se asustó un poco y, en el momento que imaginó que iba a desmayarse, él la soltó con calma sobre la mesa y volvió a besarla, solo que en esa ocasión tenía su propio saber y sus dedos continuaban moviéndose con maestría dentro de su cuerpo.

Su cuerpo comenzó a tensarse al grado de que su espalda se arqueó, tanto que sus uñas se clavaron en los antebrazos del hombre que continuaba sobre ella y sus dientes mordieron con fuerza el labio inferior del mafioso. Sus fluidos terminaron por embarrar parte del brazo de Jadiel, y este, en lugar de echarse para un lado, se quedó allí, sin dejar de mover sus dedos con una habilidad única.

Sus ojitos cansados se cerraron poco a poco; su pecho subía y bajaba con una rapidez única. Él sacó sus dedos poco a poco y la sentó en la mesa para que no se durmiera.

—No te duermas —le agarró por las mejillas—. Tan preciosa.

—¿Eh?

—Que es hora de ir a cumplir cada uno con sus labores —respondió Jadiel ayudándole a bajar—. Yo tengo que terminar de arreglar lo de mi viaje.

Ella asintió y buscó con la mirada su braga; incluso buscó debajo de la mesa porque ya había perdido la cuenta de las veces que estas se le perdían por su descuido.

—No encuentro mi braga... otra vez. —Ella se alisó el vestido con una mano—. La necesito.

—Después se busca —él la agarró de la mano—. Vamos.

Nadja se dejó llevar por él hasta el exterior de la biblioteca; ni siquiera le soltó la mano para cerrar la puerta. Caminaron de regreso por el pasillo y, creyendo que iba a bajar, se apresuró; sin embargo, él la detuvo.

—¿Sucede algo?

—Iremos a mi habitación.

Fue todo lo que le dijo antes de llevarla por el pasillo que daba a otras habitaciones.

El pensar que él la estuviera llevando hacia su habitación era demasiado; ni siquiera durante los pocos meses que llevaba en esa casa había subido a ese piso, menos sus hijos; siempre era desde la habitación de Natacha hacia abajo.

—Entra.

Ella se quedó mucho sin entender, pero de todos modos entró a la habitación primero que él. Las luces estaban bajas, así que cuando Jadiel tocó uno de los botones de la pared, todo el lugar se iluminó de inmediato. La habitación era de tonos oscuros, demasiados, a decir verdad, pero con toques minimalistas.

—Es enorme. —Ella examinó todo el lugar, caminando con pasos lentos—. Muy bonita.

—La cama también es grande... —Señaló él con una pequeña sonrisa burlona.

—¿Eh? —lo miró sin entender...

—Que el baño está por aquí.

La guio por el camino que daba hasta el baño y de una de las gavetas sacó un cepillo de dientes sin usar.

—Yo...

—No irás a ver a tus hijos de ese modo —le recogió el cabello con la misma goma que ella tenía en su muñeca—. Lávate los dientes; si tienes que usar el baño para otras cosas, hazlo...

—Yo lo haré abajo, gracias. —Ella lo cortó tratando de no sonar bruscamente.

—Como digas.

Lo vio sacar un cepillo de detrás del espejo y, luego de untarlo con pasta de dientes, hizo lo mismo con el de ella. El baño era igual a la habitación en la decoración, por lo que esperaba que no se enojara si ensuciaba algo ahí.

Se lavó los dientes con el hombre a su lado; la diferencia de altura continuaba siendo la misma y su mente se encontraba hecha un lío con lo que estaba ocurriendo en su vida. No obstante, dejaría pasar sus inquietudes por el momento para cuando él regresara de su viaje.

Una vez que se aseguró de que su boca estaba higienizada, lavó el cepillo de dientes, solo que cuando estaba por llevárselo con ella, él se lo quitó y lo colocó junto con el suyo detrás del espejo.

—Uno nunca sabe —fue toda la respuesta que obtuvo de él por ese gesto.

—Está bien.

Jadiel organizó algunas cosas y la llevó hasta el exterior de la habitación.

—¿Cuándo se irá? —Ella detuvo sus pasos en el primer escalón que daba al segundo piso—. Dijo que se irá de viaje hoy.

—Me iré en un par de horas. —Él se inclinó hacia ella—. ¿Ya me extrañas?

—No diga esas cosas...

—Baja, voy a verte desde aquí —la instó a bajar, ya que era capaz de regresar con ella a la biblioteca y él tenía que limpiar el desastre—. Iré a buscarte en un rato con los niños para mostrarles otra cosa.

—Sí...

Ella se estiró un poco y le dio un beso en la mejilla que lo dejó sorprendido; después bajó las escaleras. La siguió muy de cerca, hasta que ella desapareció por completo de su campo de visión.

Sin saber que Natacha había estado mirándolos desde una de las columnas.

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Dejó su equipaje en la puerta, donde uno de sus guardias lo llevó de inmediato a su camioneta, indicándole que debían tener todo listo para su viaje. Era casi de noche, por lo que debía darse prisa lo antes posible.

—Espero que tu madre esté bien. —Natacha se echó aire con su abanico—. Sin duda alguna, le gustará cómo está quedando su precioso jardín.

—Ya me imagino todo lo que dirá cuando lo vea en las fotos que mandé a tomarle y también el invernadero. —Jadiel asintió—. Ella no puede venir aquí...

—Sé que la proteges por lo que pasó; sin embargo, en algún momento ella vendrá a verte, así como hace tu hermana. —Su abuela negó con la cabeza—. Ahora bien, quiero que sepas una cosa, y es que debes andar con calma...

—Hago todo como se debe...

—Sabes que me refiero a lo de Nadja, no soy idiota y nadie en esta casa lo es —masculló Natacha—. Sé que buscas crear rumores; matas a quien sea.

—Para que no digan que me estoy ablandando —sonrió con arrogancia—. Lo que haga con ella es cosa mía; que quede claro ese punto.

—No me meto en tu vida, pero le tomé mucho cariño y a los pequeños también...

—Pensé que eras una cosa sin corazón —bromeó él, a lo que ella lo miró mal—. En verdad, es que todo el amor era para mi mamá.

—Vete a trabajar.

Jadiel le dio un beso en la frente antes de dejarla ir a saber Dios a dónde. Seguro iría a una de esas cenas extrañas con sus amigas. Buscó en la cocina a Nadja, supo que el invernadero estaba cerrado a esas horas y ya faltaba poco para que terminaran de hacer los arreglos tanto en el exterior como en el interior del mismo.

Caminó hacia la habitación donde ellos estaban quedándose y los encontró viendo televisión. Nadja estaba justamente saliendo del baño con una bata de dormir y los niños ya tenían sus pijamas puestas.

—Buenas tardes, señor. —Nadja entrelazó sus dedos—. ¿Desea algo?

—¿Se van a dormir a esta hora? —frunció el ceño—. Son apenas las cinco de la tarde.

—Veremos un maratón de películas —informó—. Erik nos puso una de esas, ¿plataformas de streaming? Creo que así se les dice a dónde podemos ver películas y series...

—Sí, es así —asintió—. Vengan, les quiero mostrar algo.

—¿Es lo que me dijo temprano? —Nadja se emocionó—. Pensé que no...

—¿Temprano? —Leyna preguntó—. ¿Cuándo fue eso?

—Me lo encontré en el pasillo de la cocina —Nadja explicó—. Vamos.

Ni él mismo se inventaba una mentira tan descarada y, por la cara de Demyan, supo que el niño ni se creía ese cuento. Dejó que pasaran primero; les dijo que irían al piso de arriba porque lo que debía mostrarles se encontraba ahí.

—¿Y podemos subir al tercer piso? —Demyan agarró el brazo de su hermana—. Nos dijeron que no podíamos...

—Suban, soy quien los está llevando.

Ambos niños se miraron entre ellos; de todos modos, subieron los peldaños que les quedaban y él los llevó al pasillo donde había puesto la biblioteca para Nadja. Sacó el juego de llaves de su bolsillo, introdujo la llave correspondiente y encendió las luces.

Los tres restantes se quedaron sorprendidos al ver lo que tenían ahí. Eran todos sus juguetes colocados en áreas diferentes una de la otra. Los juguetes de Leyna estaban apartados de los de Demyan, por lo que ambos niños podían jugar si querían estar juntos o separados.

—¿Es para nosotros? —Demyan miró a su mamá—. Creo que se confundió...

—Todo lo que ven aquí es para usted —Jadiel instó a que continuaran viendo—. Es una habitación solo para ustedes dos; por el momento no veo a otros niños aquí y mis sobrinas no usan juguetes de hombres.

—¿Son todos los juguetes? —Leyna hizo un puchero.

—Sí, son todos los juguetes y un par de cosas más que compré —él se encogió de hombros—. La biblioteca está cerca; sin embargo, Natacha me informó de que vendrá alguien a darles unas pequeñas clases para después saber en qué grado están y mandarlos a la escuela.

—Es mucho...

—Es algo mínimo...

—Voy a traer a mi bebé a la casa —Leyna soltó de repente y todos se le quedaron mirando—. Es un espacio grande y cabe muy bien. Le estoy enseñando modales.

Jadiel miró a la pequeña cosita molesta con cara de pocos amigos; sin embargo, antes de que pudiera decir algo, ella y su hermano comenzaron a ver cosas nuevas. Nadja se mantenía observando todo a su alrededor.

—Ven. —Jadiel la tomó del brazo para sacarla de la habitación—. Tú ya no tienes nada, porque ya te hice toda una biblioteca privada...

—Escuché a Erik quejarse con Natacha de que lo tenía trabajando sin descanso y que no le sube el sueldo. —Nadja cortó sus palabras y Jadiel se ofendió.

—Ese desgraciado es el que más gana —bufó—. Solo pedí su ayuda; algunas cosas las quité de esa habitación; sin embargo, el baño continúa igual...

—Comprendo —ella se mordió el labio inferior—. ¿Y vamos a poder venir cuando no esté?

—Podrán venir las veces que gusten. —Jadiel ladeó un poco la cabeza—. Hay otros regalos que les daré, solo que no los he terminado.

—¿Qué es?

—Ya te dije que sí es un regalo, no se debe decir lo que hay dentro —sonrió un poco de lado—. Ya me voy. ¿No me darás un beso de despedida? —Se inclinó hacia ella, pero Nadja dio pasos hacia atrás—. ¿Qué ocurre?

—Ya no somos nada y las personas pueden comenzar a hablar cosas. —Nadja se notaba nerviosa—. Yo no quiero más problemas...

—Eso no tiene nada que ver y el que manda en esta casa soy yo —la alejó un poco más de la puerta—. ¿Quién dijo algo?

—Las empleadas siempre viven diciendo cosas de mí —movió sus dedos de manera nerviosa—. Ya pasé por mucho y solo quiero un momento de tranquilidad con mis hijos.

—¿Y no te lo doy?

—No.

—¿Pero...?

—Me dice que le diga todo con la verdad y después se enoja cuando lo hago —farfulló la chica—. Nunca hace nada y a mí nada más me queda ignorar a las otras personas.

—¿Cómo que no hago nada por ti?

—¿Cree que comprándome libros, cosas que me gustan, voy a dejar pasar el hecho de que le cuento que esas chicas me molestan y que ese guardia me pone nerviosa? —Nadja enarcó una ceja—. Pues no.

—¿Te estás poniendo caprichosa con tu esposo ahora?

—Ya le dije que no somos esposos y no me cambie el tema con eso de matrimonio —farfulló. Él notó cómo fruncía el ceño y sus pecas se pronunciaban más.

—¿Y por eso no me darás un beso de despedida? —Jadiel la agarró por las mejillas—. Eso suena cruel...

—Los esposos tienen anillos de matrimonio o joyas que los identifican —ella lo agarró de las muecas—. Usted es un joyero famoso y nunca me ha dado nada, así que no.

Jadiel se quedó en silencio. Sintió que fue un duro golpe, y más de la mujer que cinco meses atrás ni siquiera le sostenía la mirada. Sonrió de lado cuando por fin entendió.

—Conque me estás dando una lista de cosas que debo hacer para tener un beso, ¿no?

Ella asintió estando de acuerdo.

—¿No dijo que se tenía que ir? —Nadja se zafó de su agarre—. Que tenga un buen viaje.

Nadja se agachó lo suficiente y luego le pasó por el lado como si nada. Jadiel solo la miró desaparecer de su campo de visión antes de bajar las escaleras que daban al primer piso. Erik se quedaría con la administración de la mina; él haría cumplir con otras cosas y de paso a ver a su familia.

—Ya debes saber que Natacha contrató a esas personas —Jadiel se limpió las manos con un paño—. Te mantendré informado...

—Está bien, espero que resuelvas todo lo antes posible con tu familia —Erik mencionó—. Aparte de tu viaje, sé que lo haces para que tu madre no venga y por otra cosa más.

—¿Qué otra cosa?

—Para que no vea a Nadja aquí, tampoco a los niños —respondió con seguridad—. No soy idiota.

—Nunca dije lo contrario...

—Eres mi amigo, nos conocemos desde que nacimos, desde que mi abuelo y mi padre fueron cercanos a tu bisabuelo William —le recordó Erik—. Incluso, fuimos juntos durante años a la escuela; sin embargo, los empleados hablan...

—¿Qué estás tratando de decirme?

—Anika escuchó hablar a las chicas de la cocina que Nadja se pone de rodillas...

—Detente. —Jadiel chasqueó la lengua.

Lo quitó de su camino y caminó con pasos decididos hasta la cocina. Se suponía que no estarían haciendo nada al respecto porque Natacha estaría afuera; sin embargo, ahí estaban esas tres. Su plan era que fuera Nadja la persona que decidiera darles un buen golpe, que incluso les calara el cuchillo en la garganta; aun así, notaba que la chica se estaba conteniendo y la mayoría de los insultos ocurrían delante de los niños, por lo que ella nunca haría algo al respecto que pusiera a sus hijos en peligro.

—Se los diré una sola vez y espero que entiendan esto —Jadiel habló con calma—. Escucho otra vez rumores en los pasillos de mi casa y no me importará que su empleadora sea Natacha; yo mismo les meto un tiro entre las cejas.

—Señor...

—¿Te dije que hablaras? —agarró uno de los cuchillos—. Ahora me entero de que hablan de más de una de sus compañeras de trabajo y lo más chistoso de todo es que ella nunca habla mal de ustedes. —Las tres chicas se miraron entre ellas al verlo tan enojado—. Me entero otra vez de que hablaron de Nadja a mis espaldas o que esta conversación salió de la cocina y les corto la lengua —siseó—. Y créanme, que no desearán simplemente que les corte la lengua, porque van a querer morir luego de que las lleve al bajo mundo... donde pagan muy bien por las perras mudas que cumplan fetiches.

Clavó el cuchillo en el mesón y fue directamente hasta su auto. Le envió un mensaje a Natacha con lo que había pasado y apagó su celular.

—Ahora esa maldita mujer no me quiere dar un beso por cosas de las que yo no tengo la culpa, sino Natacha —murmuró para sí mismo—. ¿Qué se cree?

—¿Dijo algo, señor? —preguntó el chofer.

—No.

Llegó al aeropuerto privado que poseía y unos minutos más tarde ya estaba en marcha a Londres. Informó a su amigo que mantuviera todo en secreto, por el hecho de que no quería que nada saliera mal. Abrió su iPad y buscó en las cámaras de seguridad la figura de Nadja, encontrándola caminando por los pasillos de la casa. Tuvo que ponerse unos audífonos para escuchar las palabras que ella decía consigo misma.

—¿Y no me darás un beso? —Nadja movió sus manos de manera graciosa luego de intentar imitar su voz—. Sí, claro. Que vaya a besar a su mamá... —Hizo una pausa—. Sí, así lo dice el libro que leí.

En lugar de enojarse con ella, se mordió el labio, torció los labios, hizo una línea recta o cualquier cosa que lo ayudara a no reírse, pero era imposible.

—Ve a trabajar... ¿Así de lento piensas trabajar? —continuó imitándolo—. ¿Por qué estás aquí en lugar de trabajar? —bufó—. Como si él trabajara, se la pasa aquí y sale... y...

Y así siguió. No era la primera vez que la escuchaba hablar de ese modo; siempre era lo mismo con esa chica. Se pasó las horas del vuelo viendo los videos, los niños cenando, volviendo al cuarto de juegos y ella buscando libros en la biblioteca para estar con los niños.

El cielo nocturno de Londres llegó a su campo de visión y no se sorprendió al ver a uno de sus amigos ahí.

—Pero si es el hombre que casi era mi cuñado. —El piloto lo recibió con un abrazo—. Tu hermana se volverá loca cuando sepa que estás aquí.

—Imagínate vivir amargado toda tu vida, porque mi hermana nunca dejó de amar a su esposo. —Jadiel le dio un abrazo—. ¿Cómo has estado?

—Muy bien —el rubio rio—. Al menos puedes decir que tu hermana tiene los pantalones en la relación... Es un ídolo.

—¿Por qué mantuvo en la misma casa al examante y al esposo actual? —se jactó—. Estás peor que ella, Joshua.

—Touche. —Joshua rio—. Vamos, ya tengo la salida preparada y seré tu chofer por esta noche. Ya mi turno acabó...

—Supe que tienes una familia con una mujer extranjera...

—Sí, de la India, y es diez años mayor que yo. —Él asintió y le hizo una seña para que caminara—. Antes de que lo digas, nunca hubo sentimientos entre tu hermana y yo...

—Sé que mi hermana jamás tuvo sentimientos por ti...

—Buen punto.

Había varios hombres esperando por ellos, entre los cuales se encontraba el personal de la realeza y también sus hombres, que por nada del mundo los dejaba por fuera. La casa de sus padres estaba en un barrio exclusivo y, por la hora, debían estar cenando con sus hermanos gemelos. En total eran cinco hijos, pero con quien él más hablaba era con la loca de su hermana Jasha, la cual era la segunda en la línea.

Se despidió de Joshua una vez que pisó las puertas del hogar de sus padres; el chico seguía los mismos pasos de su padre... siempre a la disposición.

Tocó el timbre un par de veces antes de que la figura de su padre se hiciera presente. Verse a ambos era como ver a dos gotas de agua, con la única diferencia de que se llevaban dieciocho años y, por cosas de la vida, Jadiel prefería mantener distancia con él.

—Hijo...

—Papá —Jadiel asintió hacia él—. Buenas noches.

—Entra. —Jedward se hizo a un lado—. Tu madre se pondrá feliz de verte.

—Ya me imagino —entró con la maleta, dejándola a un lado—. ¿Dónde está?

—Sirviendo la cena...

Asintió hacia él y fue al comedor, donde se encontró con sus hermanos Ian y Xaniel.

—¡Hermano! —ambos corrieron hacia él—. ¡Mamá! ¡Llegó Jadiel!

Abrazó a sus hermanos y besó sus cabezas. Notando que ambos ya estaban bastante adultos, demasiado centrados en los negocios familiares, y agradecía que ninguno de ellos en algún momento le haya pedido ser parte de su vida. Escuchó los pasos apresurados de su madre y luego apareció delante de él.

—Hola, mamá...

—Oh, mi dulce bebé. —Dasha fue hacia su hijo—. Mira cómo tienes la cara —ella hizo un puchero—. ¿Quién fue el desgraciado que se atrevió a golpear a mi hijo de ese modo y dejarle el labio así?

—Fue una mamá tigre. —Jadiel la abrazó—. Te extrañé.

—Te dije que esos animales son un peligro andante. —Dasha correspondió su abrazo—. Debiste avisarme que vendrías.

—¿Para qué? Si ni siquiera me saludaste...

—Es que no me acostumbraré nunca a verte de ese modo tan golpeado. —Ella le giró el rostro hacia ambos lados—. Debes estar cansado... Puedes ir a tu habitación y dejar el equipaje.

—Eso haré. —Jadiel le dio un beso en la frente a su madre.

Su padre se quedó de pie mirándolo y, cuando le pasó por el lado, supo que no había mucho que decir entre ellos realmente. Agarró su maleta y subió a su habitación, dejando la maleta sobre la cama. Encendió su celular, solo para ver mensajes de Natacha de que se haría cargo de Erik, informándole que todo estaba bajo control en la mina y que mañana iría a cerrar unos contratos. Se quitó la camisa, al igual que el saco y la franela, dejando ver su torso desnudo...

Abrió su maleta para sacar algo que ponerse y trabajar desde ahí cuando la puerta de la habitación se abrió sin tocar y vio a su madre.

—Hijo, ¿vas a querer...? —Dasha cerró la boca de golpe al ver la espalda de su hijo—. ¿Qué es todo eso?

—¿Qué? —Jadiel se dio la vuelta rápidamente.

—Esas no son marcas de un tigre, Jadiel —Dasha entró a la habitación—. ¿Tienes novia y no me has dicho?

—No, mamá, no tengo novia —respondió con mucha seguridad.

—¿Estás seguro de eso? —Ella se veía preocupada—. Esas marcas no se ven...

—Sí, mamá, estoy seguro de que no tengo novia.

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