Cuando abro los ojos, el mundo me duele. El cuerpo me pesa, los moretones laten con su propio ritmo, pero hay algo distinto esta vez.
Huele a café.
A tostadas.
Y a él.
Me incorporo despacio, con cuidado, y lo primero que veo es su chaqueta sobre la silla, su casco en el suelo. Me doy cuenta de que el sofá está algo desordenado, y que la manta con la que me cubrió sigue sobre mis piernas. Mi móvil cargándose. Una botella de agua junto a la cama.
Entonces lo oigo.
El ruido bajo de la cocina. El sonido de una sartén.
Me levanto, todavía en pijama, aún con los parches del hospital en el costado. Camino con pasos torpes hasta el umbral de la cocina. Y ahí está.
Draken.
De espaldas.
Camiseta negra, manga remangada. Un poco despeinado. Está tostando pan y vigilando que los huevos no se quemen. Tiene una cicatriz en el brazo que nunca había notado.
—Huele bien —susurro desde la puerta.
Se gira. Me mira. Y sonríe. Es una sonrisa pequeña, cansada. Pero es real.
—No sabía si te gustaban con sal o sin —dice señalando los huevos—. Así que los hice con muy poca.
—Están bien así —respondo, sintiendo cómo se me encoje el pecho.
Me acerca una taza.
—Café con leche. Con más leche que café.
Asiento, agradecida.
Nos sentamos. Desayunamos en silencio, y por un momento parece que somos eso: una pareja normal en una mañana cualquiera. Pero no lo somos. Porque todavía hay heridas que no han cicatrizado.
—¿Dormiste aquí? —pregunto, rompiendo el silencio.
—No iba a dejarte sola —dice sin levantar la vista del plato—. Me habría quedado aunque me echaras.
—Gracias.
Mastica en silencio. Luego se limpia las manos en una servilleta.
—Voy a curarte eso otra vez. Lo de la ceja se ha hinchado un poco más —dice levantándose y buscando la botellita de yodo y el algodón.
Yo no me muevo. Solo lo miro.
Cuando regresa, me siento en la silla del salón. Él se arrodilla frente a mí. Me limpia con cuidado. Me sopla como si eso pudiera aliviar.
—¿Duele? —susurra.
—Solo cuando me miras así —respondo, sin pensarlo.
Él sonríe, pero no dice nada. Me acaricia el muslo, apenas con la yema de los dedos, y sigue curándome.
—No estoy listo para volver a estar contigo —dice de repente, sin mirarme—. Pero estoy aquí. Y voy a seguir cuidándote hasta que pueda. Si tú me dejas.
Asiento. Porque en este momento no tengo otra fuerza más que para eso. Para quererlo. Para dejarlo quedarse.
Y eso, por hoy, es suficiente.
Llevamos horas sin decir mucho.
Draken se ha sentado a mi lado en el sofá, con su cuerpo girado ligeramente hacia mí, lo suficiente para tocarme si quisiera. Pero no lo hace. No como antes. Me ha curado las heridas, me ha hecho el desayuno. Me ha puesto una manta cuando ha notado que me temblaban las piernas.
Y aún así, está lejos.
Sus ojos están aquí, pero su alma está a la defensiva. Como si una parte de él todavía temiera confiar.
—¿En qué piensas? —pregunto por fin.
—En ti —dice, sin rodeos—. En todo lo que pasó. En que no supe protegerte. Ni de Moz. Ni de ti misma.
Quiero decirle que eso no es justo. Que no era su culpa. Que la que se equivocó fui yo. Pero me gana el nudo en la garganta.
—Draken…
—No me interrumpas, por favor —su voz es baja, casi suplicante—. No sé si voy a poder volver a hacer esto. Si voy a poder volver a confiar sin sentir que un día te vas a volver a ir. Que vas a volver a dudar de mí en el momento más jodido.
Trago saliva.
—Tienes miedo.
—Sí —responde sin dudar—. Pero eso no cambia lo que siento. Sigues siendo lo más importante que tengo. Y me voy a quedar aquí, contigo, hasta que puedas caminar sin dolor. Hasta que puedas dormir sin pesadillas. Hasta que puedas volver a ser tú.
—¿Y después?
Silencio.
—Después… ya veremos.
Nos quedamos así. Con la promesa a medio hacer, el amor a medio decir.
Y entonces suena el timbre.
Draken se levanta. Me mira, como pidiéndome permiso con la mirada. Yo asiento.
Abre la puerta.
—Hola —dice Cana, con una expresión contenida.
—Está aquí —responde Draken, y se aparta para dejarla pasar.
No dice más. Solo se pone la chaqueta, agarra su casco y me lanza una última mirada antes de salir.
—Vuelvo en unas horas.
Cana entra despacio. Me observa de arriba abajo, sin esconder el temblor en los ojos.
—¿Te duele?
—Un poco —respondo.
Nos quedamos en silencio. Siento que me va a echar otra bronca, que me va a llamar idiota otra vez.
Pero no lo hace.
Camina hacia mí, se sienta en la mesa, frente al sofá.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque no sabía si querías saberlo.
Cana cierra los ojos. Suspira.
—Me asusté mucho cuando te vi así. Me sentí una mierda por no haber estado. Por haberme largado como una cobarde. Y cuando Emma me contó… pensé que te había perdido.
—Yo también lo pensé.
Se hace el silencio otra vez. Y luego ella se acerca, se arrodilla frente a mí, igual que antes hizo Draken. Me toma la cara con las dos manos.
—Tía… eres mi familia. Y lo serás aunque seas idiota. Aunque te equivoques. Aunque te equivoques muchas veces. Pero no me dejes fuera otra vez. No me quites el derecho a cuidarte, ¿vale?
Asiento. Y rompo a llorar, por enésima vez.
Nos abrazamos en el suelo de mi salón. Las dos rotas, pero menos solas que ayer.
Ya es de noche cuando la puerta se abre.
Cana y yo estamos tiradas en el sofá, bajo la manta. Ha estado conmigo toda la tarde, obligándome a comer, distrayéndome con vídeos absurdos. Le agradezco su presencia en silencio, como si un "gracias" rompiera algo sagrado.
Cuando Draken entra, su silueta se recorta contra la luz del pasillo. Trae las manos en los bolsillos y la mirada clavada en mí.
—¿Todo bien? —pregunta, mirándome solo a mí.
Cana se pone en pie.
—Me voy. Os dejo tranquilos.
Le doy la mano. Ella la aprieta fuerte. Al pasar junto a Draken, le dice bajito:
—Cuídala, ¿vale?
Él asiente con un movimiento casi imperceptible. Y se queda ahí, parado, hasta que cerramos la puerta.
Se acerca, se agacha frente a mí como la noche anterior. Sus ojos exploran los míos, buscando algo que no sé si tengo.
—¿Tienes frío?
—No.
—¿Dolor?
—Un poco.
Asiente. Saca de su chaqueta un pequeño botiquín de gasas y vendas nuevas.
—He pasado por la farmacia. Por si necesitas.
—Gracias —susurro.
Se sienta a mi lado. Durante un rato, solo el silencio vive entre nosotros.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice al fin.
—Claro.
—¿Qué fue lo que le enseñaste a Moz para que se bajara los pantalones tan rápido?
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Me encojo un poco.
—Un vídeo.
Draken no dice nada. Espera.
—Lo encontré hace años, cuando todavía estábamos juntos. Estaba en su ordenador. Era de una noche con sus amigos. Le estaban dando una paliza a un vagabundo, en un callejón. Yo… al principio pensé que solo le estaban asustando. Pero luego… —mi voz se rompe—. Luego vi que uno de los golpes lo dejó sin moverse. El hombre murió al día siguiente en el hospital. No les acusaron. Nadie dijo nada. Pero yo… me guardé el vídeo. Por si acaso.
Draken respira hondo. Cierra los ojos, apretando la mandíbula.
—Y usaste eso por mí.
—Sí.
Silencio.
—¿Y él te hizo esto… por eso?
Asiento. Una lágrima me resbala por la mejilla. Draken levanta una mano, me la limpia con el pulgar. El gesto es lento, suave. Casi reverente.
—Lo siento —dice.
—No fue tu culpa.
—Pero si no hubieras estado conmigo, él no te habría hecho esto.
—Y si no te hubiera amado, no habría hecho nada de lo que hice. Ni lo malo, ni lo bueno.
Draken me mira. Sus ojos son un océano en tormenta. Me cuesta sostenerle la mirada.
—Tendrías que odiarme. —Me sale sin pensarlo.
—¿Y qué hago si no sé?
—¿No sabes qué?
—Si quiero dejar de amarte —responde, apenas en un susurro—. Si quiero soltar esto o seguir peleando.
—Entonces quédate. No te pido que decidas nada ahora. Solo… quédate.
Y lo hace.
Draken se quita la chaqueta y se tumba a mi lado, sobre el sofá estrecho. Me recoge entre sus brazos con el mayor de los cuidados, como si aún pudiera romperme con solo respirar.
Y allí nos quedamos. Enredados, callados. Sintiéndonos.
No hemos vuelto. No del todo.
Pero por primera vez desde que todo se rompió,
la grieta se siente menos profunda.
Menos mortal.
Mañana dolerá.
Pero esta noche…
esta noche me aferro a su respiración contra mi espalda como si fuera lo único real en este mundo.