El sol se empezaba a asomar por las cortinas cuando abrí los ojos al escuchar la alarma de mi celular. Estiré el brazo izquierdo para apagarla, sin lograrlo. Suspiré mientras echaba la cabeza hacia atrás y apretaba los ojos. Me quedé unos minutos más en la cama, con los ojos cerrados, escuchando el ruido de la casa. Mis papás ya estaban despiertos; seguramente mi mamá preparaba el desayuno y el café, mientras que mi papá revisaba el periódico en su teléfono. Todo era igual. Todo siempre era igual.
Me levanté y fui directo a la regadera, dejando que el agua caliente terminara de despertarme. Al salirme de bañar, me puse los jeans que usaba casi todos los días y una t-shirt con el logo de Castillo's Goods, el supermercado especializado de mi familia. Abrí la puerta de mi cuarto y el olor a café, pan dulce y tacos de barbacoa llenaba el pasillo. Ese aroma me dio una sensación de hogar que contrastaba con lo que sentía por dentro.
Antes de que pudiera bajar a la cocina, sonó mi celular. Me acerqué al buró para agarrarlo y vi una notificación de Goodreads.
Goodreads es mi refugio literario. Paso horas leyendo reseñas y compartiendo las mías. Ahí encontré historias que me hicieron compañía en mis días más solitarios y donde nació la idea de mi club de lectura.
Desde que empecé a escribir reseñas más detalladas, mi following creció, y con él, la interacción en mis publicaciones. No era raro recibir notificaciones de lectores comentando en mis reseñas. Pero esta en particular captó mi atención: alguien había respondido en el hilo de mi reseña sobre el libro del club de lectura del mes de febrero: The Kite Runner, de Khaled Hosseini.
Daniel Hassan: Tu reseña fue una de las mejores que he leído sobre este libro. Captaste algo crucial que muchos pasaron por alto. Me hizo reflexionar...
Me quedé viendo la pantalla de mi celular. ¿Quién era? Parecía árabe. Revisé su perfil: Daniel Hassan. No tenía foto. Su biblioteca digital estaba llena de clásicos y literatura contemporánea, con títulos que conocía y otros que no. Un cumplido. Solo eso. Pero uno que sonaba diferente. Genuino. No como los comentarios que a veces recibía.
Algo en mí se resistía a ignorarlo. Empecé a escribir una respuesta, pero me detuve. ¿Por qué lo estaba pensando tanto? Finalmente, decidí contestar.
Elsa Castillo: Gracias. Este libro me dejó pensando por varios días. Hay algo en la manera en que el autor aborda la culpa que se me quedó grabado. ¿Tú qué opinas?
Después de responder y guardar mi celular en la bolsa trasera del pantalón, bajé las escaleras y, como lo había imaginado, mi mamá estaba en la cocina, con su pelo castaño perfectamente peinado y un outfit impecable incluso a esas horas de la mañana. Traía un suéter pegadito y jeans oscuros, siempre bien arreglada sin importar la ocasión. Mi papá estaba en la mesa de la cocina, con el celular en una mano y una taza de café en la otra. Su pelo, que alguna vez fue completamente negro, ahora tenía mechones de canas en las sienes, pero lejos de envejecerlo, le daban un aire de experiencia que imponía sin esfuerzo. Su barba bien recortada disimulaba la expresión seria con la que solía empezar el día.
Me sonrieron, y aunque respondí con la misma sonrisa, no estaba segura de si realmente había llegado hasta mis ojos.
—Buenos días, cielo —dijo mi mamá, Patricia, sirviéndome café en mi taza favorita.
—Buenos días —respondí, sentándome en la mesa.
Mi papá, Manuel, me vió de reojo y frunció el ceño ligeramente.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
Asentí con la cabeza y tomé un poco de café. No era del todo cierto, pero tampoco mentira. Dormir suficiente no significa dormir bien. Saqué mi celular y lo puse sobre la mesa de la cocina, pensando en el mensaje de Goodreads. Me pregunté si mi respuesta había sido demasiado intensa. Pero antes de que pudiera seguir dándole vueltas, llegó su contestación. No en el hilo de la reseña, sino por mensaje directo. No sabía que Goodreads tenía esa opción.
Daniel Hassan: Espero que no tomes a mal mi atrevimiento, pero el libro toca temas importantes que quisiera explorar más allá del hilo. Estoy de acuerdo contigo: la culpa es un peso difícil de soltar, aunque uno intente huir de ella. Me sorprendió que no se mencionara más en las reseñas que vi.
Después del desayuno, tomé mis cosas y salí rumbo a Castillo's Goods, donde trabajaba principalmente llevando la contabilidad, aunque en realidad hacía de todo. No era un mal trabajo, pero tampoco era lo que había soñado. A veces sentía que solo estaba allí por inercia, por ser lo que se esperaba de mí, lo más lógico.
Cuando llegué, Linda, mi compañera de trabajo, ya estaba organizando la caja registradora. La saludé con un gesto de cabeza y me dirigí a mi escritorio en la pequeña oficina dentro de la bodega del almacén. Prendí la computadora y empecé con mi rutina del día: revisar las cuentas del día anterior, sumar, restar, escanear facturas y hoy agregué un paso más: responder el mensaje de Goodreads de un desconocido que empezaba a captar mi interés.
Elsa Castillo: Tienes razón... a veces parece que muchas reseñas solo tocan la superficie. A mi me gusta profundizar en las mías. Otra cosa que me gustó muchísimo es ver cómo las personas luchan contra sus propios errores y cómo eso define sus vidas.
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Daniel Hassan: Eso es lo que más me atrae de la literatura. No es solo la historia, sino cómo nos vemos reflejados en los personajes, a veces sin darnos cuenta. Como si fueran espejos distorsionados.
Sus palabras resonaron en mí. Pensé en mi propia vida, en la sensación de estancamiento. Y al mismo tiempo, en la culpa de no sentirme agradecida por lo que tenía.
—Elsa, tienes visita —dijo Linda, asomándose desde el almacén, dejando la puerta de la oficina abierta.
Levanté la vista del monitor. No esperaba a nadie.
Sin embargo, ahí estaba Camila. Mi mejor amiga desde que tengo memoria, apoyada contra la ventana de la oficina que da al almacén, con la seguridad de alguien que se mueve por el mundo sin pedir permiso. Su pelo castaño oscuro, que casi siempre trae suelto en ondas naturales, caía sobre sus hombros, enmarcando su cara de facciones suaves pero expresivas.
Sus ojos gris azulados me miraban con una mezcla de curiosidad y diversión, como si siempre estuviera a punto de hacer alguna travesura. Apenas me sacaba cinco centímetros, pero siempre lograba verse sofisticada. Parecía que cada cosa que se ponía estaba hecha a su medida. No importaba si traía jeans y una blusa casual o un vestido elegante, Camila tenía ese porte que hacía que pareciera sacada de una revista.
—¿Sigues aquí? —dijo sacudiendo la cabeza antes de que yo pudiera decir alguna palabra.
—Faltan dos horas para cerrar, ya sabes que no puedo dar mal ejemplo yéndome temprano —le contesté.
—Elsa, sabes que no me refiero a por qué sigues aquí hoy, sino a por qué sigues aquí at all; ¿Cuándo piensas escapar de este lugar?
Traté de sonreír, pero sentí el peso de su pregunta. Era una conversación recurrente entre nosotras. Camila vive en Chicago. Trabaja en un despacho contable, su oficina está en el piso 42 de un edificio moderno y tiene cenas en restaurantes de chefs reconocidos con nombres impronunciables. Y yo aquí, entre cajas registradoras, comida y recibos manchados de café.
—Algún día —respondí sin mucha convicción.
Camila resopló y dejó caer su bolso de diseñador sobre el escritorio.
—Eso dijiste hace tres años cuando nos ofrecieron el trabajo en Chicago a las dos. Y aquí sigues, en el mismo lugar, con las mismas excusas.
Cuando dijo eso, un peso se instaló en mi pecho. Camila no conocía toda la verdad detrás de por qué no me fui a Chicago. Aun así, no quería discutir. No hoy. Así que cambié de tema.
—¿Y qué haces aquí? ¿No se supone que las grandes asesoras contables de Chicago no tienen tiempo para visitar a los mortales?
—Ay tonta —dijo, riendo—. Vine a verte, obvio. Pero en serio, Elsa, ¿te vas a quedar aquí toda la vida?
La pregunta me agarró desprevenida. No porque no la hubiera escuchado antes, sino porque cada vez era más difícil responderla.
Mi vida es esto. Un trabajo estable, padres que cuentan conmigo y la comunidad que me vio crecer. No está mal. Pero a veces, en noches de insomnio o cuando estoy envuelta en un libro de aventuras y grandes amores, es que me permito pensar en lo que pudo haber sido. En lo que aún podría ser.
Suspiro y cierro la computadora, apagando el monitor.
—Trabajo. Leo en mi casa. Y empecé un club de lectura del que tú eres parte. ¿Cuenta eso como aventura?
—Solo si el libro tiene dragones o amor apasionado —bromea. Luego su expresión cambia—. ¿Y en lo personal? ¿Nada interesante? ¿Ni siquiera un romance pasajero?
Me río, pero el nudo en mi estómago me dice que la pregunta me incomoda. No hay nada. Solo la tienda, las cenas con mis padres y las noches frente a la pantalla, refugiándome en libros y en historias ajenas para no pensar en el vacío que no quiero nombrar. Y desde hace pocas horas, una conversación con un extraño que parecía cada vez más interesante, pero no lo iba a mencionar.
—Nada —dije encogiéndome de hombros.
Camila me observa, como si pudiera ver más allá de mis palabras.
—Bueno... si algo cambia me avisas.
—Gracias por venir, pero realmente tengo que terminar el cierre del mes pasado —le dije, deseando terminar la conversación.
Camila asintió con la cabeza y se despidió. La vi finalmente salir de la tienda, volví a abrir mi computadora y no me resistí a abrir Goodreads para seguir con la conversación.
Elsa Castillo: ¿Y tú? ¿Qué viste en el espejo distorsionado?
Daniel Hassan: Más de lo que me gustaría admitir. Me hizo pensar en cómo la vida te da oportunidades, pero también impone expectativas. Trabajo en el negocio familiar, en la industria de la construcción, y eso conlleva presiones que a veces pesan más de lo que quisiera.
Negocio familiar. Expectativas. Mientras yo batallaba con las mías, él parecía atrapado en las suyas. Y, sin embargo, esa lucha nos parecía conectar de una forma inesperada.
Elsa Castillo: Te entiendo. Yo también trabajo en el negocio familiar, aunque no es tan glamuroso como una constructora. Mis papás tienen un supermercado especializado, Castillo's Goods. ¿Cómo lidias con esas expectativas?
Sin darme cuenta, estaba compartiendo con él más de lo que había compartido con alguien en meses.
Daniel Hassan: Compartimos ese privilegio, que se puede sentir como carga. A veces siento que camino sobre una cuerda floja entre lo que esperan de mí y lo que realmente quiero. No siempre es fácil, pero intento ser fiel a mí mismo.
Hubo una pausa. No porque la conversación se hubiera acabado, sino porque ambos parecíamos medir el peso de nuestras palabras. Al principio solo sentía curiosidad por conocer más de él. Pero con cada mensaje, me daba cuenta de que algo dentro de mí estaba cambiando. Cada respuesta suya me hacía sentir como si estuviéramos quitándonos las máscaras. Como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera ser yo, sin filtros.
Elsa Castillo: Acabas de describir exactamente cómo me siento. Es extraño pensar que alguien que no conozco puede entenderme mejor que quienes han estado a mi lado toda la vida. Y aún más extraño que hablar con un desconocido me haga sentir tan... yo.
Daniel Hassan: Es porque aquí no hay presiones ni expectativas de quiénes somos o quiénes debemos ser.
Leí su respuesta y sentí algo despertarse en mí. Era una chispa en medio de la monotonía. No sabía qué nombre darle, pero ahí estaba. Por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí volvía a encenderse.
Esta historia fue la primera que escribí. No sé si será viral, pero sí sé que es mía. Gracias por leerla.