El consultorio siempre olía a café recién hecho y a madera vieja. No era un aroma elegido al azar: era la manera en que Larissa intentaba dar seguridad a quienes entraban con sus miedos a cuestas. Psicóloga de día, sombra de noche. Ese era el papel que había aprendido a representar sin que nadie lo sospechara.
Se miró en el espejo que colgaba junto al librero. El cabello recogido, los labios apenas pintados de un tono discreto, y la mirada fría que solo en apariencia transmitía calma. Había dominado el arte de esconder su verdad bajo sonrisas profesionales y silencios calculados. En su interior, había algo que jamás confesaba: la sensación de estar incompleta, como si el corazón latiera en un idioma prohibido.
La puerta se abrió con un golpe seco. No fue un paciente común. Fue ella.
—Perdón, ¿puedo pasar? —preguntó Perséfone, con un tono que no parecía pedir permiso, sino retar a que alguien se lo negara.
Larissa la observó unos segundos. La conocía solo por referencias: joven, directa, sin filtros. Una chica que hablaba demasiado fuerte para un mundo que prefería susurros. La invitó a sentarse frente a ella.
—Claro, toma asiento —dijo Larissa, con esa voz que usaba como escudo, suave, controlada.
Perséfone se dejó caer en el sillón, cruzando las piernas, como si no le importara estar en un consultorio ni las miradas que la juzgaran fuera de ahí. Sin embargo, en sus ojos había algo distinto: una herida que no se disfraza, una tormenta contenida que ni la insolencia podía apagar.
—No creo en estas cosas —soltó de golpe—. Pero me dijeron que viniera. Que "me hace falta hablar con alguien". —Hizo comillas con los dedos, burlona.
Larissa sonrió apenas, sin revelar nada más.
—Hablar a veces no es creer. Es solo... aprender a escucharse.
Perséfone se quedó callada. Una rareza. Sus labios temblaron, como si estuviera a punto de decir algo que pesaba demasiado. Pero al final, exhaló y miró hacia otro lado.
Ese silencio... Larissa lo reconoció. Era el mismo que ella llevaba dentro desde hacía años. Un silencio aprendido. El silencio de quienes han vivido cosas que no se pueden contar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Larissa sintió un eco peligroso: que tal vez esa joven, insolente y herida, podría atravesar las paredes que con tanto cuidado había construido alrededor de su corazón.