El taxi me dejó fuera de casa, aún traía la terrible sensación de haber hecho lo imperdonable en mi vida. Aquello no había podido suceder, yo no lo permitiría, pero no se puede tapar el sol con el dedo. ¿Me acosté con Felipe?
Era claro que desperté completamente vestida, pero eso no quita las marcas en mi cuello y pecho. Algo pasó, estoy muy segura que no simplemente dormí en su casa. Pero ¿cómo sucedió? Por más que trato de recordar, no llega a mi mente el momento en que sucedió.
—Algo debieron contener esas bebidas —dije, al estar en la puerta de mi casa. Camilo me abrió la puerta, porque hasta mis llaves se habían perdido. ¡Qué horror! Esto jamás me ha pasado, soy una persona muy prudente.
—¿¡Letizia!? —se sorprendió, procediendo a guardar su celular—. ¿Dónde estabas? Te he estado llamando y no contestas. Abrí los ojos con fuerza, y pasé mis manos en mi vestido.
—Creo que lo perdí, Ay Camilo, no traje ni mi bolso, el taxi está esperando afuera. Él fijó su vista detrás y comprendió.
—Ya veo, entra a casa, yo iré a pagarle.
Hice lo recomendado por Camilo. Subí a mi habitación, donde pude examinar a mayor plenitud las marcas en mi cuerpo.
—Está es más pequeña —dije, al pasar los dedos en la mancha en mi cuello, probablemente se borre muy pronto—. Pero esta es más grande —toqué la que sobresalía de mi escote—. A Felipe siempre le gustaba hacer esto conmigo, es obvio que no perdió la costumbre.
—¿Puedo? —preguntó Camilo, antes de entrar.
—Adelante —le respondí, después de ocultar mi cuello con una almohada.
—No es necesario que lo hagas, fue lo primero que vi cuando apareciste en la puerta.
Descubierta, no tuve mayor alternativa que dejar la almohada.
—¿Mi hija?
—Leonor se durmió anoche muy temprano, llegó agotada de sus clases de ballet y cayó como un bello ángel.
—Mi pobre pequeña...
—No pasa nada, más bien dime, ¿qué pasó con esas cosas? —señaló mis manchas—. ¿Dónde estuviste?
Me senté en mi cama, ni siquiera yo podía creer lo que iba a contar.
—Me acosté con Felipe —dije, sin mayor rodeo, viendo como a Camilo se le cayó la mandíbula.
—¿Que-qué? Espera, espera, ¿estamos hablando del mismo Felipe? ¿El Felipe que estuvo aquí? ¿Ese hombre de cuerpo de Dios griego? ¿Tu ex esposo?
—¿De qué otro Felipe puedo estar hablando? Fue con él.
—¡Letizia Ortiz! No lo puedo creer —dijo serio—. ¡Cuenta todo con lujo de detalles! —tomando asiento, mostró la mirada con interés.
—No hay detalles, porque ni yo lo recuerdo.
Camilo sacudió la cabeza.
—¿Cómo qué no hay detalles? No entiendo, entonces, ¿cómo puedes estar segura que te acostaste con él?
—Porque desperté en su cama, y traía estas cosas en mi cuerpo, ¿qué otra explicación existe?
—¿Y él estaba allí? ¿Despertó contigo?
—No.
—¿Estabas vestida?
—De hecho, sí.
—¿Entonces cuál es el problema? Tal vez solo te llevó a su casa y te dejo dormir. No hay seguridad de que haya ocurrido eso.
—Sí lo hay, porque él siempre era así. Cuando estábamos casados, y sus manos me tocaban, nunca se detenía hasta llegar a hacerlo. Él no da marcha atrás.
—Bueno... Hay que darle el beneficio de la duda, ¿y si le preguntas?
—Por supuesto que se lo diré, ni muerta me trago esta vergüenza. Y si llegó a ocurrir, le diré que lo olvide, que aquello fue un rotundo error.
—¿Error
—Por supuesto que sí. No quiero malos entendidos.
—Si tú lo dices. Bueno, es mejor que vayas a darte una ducha. Leonor se despertará en cualquier momento, y si te ve con esas marcas te hará muchas preguntas.
—Tienes razón, pero primero ¿podrías traerme algo de agua? Con todo lo que está sucediendo, me siento agotada.
—Claro, ahora mismo te lo traigo.
Camilo se marchó, en lo que yo me levantaba a sacar mi ropa del armario.
¿Cómo pude permitir que eso sucediera?
———————————
POV Raul
Estoy más seguro que nunca, que fue él. Felipe era el hombre al que entregamos esos falsos resultados, pero nunca pensé que era para dañar a Letizia. Nunca debí callar. Llevándome las manos a la cabeza, me lamenté por ese maldito pasado. Pensé que todo quedaría en una simple anécdota, pero no. La mancha siguió creciendo cada día, hasta llegar a salpicarme en la cara.
—Por eso fue su insistencia —recordé—. Por eso suplicó mi ayuda—. Isabel... Isabel ... —dije con remordimiento—. Tú nunca me quisiste en verdad. Solo jugabas conmigo, pero allí estaba yo de idiota. Pensando que, si hacía lo que querías, lograría ganarme tu afecto. Tuve que tragarme la ira de ver cómo te cortejaba otro y luego regresabas con Felipe para fingir un maldito embarazo, y lo peor de todo fue que para ayudarte, metí en esta marcha a personas inocentes.
La confianza que en el hospital me tenían, me permitió poder ayudar a mis futuros colegas. No fue difícil tomar el sello de uno de ellos para suplantar una revisión profesional y entregar el examen, lo más seguro es que nunca volvería a verte, pero...
—Letizia... —me lamenté—. Todo ese infierno que viviste sola... -sí yo no me hubiera prestado para esa locura. Tú ahora vivirías con tu esposo e hija. No habrías tenido que pasar por esa enfermedad en soledad. Yo lo lamento... Lo lamento tanto... No sabía que era para hacerte daño. Ahora mi conciencia no me deja tranquilo.
¿Qué puedo hacer?
——————————
POV Felipe
Dos días después del evento, nos encontramos en la oficina. Ese día llegué más temprano de lo acostumbrado, esperando ver a Letizia, y ella llegó. La vi descender de su camioneta blanca. Estaba muy seria, vestía como era costumbre, pero llevaba algo extra en el cuello; que cubría su piel.
—¿Podemos hablar? —le dije, al acercarme a ella
—Por supuesto que tenemos que hablar —me respondió sin titubeos, siendo ella quien me pidió que la siguiera—. Iré a ver primero a Sonsoles, te veo en unos minutos en mi oficina —me indicó.
Había decidido nunca más recibir órdenes, pero está vez supe que era la única opción de que ella y yo conversáramos de esto. Y al cabo de unos minutos de espera fuera de su oficina, ella apareció, invitándome a pasar.
—Bien, te oigo —me dijo al tomar asiento.
—Creo que no hay mucho que explicar, ya que te escapaste de mi casa sin siquiera avisar.
—¿Por qué debería avisarte? No soy de tu propiedad.
—Eso lo tengo claro.
—Mira Felipe, en una hora tengo que ir a la distribuidora de tela, para verificar el pedido que se hizo. Así que simplemente te diré que lo que pasó esa noche entre tú y yo, lo olvides. Eso no ocurrió, y jamás volverá a suceder.
Entonces entendí a lo que ella estaba haciendo referencia.
—¿Crees que nos acostamos?
—Soy una mujer adulta. No hay que pensar mucho para llegar a la conclusión de que, si desperté en tu cama y con esas manchas en mi cuello y escote, son por tu culpa, ¿o vas a decirme que tu no dejaste esas marcas?
—No, no los niego, en efecto. Yo te hice esas marcas cuando estábamos en la entrada de mi casa, ¿pero no recuerdas todo lo que me hiciste? Su expresión se desencajó, no esperaba esa respuesta de mí.
—¿Lo que yo te hice?
—Primero; tú me besaste, no fui yo.
—¿Yo te besé?
—Así es —afirmé—. Me tomaste de la corbata y me jalaste para besarme, segundo; me tiraste al suelo y te subiste sobre mí. Yo confirmo que acepté los besos, pero luego empezaste a decir un montón de incoherencias, tu mente pensó que aún estábamos casados, querías que tuviéramos otro bebé; lo cual me dejó atónito.
—¿O-otro bebé? ¿Qué más dije?
—No voy a cuestionarte, sé que no lo hiciste a conciencia, además no fue difícil entenderlo después de...
—¿De qué?
—Del imbécil ese.
—¿Puedes ser más claro?
—¡Del idiota que te besó! —guardé la calma.
—¿Raul?
—¿Conoces a otro idiota?
—Raul no es ningún idiota, además lo que dices es imposible, él y yo jamás...
—Yo lo vi.
—Ay señor... ¿Pero ¿qué me pasó? Yo no comprendo.
—Es evidente que te dieron algo en la bebida, y sospecho de ese imbécil.
—¿Puedes dejar de hablar tan despectivamente de él? Estoy segura que hay otra explicación. Conozco a Raul desde hace cinco años y sé que él no haría algo así.
—¿Cómo puedes estar segura? ¿Qué garantía tienes de que no haya sido él?
—¡Porque me lo ha demostrado con una leal amistad! Cosa que otros no tienen.
Supe que estaba hablando sobre mí, de modo que no me quedó más que asentir.
—Además, Raul llegó después de que yo bebiera esas copas, y Sonsoles ya las había bebido.
—Bien, sé que nada de lo que diga hará que cambies de opinión, comprendo —me puse de pie para levantarme del asiento, al tiempo que dejaba su celular y bolso en su escritorio—. Todo está igual a como lo dejaste.
—Pensé que los había perdido.
—Los guardé cuando te llevé a mi casa, y por cierto. No tengo que fingir que no pasó nada, porque no ocurrió.
Ella me miró incrédula.
—Te doy mi palabra de que no nos acostamos. Solo dormiste en esa habitación. Lo juro.
Letizia aún sospechaba, pero al ver mi total expresión, se relajó y suspiró.
—De acuerdo, te creeré por esta vez. Ahora necesito estar sola.
Estaba por irme, ya habíamos hablado lo que necesitábamos, pero sentí la necesidad de decirlo.
—Puede que no confíes en mí, Letizia. Ni yo lo hago,pero después de todo lo que hemos pasado, nunca podría forzarte en ese estadotan vulnerable.