𝘽𝙇𝙊𝙊𝙈𝙄𝙉𝙂 𝙁𝙇𝙊𝙒𝙀𝙍...

By aib-lover

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En los juegos mortales, la sobreprotección de la lectora hacia su sensible novia, Young-Mi, es superada por l... More

2. One hundred and twelve
3. Hot sands
4. Broken shoes
5. rainbow road
6. envious downfall
7. november third
8. not your time
9. bullets
10. much in common
11. paransaek
12. hell on earth
13. knock, knock, who's there?
14. humanity
15. blooming flower

1. Sillim-dong

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By aib-lover

Advertencia: Aparece el Salesman. Uso del T/N.

Autor: meadowfics en tumblr, yo solo lo traduzco.

Tu pequeño departamento tipo estudio, lleno de luces de hadas y muebles de segunda mano, tiene un aire que se te adhiere como una segunda piel, pesado por la humedad del verano en Seúl.

Es apenas habitable, esta caja de zapatos que compartes con tu novia desde hace cuatro años, Kim Young-mi, en Sillim-dong. Este complejo de apartamentos tiene paredes tan delgadas que se pueden escuchar las discusiones matutinas de los vecinos y el techo gotea cuando las lluvias del monzón golpean con fuerza.

La única ventana del lugar, sostenida por un palillo de madera agrietado, deja entrar una brisa suave que apenas ayuda a aliviar el calor.

Tu cama es un futón empujado contra una de las paredes, su colchón delgado hundido por el peso de dos cuerpos acurrucados cada noche. Una hornalla eléctrica descansa sobre una mesa inestable: la única cocina que pueden pagar. Una cuerda para tender ropa atraviesa una esquina del cuarto, donde cuelga el guardarropa compartido... en su mayoría ropa de segunda mano o heredada.

No es mucho, pero es tuyo. Y también es suyo.

Juntas han construido una especie de santuario frágil en este rincón descascarado de la ciudad.

Young-mi sigue dormida cuando despiertas. Su cabello oscuro y corto está esparcido sobre la almohada, sus labios entreabiertos en un ritmo suave y desigual. Luce más pequeña al dormir, su cuerpo delicado encogido sobre sí mismo, como si el mundo fuera demasiado pesado para ella.

La familia de tu mujer ya no está... se fue en un accidente automovilístico hace tres años y el peso de esa pérdida aún se nota en sus momentos de silencio, en la forma en que su mirada se pierde cuando piensa que no la estás viendo.

Estás alejada de tu propia familia, los lazos rotos por años de silencio y desaprobación por estar en una relación con otra mujer, así que ahora son solo ustedes dos, construyendo algo nuevo entre los escombros del pasado. Tú eres quien mantiene todo unido, la que toma decisiones, la que revisa dos veces los cerrojos antes de dormir y cuenta los billetes en la latita que comparten para asegurarse de que haya suficiente para arroz y ramyeon.

Young-mi se apoya en eso. Su sensibilidad contrasta con tu firmeza.

Ella confía en ti para protegerla, para resguardarla de un mundo que ya le ha quitado demasiado.

Esta mañana te levantas temprano. Siempre has sido la madrugadora de la relación, algo que a Young-mi siempre le ha molestado un poco. La luz tenue del amanecer se cuela por la ventana.

Ayer tu turno en el restaurante fue brutal, borrachos nocturnos y una oleada de estudiantes estresados por los exámenes. Pero las propinas fueron buenas, un pequeño fajo de billetes arrugados que guardaste en el bolsillo.

Es suficiente para un pequeño gusto sin comprometer el alquiler. Un lujo poco frecuente para ti y Young-mi.

La cafetería al final de la calle, un lugar diminuto llamado Morning Bloom, se ha vuelto tu refugio en mañanas como esta. No es nada lujoso, con pintura descascarada en el cartel, sillas desparejas y una pizarra de menú con precios tachados y corregidos... pero el café es barato y los dueños, una pareja mayor de ojos amables, siempre te dan una factura extra cuando piensan que Young-mi y tú se ven muy delgadas.

Sales de la cama con cuidado, intentando no despertarla.

Aun así, ella se mueve, su mano te busca en sueños, los dedos se enroscan en el espacio vacío que dejaste. Te detienes a mirarla por un momento, el pecho apretado por un sentimiento feroz y protector.

La amas... a esta mujer que llora por gatos callejeros y tararea canciones viejas de k-pop cuando cree que nadie la escucha. Harías cualquier cosa por protegerla, por preservar esa ternura que lleva dentro. Te pones una sudadera desgastada y el par de zapatillas menos rotas que tienes, tomas la latita del estante para contar lo justo para dos cafés helados y quizás un croissant para compartir.

Young-mi se lo merece. Y tú también.

El camino a Morning Bloom es corto, solo unas cuadras entre las calles angostas de Sillim-dong. El vecindario comienza a despertar: los comerciantes levantan las persianas metálicas, los repartidores en scooters pasan volando con cajas apiladas. El aire huele a pescado asado de un puesto cercano y a un leve toque de escape de motos.

Pasas junto al mismo muro lleno de grafitis de siempre, una mezcla de rojo y azul que Young-mi una vez dijo que parecía un dragón si entrecerrabas los ojos. Sonríes al recordarlo, tus pasos se sienten más livianos pese al peso que llevas.

Al llegar a la cafetería, algo nuevo llama tu atención. Los dueños han comenzado un pequeño jardín de flores frente al local, sobre una plataforma baja hecha con ladrillos apilados. Es modesto pero deliberado, un parche de verde entre tanto cemento.

Dos tulipanes sobresalen, sus colores vibrantes captando tu atención: uno rojo y uno naranja, sus pétalos resplandecen bajo la luz de la mañana. Sus hojas se rozan entre sí, casi entrelazadas.

No puedes evitar pensar en Young-mi, en cómo se aferra a tu brazo cuando caminan juntas. Te quedas ahí, mirando las flores, una calidez tranquila expandiéndose dentro de ti.

Son fuertes, sanas, se mantienen erguidas pese al pavimento agrietado y el ruido de la ciudad. Quieres mostrárselas a Young-mi.

Das la vuelta hacia el apartamento, sabiendo que a ella le encantará ver esto.

Regresas al departamento con el corazón lleno. Young-mi está despierta cuando entras, sentada con las piernas cruzadas sobre el futón, su cabello desordenado y una camiseta grande cayéndole de un hombro.

Sonríe al verte, adormilada y dulce, y tú levantas los billetes como si fueran un trofeo.

—Ven conmigo a buscar el café, ¡tengo que mostrarte algo! —dices, y sus ojos se iluminan, su risa es una cosa pequeña y brillante que llena la habitación.

Young-mi se levanta de un salto, se pone un short y una de tus gorras, esa que siempre te roba porque dice que huele a ti.

El camino de regreso a Morning Bloom se siente diferente con Young-mi a tu lado.

Está llena de energía nerviosa, se retuerce el dobladillo de la camiseta porque quiere saber qué fue lo que viste antes.

Se distrae hablando de un drama que vio anoche.

Tú la escuchas, asintiendo, tu mano rozando la suya a cada paso. Eres tú quien guía, quien la desvía de una grieta en la vereda o la jala hacia atrás cuando una bicicleta pasa demasiado cerca.

Ella lo permite, su confianza en ti es silenciosa pero absoluta. Siempre ha sido así... tú eres su escudo, y ella es tu razón para seguir adelante.

Cuando llegan a la cafetería, Young-mi se detiene, sus ojos se posan en el jardín.

—Oh —susurra, su voz apenas un aliento.

Se acerca, se agacha para observar mejor los tulipanes.

El naranja se alza orgulloso, sus pétalos brillan al sol, mientras que el rojo se balancea levemente, sus hojas rozando a su compañero.

La cara de Young-mi se ilumina, sus labios se entreabren con ese asombro casi obsesivo que muestra cuando algo le roba el corazón.

—Son tan lindos —dice, sus dedos flotan sobre las hojas sin tocarlas, como si tuviera miedo de perturbarlas —mira, las hojas... se están abrazando.

Te agachas a su lado, tu hombro rozando el suyo. Las hojas realmente parecen tocarse, sus bordes verdes curvándose lo justo para insinuar una intimidad silenciosa. Es tan propio de Young-mi notar eso, ver amor en algo tan pequeño.

—Como nosotras —dices, tu voz es suave pero juguetona, y ella se sonroja, su mano encuentra tu brazo. Sus dedos se cierran sobre tu manga, su toque es ligero pero seguro, y sientes esa necesidad familiar de mantenerla cerca, de protegerla.

—Exactamente como nosotras —responde, su voz cálida y segura.

Señala el tulipán naranja —esa eres tú. Valiente, fuerte —luego al rojo —y esa soy yo, apoyándome en ti.

Su sonrisa es tímida pero radiante y no puedes evitar devolvérsela, con el corazón hinchado. Quisieras congelar este momento: ustedes dos agachadas frente a un jardín improvisado, el mundo reducido a ella, a las flores y a la forma en que te mira como si fueras su universo entero.

Te levantas primero, le ofreces la mano para ayudarla a ponerse de pie. Ella la toma, sus dedos pequeños y cálidos en los tuyos, y le sostienes la puerta para que entre a la cafetería.

El timbre sobre la puerta suena, un sonido alegre que corta el murmullo de la ciudad. El interior es tan familiar como tu propio departamento: pisos de madera desgastada, menú en pizarra con precios borrosos, y el aroma tenue de granos tostados mezclado con azúcar.

La dueña, la señora Choi, levanta la mirada desde el mostrador, su rostro curtido se ilumina al verlas entrar.

—¿Lo de siempre? —pregunta mientras ya alcanza dos vasos de plástico. Asientes, y Young-mi se apoya en ti, su cabeza descansando suavemente en tu hombro mientras esperan.

Pides dos cafés helados y un croissant para compartir, el total apenas por debajo de lo que queda en tu bolsillo.

La señora Choi desliza un pequeño pan dulce de frijol rojo por el mostrador y guiña un ojo.

—Para mis chicas favoritas —dice y Young-mi se ríe con sus mejillas rosadas.

Encuentran una mesa junto a la ventana, esa con la pata floja que ya aprendieron a equilibrar con una servilleta doblada. Young-mi parte el croissant, ofreciéndote la mitad más grande con esa mirada sincera que pone cuando quiere asegurarse de que tú también estés bien.

Tomas tu café, el hielo tintinea en el vaso, y la observas hablar otra vez de los tulipanes, sus manos moviéndose animadas.

Es hermosa así, sin filtros, llena de luz, y vuelves a sentir ese impulso de protegerla, de asegurarte de que nada apague esa chispa en ella.

La mañana pasa en un torbellino de pequeños momentos... su risa cuando se le pegan migas en la barbilla, la forma en que te empuja su café cuando cree que no estás bebiendo, el murmullo de su voz mientras te cuenta de un gato callejero que vio ayer antes de su entrevista de trabajo.

Tú escuchas, tus respuestas son breves pero cálidas, y tus ojos nunca se apartan de ella. Tú eres quien paga la cuenta y la guía hacia la salida cuando es hora de irse, pero es ella quien hace que esta vida se sienta suficiente.

Afuera, los tulipanes siguen ahí, rojo y naranja sobre los ladrillos.

Young-mi se detiene de nuevo, su mano encuentra la tuya.

—Deberíamos volver mañana —dice en voz baja, esperanzada —solo para ver cómo están.

Asientes, apretando su mano.

—Volveremos —prometes y lo dices en serio.

La vas a traer aquí cada vez que puedas, a esta pequeña cafetería con su jardín improvisado, a este momento donde solo están ustedes dos y la promesa de algo constante en un mundo que no lo es.

[...]

Más tarde, tres horas después de haber comenzado tu turno de ocho horas en el restaurante, el ruido de platos y el murmullo de las conversaciones llenan el aire.

Te gusta este trabajo, por la forma en que las propinas se acumulan en el bolsillo de tu delantal, pequeños salvavidas que mantienen a flote a ti y a Young-mi en su apretado apartamento de Sillim-dong. Pero no es suficiente... no con los préstamos estudiantiles acumulándose, los intereses creciendo como platos sucios sin lavar.

Te aterran los prestamistas, de esos que nunca olvidan a un deudor cuando la deuda se hace demasiado grande.

Todavía no te han encontrado, pero sabes que es cuestión de tiempo, y el pensamiento te carcome por dentro, una ansiedad constante que no se apaga.

La señora Park, tu jefa, capta tu mirada perdida desde detrás del mostrador, su delantal manchado de grasa, pero su sonrisa tan amable como siempre.

—Ya hiciste bastante por ahora... ve a tomarte un descanso, querida —dice, agitándote un trapo húmedo como si fuera una bandera.

Asientes con gratitud y sales por la puerta trasera hacia el callejón detrás del restaurante. El aire es más fresco aquí, con un olor fuerte a basura y grava húmeda. Te recuestas contra la pared de ladrillos, sacando un cigarrillo del bolsillo trasero... uno de esos que juraste a Young-mi que habías dejado. Nunca fumas cerca de ella, no con lo mucho que el humo le irrita los pulmones.

Aquí, en la soledad del callejón, es tu única forma de calmar los nervios que se tensan con cada cuenta que no podés pagar.

A lo lejos hay árboles, con una cerca que parece protegerlos.

Bien, son los únicos árboles que ves por aquí.

Enciendes el cigarrillo, la llama ilumina brevemente tu rostro y das una calada larga, dejando que el humo se enrosque hacia el atardecer teñido de naranja y rosa.

Estás a medio cigarrillo, agachada para estirar las piernas adoloridas, cuando escuchas pasos crujir sobre la grava. Levantas la vista, esperando ver a un repartidor o a un gato callejero.

Pero es un hombre con traje... elegante, costoso, del tipo que no pertenece a Sillim-dong.

Sus zapatos brillan bajo el farol que acaba de encenderse, y su cabello está peinado con un esmero que no encaja con este rincón sucio de la ciudad. No lo miras directamente, esperando que siga de largo, pero no lo hace.

Se detiene a un par de metros, su presencia imponente mientras tú sigues agachada, el cigarrillo colgando entre tus dedos.

Lo dejas caer, lo pisas contra la grava con la bota y te levantas lentamente, sacudiéndote las manos contra el delantal negro. Él te sonríe con suavidad.

—Perdón... estoy en mi descanso —dices con tono seco, el fastidio asomándose en tu voz —alguien adentro puede ayudarte —señalas la entrada del restaurante, pero él no se mueve.

La sonrisa del hombre es cortés, casi demasiado cortés y te pone nerviosa.

—No vengo por comida —dice con una voz suave, como si hubiera practicado esta conversación antes —¿Te gustaría jugar un juego?

Parpadeas desconcertada y te enderezas, con la postura a la defensiva.

—¿Qué? —preguntas, con el tono cortante.

Él no se inmuta. En cambio, abre su maletín con lentitud deliberada, las bisagras hacen un clic en el silencio del callejón. Dentro, ves un mazo de cartas rojas y azules... ddakji, un juego que reconoces de tu infancia.

Junto a ellas, un fajo grueso de billetes, sujetos por una banda elástica.

Tus ojos se detienen en el dinero, los billetes de 100,000 won burlándose de ti con su promesa.

—Reglas simples —dice con voz tranquila pero firme.

—Si ganas, te llevas 100,000 won. Si pierdes, me debes la misma cantidad —hace una pausa, observando tu reacción. Tu mente va a mil... 100,000 won podrían comprar la comida de una semana, o cubrir parte de los pagos del préstamo.

—¿Y si no tengo 100,000? —preguntas, manteniendo la voz firme a pesar del mal presentimiento que empieza a escalar por tu columna.

La sonrisa del hombre se ensancha, pero no le llega a los ojos.

—Lo resolveremos —responde, con una ambigüedad que te revuelve el estómago. Deberías irte, regresar adentro, pero el dinero en ese maletín te tira como un ancla, una cuerda de emergencia que no podés ignorar.

Asientes y él acomoda el juego sobre la tapa oxidada de un contenedor, las cartas brillan contra el metal corroído.

La primera ronda es rápida.

Pierdes. La carta roja da vuelta revelando tu derrota.

Se te hunde el corazón.

—No tengo 100,000 —confiesas con voz tensa, preparándote para lo que venga.

—Está bien —dice él, con un tono casi suave.

—Puedes pagar con tu cuerpo.

Tus ojos se abren de golpe, la rabia y el miedo suben como fuego.

—E-e-espera, no puedo —respondes de inmediato, dando un paso atrás —eso es prostitución y yo no... no me va ese tipo de...

Antes de que puedas terminar, su mano cruza el aire y te abofetea. El golpe es seco y ardiente.

Tu mejilla arde, pero es la sorpresa la que más te paraliza, dejándote inmóvil.

—100,000 won por cada bofetada —dice, como si estuviera leyendo del menú.

Llevas la mano a tu cara, la piel caliente bajo tus dedos, pero no te echas atrás. Juegas otra vez, con las manos temblorosas pero decidida.

Esta vez, ganas. La carta azul se voltea a tu favor.

Él te entrega los 100,000 won sin decir palabra, los billetes crujientes en tu palma.

Los agarras con fuerza, el corazón latiendo a mil, el peso del dinero un alivio... y una trampa.

Saca una tarjeta de su bolsillo, no una de ddakji, sino una tarjeta de presentación: simple, elegante, con solo un número telefónico impreso en tinta negra.

—Hay más oportunidades para jugar —dice mientras te la ofrece —juegos más grandes, premios más grandes.

—No, gracias —respondes, con la voz firme a pesar del temblor en tus manos —no tengo tiempo para eso.

Él ladea la cabeza, su sonrisa se vuelve más fría.

—Tienes mucho tiempo libre, T/N.

Se te hiela la sangre.

Nunca le dijiste tu nombre.

Abres la boca para insultarlo, para exigirle cómo sabe tanto, pero él te interrumpe, su voz baja y precisa.

—Estás alejada de tu familia, con quienes solías pasar cada día. Tus préstamos de la Universidad Sejong, del período 2017 a 2021, se están acumulando con intereses que no puedes alcanzar. Trabajas para mantenerte a ti y a tu encantadora novia mientras ella sigue buscando empleo. Los prestamistas están cerca, T/N. Sabes que ellos no fallan.

Sientes que las piernas te flaquean, las paredes del callejón parecen cerrarse.

Una parte de ti quiere golpear al hombre, tus puños están apretados, odias lo vulnerable que te sientes ahora. Porque las palabras de este reclutador son un cuchillo, cortando las paredes frágiles que has levantado alrededor de tu vida.

Este extraño lo sabe todo, y esa revelación te aplasta. Tiene que ser parte de algo... una organización, lo que sea.

Te han estado observando, registrando tus luchas como si fueran entradas en un libro contable.

Quisieras gritar, tirarle la tarjeta de vuelta, pero tu mano no se mueve. Los 100,000 won aún están apretados en tu puño.

Él vuelve a ofrecer la tarjeta, y esta vez, la tomas, con los dedos temblando.

—Una gran oportunidad te espera —dice con una voz que ahora suena casi amable, como si te estuviera haciendo un favor.

De pronto, se da vuelta y se aleja, sus zapatos relucientes golpeando contra la grava, desapareciendo en las sombras del callejón de Sillim-dong.

Te quedas ahí, con la tarjeta pesada en tu mano, la dirección mirándote como un desafío.

Tu descanso casi ha terminado, quedan diez minutos.

Guardas la tarjeta en el bolsillo y sacas otro cigarrillo, las manos aún temblorosas al encenderlo.

La primera calada no te calma, el humo es amargo en la garganta. El estrés del encuentro te consume, un miedo gritante de que este hombre, este juego, sea el comienzo de algo que no vas a poder controlar.

Exhalas, viendo cómo el humo se disuelve en la noche y te preguntas en qué te acabas de meter.

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