One Shots (+18) | Multifandom

Por Marlenaa92

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Historias breves sobre: - Steve - Joe Keery - Eddie - Joseph Quinn - Billy - Dacre Montgomery - Pedro Pascal ... Más

Introducción
Dacre Montgomery - Fiesta de máscaras - Parte 1
🌶️ Dacre Montgomery - Fiesta de máscaras - Parte 2
🌶️ Billy Hargrove - Destrúyeme
Pedro Pascal - Prohibido
Joseph Quinn - El trabajo me llevó hasta ti
🌶️ Steve Harrington - Celos
Joe Keery - To Caroline
🌶️ Eddie Munson - You need an animal
🌶️ Billy Hargrove - Socorrista - Parte 1
Billy Hargrove - Socorrista - Parte 2
🌶️ Joe Keery - Una noche de verano
Joseph Quinn - Vecinos - Parte 1
🌶️ Joseph Quinn - Vecinos - Parte 2
🌶️ Matty Healy - Cuenta pendiente
Dacre Montgomery - Maravillosa casualidad
Matty Healy - When we are together - Parte I
Matty Healy - When de are together - Parte II
Steve Harrington - ¿Por qué lo has hecho? - Parte I
🌶️Steve Harrington - ¿Porqué lo has hecho? - Parte II
🌶️Steve Harrington - ¿Porqué lo has hecho? Parte III
Steve Harrington - ¿Por qué lo has hecho? - Final
Carlos Sainz - Morenita
🌶️Joe Keery - Amor entre acordes
Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 1/5)
🌶️ Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 2/5)
Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 4/5)
🌶️Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 5/5)
🌶️Especial Navidad Joe Keery
Carlos Sainz Jr. - Un error de Cáculo - Parte I
🌶️Carlos Sainz Jr - Un error de cálculo - Parte II
Ferran Torres - Un chico enigmático

Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 3/5)

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Por Marlenaa92

Narra Elena:

Un mes después

Ya ha pasado un mes desde esa noche en que ocurrió todo. Treinta malditos días en que hemos hecho como que no ocurrió nada camuflándonos entre informes, misiones y discusiones sobre cualquier cosa menos hablar de eso. Treinta días evitando quedarnos a solas más tiempo del estrictamente necesario; aunque en cada pasillo estrecho, cada momento en un coche patrulla y cada misión el recuerdo de su boca, sus manos y su voz siguen ahí, como jodido recuerdo que no está dispuesto a desaparecer de mi mente.

No hemos vuelto a hablar de lo que pasó en aquel motel después de que le curase la herida del cuchillo. Tampoco puedo esperar otra cosa, después de todo Peña dejó claro que "esto no se va a repetir" y "esto no cambia nada", cosa en la que yo estuve de acuerdo con tal de no discutir más ese día. Y yo las promesas las cumplo, aunque no puedo mentir, a pesar de que mis tiranteces seguían con él, una parte de mi en ocasiones se ablandaba en cuanto recordaba sus labios sobre los míos y sus manos recorriendo cada parte de mi cuerpo.

Y, como cabía esperar, Peña se ha encargado a la perfección de que todo parezca igual que siempre. Su media sonrisa sigue apareciendo en el peor momento, sus comentarios siguen siendo igual de irritantes como el primer día en que nos conocimos y su manía de invadir mi espacio personal para crisparme sigue ahí, como si estuviera programado para hacerlo cada vez que yo intento respirar lejos de él.

Y yo, como la supuestamente buena agente fría y calculadora que soy, me he encargado durante todo este tiempo de fingir que no me afecta en absoluto. He mantenido mi voz firme, mi paso seguro y mis manos ocupadas con informes, expedientes o armas como he hecho siempre.  Pero mi problema con Javier Peña es que es tan imposible de ignorar como un disparo en medio de una multitud.

El reloj de la pared marca casi la medianoche me indica que ya es casi media noche, no sé en que momento se ha terminado el día pero el hecho de que ya solo queden unas pocas lámparas encendidas tendría que haberme dicho algo. Tengo a Peña a mi izquierda, revisando un informe con el ceño fruncido mientras en otra mesa hay dos agentes metidos entre papeles y café frío. 

Hay un silencio estrepitoso en la oficina, casi extraño, que se rompe con el timbre metálico del teléfono que hay sobre mi escritorio. No suena fuerte, pero estoy tan sumergida en mis pensamientos que me retumba en los oídos como un disparo antes de descolgar el auricular sin pensar.

— Carter —digo después de aclararme la garganta.

Buenas noches, Elena —una voz grave y perfectamente modulada me atraviesa.

Me quedo inmóvil procesando esa voz, la cual me cerebro se niega a aceptar por una milésima de segundo. Hace años que no escuchaba esa voz, como una recuerdo maldito, y estaba convencida de que no volvería a escucharla nunca más.

— Rivas —murmuro finalmente, fregándome la sien para asegurarme de que esa llamada no era una pesadilla.

Veo que todavía me recuerdas —responde en su típico tono de siempre; seguro, casi burlón.

— ¿Qué quieres? —pregunto directa, bajando el tono pero sin poder evitar que Peña levante la vista de sus papeles y me observe de reojo.

Tengo información —responde sin titubear—. Sobre el cartel. Algo que no está en vuestros archivos ni investigaciones.

— Pásala a la DEA y que se encarguen —resopló frustrada.

No. Esto es solo para ti —su voz baja a un tono más serio—. Y tiene que ser esta noche.

— Rivas... —empiezo, pero él me interrumpe.

En veinte minutos, en el bar El Mirador, el que está frente a la estación de buses. No voy a mandar a un emisario y sabes de sobra que no uso a terceros. Solo tú y yo —sentencia y, mientras, miro de refilón a Peña, que sigue con la vista fija en mi.

— ¿Por qué yo?

Porque si se lo doy a cualquiera otro no va a llegar a donde tiene que llegar y tú lo sabes —me quedo en silencio un instante, tentada de mandarlo a la mierda, pero sé como funciona este hombre y sé que no puedo esperar que nos mande la información "legalmente, como a mi me gustaría—. Te espero allí, no te retrases —añade, y cuelga.

No me da tiempo a responder cuando ya ha colgado la llamada. Apoyo el auricular en mi frente mientras entrecierro los ojos antes de colgar yo también. En cuanto vuelvo a abrirlos, la mirada de Peña está clava en mi.

— ¿Quién era? —pregunta con ese tono que finge indiferencia pero apunta directo a la yugular.

— Un antiguo contacto —respondo de la forma más neutra que puedo.

— ¿Qué tipo de contacto? —insiste.

— Del que da información buena —respondo. Y es cierto, pero también sé qué significa volver a tener contacto con él. Pero no me queda otra.

— Y que solo llama a estas horas —replica, cruzándose de brazos, en una acusación envuelta en sarcasmo.

Me limito a entornar los ojos y a evitar darle más datos, conociéndolo no hará más que buscarme las cosquillas. No necesita saber que Rivas y yo tenemos un pasado y que, por algún motivo, ha encontrado la forma de volver hasta mi.

— Voy contigo —añade Peña, como si fuera un hecho y no una opción.

— No —respondo demasiado rápido.

— ¿No? —arquea una ceja.

— Es un encuentro delicado y si apareces conmigo va a acabarse antes de empezar —frunzo el ceño y Peña me sostiene la mirada durante unos segundos que parecen más largos de lo que son. 

— Pues suena a que voy a tener que seguirte —ladea una sonrisa de esas suyas que tanto me sacan de quicio.

Yo simplemente me limito a levantarme de la silla y a coger mi chaqueta, no le respondo. Si me conoce lo suficiente ya sabe que nada va a hacerme cambiar de idea, ni si quiera él. Lo que no sabe es que esta vez, quizá tampoco yo estoy segura del todo de que sea una buena idea.

Salgo de la oficina intentando que mis pasos sean tan firmes como siempre, pero a cada paso que doy siento la mirada intensa de Peña clavada en mi nuca hasta que al fin llego al exterior y esa sensación desaparece.

Medellín está envuelta en esa oscuridad iluminada tan solo por los focos amarillos de las farolas y el aire huele a lluvia reciente. Cruzo la calle hacia mi coche sin girarme, aunque estoy casi segura de que Peña ya se ha movido de su silla en cuanto he salido por la puerta. Idiota.

Enciendo el motor y dejo que el rugido ahogue cualquier pensamiento. Miro el reloj de mi muñeca, que marca las 00:07 y tengo 20 minutos para llegar al lugar citado con Rivas. Conduzco por calles estrechas hacia la zona donde la ciudad aún está despierta: bares de mala muerte, esquinas llenas de peligro y música que se filtra desde puertas entreabiertas.

A medida que me acerco a la estación de buses, el tráfico desaparece casi por completo y consigo divisar el bar El Mirador . Mientras aparco frente a la acera hago una primera inspección ocular y no hay nada que me llame especial atención. Es un local pequeño un local pequeño con un par de mesas de plástico en la acera. Y, lo más importante, no veo a Peña; aunque no quiero engañarme, si quiere seguirme, sabe cómo hacerlo sin que lo note.

Me ajusto la chaqueta, bajo del coche y camino hacia la puerta. Entro sola, con la chaqueta cerrada hasta el cuello y la mano cerca del arma, por costumbre más que por necesidad. No tardo en localizar a Rivas, el cual está sentado en una mesa apartada, la chaqueta de cuero colgando en respaldo de la silla y un cigarro apagado entre los dedos.

Me acerco unos pasos y, cuando levanta la vista y me sonríe, siento ese mismo golpe en el estómago que me daba hace años cuando me miraba. Aprieto los dientes con fuerza, lo detesto.

— Elena —saluda poniéndose en pie, con esa calma peligrosa que me hace ponerme en alerta aunque no lo demuestre.

— Rivas —respondo impasible.

Nos damos la mano y el me recorre de arriba abajo sin pausa pero sin prisa, como si estuviera mirando algo que había olvidado que hace tiempo que le pertenece. Antes de soltar mi mano, se inclina lo justo como para que su aliento me roce la oreja.

— Sigues igual, Elena —susurra, aunque no sé si es un halago o una advertencia.

— Y tú sigues sin aprender a no provocar —respondo, apartándome un paso antes de sentarme frente a él. Se acerca para sentarse frente a mi y se inclina hacia delante mientras cruza los brazos sobre la mesa.

— Pensé que no volvería a escucharte —dice en tono inocente.

— No suelo atender llamadas que me traen problemas —contesto, girando el vaso de agua que el camarero deja a mi lado.

— ¿Y qué me convierte en problema? —pregunta con una media sonrisa que me resulta demasiado familiar.

— La lista es larga, Rivas —resoplo.

— ¿Incluye Monterrey? —curva sus labios en una sonrisa maliciosa.

— Incluye todo Monterrey y el año que lo acompañó.

— No todo fue tan malo, Carter —ríe por lo bajo, claramente reviviendo mentalmente escenas que yo prefiero olvidar.

— Si quieres que te escuche, será mejor que dejes el paseo por la memoria y empieces con lo que sabes del cartel. No he venido aquí a perder el tiempo.

— Hay una reunión en dos días —se recuesta sobre la silla, sin apartar los ojos de mi, y saca de su chaqueta un sobre doblado—. Gente importante, muy importante, y no está bajo ningún radar de tu querida DEA. 

— ¿Dónde? —pregunto seca, sin ceder a su provocación.

— Ah... —se inclina un poco hacia mí—. Si te lo digo ahora, te irás en cuanto termines ese triste vaso de agua.

— Rivas... —gruño entre dientes.

— No me gusta hablar de negocios sin recordar ciertas cuentas pendientes.

— Te salvé la vida dos veces, creo que nuestra cuenta está más que saldada.

Deja el sobre encima de la mesa y lo empuja hacia mi. Sus dedos rozan los míos muy lentamente, volviendo a ese intento de provocarme. Y si, lo hace, pero no lo que él busca provocarme, sino más bien las ganas de romperle el brazo en la cabeza, pero me contengo.

— No hablamos de vidas, Elena —dice en voz baja—. Hablamos de otro tipo de deudas...

Me quedo quieta y deslizo el sobre hacia mí para abrirlo con cuidado, sin romperlo del todo. Dentro hay un par de fotos y una hoja doblada en dos. Las imágenes son recientes que contienen rostros que reconozco y otros que no; pero lo único claro es que son tipos que no deberían estar en el mismo lugar y mucho menos en la misma mesa.

— Esto es suficiente para que la DEA monte un operativo —digo, sin apartar la vista del papel.

— Esto, querida Elena —responde él, encendiendo otro cigarro—. Es suficiente para que la DEA se estrelle si no sabe dónde y cuándo actuar.

— ¿Dónde es la reunión? —alzo la vista para clavarla en sus ojos, dura e implacable.

— Te lo diré cuando termine mi copa —otra vez esa estúpida sonrisa que me gustaría borrarle de un puñetazo.

— No tengo tiempo para tus caprichos, joder —frunzo el ceño.

— Tienes tiempo, Elena. De lo contrario no estarías aquí.

— Esto no es un reencuentro, Rivas —noto como la vena de la sien se me empieza a hinchar—. Dame la ubicación.

— Será en dos días, como ya te he dicho. De noche y muy cerca de donde menos lo esperas —aspira del cigarro y exhala despacio—. Pero si quieres el resto... No puedes irte todavía. 

Cierro el sobre con un golpe seco contra la mesa, intentando que no note el impulso de largarme. Sé que es exactamente lo que está esperando: mantenerme aquí el tiempo suficiente para que el pasado se cuele entre nosotros y no pienso permitirlo.

Algo en el exterior hace que desvíe la atención un momento. Juro que veo en un destello a alguien podría ser Peña, o  tal vez solo es mi paranoia.

— Está bien —digo al fin—. Habla.

Rivas  sonríe como si acabara de ganar la primera mano de una partida larga y se inclina hacia delante, despacio como si fuera un cazador acorralando a su presa. El humo del cigarro flota entre nosotros, mezclándose con ese olor a colonia que me resulta demasiado familiar. Apoya un brazo sobre la mesa y el otro lo deja peligrosamente cerca de mi mano.

— Sigues teniendo esa mirada —susurra intentando sonar seductor—. La de cuando estás a punto de hacer algo que no deberías.

— Y tú sigues hablando demasiado —respondo sin moverme y sin apartar mis ojos de los suyos—. Dime lo que sabes ahora.

—Dos días... —empieza a decir.

Él sonríe, ladeando la cabeza, como si estuviera probando mis límites. Sé que las siguientes palabras serán el lugar del encuentro, así que me trago mi orgullo y dejo que se acerque un poco más; tanto que noto el calor de su aliento sobre mi boca.

La campanilla de la puerta interrumpe el momento haciendo que Rivas se detenga. Yo giro la cabeza y me doy cuenta de que no era una paranoia mía, Peña está de pie en el umbral. Sus ojos recorren a toda velocidad el local hasta que me encuentra y, cuando lo hacen, se detienen un segundo más de lo necesario en mi.

— Vaya... —murmura Rivas, con una media sonrisa mientras Peña se acerca a nosotros—. No me dijiste que esperabas compañía.

— ¿Este es tu contacto? —la voz de Peña suena medida pero le conozco y sé que todos y cada uno de sus músculos están en tensión.

— Peña, Tomás Rivas. Rivas, Javier Peña —digo, intentando que sonar neutral, aunque sé perfectamente que para nada suena así. Rivas se levanta despacio, dejando que las patas de su silla chirríen en el suelo. 

— No me habías dicho que trabajabas con un socio tan serio —comenta. Peña no sonríe, solo extiende la mano y Rivas se la estrecha. Se palpa en el ambiente que no es un saludo, es más bien un pulso silencioso—. Encantado —añade Rivas con un toque sutil de ironía.

— No lo creo —responde Peña.

Coge una silla de una mesa cercana y la sitúa junto a mi para sentarse a mi izquierda, tan cerca que su rodilla roza la mía bajo la mesa y estoy segura que ese roce es intencional. Rivas levanta una ceja ante este movimiento por parte de Peña y apoya un codo sobre la mesa, inclinándose hacia mí.

— Veo que sigues teniendo compañía en los momentos importantes. Como aquella vez en Monterrey... —lo dice lentamente, sin apartar la mirada de Peña,, notando como la tensión en este último se acentúa. 

— Hablemos de Medellín, mejor —intento cortar esa tensión creciente, pero ninguno de los dos se mueve ni un milímetro.

— ¿Te acuerdas, querida Elena? —insiste, ahora mirándome directamente—. Esa noche en el puerto, esperando que llegara el cargamento, cuando nos quedamos en aquel coche solos durante seis horas.

Su tono es calculada y retorcidamente lento, cada una de sus palabras está cargada de intención y sé exactamente a donde quiere llegar. Está claro que, aunque me mire a mi, a quién van dirigidas estas frases es a Peña y no a mi.

— Fue trabajo, Rivas —respondo, seca.

— Claro —ladea la cabeza—. Solo trabajo... —sonríe ladinamente—. Aunque tú me juraste que, cuando todo acabara, me invitarías a una copa.

— No recuerdo haber prometido eso —miento al notar ahora es la vena en la sien de Peña la que está a punto de estallar.

Rivas suelta una risa suave y, como si fuera lo más natural del mundo, estira la mano por encima de la mesa para llegar a mi y me acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja. Su pulgar roza mi mejilla casi menos de un segundo, pero es suficiente para que sienta la mirada de Peña clavarse como un cuchillo en ese gesto.

— Debiste hacerlo. Porque esa noche... —Rivas baja la voz, inclinándose hacia mí—. Esa noche estuviste a punto de convencerme de quedarme en Texas —no me hace falta mirar para saber que a Peña le chirrían los dientes de tan fuerte que está apretando la mandíbula antes de que Rivas siga hablando—. Lo bueno de Monterrey es que nadie nos interrumpía.

Peña apoya el brazo en el respaldo de mi silla, rodando mi espalda en un gesto que solo abraza el respaldo de mi silla pero que da la sensación de que me envuelve entera. Un gesto que tal vez pudiera parecer inofensivo pero para mí es un claro "aléjate de ella porqué es mía".

— Y lo bueno de Medellín —interrumpe Peña con voz grave—. Es que aquí si sabemos trabajar poniendo límites.

Lucho contra mí misma para no entornar los ojos y no golpearle a Peña en la nariz para recordarle que él rompió los límites. Rivas sonríe, pero su mirada brilla con la clara certeza de saberse ganador de este pulso, se recuesta en la silla y gira el vaso entre los dedos. 

— Como ya le he dicho a la preciosa Elena, tengo información sobre una reunión de varios capos del cartel dentro de dos días en una casa segura.

— Dirección exacta —interviene Peña, seco.

— Tranquilo, amigo. Primero quiero saber qué gano yo —responde Rivas con esa calma irritante que sé que está usando a propósito.

— No soy tu amigo —contesta Peña sin pestañear y la vena del cuello palpitando.

— Rivas, si la información es buena, habrá trato —intervengo antes de que esto pueda descontrolarse—. Lo sabes de sobra.

— Confío en ti, Elena. Pero no en él —dice, inclinándose un poco hacia mí.

— Qué curioso —replica Peña—. Yo siento exactamente lo mismo sobre ti.

— Es cuestión de química. Algunos encajan, otros no —Rivas sonríe claramente disfrutando de la situación.

—Sí —Peña ladea la cabeza—. Y otros se hacen pasar por aliados mientras trabajan para quien más les paga.

— ¿Estás insinuando algo? —pregunta Rivas, todavía sonriendo.

— No lo estoy insinuando, lo estoy diciendo —Peña no sube el tono, pero la amenaza está en cada palabra que acaba de soltar.

— Basta —pongo las manos sobre la mesa, firme—. Estamos aquí por una información valiosa, no para medir quién la tiene más grande.

— La reunión es a medianoche dentro de dos días, en la zona de San Javier —Rivas se encoje e hombros con su mirada fija en Peña—. Habrá mucha seguridad, claro, pero hay una entrada trasera por la que podríais pasar si tenéis a alguien que sepa moverse entre ellos sin llamar la atención.

— Y supongo que ese "alguien" eres tú —masculla Peña dejando claro que no le gusta nada la idea.

— ¿Ves? Ya vamos entendiendo —Rivas sonríe.

Antes de levantarse, me da una palmada suave en el hombro dejando ahí sus dedos un segundo más de lo necesario. Peña lo sigue con la mirada hasta que desaparece por la puerta y solo cuando estamos solos rompe el silencio.

— No vamos a trabajar con ese cabrón.

— Sí vamos a hacerlo —respondo, recogiendo el sobre que Rivas ha traído—. Porque lo que sabe puede ser la clave para cerrar esta operación de una maldita vez.

— O para que acabemos muertos —murmura con una voz mezcla de desconfianza y de algo que no quiere admitir.

— Tenemos cuarenta y ocho horas para prepararnos —añado, poniéndome de pie—. Y es mejor que uses ese tiempo para pensar en cómo hacer tu trabajo sin querer arrancarle la cabeza a un informante.

— O tal vez lo use para asegurarme de que no te acerques demasiado a él —murmura entre dientes con intención de que no lo oiga. Lo escucho perfectamente pero prefiero no responder, aún.

Salimos del bar sin decir nada y, aunque él va medio paso por detrás, puedo sentirlo pegado a mi y como sigue cada uno de mis movimientos. En cuanto estoy prácticamente delante del coche con el que he venido, rompe el silencio poniéndose a mi altura.

— No me gusta ese tipo —inquiere sin mirarme.

— No tiene que gustarte —respondo, ajustándome la chaqueta—. Solo tiene que servirnos para terminar la operación

— Ese tipo no está aquí para servirnos. Está aquí por ti.

— Es un contacto —lo miro despacio—. Uno de los mejores que tuve en narcóticos, de hecho.

—Sí, créeme que lo he notado. De hecho, parece un contacto muy cercano —cada palabra está bien calculada para intentar sacarme de quicio, lo sé.

— ¿Tienes algún problema con que confíe en mí? —pregunto cruzándome de brazos.

— Tengo problema con que se te acerque como si fuera algo más que un contacto —responde al fin, clavando esos ojos oscuros en los míos. No sé si es advertencia o... ¿celos?

— Rivas es útil. Punto —sentencio.

— Y peligroso —añade, con la voz más grave—. Del tipo que se te tira encima y te traiciona antes de que te des cuenta.

— ¿Me estás hablando como agente o como...? —dejo la frase abierta, atenta a su reacción. Inspira profundamente antes de hablar.

— Como alguien que no quiere tener que recoger tus pedazos del suelo porque confiaste en el tío equivocado.

— Eso suena más personal que profesional, ¿sabes?—respondo, y sigo hacia mi coche.

No me contesta enseguida, pero el ruido de sus pasos detrás de mí me dice que aún no piensa dejar que esto termine aquí.

— Solo te voy a decir esto una vez, Carter. Si ese cabrón te mete en problemas, no voy a esperar a tener órdenes para encargarme personalmente de él.

— Y yo solo te voy a decir esto una vez, Peña. No necesito que me protejas de Rivas.

Nos quedamos quietos en medio de esa tensión latente. Ninguno de los dos aparta la mirada y, por un segundo, juraría que lo que arde en sus ojos no es tan solo rabia o esa protección de un compañero con otro. Es algo más que no va a tener intención de nombrar por orgullo.

El ruido del motor de una moto vieja pasando por la calle rompe el momento y aprovecho para darme la vuelta y meterme en mi coche. Siento su mirada clavada en mi espalda hasta que cierro la puerta y arranco el motor. En cuanto me pongo en marcha, miro por el retrovisor y veo como Peña se pasa los dedos con furia entre el cabello y da una patada rabiosa al aire.

Eres un celoso idiota y orgulloso, Javier Peña.









***





Al día siguiente

Es media tarde y la oficina está sumida en esa cansancio raro antes de que se ponga el sol. Todo el mundo se mueve lento, como si cada carpeta y cada boli pesara un kilo más de lo habitual. Menos Peña y yo que seguimos con el mismo pulso constante de siempre, ese ritmo sin descanso que llevamos desde hace días para cerrar la operación.

Él revisa unos informes con el ceño fruncido, pasando páginas con brusquedad mientras yo estoy centrada en los míos y finjo que no estoy observando cómo se pasa la mano con impaciencia por el bigote cada vez que algo no le cuadra. Es un gesto automático, casi inconsciente, sé perfectamente que eso significa que en su cabeza está encajando las piezas de algo que no me va a gustar.

El timbre del teléfono va directo a mis oídos y, otra vez, me sobresalta y me saca de mis pensamientos acerca de Peña. Descuelgo el teléfono antes de que suene por segundo vez y me aclaro la garganta.

— Carter —respondo con la voz tan neutra como siempre.

Tenemos que vernos ya —Rivas me habla al otro lado de la línea, directo y sin preámbulo.

— No es buen momento —murmuro mientras miro de reojo a Peña.

No es una petición, Elena. Es sobre mañana la reunión del cartel de mañana. Hay algo que debo decirte y no puedo hacerlo por teléfono.  Nos vemos en el callejón detrás de Hermanos Méndez en veinte minutos. Te espero —cuelga sin darme si quiera tiempo a responder.

Me quedo un segundo con el auricular pegado a la oreja, escuchando solo el pitido de la línea cortada. Vuelvo a colgar, sintiendo la mirada de Peña en cuanto mi mano se aparta del teléfono. Respiro hondo, me levanto mientras agarro mi chaqueta.

— ¿A dónde vas? —la voz de Peña ronca rompe el silencio.

— Tengo que salir.

— ¿Quién? —pregunta sin apartar la vista de los papeles, aunque sé que ya sospecha la respuesta.

— Rivas —respondo seca. Ese es el momento en que sí levanta la cabeza y sus ojos oscuros se clavan en mi.

—¿Qué quiere? —inquiere en un tono claro de advertencia.

— Decirme algo sobre mañana. Algo que según él no puede decirme por teléfono.

— Pues voy contigo —sentencia dejando el informe sobre la mesa con un golpe tan brusco que hace que el bolígrafo ruede hasta caer.

No se lo discuto, pero sé que esto no va a terminar bien. El coche avanza por las calles de Medellín bajo esa luz dorada que anuncia que el día se acaba. Dentro del coche hay un silencio tenso mientras Peña conduce con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios con una postura rígida.

— ¿Va a estar siempre llamándote a ti? —pregunta al fin, sin apartar la vista de la carretera.

— Es conmigo con quién quiere hablar —respondo, mirando por la ventana.

— Ya me he dado cuenta —replica tensando más las manos sobre el volante.

— Eso no significa nada —añado intentando mantener la neutralidad en la voz.

— Claro, claro, no significa absolutamente nada. Un tipo con historial turbio, que aparece después de años sin que tengas noticias de él y que solo quiere hablar contigo a solas no significa nada.

— Es un informante, por si se te había olvidado. Los informantes no siempre son simpáticos ni siguen el protocolo, por no decir que casi nunca lo hacen —bufo fregándome la sien.

— Está claro que contigo Rivas no sigue esa regla —masculla.

No contesto, no me apetece entrar en una acalorada discusión justo antes de ir al encuentro de Rivas. Estoy aquí para trabajar y no para... aguantar los estúpidos celos de Peña, sobre todo porque no tengo en más mínimo interés en Rivas más que la información que pueda proporcionarnos.

Cuando doblamos la última esquina antes del callejón, Peña reduce la velocidad hasta que el motor ronronea bajo, casi en silencio. Sus ojos barren los retrovisores y los laterales con movimientos breves pero meticulosos. Conozco perfectamente ese gesto y se que está en modo cazador, intentando atrapar con la mirada cualquier cosa que no le cuadre.

Frena del todo a unos metros de la entrada del callejón, el cual está medio sumido en penumbra. En cuanto bajamos del coche, el sonido de nuestras pisadas sobre el asfalto mojado resuena demasiado alto. Peña me sigue a un paso de distancia pero antes de que pueda llegar a saludar a Rivas, él acorta la distancia y se coloca junto a mi, rozando su hombro con el mío. Y lo hace adrede, todos lo sabemos, incluido Rivas.

— Aquí no hay conversaciones privadas —dice Peña, con calma pero con una clara advertencia entre líneas—. Todo lo que tengas que decir, lo dices ahora.

— No es así como hemos trabajado ella y yo antes —Rivas ladea la cabeza y lo recorre de arriba abajo, también amenazante. 

— Pues ahora es así —replica cruzándose de brazos. 

—Rivas —respiro hondo y capto la atención de los dos, cortando esa estúpida competición por ver quién tiene el ego más grande—. El tiempo corre, ¿qué tienes?

— Lo sé —contesta haciendo como que Peña no existe—. Mañana a media noche, en la zona de San Javier. Se reunirán varios jefes del cártel en la misma casa, al final de un callejón poco transitado. Habrá mucha seguridad, pero hay un punto ciego en la parte trasera de la casa desde el cual podréis entrar sin ser vistos.

— ¿Cómo sabes eso? —interrumpe Peña estando otra vez en estado de alerta, aunque de eso solo me doy cuenta yo.

— Porque hay cosas que se aprenden estando del lado correcto o del que paga más —Rivas sonríe ladinamente. Peña avanza medio paso.

— O sea, que admites que podrías vender esta información a cualquiera —su voz baja tanto que parece casi un gruñido.

— No, amigo —responde Rivas con una tranquilidad que roza la insolencia—. Solo a ella se la vendería a ella.

Ese "a ella" lo ha lanzado como un dardo envenenado para crear más conflicto y lo consigue. Veo como Peña aprieta la mandíbula mientras da un paso más, apretando los puños a ambos lados de su cuerpo.

Rivas lo vuelve a ignorar, da un par de pasos hasta acortar la distancia conmigo y me coloca un sobre en la mano. Sus dedos se cierran sobre los míos, obligándome a sujetarlo como si estuviera entregando algo más un simple sobre con información.

— Revísalo a solas. Hay anotaciones que entenderás mejor tú que otros.

— Lo leeremos juntos —respondo, con firmeza. No me hace falta girarme para saber que Peña lo está matando con la mirada.

Rivas vuelve a dedicarme esa sonrisa tan irritante antes de apartarse mientras su pulgar roza el dorso de mi mano. Es un gesto tan breve que podría pasar casual, si no fuera por la manera en que siento a Peña tensarse justo detrás de mí.

— Y, Elena... —su voz es más grave que hasta ahora. Aparta un mechón de pelo detrás de mi oreja y se acerca lo suficiente para que su aliento roce cuello—. Ten cuidado mañana. Sabes cómo son estos tipos y no quiero que termines como aquella vez en Monterrey.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros como una amenaza o un mal recuerdo que preferiría enterrar. Se aparta y se marcha calle abajo, tranquilo, como si no acabara de dejar una granada sin detonar en medio del callejón y que explotará cuando él ya no esté para verlo.

Me giro hacia Peña que está de pie exactamente donde lo dejé, detrás de mi; con los brazos cruzados sobre el pecho, el ceño fruncido y la mandíbula tan tensa que parece que se le va a partir en el momento menos pensado.

— ¿Te lo has pasado bien? —pregunta cargado de ironía.

— Era información —replico tan impasible como puedo.

— Sí, claro. Información con palmaditas, susurros y recuerdos de tiempos pasados. Muy profesional todo.

— ¿Vas a hacer esto cada vez que hable con un contacto? —resoplo.

— Solo con los que parecen disfrutar demasiado de hablar contigo.

No le contesto y me adelanto hacia la salida del callejón para ir al coche patrulla, sin mirarlo, pero escucho sus pasos justo detrás. No se esfuerza en ser discreto, siento cada golpe de sus pies contra el asfalto y su mirada quemándome la nuca. Y la excusa de que es simple desconfianza profesional ya no me vale. 

—¿Sabes? —rompe el silencio que nos envuelve con un tono casi casual que no engaña a nadie—. Me gusta ver cómo trabajas tus contactos. Todo muy personal.

— Es un método eficaz —respondo, sin girarme.

—Sí, sobre todo cuando te acomodan el pelo y te susurran en la oreja. Seguro que eso aparece en el manual de la DEA.

— ¿Quieres dejarlo ya? —le lanzo una mirada afilada por encima del hombro.

— Solo digo que, si mañana vamos con él, quizá quieras llevar perfume y cena para dos. Parece que es su manera de "hacer negocios" contigo.

— ¿Tú te escuchas, Peña? —me detengo de golpe, obligándolo a frenar y dar un paso atrás. 

— Perfectamente. ¿Quieres que baje el volumen de mi voz para que no se note que me importa lo que pueda pasarte mientras estás tonteando como una colegiala? —contesta y la media sonrisa que acompaña sus palabras no llega a sus ojos.

— No tienes por qué hacer como que te importo.

— Claro, porque tú ya tienes a Rivas para que se preocupe por ti, ¿no?

Le sostengo la mirada un segundo largo, demasiado largo, como si en ese cruce silencioso pudiera decidir si merece la pena responderle o no. Finalmente opto por callar y él niega despacio con un ligero movimiento de cabeza y su mirada afilada.

Sin esperar más, se adelanta hacia el coche y yo me paro unos segundos para intentar calmar la mala leche que tengo ahora mismo hirviendo dentro. Cuando llego, ya está sentado al volante y, desde dentro, abre la puerta del copiloto con un empujón seco, sin mirarme.

— Vamos, preciosa —su voz es grave, teñida de ironía—. Mañana tienes una cita importante. Por una vez no soy yo quien está haciendo el idiota.

— ¿Perdona? —alzo una ceja, conteniendo el impulso de cruzarme de brazos.

— Siempre te quejas de mis "métodos" para conseguir información —acentúa la palabra con un deje burlón—. Ahora eres tú la que se está saltando las reglas. No sé en qué momento dejaste de ser esa Elena Carter estrecha, implacable, que no se salía de la ley ni por un maldito segundo.

— Todo lo malo se pega, ¿sabes? —replico, acomodándome en el asiento sin mirarlo del todo—. Llevo tres meses trabajando contigo y supongo que se me han pegado tus malas costumbres.

— Al menos ahora, cuando me acueste con una prostituta, no tendrás razón para recriminarme nada —otro dardo para mi. Puto celoso, y lo peor es que no lo va a admitir.

— Primero, Rivas no es ningún gigoló —giro la cabeza hacia él, con frialdad—. Segundo, con quién me acueste o no, no es asunto tuyo.

— Entonces ya lo hiciste, ya te acostaste con él —sus labios se curvan un poco, como si acabara de ganar una apuesta—. Y vas a seguir haciéndolo para tener información. Así que vas a acabar siendo como yo.

— No tengo tiempo para esto, imbécil.

Cierro la puerta con un golpe seco y sonido resuena con fuerza, dando por concluida la discusión. Aprieto los labios con fuerza, casi hasta hacerme daño, para no dejar escapar la réplica que me arde en la lengua. No pienso darle la satisfacción de saber que, con cada palabra, ha conseguido exactamente lo que quería, provocarme mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

El motor ruge cuando Peña arranca, pero no me mira y sus manos estan firmes en el volante, tan apretadas que los nudillos están blancos. Sus ojos están finos en la carretera y dentro de este coche ser instala un silencio tenso, una clase de silencio que indica que la primera palabra que salga de la boca de alguno de los dos puede prender una mecha. Seguimos avanzando por las calles y, efectivamente, esa mecha no tarda en prender.

— Supongo que mañana no me necesitas. Total, ya tienes a tu experto en puntos ciegos.

— Necesito a mi compañero —respondo, sin mirarlo—. Aunque a veces parece que se olvida de que lo es.

— Oh, no me olvido —contesta, con una carcajada breve cargada de sarcasmo—. Créeme, hoy me lo has recordado más que de sobra.

— ¿Y qué significa eso exactamente?

— Significa que es fascinante descubrir que un informante con historial dudoso sabe más de ti que yo.

— Estás celoso —suelto al fin, aunque sepa que no lo va a aceptar.

— ¿Celoso yo?  —suelta una sonora carcajada sin apartar la vista del asfalto—. No, preciosa. Solo me preocupa que confíes en alguien que sabe usar las manos mejor que las palabras.

— No le des tantas vueltas. Mañana vamos, hacemos el trabajo y se acabó.

— Claro. Y si te vuelve a susurrar al oído, yo hago como que no lo veo —responde, girando en una esquina con un golpe seco de volante—. Soy muy bueno ignorando distracciones.

— No es una distracción, es un recurso. Y a veces los recursos no vienen con una hoja limpia de antecedentes, tú deberías saberlo mejor que nadie.

— Oh, gracias por la lección de ética profesional —su tono destila sarcasmo— ¿Vas a añadir que todo lo que hace es "por el bien de la misión"?

— Si sirve para cerrar esta operación, sí.

—Pues mira qué coincidencia. Yo también quiero cerrarla. La diferencia es que yo no necesito que me acaricien la mano para conseguir información.

— ¿Te escuchas? —me giro hacia él—. Estás sonando como un adolescente al que le han quitado su sitio en el equipo de fútbol.

— No, Carter. Estoy sonando como alguien que tiene que cubrirte las espaldas mientras tú decides confiar en el tipo equivocado.

— Lo conozco mejor que tú —respondo, firme.

— Exacto. Y eso es justo lo que me jode.

Me quedo callada un momento, apretando la mandíbula, porque sé que si contesto ahora, no va a haber marcha atrás. Pero cuando estamos a dos calles  de la oficina, él vuelve a hablar, más bajo pero igual de idiota.

— Dime una cosa. Si mañana te la juegas y él es la única salida, ¿confías más en Rivas que en mí?

— Sabes de sobra que a tí te confiaría mi vida, Peña —exhalo cansada ya de esta conversación

— Eso no es una respuesta.

— Es la única que vas a tener.

Llegamos frente a la oficina y aparca de golpe, mete el freno de mano y se queda un segundo con los dedos apretando el volante. Está conteniéndose en mirarme, pero al  final, gira la cabeza despacio y me clava esos ojos oscuros que no se mueven ni un milímetro.

— Más te vale que mañana recuerdes quién es tu compañero.

— Y más te vale a ti no olvidarlo —respondo, saliendo del coche y cerrando la puerta con un fuerte portazo.

El pasillo hasta la oficina parece más largo de lo habitual. No intercambiamos ni una palabra,y lo único que rompe el silencio es el eco de nuestras pisadas sobre el suelo encerado.

Al entrar, algunos compañeros levantan la vista un instante, pero en seguida vuelven a lo suyo al ver la cara de pocos amigos con la que los dos entramos. Peña se adelanta y deja su chaqueta sobre el respaldo de su sill; yo voy directa a mi escritorio donde dejo el sobre de Rivas y empiezo a sacar papeles sin mirar directamente en su dirección.

Pero por el rabillo del ojo lo veo recostarse en su silla, con un expediente abierto pero sin leerlo realmente. Sus ojos siguen clavados en mi, con una mirada fija, de esas que se sienten incluso con la cabeza agachada. Me esfuerzo por aparentar concentración, pero cada vez que levanto la vista hacia la pila de informes, me lo encuentro observándome igual que un francotirador espera al blanco perfecto en silencio. Y en ese silencio sé que mañana no solo tendremos que enfrentarnos al cartel, también a todo lo que esta noche hemos dejado en el aire.

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