Violet
Estoy sentada en la sombra, tengo a mi hermana al lado contemplando las vistas al mar. Miro al frente y veo a mis padres de pie, dándose la mano junto a la orilla, donde pasa una moto acuática que termina salpicándoles.
Me sobresalto al oír mi divertido tono de llamada—que es mi amiga cantando mi canción favorita—, cuando descuelgo la llamada responde una voz conocida, aunque por un momento no logro saber de quien proviene.
—Hola,¿donde estáis?— la voz cantarina y alegre de mi primo resuena en el altavoz del teléfono.
—Estamos en la cala, al lado del restaurante con las flores moradas—conteste con el mismo tono de voz— pero no vengas, ahora nos iremos.
...
Ayer, después de ir a esa preciosa cala, al llegar a casa caí rendida en la cama por el cansancio. Esta mañana me desperté y fui a la cafetería más cercana con mi primo, ya que ayer me llamo junto cuando nos íbamos a ir. Ahora, estoy sentada junto a mi madre en la terraza, ayudándola con un problema en el ordenador, el aire marítimo me golpea en la cara y hace que se me escapen algunos mechones de mi moño mal hecho.
Levanto la cabeza y lo veo, lo veo en el edificio del frente, apoyado en la barandilla de su balcón, mirándome, justo como estoy haciendo yo. Cuando lo miro veo sus ojos grises llenos de energía, veo una expresión amable o tal vez de deseo, su pelo corto y castaño baila con la brisa, y entonces me sonríe con timidez pero con seguridad, le devuelvo la sonrisa y eso hace que me salude con la mano.
—¿Que miras Vi?—la voz de mi madre me sobresalta haciendo que la mire a ella, que ahora me mira a mi.
—Nada, estaba pensando—intenté que mi voz sonara pensativa.
Entonces volví a mirar al frente para ver que me dio una última mirada para luego girarse a leer.
—¿¡Lo mirabas a él!?—dijo mi madre cortando el hilo de mis pensamientos con una voz más aguda de lo normal.
—¿Que?, no...—dije intentando no sonreír—estaba mirando al cielo—aunque no sonara convincente lo dije con tono serio—tu que haces que todavía no has terminado.
—Ya terminó—contestó mi madre entre risas, que se volvió una muy contagiosa.
Después de unos minutos, cuando mi madre se volvió a centrar en el ordenador, aproveche a mirar a mi guapo vecino, me sorprendí al ver que tenía un cartel entre sus manos que ponia "Soy Kai".