Nunca pensé que volver a Revelstoke me haría sentir tantas cosas. Tristeza, por ejemplo. Y frío. Mucho frío.
Este sitio, hasta hace dos años, lo consideraba mi hogar, pero después de todo lo ocurrido ya no se sentía así. Era como una jaula de nieve. Preciosa, sí, pero de las que no se podía escapar. Con montañas enormes por escalar y abuelos que te hacen chocolate caliente sin siquiera pedirlo.
Mi estancia en Vancouver había sido un caos total del que me costó escapar. Con el patinaje y mi madre gritándome desde las gradas, como si mientras más fuerte gritara más medallas olímpicas iba a ganar.
Spoiler: no fue así.
Desde pequeña, mi madre se empeñó en meterme en el mundo del patinaje, su gran sueño de juventud. Y aunque mi padre se negó demasiadas veces como para contarlas, ella insistió y acabó entrenándome personalmente. Sin tiempo libre, sin descansos, sin infancia.
Mis días se basaban en fingir mi amor por el hielo. Es decir, obviamente me gustaba la sensación de clavar un salto o de recibir una puntuación casi perfecta. Pero no era mi sueño entrar en las olimpiadas ni ganarme la vida con ello.
Spoiler 2: era el suyo.
•••
101 Mackenzie Ave
Aquí es.
Pagué al taxista y bajé del vehículo, dirigiéndome hacia la entrada de aquella casa. Estaba frente a la casa de mi infancia. Allí había aprendido a caminar, a hablar, a amar e incluso a odiar.
Era una acogedora cabaña cubierta de nieve por todo su alrededor. Tenía tres pisos de madera y unas ventanas preciosas, con flores invernales en sus repisas. La casa estaba en las afueras del pueblo y, en mi opinión, era preciosa.
Casi toda la primera planta estaba cubierta por un extenso balcón, mientras que la última era el ático. Esa no tenía un balcón como tal, pero tenía una gran repisa en forma de techo que hacía su función. También era muy útil para saltar al balcón de abajo y de ahí a la calle. -Para nada lo digo por experiencia-. Esa, era mi habitación.
El olor a canela y leña me inundó antes incluso de llamar a la puerta. Lo hice, esperando ser recibida por mi querido abuelo. Desde la pérdida de su hijo, la marcha de mi madre y la mía, él decidió quedarse en esa humilde cabaña, como si el espíritu de mi padre perdurara entre esas paredes.
-¡Pero cómo has crecido! Si hace tan solo unos años estabas así -dijo mi abuelo, señalando con la mano a la altura de la cadera. Apenas llamé, ya estaba allí, con su típico buen humor.
-Pasa, pasa, debes de estar helada. Ahora que entramos en invierno, las temperaturas han bajado drásticamente.
Atravesamos el pasillo de entrada en silencio y seguimos hasta llegar al comedor. Esta era la segunda habitación que más me gustaba de la casa: tenía un toque rural que contrastaba con la televisión y el gigantesco sofá situado en el centro del salón, justo frente a la chimenea.
Me senté lentamente, evitando forzar la pierna. No tenía intención de empezar la semana yendo al médico. Para cuando ya estaba instalada, mi abuelo entró con dos tazas llenas de un líquido espeso y marrón: lo mejor del frío y el invierno, el chocolate caliente.
-Espero que te siga gustando el chocolate. Recuerdo que de pequeña era lo único que te gustaba beber -dijo con una sonrisa.
Después de decir eso, se instaló un silencio entre nosotros. Pero no era uno incómodo. Era de esos silencios que solo tienes con personas que te conocen de verdad. Que te miran con familiaridad y a la vez como si no hiciera falta decir nada para comprenderte.
-¿Sabes? Había echado esto de menos- dije mirándole con una dulce sonrisa.
Mi abuelo asintió, como si supiera exactamente a qué me refería.
-No debe haber sido fácil, ¿verdad? -preguntó al cabo de un rato, removiendo su chocolate con una cucharilla que tintineaba suave contra la taza.
Me encogí de hombros. ¿Qué se suponía que le dijera? ¿Qué Vancouver había estado bien? No, no quería empezar tan pronto con las mentiras, a demás él ya la conocía, sabía perfectamente como era. Él solo preguntaba para qué me desahogara, él ya sabía que mi vida allí se basaba en sonrisa falsas y gritos entre bastidores.
-No lo ha sido, no -respondí, sin entrar en detalles. Él asintió otra vez, esta vez más despacio.
-Ela... Ela siempre fue intensa. Desde que la conocí de joven, siempre quiso ser la mejor en todo.
Solté una risa corta y amarga.
-Sí, pues no ha cambiado mucho.
-No te trató bien, ¿verdad? -preguntó de forma tan directa que me cortó el aire.
No supe qué decir. La taza se enfrió en mis manos. Jugué con la cuchara, evitando su mirada. No debía contarle todo, no, no podía contarle todo, no me veía capaz de hacerlo.
-Hacía lo que creía mejor -dije al final-. Quería que ganara. Supongo que en el fondo solo quería que fuera la mejor, como ella.
-¿Y tú? -preguntó-. ¿Qué querías tú?
Esa era la gran pregunta. Una que nunca nadie me había hecho de verdad. Ni siquiera yo.
-No lo sé -susurré.
El abuelo se levantó sin decir nada y lentamente colocó otro leño en la chimenea. El fuego creció y llenó el salón de una luz anaranjada.
-A veces -dijo mientras se sentaba de nuevo-, cuando los árboles crecen torcidos, no es culpa del árbol. Es el viento el que los dobla.
Lo miré, sin entender una sola palabra. Por ejemplo, esto, no lo echaba de menos, las metáforas sin sentido que soltaba de la nada sin que yo las lograra comprender.
En serio, qué árbol torcido ni que viento, ¿Qué diablos es eso?
Mi abuelo, al ver mi poco disimulada cara de desconcierto rio levemente, y dándome unas palmaditas en el hombro dijo - Ya comprenderás su significado más tarde jovencita.
Ya, claro, como si eso fuera a suceder.
Se levantó con los dos vasos vacíos, y se dirigió camino a la cocina, conmigo detrás suyo intentando ayudarle, pero al llegar a la sala, lo único que hice fue mirar por la ventana, la cual tenía unas partes heladas, con pequeños copos causados por el frío.
-Ollie - al oír que me llamaba dejé de mirar a través de la ventana para verle -Que ha pasado para que hayas tenido que regresar - le miré a los ojos, deseando no tener que responder aquella pregunta que tanto me aterraba que hiciera.
-Olivia, por favor, comprendo que cueste decirlo, pero necesito saber si está todo bien- dijo dejando las tazas en el fregadero.
No podía resistirme, lo había dicho con un tono de voz que llevaba tiempo sin oír, con preocupación. Pero de la de verdad, se le veía en los ojos, en las palabras y en como poco a poco se había acercado un poco más a mí, en caso de tener que darme respaldo, por si me derrumbaba.
-Llevábamos tiempo en una mala racha. Nos peleábamos constantemente, y aquel estúpido accidente, fue la gota que colmo el vaso. Básicamente, creo que ya se había cansado de mí - lo dije todo lentamente, como si contra más lento lo dijera menos real sería. Es mi madre, por mucho daño que me haga siempre la querré. Y esto me ha dolido mucho.
-¿Estás diciendo que Elena te echó?
Se le veía un poco alterado. Normal, yo también me sorprendí cuando me encontré todas mis cosas metidas en maletas.
-No lo dijo así. Pero sí. Me sugirió que "volviera a mis raíces". Que aquí estaría mejor, más tranquila.
Para más tranquila ella, que se quedaba sola en aquella casa gigantesca en la que vivíamos.
-Pues bienvenida a tus raíces, niña -dijo él al fin, con una sonrisa cálida-. Aquí siempre tendrás un sitio. Aunque vengas torcida. -le miré con confusión, como si no entendiera nada. Porque básicamente no entendía nada. -como el árbol, ¿lo pillas? - lo dijo con aire humorístico, moviendo las manos exageradamente para que lo entendiera.
Ahora sí que entendí esa referencia.
•••
Me encontraba en mi habitación desempacando las maletas cuando oí un golpe en la puerta.
-Pasa abuelo.
-Todo está igual como lo dejaste, incluso tu tabla de snow-dijo apoyándose en el marco de la puerta- Recuerdo que eras de las mejores del pueblo, es más, todavía tengo todos los trofeos y medallas en el sótano - se le veía orgulloso. Siempre lo estuvo, él era mi mayor fan, al igual que mi padre.
A diferencia de mi madre, él siempre quiso que me dedicara al snowboard. Pero según mi madre, este, era demasiado bruto y aún me haría daño. Que irónico, ¿no? La diferencia, era que este deporte sí que me apasionaba, no me malinterpretéis, el patinaje me gustaba, pero el snow... El snow era otra cosa, se sentía diferente, era mi momento de libertad, de por fin, ser yo misma. A demás, para que mentir, era muy buena. Pero como ya he dicho, a mi madre no le gustaba, así que mis tiempos de competir duraron tanto como el tiempo que tardaron en construir la pista de hielo en el centro de la pequeña ciudad.
-¿Sabes? Siempre puedes volver a apuntarte a las competiciones. Al igual que siempre, en diciembre se hace la carrera anual de fin de año, si te apetece te inscribo. ¿Qué me dices?
No
Todavía no estaba preparada para volver a pisar una tabla, no me sentía capaz. A demás, era imposible que ganara, llevaba demasiados años sin pisar un circuito de saltos o una pista de carrera. No tenía muchas ganas de sufrir algún accidente estúpido por culpa de la nostalgia o de las irresistibles ganas que tenía de sentir la nieve mezclada con el viento chocando contra mi cara.
-Oh, no abuelo. Yo ya no estoy hecha para esto- dije haciendo un gesto de indiferencia con la mano - Ya han pasado muchos años desde que pisé una de esas tablas, no gracias, estoy bien así - dije riendo nerviosamente.
No, ni de coña, a demás por decisión propia. Ja, estás tú que acepto. Lo último que necesitaba en aquel momento era sentir la presión de una competición.
Mi abuelo me miro con curiosidad, y bueno, normal, desde pequeña le decía constantemente lo increíble que era y lo fantástico que se sentía hacer trucos, lo eternos que se sentían los saltos y el brutal sentimiento de aterrizar en la nieve blandita. Pero no dijo nada ni insistió más, simplemente me sonrió y me informó de que iría a preparar la cena.
Cuando salió de la habitación, me dediqué a observarla entera, realmente seguía igual, los pósters de One Direction y Taylor Swift estaban intactos, y los trofeos, y los libros, y todo. Todo estaba tal y como lo había dejado, y eso me encantaba. Abrí el armario, en búsqueda de aquello que tanto buscaba evitar.
Lógicamente, seguía igual, con aquellas pegatinas gastadas y a medio arrancar y aquel rasguño que hice la primera vez que intente hacer un giro 180. La tabla estaba tal y como la recordaba, con los pequeños destellos morados y azules, y, como diría mi padre «con todas sus heridas de guerra».
En verdad lo extrañaba, pese haber pasado pocos años de mi vida con él, para ser más exáctos 13, habían sido lo mejores años de mi vida. Seguido de aquello, a los 14, mi madre decidió, que para afrontar mejor la perdida era mejor marcharnos a Vancouver, en donde además de superarlo, podría mejorar mis capacidades en el patinaje. ¡Genial! ¿Verdad?
Nótese la ironía por favor.
Distraída, salí a la repisa de la ventana y, allí sentada, observé el precioso paisaje.
Desde aquel lugar veía, al fondo de la calle, todo el valle. Los tejados de las casas se camuflaban con el suelo, a causa de la espesa nieve que los cubría, al igual que al suelo. El valle estaba envuelto por una inmensa cantidad de montañas blancas, y, a pesar de las nubes, a través de ellas se podía observar el cielo rosado del atardecer.
Los atardeceres eran lo más bonito del día, con sus colores intensos y fugaces. A pesar de la nieve que empezaba a caer, aún se podía distinguir el sol escondiéndose justo en el centro del paisaje, entre montaña y montaña. Poco a poco, el cielo iba oscureciendo, dejando una tonalidad más oscura en él. Ahora, este se encontraba adornado por las primeras estrellas de la noche y, junto con la luna, brillante y enorme, estas bañaban las calles con su resplandor.
Al pasar las horas, empezó a nevar fuertemente obligándome a entrar de nuevo en la casa. Por primera vez en lo que llevaba de tarde, cogí el teléfono, y por primera vez en el día me permití leer los mensajes recibidos a lo largo del día. Tenía de mi madre, de Amanda, una amiga de la escuela y de él. Leí y respondí a las dos primeras, más por obligación que por gusto, pero a él ni por educación tenía planeado hacerlo. No después de todo lo que me había hecho pasar.
Lancé el teléfono a la cama, para poder cambiarme más tranquilamente a mi pijama con pequeños dibujos de Hello Kitty, pero entonces sucedió algo que no esperaba. El móvil empezó a vibrar a causa de una llamada entrante.
No, no podía ser él, verdad? No era capaz de hacer eso.
Antes de siquiera poder acabar de ponerme el calcetín para lanzarme en dirección el teléfono para gritarle a unas cuantas verdades, escuche una voz abajo las escaleras.
-¡Livy! ¡Baja, que ya está la cena!
Apagué la pantalla y aunque colgué sin pensar... sabía perfectamente que volvería a llamar. Y que esta vez no tendría dónde huir, ni de él, ni de los fantasmas del pasado con los que me encontraría en mi nuevo hogar.