Ashley, de 25 años, y Victoria, de 28, eran una joven pareja de mujeres unidas por el amor, la curiosidad y una fascinación compartida por lo oculto. Tras semanas de conversaciones cargadas de morbo, misterio e insistencia por parte de Victoria, finalmente se decidieron a entrar a una casa abandonada a las afueras de la ciudad. El objetivo era claro: vivir una experiencia intensa, solas, lejos de la cotidianidad, y enfrentarse a lo desconocido.
La casa era vieja, cubierta de polvo, telarañas y un silencio casi antinatural. Mientras exploraban el lugar, en una habitación trasera hallaron una caja de madera. No era una caja común: estaba hecha de Bursera graveolens —conocido por sus propiedades espirituales— y sellada con gruesas cintas y gotas de cera seca, lo que sugería que había sido cerrada en algún tipo de ritual.
Ashley, con voz temblorosa y el corazón acelerado, le rogó a Victoria que no la abriera. Pero el deseo de esta por descubrir lo oculto fue más fuerte. Sin hacer caso a su pareja, rompió los sellos. En el instante en que levantó la tapa, una ráfaga de viento helado y lúgubre recorrió la habitación, haciendo crujir las paredes y erizándoles la piel a ambas.
Dentro de la caja reposaba un mazo de cartas. Estaban cubiertas de polvo, sucias y visiblemente antiguas. Victoria, fascinada, comenzó a limpiarlas una por una. Las cartas mostraban símbolos extraños, ilustraciones desvaídas y textos que apenas podían leerse. De pronto, sus ojos brillaron al reconocer uno de los dibujos.
—¡Es un tarot! —exclamó con entusiasmo, mientras Ashley la observaba con una mezcla de miedo y creciente curiosidad.
Ninguna de las dos sabía exactamente cómo usar un mazo de tarot, pero con la poca señal que lograron captar en sus teléfonos, encontraron una página que describía un ritual de "conexión espiritual", supuestamente útil para recibir guía desde el otro plano.
Antes de comenzar, Ashley expresó su incomodidad: el ambiente se sentía denso, casi como si la casa respirara con ellas. Victoria, tratando de mantenerse en control, la interrumpió con tono seco:
—Dejá de ser tan princesita. Esto es solo un juego.
Se sentaron frente a frente. Victoria, Acuario; Ashley, Sagitario. Comenzaron a barajar las cartas con delicadeza. El viento se apagó de repente. El silencio se volvió opresivo. Las tablas del suelo crujían como si alguien más caminara sobre ellas. Cuando colocaron la primera carta sobre el suelo, una sombra recorrió la habitación y ambas perdieron la conciencia al instante, cayendo en un profundo trance.
Despertaron en el mismo cuarto, pero algo había cambiado. El sol entraba por las ventanas, pero la luz se sentía ajena. Ashley fue la primera en notarlo:
—No estamos solas —susurró.
Victoria, intentando aparentar calma, sintió un nudo en el estómago. La atmósfera era distinta, como si la realidad se hubiera torcido levemente.
Entonces escucharon voces. Muchas voces. Exactamente veintidós. Susurraban, debatían, como si se tratara de un consejo o una asamblea. Salieron del cuarto guiadas por el sonido y al llegar a la sala principal, lo que vieron las dejó sin aliento: la sala había mutado. Ahora era un salón ceremonial, con sillas dispares hechas de distintos materiales, cubiertas de pieles y telas antiguas. En el centro, dos tronos, con placas que llevaban sus nombres: Ashley y Victoria.
Una figura se levantó del círculo. Era un hombre de edad avanzada, cubierto por una túnica larga y desgastada. Llevaba una lámpara antigua que iluminaba su rostro arrugado. Avanzó lentamente hasta ellas, sus pasos resonando como ecos de otro tiempo.
Al llegar frente a ellas, sonrió con solemnidad.
—Bienvenidas. Soy El Ermitaño. Las estábamos esperando...