Tú eres como las nubes

By Emilybooks007

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La vida de Isabel Rizzo y Matteo Callen da un giro inesperado cuando son forzados a casarse por el bienestar... More

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Epílogo

Capítulo 39

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By Emilybooks007

MATTEO:

Azura nos contó todo lo que sabía, y sin duda, ella nos iba a ayudar. Al principio me sentí un poco incómodo, pues este tema de Nicolai es muy delicado, y no es bueno que muchas personas empiecen a enterarse. Sin embargo, luego agradecí que Nathan le hubiera contado.

Lo único que pudo decirnos es que Marahana y Azura nunca se habían entendido bien. Marahana era la hija favorita de Rose, mientras que Azura lo era de Riccardo. Su madre casi nunca estaba en la casa y siempre se llevaba a Marahana con ella. Riccardo, por otro lado, se esforzó durante esos seis años por educar bien a Azura y pasar tiempo de calidad con ella. El día de la tragedia, su madre había llegado por la tarde de un viaje junto con Marahana. Desafortunadamente, Riccardo y Rose tuvieron que viajar de nuevo en la madrugada. Se fueron en las horas de la noche, y al día siguiente Nicolai les trajo la noticia: sus padres habían desaparecido...

Después de un rato en la oficina, me fui a casa, encontrándome con Isabel en pijama, tirada en el sofá de la sala , mientras veía el televisor , aunque estaba cambiando de canal cada 0.5 segundos.

—¿Qué pasa, mi cloud? —pregunté acercándome y sentándome a su lado.

—Nada, solo no encuentro qué mirar —soltó un gran suspiro.

—Cloud —intenté llamar su atención.

Finalmente me miró. Sus ojos estaban cansados, un poco rojos... había estado llorando.

—Estoy estresada y agotada —se recostó en mi hombro. No pude evitar inclinarme un poco hacia atrás y acariciarle el cabello.

No me gustaba verla en ese estado. Sabía que necesitaba despejarse, así que se me ocurrió la mejor idea.

—Arréglate. Vamos a salir a comer algo juntos.

Me miró directamente a los ojos, y en ese instante, sus ojos brillaron con emoción. Se levantó de golpe del sofá y salió corriendo escaleras arriba.

...

No tuve que esperar mucho. En solo diez minutos, Isabel ya bajaba de nuevo por las escaleras. Llevaba un pantalón ancho y un body negro de manga larga con pequeñas aberturas en las caderas, que dejaban entrever un poco de su hermosa piel blanca. Su cabello estaba recogido en una coleta alta, perfectamente peinada, y complementaba su look con accesorios dorados. Pero no voy a negar que el accesorio dorado que más me gustó fue el anillo de matrimonio... nuestro matrimonio.

A pesar de la sencillez de su atuendo, se veía deslumbrante. En su mano derecha sostenía las correas de los perros, que, al verlas, comenzaron a correr emocionados por toda la sala.

—¿A dónde quieres ir? —pregunté, un poco desconcertado.

Yo también me había cambiado. Llevaba un pantalón negro y una sudadera amplia del mismo color.

—No lo sé, solo quiero salir a despejarme un poco —dijo mientras les ponía las correas a los perros.

—Ese es el propósito —sonreí, tratando de aliviar su tensión.

—No siempre tenemos que ir a restaurantes elegantes. Con tal de estar contigo y los perritos, todo se aclara —me devolvió la sonrisa antes de tomar las correas con su mano derecha. Luego, con la izquierda, entrelazó sus dedos con los míos, el contacto suave pero reconfortante.

—Quiero salir a caminar un rato —añadió con un tono más calmado.

—Está bien, vamos —le respondí asintiendo , dejando que nuestras manos siguieran entrelazadas.

La noche en Madrid parecía sacada de un sueño. Las estrellas titilaban más brillantes de lo habitual, como si la ciudad estuviera bajo un manto de luz celestial. La luna llena, majestuosa en el cielo, iluminaba suavemente las calles, y los faroles esparcían una luz cálida, añadiendo una atmósfera de intimidad a nuestro paseo. A nuestro alrededor, la gente pasaba feliz, inmersa en su propio mundo, mientras Isabel no soltaba mi mano ni por un segundo. La calidez de su piel era un ancla en medio de la noche tranquila.

Caminamos sin rumbo fijo, disfrutando del silencio que compartíamos, hasta que sin darnos cuenta, llegamos al famoso parque "El Capricho de la Alameda de Osuna". El lugar estaba casi vacío, el aire impregnado de una serenidad única. Los árboles que bordeaban los senderos eran altos y antiguos, sus sombras proyectadas bajo la luz de la luna se movían lentamente con la brisa, como si danzaran a nuestro alrededor. Los pequeños puentes y estanques, rodeados de flores y vegetación, daban un aire casi mágico al entorno.

Decidimos sentarnos en el césped, bajo un viejo roble, mientras los perros corrían felices alrededor. El césped estaba suave bajo nuestros cuerpos, y el murmullo lejano del agua de las fuentes hacía que todo pareciera perfecto. Isabel apoyó su cabeza en mi hombro, sus ojos reflejaban la paz que tanto buscaba, aunque yo sabía que algo seguía inquietándola.

—¿Por qué te sientes estresada? —pregunté en voz baja, rompiendo el suave silencio que nos envolvía, mi voz apenas un susurro en la brisa nocturna.

—¿Todavía lo preguntas, Matteo? Han pasado demasiadas cosas en tan poco tiempo. —Su voz sonaba agotada, y pude sentir el peso de sus palabras en cada sílaba.

—Tienes razón —admití, apretando suavemente su mano—. No fue la mejor pregunta... pero me refería a cómo te pusiste cuando mencionaron a los padres de Azura.

Isabel guardó silencio por un momento, como si buscara las palabras adecuadas. Sus ojos se oscurecieron un poco, reflejando algo más profundo.

—No lo sé... —comenzó, pero luego suspiró—. No me gusta que Azura me vea con esos ojos de lástima. De verdad, me hizo sentir incómoda. Y, por otro lado, no me gusta la idea de culpar a alguien sin pruebas.

—Lo sé —murmuré, buscando sus ojos—. Pero Azura tenía cierta razón al decir que eres una persona demasiado bondadosa. Le das a los demás cosas que, a veces, no merecen.

Hizo una mueca, como si no quisiera aceptar mis palabras, pero yo continué, sabiendo que necesitaba decirlo.

—Sé que soy egoísta al decir esto, pero... le das a tu padre una misericordia que él no merece. —Sus ojos, grandes y sorprendidos, se clavaron en los míos, pero yo no me detuve. Mi corazón latía más rápido, como si algo me empujara a seguir adelante—. Isabel, eres valiente. A pesar de todo lo que has pasado, sigues siendo esa persona amable, amorosa, inteligente... Una mujer en la que cualquiera puede confiar.

Isabel me miraba intensamente, y sentí mi pecho apretarse al ver esa mezcla de emociones en sus ojos: sorpresa, ternura, e incluso una leve sombra de tristeza.

—No entiendo en qué momento las cosas entre nosotros empezaron a cambiar tanto —admití, desviando la mirada por un segundo para luego volver a concentrarme en ella—. No quería que llegáramos a esta cercanía, no planeaba esto. Pero míranos... tan unidos, tan comprensivos... tan amorosos.

Noté que mis palabras la afectaban, pero no podía detenerme. Había algo en esa noche, en el brillo suave de la luna, en la paz de aquel parque que me impulsaba a abrirme completamente.

—A pesar de todo —susurré— no cambiaría nada de lo que hemos vivido.

Su mirada seguía fija en mí, sus ojos brillaban con esa intensidad que hacía que mi corazón se acelerara. Sentí un nudo formarse en mi garganta al verla así, pero eso no me impidió seguir.

—Isabel, eres una luz en el camino de cualquiera. Nadie merece a una mujer como tú, porque tú eres mucho más de lo que cualquiera podría pedir. Destacas entre las demás, y no sólo por tu belleza, sino por la fuerza y la bondad que llevas dentro. —Mis palabras fluían casi sin control, pero con cada frase sentía que me liberaba de algo que llevaba guardado durante demasiado tiempo—. Y por eso... por eso me gustas.

El silencio cayó entre nosotros, pero no era incómodo. Sus ojos estaban llenos de emociones: emoción, esperanza, nostalgia... y amor. Pude verlo, claramente reflejado en su mirada, y me hizo sentir vulnerable, pero también aliviado.

Isabel no dijo nada de inmediato, pero no necesitaba hacerlo. Sus ojos, brillantes y sinceros, decían todo lo que mis palabras no podían alcanzar.

Ella bajó su mirada a mis labios, una chispa de deseo encendiendo sus ojos mientras se acercaba un poco más. No pude evitar lamerme los labios al observar sus rosados y apetitosos labios, tan cerca que podía sentir su aliento suave. Con ternura, tomé su rostro entre mis manos y besé su frente, un gesto que hablaba de todo lo que sentía por ella.

—Te quiero —susurré, mis palabras flotando entre nosotros.

Nuestros ojos se encontraron, y en menos de dos segundos, nuestros labios se encontraron con una necesidad ardiente. El beso fue un baile mágico, un encuentro de almas donde el mundo se desvaneció a nuestro alrededor. Mis manos descendieron por su cintura, esa parte de ella de la que me había vuelto adicto, mientras sus dedos exploraban mi rostro, formando suaves círculos que enviaban escalofríos por mi piel.

Nuestras lenguas comenzaron a jugar entre sí, un intercambio apasionado y amoroso que se sentía como si el tiempo se detuviera. Cada caricia, cada roce de nuestros labios, era un susurro de promesas y anhelos. Poco a poco, el oxígeno se iba desvaneciendo, pero no queríamos separarnos. La necesidad de estar juntos era más fuerte que cualquier impulso de respirar.

Finalmente, perdimos el equilibrio y caímos de espaldas sobre el césped, riendo en medio de nuestra conexión ardiente. Isabel quedó encima de mí, su rostro iluminado por una sonrisa que hacía que mi corazón se acelerara aún más. En ese momento perfecto, volvimos a unir nuestras bocas, cada beso más profundo y lleno de significado que el anterior, como si quisiéramos sellar ese instante en el tiempo.

El murmullo del viento y el suave canto de las estrellas se convirtieron en el telón de fondo de nuestro pequeño universo, donde solo existíamos nosotros y el amor que nos envolvía.

—Dime que no estoy alucinando —dijo Isabel, con una sonrisa juguetona, mientras se aferraba a mi pecho, como si quisiera asegurarse de que ese momento era real.

—Te quiero, mi cloud —repetí, mis palabras cargadas de todo el amor que sentía.

—Yo también te quiero...

Esa noche fue una de las más perfectas de mi vida. Solo éramos nosotros, perdidos en nuestros besos, envueltos en nuestros abrazos y susurrando confesiones al oído. A nuestros pies, los perros dormían agotados, y nuestras risas llenaban el aire mientras compartíamos anécdotas que nos hacían sentir aún más cerca. Nuestros estómagos satisfechos después de disfrutar de unos sencillos, pero deliciosos, perros calientes, y nuestras manos entrelazadas como si hubieran sido creadas únicamente para estar unidas.

Todo era tan simple, tan auténtico. No necesitábamos más que nuestra compañía, la calidez de nuestros cuerpos y la paz que solo el amor verdadero puede ofrecer. Esa noche, el mundo dejó de existir para nosotros. Dormimos plácidamente, uno al lado del otro, sabiendo que en ese pequeño rincón de nuestro universo, lo teníamos todo. Solo nosotros. Y no hacía falta nada más.

Había llegado tarde a trabajar, y tal vez por eso no me sentía comenzando la mañana al cien. Mi cabeza no estaba completamente en su sitio, pero el mensaje de Nathan me sacó de ese letargo.

Mira lo que encontró Azura en la oficina de Nicolai

 No me esperaba algo así. Era una carta de Rose para Nicolai.

Esta carta no estaba entre los documentos que había encontrado hace unos meses. Algo dentro de mí se tensó mientras la leía detenidamente. No quería llevarle la contraria a Isabel, pero había algo en esto que no cuadraba. Las palabras de la carta me hicieron sospechar de cosas que no quería considerar.

La carta decía:

Terminé de leer la carta y sentí cómo un nudo se formaba en mi estómago. Esto no solo cambiaba las cosas, sino que también traía consigo más preguntas de las que ya teníamos. ¿Por qué Nicolai había guardado esta carta? ¿Por qué Rose había ocultado algo tan grande? Había algo oscuro detrás de todo esto, y no podía ignorar la sensación de que las piezas comenzaban a moverse en una dirección que no me gustaba.

—Te dije que no era normal —Azura irrumpió en la oficina sin previo aviso, alzando la voz, mientras detrás de ella entraban Nathan e Isabel.

—Solo es una carta, no tenemos nada confirmado, ¿verdad, Matteo? —dijo Isabel, buscando mi apoyo con la mirada.

La miré un instante, pero las palabras no salían tan fácilmente.

—No lo sé... Solo puedo decir que me parece muy raro que sus padres se hayan ido por la madrugada, y que por la mañana Nicolai les haya dicho a todos que estaban desaparecidos. No se reportan personas desaparecidas hasta después de 24 horas.

Vi cómo la tristeza y el estrés cruzaban de nuevo la mirada de Isabel. Se notaba cansada, abrumada por todo. Nos sentamos en la sala. Instintivamente, puse mi mano sobre su pierna, esperando que ese simple gesto le demostrara que, a pesar de todo, yo estaba de su lado. Que la apoyaba, y seguiría estando allí para ella.

—Esa no es la única carta —dijo Nathan, sacando un sobre—. Ya imprimí las fotos de las cartas que descubriste hace unos meses.

Pasamos toda la tarde sumergidos en ese ambiente pesado. Leímos a detalle unas doce cartas más de Rose a Nicolai. Lo único que teníamos claro era que Nicolai y Rose habían sido amantes. Rose siempre expresaba en esas cartas el amor que sentía por él. Pero una pregunta persistía: ¿Por qué no había ninguna carta con respuesta de Nicolai?

Muchas preguntas comenzaban a invadir nuestras mentes, pero también, lentamente, algunas respuestas empezaban a salir a la luz.

     

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