Me senté en la mecedora del jardín y subí las piernas al asiento, abrazándolas contra mi pecho, estirando los hombros y mis manos hacia atrás mientras jugueteaba con la carta entre mis dedos, con bordes dorados y sello de cera roja que la mantenia cerrada, la abri y la empezé a leer una y otra vez. La presencia de aquel hombre me sorprendió; me observaba como si ya me conociera, con una mezcla de afecto y melancolía.
"¿Qué era lo que veía en mí que yo era incapaz de ver?"
Carter Drake.
El consejero del Rey, reconocido por ser un hombre confiable y leal, de principios inquebrantables, alto , esbelto, con pequeñas ojeras marcadas bajo los ojos, su cabello negro estaba peinado hacia atras, revelando por completo su frente. Había llegado desde tierras lejanas junto a su pequeño sobrino, huyendo de una terrible epidemia, dejando atrás recuerdos dolorosos y, gracias a su gran intelecto, había ascendido rápidamente dentro de la corte real.
"Aceptaré su invitación."
Me senté frente a él, un poco inquieta por el presente que estaba en medio de la mesa: una rosa roja flotando dentro de una cúpula de vidrio incrustada con pequeños diamantes en la base. Era un regalo demasiado ostentoso para una primera cita.
—Espero que mi regalo no haya sido demasiado atrevido —dijo Carter con cautela, mientras sus ojos se posaban en la rosa y una sonrisa se dibujará en sus labios—. Solo creí que no sería cortés presentarme sin ningún obsequio.
—Lo agradezco. Es muy hermoso, aunque debo confesar que me sorprendio — dije mientras miraba aquellos ojos negros tan melancólicos.
—Pensé que sería adecuado para la ocasión —respondió Carter con una ligera sonrisa posando sus dedos sobre la cupula de cristal.
—Tengo curiosidad por saber por qué recibí su invitación — dije sin vacilación.
—Solo quería conocerla —dijo con un tono sencillo—. Me impresionó mucho la primera vez que la vi.
Era cierto. Melly lo sabía. No había necesidad de usar sus poderes para darse cuenta. Sus ojos se habían posado sobre ella con una nostalgia imposible de ocultar.
—Permítame conocerla mejor, señorita Melly. Solo eso. ¿Desea usted lo mismo?
Melly tardó unos segundos en responder. Había sinceridad en sus palabras.
—Acepto —susurré después de un breve silencio sintiendo un peso que no lograba comprender.
En ese momento no lo sabia, pero aquella simple palabra hizo girar el reloj que había permanecido detenido durante tanto tiempo, esperando el momento preciso para mover sus engranajes.
Comenzó a girar. Con dificultad. Con lentitud.
Alguien que había esperado tanto tiempo para despertar, que había olvidado el paso del tiempo, con tal de volver a ver a la persona que amaba, capaz de esperar incluso una eternidad.
Un amor que comenzaba a despertar lentamente...
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—Es hermoso, sobre todo, y más importante, costoso —dijo Rosie rebosante de alegria, observando detenidamente los diamantes de la base, sin prestarle importancia a la rosa roja —. ¿Cuánto dinero crees que obtendríamos si lo vendiéramos?
—¿Planeas vender mi regalo? —pregunté mirando su rostro sonriente.
—Vamos, Melly, no me digas que te gustan las flores. He visto la innumerable cantidad de veces que rechazaste las flores de mi primo una y otra vez —dijo entre risas—. Aunque no te culpo. Es un completo idiota.
—No quiero que vendas mi regalo — dije con firmeza.
Rosie alzó una ceja y se recostó sobre uno de los brazos del sofá.
—¿Te gusta Carter Drake? —preguntó intentando descifrar la expresión de Melly.
—¿Cómo podría gustarme alguien a quien apenas conozco? — dije con naturalidad.
—Por supuesto que puede pasar. Se llama amor a primera vista —respondió señalándola con el dedo—. ¿Acaso Melly Carstairs se ha enamorado?
Se levantó y se acercó.
—Dime que te gusta Carter Drake —dijo, fascinada—. Adoraría ver la cara de mi primo retorcerse de rabia. Sería un recuerdo inolvidable.
Volvió al sofá y estalló en carcajadas.
Rosie era una mujer hermosa y de modales refinados, pero también sabía comportarse como una niña traviesa. Golpeaba los cojines del sofá mientras se reía sin control y agitaba los pies en el aire.
Melly permaneció en silencio unos instantes antes de responder:
—Creo que fue un regalo entregado con sinceridad.
Recordó el tiempo que había pasado junto a Carter Drake. Había visto honestidad en él. Incluso sintió la tentación de tomar sus manos para descubrir qué emociones ocultaba, pero aquel encuentro había sido demasiado breve.
"Me alegrará que acepte volver a salir conmigo."
Rosie se incorporó de golpe.
—Ya veo —dijo con fingida madurez—. Sus sentimientos lograron llegar hasta ti.
Después de una breve pausa volvió a dejarse caer en el sofá mientras reía a carcajadas.
—Quiero que Andrew vea esto. Ese idiota va a retorcerse de ira.
La segunda salida tuvo lugar en un hermoso parque.
La tercera, transcurrio en otro lugar igualmente encantador.
Con cada encuentro, Carter traía consigo un nuevo regalo. Poco a poco, estos comenzaron a acumularse sobre el tocador de Melly, donde Rosie acudía con entusiasmo para calcular el valor monetario de cada uno de ellos.
Lo que más sorprendía a Melly no era el creciente valor de aquellos obsequios, sino la sinceridad de las palabras que recibía en cada encuentro.
Y terminó preguntándose:
"¿Estará enamorado de mí?"
Pero había una forma sencilla de averiguarlo.
Solo debía leer sus sentimientos...
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—No me gusta que salgas con esa mujer —dijo entre dientes, chasqueando la lengua antes de golpear la base de la copa de vino contra la mesa.
—¿Disculpe?
—¿Acaso eres sordo? ¡NO ME GUSTA QUE SALGAS CON ESA MUJER! —gritó, golpeando con fuerza el brazo de la silla hasta hacer vibrar la madera.
—Si se refiere a la señorita Melly, me disculpo —respondió Carter con una reverencia.
—Serás mi futuro consejero real —dijo, con desdén en la mirada—. Es familia de Rosie Astor... esa mujer que solo sabe seducir a los hombres.
—Príncipe Caleb, debe saber que a veces los rumores son solo eso: rumores. La señorita Rosie tiene innumerables admiradores debido a su belleza...
—¡¿ESTÁS TRATANDO DE CONTRADECIRME?! —gritó Caleb—. ¡Se parece a una de las perras de mi padre!
Carter guardó silencio.
Sabía cómo actuar en esas situaciones.
Solo debía dejar que el príncipe escupiera toda su ira.
—Mi estúpido padre volvió a beber hasta perder el sentido otra vez. Terminó tirado entre barriles de cerveza, comida y mujeres, un espectaculo tan inmundo . Me avergüenza que sea mi padre —dijo con frialdad sosteniendo una copa de vino—. Pero cuando ascienda al trono, todo cambiará — Sus ojos ardian con ambición —. Nuestra familia dejará de ser una vergüenza...
—¡Y aléjate de esa pe...!
—Príncipe Caleb, su maestro de armas debe estar esperándolo. Creo que ya llegaron las nuevas ballestas que solicitó.
Los ojos del príncipe se iluminaron.
—Debo probarlas todas —dijo con gran entusiasmo mientras empujaba la silla para levantarse.
Se levantó de la larga mesa y abandonó la habitación, dejando la comida a medio probar.
En el Reino de Solaria existe cinco princesas y un solo príncipe, el heredero al trono:
Caleb
Desde pequeño, su mirada reflejaba superioridad. Esperaba con ansias el nacimiento de cada una de sus hermanas, no porque le provocará felicidad, queria saber si aquel ser vivo representaría una amenaza para su sucesión al trono.
Todas nacieron mujeres.
Y cada vez que escuchaba la noticia, su ego crecía aún más. Soñaba con el día en que heredaría la corona, convencido de que, una vez sentado en el trono, nadie tendría autoridad sobre él. No mostraba respeto por nadie, ni siquiera por su propio padre, El Rey.
Los sirvientes contaban historias terribles sobre él, y mientras crecía, aquellas historias se volvían cada vez más crueles, pero dejaron de contarlas una primavera. Cuatro sirvientes fueron encontrados muertos, con salvajes marcas de mordidas cubriendo sus cuerpos.
Casualmente, el príncipe Caleb criaba un enorme lobo gris al que permitía vagar libremente por los jardines del palacio.
Los cuerpos fueron enterrados.
Y la boca de los testigos, silenciadas.
Desde entonces, Caleb se convirtió en un hombre temido.
No era respetado, como él creía.
Era temido.
Tal vez la única alegría genuina del príncipe era aquel lobo de pelaje gris suave y feroces dientes afilados.
Tras la muerte de los cuatro criados, el animal fue llevado a un área restringida de palacio, en contra de los fuertes deseos del principe Caleb de mantenerlo a su lado. Se quejó, protestó e incluso exigió que revocaran la orden, pero su voz no fue escuchada.
Fue la primera vez que uno de sus deseos no era cumplido, se dio cuenta de la realidad.
El que tenia el poder absoluto era su padre, el Rey.
El Reino de Solaria no sentía afecto por sus gobernantes: un rey más interesado en beber hasta caer inconsciente y un príncipe que no ocultaba el desprecio que sentía por su propio pueblo.
Pero había una sola persona capaz de controlarlo...
Carter Drake.
Nota de la autora:
Holaaaa a todos :)
Hay algo que debo confesarles a mis queridos lectores 🫣.
Durante este tiempo que he estado ausente, me pasaron muchas cosas. Hubo momentos en los que estuve triste, pero entonces recordé esta novela que escribí. La releí y me llenó de una alegría increíble; me devolvió la felicidad y mi vida volvió a sentirse llena de muuuuuuucha energía.
Como les dije desde el inicio, terminaré esta historia, de eso no tengan ninguna duda. Hay tanto por escribir que mi cabeza no deja de imaginar nuevas escenas. En serio, agradezco muchísimo su apoyo, y ni siquiera se imaginan tooooooooodo lo que tengo preparado para esta novela.
Los quiero a todos :)
Hasta pronto Karelianos.