Viernes 15 de mayo de 2071
- ¿Qué tal? ¿Cómo ha ido el entreno de hoy, corazón? -le preguntó Naira a su hija, interesándose por su día, como siempre había hecho.
La niña arrugó la nariz poco convencida de aquel apodo cariñoso que acababa de usar su madre. Su edad le hacía pensar que aquello era algo infantil e incluso vergonzante, pero por suerte estaban solas y nadie lo pudo escuchar, así que evitó quejarse por aquello. Sabía que la morena estaba un poco cansada de su adolescencia y la de su hermana, así que prefirió evitar el conflicto.
- No muy bien, no he superado mi marca -respondió Ana mostrándose bastante apática. Quizás era el cansancio de toda la semana, pero esa tarde no tenía ganas de nada.
- Bueno, es que no puedes hacer un récord todos los días, ¡estaría bueno! -rió la morena sin presionar a su pequeña.
Nunca lo había hecho en ningún aspecto de la vida, aunque con aquello del deporte tenía especial cuidado. Le gustaba muchísimo que sus hijas tuvieran pasión por un deporte en concreto, pero quería que conservasen su ilusión y sus ganas, enfocándolo como algo lúdico y no competitivo. La morena conocía de sobras como funcionaba todo aquello y tenía muy claro que no lo quería para sus hijas.
- Ya, pero antes mejoraba superrápido y ahora cada vez es más difícil ver algo de progreso -comentó la muchacha algo disgustada por aquello, pues aquello cada vez la tenía menos motivada a seguir corriendo.
- Claro, eso es porque cada vez lo haces mejor y eres más profesional -trató Naira de darle la vuelta a aquello- Ahora ya hay menos margen de mejora, pero no te tienes que desanimar por eso -intentó hacerle entender a su hija- Lo importante es que sigas viniendo al entreno con ganas y mantengas tu estilo corriendo -le aseguró, dejándole claro que, por su parte, no habría problema si no mejoraba en sus carreras.
- Ya, eso dice Carlos -esbozó una media sonrisa, no muy convencida por las palabras de su madre y su entrenador- Aunque no consiga hacerlo mejor, ¿me vendréis a ver en la próxima competición? -se preguntó, queriendo reforzar de forma totalmente inconsciente esa idea de que su madre no se decepcionaría por un mal resultado deportivo.
- Claro que sí -asintió la mujer algo apenada- ¿Cuándo hemos faltado a una carrera? -le recordó a la pequeña que su ausencia no era una opción.
Naira estaba poco sorprendida por aquella salida de Ana. Prácticamente desde la cuna, la muchacha había sido una niña muy demandante, aunque inevitablemente todo aquello se había incrementado con el divorcio de sus madres. La morena había aceptado que todo aquello formaba parte de la personalidad de su hija, porque en cierto modo era así. Al contrario que su melliza, esta necesitaba su dosis diaria de mimos y abrazos para poder continuar con su rutina con normalidad. Necesitaba escuchar que la querían, la apreciaban y la valoraban. Y sí, a Rita también le gustaba ser amada y mimada, pero no tenía un apego tan fuerte a nadie.
- Nunca, pero como Maca siempre se aburre, no sé -replicó Ana sin decir ninguna mentira, pues era evidente que su madrastra hubiese preferido pasar las mañanas de domingo haciendo el vermut que en una pista de atletismo.
- Bueno, es que los otros niños no le interesan mucho, peor tú sí, eres la más importante para ella -Naira le dejó claro a su hija, teniendo claro que si su mujer hacia aquel esfuerzo era precisamente porque quería muchísimo a su pequeña.
- Maca me quiere mucho, ¿no? -sonrió Ana- Es que lo noto -comentó.
La morena había tenido un inicio un tanto entorpecido con su madrastra, pero pronto todo se había puesto en su lugar y nunca jamás habían tenido conflicto alguno más allá de las riñas propias de la edad que también tenía con Naira. Ana tenía claro que Macarena jamás podría suplir el vacío de su madre, pero le gustaba tenerla en su vida, ya que era una mujer muy dulce que la cuidaba como nadie lo hacía. Era evidente que esta estaba dispuesta a darlo todo por ella.
- Pues si lo notas, ¿por qué me lo preguntas? -respondió la madre dibujando una media sonrisa.
- Porque tú eres su mujer y lo sabes mejor que yo -respondió Ana con mucho acierto.
- Te quiere mucho, muchísimo -le aseguró Naira.
- Yo también -sonrió la morena siendo sincera- La verdad es que mamá se enfadaría un montón si me escuchase -confesó dejando escapar una risa nerviosa.
- ¿Y eso te hace gracia? -se sorprendió la madre al escucharla.
No iba a juzgar cualquier palabra mala que le dedicase a Daniela, pues ciertamente estaría más que justificada, pero tampoco podía permitirle faltarle al respeto sin fingir que no le importaba. Naira era mucho mejor que su ex y eso también debía demostrarlo en la educación que le diese a sus hijas.
- Que se enfade no, me da igual -negó Ana- Pero que lo pase mal sí, se lo merece -admitió sin vergüenza alguna.
La mujer suspiró sin saber muy bien como corregir a su hija, si es que realmente era acertado corregirla después de aquello. Ana tenía razón, pero tan solo era una niña muy enfadada con una adulta que no había cumplido con sus obligaciones y tampoco quería alimentar y aplaudir su odio. Aunque su rabia era válida y debía transitarla, no quería que la maldad fuese la respuesta de su hija ante los problemas de la vida.
- Mami, ¿por qué no admites ya que te hace feliz que no la queramos ver más? -se preguntó la niña sin entender muy bien porque hacía más de un año que su madre fingía que todo aquello era algo negativo.
- Anita, esto no es así, yo no puedo alegrarme de que no tengáis ningún tipo de relación con vuestra madre -trató de hacerle entender a su hija su punto de vista, pues ciertamente ya era lo suficientemente madura para comprenderlo- Aunque tengo que respetarlo y lo respeto -añadió sin querer condicionar su elección.
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- ¡Hola, preciosa! -saludó Naira a su sobrina mientras esta subía en la parte trasera del coche- Abróchate y me avisas cuando estés -le indicó esperándose a retomar la marcha cuando esta se lo indicase.
- Ya -respondió Gabriela tras abrocharse velozmente el cinturón de seguridad.
- Venga, pues nos vamos a por las pizzas -comentó Naira reprendiendo la marcha del vehículo- ¿Ya habéis pensado de que la queréis? -les preguntó a las niñas.
- Yo de jamón y queso -respondió Ana, desde el asiento del copiloto.
- Yo la hawaiana -indicó la morena mientras su prima hacía una mueca divertida en señal de asco, pues aquella era una broma ya más que conocida entre las niñas.
- ¡Qué aburridas! -se quejó Naira bromeando sobre aquello, pues siempre elegían lo mismo.
- Es que si ya sabemos lo que nos gusta, ¿para qué cambiar? -replicó Gabriela, pensando en que su elección tampoco era tan mala.
- No, si ya lo veo, ya... -suspiró la mujer- Vosotras sois mujeres de costumbres -bromeó.
A pesar de que las pequeñas aún no se daban cuenta de ello, Naira estaba haciendo un gran esfuerzo aquella noche. Para la mujer hubiese sido mucho más placentero llegar a casa a las siete y media de la tarde y tumbarse en el sofá hasta la hora de la cena; pero sabía lo importante que era para su hija y su sobrina dormir aquella noche juntas. Así que a pesar del cansancio propio de una tarde de viernes, lo hizo sin quejas ni condiciones.
Ambas muchachas llevaban un curso excelente, a pesar de que no todo había ido a su favor. El instituto había llevado muchos cambios en su vida, como para todos los pre adolescentes, pero a pesar de ello, ambas lo habían sobrellevado de muy buena forma. Aunque Gabriela se hubiese avanzado a los acontecimientos y hubiese sufrido al pensar que no tendría amigos en su nueva clase, la niña se había demostrado a sí misma que era algo más que la chica tímida y que podía separarse de Ana sin que se acabase el mundo. Por su parte, la mayor también había sufrido durante los primeros días de separación de Gabriela, pero lo que le había llevado a una situación más angustiosa aquel curso había sido la clase de matemáticas. Y aunque los exámenes cada vez fueran más difíciles, había descubierto que, aunque necesitaba esforzarse un poco más que su melliza, ella también era capaz de resolver todos los problemas por si sola.
Naira estaba orgullosa de ambas, a pesar de que el curso aún no había terminado, y seguramente aún quedaba la peor parte desde el punto de vista estrictamente académico. Lo que pasase a partir de entonces ya le daba igual; aunque era importante aprobar el curso, ella no necesitaba ningún boletín de notas lleno de dieces para enorgullecerse de ninguna de sus hijas.
- ¿Tú qué, Anita? ¿Hoy no hablas? -se preguntó la madre sin comprender el silencio sepulcral de su hija, pues aunque no fuese la más extrovertida, con su prima siempre hablaba por los codos.
- Ahora no, tengo que decirle cosas privadas -le explicó la muchacha a su madre, dejando claro que esta no podía enterarse nada de lo que hablase con su prima.
- Así que hoy os iréis a dormir tarde, ¿no? -adivinó Naira, pues tampoco hacía falta que se lo comunicasen para sospecharlo.
- Claro, porque ya somos mayores -replicó Gabriela, pensándose que a sus doce años ya estaban en la cima del mundo.
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- Pues nada, ya he dejado a Pili y Mili en la habitación -comentó Naira mientras entraba al salón, dispuesta a lanzarse al sofá para tener unos minutos de intimidad con su mujer antes de acostarse.
Había sido un día agotar, como cualquier viernes, pero esa noche tenía especial ganas de coger la cama. Aquellos planes de primas cada vez le gustaban menos, pues parecía que al hacerse mayores sus hijas cada vez le ponían las cosas más difíciles. Ya no se conformaban con cualquier cosa y eso ya hacía tiempo que se evidenciaba.
- Pobrecitas, no seas malas -se rió Macarena de aquello.
- ¿Mala? Este es un trabajo muy duro, lo sabes tú bien -replicó Naira creyendo que aún no se había quejado lo suficiente.
- Cuando viene tu querida Ari no te quejas tanto -comentó la otra haciendo clara referencia a los favoritismos de la morena con sus sobrinas.
Aquello era algo que con sus hijas jamás había sucedido, pero cuando se trataba de las hijas de sus hermanas, allí la mujer sí que mostraba preferencias entre las niñas. Evidentemente las quería a todas por igual y estaba dispuesta a cuidarlas siempre que fuese necesario, pero en ocasiones se hacía evidente, al menos para los adultos, que algunas le caían mejor que otras.
- No es por Gabi -le aseguró la morena a su mujer- Es porque mi hija es una estirada y nada le está bien. Me ha hecho cambiar las sábanas de la cama supletoria a las diez de la noche -le explicó.
- Pues cariño, tú eres un poco tonta por hacer lo que te pida -opinó Macarena sin estarse de dar la opinión de todo aquello- Si ya había sábanas no había que hacer nada y si no le gustan entre las dos tienen cuatro manos para cambiarlas -añadió tratándole de hacer entender a su esposa que con aquello no le estaba haciendo ningún favor a su hija.
- Bueno, ese no es el punto -negó Naira sin querer aceptar que a veces consentía en exceso a sus hijas- Lo he hecho para que se callase un poco, que me tiene la cabeza taladrada -se excusó.
- Pues estas no hacen ni una cuarta parte del ruido que hacen Rita y Ari -comentó la mujer, pensando en que su esposa tan solo estaba exagerando demasiado las cosas- Y ya verás en los próximos años... -añadió a sabiendas de que la fiesta tan solo había hecho más que empezar.
- Pues Ari es una niña totalmente normal, que se conforma con todo lo que le das -respondió la mayor sin entender que de malo tenía su sobrina favorita.
- Bueno, te comprare lo de normal, si es que en esta familia hay alguien normal... -bromeó Macarena, creyendo que las cuatro muchachas compartían el mismo nivel de rarezas- pero los gritos que dan las dos innecesariamente cuando se juntan son insoportables -opinó la otra, quién apreciaba la tranquilidad que manejaban el otro par de primas- Y ya verás, que estas tardaran bien poco en empezar con las parejitas -añadió a sabiendas de que aquello iba a ocurrir más pronto que tarde.
Naira pensó en corregir a su mujer, pero pronto se dio cuenta de que ella misma a esa edad ya estaba pensando en chicas y fantaseando en tener novia; algo que pronto se materializó. Era innegable que la morena llevaría aquello bastante mal, principalmente porque se evidenciaba que quería evitar que sus pequeñas cayesen en los mismos errores que ella, aunque ciertamente eso era algo bastante difícil de impedir.
- Pues yo creo que habrá sorpresas -se limitó a opinar la morena- Mi apuesta va con Gabi, será la primera en caer -añadió convencida.
- ¿Gabi? -se extrañó la otra al escuchar aquello- Por Dios, cariño, si la pobre es tan vergonzosa que ni siquiera se atreve a hablarle a la profesora -comentó exagerando un poco la timidez de su sobrina, pero teniendo claro que deberían de pasar muchos años para que la superase por completo.
- Bueno, pero ella es la más guapa, ¿has visto su cara? -replicó Naira ya delirando fruto del cansancio.
Era innegable que Gabriela era una niña preciosa con unos rasgos inconfundibles entre las Guerra Doblas, aunque ciertamente todos sabían que, belleza aparte, esta destacaba por el simple hecho de ser diferente al resto de niñas de la familia. Su tez morena, pelo afro y ojos verdes eran inconfundibles; y aunque eso no la alejaba de sus primas ni la hacía menos Guerra, la resaltaba inevitablemente.
- No lo he negado, pero es que parece mentira que no sepas que para tener pareja hay que hablar con la gente -comentó Macarena pensando en ella misma, pues precisamente su timidez la había mantenido alejada de todo romance durante muchos años- Ella es muy vergonzosa y va a su rollo, que a mí me encanta que sea así, ¿eh? Pero difícilmente la veremos con pareja antes que Ari o Rita -opinó pensando que aquello era lo más predecible.
- Pues eso también es verdad -asintió Naira- Vamos, que he llamado feas a mis hijas gratuitamente -bromeó sin saber muy bien donde meterse tras soltar aquella estupidez.
- Bueno, solo has dicho que Gabi es la más guapa, pero eso no quita que todas lo sean -la corrigió la otra, sin tenérselo en cuenta- Porque todas lo son -asintió sin dudarlo.
- Ana cada día se parece más a Daniela -comentó la morena sin poder evitar- Vamos, que son calcos -añadió dejando en evidencia que aquello no le gustaba nada.
- Y Daniela es muy guapa, siempre lo fue -replicó Macarena- ¿Es una putada para ti? Pues entiendo que seguramente lo sea, pero ambas son muy guapas. De hecho, de ella te enamoraste y supongo que el físico tiró bastante, porque la personalidad... -murmuró a sabiendas de que, sin ninguna duda, la belleza de Daniela había tenido un papel clave en el enamoramiento de Naira.
- Pues si, un poco putada es -asintió la madre sin esconderse- De mi familia esta niña solo tiene el nombre -comentó pensando que no había podido salir más parecida a su otra madre.
- Tiene más cosas, lo que pasa es que son todas malas -bromeó la mujer.
- Fingiré que no te he escuchado -negó la morena mientras dejaba escapar una ligera risa, dejando en evidencia que no se había tomado mal aquello- Por cierto, mañana por la tarde Rita tiene partido, ¿te acuerdas? -saltó completamente de tema de conversación, acordándose entonces de que debían hablar de aquello antes de acostarse.
- Uy, ¿eso es que no quieres ir? -sospechó la menor al escuchar el que parecía un comentario inocente.
- Quería aprovechar la tarde para avanzar trabajo del curso -respondió Naira buscando su aprobación.
Aquello era algo totalmente extraordinario, pero ciertamente la mujer necesitaba unas horas libres para poder llegar a todo sin volverse completamente loca. Macarena ya hacía semanas que se lo decía, aunque tampoco quería obligarla a nada, ella se ofrecía a cuidar de las niñas, pero la decisión debía tomarla ella, nadie más.
Evidentemente la mujer apoyaba a su esposa en todo aquello de buscarse un futuro laboral mejor, aunque sabía que no iba a ser fácil. Ella misma había sido la que había conseguido que se apuntase a aquel primer curso que, seguramente, sería el principio de muchas cosas buenas, así que no iba a ser ella la que impidiese que no lo superase.
- Genial -asintió Macarena- Aunque no sé cómo se lo va a tomar Ana, porque no va a querer ir a ver el partido si tú no vas -comentó pensando que la niña tendría la excusa perfecta para no querer ir hasta el campo de fútbol.
- Que no vaya, que se quede haciendo deberes o vagueando... A mí me da igual, no me molesta -le aseguró, aunque ambas sabían que iba a sacar mucho más provecho de la tarde si se quedaba sola- Por cierto, antes cuando he ido a buscarla a atletismo me han dicho que hay que comprar una camiseta y unas mallas nuevas para la competición de mayo -recordó entonces la morena- Solo hay que hacer el ingreso y ya se lo darán en el club. Te lo digo porque voy a hacer la transferencia cuando tenga un momento, que sepas que es eso -añadió.
- Parece mentira la de cosas que piden cuando compite tres veces al año -se quejó Macarena al escuchar aquello- Con el fútbol no se ponen tan exquisitos y tienen partidos casi todas las semanas -añadió pensando que, por una vez, aquello de darle golpes a la pelota no estaba tan mal.
- Son un poco pijos -admitió Naira.
- ¿Un poco? -se sorprendió la morena al escuchar aquello, pues ambas sabían que aquello del club de atletismo era de lo más elitista que había en la ciudad- Tienen muchas tonterías, pero bueno, supongo que este rollo ya le pega a nuestra niña -añadió a sabiendas de que Ana estaba muy a gusto en aquel ambiente, pues jamás se había quejado de ello.
La mujer sonrió inevitablemente, aquello de que su esposa hubiese hecho suyas a sus hijas era algo que no dejaba de enamorarla, a pesar de la costumbre y el paso del tiempo. Hacía ya años que Naira tenía claro que Macarena sentía a las mellizas como hijas propias, lejos de etiquetas y formalidades, pero aquellas reafirmaciones espontáneas seguían emocionándola.