—Madrina, ya tengo cómo resolver la situación del escándalo de ayer.
Elena estaba sonriente, renovada y con el pensamiento más fresco que una brisa del mar.
—¿Cómo?
Replicó la magnate sin dudar de la capacidad de su mano derecha.
—Encontré documentación que confirma que Adrián Ayamonte colaboró con grupos delictivos de bienes raíces para la compra-venta de terrenos. Prácticamente, lo que hacía era amedrentar a los vecindarios completos para devaluar el precio. Hacia que pasaran autos a altas horas de la noche, que los motores hicieran imposible dormir. Además por supuesto, de que contrataba pandillas de delincuentes para asaltar y hacer inhabitable la zona.
Eso sonaba fantástico para Elena así que conforme a esa recién investigación, complementó su plan inicial.
—Que lo publiquen en una revista muy ajena a nosotros, dónde investiguen a fondo tanto mi caso como el de Ayamonte. Les darás la información de mi familia, ojo, únicamente de mis padres y de Hayworth. Que queden esos antecedentes cuando liberen la noticia de Adrián. ¿Estamos?
Alejo asintió y se fue directamente a diseñarlo todo. Elena se sentía con más claridad que nunca, una oleada de brillantez y astucia habían llegado a su mente gracias a la noche anterior. No cabía duda alguna que Juliana era su mayor inspiración. Habían pasado semanas de la graduación de su hijo y reflexionó acerca de toda su evolución como pareja, lo que era antes impensado ahora era una realidad. Sonriente, Elena llamó a una florería y pidió un arreglo de dos docenas de flores para su mujer, mismas que serían enviadas a la fundación.
—Buenos días señora Moguer. Todos los pendientes están en su agenda, si gusta cuando lea todo, me llama y nos ponemos manos a la obra.
Mencionó Gabrielle, una nueva empleada que Juliana había contratado por su perfil pedagogo y atento a las necesidades infantiles.
—Muchas gracias, Gaby. En un momento te llamo.
Dijo Juliana antes de abrir la puerta de esa oficina encontrándose un bouquet de hermosas flores arregladas en un elegante diseño. No podía creer el detalle, sonriendo y emocionada fue a buscar la tarjeta, cuyo mensaje era en efecto, de Elena.
—“Para que adornen tu oficina y para que me recuerdes. Mucho éxito señora Moguer de Priego.”
Sin pensarlo, Juliana se encontraba oliendo aquellas flores con deleite, anoche había encontrado el punto perfecto de balance entre la locura y la cordura, la pasión desmedida marcada con besos y caricias a lo largo y ancho de dos amantes que volvieron a descubrir las virtudes de la otra. Sintiéndose enganchada, Juliana tomó su celular y llamó a Elena, y efectivamente siendo conectada de manera instantánea a las líneas directas de la morena.
—¿Te gustaron las flores?
Fue lo primero que dijo y Juliana sonriendo niega, sabiendo que su mujer era consciente de lo encantadora que era.
—¡Qué presumida! Me encantaron.
Elena por el otro lado del teléfono sentía un revoloteo en su interior, era satisfacción total.
—Espero que no haya sido lo único que te encantó...
Ese tono seductor, invasivo y sugerente provocó en Juliana una sacudida desde el punto más sensible de su cuerpo a su cerebro.
—No pienso inflarte más el ego, Elena...
Una voz ronca, tentadora y seductora salió sin pensarlo de la boca de Juliana, de pronto sentía que quería más, que necesitaba más de su esposa.
—¿Estás en la fundación?
Parecía haber detonado algo en Elena y había sido así.
—Así es... Recién llegué.
¿Juliana estaba invitando a Elena a visitarla? Sin pensarlo más, la empresaria tomó sus cosas y agendó con su secretaria la resolución de los pendientes del día, no quería perderse ni un solo segundo de la cercanía de Juliana.
—Voy para allá.
Autoritaria, fuerte y totalmente sensual. Juliana no tuvo tiempo de responder, sentía los calores de su cuerpo evaporarse, en realidad necesitaba a Elena, su cuerpo se lo gritaba. Quizá porque se había empeñado tanto tiempo a no ser de ella que se había olvidado por completo de lo que se sentía hacer el amor, porque eso fue lo que hicieron, hacer el amor.
...
En el grupo Ayamonte, Augusto planificaba la siguiente estrategia, los impulsos de Ariadna habían declarado una guerra sin cuartel y desprevenida para ese bando. Cómo fuere, el sabía de sobra lo que Elena era capaz de hacer si se sentía herida, no olvidaba que hace tantos años, tanto él como Ariadna y Elena eran amigos y colegas trabajando en el mismo sector para Adrián Ayamonte. Jamás hubiera adivinado que la suerte de los tres depararía tan distintos destinos. Pensando en ello, Ariadna entró por la puerta principal, sintiéndose como un pavorreal, pregonando altivamente su golpe contra Elena.
—Buenos días, ¿cómo van las cosas Augusto?
Preguntó Ariadna con una sonrisa por demás arrogante, pero satisfecha al mismo tiempo.
—Nada, no han bajado el precio de las acciones de Priego-Falcó. Únicamente está en entre dicho su candidatura a la presidencia de la asociación de empresarios.
Ariadna asintió sacudiendo el sedoso cabello azabache que tenía.
—Bueno, al menos me llevaré algo de fortuna de un modo u otro.
Augusto desaprobó por completo el comportamiento de su amiga.
—No soy quién para decirte esto, sin embargo, por lealtad te lo diré. Acabas de declararle la guerra abiertamente a Elena y no sé si saldremos bien librados de esto. Creo que fue muy insensato de tu parte Ari... Esa rivalidad no debería existir más, Juliana quiso estar con Elena y así sucedieron las cosas. Hay que superarlo.
Ariadna se mantuvo firme en su postura.
—Rivalidad... La rivalidad es nada, Augusto. Hice lo que debía hacer. Si hubieras visto su manera de comportarse. Habrías hecho exactamente lo mismo si el amor de tu vida se hubiera casado con la que habías creído tu mejor amiga.
Augusto hizo memoria y en efecto, parecía haber sido así.
—Entiendo tu postura, pero recuerda también tus fallos para lanzar a Juliana a sus brazos. Ella te lo dijo bien, Elena te dijo desde el principio que estaba enamorada de Juliana. No te jugó mal, fuiste tú la que le fue infiel y ni modo, así es la vida.
Dijo determinante Augusto, nadie mejor que él podía dar ese comentario pues fue uno de los testigos principales de los eventos.
—Además de que no siempre eras cordial con ella. ¿Te acuerdas lo inmaduros que fuimos? Nos reíamos de su origen humilde, Ariadna y hacíamos que ella hiciera el trabajo pesado que encargaba tu padre.
Recordó con vergüenza el abogado y sacudió la cabeza con arrepentimiento. Sin duda alguna fueron crueles con ella.
—Eso fue hace tanto y tú mismo lo dices, fue la inmadurez. Nada justifica lo que hizo después, por más que Juliana se haya lanzado a sus brazos, ella debió rechazarla por lealtad a nuestra amistad.
Agusto negó con un poco de enojo.
—¿Amistad, a lo que le hicimos lo llamaremos amistad? En fin, no te haré cambiar de opinión, solo decirte que Juliana tomó su decisión libremente y ahora es sumamente feliz con ella.
Ahora fue Ariadna la que negó.
—Hay algo que no me cuadra en su comportamiento. Después de tantos años, más de veinte, recientemente Juliana tiene un celular. ¿Cómo explicas eso?
En efecto ese era un dato raro, no obstante Augusto encogió los hombros.
—Quizá porque no lo quería o qué sé yo. No puedes basar tu enojo ahora en algo tan arbitrario como eso.
Ariadna bufó.
—Conozco a Juliana, la conozco demasiado. Sé que detrás de esas fotos perfectas hay algo que no la hace sentir bien. Lo veo en su mirada, siempre está triste por más que sonríe y cuando le envié el mensaje, su respuesta fue de pánico. Claramente le aterra Elena, los dos sabemos lo temperamental que es. ¿Recuerdas lo celosa que era con esa novia que tuvo cuando trabajaba aquí? Dudo que ese comportamiento haya desaparecido de ella.
Ariadna no sabía lo acertada que estaba siendo, mas no contaba con los cambios para bien que estaban surgiendo en el matrimonio Priego-Falcó. Y cuál broma cruel e irónica del destino, el legado de ambas familias estaba por reunirse en un ambiente de convivencia total. Dante no se encontraba nervioso por los repentinos cambios, en la otra mano, Regina estaba sorprendida porque sería la primera vez que se iría de su casa por más de dos meses a trabajar fuera de su ciudad.
—¿No crees que necesitas más ropa para tres meses, hija?
Pregunta Nina preocupada por la apariencia de su hija.
—Mamá, voy a trabajar no a socializar. Y en dado caso que surja una cena o algo formal, me compro allá algún vestido o algo.
Siempre tan práctica, pensó Nina.
—No puedo creer que mi bebé se vaya a volar tan rápido. ¿Ya hablaste con tu mamá Ariadna?
Regina asintió lo había hecho por la mañana.
—Sí y me dió la charla de enorgullecer el apellido. Además de llorar un poco porque no quiere que me marche.
Sonrió nostálgica.
—Eres su princesa, claro que va a llorar. Cuando llegues a tu hotel o en dónde te vayas a quedar, me llamas para confirmarme que estás allí y me das la dirección. ¿Correcto?
Regina afirmó antes de darle un apretado abrazo a su mamá y unos besos en la mejilla.
—Te amo, no olvides que regreso pronto y dile a mi mamá que la amo también. Adri... Te adoro tonta, visítame cuando puedas y tengas tiempo. ¿Va? Pórtate bien.
Las hermanas tan unidas se despidieron de la misma forma fraternal y sensible, tanto que Nina como Adriana quedaron en llanto al ver a la orgullosa Regina tomar la batuta de su vida. Con aires de admiración y amor incondicional, le desearon lo mejor a la pequeña Ayamonte en su nuevo camino. Mientras tanto, en la mansión Priego, Dante buscó a Juliana para despedirse y encontrándose con la noticia de que estaba en la fundación, sonriente y feliz de que su madre estuviera de casa, únicamente les llamó para despedirse.
—¿Quién te llama?
Preguntó Elena sin dejar de besar el cuello de su esposa, entre jadeos y un libido alto, la mujer de cabellos ondulados decidió responder.
—¿Mamá?
Rápidamente Juliana apartó a Elena con vergüenza, sintiendo que Dante estaba allí presente sin estarlo.
—¿Sí, mi amor? ¿Cómo estás?
Elena empezó a reírse audiblemente siendo escuchada por el otro lado de la línea por su hijo, mismo que sintió en el pecho que había interrumpido algo.
—¿Las llamo más tarde?
Juliana se sonrojó tremendamente por la vergüenza y le dio una pequeña palmada a Elena en la rodilla.
—No, mi cielo. Tu mamá y yo estábamos viendo algo de la fundación. ¿Qué sucede?
Elena arqueó la ceja colando su mano por los muslos de su mujer, haciéndola respingar sin rechazar ese tacto.
—Bueno... Aprovecho que están las dos juntas para decirles que venía a despedirme, pero no te encontré en casa y no tengo tiempo de ir a la fundación. Me voy a lo del proyecto en la playa y cuando esté instalado les llamo para darles los detalles del hospedaje y direcciones y todo eso. ¿Está bien?
Al oír tan importante noticia, Elena tomó el celular para darle una charla a su hijo.
—Dante...
Él escuchó atentamente, dentro de sí mismo sabía que lo que le habían hecho a su madre con las notas de televisión había sido un golpe muy bajo y no quería decepcionarla.
—No importa lo que escuches allá afuera. Tú eres Dante Priego-Falcó Moguer, eres el hijo de dos mujeres que te adoran con su vida. Estoy muy orgullosa de tí y estoy segura que Juliana también, reitero, que no te importe lo que opinen afuera. Tú sabes de dónde vienes y lo que opinen de mí y de dónde vengo es asunto que no te toca. Eres un gran hombre hijo, ve a romperla por tus méritos. Cuando estés de vuelta, tienes las puertas abiertas en mi empresa que es tuya para que sigas creciendo como hasta ahora. Antes de ser un Priego-Falcó, eres Dante, el hijo de Juliana y Elena. ¿Estamos?
Dante se limpió el rastro de una tibia y delatora lágrima de alegría de su mejilla y respiró profundo.
—Acabas de darme la fuerza que me hacía falta mamá, te quiero. Las quiero. Cuida a mi mamá Juliana, ¿Si?
Elena sonrió y besó el dorso de la mano de Juliana, gesto que provocó en ella un estremecimiento interno.
—Ni lo pongas en duda, te la paso para que se despidan. Te quiero.
Juliana conmovida por esa dulzura con la que no estaba familiarizada, sujetó firmemente la mano de Elena.
—Todo lo que dijo tu mamá Elena es cierto, mi amor. Eres un gran hombre y estos proyectos son solo eso, herramientas que te llevarán muy lejos. Te adoro, mucho éxito, mi amor.
Dante no podía creer lo bien que se llevaban, hasta hace no mucho, sus madres llevaban una relación bastante distante y fría.
***
—¿Otra vez con tus celos, Elena?
Gritó ofuscada Juliana después de haber acostado a Alejo y a Dante en sus respectivas habitaciones.
—¿Mis celos? Ven para acá, Juliana. ¡Ven!
Alzó la voz, la de cabello ondulado se aproximó aterrorizada de que su esposa comenzará a levantar la voz a esos niveles que se acercaban a los gritos. Ese tono imperativo y de orden, la hacía templar de miedo.
—No levantes la voz, están dormidos los niños.
Elena apretó el brazo de Juliana con tal fuerza que se marcó sus dedos sobre la piel pálida de su mujer.
—¿Crees que soy una imbécil de la que te puedes burlar?
No desistió en su agarre, acercándola más a ella. Juliana sintió el peligro al ver esos ojos oscuros brillar de la furia, no fue su culpa. Ariadna había hecho un comentario en la prensa, un comentario hasta inocente si lo pensaba, sobre ellas y el compromiso que dejaron a un lado.
—¿De qué hablas? Nadie se está burlando de tí.
Elena negó enfurecida, poco Juliana sabía de lo mucho que le dolía tan solo respirar a la morena.
—¿Tu amante no es suficiente? Tú... Eres mía, Juliana. Primero te mato antes de que te reencuentres con la idiota de Ariadna Ayamonte.
Juliana se liberó de Elena y negó.
—A veces me pregunto si podrías ser diferente, pero cada maldito día me reiteras que eres una basura. Yo no tengo nada que ver con Ariadna. Me casé contigo para desgracia mía. Y no tienes la menor idea de cómo y cuánto me arrepiento de verte todos los malditos días y de cuánto asco me da compartir la cama contigo.
Expulsó Juliana Moguer, sintiendo la resignación y aún luchando por impotencia desde las últimas gotas de libertad que le quedaban. Elena estaba que explotaba, asintió resistiendo las arremetidas de odio y repulsión de Juliana, con el corazón aún más herido, con el ego volviéndose su indiscutible amigo, la empresaria lanzó contra la pared a su esposa, en un acto inconsciente de furia. La lanzó a tal grado y fuerza que Juliana después de colisionar de espaldas a la pared, cayó al suelo. Eso no le bastó a Elena, la miro con el mismo desdén que ella lo había hecho, tan solo con la única diferencia del desamor naciendo a la par del crecimiento del amor perpetuo, una batalla que iba a lidiar constantemente.
Elena la puso de pie al poner su mano sobre el cuello de Juliana, por un momento, pudo ver en la empresaria el abismo en ese par de ojos profundos. Le heló la sangre, su instinto le gritaba que sería capaz de matarla, se había excedido en su manera de decirle las cosas, pero no pudo ocultarlo. Elena respiró hondo, y en un arrebato le besó la boca con un amor que aún no comprendía Juliana y que se negaba a demostrar Elena.
—Por más que te ame, vuelves a hablarme así y soy capaz de apretar mis manos y romper este hermoso cuello. No me retes, Juliana.
Juliana negó y con la boca seca no sabía cómo defenderse de lo que recién dijo Elena.
—Además, si tanto quieres irte, vete... Pero mando a tu padre al peor asilo del puto país y al niño no lo vuelves a ver, ni aunque vuelvas a nacer.
Amenazó Elena y la soltó antes de darse la media vuelta, Juliana acariciaba su cuello asustada, podía hacerlo, podía matarla si así lo quisiera.
***
—¡No sabes lo feliz que me hace que ustedes se lleven tan bien! Nos vemos pronto, mamá. Las quiero...
Dante finalizó la llamada para irse camino al aeropuerto, en el trayecto pensaba en el origen de su nerviosismo y quizá se debía a Regina, a sus ojos tiernos y su boca rosada, tal vez y solo tal vez, se debía a lo imposible que resultaba pensar en ella a largo plazo. Sacudió su cabeza y trató de huir de ese pensamiento a como diera lugar. No más Priego-Falcó vs Ayamonte. Al llegar al aeropuerto, pudo ver una zona especial dedicada únicamente para los integrantes del proyecto, un camino directo a primera clase y una sala de espera exclusiva para ellos. Se adentró allí encontrando precisamente en el asiento más lejano a Regina. Su corazón comenzó a latir velozmente, un aceleramiento confuso que lo hacía sentirse más palpito que ser. Cómo hipnotizado fue hacia ella, sin mirar a su alrededor.
—Ingeniero... ¿Cómo le va?
Saludó cortés, Dante sonrió y el efecto que causó en Regina fue el de una adolescente con un flechazo hormonal y adorable.
—Ahora que la veo, me va fantástico, arquitecta.
Coqueto, Regina negó y le señaló sus credenciales, específicamente en el Ayamonte.
—¿Y qué importa? El mío es Priego y no me quita lo atractivo... Así como el Ayamonte no te disminuye para nada la belleza.
Regina puso los ojos en blanco para después reír.
—Tanto tu mamá como la mía nos matarían si nos vieran así. Mejor seamos colegas... Y cada quien por su lado.
No se lo podían permitir, por el bien de los dos, por el bien de todos.
—Entiendo... Bueno, no estoy de acuerdo en eso, arquitecta. Usted diseña los caminos y yo los llevo a cabo. Es casi profético.
Regina volvió a reír y mordió una pera que anteriormente había cogido de la barra.
—Deja las frases de galán de cine. Mejor ponte a ver el proyecto y cómo lo vamos a complementar.
...
—La casa se siente tan vacía sin Regina...
Habla Nina escuchando el silencio de su casa. Adriana se encontraba en su habitación, no quería salir. Aunque lo negara, extrañaba a su hermana. Y sencillamente no pudo hallar una mejor distracción que el internet, encontrando el perfil de Alejo...
—Ay no, es el gato de Priego-Falcó. Pobrecito, se cree el gran hombre de negocios cuando no pasa de ser un segundo.
Pensó en voz alta mientras recorría las fotos de una en una, emitiendo un juicio por cada una de ellas. Adriana no podía negar que Alejo era un hombre muy masculino y atractivo, tenía el cabello oscuro y unas cejas largas, una mandíbula marcada y los ojos tan oscuros como el cabello.
—Sí me divertiría con él, lástima que es un empleado...
Volvió a pensar en voz alta, cerrando por completo la aplicación. Mientras tanto, Nina comenzó a leer una revista, la misma que había entrevistado a Elena. Sus fotos, su sonrisa y la calma en cada página la hacían ver cómo alguien extremadamente suspicaz, difícil e incluso maquiavélica. Leyó su forma de responder a las preguntas con referencia a Ariadna, ahora más que nunca debía están atenta a cualquier alarma, su esposa la necesitaría mucho en esta nueva guerra con el grupo Priego. Invariablemente, cientos de pensamientos arremetían la cabeza de Nina, como olas azotando la arena en el mar. ¿Qué fue lo que hizo Elena que molestó tanto a Ariadna para hacerla sentir así? Sin darle mayor vuelta al asunto, Nina había decidido... Iba a investigar a Elena Priego-Falcó, era la única forma para averiguar sus puntos débiles y para hallarle lógica también a todo este conflicto.