Este dia no era un dia normal,en el coliseo de Dressrosa,se estaba por desatar un combate muy querido,y muy caliente...
El principe capitán de los piratas hermosos,Cavendish y el caníbal capitán de los piratas Barto Club,Bartolomeo.Estaban apunto de combatir,pero antes de terminar en el coliseo...
El sol se alzaba sobre el coliseo como una bestia expectante, derramando luz dorada sobre los adoquines calientes. Las calles que conducían al recinto hervían de emoción: puestos ambulantes, gritos de apuestas tempranas, y los murmullos ansiosos de los espectadores. La ciudad vivía para el espectáculo, y hoy prometía sangre.
Cavendish avanzaba con paso firme, aunque su andar conservaba ese aire teatral que lo hacía parecer más modelo que espadachín. Su cabello dorado caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y el viento parecía estar de acuerdo en acompañarlo, acariciándolo con devoción. Las mujeres suspiraban a su paso. Algunos hombres también.
No lejos de allí, un grupo se abría bruscamente en dos. Murmullos incómodos. Una presencia incómoda. Bartolomeo, con su andar desgarbado y su chaqueta cubierta de parches de la banda de Luffy, mascaba chicle como si fuera la cabeza de un rival. Los tatuajes en su cuello parecían palpitar con su irritación.
Fue entonces cuando se cruzaron.
A media calle, como dictado por el destino, sus miradas se encontraron. Y el mundo pareció, por un instante, contener el aliento.
—Vaya, vaya... —murmuró Cavendish con una sonrisa altiva—. Pensé que olía a vulgaridad.
Bartolomeo escupió el chicle al suelo, sin apartar la mirada.
—Y yo pensé que olía a perfume barato y ego inflado —gruñó, enseñando los colmillos en una media sonrisa torcida—. Debe ser martes.
La tensión era palpable. No se tocaban, ni alzaban la voz, pero cada palabra era un filo. La multitud alrededor se detenía, sin atreverse a interrumpir. Algo estaba por estallar.
Cavendish ladeó la cabeza con falsa curiosidad.
—¿Te perdiste, payaso? La entrada para los novatos es por el callejón trasero.
—Oh, ¿tú entras por atrás? No me sorprende.
Cavendish parpadeó, sus labios se curvaron apenas. ¿Una provocación sexual disfrazada? ¿O una burla? Quizás ambas. Y eso le molestaba más de lo que admitiría.
Ambos se acercaron un paso. No lo suficiente para parecer que iban a pelear. Pero sí lo suficiente para que el aire entre ellos pareciera otra arena invisible. Las palabras eran dagas. Las miradas, espadas.
—Nos vemos adentro —murmuró Cavendish, pasando a su lado con un giro elegante.
—Más bien nos olemos, princesa —respondió Bartolomeo, girando el cuello con un crujido que no venía solo de los huesos.
El silencio los siguió unos segundos, como si la ciudad misma intentara procesar lo que acababa de pasar.
Pero solo era el principio.
El eco de los gritos del coliseo vibraba en las paredes del pasillo de piedra. La arena estaba a pocos pasos, pero el verdadero calor no venía del sol ni del público.
Venía del otro lado del corredor, donde Bartolomeo se recargaba contra la pared, brazos cruzados y una sonrisa demasiado satisfecha. Observaba cada movimiento de Cavendish como quien ve a una fruta prohibida colgando a punto de caer. El rubio, impecable como siempre, se ajustaba los guantes con la concentración de un espadachín... o de alguien que sabía que lo estaban mirando demasiado intensamente.
—¿Qué? —soltó Cavendish, sin dignarse a mirarlo—. ¿Nunca viste a un hombre hermoso?
—He visto muchos… pero ninguno tan bonito que diera ganas de perder la pelea sólo para que me pise la cara después —respondió Bartolomeo, con voz rasposa y apenas disimulada diversión.
Cavendish giró lentamente el rostro hacia él, con una ceja arqueada.
—Asqueroso.
—Mmm, no es la primera vez que me dicen eso justo antes de gritar mi nombre.
El rubio respiró hondo, como quien intenta mantenerse en control. Tomó su espada con elegancia y caminó con paso firme hacia la salida al coliseo.
Bartolomeo, por supuesto, lo siguió como una sombra… o como un problema que no sabés si querés evitar o provocar más.
—Tanta tensión antes de la pelea… casi se siente como una primera cita, ¿no? Falta el vino, pero sobran las ganas.
—La única “ganas” que deberías tener es de no salir en camilla —dijo Cavendish sin detenerse—. Aunque por tu cara, pareciera que te gusta eso de terminar en el suelo.
Bartolomeo se echó a reír.
—Solo si el que me pisa tiene botas finas y cara de modelo egocéntrico. Qué casualidad…
Cavendish no respondió. Pero la forma en que apretó el mango de su espada decía todo. Estaba perdiendo la paciencia.
Y Bartolomeo, por supuesto, estaba encantado.
A unos pasos de la arena, el rugido del público los envolvió. El combate estaba a punto de comenzar, pero entre ellos, ya se había encendido algo.
Y aunque la pelea sería con espadas y puños, todo el mundo podía sentirlo: lo que ardía bajo esas miradas… no era solo odio.
Era un fuego que aún no tenía dónde estallar.
Los pasillos de piedra del coliseo eran estrechos, sofocantes. El eco de los gritos del público rebotaba por las paredes como un tambor de guerra, anunciando el espectáculo que estaba por comenzar.
Bartolomeo caminaba con las manos en los bolsillos, relajado como si se dirigiera a una cita, no a una pelea. A su lado, Cavendish afinaba su espada con un cuidado casi erótico, ignorando deliberadamente al hombre que no dejaba de mirarlo como si ya lo hubiera desnudado con la mirada tres veces.
—Ese traje blanco no va a durar mucho —dijo Bartolomeo, con una sonrisa ladeada—. Espero que no te moleste ensuciarte un poco.
—No tengo intención de revolcarme en la arena contigo —contestó Cavendish, sin apartar la vista de su hoja.
—No dije que fuera en la arena.
Cavendish respiró hondo, como quien soporta una mosca muy ruidosa cerca del oído. Mantuvo su porte impecable, aunque sus nudillos se tensaron apenas un poco.
—No me interesa saber en qué rincones sucios de tu mente estás metido, delincuente.
—Uy, me llamaste así con tanta autoridad que casi me porto mal a propósito. ¿Crees que después del combate me den permiso para una celda contigo? Solo para… compartir espacio reducido.
—Si la justicia funcionara, te tendrían amordazado y encadenado desde que pusiste un pie en este coliseo —respondió con frialdad, dándole un último retoque al filo de su espada—. Aunque probablemente te guste demasiado la parte de las cadenas.
Bartolomeo soltó una risa grave, genuina. Se apoyó en la pared, observando a Cavendish como si la pelea no fuera su prioridad, como si su atención estuviera puesta en un trofeo muy distinto.
—Yo no empiezo las peleas, rubio… solo me dejo provocar.
Cavendish guardó su espada con un chasquido seco y elegante, girándose finalmente hacia él con una mirada que podría congelar lava.
—Entonces prepárate. Porque en cuanto crucemos esa puerta… voy a darte exactamente lo que te mereces.
—Mmm… eso sonó demasiado bien para ser una amenaza.
Un silencio denso cayó entre ellos. El portón que daba al centro de la arena comenzó a abrirse lentamente con un chirrido metálico. La luz del coliseo se filtró como una invitación al caos.
Bartolomeo se irguió, se tronó los dedos y sonrió con dientes afilados.
Cavendish caminó al frente, erguido, impecable.
Los cuerpos estaban listos para pelear.
Las mentes, ocupadas en cosas mucho menos santas.Mientras que la puerta del coliseo se abria con un chirrido,filtrando la luz del sol,pero...
El chirrido de la puerta del coliseo se detuvo de golpe. El mecanismo se trabó por un momento —nada raro en ese viejo sistema—, dejando a los dos gladiadores esperando en la penumbra, solos, sin público aún. Solo el sonido de sus respiraciones y el goteo de humedad en las paredes de piedra.
Cavendish chasqueó la lengua, impaciente.
Bartolomeo sonrió.
—Parece que nos dieron unos minutos extra. Qué considerado… —murmuró, acercándose con pasos lentos, casi depredadores.
—Aléjate —dijo Cavendish sin mirarlo, volviendo a comprobar su espada—. No necesito tu aliento en mi cuello antes de un combate.
—¿Y después del combate sí? —preguntó Bartolomeo, ladeando la cabeza—. Solo para saber si reservo energía.
Cavendish se giró para encararlo, apenas a un paso de distancia. Sus ojos celestes brillaban con desdén, pero también con esa chispa que Bartolomeo conocía muy bien: la de alguien que, por dentro, estaba a punto de explotar.
—No confundas tensión de batalla con deseo, imbécil.
—¿Y si me gusta la tensión justo antes de clavarla?
Silencio.
Bartolomeo se mordió el labio, disfrutando de la contención en el rostro de su rival, del leve temblor en sus pestañas, del rubor que casi no alcanzaba a aparecer en su cuello.
—La espada, digo —añadió, con falsa inocencia—. Uno tiene que saber manejar bien el filo en momentos íntimos. Evitar cortes innecesarios.
Cavendish inspiró profundo, muy profundo, como si eso fuera suficiente para no cruzar la línea entre el autocontrol y el caos.
—Eres vulgar.
— Y asqueroso.—Agrego el rubio,manteniendo su orgullo.
—Y tú eres precioso —le susurró Bartolomeo, ya frente a él, a escasos centímetros, con su voz más baja y peligrosa—. El tipo de belleza que hace que uno quiera romper cosas. O morderlas.
Cavendish se quedó quieto. No retrocedió, pero tampoco se acercó. El ambiente estaba tan cargado que hasta el aire parecía contener el aliento.
—Después de esta pelea, si sigues hablando así… —dijo Cavendish en voz baja, sin apartar la mirada—... vas a terminar sangrando.
Bartolomeo sonrió como quien recibe una promesa.
—Depende de dónde, ¿no?
En ese instante, el portón volvió a chirriar. La luz volvió a filtrarse.
El momento se rompió. Cavendish giró sobre sus talones y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Bartolomeo lo siguió, con una sonrisa maliciosa que le ardía en la cara.
Afuera los esperaban miles de ojos.
Pero lo que se acababa de desatar en esa sombra… era algo que ni el coliseo podía contener.