OTRO MUNDO

By LuCress05

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Kasumi está acostumbrada al orden: a entender las reglas, a vivir en silencio, a sostenerse en una rutina que... More

ADVERTENCIA
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Epílogo

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By LuCress05


—¿Que yo sé a dónde se dirigió? Entre todos mis recuerdos es imposible que...—salían de la cueva, y en el ambiente parecían haber más preguntas que respuestas.

—Podrían ser lugares importantes para Ishi. —ofreció como ayuda Arata.

—¿Un lugar importante para...? —No habló por varios segundos hasta que algo vino a su mente—. ¡Su anterior hogar! Allí empezó todo, ella querrá terminarlo allí, lo presiento.

—Eso es interesante... Podría ser, pero, ¿dónde queda su anterior casa? —preguntó Michiko inquieta.

—Es un arduo camino...

Tenían una idea de hacia dónde ir, pero no de cómo guiarse.

Un estruendoso sonido se escuchó cerca de ellos. El dragón de escamas doradas salió volando de la cueva, destruyéndola en gran parte, solo dejó un pequeño lugar: en donde estaba el anciano con el que habían hablado anteriormente. Aterrizó a metros de los adolescentes que hace unos instantes estaban buscando soluciones para sus problemas.

Se veía mucho más gigante que cuando estaba dentro de la cueva; parecía medir cerca de cincuenta metros, era tan enorme que podrían confundirlo con montañas fácilmente.

Quizás no tan arduo. —Apoyó todo su cuerpo en el suelo y los miró con sus ojos celestes—. Súbanse, los llevaré.

—¡Wow! ¿Qué? Claro que quiero subir a tu bello lomo—era Arata asombrado por la hermosura de bestia que tenía frente a sus ojos.

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—Hijo, eres lo único que me queda, necesito que te hagas cargo del lugar mientras yo termino con esto.

—¿Y si te pasa algo?

—Cierra esa boca, muchacho. Soy una Diosa demasiado fuerte, más que tú y tus hermanos, no moriré.

—Pero...

—Suficiente tuve con el mundo humano como para que siga derrumbándose todo lo que me importa. Acabaré con esto.

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El viento se sentía fuertemente en sus rostros, era difícil agarrarse de aquellas ásperas y doradas escamas. Aun así, no podían concentrarse solamente en no soltarse; algo los intrigaba, los tres tenían dudas acerca de toda la ayuda recibida por el dragón.

—¿Por qué nos ayudas? ¿Un dragón ayudando humanos? Hay algo detrás de esto, ni siquiera sé cómo fui capaz de subir a tu lomo sin ninguna queja de por medio.

Oh, cabellos color cielo...No los ayudo solamente a ustedes; hay tratos que los Dioses están rompiendo. Si van a intentar matar a Rachel, yo estoy con ustedes. Los humanos son ingenuos, no saben absolutamente nada de los Dioses, pero es esencial que dejen de interferir en los sucesos de los mortales.

—¿Dioses? ¿De qué hablas? ¿Quién es Rachel? ¿Qué...? —Kasumi no podía parar de encontrar preguntas.

Cálmate. Entiendo que esté en peligro tu amante, no obstante, hay más cosas en juego. Solo responderé a lo necesario, los humanos no pueden saber tanto sobre ellos ...

» Los Dioses son seres que nunca envejecen; a partir de los veinticuatro años humanos seguirán igual físicamente. Tienen poderes, supongo que ya se habrán dado cuenta luego de combatir contra dos. —Un sonido ronco se dejó oír, este parecía una pequeña risa—. Ellos viven en otro ¿mundo? Me parece que así lo llaman... Tienen reglas; saben que no pueden interferir aquí casi de ninguna forma...

—¿Casi? —cuestionó Arata.

Solamente pueden tener relaciones sexuales con cualquier tipo de mortal, pero no sentimentales... El trato se hace con los dragones ¿Por qué? Somos de los pocos que podemos hacerles frente. Esa es la razón por la que nos nombraron como "Los protectores de los mortales", aunque no haya dragones con la voluntad de ayudar. A algunos solamente les importa el poder y asesinar a sangre fría.

—Eso quiere decir que quieren romper las leyes entre el mundo de los Dioses y mortales...

Te equivocas, ellos no. Rachel es quien quiere interferir por deseos personales. Ustedes no deberían estar aquí, la cabellos de fuego no debería haber vivido como una persona común en su realidad.

—Allí, nuestra realidad... Espera ¿Solo una? ¿Por qué no la castigan si está incumpliendo la ley?

No lo sé, son las leyes de los Dioses que todavía no se me han comunicado. Si no lo hacen ellos nos tocará intervenir para matarla.

—¿Peleará con una Diosa...? ¿Qué motivos personales tiene con Ishi? ¡Mierda! No logro entender por qué—la pelinegra estaba asustada y frustrada, quería conocer cada vez más. Se agarraba con aun más fuerza de las escamas del dragón.

Eso no te incumbe humana, ya sabes lo suficiente. —Sus alas luego de aproximadamente una hora, se movieron para girar hacia la derecha—. Ya estamos por llegar. Tengo que volver a mi nido, no puedo seguir descansando ni ayudar a humanos. Fue agradable hacer algo por nuestro mundo, espero la victoria. —Se mantuvo en silencio por varios minutos hasta que de un momento a otro empezaron a bajar en picada. Los adolescentes estaban por rendirse con el agarre cuando sintieron una energía rodear sus muñecas; Kasumi había creado unas cadenas que rodeaban el cuerpo del dragón y sus manos con el fin de sostenerlos en su lomo. Luego de aquella tortura aérea la bestia de cincuenta metros al fin tocó el suelo. Los jóvenes divisaron troncos tirados en el césped y una casa destruida, a lo lejos se encontraba una figura humana.

Bajen, pero recuerden que para esta batalla deben usar el "regalo". Sé que los ayudará. Por cierto, me llamo Vincenzo. —Los jóvenes asintieron, bajaron con dificultad y corrieron hacia la figura desconocida, que cada vez podía reconocerse un poco más.

—¡Ishi! —Gritó la pelinegra. La emoción se palpaba en el ambiente, todos estaban alegres por el reencuentro.

La pelirroja giró su cabeza hacia ellos y les dirigió una mirada alegre mientras sostenía la sonrisa por unos segundos, hasta que de un instante a otro sus ojos cambiaron de objetivo; empezaron a observar hacia la izquierda, luego a la derecha, para abajo y por último levantó la mirada. Se veía asustada.

—¡EL TALISMÁN, AHORA! —gritó como nunca lo había hecho, como nunca pensaron que podría hacerlo. Seguramente su voz se escuchó a kilómetros.

Ubicó su mano en el bolsillo del pantalón de cuero que tenía puesto y su postura cambió a una de batalla. Algo estaba por venir, lo presentía.

Kasumi reaccionó al instante. Sabía que se refería a protegerlos a todos, menos a Ishi. Brindó su energía al talismán mientras imaginaba una esfera que cubría a los tres adolescentes.

Es el momento.

Milésimas de segundos después pudieron sentir como el mundo vibraba, si es que eso era posible. Algo, o mejor dicho alguien bajó del cielo a una velocidad inhumana golpeando contra la morena que no fue cubierta por la esfera anaranjada.

—¡No! —gritó la pelinegra, aterrada. Se preguntaba que era aquello que había impactado contra la proveniente de este mundo, pero quiera o no, ya lo presentía.

—¿Qué está pasando? —Michiko se encontraba también rodeada de miedo, no podía entender lo que estaba sucediendo.

—Esto... simplemente no es fabuloso...—Arata se encontraba rodeando sus rodillas con sus brazos mientras miraba fijamente hacia el frente.

—Es... "Es el momento." —dijo temblorosa Kasumi, intentando no ser consumida por el temor del momento.

Aunque quisieran, ninguno podía moverse. Sus cuerpos temblaban, nunca habían sentido tanto poder en un ser.

—Hija mía. —una sonrisa malévola adornaba el rostro de la mujer de cabellos rosados y ondulados por debajo de la cintura, con una piel tan alba como la nieve, o como un suelo blanco recién limpiado. Su mirada que reflejaba odio iba dirigida a la morena frente a ella, que estaba en el suelo intentando levantarse sobre los restos de su antigua casa.

—¿Qué? —la pelirroja no podía entender las actitudes ni palabras de la mujer alta.

—Eres mi hija, y es por esa razón que te mataré. Arruinaste mi vida y mataste a mis queridos hijos por egoísmo. Eres un error, no mereces vivir. —Plantas brotaban de la tierra con fuerza, con ansias de llegar a su objetivo, como la primera vez en el mismo lugar.

—¡Ishi! —un grito se escuchó desde la lejanía. Ninguno de los adolescentes estaba en la esfera; eran objetivo fácil, pero Kasumi tenía algo en su mano: un elemento dorado en forma de rombo con líneas rojas—. Agárralo.

La pelinegra lo tiró en dirección a la morena, esta lo intentó agarrar, pero se le resbaló de las manos y cayó al suelo. Se rompió, no obstante, su realidad se desvirtuó en ese instante. Los jóvenes y la mujer se trasladaron hacia aquella otra realidad sin desearlo; esta era completamente dorada, exceptuando por algunos huecos que había en aquel espacio. Esos huecos en las paredes contenían recuerdos de todos los que estaban dentro del lugar. Los recuerdos eran uno solo en sus cabezas. Se sentía como si la experiencia hubiera sido la misma para todos, estaban conectados por vivencias.

Podía verse con claridad a los hermanos muertos de Ishi.

La violencia que sufrían Michiko e Isamu en su casa por parte de su padre.

El día que encontraron a la madre de Kasumi muerta.

Arata pequeño trabajando en distintos lugares para ayudar a su madre.

Y... Lo que todos deseaban conocer desde el principio:

«Es tan hermoso, tan bueno, tan audaz...Lo observo desde que tenía doscientos setenta años, desde que nació, y me he enamorado de él incluso si no me conoce.» Pensaba la mujer de cabellos rosados mientras miraba a un humano por el espejo de los Dioses. Tanto tiempo en ese aburrido mundo intentando ser alguien poderosa y civilizada para lo que es ser un inmortal a veces aburría, es por esa razón que un día buscando saber cómo era la vida humana, se encontró con un bebé, y prometió que lo vigilaría el resto de su vida. Con el tiempo ella se enamoró profundamente de cómo era él. De sus accionares, de su belleza. Quería conocerlo, él vivía solo, ya que sus padres habían muerto hace cinco años de una enfermedad desconocida para la Diosa.

—Quiero cruzar. —le dijo a su padre, Zeus.

—¿Al mundo mortal? ¿Por un humano? Hija, sabes bien que no eres libre de hacer lo que quieras allí, ¿incluso así te arriesgarás? —Asintió la mujer de tez blanca con una gran sonrisa—. Sabes que no puedes tener relaciones sentimentales con humanos. No puedes interferir...

—"No se puede interferir en el mundo mortal. Los Dioses no pueden interferir en la vida de un mortal, solamente pueden tener relaciones sexuales con ellos, no obstante, si engendran un hijo este tendrá que ser llevado al mundo de los Dioses."

—Exactamente... Más te vale no incumplir la ley, tendremos problema con los dragones y no es adecuado producir una guerra por tus... imprudencias.

—Lo sé, no haré nada imprudente.

Luego de aquellas palabras abrió un portal hacia el mundo mortal con su energía para encontrarse con el hombre que amaba.

Se hizo pasar por una mujer que era capaz de morir por enfermedades e incidentes, una mortal capaz de envejecer, no obstante, sabía que no era así. Ella no envejecía hacía siglos, no podía morir por incidentes ni mucho menos enfermarse.

Caminó esperando encontrarse con su amado que todavía desconocía su existencia. Tocó la puerta delicadamente hasta que vio la madera moverse.

—Hola, ¿quién es usted? —podía ver a aquel hombre cara a cara. Era más bajito de lo que creía, apenas le llegaba al pecho, pero seguía teniendo sus características físicas bastante notables; un hombre moreno; su cabello castaño y largo hasta los hombros; nada tapaba su pecho por lo que se podía ver su figura marcada y abdominales que volverían loca a cualquier mujer; llevaba un pantalón de cuero que atrapaba sus piernas con firmeza; unas manos ásperas, pero que sin dudas quisiera acariciar; y unos ojos que parecían esmeraldas.

—... Necesitaría algo de comer, ¿me dejaría entrar? —todavía estaba anonadada por lo que estaba viviendo, necesitaba conocerlo en persona.

—Claro, pasa. —Hizo una seña para que lo siguiera hacia dentro de su casa y que se sentara en un pequeño tronco. No tenía ni un parecido a las casas de los Dioses; era pequeña, de colores opacos e inestable.

—Te traeré mi caza del día. Me da gusto conocer a alguien, ya sabes que es difícil relacionarse con personas aquí—se dirigía hacia un pequeño espacio donde había carne cruda de un... ser.

—¿Qué es eso?

—Una Anfisbena, ¿no la conoces? Imposible, es de las más fáciles de cazar en este lugar, aunque tengo que admitir que me ha costado un poco esta vez. —Largó una risita vergonzosa mientras ubicaba la carne en la fogata que había hecho antes de que ella llegara—. No me has respondido, ¿quién eres? —le sonrió amablemente mientras prendía el fuego con una piedra y un palillo.

—Soy... Rachel, tú tampoco dijiste quién eres. —Curvó sus labios en una sonrisa delicada, sabía la respuesta.

—Me llamo Arkal.

—Qué lindo nombre, Arkal. Dime, ¿tienes pareja? —Ella esperó la respuesta ya conociéndola.

—No, mierda, ¿con quién estaría? Hace cinco años que no me relaciono con humanos directamente, es difícil.

—Cierto, es difícil. Yo... mi familia me dejó a la deriva, no sé a dónde ir.

—Es muy apresurado, pero si quieres puedes quedarte aquí un tiempo. Necesitaría que alguien me dé una mano con la casa, me ayude a cazar, etcétera.

—Me parece bien. Aunque... ¿no te da miedo? Digo, ¿una desconocida viviendo contigo?

—Pareces una buena y hermosa mujer. Tienes una belleza particular. —Sonrió el hombre mientras miraba la carne tomar un color cobrizo. Las mejillas de Rachel se enrojecieron notablemente. Esas palabras la avergonzaron, era muy directo a su parecer—. ¿Sabes? Me parece que la Anfisbena ya se ha cocinado. —Con una rama en forma de lanza pinchó el cuerpo ya cocinado de la bestia y lo cortó con sus manos, para luego entregárselo en las manos blancas de la mujer—. Come, su sabor es agradable.

Comieron, hablaron un par de horas más y decidieron ir dormir.

Aunque quisieran no fue posible, el deseo de los dos era más fuerte. Sentían una atracción nunca antes vista por el otro. Esa noche luego de horas de relacionarse con palabras, ahora era el contacto físico lo que los dos anhelaban: tocarse, sentir sus cuerpos desnudos acostados en aquella pequeña cama hecha de cuero colgando de unos palos.

La primera noche que pasaron juntos. La primera noche en la que mantuvieron relaciones sexuales.

Ese escenario en la cabeza de Arata, Michiko y Kasumi generó una mueca de desagrado.

—Esto es pornografía en vida real—anunció el castaño asqueado.

Ishi veía con seriedad a la mujer de cabellos rosados sin inmutarse. La Diosa se encontraba en cuclillas, agarrándose la cabeza con fuerza. Estaba en ese estado desde que los recuerdos empezaron a aparecer.

Más de un año pasó desde ese día, Arkal y Rachel formaron una familia. Tenían a su hija de cinco meses con ellos. Cabello rojizo por una mezcla de los dos, ojos esmeraldas como su padre y era un poco más grande de lo normal por su madre.

—No intentes caminar todavía, eres pequeña...—se quejaba el hombre que compartía el color de ojos con su hija.

—Ba... Ba-ba... Uru.

—Aria...—sonreía con ternura la mujer de piel completamente blanca mientras agarraba las manitos morenas de su pequeña—. Amor, necesito irme, tengo cosas que hacer.

—Ve—respondió el hombre fríamente, cada vez que decía aquellas palabras su rostro cambiaba a uno de seriedad. Ella no le preguntaba el por qué, sabía que, si le cuestionaba, debía decir cosas que no quería.

La mujer salió de la casa, se escondió en el bosque como lo hacía habitualmente y se lanzó como un cohete hacia el mundo de los Dioses.

—Hola padre, ya estoy aquí.

—Rachel. Estás rompiendo leyes. Debes traer a tu hija aquí y abandonar a ese hombre. Ya han pasado catorce meses.

—Tengo una familia con ese hombre, papá.

—¿Qué hablamos antes de que bajes al mundo mortal? Lo mataré si no lo abandonas. Estas rompiendo leyes y eso no lo puede permitir el "Dios de los Dioses".

—No te hagas llamar así, egocéntrico. Veré si puedo traerlo aquí para que conviva, ¿mejor así? Será uno de nosotros.

—¿Qué te hace pensar que aceptaré?

—Yo era mortal, ¿no recuerdas? Tú me convertiste en Diosa porque me agarraste cariño en el momento que me viste abandonada en un bosque, ¿por qué no puedo hacer lo mismo?

—...Está bien. Hazlo, pero no puedes quedarse en ese mugroso mundo. —Rachel asintió y bajó de vuelta para encontrarse con su amado y la hija que quería.

Arkal no estaba muy contento con su regreso, tenía a su hija en brazos alejada de su madre.

—Dime a donde te diriges siempre, estoy harto de esto.

—Justo de eso te quería hablar...

—No eres humana, ¿verdad? —se encontraba furioso, nunca lo había visto de esa manera.

—¿Qué? ¿Por qué esa suposición?

—Mujer, es muy extraño todo. No creo que hayas estado con otros hombres, te vas solo por unos minutos desde el primer día que te conocí y nunca dices nada. Caíste a mi casa un día cualquiera para hablar, ¿tú sabes que aquí los humanos no hacen amigos por temor de que haya combate a muerte? Me pareció muy raro en su momento, ahora entiendo por qué. No conocías lo que era una Anfisbena, ¿qué tipo de carne comías entonces en este mundo? Ahora sabes que aquí hay pocos seres sin poderes. Eres demasiado alta para ser una mujer, para ser humana. Dime, ¿me equivoco? ¿Qué cosa es mi hija? ¿Humana y qué más?

—Mi amor desde cuando tienes estas dudas, nunca me las has comentado...—intentaba acercarse a él con cautela, pero Arkal daba un paso hacia atrás cada vez que Rachel se acercaba. La pequeña Aria veía la discusión con incredulidad, nunca los había visto hablar así en sus cinco meses de nacida.

—Dime si tengo razón. Estoy harto de vivir en una mentira ¿Qué debo comentarte? Tú debes decirme la verdad y en estos catorce meses no has dicho ni una palabra. Para mí eres una desconocida.

—Si tienes razón, pero...

—¿Qué es mi hija? ¿qué eres tú?

—Yo soy una Diosa, ella una Semidiosa, ¿contento?

—Mierda, forniqué con una Diosa y tuve una hija, que tiene sangre de Dios...—se encontraba verdaderamente sorprendido, casi como si no lo creyera—. No quiero verte más, yo me quedaré con nuestra hija, vuelve de donde viniste.

—Tú no entiendes, esto es más complicado de lo que parece.

—¿Qué es lo complicado? ¡Vete!

—¡No entiendes! Escúchame sin juzgarme por una vez. —El hombre que agarraba con fuerza a su niña con sus ásperas manos y fornidos brazos se quedó callado, intentando calmarse y entender. —. No podía decírtelo, los Dioses solo pueden tener relaciones sexuales con mortales, no crear una relación sentimental, yo te veía desde mi mundo y me enamoré de ti, quise conocerte y así tuvimos una hija. Ahora me obligan a que vuelva al mundo de los inmortales para vivir allí con Aria, tú no deberías saber que soy una Diosa, ahora debes venir conmigo, y nuestra niña también. Debes convertirte en un Dios.

—¿O sea que nuestro encuentro fue planeado? Nada fue real...

—¡Nuestro amor fue real!

—¡No! Tú querías que pasara. No me convertiré en Dios, me gusta ser humano y sincero, ¡Mentirosa!

—¡Eres un estúpido! ¿Por qué te cuesta tanto vivir feliz conmigo?

—Porque todo contigo fue una mentira, no entregaré a la niña que es la única que posee amor de verdad. Debe ser criada por un humano, no por una insensible de mierda.

—¡Me tienes harta! —La peli-rosa inmovilizó al hombre con su poder haciendo que salgan plantas del suelo con espinas, que de a poco iban pinchando su cuerpo.

—¿En serio eres capaz de matarme? Eres una hija de puta. —Arkal le escupió mientras protegía a su pequeña de las espinas—. Si lastimas a la niña y te las verás conmigo en esta u otra vida.

La mujer alta sacó a su hija de los brazos de su padre.

—¡No!... Dame a Aria...

—Olvídate de ella, yo también lo haré, ninguno de los dos será feliz y tú morirás ahora. —Las espinas crecieron al menos diez centímetros de largo para clavarse en su amado con total fiereza. Se escuchaba con claridad sus gritos agónicos, se podía observar como la sangre brotaba de su cuerpo como si el agua pasara por un colador.

La pequeña Aria no paraba de llorar al ver a su padre atravesado por tantas espinas.

Rachel al ver que su amado no respiraba se dirigió hacia el bosque con la niña, muy lejos de la pequeña cabaña.

Quiso asesinarla con sus rosas como lo hizo con su amado, no obstante, le fue imposible, seguía sin poder creer que había matado a Arkal, no quería hacer lo mismo con su pequeña...

Con esperanza de que viviera o no la dejó abandonada a la intemperie esperando que muriera por alguna de las bestias, sin embargo, fue encontrada por un anciano...

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