Philip

By LainFaustus

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Philip es un profesor de Literatura, casado con Vicente, un profesor de Matemáticas. Parece tener una vida id... More

⚠️ADVERTENCIAS⚠️
Prólogo
Parte 1.1
Parte 1.2
Parte 1.3
Parte 1.4
Parte 1.5
Parte 2.1
Parte 2.2
Parte 2.3
Parte 2.4
Parte 2.5
Parte 2.6
Parte 2.7
Parte 2.8
Parte 2.9
Parte 2.10
Parte 2.11
Parte 2.12
Parte 2.13
Parte 2.14
Intermedio 1
Parte 3.1
Parte 3.2
Parte 3.3
Parte 3.4
Parte 3.5
Parte 3.6
Parte 3.7
Parte 3.8
Parte 3.9
Parte 3.10
Parte 3.11
Parte 4.1
Parte 4.2
Parte 4.3
Parte 4.4
Parte 4.5
Parte 4.6
Parte 4.7
Parte 4.8
Parte 4.10
Intermedio 2
Parte 5.1
Parte 5.2
Parte 5.3
Parte 5.4
Parte 5.5
Parte 5.6
Parte 5.7
Parte 5.8
Parte 5.9
Parte 6.1
Parte 6.2 - La Confesión
Parte 6.3
Parte 6.4
Final
Curiosidades

Parte 4.9

232 19 17
By LainFaustus

Esa noche, Israel llamó a Darío.

—¿Hola?

—Darío, soy Israel, dime todo lo que sepas de Ismael.

—Sí, dame un segundo, —tapó la bocina y miró a una chica a su lado, susurrándole «ya cayó».

Después, pasó casi dos horas hablando mal de Ismael, aunque de todo, lo único real fue:

—Si quieres creerme, busca en su mochila, debe tener un cuaderno forrado con un papel blanco y negro, allí está todo lo que necesitas saber.

Israel colgó. Se levantó de la cama y dio algunas vueltas por la habitación, hasta que miró por la ventana, cuando un golpe en la pared lo tomó por sorpresa. Molesto, sabía que eran Philip y su padre.

—Voy a deshacerme —pensó Israel mientras volvía a la cama con los audífonos en la mano— de un problema, y así podré volver a dormir.

Se dejó caer en la cama, dando vueltas, dormitando toda la noche, hasta que la luz gris de la madrugada apareció tras la ventana.

***

Israel salió de su casa sin desayunar, pensando sólo en enfrentar a Ismael para comprobar lo del cuaderno. Y nadie se pondría en su camino.

Ni Philip, ni Vicente estaban en la cocina o en la sala, así que salió.

Esto sólo fue el comienzo de un par de malas decisiones, comenzando por no haber investigado más sobre Ismael. Quizá si lo hubiese hecho, se habría ahorrado muchos problemas.

Su segundo error, salir sin desayunar. Sin comida, el cerebro es incapaz de razonar con claridad.

Llegó presuroso a la preparatoria, en cuya entrada lo esperaba Darío, para señalarle dónde estaba Ismael.

—Mira —dijo Clara feliz—, allí viene Isra.

Clara y Augusto estaban sentados en una banca cerca de los árboles. Augusto se giró, confundido al ver a Israel con Darío. Pero pronto volvió a su ánimo de siempre, sonriendo ante su amigo. Soltó la mano de su novia, y se puso de pie en el camino de Israel, disimulando su preocupación. Cuando Israel estuvo lo suficientemente cerca, habló:

—¿Dónde estabas? —le dijo— Tu celular murió…

—¡Muévete, Marchamalo! —reclamó molesto.

—Hey, tranquilo, ¿qué estás haciendo con ese idiota de Darío...?

—¡Te dije que te movieras, desquiciado!

Israel empujó a Augusto y continuó su camino, seguido de Darío, que le hizo una mueca, burlándose de él. Clara se acercó a Augusto, pero este dio un paso lejos de ella.

—Ahora no —dijo son mirarla—, no quiero decirte algo malo.

La chica se mordió el labio inferior, preocupada por su novio, así que igual le tomó la mano, obligándolo a sentarse a su lado.

Israel tenía la mente nublada. Había mucho en qué pensar, mucha presión, muchas dudas, y, sobre todo, muy pocas respuestas. Necesitaba un respiro, pero en su casa no había un lugar libre de la miseria de Philip, o la crueldad de su padre, y en la preparatoria, era Ismael quien le hacía, casi lo obligaba, pensar en lo que quería ignorar de su vida diaria.

Necesitaba un respiro.

Llegó por fin al salón, y desde la puerta vio a Isma hablar con dos chicas que parecían burlarse de él, aunque el muchacho no perdía su alegría. Darío alejó a Israel de la puerta.

—"Isa" —gritó, e Ismael palideció en un segundo, preocupando a las chicas—, ven aquí, perro.

Isma, tembloroso, miró a Darío.

—No… —quiso sonreír, pero Darío levantó la voz de nuevo:

—Te di una orden, ven aquí.

Isma, con mochila al hombro, se acercó con lentitud, aunque al estar a unos pasos, Darío lo alcanzó por el cabello, lanzándolo al barandal, mirándolo mientras caía, obligándolo a soltar su mochila. Israel la tomó, y rápidamente encontró el cuaderno a rayas, abriéndolo al azar.

—¡No! —gritó Isma, pero Darío, lo mantenía sentado en el suelo, mirando al piso.

Israel leyó algunas hojas.

—"Sujeto A", cierto? —digo molesto.

—No es lo que crees… —estaba asustado, y eso era muy evidente en su rostro expresivo.

—¡Dime, entonces, de qué se trata! ¡Crees que es divertido jugar con alguien, con sus problemas!

—No, no, déjame ex…

—Aquí dice —continuó desesperado, arrancando unas hojas— que soy deprimente…

—No usé esas palabras.

—… que busco personas iguales a mi padre, que odio a Philip porque me parezco a él… ¿En qué me parezco a Philip? —gritó lanzándole el cuaderno— ¡En qué!

—Escúchame, Israel —lo miró suplicante, como un soplón a punta de pistola—, no quise que esto sucediera, yo sólo quería ayudarte…

—¿A mí, o a Philip? Porque sé que amas a Philip, no es verdad? Te gusta, desde que lo viste en la librería has intentado acercarte, pero es inútil, él no te ama, ni siquiera te recordaba hasta que yo te mencioné, ¿y sabes que piensa de ti? Dice "pobrecillo, es tan débil e insignificante, no merece mi atención".

—Israel…

—Te odia, piensa en ti como quien piensa en un perro muerto apestando la calle; te odia, ¡Philip te odia!

—¡Estás mintiendo!

Israel tomó la mochila de Isma y la lanzó al patio, haciendo que todo su contenido volara como la estela de un cometa. Darío estaba feliz, soltó al chico, que corrió escaleras abajo, seguido de sus dos verdugos.

En el patio, algunos chicos que platicaban se acercaron al ver lo que sucedía, sorprendidos del poco contenido de la mochila. Había sólo dos libros de la preparatoria, uno de Psicología, sacado de la biblioteca, y un pequeño libro de cuentos para niños.

—¿Qué es esto? —decían.

—Mira, mira…

—Ja! Cuentos, ¿acaso viene un niño a la preparatoria?

Augusto se acercó en el momento en que Ismael se lanzaba por su mochila, recogiendo todo con desesperación. Israel tomó un libro del piso sin detenerse, y con él le golpeó la cabeza, pero Isma no se detuvo, seguía recogiendo las hojas cercanas a él, así que le tomó del cabello (se dio cuenta que así se volvía más dócil), y lo empujó al suelo.

—Tú crees que puedes jugar con la gente —le gritó—, crees que tus soluciones fáciles nos harán la vida mucho mejor, pero la verdad es que lo arruinas todo.

—Quería ayudarte… —susurró— quería verte sonreír…

—¿Crees que no soy feliz? Tú qué sabes de felicidad; piensas que todos sufrimos porque tú eres un desdichado e infeliz animal; tu familia te odia…

—¡No! —gritó dándole la espalda, cubriéndose los oídos.

—…tu madre te rechazó…

—¡Cállate!

—… ¡Tu padre sólo te soporta por lástima, es lo único que siente por ti…!

—¡Basta, cállate!

—…y qué más puede sentir por ti, si sólo causas pena cortándote las venas.

Ismael lloraba a gritos, asustando a los que miraban sin acercarse. Y es que todos lo habían visto siempre tan sonriente, siempre saludando sin ser correspondido, como un niño. Y el espectáculo frente a sus ojos era lamentable.

Augusto, por su parte, miraba a Israel. Sabía lo que estaba haciendo, y sabía que no ganaba nada humillando a Isma, sólo acababa con la poca dignidad que tenía.

Israel observó unos segundos a Ismael, hasta que le levantó el rostro con violencia.

—Yo —susurró Isma antes— sólo quería verte sonreír… Quería que dejaras de estar tan triste…

Un puñetazo lo hizo callar y caer de cara contra el suelo. Antes de que se moviera, Israel lo giró de una patada para tenerlo de frente, le cayó encima, y comenzó a golpearle la cara mientras le lanzaba reclamos.

—¡Nadie pidió tu ayuda! ¿Quién te dijo que no soy feliz? A mí me ama mi padre, él ama a Philip más que a nadie, y a ti te odia como yo, ¡yo te odio! ¡Te odio, Philip, te odio!

Al escuchar esto, Augusto tiró su mochila y, veloz, se acercó, empujándolo con violencia hacia un lado. Esa sacudida tuvo el efecto de una bofetada que lo dejó tendido mirando el cielo azul de otoño, como si acabara de despertar. La niebla del odio delante de él se disipó de repente, y miró su mano derecha. Tenía los nudillos llenos de sangre. Tal como los de su padre el día que lo vio por primera vez golpear a Philip.

«Te pareces tanto a tu padre.»

Quiso mirar a Isma, pero Augusto lo cubría, ordenando llamar a una ambulancia y a la enfermera. Clara se acercó al terminar la llamada, y ayudó a su novio.

¿Qué hice? Mierda, ¿qué hice? Soy como él, soy igual a él.

Lloraba, no se dio cuenta, nadie lo miraba, sólo lo miraban cuando estaba con Augusto. Era igual que todos los que lo siguen, gente que no tiene nada porqué vivir y se anclan a lo más cercano. Pero su verdad estaba presente: estaba en el suelo, ignorado, invisible.

—Gracias —le susurró Darío inclinándose hacia él—, a mi novia y a mí nunca nos agrado ese buenecito, y era muy divertido molestarlo y verlo llorar, hasta que se fue, el muy cobarde… Pero la paliza fue genial, —rio— yo sólo quería verlo humillado, pero el "plus" me gustó.

Darío se alejó, e Israel entendió enseguida: le habían mentido, usándolo para un juego cruel.

Pobre Israel, no sabe que ya hace años esa es su única función.

Una sirena se silenció frente a las puertas abiertas de la preparatoria, donde los recibió el maestro de Deportes, guiándolos al patio. Mientras recogían al chico lánguido, Augusto buscó con la mirada a Israel, pero fue inútil.

Israel huyó.

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