Narra Jade.
Salimos con Ron y caminamos por las calles tranquilas de Alexandria. El cielo estaba despejado, y el sol apenas comenzaba a calentar el ambiente. La gente ya comenzaba a salir a regar los cultivos, a limpiar armas o simplemente a estirar las piernas. Se sentía casi… normal. Como un pueblo antes de todo esto.
A la mitad del camino, vimos a Carol acercarse desde la calle principal. Venía con una sonrisa que no podía ocultar.
—¿Qué te pasa? —pregunté alzando una ceja.
Carol se detuvo frente a nosotros, visiblemente emocionada.
—Habrá una fiesta —dijo con entusiasmo—. La estaban planeando desde que llegamos, pero como todos hemos estado adaptándonos… no nos lo habían dicho. ¡Pero ya es oficial! Será hoy en la noche, todos están invitados.
Abrí los ojos, sorprendida. Una fiesta. ¿En medio del apocalipsis? Casi parecía un chiste, pero Carol lo decía completamente en serio.
—Oh wow… ¿Irás?
—Claro que sí. Hace mucho que no hacemos algo así. Podemos relajarnos un poco, aunque sea por una noche. —Se acercó y me abrazó con suavidad.
Yo me quedé quieta un segundo, pero luego acepté el abrazo. Se sentía... bien. Cálido. Como una mamá, pensé. Me soltó y siguió su camino.
—Te veo al rato —me dijo antes de alejarse.
Me giré para seguir caminando, pero noté que Ron iba callado, cabizbajo, arrastrando los pies un poco.
—¿Qué te pasa? —pregunté con voz suave.
—Nada... —murmuró.
Lo miré de reojo. No podía engañarme.
—Escúchame, no puedes fingir que estás bien. Se cuándo lo haces. Te conozco.
Ron bajó aún más la cabeza, como si no quisiera decirlo. Caminamos un poco más antes de que hablara.
—Mi padre se puso como loco ayer... —dijo casi en un susurro.
Me detuve.
—¿Está bien? ¿Te hizo algo?
Ron negó con la cabeza.
—A mi madre sí... —tragó saliva—. Dijo que era porque Rick le coqueteaba. Se puso celoso, gritó, rompió cosas…
Sentí un nudo en el estómago.
—Tienes que decirle a alguien. A Rick, o a Deanna… no puedes cargar esto tú solo.
—No. Te lo estoy confiando a ti. No digas nada, por favor. Prométemelo.
Lo miré, dudando, pero asentí.
—Está bien. No diré nada. Pero si alguna vez se pone peor… tienes que prometerme que hablarás.
—Lo pensaré —respondió en voz baja.
Frente a nosotros estaba ya la casa de Lili, la psicóloga. Era una de las pocas casas decoradas, con flores secas en la entrada y una manta tejida en la baranda. Toqué la puerta suavemente.
Lili abrió con una sonrisa que siempre me relajaba un poco.
—¡Hola! —exclamé y me lancé a abrazarla. Ella me devolvió el abrazo con fuerza y calidez.
—Hola, Jade… Veo que hoy no vienes sola.
—Él es Ron —dije dando un paso atrás—. Quiere contarte algunas cosas, pero no quiere que se lo digas a nadie.
Lili se inclinó un poco hacia él, con tono cálido.
—Encantada de conocerte, Ron. Hasta que por fin lo conozco en persona. Lo prometo, soy un lugar seguro. Aquí no se dice nada sin tu permiso.
—Gracias —dijo Ron, algo nervioso, pero sincero.
—Muy bien —dijo Lili—. Primero hablaré con Jade y luego contigo, ¿te parece?
Ron asintió. Entramos. La casa olía a té y papel. Lili nos indicó que Ron podía esperar en el pequeño sofá de la sala, donde había una cajita de madera con juegos y lápices. Yo subí con ella a su pequeño cuarto/consultorio en el segundo piso.
Me senté en el sillón frente a su escritorio, y ella se acomodó con su cuaderno y su pluma. La ventana estaba abierta y el aire fresco entraba junto con el canto de los pájaros.
—Bien… ¿Cómo has estado, Jade?
—Bien… —respondí con un encogimiento de hombros—. Me he estado llevando mejor con Merle, aunque todavía hay cosas que recuerdo…
—Lo sé —dijo con voz serena—. Es normal. Esos recuerdos no se van de un día a otro. Pero lo importante es que los estás enfrentando. Eso es muy valiente.
Asentí, bajando la mirada.
—Ahora, quiero hacerte unas preguntas, ¿sí?
—Sí… escucho.
Lili hojeó su libreta y luego me miró.
—¿Has tenido pesadillas esta semana?
—Sí… tres veces. En una volví a estar en el sótano… en otra, Merle me gritaba… y en la última, me perdía de nuevo en el bosque, sola.
—¿Te despertaste llorando?
—En dos sí. Carl me abrazó hasta que me calmé.
Lili sonrió apenas.
—¿Te sientes segura en la casa con Rick, Daryl y los demás?
—Sí… Aunque a veces siento que Rick me observa demasiado, como si esperara que hiciera algo malo.
—Es porque te cuida, no porque desconfíe —respondió con calma—. ¿Y Carl?
—Lo extraño… aunque últimamente hablamos poco. Él también está raro. Creo que… aún le duele lo que pasó entre nosotros.
—¿Y tú? ¿Te sientes lista para perdonarlo?
Me quedé en silencio. Miré mis manos, mis uñas pintadas mal, la pulsera de hilo que él me había dado.
—Tal vez sí… pero todavía no se lo he dicho.
—No hay prisa —dijo Lili con dulzura—. Los sentimientos no tienen reloj. Lo importante es que lo estás pensando.
Se quedó escribiendo un momento y luego alzó la mirada.
—Última pregunta por ahora: ¿has pensado en hacerte daño esta semana?
Tragué saliva. No me gustaba esa pregunta, pero sabía que tenía que contestarla.
—No. Lo pensé una vez, pero… me puse una pulsera elástica en la muñeca y la solté. Solo eso.
—¿Te ayudó?
—Un poco. Luego Carl me contó un chiste y me reí tanto que se me olvidó.
Lili sonrió, satisfecha.
—Eso es un gran paso, Jade. Estoy orgullosa de ti.
Yo asentí, con una mezcla de emociones. Orgullo. Tristeza. Esperanza.
—¿Quieres bajar para que suba Ron?
—Sí. Me gustaría esperarlo abajo.
—Perfecto. Ve a esperarlo, y si necesitas quedarte mientras él habla, puedes hacerlo.
Bajé las escaleras tranquila. Ron me miró desde el sillón, algo tenso.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí. Ahora te toca. Solo habla con ella como si fueras tú mismo. No necesitas aparentar nada.
Ron asintió con miedo, pero se levantó. Antes de subir, se detuvo.
—Gracias por acompañarme.
—Siempre —le dije, dándole un pequeño golpe en el brazo, como él me hacía a veces.
Lo vi subir, y me senté a esperar. Miré por la ventana. Se oía música a lo lejos. Alexandria se estaba preparando para una fiesta. Pero dentro de mí… lo que sentía era calma.
.
POV: Ron
Subí las escaleras despacio, como si cada escalón pesara más que el anterior. Mis manos estaban sudando, y mi pecho se sentía apretado. Jamás había hablado con una psicóloga. Ni siquiera sabía cómo se suponía que debía hacerlo. Solo sabía que Jade confiaba en ella. Y yo confiaba en Jade.
Cuando llegué al consultorio, Lili ya me esperaba con una sonrisa tranquila. Nada intimidante. El lugar no se sentía como un consultorio. No había paredes blancas ni luces frías como en los hospitales. Era una habitación cálida, con libros, cojines y una ventana abierta. Entraba luz natural, y olía a canela.
—Puedes sentarte donde quieras —me dijo Lili con voz suave.
Me senté en el sillón frente a ella, frotándome las manos. No sabía dónde mirar, así que observé mis zapatos.
—Gracias por subir, Ron —empezó ella—. Sé que no es fácil. ¿Quieres que empecemos hablando de lo que te preocupa, o prefieres que te haga algunas preguntas?
—Haz las preguntas —dije sin mirarla.
Ella asintió, como si ya lo esperara.
—¿Cuántos años tienes?
—dieciséis —respondí.
—¿Y cómo has estado durmiendo últimamente?
—Mal —admití con un encogimiento de hombros—. Me cuesta dormir… y cuando duermo, sueño con gritos. Con platos rompiéndose. A veces despierto sin darme cuenta de que estoy llorando.
Lili tomó nota, sin interrumpirme.
—¿Sucede seguido?
—Casi todas las noches.
—¿Sientes miedo al llegar a casa?
No respondí de inmediato. Mi garganta se apretó.
—Sí —dije por fin, bajito—. Cuando escucho la puerta de mi papá abriéndose… dejo de respirar. Me quedo quieto. A veces me escondo con mi hermano pequeño en el armario. Solo por si acaso.
Lili dejó de escribir. Me miró con cuidado.
—¿Tu padre los ha golpeado a ti o a tu hermano?
Negué con la cabeza, apretando los puños.
—A mí no. Nunca. Pero a mi mamá sí. A veces por cosas pequeñas, como si su comida estaba fría… o porque se rió cuando Rick le dijo algo. Dice que ella lo engaña. Que lo avergüenza.
—¿Alguna vez viste eso?
—Sí. Ayer. Ella solo bajó a traerle agua. Él empezó a gritarle, la empujó contra la pared. No sangró… pero se quedó en el piso un buen rato. Yo estaba con Sam. Le puse las manos en los oídos. Él no entiende mucho, pero sí sabe que papá es peligroso.
Lili se quedó en silencio un momento. Luego habló con mucha calma.
—Ron… lo que estás viviendo es violencia. Es abuso. Aunque no sea contra ti directamente, te afecta. Y no estás solo.
—No quiero que lo arresten —dije de golpe—. Solo… solo quiero que deje de gritarle. Que nos deje en paz. A veces pienso que… que si me porto mejor, si hago todo bien, él no se enojará.
—Eso no es tu culpa —dijo firme—. No depende de ti. No importa cuánto te esfuerces, nadie merece crecer con miedo. No es responsabilidad tuya salvar a tu familia. Esa es una carga muy pesada para un niño.
Sentí que algo en mi pecho se rompía. Me mordí el labio, tratando de no llorar, pero ya era tarde. Me cubrí los ojos con las manos, furioso conmigo mismo por mostrarme débil. Pero Lili no dijo nada, no me presionó. Solo esperó.
Después de unos minutos, me calmé un poco.
—¿Puedes prometerme algo, Ron? —me dijo con voz tranquila.
Asentí, sin hablar.
—Si alguna vez sientes que Sam o tu mamá están en peligro… me lo dices. Aunque sea solo un presentimiento. Y si no puedes decírmelo a mí, dile a Jade. O a Carl. O a Rick. ¿Está bien?
—¿Y qué pasará con mi papá? —pregunté con miedo.
—Eso lo veremos más adelante. Pero primero quiero asegurarme de que tú estés bien. No estás delatándolo. Estás protegiendo a tu familia.
Volví a asentir. Respiré hondo.
—¿Puedo venir otro día?
—Claro. Las veces que quieras. Aquí siempre vas a tener un espacio seguro. Y por cierto… gracias por confiar en mí.
No supe qué decir, así que solo asentí otra vez. Me levanté despacio. Cuando bajé las escaleras, Jade ya me esperaba en la sala.
Me acerqué, y ella se puso de pie.
—¿Cómo te fue?
—Bien —dije, y por primera vez en días, lo dije en serio.
Ella sonrió.
—¿Lista para la fiesta?
—¿Tú vas a ir?
—Solo si tú vas.
—Entonces... sí.
Salimos juntos de la casa de Lili. El cielo ya estaba más azul, más brillante. Por primera vez en mucho tiempo, respirar no me dolía tanto.
—Solo fue raro. Sentí… lindo.
—Sí, lo sé. —Reaccioné al sentir sus dedos moverse en mi mano. Me obligué a soltarme, bajando la mirada—. Tengo que irme, se me hace tarde para acompañar a Carl.
—Está bien. —Soltó mi mano con cuidado y me abrazó brevemente—. Bye.
Me dirigí a paso rápido hacia la casa. Al llegar, toqué la puerta. Me abrió Andy con su típica expresión de fastidio.
—Hola. —Rodó los ojos. Pasé sin decir más. Carl estaba sentado en el sofá, claramente incómodo.
—La pasan bien. —Dije sin ocultar el sarcasmo en mi voz.
—Estupendo. —Respondió igual de sarcástico. Me miró, suplicando ayuda con los ojos, y me hizo una seña discreta.
—Lamento interrumpir, pero nos tenemos que ir. —Aproveché.
—Cierto, se me olvidaba. Tengo que irme. Sal, sal, sal. —Empujó a Andy suavemente hacia afuera y cerró la puerta con rapidez. Suspiró aliviado—. Gracias.
—No hice nada. Tenemos que irnos. —Guardaba armas en la mochila mientras él comía una barra de chocolate, como si nada. Lo observé detenidamente… había cambiado tanto. Él notó mi mirada y me devolvió la misma con intensidad. No nos dábamos cuenta de que nos estábamos mirando como dos idiotas enamorados. Me sonrojé y desvié la vista, fingiendo concentración en la mochila—. Vámonos.
Salimos de la casa en silencio. Al llegar a la salida, Eugene estaba ahí, custodiando las puertas.
—No puedo dejar que se vayan.
—Rick sabe. —Dije sin pensarlo dos veces.
—Mi padre nos mandó por municiones para aquí. —Agregó él sin titubear.
—Bien… pero si no es cierto, les pediré amablemente que no digan que yo los dejé salir.
—Te cubriremos como buenos amigos que somos. —Respondí con una sonrisa. Eugene asintió y abrió las puertas.
Empezamos a caminar por el sendero que conducía fuera de Alexandria. El aire ya estaba más frío.
—¿Te cansaste?
—¿Te importa?
—Bueno, solo preguntaba…
—Bueno, no te importa nada de mi vida, así que solo camina. —Apreté la correa de la mochila.
—Se está haciendo de noche.
—Perdimos tiempo por tu culpa.
—¿Mi culpa? Porque según yo la que se quedó mirándome por un buen rato fuiste tú.
—Eso nunca pasó. —Mentí. Claro que pasó, pero no iba a admitirlo.
—Lo tengo aquí, mira. —Se señaló la cabeza, como si su memoria fuera una maldita videograbadora.
Apreté el paso y me adelanté para no escucharlo más. Pero él apresuró el paso también, hasta quedar a mi lado.
—En serio me caes mal. —Lo miré de reojo, fingiendo molestia.
—¿En serio? —Me miró divertido, dando un paso más hacia mí, haciéndome retroceder.
—No me mires con esos ojos. —Murmuré, molesta, sintiéndome nerviosa sin razón. Di un paso hacia atrás y casi choqué contra un árbol.
—¿Qué ojos? —Sonrió de lado, tan cerca que podía sentir su respiración.
Levanté la mirada, y sin quererlo, la bajé a sus labios. Él también bajó la mirada a los míos.
El aire se hizo espeso.
No dijimos nada.
Solo estábamos ahí, detenidos en medio del bosque, mirándonos como si el mundo se hubiera congelado por un momento. Como si no existiera nada más. Como si todo lo que quisiéramos hacer era...
—Ya vámonos. —Dije rápido, bajando la cabeza. Mi voz apenas salió. Seguí caminando, esta vez con el corazón a mil por hora.
—Cobarde. —Susurró a mis espaldas, pero lo oí perfectamente.
—¿Qué dijiste?
—Nada. —Sonrió como si no hubiera dicho nada.
Y seguimos caminando, con una tensión que dolía… de esas que sabes que no vas a poder ignorar por mucho tiempo.
.
Entramos a Alexandria con el cielo anaranjado cayendo sobre nosotros. Dejamos las armas en la entrada como siempre y yo me dirigí directamente a la cocina para acomodar la comida que habíamos traído. Entre los estantes encontré a Olivia, organizando algunas latas.
—Déjame a mí, te busca Carol. Dijo que le hablaras a Carl y que los ve en su casa.
—¿Sabes por qué?
—No, solo dijo que llevaras esto. —Me entregó una barra de chocolate, me guiñó un ojo y siguió trabajando.
Salí de la cocina con la barra en mano. Carl estaba en el porche de una de las casas, platicando con Mike. Caminé directo a él.
—Dice Carol que vayamos a su casa.
—¿Para?
—No sé, a mí también me gustaría saber. —Me encogí de hombros mientras agitaba el chocolate en el aire.
—Bueno, te veo al rato, Mike. —Carl se levantó. Me despedí de Mike con la mano, y ambos comenzamos a caminar hacia la casa de Carol.
—¿Segura que no sabes nada?
—Nah, ni idea. Solo Olivia me dio este chocolate.
—Oh no… —Carl se detuvo y me miró con cara de terror fingido.
—¿Qué?
—Nos pondrán a… —Se quedó callado.
—Oye, ¿qué?
—Nada.
—Hey, Carl… —Pero antes de que pudiera seguir, salió corriendo como un niño de cinco años.
—¡Alcánzame!
—¡Carl! —Grité mientras lo perseguía—. ¡He! ¡Detente!
El muy idiota corría como si le pagaran por ello. Cada vez me acercaba más, pero justo cuando pensé que lo alcanzaba, él llegó a la casa de Carol. Yo caminé los últimos metros, agitada.
—No me alcanzaste.
—Cállate. —Suspiré y me puse a su lado, respirando fuerte. Toqué la puerta y Carol nos abrió, con una sonrisa encantadora como siempre.
—Hola, ¿cómo están?
—Bien, un poco cansada. —Carol rio, divertida—. Aquí está tu chocolate. —Se lo entregué, pero ella negó con la cabeza.
—No me lo des, lo van a ocupar.
—¿Para?
—Necesito que me ayuden con unas galletas.
—Yo no sé cocinar. —Carl levantó las manos en rendición.
—Se ayudarán mutuamente. —Nos miramos dudosos, pero su voz fue firme—. No tienen opción. Si no lo hacen, los castigaré.
—Yo las hago. —Dije rápido. No quería quedarme sin armas ni permisos.
—No tengo otra opción. —Carl suspiró y entró a la casa.
Fuimos directo a la cocina, donde todos los ingredientes ya estaban listos. Harina, azúcar, mantequilla, huevos. Olía dulce incluso antes de empezar.
—Bien, les dejaré la receta. —Carol nos entregó una hoja doblada con letra cursiva. Luego nos sonrió—. Tengo que hacer otras cosas. Pórtense bien. —Y salió, dejándonos solos.
—¿Nos va a dejar solos?
—Siii, chauu. —Canturreó desde la puerta, cerrándola tras ella.
Me giré hacia Carl.
—Bueno, comencemos. —Me até el pelo en una coleta y tomé un mandil, se lo lancé a Carl, quien se lo puso con torpeza.
Tomé la hoja y leí:
220g de mantequilla.
—Primero va la mantequilla. —La pesé y la puse en el bowl.
200g de azúcar blanca.
Agregamos el azúcar, y así seguimos… en silencio, sin peleas, casi como si fuéramos un equipo funcional.
Hasta que...
—Ahí dice que va la levadura ahora.
—Carol dijo que primero la harina.
—¡Pero ahí dice otra cosa!
—¡Carol dijo primero la harina!
—¡Entonces por qué escribió esto así!
—¡Tal vez se confundió!
—¿¡Qué tiene de diferente echar la harina antes que la levadura!?
—¡Porque se revuelve distinto! ¡No se activa igual!
—¡Entonces haz lo que quieras! —Destapó el botecito de levadura y la volcó sobre el bowl sin piedad.
—¡Estúpido! —Grité, pero él ya se estaba riendo. Y al final, yo también me reí. No podía evitarlo.
—Te extraño, Jade. —Su voz bajó, de pronto más seria.
Me congelé.
—Yo... yo también. —Susurré, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.
—¿Cómo? No escuché.
—Yo también te extraño, Carl. —Lo miré a los ojos. Él se acercó sin pensarlo y me envolvió en un abrazo cálido, casi torpe pero sincero.
—¡Suéltame! —Dije rápido, empujándolo con suavidad.
—Ash, cierto. No te gusta mucho el contacto físico. —Se separó, sonriendo con nostalgia.
—¿Ahora qué vamos a hacer con estas galletas?
—No se cayó tanta levadura… tal vez se pueda quitar. —Tomé una cuchara y traté de remover un poco del polvo blanco del borde.
—Parece que un niño de cinco años cocinó esto.
—Técnicamente sí. —Le lancé una mirada—. Tú.
—Qué risa. —Rodó los ojos—. ¿Tú cocinas mejor?
—Probablemente.
—Entonces... —Se acercó otra vez, su cara muy cerca—. Enséñame.
Nuestros ojos se encontraron. Otra vez. Y otra vez sentí ese momento detenerse.
Tomé la cuchara, rompí el momento y le señalé la harina.
—Mezcla, Grimes.
—Lo que digas, maestra.
Y así, entre bromas, empujones suaves, miradas largas y pequeñas risas, las galletas —aunque torcidas y probablemente desastrosas— iban tomando forma. Como nosotros.