— Es una pena que al final tu padre no se quisiera quedar a cenar —empezó Marta mientras terminaba de fregar los platos y se secaba las manos con un trapo que cogieron prestado de la cocina de la casa grande —porque hoy la tortilla me ha salido exquisita.
La tarde de ambas mujeres pasó rápida entre risas y confidencias mientras adecentaban todo lo necesario para instalarse cuanto antes en su nuevo hogar. Una vez llegó la hora de la cena, ambas se dirigieron a la cocina para preparar algo para comer y Marta se encargó de cocinar, mientras Fina preparaba la mesa para ambas. Una vez terminaron, la más joven recogió y la rubia fregó todo bajo la atenta mirada de Fina, que no podía evitar mirar cada movimiento que hacía con su brazo y en cómo sus músculos se tensaban y destensaban, haciendo que se excitara por el camino.
—Bueno, bueno, qué presumida usted, doña Marta —dijo Fina de forma divertida e irónica, tentando a su mujer. —Al menos la tortilla te sale mucho mejor que los bollitos suizos, no vamos a engañarnos.
—Ahí te doy toda la razón, yo soy más de comerlos. —guiñó la rubia provocando que a Fina le diera un pinchazo en su vientre bajo ante el atrevimiento de su mujer.
Fina miró estupefacta a la rubia, sin creerse aún la desvergüenza que acababa de tener Marta. Y es que, desde hace un tiempo Marta había dado un cambio radical y esa mujer tímida y sosegada había dado paso a una atrevida y pasional.
—Pero menuda vergüenza que he pasado cuando tu padre nos ha dicho que era nuestra primera noche a solas en la casa. No sabía dónde meterme. —confesó la rubia ruborizándose de nuevo mientras Fina comenzaba a reír.
—Bueno —empezó a confesar Fina —es posible, y solo posible, que esta mañana cuando fui a pedirle ayuda con el huerto le hablara de las terribles ganas que tenía de pasar la primera noche a solas en casa con mi mujer.
—¿Así que tú le dijiste que se fuera pronto esta noche? —dijo Marta de forma seductora mientras se acercaba poco a poco a la joven, que estaba apoyada en la mesa de la cocina. —No tienes remedio.
—Culpable —respondió la morena a la vez que levantaba los brazos en señal de rendición y reía recordando la conversación que mantuvo esa misma mañana con su padre y en cómo le dejó caer que quería disfrutar de esa intimidad con Marta.
Y es que tenía unas ganas terribles de estrenar la nueva casa con ella. No solo por el placer que se generan mutuamente, sino porque ese nuevo espacio en el que estar a solas sería su espacio seguro, su refugio. Un lugar en el que empezar a construir un futuro conjunto y en el que nunca tendrían que fingir ni estar alerta de lo que pueda pasar.
Marta, cuando por fin llegó a su lugar junto a la morena, la agarró suavemente de la cintura y la aproximó lo más que pudo a su cuerpo. Fina hizo exactamente lo mismo, pero rodeó sus largos brazos sobre el níveo cuello de la rubia. Y sus ojos encontraron los de la otra. Y se miraron tan intensamente que todo se nubló a su alrededor, porque en ese espacio solo existían ellas.
—Sabes que te quiero con todo mi corazón, ¿no? —preguntó la rubia a Fina, para acto seguido rozar sus narices en un gesto cariñoso, tan conocido para ellas. —y que no puedo estar más feliz de estar aquí contigo.
—Ay, Marta, claro que lo sé, y yo siento lo mismo. No me puedo creer que esté aquí, en los brazos de la mujer a la que admiro desde que soy una niña y que podamos llamar a esta nuestra casa. —declaró Fina, que no había apartado de su vista aquellos azules ojos que tanta paz le transmitían. Su mirada bajó hacia los labios de la rubia y acercó su cara para dejarle un tierno beso en los labios.
El beso, que había empezado dulce y lento, como si de un ligero roce de labios se tratara, se fue tornando en uno más profundo y húmedo, cargado de amor, pero sobre todo de deseo. Deseo de sentir a la otra mujer sobre su piel. Deseo de recorrer cada centímetro de la otra. Deseo de tenerse entre sus brazos. Deseo de ser una.
Ambas mujeres se separaron jadeantes para tomar aire en medio de una vorágine de sensaciones que estaban experimentando. Tras unos momentos, que se les hicieron eternos a las dos mujeres, volvieron a fundir sus bocas en una. Tornaron a un beso que más bien parecía una danza de suaves labios que anhelaban ser venerados, rozados, mordidos por la otra, y que tan bien se acompasaban al ritmo e intensidad que se establecía.
Marta y Fina ya conocían cada milímetro de su cuerpo perfectamente. Sabían lo que la otra quería y necesitaba en cada momento, por eso cuando Marta gimió sonoramente en la boca de Fina en el momento en que sus lenguas se rozaron, esta sabía que la rubia necesitaba que la desearan.
—Marta, es que me vuelves completamente loca. —articuló Fina con voz grave y cargada de deseo.
La más joven giró sobre sí misma y aprisionó a Marta entre sus caderas y la mesa de la cocina. Su boca abandonó la boca de la otra para comenzar un recorrido desde la comisura de sus labios a sus mejillas, bajando hasta su cuello, en el que se entretuvo más de la cuenta besando y mordiendo con la intención de que a la rubia se le nublara el poco juicio que le quedaba. Sus besos volvieron por ese camino de saliva que había dejado, nuevamente hacia la boca de Marta, porque necesitaba volver a sentir los sedosos labios de la mujer sobre los suyos.
—Fina... —empezó a decir Marta con la respiración pesada y gimoteando en la boca que había dejado de besar por un instante para coger aire —necesito sentirte sin nada entre nuestros cuerpos.
En rápido movimiento, Fina le quitó el pequeño cinturón blanco a Marta y comenzó a desabrocharle lentamente los botones del vestido. Cuando cumplió con su objetivo, sus manos se deslizaron por el cuerpo de la mujer, rozando sus pechos, bajando por sus curvas hacia su cadera y deslizando por sus muslos hasta que llegó al borde de la prenda, que levantó y quitó por la cabeza de Marta.
Una vez en ropa interior, y sin frenar sus besos, Marta soltó los botones de la blanca camisa de flores amarillas que vestía su mujer y la lanzó a algún lado de la cocina. Rozando cada milímetro de su piel, bajó sus manos hasta las caderas de Fina para quitarle el azulado cinturón y desabrochar la falda amarilla, que cayó por su propio peso al suelo y que Fina apartó de una patada.
—¿Así nos quería usted, doña Marta? —tanteó la morena a la vez que enganchaba con sus dientes el labio inferior de Marta. Está, lanzó un gruñido que, si no fuera porque se encontraban solas y sin nadie a su alrededor, habría despertado y escandalizado a cualquiera.
—Me gusta que seas tan obediente —respondió en un susurro cargado de deseo a la vez que rodeaba con sus piernas la cintura de Fina y con sus brazos el cuello —aunque aún me estorba ropa — y en un rápido movimiento desabrochó el blanco sujetador de Fina.
—Te veo desatada, Marta.
—No sabes la de veces que he deseado estar así y aquí contigo. No voy a esperar ni un segundo más.
La morena volvió a quitar la distancia que había entre sus bocas y comenzó a bajar por el cuello de Marta dejando un reguero de besos húmedos sobre su cuello. A la vez que cumplía ese cometido despojó a sus pequeños pechos del negro sujetador de encaje que llevaba puesto y comenzó a dirigir sus besos allí.
Su lengua comenzó a rozar el duro pezón de Marta haciendo círculos sobre él mientras que su mano derecha se entretenía apretando el otro pecho, rozando con suavidad cada milímetro de su sedosa piel. Una vez le hubo dado mucha atención cambió al otro replicando los mismos movimientos.
—Fina... ah... —suspiró Marta mientras cogía de la cabeza a la joven y la atraía a su cara. —por favor no puedo más.
—¿Y qué es lo que quieres?
—A ti. —manifestó Marta mientras emitía un sonoro gemido que reverberó por toda la estancia y encendió a la morena de una manera exorbitada.
Fina atrapó nuevamente la boca de la mujer y, sin frenar ese baile de labios, lenguas y saliva le quitó de un tirón la ropa interior que aún seguía llevando. Comenzó acariciando sus ingles para acercarse muy lentamente a los pliegues de la mujer.
—Dios, Marta, pero si estás hecha un completo desastre. —gimió Fina en la boca de la otra, excitada ante la humedad de Marta.
Se introdujo más y sus dedos llegaron al sexo de Marta y comenzó a rozarlo, primero de atrás hacia delante para, acto seguido, hacer ligeros pero profundos círculos, exactamente de la manera que sabía que a la rubia le volvía loca. Y comprendió que estaba cumpliendo con creces su cometido cuando las uñas de Marta se anclaron en su espalda.
—Tú eres la que lo provocas. —susurró excitada la mujer en el oído de Fina, gimiendo, chupando su lóbulo y meciendo sus caderas para incrementar el roce.
Ante la respuesta de la rubia, su cuerpo no tardó en reaccionar y notó cómo su centro se empezaba a humedecer. Fina frenó sus movimientos circulares e introdujo dos dedos en Marta, haciendo que la rubia soltara un respingo ante la repentina intrusión. Las incursiones eran lentas y profundas, pero conforme los gemidos de su mujer fueron ganando en intensidad, las embestidas también lo hicieron. Al notar que las paredes de la mujer comenzaban a estrecharse, Fina añadió su pulgar, con el que rozó el clítoris de Marta, generándole una corriente eléctrica que recorrió todo su cuerpo y, escondiendo su cabeza en el cuello de la morena, llegó al clímax en cuestión de minutos.
—Joder, Fina — gimió Marta, aún mientras se disipaban las olas de placer y se recuperaba. Fina la acercó a su cuerpo y le dejó miles de besos cariñosos en su cuello.
Cuando se recompuso de todas esas sensaciones que Fina le había generado en cuestión de momentos, Marta se separó de la curvatura del cuello de la morena y la atrajo hacia su cara.
—¿Alguna vez te he dicho lo loca que me vuelve tu boca? —preguntó la rubia mientras le chupaba el labio inferior con su lengua, recorriéndolo en su totalidad.
—Algo me has dicho, sí.
—Aunque tus manos no se quedan atrás eh.
—Vaya, vaya con mi mujer. Quién te ha visto y quién te ve, qué pícara te has vuelto.
Marta, que no lo podía aguantar más, bajó de un salto de la mesa, agarró de la mano a Fina y la guió fuera de la cocina. Se adentraron en el salón y Marta, que no podía soportar ni un segundo más que los labios de ambas estuvieran separados se giró y la agarró de su nuca para atraerla a ella. Con cada roce el deseo y la pasión aumentaba más. Marta consiguió reunir la fuerza suficiente para separarse nuevamente de la morena y empezar a subir de manera atropellada aquellas largas y majestuosas escaleras de madera que se ubicaban en medio del salón para ascender hasta la habitación de ambas. Marta cerró la puerta empujando a Fina contra ella, cogió sus manos y las enganchó sobre su cabeza generando un ronco suspiro. Empujó su muslo entre las piernas de la morena para hacer presión en su centro y mordió y chupó su cuello sin ningún tipo de compasión.
—Por Dios, Marta —jadeó Fina, mientras intentaba zafarse, sin ningún éxito, del agarre de la mujer. —no pares.
Pero Marta se apartó de Fina y la condujo hasta el borde de la cama, empujándola sobre ella para que cayera tumbada. La rubia se recostó sobre ella para emprender un recorrido de besos desde su cara a su cuello, bajando hacia sus pechos, que lamió y sorbió arrancando gritos de placer de la boca de la otra y que la volvían feral.
Peregrinó con sus labios y su lengua todo el cuerpo de la morena, hasta que llegó a su abdomen. Mientras lo besaba le quitó de un hábil movimiento las bragas que llevaba y vislumbró su último destino.
Los labios de Marta bajaron tentando el muslo izquierdo de Fina, subiendo hacia su monte de venus y bajando por el lado contrario. Cuando notó que la respiración de la morena estaba más pesada, acercó su lengua a sus pliegues y los comenzó a lamer, arrancando un suspiro de su garganta. En el momento en que notó que estaba llevando a Fina a su límite, Marta hundió su lengua en su centro, haciendo círculos con ella y generando que la joven arqueara su espalda.
Las manos de Fina, que estaban agarrando el borde de las sábanas, mudaron hasta la cabeza de la rubia para pegarla más contra su sexo para hacer que el contacto y la fricción fuera mayor. Viendo que la agitación de Fina empezaba a ser más constante, Marta introdujo dos dedos dentro de ella, embistiendo a la vez que lamía, produciendo que la joven pusiera sus ojos en blanco y arqueara aún más su espalda. Fueron pocas las embestidas que hicieron que Fina llegara a su límite y estallara en un brutal orgasmo, empapando de placer la boca de Marta.
Esta se encargó de limpiar todos sus restos y ascendió por el perfecto cuerpo de su mujer, acostándose a su lado, rodeándola con sus brazos provocando que diera media vuelta y se apoyara sobre su pecho con la intención de que sus respiraciones se acompasaran.
—Madre mía, Marta —empezó Fina cuando se recuperó del placer que Marta le había generado. —cada día me provocas más sensaciones. Cada vez que te veo no sé si me puede más la admiración, el deseo o el amor que siento por ti.
—Te quiero, Fina. Hoy y siempre.
Ambas mujeres volvieron a juntar sus labios en uno, pero esta vez el deseo y la pasión dejó paso al amor, y se fundieron en una danza dulce y lenta. Ya no hacía falta que se amasen con prisa y con miedo a que alguien las escuchara, las viera, las encontrara.
Ahora tenían todo el tiempo del mundo para quererse lentamente, para recorrerse, besarse, admirarse... Porque ahora, aparte de tenerse la una a la otra, gozaban de ese lugar seguro. Su refugio.
Su casa.