RUTA 27 | ✓

By Evcastrobr

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Pude contar la estrellas en el infinito. La melancolía de dejarte, se desvaneció. El majestuoso atardecer abr... More

• EPÍGRAFE
• SINOPSIS
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• CAPÍTULO 02
• CAPÍTULO 03
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• CAPÍTULO 05
• CAPÍTULO 06
• CAPÍTULO 07
• CAPÍTULO 08
• CAPÍTULO 09
• CAPÍTULO EXTRA
• CAPÍTULO EXTRA
• CAPÍTULO 10
• CAPÍTULO 11
• CAPÍTULO 12
• CAPÍTULO 13
• CAPÍTULO 14
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• CAPÍTULO 29
• CAPÍTULO 30
• CAPÍTULO 31
• CAPÍTULO 32
• CAPÍTULO 33
• CAPÍTULO 34
• CAPÍTULO 35
• CAPÍTULO 36
• CAPÍTULO 37
☾✰ 🪐*
• CAPÍTULO 38

• CAPÍTULO 25

39 3 65
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M A Ñ A N A


T i e m p o    A t r á s









Los días transcurren con livianas noticias que salpican entre la inmensidad de lo cotidiano de la vida.
Ah, vida efímera que Dios dice que son como flores. Algunos logran llegar al final de día, pero otros dispersan sus pétalos por el viento.

No duran una eternidad terrenal.

Sucede que por momentos esos días, que alumbraron con resplandor ligero, acabaron siendo difuminados por grande confusión. Entre sombras de dolor, la oscuridad construyó para su conveniencia, un muro que dividía aquello que derramaba su protección.

La ira se despertó.
Sería solo un momento; pues su favor dura toda la vida.
Por la noche durará el lloro.
Y a la mañana vendrá la alegría.

Temporadas de viva aflicción llegan a nuestra vida cotidiana. Una donde hay una relativa paz. En la mía, algunos movimientos sísmicos han pasado; el denominador común es que vamos saliendo a nuestro paso. Escalón por escalón, soltando el control.

No precipitando nada por un segundo de ansiedad. Empezamos de nuevo, pero sin volver a la línea de partida.
Eso quedó atrás y, solo con pensar en retroceder, la muerte es preferible.

Algunos aspectos de mis memorias eran difusos y, así avanzan a día de hoy. Pero hace tiempo lo dejé en las manos de Dios. Porque esas cargas no me dejaban descansar.

Parecían ligeras.

¿Cuándo? Cuando pensaba que tenía una vida agradable.
A veces, me iba a dormir olvidando la oración. «Dios puede esperar. Él me entiende». El acomodamiento solía ganar y creía que con hacer el trabajo era suficiente. Entonces, ese enemigo se despertó para enseñarme lo difícil que es hacerlo sin Dios.
Tener una vida sin Dios.

Vivirlo a cada despertar.
No lo experimente a profundidad. Jesucristo sabe que no hubiera podido combatir con eso. Tuve que pasar por el umbral del dolor para entenderlo, para saber que Dios no lo hace a la manera del mundo. Lo hace perfecto, con misericordia.

Él mira desde los cielos a la tierra, para oír el gemido de los presos. Para soltar a los sentenciados a muerte.
Aún las olas lo obedecen y el viento enmudece, porque nadie ha podido ni podrá detener ni perturbar los designios de Dios. Todos los que contra él se levantaron, cayeron.

Más...
Los que confiaron en el poder de Jehová, ni aun el infierno mismo que se empeñó en destruirlos, ni utilizando su mejor armamento, pudo derrotarlos. No existe derrota para quienes Jesucristo les dio ya la victoria.

Mi sueño fue grato, desperté y que glorioso se sintió.

Nicolás y los chicos habían pasado por mí. La diversión de: aquí vamos de nuevo, era la mejor sensación. Andábamos un poco decaídos por los acontecimientos que, mágicamente, creíamos que se resolverían.

A veces, la tortura venía acompañada de esas risas que me pertenecían.
Las oía, pero ya no eran mías.

Recogí los materiales de arte  esparcidos en el escritorio.
El primer día había sido una complicada y maravillosa experiencia. Pero esa clase adicional lo mejoraba todo, aunque la profesora Milicentt la imponía.

Y es que nuestra existencia para algunas personas es un constante tropiezo porque, en nosotros ven a la persona de quién tanto han huido.
Ella pensaba que obligarme a asistir sería horroroso. Pero Dios lo convirtió en una preciosa bendición.

Travis no estaba, intentaba imaginar que solo serían unos días más de ese nuevo año. Sobrellevarlo de cualquier forma y no entrar en una crisis.
Suficiente tenía con llorar a escondidas. Me hizo una falta impresionante no abrazarlo para año nuevo. Posee la especialidad de felicitar a su única manera de ser.

Tenía roto el corazón, ese rubio se había ido sin decirme a dónde.

Inspire, revisando que no dejaba nada.

Al salir, los pasillos del instituto estaban desolados, excepto por el grupo de adolescentes parados junto a la puerta de su salón.

Al ser la clase extra obligatoria que debía recibir, no había estado horrible experimentarlo. No quería un reporte. Aclaro que en ese instante, desconocía lo maravilloso que se volvería.
Estuve a punto de abandonar por completo la instalación, pero escuché el grotesco chirrido varonil.
Volteé, encontrando a Jaxon Howard, el capitán del equipo de básquetbol y compañero de Timothy.

Apenas y podía sostener las cajas y portafolios apilados encima de estas.

Restregué mis palmas, sopesando en sí era buena idea ir a ayudar.
—Se amable y ayuda. Afecto natural, Klairy—. Recordé para animarme.

En lo que meditaba a paso lento, Jaxon dejó caer los materiales al piso. Fue el ruido quien me instó a caminar rápido hacia él.

—¿Te ayudo?

Alzó la cabeza, relajando la mandíbula apretada.
Doble las rodillas, recogiendo los portafolios y cajitas de lapiceros.

—Eso sería estupendo —El timbre de su voz era duro, llegando un tramo de segundos después. Pero había algo más, como si la sutileza se hubiese ido y la coquetería se disponía a ser un hecho permanente.

Erguidos y con las manos ocupadas, dejé que él guiará.
Debí dejarme llevar por esa incomodidad que sentí, pero, decidí ignorarla pensando que no tenía sentido.

Al pasar junto al grupo de chicas, saludé. Intenté no sentirme mal cuando no respondieron.

—No les hagas caso —Alentó la persona a mi costado.

—No lo hago —reí apenas.

—...

Jamás imaginé que se le diera mal eso de sacar conversación.
De hecho, nunca imaginé nada con respecto a Jaxon.
Por lo tanto era incómodo ir sumida en el silencio. Sintiendo además, los vistazos curiosos que me daba.

Y no es por alardear. Pero era buena para socializar si el centro de la conversación era mi especialidad.
Recién ese día había elaborado unos broches con las frases espectaculares:
Te invito a la iglesia. Jesusito te dé un bonito día.

Jesús era mi lugar feliz. Más que eso es ahora.

Hablar de él sigue siendo maravilloso, mucho mejor que la representación de un lugar.

—¿Te gusta el café? —Pregunte para rellenar el silencio.

—¿A que viene eso? —refutó.

Marqué el ceño.
¿No era esa una pregunta casual?

—Este...

—No, no me gusta.

Meneé la cabeza, sin poder hacer más.
La incomodidad me cayó de sorpresa al pensar que ya no estaba.

Él se detuvo al final del pasillo, frente a la puerta de la conserjería que se encontraba abierta.

Sonríe a duras penas, mientras Jaxon me indicaba con la cabeza que entrara primero.
Lo hice, demasiado confiada.

Una y otra vez me recalque ese error. Como si debía saberlo. Como si hubiese sido una imprudencia digna de muerte haber olvidado las realidades de un mundo caído.

Sin ver otro posible lugar, acomode las cosas encima del viejo y oxidado estante, con la pintura gris cayéndose por pedazos.

—Por otro lado —susurró, muy cerca—. Tú si me gustas.

La confesión venía cargada de un tono nada agradable.
Era ronco y malicioso.
Por la columna vertebral se me deslizó un escalofrío que me dejó helada.

Fue una clase de instante siniestro.

Logré trasladar las palabras del cerebro a mi boca.

—Debo irme.

No quería girarme, sabía que lo tenía casi pegado a la espalda y, lo único que sé interponía era la mochila.

—No seas tímida.

Apreté los dientes.
¿Tímida? ¿No había escuchado que quería salir de allí?
Pedía a gritos mi espacio personal.
¿Quizá debí decirlo más fuerte?

Recordé lo que mi padre me había enseñado.
Intenté guardar la compostura; contuve la respiración.

—Es que debo, —El aliento se me escapó. «No llores»—. Mi p-apá me espera.

—Puedes decirle que estabas con un amigo —murmuró su solución.

—No estoy acostumbrada a mentir.

—Yo te puedo enseñar.

¡No! Aléjate.

No —Escupí con fiereza.

Gruñó, mientras en un paso hacia atrás me dejaba respirar.

—¿No somos amigos? —Inquirió, burlón.

Jaxon contaba con características similares a las de una persona mundana.
No estaba acostumbrado a recibir un: No. Era caprichoso, y le gustaba ponerse retos.
Pero, ¿a caso una mujer es uno?

—Te llamaré amigo cuando aprendas a hacer la voluntad de mi amigo. De Jesucristo Fui directa.
Inspiré profundo y me volví.

No se cómo no temblé.
A lo mejor el enojo fue un poco más fuerte. Las ganas de vivir sin nada traumático.
A esas alturas no pensaba en nada más que salir de allí.

Él rió, con una alocada nota espeluznante.
Esos dientes que a primera vista se veían perfectos, se transformaban en picos afilados.
Su altura era un obstáculo.
Y, ese rostro que se podía llegar a pensar haría suspirar a algunas, mantenía estampada una expresión triunfante. Así que en ese instante no se me hizo atractivo, sino repugnante.

El ser denominado popular o tener un buen físico, no le daba el derecho a tomarme como si fuese de su propiedad. Según él, estábamos al precipicio de caer en algo hermoso. Desde mi perspectiva realista, fue una angustia saber que caería.

—¿Crees que me trago ese cuento? —Giró los ojos.

—No es mi problema si lo crees o no —Di dos pasos dispuesta a salir a como dé lugar.
Me di cuenta que ser amable y dialogar con calma no funcionaría.

Pegué un respingo al oír el sonido de la puerta cerrándose.
Alzó las manos, fingiendo inocencia.
Mis ojos pasaron de él a su pie, el cual utilizó para ejercer tal acción.

—¡Déjame ir! —Mi voz salió en un ruego. A ese segundo no me importó.

—Te ves tan linda suplicando.

En mis ojos se acumularon un puñado de lágrimas. Negué tantas veces, pidiendo que no se acercara como lo estaba haciendo.

—De -detente.

—No te asustes, te puedo asegurar que tu boquita y la mía se entenderán de maravilla.

Entrar en pánico fue la vía rápida, incluso si luchaba por mantenerme consciente. ¡Consciente! Eso era lo que menos quería estar.

No encontraba mi propia voz.

Mis manos fueron la barrera, detenido su cercanía.
Apreté su camisa, tanto que lo arañé.
Pero no se detuvo.

Su cabeza se escondió en la curva de mi cuello. Y su loción golpeó mis sentidos, poniendo a dar vueltas mi cabeza hasta que quise vomitar.
No le di el gusto de verme llorar, empujaba y eso solo lo hacía sonreír contra mi piel. Mis acciones eran causa de burla para él, pues estaba al tanto de su fuerza física.

—Eres bonita —dijo—. Una lindura andante.

El calor y el mareo me asaltaron el estómago. El escalofrío se extendió por mis piernas, dejándome débil.
Un gemido de susto se me escapó. Las imágenes se acumularon y retrocedí en el tiempo. Esa palabra fue el click, como si de pronto oírla había provocado el salir de la penumbra, que lo que estaba en blanco y negro, tuviese la nitidez alocada.

«Es un sueño. Despierta —me dije—. Nada de esto ocurre».

Él se había alejado en algún momento que, seguramente, deje de luchar.
Arqueó una ceja, detallando mi rostro.

Acaso desde su percepción retorcida pensaba que yo lo disfrutaba.
Era eso, o a ojos de él yo solo me estaba haciendo la interesante e inalcanzable.
No le importó mi estado y de inmediato, ignorando mi súplica, accionó sus métodos de coquetería.

—Te puedo dar un beso —No lo preguntaba. Acercándose, sujetó mi rostro.

Estaba temblando al ver que sus intenciones no iban en broma. Aparté la cara, intentando inútilmente retroceder.

Convencida de que no, no estaba siendo inútil al querer huir.
Incluso si sentía un pedazo del alma  destrozado y siendo robado.

Forcejeos por mi parte lo obligaron a detenerse.
Sentía desfallecer.
Como si Jaxon tuviera el poder de esculcar sin consecuencia alguna.
Rebuscando entre mi boca con su nauseabunda lengua.
Acto atroz de querer estrangular mis ilusiones.

Qué esperaba.
No lo sabía, pero le di batalla.

Ese no sería un primer beso.
Dios, ni siquiera estaba pensando en eso. Tenía dieciséis; y de cualquier forma no sucedería de esa manera.

—¡Me gustas más así!
Se que lo quieres. ¿Esperas que me crea eso de que no te gusta que te hable sucio?  —ronroneo.

Qué tipo de persona creía que era.
No juzgaba de ninguna manera a las chicas que les podría gustar eso, ni señalaría o llamaría bajo ninguna circunstancia con alguna palabra ofensiva. Quizá pensó que por su atractivo, caería muerta del deseo por él y sus “expertos” dotes de conquista.

No entendía si lo había leído en algún libro malo o su cerebro, si es que tenía uno, no podía unir piezas y concretar que: yo-no-lo-quería.

Meterme a la conserjería y hacer cosas como esas no entraban en mis deseos profundos.

—Desde que te vi entrar al gimnasio, soñé con esto. —La confesión me pareció asquerosa.

En su cabeza recreaba escenas que a mí se me hicieron repulsivas.
Qué difícil fue digerir lo que ocurría. Después de todo, hubiese querido que eso jamás pasara. El rostro de Jaxon se desintegraba y una cara terrorífica aparecía en su lugar. Entonces dejaba de estar en la conserjería y la escena se trasladaba a otra peor.

En el mísero instante en que él se aburrió de su propio juego, fue con todo. Apreté los labios, ideando escapar.

«No le tengas miedo». «Yo soy tu salvación».
Esa no era mi voz. No. Así de protectora cómo sonó, podía solo venir de la realidad leída. Un invento no podrá compararse con la verdad.

Con la respiración frustrada, aproveche que tenía la guardia baja y que su mano intentaba colarse por la parte baja de mi espalda, sin pensarlo, lo empuje con toda la fuerza que tuve.

No me detuve a ver si se había caído o no, con miles de pensamientos yendo y viniendo, maniobré con la manija.
No puedo explicar si fue a causa de los nervios, pero no se abría.

En un sentir desesperado, lo di todo por perdido.

De verdad, estaba por rendirme.

Mis piernas se debilitaron. Varios suspiros entrecortados rogando que el agobio se acabara.
La vista se me nubló.

«Aquí estoy»
Esa promesa acarició mi corazón.

La puerta se abrió de repente.
Nunca fui tan feliz que en ese momento; sentí volver a respirar. Richi fue más que un salvavidas para alguien que se ahogaba en un mar temeroso de miedo. Fue un milagro enviado para mí.

Al salir, pude dejar escapar el aire y mi cuerpo se desvaneció.
Me pase las manos por la cara en un instinto de protección.
Quería sentir el tacto, que buscara con delicadeza el rastro de alguna lesión o marca.
Verificar por mí misma que estaba bien.

Era absurdo, pero me hacía sentir segura. Completa.

Desde las comisuras de mis ojos, aquellas lágrimas acumuladas se resbalaron con temor.

Segundo a segundo recupere la noción del presente. El eco de unas palabras se tornaron claras—: ¿Se encuentra bien? —. Era Richi.
Al volverme, Jaxon a penas se ponía de pie. El conserje ni siquiera se le acercó, se preocupaba en ver mi estado.

Procuré responderle.
«No quise empujarlo», quise decir al sentirme acusada. Explicarlo de inmediato.
¿De verdad lo había empujado con tanta fuerza? ¿De dónde?
Pero allí, a punto de tener un síncope, oí los siseos. Un grupo de estudiantes se habían acercado, no demasiado, lo suficiente para informarse sobre lo ocurrido.

No eran muchos, pero me sentía de alguna forma presionada en dar explicaciones. Es increíble como el mundo aprovecha nuestros momentos de desesperación para querer hundirnos más. Para ello, no necesita una mayoría.

Noté sus rostros asombrados. La duda no les cabía en la cabeza.
Obligada a reparar en mi aspecto, lo hice. El tirante grueso de mi vestido caía sobre mi hombro, de seguro tenía el cabello echo un revoltijo y por mi respiración agitada...

Me sentí juzgada.
Y con todas mis fuerzas me dije: no importa lo que piensen.
Solo fue una mentira, de esas que son un autoengaño agresivo, porque claro que me importó.

Apreté los puños con impotencia.
El temblor no se marchaba.

En medio de las risitas y el escarnio,
capté movimiento dentro de la conserjería.
Jaxon no se veía contento.
Al sentir mi mirada, alzó la suya.
No le fue difícil deducir que sucedía.

La sonrisa vengativa advertía sus no tan buenas intenciones.
Salió y sabiendo a la perfección lo que tal gesto provocaría, lo hizo adrede.
Se detuvo y alzando las esquinas de los labios, me guiñó el ojo.

No dejó nada a la imaginación, pues optó por “acomodar” su camisa.
Dejó a los presentes pasmados, a los que dudaban, les dio una prueba convincente.
Antes de que Richi los acabara ahuyentando con su trapeador, dirigieron negaciones con la cabeza a mi dirección.

Tragué con la boca seca. Entre ese grupito, distinguí a las chicas de antes. La burla en sus rostros me destrozó.
Oí lo que dijeron.

Me sentí la peor persona en el planeta.
No dejaba de pensar en Dios.
Ahora sé cuál fue mi error.
Juzgarme cuando él ni siquiera lo tenía planeado hacer.
Me anticipe a los hechos.

Richi volvió a preguntarme sobre mi estado. Si quería llamar a alguien.
Pero no podía dejar de pensar en la actitud vengativa de Jaxon y lo que ya había desencadenado.

  «Eres un capricho».
Alardeó. Eso significaba su gesto.
Estaba enojado por no haber conseguido nada, y como no podía dejar su orgullo herido... ¿había recurrido a algo tan bajo?

Todo empezaba a agrietarse. El suelo bajo mis pies se abría y me tragaba. Pero no caía, la gravedad y yo nos manteníamos unidas.
Y que decir de mi cabeza que comenzaba a recordar.
Eran un par de ojos negros, entre la sombra de la noche y el destello de una media luna, resultaban ser reconfortantes.

La lógica no podía romper esa ternura con que me habían estudiado.
No podía verlos y recordarlos del todo. Tal vez eran una especie de mecanismo de defensa que construí y, que tiempo después, se reconstruiría a diario.

Sacudí la cabeza.
¿Qué pasa contigo? ¡Haz enloquecido!

El cerebro empezaba a distorsionar recuerdos. Y con mucha regularidad tenía dificultad para recuperar lo perdido. Es que, en ocasiones la única forma que encontramos de protegernos es, olvidando.

Vivir algo doloroso y tener que lidiar con ello cada día nos lleva a borrar momentos de la vida; eso es preferible a tener que revivirlo. A vernos obligados a respirar con ese pasado que agobia. Claro que lo hace.
Tortura sin un ápice de misericordia, trayendo de regreso solo fragmentos de un episodio oscuro.

Yo no quería recordar. Pero no debía resignarme a vivir así. Haber visitado esa antigua casa había dado un comienzo y no debía retornar a esa miseria que se disfrazaba de sombras.

Cuando finalmente pude ordenar el desorden, me odié por lograrlo.
Tantas noches buscando respuestas, rogando que Travis volviera, cosa que nunca pasó. ¿Pero todo lo indeseable sí lo hizo? No lo culpó, en el fondo siempre lo quise.

¿Qué nos pasó a nosotros?

Nada de lo que a día de hoy es, podía ser real.

¿Lo es? Aún lo desconozco.

Quería recurrir a la normalidad. Mi corazón dio una vuelta vertiginosa.
Me puse de pie. Convencida en que no era nada. Un par de pensamientos se cruzaron por mi cabeza: ¿Dios, por qué no me defendiste?
Pero no era justo. Culparlo por una mente retorcida llena de pecado.
Él es bueno y sin importar lo que los demás opinen, siempre será así para mí.

Lo alabaré con todo mi corazón rogándole que nunca me suelte. Porque mis fuerzas se podrán acabar, pero no las suyas. Nunca las de él.

—Gracias, Richi. —Agradecí con voz baja.

No quería levantar la cabeza.

—¿No quiere un vaso con agua? Se ve asustada, señorita.

Tenía la boca seca.
Aún sentía que mis huesos temblaban.
Después de todo, quién está preparado para vivir algo así de  desagradable.

—No es eso lo que necesito. —Me forcé a sonreír.

Él no supo que decir.

—Vaya con cuidado. —Aconsejó.

Asentí, obligándome a sostenerme de la pared. Ignoré las risitas que esperaban por mí a cada parada.
Necesitaba ir a casa y tirarme de rodillas. Necesitaba leer mi biblia y que esa escena nauseabunda saliera de mi cabeza.

Podía con ello. Podía sobrellevarlo.

No avance mucho. Richi no podía dejarlo así y me suplicó ir con él a la sala de maestros. Aunque después reconocí que él se había desviado del trayecto, llevándome a la enfermería.  No podía negarme.
Todo es algo difuso, debí disculparme por eso. Solo recuerdo estar allí sentada y a él preparando un té especial que encontró en un gabinete. Lamenté quedarme más tiempo. Richi nunca se creyó eso de que nada malo había ocurrido allí dentro; pero, los maestros a quienes había acudido, no tenían la intención de quebrarse la cabeza en más asuntos de adolescentes tontos, según oí a uno de ellos decir.

Uno solo fue el interesado.
El director, quién a su llegada no paró de preguntar qué sucedía.
Entiendo que se sentían cansados después de un largo período laboral, pero no tenían porque verme de esa forma.

Claro, que, agradezco no recordar con nitidez.

—No insista, Director. —Una de ellas giró los ojos—. Adolescentes hormonales.

—¡Qué, acaso no ve el estado agobiado de la alumna! —Zanjó, iracundo—. Nuestro trabajo también es velar por el bienestar del alumnado. Así que se callan todos, que le pregunté a ella.

Cada mirada se clavó en mi pecho como dagas afiladas.
   «No lo soporto más. Ya no».

—Bien, entonces que diga que pasó. —Argumentó un profesor—. Según el conserje, algo anda “extraño”. —Entendí la sugerencia.

Richi me tranquilizó desde la esquina donde se encontraba.

—Sí. Qué hable y expliqué lo que hicieron allí dentro, aunque será más problemático si se trata de algo inmoral hecho dentro de las instalaciones.

—Sí, niña. Di qué pasó.

Me sentí no solo interrogada. Sino, acusada. Todos ellos querían una solución rápida. Eso fue lo que les di. Y no solo por querer evitar que se volviera algo público, si no, porque estaba asustada.

—No sucedió nada. —dije.

—¿Segura?

El director y Richi eran los únicos que no estaban conformes.

—Ya dijo que sí. —Reiteró otro maestro.

—Pero...

—Ya, Richi. Ve a seguir con la limpieza.

No tenía cabeza para pensar con claridad. Les repetí hasta el cansancio que no había pasado nada. «Solo fue un incidente». Citó mis palabras dichas en balbuceos.
Quizá me vi muy cobarde, pero solo quería ir a casa.

El director no se quedó contento.
  Opté por pedirle que, debido a la tardanza, redactara una circular.
No recuerdo que me dijo, excepto que pasara por ella al día siguiente.

Salí del instituto solo para corroborar que aún era de día. Que la oscuridad no estaba en realidad allí. Tenía un malestar inentendible. No era algo físico aunque sí se materializó en síntomas reales.

Me arregle el vestido en tanto mis pies deambulaban con torpeza.
No soportó pensar en ese sentimiento desalmado que me abrazaba con tan naturalidad. Cerraba los ojos y el mismo rostro descompuesto aparecía frente a mí sin quitarse la máscara.

De allí en adelante recuerdo haber subido al transporte y divagar sin rumbo. En instantes me descubría llorando pero me reservaba el resto para no ser vista. No fue para tanto. Intentaba consolarme.
Parecía tan irreal que eso me hubiera pasado a mí.

¿Por qué yo?

En algún momento mi cuerpo proyectó el miedo y la ansiedad que sentía al punto que reaccioné a la defensiva sin darme cuenta.
El señor que pretendía sentarse a mi lado solo me echó una mala mirada.
Nunca me había pasado.
Solía tener pesadillas y despertar bañada en sudor frío.

No eso.

No así.

Olvidaba con frecuencia.
Se me dificultaba memorizar.

Pero no eso.
Sentí pavor con tan solo imaginar que se me acercara.
Podía imaginar sus movimientos, el sudor desprender de sus poros... entonces, la imagen cambiaba a una horripilante.

Pero no parecía ser reciente. Como si eso largos años hubiera estado esperando su momento.
Y el causante de ese suceso que rebrotó como hierba mala, fue Jaxon.
   Iba apenas llegando a casa cuando recibí el mensaje de Paxi.
«Te estamos esperando. ¿Te fuiste a casa?»

No había pensado en eso.
Ellos solían esperarme en la tienda de conveniencia o en la banca del parque cercano.
«Lo olvide». Texteé. Sabía que no tendría problema en creerme. Eso pasaba seguido.

«No hay problema. Les diré. Pero, ¿estás bien?»
Hasta ese instante no había querido asimilar lo ocurrido.
Hacerlo me dejó inmóvil. Las náuseas me obligaron a correr. Aguante y subí a mi habitación.
Lo saqué todo.

Mi boca quedó con un sabor amargo.
  Mi alma misma.

La debilidad, por el uso extremo de mi energía, me imploró quedarme allí sentada. Me limpie la boca con enjuague bucal; al no poder más, mientras apreté las manos alrededor del lavabo, me derrumbe con un pesar exhausto. 
Quería llorar, lo sentía allí dentro, pero no sabía como.
Olvidarlo tras el colapso fue una clase de calma que viene después de una catástrofe.
Pero no una buena.

Quedándome allí, deje que los minutos terroríficos me envolviera en el recuerdo resiente.
Deje que sucediera.
Su voz se mezclaba con otra mucho más trémula.

Es algo que cuando se vive, por más que lo sufriera, no desaparecía.
Trataba de entenderlo, pero el tornado arrasaba con mi mente eclipsando algo mínimamente feliz.
No es una tarea sencilla asimilar que esa mañana me levanté irradiando esperanza y a la hora que casi el día declinaba, sentía que me la habían arrebatado.

Que algo tenebroso me desgarraba por dentro con sus afilados y crueles movimientos. Al querer escalar, de cualquier forma, se enterraba más sin mediar el daño para así, lograr ver la luz. Queriendo una sola cosa.
A mí encerrada en la oscuridad.

Apreté los ojos, sin permitirlo.
La respiración iba y venía en busca de tranquilidad. ¿Cómo decirle que así sería de ahora en adelante?
Traté de retrasar el suceso, de apartar la llegada de lo que estaba por explotar. Lo intente de tanta formas que, terminé hecha pedazos.

Llevó su tiempo.
Lo hizo lento para brindarle datos a mi propia tragedia, haciendo que viviera en agonía porque, tarde que temprano, se develaría. Se encargó de dejarlo claro.

Mi mano tiritaba. Quise calmar mi cuerpo empezando con esa parte.
Repase mis uñas, con los sentidos desorbitados.
Para cuando volví en sí y dejé de observar la pared celeste, me incorpore y, viéndome al espejo, la impresión me abofeteó duramente.

«Exageras todo».

Fuiste tú quién corrió a ayudarlo.

Aparte la vista, pasándome las manos por el rostro.
No quise procesarlo. Las pisadas inestables me informaron que la debilidad no se iría.
Siempre había vivido con la sensación de que algo se escondía.
Que yo no sabía mi propia historia. No completamente. Que mi mente escondía ese capítulo porque...
¡Dios! Solo quería gritarlo.
Quería llorarlo.

Me quedé parada en la puerta del baño. Mis ojos se movían de un lado otro, sin quedarse quietos.
No localizaba lo que debía necesitar.
Y es que, nada allí afuera podía ser de utilidad; la respuesta no se encontraba en esas cosas pasajeras.
La tenía yo, pero, demostrarlo nunca es menos tardado. No es sencillo buscar algo de lo que no tenía idea de su existencia. Que cuando supe de su escondite fue peor porque, ya tenía una idea de lo peligroso que podía ser.
Entonces, entendí que ellos no vienen a jugar; que no se deben abrazar ni quedarse a platicar con ellos; porque sí hacen daño. 

Eche a un lado cualquier pensamiento destructivo. Quizá debí hacer algo mejor. Acabarlos por completo; el camino tortuoso apenas comenzaba.
Fui a mi escritorio. Abrí la biblia.
Una sonrisa triste tiró de mis labios.

«Quiero contarte esto. De verdad que sí».

—Padre... —No se de dónde ni como obtuve la fuerza para hablar. Llevaba horas en silencio—. ¿Sucedió en realidad?

Estaba sola en casa. Pero si agradezco algo es que, no me sentí así.
  La biblia estaba abierta y mis manos escondidas bajo el escritorio.
Los materiales que había usado para hacer mis broches estaban por todas partes. Leí el mismo versículo, cuando mucho, unas veinte veces.
Conectar el mensaje o entender dos líneas, fue una odisea.
La vista se me puso borrosa; las letras se movían por si solas y se revolvían.
«Te reprendo en el nombre de Jesús».
Ese nombre admirable no falló.

Lo primero que leí:

«... solo los valientes lo arrebatan».

Había estado estudiando el versículo.
Me daba pláticas a mí misma para examinarme.
Quería que él morara en mí.
Cumplido.
¿Era valiente?
«No importa lo que me cueste», mis propias palabras retumbaron de la nada: «Así sea mi vida». Me oía tan decidida a atravesar lo que hiciera falta, así fuera un valle desolado, pero lo conseguiría.

Su gloriosa presencia me consoló.
Haciéndome ver el color del miedo.

Para mí, azul.
Me gustaba en sus tonalidades distintas, pero desde esa perspectiva, analice que se había llevado mucho de mí y en su ausencia, el temor habitó el vacío. Aún estaba experimentando lo que sentía y entonces lo oí llegar.

El pulso se me disparó con frenesí.

Era papá.

«Hay que hablar. Él sabrá que hacer».
Hay cosas y sentimientos que nos llevan a callar. Algunos piensan que nada de eso podría ser justificable. Lo creerían tonto. No para mí.
Un segundo me llevó a inspirar hondo e ir a su encuentro.

Lo de él, no fue algo que tuviera planeando.

Llevaba las lágrimas listas.
Él seguía de pie junto a la puerta, dándome la espalda.
Tenía puesta su enorme chaqueta cuando, por la mañana le había dicho que esa no tocaba.
Fue la primera vez, sí, la primera vez que frente a mí se develó la realidad.

Retrocedí tragando grueso.
Mi lindo revólver lucia cansado.
Ese extremo donde el semblante no duda en esconderlo.
Excepto cuando... me vio.

¿Había sido así? Qué me ocurría, puesto que antes de ese día no podía verlo tal cual. ¿Qué me habían hecho?
Tan palpable que se mostraba, pero tan destructivo si me acercaba.

—Solecito. —Sonrió. No me voy a complicar en responder al cómo logró darse cuenta que algo sucedía. Su frente se arrugó—. ¿Solecito?

El agotamiento mental comenzó a pasarme la factura.
¿Qué me llevó a guardar silencio?
Creo que es algo que está más que entendido.

¡Ayuda, Dios mío!

Auxilio.

—Revólver, ¿por qué tan tarde?

—Lo explicaré después. —Dijo, restándole importancia. No era lo que quería y conociéndolo, no se cansaría hasta averiguarlo—. ¿Hoy no hay abrazo?

Olvide que así lo recibía.
  Sonreí, nerviosa.
Calle las interminables quejas y acabando por bajar, lo abrace con un malestar incapaz de ser reconocido.
Sus brazos se cerraron alrededor de mí. Yo sé, yo sé que estás aquí.
Cerré los ojos. Quise quedarme así para siempre. El cansancio aportó más; me costó abrir los párpados nuevamente.

Él seguía sin soltarme.
Lo oí suspirar.

—Tus abrazos son especiales, Klay. ¿Ya te dije que te quiero? Supongo que no, hoy estuve muy ocupado. Lo siento.

Debí obligarme a no llorar.
Me mordí el labio, aguantando. Presté atención y me escuche a mí misma desesperada por recobrar el aire.
Lamento haberme hecho eso.

—No te disculpes, Revólver. —Murmuré.

—¿Y tú no me quieres? —replicó aparentando molestia—. No, no es posible. Soy tu grandioso padre.

Allí entendí lo que estaba haciendo.
Era su forma de subirme el ánimo.
Estaba extrañado de que no le estuviera llevando la contraria.

—No sé si tan grandioso.

Me escuche reír.
¿Esa era mi risa?

—Crystal, deja de mentir. Tengo mas que pruebas. —Debatió—. Por ejemplo lo de ayer.

¿Ayer?
No podía reunir las piezas antes de lo que había ocurrido.
Tirite de horror. Ha, de allí nació la comparación.
Porque cuando se acumula demasiado no se puede tener otro resultado más que uno que incluya el curso natural que siguen las cosas.

Un movimiento telúrico.
Una falla.
Finalmente, colapsar.

—¿Lo de ayer? —Mi corazón se hinchó—. ¿Qué exactamente?

—Ay, oficial. —Rio él, apartándose—. Me duele que se haya olvidado de nuestra valiosa plática.

A mí también.
Todo lo que tiene que ver con él es de gran valor. Otro impulso para no querer eliminar más recuerdos, aunque, era involuntario. Solo ocurría.

—No olvide, Revólver. —Oculté mi rostro de él, levantando la bolsa de papel que yacía en el piso.

—Digamos que te creo, Klay.

Gire sobre mis pies, tratando de controlar lo que seguía taladrando en cada surco de mi cerebro.
Oí a papá terminar de colocar el abrigo en el perchero.
Coloque la bolsa de papel sobre la mesa. No tenía ganas de averiguar su contenido pero, recordé la persona con la que estaba.
Oí su risita a modo de burla. Estaba saludando a Blobby.

«No te dijo hoy Cleopatra, ¿cierto?». Le preguntaba, mientras se regocijaba con solo tener a esa pequeña bolita de algodón entre sus manos.
Como si él poseyera el más grande de los regalos.

Lo de papá es más que un efecto.
Antes de que él llegara tenía dificultad para tomar una decisión, pero al verlo, fue tan preciso que no retrocedí.

Husmeando, abrí la bolsa de papel.
Bueno, la rompí porque se me imposibilitó ser delicada.
Me dolió en el corazón saber que no era merecedora de su amor.

Era una pastel.
La decoración me informó quién lo había horneado. La crema de un maravillosos color lila y, añadiéndole el escrito:

«Klay y su grandioso padre».

¿Qué celebramos?
Apreté la mano para forzar a ese temblor huir despavorido.

—Estamos de celebración. ¿Qué podría ser?

Pregunté, no porque fuera raro que él trajera un postre, si no porque lo hacía para celebrar el más pequeño de mis logros o, los suyos.

—Tu primer día de escuela, Solecito. —contestó, llenando de besos a Almendra—. Y...

La respiración se me cortó.
Estaba justo a mi lado.

—... ¿Y?

—El puesto es totalmente mío. —Soltó, colándose en su voz la alegría.

La noticia causó un estallido de felicidad inmensa.
No tuve que fingir nada. Exclamé de orgullo, abrazándolo de inmediato.
En ese instante no me importó que las lágrimas se desbordaran.
El Rey Eterno nos oyó y concedió la petición.

Papá percibió mis sollozos y, volviéndose extraño para él, ya que no éramos partidarios de mostrar abiertamente la tristeza, abrió un espacio entre los dos y sujetó mi rostro con delicadeza.
Su semblante oscilaba entre la felicidad y aflicción.

—¿Lloramos por la buena noticia? —Esa mirada grisácea me contempló con las lágrimas aglomeradas—. O, ¿hay algo más que deba saber?

Cómo se lo explicaba. Me cuestioné y dude un par de segundos en decirle lo destruida que me estaba sintiendo.
¿Cómo explicarle algo de lo que aún ni yo misma le encontraba explicación?
Decidí volver a abrazarlo.
Él no se privó de acariciar mi cabello y cuidar de mí, de no dañarme.
Lo hizo a su manera y eso fue fenomenal.

—Nosotros no estamos llorando, Revólver. Así expresamos la felicidad. —Corregí.

Él chistó.
Terminamos por separarnos.

—Bueno, vamos a comer o qué.

—Este es más grande.

Los dos veíamos el pastel que estaba sobre la mesa.
Él con la cabeza ladeada. Yo sintiéndome mejor.

—¿Crees que no podemos con eso? —señaló.

—No, te equivocas. —sonreí por tramos—. Tú no puedes con eso.

—Ponme a prueba. —Hizo fricción con las manos—. Yo lo preparé, yo podré.

Abandonó el comedor y se dirigió a la cocina. No tardó y, en lo que saque el pastel de la cajita transparente él ya regresaba con dos porcelanas y sus respectivos tenedores.
«Voy por las bebidas», avisé a propósito. Arruinando así su corte perfecto. Reí en el trayecto.
Papá mencionó algo sobre el teléfono: «Apagas ese aparatito y me dedicas tiempo». Carcajeó.

No tenía necesidad de recordarlo.
Con él no existían vacíos incómodos.
Ni cotidianidad.
Vivir a su lado ha sido maravilloso.

No quedaba tiempo para distraerse en algo tan común como un teléfono.
  Estuve buscando leche o algo que se antojara. Creí que tenía un respiro.
Falle. Un mareo me asaltó haciendo que perdiera la noción por varios segundos.

Retrocedí sin fijarme.

Oscuridad.

Un estruendoso ruido saliendo de la nada.

Parpadeé, y la capacidad de entender que sucedía fue nula.

El síntoma disminuyó, dejándome en un estado de confusión.

—¿Qué pasa? —Papá corrió hacia mí, alarmado.

No resistí más a su dulce gesto y  derrame mi alma desgastándome en inspiraciones pausadas.
Alaridos de dolor despedidos en disculpas.

—Sí ocurre algo, podemos arreglarlo. —murmuró.

Quiso cerrar la brecha. Pero los vidrios desquebrajados en el piso se lo impidieron. Yo lo había provocado.
Esa ruptura.

—Perdón. —balbuceé, bajando la mirada—. Perdóname, papá.

A él no le importó no entenderlo.
Mis brazos siempre estarán para ti, dijo en aquel gesto.
Debió leer el agobio con intenciones dañinas.

—Si lo que quieres oír es que te perdono por lo que sea que esta sucediendo, te lo digo. —Aseveró—. Te perdono las veces que necesites para sentirte mejor, Solecito. No tiene importancia para mí.

Me di cuenta de lo aterrador que era también para él.
Se encontraba desesperado por verme bien.

—¿Me oíste, Klay? No importa para mí. Y si crees que has hecho algo mal y te estás culpando, deja de hacerlo.

Asentí despacio.
  No quería arruinar la celebración. Finalmente, estar allí con él me hacia bien. Encontraba un espacio libre de obstáculos y culpas.
El problema es que si decidimos poner nuestra esperanza en alguien que no sea Dios, perdemos.
Me alegra no haberlo hecho.

—Lo siento. —reitere, señalando los pedazos de vidrio.

—Esta bien, no es nada. —Le resto importancia—. Son solos vidrios rotos. Lo arreglaré yo.

Ni bien acabó de hablar su vista se quedó estática en mi mano. La cual agarró sin contemplaciones.
Tenía un corte que no se podía distinguir si era grave debido a la sangre que brotaba. Papá preguntó si ardía. Curiosamente si lo hacía, no podía sentirlo.

No apartó su atención del corte; me curó con delicadeza y paciencia propia de su lenguaje amoroso de padre. Porque con él, siempre he sentido que aquello que creí perdido, que me empeñe por dejar atrás, en realidad se encontraba siendo feliz a su lado. Esperando.

Finalizó al ponerme la gasa.
  Suspiró entre dientes, dejando esa mirada preocupada sobre mí.

—¿Es por Travis? —Arrojó sin darle vueltas.

Me avergonzó hablar.
La esperanza de que el rubio regresase comenzaba desarmarse.

—No. —dije en un hilo de voz.

Él no se convenció.

—Lo buscaré si es lo que quieres, Klay. A mí también me preocupa desconocer su paradero.

Se me hizo gracioso. Si aquello me lo hubiera planteado un día antes, brincar de alegría hubiese sido poco para expresar mi agradecimiento.
Pero, no en ese momento. Ya no.
  Me sentía terriblemente agotada. Tanto que no hice más que sonreír triste.

Travis me había abandonado e iba siendo hora de aceptarlo. Al haberse ido sin dejar ninguna explicación me había dado cuenta que, a esas alturas, no regresaría para dármelas. Es probable que sus razones eran más que poderosas pero, mi mentalidad estaba cambiando. Quería entenderlo aunque sea por primera vez.
Lo hice.

Te entiendo, no rubio. Solo, se fuerte y... no te pierdas.

—No es por él, papá. —conteste por fin—. Él tomó una decisión y confío en que saldrá bien. Se fue sin decir a dónde y, me alegra que haya pensado más en sí mismo. Al menos este vez. He empezado a entender que, dentro de su familia, no era tan feliz como yo suponía.

Él me vio estupefacto.
En anterioridad no había querido tocar el tema. Yo sabía que papá estaba en sus tácticas de localización.

Sucede que... —Por el amor de Dios, díselo. Calle el fragmento que quedaba de mi propia voz. Solo hoy, me mentí—. Estoy algo sensible.

Eso era real.
Papá sonrió en alivio total.

—¿El pedazo de pastel lo arreglará o voy por tus mandarinas?

Deje de ver mis manos y alcé el rostro.
Él lo arregló. Su manera de tratarme. De no cambiar conmigo. De qué en sus ojos aún me veía como yo.

Tú lo arreglas, papá.

Que él me ha esperado.

—A veces me gustaría saber qué piensas de mí, papá.

Él carcajeó sin esperarlo.

—Hagamos un trato. —Propuso—. Te lo digo sólo si prometes que me mantendrás de viejo.

La dicha burbujeó en mi pecho.

—Vaya que te aseguras de tu futuro. —Me limpié el borde de los ojos con la  palma de mi mano.

—Soy precavido. —dijo con humildad.

—Pues la condición me parece algo injusta.

—¿Sí? Bueno, que te parece si me lo dices por una vida llena de mandarinas. 

—¿Crees que lo haría por una mandarina?

Hasta yo lo sabía.

—Sí.

Me le quedé viendo mientras él guardaba lo utilizando en el botiquín.
  No quería perderlo.
Era capaz de decírselo, pero ya había tomado la decisión de no rendirme porque, eso es lo que se siente no dejar morir a la otra persona. Es lo que papá hizo por mí.

Ese momento terrible no me vencería.

La inquietud no se esfumó esa noche, pero sí logré conciliar mis sentimientos con la razón, cerrando así el trato de reconstruir la posibilidad, que creí extraviada, de no deshacerme de la mayor virtud que se oponía a la búsqueda de como evadir el problema.

Disfrute en ese instante no solo el pedazo de pastel, de hecho, viví el desplegar de una sensación que ocupó mi mente en grata bienvenida.
Disfrute la noche, porque papá, sin yo saberlo, se había ocupado ya de algunas heridas.

No quise ir a dormir sola. Me asustaba tener que encontrarme de nuevo en ese lugar. Papá no tuvo problema.
  Hoy todavía me recita sus versos favoritos, me habla de lo aprendido y me enseña con su testimonio que toda gloria es para Jesucristo.

La secuencia de las horas posteriores fueron una cronología de subidas y bajadas. Él se despertó primero. Extrañe acurrucarme a su lado.
Después de la oración matutina en la  que por mi parte no hubo mucho que decir, me preparé sintiendo el alivio natural que se desprende desde dentro.

Elegí el vestido celeste para combinarlo con el cielo que había comenzado a llorar.
«No pelearé sola».

Al bajar, papá ya tenía preparado el desayuno. Sonreí al verlo nervioso. Era su primer día en el nuevo puesto.
  Mientras él se distraía en una llamada telefónica, le preparé la lonchera. Todo lo anterior parecía solo un mal recuerdo.

—Buenos días, Klay. —Dejó el teléfono de lado, dándome un beso tronado en la coronilla—. ¿Dormiste bien? ¿Cómo va la herida? ¿Duele?

—Buenos días, Revólver. —Reí por su bombardeo de palabras—. Descanse perfecto y... la herida duele un poco.

Canalizó que hacer. No se demoró ni medio segundo.
Agarró mi mano y cerró brevemente los ojos. «Por tu llaga fuimos curados», alcancé a oír. Confirmado, nada de pastillas.

—En tus sueños te veías algo intranquila. —dijo al apartarse—. Estuve por despertarte pero, repentinamente... —sonrió para sí mismo—. Me abrazaste. Ves, soy magnífico.

Él ya estaba de espaldas a mí.
Se me anudo la garganta porque, no faltaba preguntar. Papá había esperado a que me quedara dormida; hasta que el temor se extinguiera, haciéndome ver así que no podía esperar menos de lo que él sacrificaba. Orando para que el verdadero amor perfecto me arropara.

Insistió en cambiar la gasa. Estuve de acuerdo. Mientras yo dormía, su magnífico trabajo de curación estaba estropeado.

Se nos hacía tarde.
De inmediato fui a su armario y escogí un abrigo que fuera a juego con el mío. Si lo dejaba en sus manos acabaría siendo una mezcla visual bastante desprolija.

Amé ese viaje en auto hasta el instituto. No deje que ningún acontecimiento arruinara esos minutos.

Papá se estacionó.
La llovizna descendía del cielo sin un mayor interés que, al menos para mí, era embellecer el paisaje. La vida.

—No olvides el paraguas. —dijo—. Mucho menos darles luz, Solecito.

—Y tú... —Me volví para sonreírle—. Haz latir esos corazones a vida nueva por medio de la palabra.

Él alzó la mano a modo de promesa.

—No los mates, Revólver. —Añadí.

—No es ese mi trabajo. —En su grisácea mirada la nostalgia se apresuró—. ¿Estás bien?

¿Cómo debía responder?
Las evasivas solía descubrirlas con un determinado analices.
Ahora mejoró. Es un detector de mentiras andante.

—Quería disculparme, papá. —Baje la mirada—. Ayer me comporte extraño.

—No me preocupa. —Dijo en cambio.

Negué, con la alegría circulando en mis venas, la misma que su presencia y pláticas me causan.

—¿Por?

—Jesús, Klay. Esa es la respuesta.

—No la entiendo.

—Lo lamento por ti. —Se burló pero de esa forma inigualable—. Espero lo descubras.

—Yo también, Revólver.

Abrí la puerta, preparándome para bajar. Pero su carraspeó me detuvo.

—No lo olvidé. —Regrese para darle un beso en la mejilla.

Él asintió con un ápice de orgullo.
Lo vi dejar caer la armadura.
Lo que pesaba sobre sus hombros y el agotamiento de otro día.
Sin reservas o mentiras.

—Te quiero, Klay.

—Te quiero, papá.

Salí del carro, extendiendo el paraguas. Espere a que él abandonará el estacionamiento. Espere a sentir el aire mezclado con las gotitas de lluvia, y al convencerme, avance con el aire retenido.

Por el clima no se me hizo extraña la ausencia de mi escuadrón.
Para entrar al instituto debí ir con la idea firme de evitar a toda costa encuentros indeseables. Uno en particular.

Logré llegar a mi primera clase.
Con el alma estremecida, con los sentidos alerta, con la incertidumbre de sí me veían raro o eran ideas mías.
Con el pulso descontrolado y la respiración pausada.

Fui a mi lugar.
Necesitaba la compañía de Brays o Bri, la protección de Nicolás o la severidad de Luv. Necesitaba a Paxi, pero esa primera clase no la compartía con ninguno.

El profesor entró y no pasaron novedades importantes.
Ni siquiera debí apuntar algo ya que, él estaba más interesado en hacernos ver el porqué era el catedrático favorito.

Deje caer la cabeza sobre el escritorio. Los párpados me pesaban.
Apenas había alcanzado a oír el final de la clase cuando la estampida de estudiantes atravesó el corredor y los gritos alentaban a ir tras ellos. No estaba interesada.

Excepto cuando tuve la terrible sensación de que, lo que estaba sucediendo, involucraba un asunto personal. Para mi desdicha, no me equivoque.
«Es Timothy y el nuevo Capitán del equipo de básquetbol». 

No acabe de escuchar más y me moví por una fuerza superior a mí. Le suplique a Dios que todo fuese un invento o exageración cuando menos. Es que no podía tratarse de Tim. No él. No ellos. El trayecto se me hizo interminable.

Me abrí paso a como pude entre empujones y uno que otro que tiraba de mi cabello.
El gimnasio era a donde todos iban y mientras más me acercaba, más mi corazón latía. Llegué y la mezcla de chillidos y gritos alentaban a que terminaran de romperse la cara.

El alma se me cayó a los pies.
Brayson forcejeaba por separar a Timothy de Jaxon, quien estaba a horcajadas sobre él e, intentaba propinarle un golpe certero tras otro.
Brayson perdió equilibrio. Tim sacó ventaja. Sorprendentemente, no fallaba. La ferocidad en su mirada era algo que no creí que lograra menguar.
Nicolás tenía a otro, que no logré distinguir; lo sujetaba de la camiseta sin importarle que la nariz le sangrara. A velocidad rápida estudié la escena. Al parecer el rubio evitaba que los demás se le fueran encima a Tim.

Verlos fue otra manera de agonizar.
Atónita, camine hacia ellos.

—¡Anda, eres un poco hombre!

—¡Timothy, basta! —Gritaba Brayson, forcejeando. 

Estremecida por presenciar a lo que habían llegado y que las consecuencias eran irreversibles, viendo desde ya los rostros de los presentes al margen del gimnasio, una puñalada de culpa y tristeza me atravesó.

No dije nada.
Solo me pare desde donde Pax pudiera verme.
Vi su rostro. Tenía el labio ensangrentado y el sudor le corría por los laterales del rostro.
En sus ojos había amargura y repulsión.

El corazón se me partió.

Jaxon decidió tomar ventaja y lo empujó, logrando quitárselo de encima. Él no parecía afectado.
Se incorporó sin demasiado problema. Al sentir mis ojos arder, aparte la vista de ese sujeto.

Allí, una mirada opuesta chocó con la mía. De inmediato aquella rudeza se desvaneció y me contempló por largos instantes. En los cuales el dolor fue latente.

Timothy dejó caer todas la barreras y determinado, se puso de pie.
Le pasó por un lado a Jaxon, pero se detuvo un paso adelante. Negué con la cabeza. Él se esforzó por no regresar.
El enojo transitó fugazmente y reanudó sus intenciones.

Llegar a mí.

Ni bien estuvimos frente a frente, percibí su respiración desastrosa y el fluir de la sangre.
Tim no parecía interesado en curarse.
Agitado, quiso acercar la mano y tocar mi mejilla. Se detuvo. Así de precavido, mostrando el cuidado por si no me sentía cómoda.

—Paxi... —gimoteé.

—No importa ahora. —Esclareció, refiriéndose a su rostro—. ¿Qué te hizo?

Apretó los dientes, tratando de calmar la cólera. No acababa de comprender cómo todo se había vuelto complicado y dimensional.
Quise explicarlo pero no logré resolver de que forma.

Todo estaba pasando tan rápido que no supe ni en qué momento los profesores ya se habían hecho cargo de manejar la situación.
Tras de Pax, vi aparecer a la profesora Milli y a la maestra auxiliar.
La ansiedad pesó sobre mí.

Nicolás se dirigió a nosotros, no sin antes pasar pateando a uno de los amigos que asistía a Jaxon.
Por accidente, según la disculpa que llegó segundos después.

—Mentir es malo. —Lo regañó Brayson.

Nicolás chistó.

—Cierto. Retiro la disculpa. —Dijo por lo alto.

—Estamos en problemas. —reflexione y los tres chicos que me rodeaban no parecían afectados en lo absoluto.

—Nosotros, tú no. —Arrojó Pax. Nick le ofreció la sudadera y él no lo desaprovechó. Se limpió la sangre e hizo presión por varios segundos.

—Ustedes, a la dirección. —Zanjó la maestra auxiliar a nuestro grupo. Los demás involucrados iban guiados por la profesora Milli.

—¿Ella también? —Alegó, Brayson.

—Sí, Jovencitos. La señorita Brennett es la principal.

Definitivamente lo peor se aproximaba. Conforme avanzábamos los tres chicos formaron a mi alrededor una barrera humana. Y es que existe ese tipo de dulce protección, pero no capaz de silenciar el ruido.
Escuché los murmullos.

«Y eso que son evangélicos». Alcé el rostro, pero los tres parecían a prueba de balas. Brayson se salió del desalineado plan para sonreír y, regresar así, a ser un muro impenetrable. 

Era una mañana lluviosa de invierno; la nitidez de la sensación puede comprobarlo. Recuerdo verme caminar y sentirme derrotada.
Recuerdo alzar la vista y ver hacia el ventanal, todo tan gris y triste que pensé que lo había estropeado pero, aquellos rayos de luz que me dieron su amoroso calor; no del sol, más bien de algo mucho más tangible. Provenía de las personas que me acompañaban. De ese tacto áspero, o la risa ronca que advertía que nada de lo que decían le importaba. De una chispa aflorando por los aires que sin obligaciones me instó a esbozar una sonrisa y aspirar en lentitud el olor fragante inigualable.

Desconozco sus pensamientos, pero supe que sus corazones exhalaron un aroma inolvidable.
  Tuve el honor de estar sensible, tal sensibilidad me ayudó a comprender que el olor que impregnaba el aire era una manifestación de un amor puro y sincero que nacía de un corazón donde habita Jesús.

Me fijé detenidamente, oyendo esas palabras que usaban para dirigirse solamente a mí. Ese caminar perezoso pero de semblante letal.
El olor se fue volviendo suave, pero, ya sabía de su existencia.

—Es tarde para disculparse.

Brayson fue el primero en hacer visible la neblina de inquietud que el resto sentíamos. Apoyó los codos en las rodillas y, exhausto, escondió el rostro entre sus manos.

—Demasiado tarde, Beckett. —Paxi le dio dos palmaditas.

—¿Te arrepientes? —preguntó Nicolás.

—... ¿Es malo decir que no? —La voz de Brays vaciló.

—No. Estas siendo sincero.

—Estamos. —Añadió Tim.

—Pero... es vergonzoso. —Brays irguió la cabeza—. Ya visualice la regañada que mamá me dará. Después de todo, este golpe no se podrá ocultar.

—No es vergonzoso. —Enfatizó Tim—. No ves que no hicimos nada en secreto. No somos participes de las obras de las tinieblas.

—Lo hicimos a la luz del día. —Apoyó Nick, satisfecho. La enfermera le había dado un algodón para que retuviera el sangrado de la nariz, prohibiendo que echara la cabeza hacia atrás.

—¡Qué consuelo!

—¡Pues claro! Manifestamos la evidencia.

—Es más. —Continuó Tim a la sarta de disparates que estaban diciendo—. No sé ni porque estamos aquí.

El silencio se prolongó por breves instantes. Yo estaba por desmayarme y ellos le restaban interés a la gravedad de la situación.

—Son un trío de necios e impulsivos. —Regañé—. ¿¡Por qué, por qué?! —Me queje entre dientes—. Se ha complicado más.

Cerré por brevísimos segundos los ojos. Estaba en el medio, justo donde no quería, en un dilema de torrenciales soluciones que debía idear a la velocidad de la luz. Ya no se trataba solo de mí.

—¿Qué se ha complicado?

Abrí los ojos al sonido de la voz que venía acompañada de tristeza.

—No es nada, Brays. —Me tragué las lágrimas—. Lamento que estés en problemas por mi culpa. Lo siento por los tres. —murmuré.

—No, nena. —El rubio agarró mi mano. Timothy se incorporó. Me alegraba que estuviese en un sosiego pleno—. Quizá sí actuamos como unos insensatos...

—¿Actuamos? —reiteró Pax.

—Sí. —Remarcó Nick—. No estuvo del todo bien. Pero, yo aún no estoy informado de lo sucedido.

La confesión fue el puente que me llevó a completar la travesía de impulsos que me sacudían. Lo mire confundida.

—Ni yo. —Reconoció el aún ruloso.

—¿Entonces por qué estaban peleando?

—No podíamos dejar solo a Pax. —Argumentó Nicolás.

—Haber si entendí. —Negué en ironía—. ¿O sea qué, porque Timothy se agarró a golpes con un descerebrado, ustedes también?

—Si lo dices así suena algo... irracional.

—Es que lo es, Nicolás. Esto no tenía porque pasar a mayores. Nadie más debía...

Callé de pronto.
Tim debía tener una idea de lo que pasaba. Vi en sus ojos una chispa de contenido enojo.

—¿Nadie más qué, Klairy? Explícame lo que sucedió.

—No. —Luche por salir de esa pregunta abrumadora—. Es mi turno de pedir explicaciones, aunque ninguna será razonable, Pax. Míranos donde estamos.

A mí también me enojaba. Sentía que Jaxon estaba ganando. Qué me tenía donde quería. Deteste vislumbrar el triunfó en su cara.

—Siendo justos... —Tim farfulló—. Beckett solo fingió agarrarme para no vernos tan... abusivos.

Eso último lo dijo arrastrando cada letra. Empezaba a recapacitar en sus actos y eso me hizo feliz. Que los tres interiorizaran en esa acción lejana a ellos. Que consiguieran entenderlo y no que hicieran como si no existiera.
Porque lo único que a mí me importó fue no verlos convertidos en oscuridad.

No podían ser partícipes de algo que en otro tiempo nos destruyó.
No podíamos contristar ni defraudar a la persona que estará con nosotros hasta el fin del mundo.

Nos mantuvimos así hasta que la horrorosa voz nos obligó a salir de esa forma bonita de hablar entre nosotros.

—Miren que novedad. —Jason dibujó una sonrisa burlesca—. Los niños buenos están a punto de ser expulsados. ¡Rompiendo récords, eh! Apenas es el segundo día.

Tim lo ignoró. Nicolás y yo decidimos que no valía la pena. Sorpresivamente, Brays... ¡Oh, Brayson! Acabó por meterle el pie.
El pobre de Jason cometió el error de apoyarse en el hombro de la profesora Milli. Error garrafal.
Ella no dudó en verlo con desprecio, asegurando que le levantaría un reporte.

—Opsss. —siseó Pax.

Sí. Debían profundiza en sus actos.
  No pude decir más.
El profesor Andrew y la maestra auxiliar salieron de la dirección.
Jaxon iba del lado contrario. Debí apretar mis manos cuando vi esa sonrisita tirar de sus labios.
El profesor Andrew se interpuso en mi campo de visión.

Sonrió con dulzura.

—Acompáñeme, por favor, señorita Brennett.

Asentí, temerosa.
Él me vio como una persona distinta. La realidad, eso vio.
Me puse de pie, tardando más de lo que la acción natural requería.
Me daba miedo lo que fuera a pasar. Sabía que todo lo sucedido acarrearía más problemas.

El profesor tuvo paciencia. Marcó cierta distancia. Y dispuesto a ser  reconfortante, se ofreció a ir él primero. Le seguí el ritmo, presa del pánico. Aún no entrábamos a la dirección y la enfermera llegó con los otros dos involucrados, quienes, asimismo, optaron por sentarse frente a los atacantes. No me quede para averiguar la clase de “charla”, que se iniciaría allí.

A pocos pasos, vi a las chicas que fracasaban al pretender ocultarse.
Brisa brilló con una sonrisita, alzando la mano de Lluvia. La zangoloteo para que la pelirroja saludara.
No pude devolverles el agradecimiento.

Solo atice a tratar de comprender el mensaje que Bri, se esforzaba por enviar. No podía entender mucho si sus dos pulgares estaba hacia abajo.

Al entrar, el director dejó de masajearse las sienes y recobró la postura recta. De paso, las ganas de trabajar que debió rebuscar con paciencia.
Lamentaba lo sucedido.

Dentro estaba una profesora. Supuse que era para crear un ambiente más cómodo. No funcionaba del todo. Mi respiración era pesada.
El profesor Andrew jaló la silla y me invitó a tomar asiento.

Lo hice, esperando que lo que tenía planeado funcionara.
No quería hacerles difícil el trabajo. Mucho menos complicar la situación de mi muralla humana.

—No los expulse, por favor. —Supliqué. El director frunció el entrecejo—. No justifico lo que hicieron pero, no merecen ser expulsados.

—¿Piensa que está aquí por sus amigos?

Se bien que por algo más.

—Sí.

El director negó.

—Después de todo piensa en ellos primero. ¿Me equivoco? —Cuestionó con voz trémula. Sacudí la cabeza—. Es admirable, señorita. Pero, no está aquí para hablar de las consecuencias que, sí o sí, deberán enfrentar esos chicos.

Enfrentar.
La desilusión retumbó. Pero no fue la razón por la que mi corazón latió frenético. Por lo cual quede helada.

—Estamos aquí para tratar un asunto más delicado que, se debe aclarar. —Anunció la voz femenina.

—Hemos hablado ya con el implicado, sabemos ya su versión de los hechos, pero queremos oír la suya. Es importante. —Prosiguió el profesor a mis espaldas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero—. Como sabrá, de ser cierto, es algo terrible.

—¿C-ómo?

—No se asuste, señorita. —El director me sonrió, tranquilizando la tensión que se estaba acumulando—. No quiero hacerla sentir abrumada. Entiendo lo tenebroso que puede ser dar explicaciones, pero quiero que sepa que, aunque las necesitamos, esto no es un interrogatorio. No se presione a sí misma.

—Nosotros no lo haremos. —Aseveró el profesor—. Solo deseamos oír y, si hay algo que deba ser castigado, no dudaremos en apoyarla.

En el principio una mala decisión manchó un hermoso propósito.
Al oír a esos dos adultos, las paredes azules que parecían cerrarse en torno a mí, se derrumbaron.
Inspire hondo, recobrando el aliento.

—¿Cómo lo supieron? —Pregunte, temí no ser escuchada.

No fue así. Cuándo existen personas dispuestas a escuchar, un susurro es tan poderoso como un grito 

—Richi. El testigo confiable. —El director rió.

La tensión en mis hombros disminuyó.

—Él dio el aviso hoy por la mañana. Ayer no se quedó tranquilo.  —El profesor cerró la lejanía. Frente a mí, me pidió, en un gesto efectuado con la mano, dirigir la vista a las pantallas localizadas en la esquina de la habitación—. De inmediato revisamos las cámaras de seguridad y vimos lo sucedido. ¿Quiere verlo? —Inquirió. ¿Quería hacerlo? Por supuesto que no. Pero tenía qué. Así sería más convincente. Le dije que sí en un movimiento de cabeza—. Bien, como podrá darse cuenta la secuencia es clara.

Debí ser fuerte. Esforzarme por no gimotear de dolor. Por mis venas transitaba rencor y culpa.
Allí estaba yo, corriendo para brindar ayuda. Nadie obligándome a entrar.
Cerrándose la puerta, asfixiando mi alma. Tener que obligarme a revivirlo es algo que debí atravesar con gallardía, haciéndome ver que no podía sola.

—Es suficiente. —Lance la prórroga en un hilo de voz.

—Claro. —Él detuvo la grabación.

—¿Está bien? ¿Quiere un té? —El directo se mostró inquieto.

—Estoy bien. —pronuncié.

—Tengo una hija de su edad. —Comentó la autoridad mayor. Se veía afectado. Incluso impresionado de verme allí—. La veo como a usted. Son solo unas niñas. Por lo tanto, si sucedió algo allí dentro y teme decirlo, por favor, no tema.

Estuve por soltarlo todo.
¿Qué me detuvo? Lo único que todos aquellos que lo hemos vivido, pero que solo unos pocos tenemos en común. No me refiero al miedo. No a eso.

Ni mucho menos apoyo la idea de que aquel que actuó sin ningún tipo de misericordia, capaz de violentar y matar, no merezca un justo juicio.
Pero Dios puede cambiar el curso de la historia de cualquier ser humano.
  La mezcla agridulce en mi paladar era contraría; dulce, porque estaba recibiendo el apoyo incondicional de dos autoridades escolares pero, amarga como la hiel, por tener que pasar por encima de mí misma.

—No tengo miedo. —Dije, fortalecida. Aún me agrada oír la voz de aquella chica que habló. La misma que hoy Dios tiene de pie, la que en esa ocasión no fue capaz de reconocer lo fuerte que había sido—. Yo entre por mi propia voluntad, no hay duda de eso. —Tome una respiración—. Lo que pasó allí dentro... —No mientas—. Sí sucedió una agresión, pero, antes de contarlo, me gustaría saber algo primero.

—No. —El profesor estaba en un evidente desacuerdo—. No importa que nivel de agresión haya sido. Es una agresión de igual forma. Nada de lo que él haya dicho es de relevancia.

—Profesor. —Pidió el director. Él Obedeció a su superior. Incluso sin verlo, pude sentir el trabajo que le costó acatar—. ¿Qué desea saber?

—Supongo que ya han interrogado a Jaxon.

—Supone bien.

Tragué en seco.

—¿Qué dijo él?

Dios, qué difícil fue.

—No puedo proporcionarle esa información.

Avance con cautela.

—Por favor. —implore.

Aquel semblante osciló, acabando por pedir una opinión razonable.
Se la dieron.

—Coincide en que hubo una agresión. —Comunicó con pesar—. Según sus palabras, no una forzosa o sin consentimiento. Un juego lleno de incidentes, nada más que un simple... beso.

Humanamente me afectó.
Quería que todo el peso de la justicia cayera sobre él y que fuera llevado a la horca. Jamás volveré a minimizar lo que me hizo. Porque el daño que me causó estuvo de acuerdo conmigo. Merecía ser castigado.

—Usted, que conoce mejor a los estudiantes, ¿cree que él es ese tipo de persona que agrede con intención?

—Eso no importa. —Opinó el profesor—. Disculpen que interrumpa, pero esa clase de personas nunca parecen ser lo que en realidad son. Dejan salir sus peores intestinos sin que uno lo vea venir. Mientras más confiables parecen...

El director inspiró, quitándose las gafas. Los dos entendíamos el enojo del profesor, quién, optaba por querer corregir el camino de Jaxon. Aún está a tiempo. Esa cualidad complicaba seguir sin mezclar los sentimientos. Porque tuvo razón.

—Seré sincero. —Empezó el director con un dejo de serenidad—. No lo creía capaz. Conozco al jovencito desde hace unos años. No obstante, soy consciente del límite humano que todos tenemos. Algunos deciden traspasar esa delgada línea y revolcarse en esa miseria, que curiosamente, les da placer y felicidad. No creo que exista alguien que no esté propenso a caer en esa inmundicia. Y cuando para ellos es un gusto causar daño, creo también, que la justicia debe imponerse sin remordimientos.

Había de dos. Pensé en papá, en mis amigos pero, principalmente, en Jesús. ¿Qué pasaría si tomaba la decisión equivocada?
Lloré amargamente, lo reconozco. Pero nada de eso implicó o tuvo relación alguna con esa decisión.

No quería dejarme llevar por una corazonada.

—... ¿Señorita?

El director volvió a hablar. Pause mi dolor, mi angustia y todo lo vengativo con respecto a Jaxon.
Pero estuvo esa otra contraparte que, me llevó a callar la verdad.
La misma donde yo salía venciendo con mis propias fuerzas.

—Yo entré bajo mi propia voluntad. —dije con firmeza—. Es cierto... él no me obligó a nada más... —Me detuve para recobrar fuerzas. ¿Eso era lo mejor? ¡¿Qué te ocurre?!

Los tres adultos en esa sala no se lo creyeron ni por un segundo.
Pero, existía una prueba de la veracidad de mi confesión.

—¿Cuál fue la agresión? —Refutó la profesora.

—El que me encerrara sin mi consentimiento. —declaré.

—¿Violó su privacidad? —El profesor Andrew sonó un poco más convencido.

—Es así. —reiteré.

Respiré el triunfo.
Sin embargo, el director veía las inconsistencias de mi versión.
Acercó sus manos al borde del escritorio y se impulsó hacia atrás.
Lo descubrió, me dije con histeria.

—Profesores, todo se ha aclarado. —Sonrió por inercia—. Ahora, si no les importa, les pido que esperen un momento afuera. Hay cámaras aquí dentro, no deben preocuparse por la seguridad de la alumna. Pero, quisiera charlar un momento con ella en privado. —Volvió la mirada hacia mí—. Si no le importa, señorita Brennett. Serán solo unos segundos y los profesores estarán a pocos pasos.

Claro que sospechaba.
Sencillamente escondía esa verdad para el resto. 

—No tengo inconveniente.

Al oírme, los dos profesores abandonaron la habitación.
Ni bien se había cerrado la puerta, mis nervios me jugaron un mal momento. El director inspiró hondo.

Mantuve la vista estancado en el material de mármol que resplandecía en la superficie del escritorio.
Imaginé perfilar su textura con la yema de mis dedos y... ¿qué me sucedía?

—Se que algo sucedió. —Dijo, sin darme tiempo a contradecir—  Respeto lo que sea que haya decidido, no la quiero presionar y, si ayer no lo hice, mucho menos ahora. Pero, entienda que necesito que sea sincera. No puedo permitir que este chico pueda volver a repetir el mismo agravio con alguien más. Por lo tanto, quiero que responda esto: ¿él la obligó?

No podía permitir que eso le sucediera a alguien más. No quería repetir ese error.
Sus palabras me ayudaron a razonar.
A dejar de sentir vergüenza. 

—Sí. —Decirlo se sintió excesivamente liberador—. Lo hizo.

Él me sonrió, asintiendo.
Se asemejó a una especie de felicitación. Una que me conmovió.

—¿Y, puede asegurarme que no paso nada de lo que imagino?

—No sucedió más. Desconozco si hubiera pasado, pero no sucedió gracias a Dios y a Richi.

La luz de la compresión alumbró en su semblante. No fue duradero. Aún tenía varias incongruencias merodeando por su cabeza.

—Ahora, no entiendo porqué no quiere acusarlo. ¿Por qué negarlo todo desde el principio? ¿Quiere darle una oportunidad?

—No es nada de eso. Ayer no lo hice porque... —No podía contárselo. Que todos esos malestares, intuía, ya tenían un responsable de antaño, aunque al final me haya equivocado—. Fue muy confuso. Y respecto a Jaxon... se que no puedo decirle nada sobre que castigo implementar, solo quiero que esté lejos de mí. Es lo único que pido.

La resignación se plasmó en sus gestos.

—¿Está segura?

—Lo estoy. —Contesté—. Se que usted está comprometido con su trabajo y puedo asegurarle que si algo de esto vuelve a ocurrir, no dudare en denunciarlo.

—Me alegra oírlo. Y aunque no entienda lo que ha decidido ni el porqué lo hace, respetaré lo acordado.

Él estaba por acabar con el asunto.
Yo hablé sin pensarlo dos veces. 

—... ¿Director?

—¿Sí? —Se interesó de inmediato.

—¿Y si me estoy equivocando?

Por su cara deambulo la misma duda. El gesto de convicción, lo delató.

—Eso pensé al principio. No se lo diga a nadie pero, he admirado la decisión que tomó. —Dijo—. Creo que es un riesgo alto el que está tomando. Sabe perfectamente que fuera de las instalaciones, no depende de mí.

Tragué saliva.
Mi alma gritó de dolor. En mi semblante, la pena se hizo evidente.

—Pero... cuando estuve hablando con Jaxon, pude vislumbrar arrepentimiento genuino. —Compartió, pensativo—. Sabe porque le dije que no lo creía capaz. —Rio fugazmente—. Es que ese muchacho ha demostrado ser respetuoso. Con esto claro, no lo defiendo. Nada podrá jamás justificar una agresión.

No me interesó más saber de lo que habían conversado.
Para poder volver a ver a Jaxon y no sentir repulsión en el intento, aún queda mucho tiempo para lograrlo.
Para sanar.

El día que lo haga, diré feliz por mí, es parte del pasado.

Agradecí que el director tuviera la gentileza de no preguntar más.
Ni siquiera yo misma estaba convencida de estar en lo correcto, pero ya no había vuelta de hoja.
Salí de la dirección para encontrarme a dos chicas, a primera vista, que estaban planeando como meterse en problemas a propósito.

El temblor agónico que mi cuerpo sufría por la resiente exposición a la dura presión que había sido sometido, me dio espacio.

Corrí a abrazarlas.
Brisa irradió de alegría. Lluvia se contuvo y se alegró de verme.
Aunque toqué el tema con el director sobre la expulsión de mis amigos, él prometió darles una buena charla sobre la violencia y el impacto negativo que trae a la sociedad, en la sala de audiovisuales porque sí, incluía reportajes. Sin quitar el castigo, mayormente, de convivir con Jaxon y sus amigos.
Compañerismo obligatorio.

No quería imaginar la reacción de Pax.

Ese día al concluir las clases, nos quedamos a esperarlos de su primer día de castigo.
Bri andaba comprando frituras según medianamente recuerdo porque: es para que te sientas mejor, bebé; y Luv, quedándose a mí lado, adelantaba la tarea.

El día seguía nublado.

Me encontraba con una sensación de optimismo. «Al menos, se solucionó una parte». Justo cuando ellos ya venían saliendo y, Brayson y Bri venían absorbidos en sus conocidas riñas, el cielo anunció un torrencial aguacero.
Le ayude a Lluvia a guardar su cuaderno empastado y, en ese corto lapso de tiempo Nicolás gritó que nos refugiáramos; obedeciendo, nos echamos a correr.

No llegamos tan lejos y ya nos habíamos empapado.
Juntos nos refugiamos bajo el túnel que, a la luz del presente, se ha restringido.

Me gustó sentir la lluvia. No comenté nada al respecto sobre que llevaba mi paraguas. Quería ser parte de ellos.
De la sensación que se manifestó al mundo con risas y carcajadas.
Una parte de mí se aferró a la ilusión de que, pronto mejoraría.
Aunque es difícil, ¿no? Creer con todo el corazón en alguien que no vemos.
Pero a través de esa copiosa lluvia, Dios me lo hizo ver.

No le seguimos con fe ciega.
  No le vemos, pero, es que la fe tiene formas diferentes de ver.

Él empezó a tomar el control. Confió en mí, esperó a que me diera cuenta.
A que dijera: haz tu voluntad y no la mía.

A pesar de sentirme agotada, alcé la vista al cielo y me di cuenta que, podía verlo. Que después de saber lo que se ocultaba, nada sería igual que antes. Dentro de mí sentí la desolación descendiendo sobre mi corazón y la angustia de mi espíritu.
Ignoraba que llegaría la respuesta. La que saciaría mi sediento y reseco corazón. Para mí sería, lo que a la tierra agrietada y desértica, es la lluvia.

Me había ausentado del presente.
Regrese, cuando Pax hizo evidente la necesidad de aclarar lo escuchado.
Agarró mi mano. La aparte cuando su tacto provocó que sintiera el ardor de la incisión que, había olvidado, existía.

Me vi la palma de la mano. La hendidura tenía un aspecto rosáceo.
Probablemente la gasa se había desprendido. Hale de la manga del vestido para protegerlo.

—Se ve reciente, ¿estas bien?

Nicolás intervino, pasándose las manos por el pelo mojado. Tuvo toda la intención de ser evidente.
Los demás no dudaron en arrimarse con “disimulo”.
Pax los encaró, cruzándose de brazos.

—Es para no morir de frío. —Explicó Brayson, nervioso—. Ya tenemos suficiente con la frialdad de Nick.

—Hey —Alegó el rubio.

—Además... —Bri trató de argumentar. Se interrumpió de repente para pensarlo bien—. La unión hace la fuerza.

—... Hazte para allá —interrumpió Brayson, contradiciendo de forma jocosa lo anterior.

Tuvieron una discusión de miradas. Bri no parpadeó ni al llevarse una papita a la boca. Ninguno de los dos daban un aire siniestro. Menos Brays con esos ojos avellanados repletos de dulzura.

Lluvia era la que no se asomaba demasiado. Trabajábamos aún para que diera el último paso. A dar el salto y tomar la mejor decisión de su vida. Acabó por fundirse en el suéter que Nicolás le había dado, no preguntado si lo quería. No le gusta arriesgarse a los rechazos de la pelirroja.

¿Habría podido decirles la verdad ese día? No. De ser así, lo habría hecho.
Oírlos en sus bonitas y sinceras formas de ir mejorando, me ayudó en el camino. Quién diría que su amistad me haría sentir así de bien.

Finalmente Luv decidió reunirse.
  Paxon permaneció en silencio, estudiando mi actitud. Pero ya estaba mentalmente preparada para el escrutinio. Pax tiene ese sentido audaz y una mirada transparente. Es su mayor arma; le da uso y sabe en qué casos emplearla y, como utilizarla. Ha mejorado, con una sola, es capaz de derrotar una mentira.
Agradezco que para ese momento, aún no lo dominaba por completo.

—No estás bien, Klairy.

Me atemorizó la conclusión de su descubrimiento.

—Es cierto. —Luv estuvo de acuerdo.

Brisa bajó la vista. No dudó en aventarse a mis brazos.

—Estuve asustada por ti, baby Klay. —Esnifó.

Estaba al borde del llanto, al igual que yo.

—Yo igual, corazoncito. —dijo Brays con la voz quebrada.

No hizo falta más declaraciones.
Lo vi en sus rostros.

—¿Qué te hizo?

Mi corazón dio saltos cuando Brisa se apartó. El enojo de Tim estaba abriéndole un lugar a la ira. No le importó en lo más mínimo encubrirlo. Conservó rasgos que lo identificaron. A mi amigo.

No los perdería a ellos.
Grité de dolor, creyendo que mi Jesús no me olvidaría.

—¿Quieren saberlo?

Me dolió en el corazón verlos a la cara. Esos rostros preocupados, evidenciando el amor de Dios.

—Lo que sea, podremos resistirlo. —alentó Nick.

Inspiré. Estábamos tiritando.
Agradecí las gotas de lluvia que se resbalaban por mi rostro, así las lágrimas podrían pasar desapercibidas.

—No sé si...

—Soy fuerte. —murmuró Pax.

¿Pero lo soy yo?

—Jaxon... —Mis lágrimas decían lo contrario—. No hizo nada.

—¿Estás segura? No puede ser. Oí claramente a ese grupo de mundanos y... ¡no! Además, algo no cuadra. —analizó Pax, alarmando al resto—. Jaxon no pudo verme a la cara y negarlo porque es un cobarde.

Debía excusarlo.
Era enfermizo pero, no podía ser creíble de otra forma.

—Es... inocente. Yo l-e ayude a llevar unas cosas a la consejería, nos quedamos encerrados y eso fue todo. —Me faltó el aire. El mar infinito del miedo se hizo real—. Los que estaban allí lo malinterpretaron y, sacando conclusiones, se inventaron todo.

La expresión de ellos me alarmó.
Sentí una parte del cuerpo dormido. Las ideas se me revolvieron creando marañas de confusión; la poca estabilidad era absorbida por el terror. Las lágrimas inundaron mis ojos.

—Entonces, ¿por qué lloras, Klay?

Los rastros de la verdad fueron dejados atrás.

—Es que estoy demasiado triste por oír lo que...

—Está bien, está bien. —Consoló el chico de corazón sensible—. Nos equivocamos al creer los disparates que, como tú dijiste, son inventos.

Ay, Dios.

—¿Esa es la verdad?

Timothy necesitó volver a oírlo.
Luv atrapó su brazo, pidiéndole tranquilidad.
Lo consiguió. Opuesto a mi sentir; una catástrofe desatándose.

Tuve que verlo a los ojos.
Transparentes, pero como dije, pulirse hasta ser brillantemente azules. No oscuridad.

A excepción por su sonrisa moribunda.

—Es la única verdad. —dije con voz decidida—. El resto son... mentiras.

Lo creyeron.
Tim con una postura que no pretendía esconder nada, agregó:

—Me saldré del equipo de básquetbol.

Hubiese creído que era una decisión tomada por todo lo horroroso que yo había dicho, pero Pax jamás lo permitió. Ahora sé que él empezaba a atravesar sus propias luchas. De luto por un muerto en vida. Nadie allí cuestionó su confesión. Cuando Pax expresa su franqueza, es porque ya lo ha conversado con Dios y nadie lo hará moverse.

—No creeremos nada de lo que digan, nena.

El primer destroce.

—Sí, niñita. —Bri copió la pose de Nicolás.

—Así será, Klay. —Luv hizo el saludo militar que papá le había enseñado.

—Por supuesto, Corazoncito—. Los ojos dorados de Brays destellaron en completa lealtad.

Necesitaba un abrazo y él me lo dio. Lloramos ese día, casi todos.  Necesitaba que me estrecharan con fuerza. Oírlos para recobrar la cordura y los sentidos.
Me ayudaron.

Timothy estuvo por pedirme perdón por haber actuado sin meditarlo.
La culpa me arrolló. Cambié el rumbo de la conversación.

—No lloraste, Tim.

Me miró sin contemplaciones.

—No era necesario.

Estuvo por cubrirse con la capucha. Detuve su intención. Él me regaló una de esas sonrisa que, conforme el tiempo corriera, empezaría a olvidar.
Timothy no era de llorar. Lo descubrí el día que su padre los olvidó.
Lo hace, especialmente, solo para Dios.

—Cuando llores, yo lo haré contigo. —Le di mi palabra.

—Gracias por confiar en nosotros. —dijo en cambio—. No te defraudaré. Estaré contigo.

Lo ha cumplido. Cuando me aislé, él y los demás, no dudaron en quedarse a pesar de lo desagradable que se volvió.

Pax proyectado como una sombra. Porque ignoraba lo de su trabajo. Que su madre ha empeorado. Pero, se aseguró de que yo supiera que contaba con él. Nicolás, sufriendo en silencio por su hermano. Riendo cuando papá me llama solecito. Por dentro, añorando un regreso.

Ese es el relato. Lo sucedido en ese día lluvioso.

Regrese a casa.

Después de eso recuerdo despertar y decirme que debía tener cuidado.
Me arrodille por la noche. Le platique a Dios sobre lo que tenía pensado.
  Papá volvió a desinfectar la herida.
Dormir se sintió como recobrar energía.

Al despertar esa mañana corrí emocionada a orar.
No entendía que no estaba ni cerca de un final agradable. De perderme a mí misma.

Convertida en algo que no era.
No mentí en eso. Al principio no fueron solo murmullos. Los rumores se esparcieron tan claramente que podía oírlos día y noche.
No quería ser una vergüenza para el evangelio, y fue justo lo que llegó titubeante. Un truco satánico que esperaba que yo lo creyera. Esa mentira disfrazada que yo creí.

Llegaría el momento en que yo sería quién le pondría fin al reconocer que era una sucia mentira. Al creerle a Dios y estar convencida de su amor. Yo le di vida, yo se la quitaría.

Llevaría tiempo, pero lo conseguiría.

Lo hice.

No entraré en detalle.
Es solo que para mí era natural permanecer en lo recto y ver la culpa en mi vida, me escandalizó.

Ver cómo empezaron las burlas.
El como rechazaron la palabra de Dios. Tirando a la basura tratados que, yo no repartí, pero mis amigos sí.
Señalando mi vida hasta el cansancio.
No fue por mucho tiempo. Tampoco es que haya sido masivo. Después de unos días, llegó esa calma angustiosa.
Quedándose los que querían vernos destruidos.

Jehová descubrió ante mis ojos a quién menos esperé.

Sirvió para hacer una depuración.
Jen era alguien que siempre se llevaba bien con nosotros. O, eso aparentaba. Entendí porque estaba molesta. «Eres parte de ellos. Capaz, igual a esa», escuche que le reclamaban.

Estuve a punto de ir a defenderla.

—No te atrevas a compararme con una sinvergüenza como lo es ella. —Zanjó la misma persona que había jurado una amistad sincera, argumentando que estaríamos juntas hasta la venida de Jesucristo—. Me apena decirlo pero, no se ni como sigue haciéndose llamar cristiana. Sería mejor que no fuera nada.

La gracia de Dios me ayudó a ver qué no quería una amistad así. De todos, oírla fue de quién menos me importó.
Eran otras opiniones, tristemente, unas que me afectaron. El veneno que me daba la sensación de que estaba sucediendo de nuevo.

Enfriando suavemente mis deseos, enterrando el interés por hacer lo que más me gustaba. Duele verte así, como un pájaro solitario sobre el tejado. Duele ser llevada a la roca más alta. Pero, allí se nace de nuevo.

Rompiéndose.

Lo que que digan que no vale nada. Precisamente eso.
Extraordinariamente, perderá valor absoluto. Jehová hará una nueva creación.

Satanás lanzará sus dardos, habrán días malos en los cuales esos enemigos se enfurecerán y el crujir los dientes develará el vivo deseo por  vernos acabados. Dolerá, mas el reino sempiterno de Jehová Dios nos abrazara.

A mí me costó oír las vulgaridades, mi confianza se quebró. La desesperación por huir crecía sin medida. Me hicieron sentir denigrada. Mi propia vergüenza por callar se contradecía.
Levante murallas de protección, bloqueando cualquier acercamiento de las personas. Me faltaría explicar el papel importante que mis pastores desarrollaron a lo largo de este desierto. No solo respecto a mí; sostuvieron a mis amigos.

Con regaños. Correcciones.
Lo que nunca falla, la oración.
Hombres y mujeres de los que he aprendido; que saben lo que valen. Qué si alguno cae, piden en vigilias interminables que pueda volver a levantarse y vea su valor.
Que cuando la fe le gane a los miedos y la confianza en Dios sea más grande, conquistaran reinos.

Por una persona que, si a punto de empezar la guerra, pierde fuerzas en lo más recio, se hará fuerte en batalla.

Cada experiencia en la vida de un verdadero hijo de Dios, está diseñada para acercarnos a él. No deben ser vistas como un castigo. Hay que mirarlas como un obsequio de la gracia de Dios.

Heisy fue el principal obstáculo que se quedó. No le guardo rencor. Una chica siendo cegada por un enamoramiento fantasioso, es un peligro. Para sí misma. Desde que aquello explotó, no me vio con buenos ojos. En distintas ocasiones debí ir a detención por no ceder a sus constantes provocaciones.
Callaba, porque escucharla a veces era menos doloroso. Un tanto irritante, pero, cuando mi mente decidió trabajar sin mi permiso, me llevaba en retrospectiva y, no ha sido lindo experimentar la intensidad de esas sensaciones que, tardan en desmoronarse.

Heisy se creyó que yo era una exclusividad de Jaxon y sus amigos.
«¿Crees que por meterse en su cama te hace su chica especial?» 
Así es, reclamaba por un tipo que ni siquiera lo merece. No se cómo fue su acercamiento con Nicolás. Qué si trama algo, así fue. Ha dejado de preocuparme. Se quién es ese rubio.

El director no se equivocó. No paso mucho para que Jaxon me buscara.
Entre la multitud de estudiantes, me tomó del brazo y busco un lugar lejos.

Se había llegado la hora.

Eso no podía estarme pasando.
Esas cosas solo ocurrían en las películas. Quizá sí, porque en la vida real dejan a la víctima más paralizada y con miedos.

Pero yo no  iba a sobrevivir.

Iba a vivir.

—Fuiste tú quién se acercó. Recuérdalo, niña...

Niña bonita.
Por favor, no quería que me llamara así.

—Déjame en paz. —farfulle, sin ganas.

Cuatro meses habían transcurrido. Papá cada día más preocupado. Paciente con mis cambios. Enterado, únicamente de lo que a mi manera le conté. —No hace falta que digas más. —Leía la circular—. Si dices que no te molestan y se han inventado todo, es que son mentiras esos rumores.

Me estaba esforzando por superarlo.
Al oír a ese lunático y el montón de locuras que soltaba, reí a mis adentros. Poseía la característica de un manipulador egoísta que creía que una mujer podía cambiarlo.

—Necesito a alguien como tú —suplico.

—No me interesa.

—¿Por qué? No hice nada malo.

Gracias a Dios, no estaba intentando nada, dentro de lo que cabía, forzosamente. Según su equivocó juicio, solo quería hablar y “disculparse”. Empezando mal, porque cierto, jamás llegó la dichosa disculpa. No que yo me haya enterado.

—Nunca procuraste desmentir los falsos que me han levantado, ¿te parece poco eso?

—Pero no estoy haciendo nada ahora. No pienses mal de mí...

—¿¡Qué no piense mal de ti?! —Sacudí la cabeza—. ¿Qué quieres, que deje de difamarte en mi cabeza? No te preocupes, no lo he vuelto a hacer. Pensar en personas como tú nunca me ha interesado. Lo único que generaría es repugnancia.

—Sé que no es así. —sonrió, ególatra—. Esto es mutuo. No entiendo porque tu enojo si, solo iba a darte un simple beso.

No quería seguir escuchando las tonterías que decía. A pesar de mi poca fuerza, me quedé para resistir.

—¿Quieres que lo pida de buena manera?

—No. Aléjate de mí. Eso quiero. No me vuelvas a buscar.

Debía mantenerme firme.

—Sal conmigo. Prometo ser bueno.

Si creía que así se formaban las historias de amor, estaba mal de la cabeza. No cabía duda.

—No quiero nada contigo.

—¿Sí? —Enarcó una ceja—. Entonces, ¿porqué no me delataste?

Bingo.
No demostré en ningún momento lo desagradable que era verlo. Qué su sola presencia me revolvía el estómago.

—Fácil, sentí y sigo sintiendo pena por ti. —Me sentí triunfante al ver que la sonrisa se le borró por completo. Quiso refutar. Por supuesto que no lo permití—. ¿Ves esto? —Señalé la florecita púrpura que pendía de la correa de la mochila. Siempre la llevaba. No sería difícil de creer—. Es una cámara. Todo lo que sucedió ese día quedó registrado y ahora está resguardado en una USB que deje en casa. Y como ya sabrás, tengo el apoyo del director que, no dudará en ayudarme si así se lo pido. Además, no se si lo sepas, pero gracias a que mi familia sabe de leyes, fue fácil averiguar la condena que te darían, no importando que seas menor de edad. Sabes cómo es la ley en esta ciudad. —Quiso refutar. No lo permití—. Mi padre, que si llegas a conocer será tu peor pesadilla, te podrá demandar por una suma elevada debido a los daños causados. Ese será el menor de tus problemas comparado a lo que mi abuelo, un ex Capitán de marina especializado en Taekwondo y miles de técnicas más, te hará pasar. Él mismo contrataría a un abogado para que no pises una prisión. Así sería más disfrutable para él.

Jaxon palideció. Haberme preparado dio sus frutos. No parpadeó; supongo que se le hacía absurdo oír la amenazante advertencia; ¿Era posible? No lo sé. A lo mejor había exagerado con lo del abuelo.
Pero yo no quería ser defendida por terceros o por mí misma. Necesite a Dios para esto.

—Así que después de todo, eso de ser una buena persona es solo una fachada. —Con la poca hombría que le quedaba, decidió atacar.

—No te equivoques. Nada tiene que ver esto aquí. De hecho, si no lo hice fue justamente por eso, deberías agradecerle a Dios.

—No estoy interesado. —Escupió—. ¿Qué quieres, una especie de disculpa? ¿Qué te explique?

—En este momento, no quiero nada que tenga que ver contigo. No te conozco y no quiero hacerlo.

—Pienso disculparme.

—¿Y? ¿Por eso ya debo dar todo por terminado? —Farfulle—. Puedes disculparte. A mí no me interesa tratar contigo solo porque tengas un poco de decencia humana.

—Lo entiendo, ¿una explicación será suficiente?

—No, no entiendes nada. Aunque me des razones para explicarlo, nada justifica lo agresivo y violento que eres.

En ningún momento me acerqué a él.

—¿Te crees especial?

No. Lo soy. Estuve todo ese tiempo desvalorizando mi vida por un tipo que accionó inseguridades.
Es que yo no me lo creía. Estaba segura de ser especial.
Hice oídos sordos. Pero, no podía irme. Aún no.

—Atrévete a volver a ponerme un dedo encima. —dije con total calma—. Y entonces sí, te darás cuenta quién pelea por mí.

No temblé.
Estoy segura que él sí.

—No creo nada sobre lo que has dicho.

—No es mi asunto. Todo en ti, para mí es desagradable.

Tuve algo claro desde un principio: a un abusivo se le debe poner un alto. Porque estaba segura de que Jaxon no se detendría. Pero no podía hacerlo a mí manera; me alegra muchísimo que ese día haya funcionado.
Tiraba sus indirectas, y buscó dañarme desde donde su cobardía se lo permitió. Pero no sé acercó.
Al menos no un contacto directo, forzoso o en lo oculto.

No peleé con mis fuerzas. Me dolió obedecer. Pero, avance paso a paso: Listo, Padre. Lo hice. Ahora esto es asunto tuyo.
Salí de allí. Cuando ya no pude más, me derrumbe en el pasto. Todavía respiraba su loción nauseabunda. Sentía asfixiarme.

Pienso que nadie en el mundo podría comprender el proceder de las decisiones que tome.
¡Qué digo! El mundo jamás podrá entender a un hijo de Dios.

Parece que actuamos sin lógica. Lo sé. Pero esto no es algo que yo quisiera, si hubiera dependido de mí, lo he dicho, no se lo hubiera pasado; pase por encima de mí misma, de mis ideales y de la lógica, decidiendo obedecer; poner en práctica lo escuchado. Claro que me asusté. ¿y si no era lo correcto?

Todos me hubiesen apoyado a mí.
No lo pongo entre dicho.
Llevarlo a prisión o poner una denuncia hubiese sido lo ideal y más fácil. Pero, correcto o no, elegí otro camino.

Uno que quizá, nadie llegue a comprender.

Accione el plan siguiente. Entender lo que se escondía. Para esta tarea, era necesario estar en su reposo porque, constantemente se levantarían enemigos incluso, en medio de la noche.

Conforme más me sumergí, las cosas se agitaron más. Mi problema, ir demasiado hondo, soltando la mano de Dios. Las cosas se sacudieron  entonces para hacerme recordar que Jesús y yo: estamos en esto juntos.
Y yo marqué distancia.

Los cuchicheos y burlas a mis espaldas no se hicieron esperar. Calumnias, que no fueron suficientes y crecieron.
Debí enfrentarme cada noche a las pesadillas. Eso eran, eso son y no merecen importancia.

Los meses pasaron.

No volví a entregar tratados.
Se desvanecieron las sonrisas amistosas, pues se podían confundir.
Lloraba todo el tiempo, a diario lo repetía.
«solo para eso sirvo». Deja de llorar, es fastidioso.

La gente se harta. Y para oír eso, ya contaba conmigo.
Empecé a tener problemas de sueño.
Llegó la sensación siniestra que me envolvía cada que me encontraba en un lugar repleto de personas.

Perdí todo, menos a Dios.
Aún si no lo sabía.

Separada de él, entonces sí, fui arrastrada por la culpa. No podía ver a mi padre a la cara. ¿Qué había cambiado? Al apartarme de la luz de Cristo, ese enemigo que procuró devorar mis carnes, tuvo el pase libre para acusarme. Llenarme de culpa. La misma que lleva a miles de personas a suicidarse. Sentí vergüenza. Qué mía era la desgracia. Mía era la deshonra.
Mío el castigo.

La vergüenza.
La gota que rebalso el vaso. Las palabras que apagaron ese fuego.
«Probablemente se meta con los tres». Jen haciendo nula mi existencia, aconsejando que, por el bien de Nicolás y, si es que aún tenía un poco de dignidad, me alejara de ellos.

Todo a lo que te acerques, acabara manchado. Destruido.  
Se que decían que me estaba ahogando en un vaso de agua. Pero, reitero, en ese momento no se vivió así. Se sentía como una tormenta invencible.

Luego, los últimos meses.
No quería abrir los ojos. Otro día más.
Después de noches terroríficas, por fin, estaba descubierto.
Lloré con desconsuelo profundo. El proyecto de salud mental llegó al instituto. Pax no escondió la verdad.
Sabes el nombre del único que da paz a la mente. Aquello entonces, me sirvió.
Anduve con cautela.

Mi deterioro en la iglesia y mi bajo rendimiento ya era grave y, de  conocimiento general. Evadía los privilegios con excusas que, Lena, aceptaba. Ha, una mujer que sabía lo que hacía.

Empecé a huir después de la escuela.
Me iba a mi callejón o a andar en la vagancia de mis pensamientos por la desolada carretera. No llegaba lejos, por supuesto, era algo así como un calmante momentáneo.

Llegar con papá era lo que más amaba. Pero, estaba perdiendo efectividad para síntomas mucho más peligrosos.

Había empezado ya la remodelación de la iglesia. Mi excusa perfecta. Los servicios se realizaban en la casa de algún hermano. Hoy no iré, papá. Al principio lo entendió.
Al descubrir que ya no leía mi biblia, no lo solapo.

—No voy a forzarte, Crystal. —Reiteró—. Pero no voy a permitir que ningún diablo derrotado y malvado se apodere de mi familia. De ti. Estaré al pendiente. Pero esta batalla durará lo que tú quieras que dure.

—No es...

No me dejó refutar.

—Si algo te tiene atada, sabes que estoy aquí para ministrarte. Depende de ti, seguir siendo la burla de algún diablo vencido.

—¡Me da miedo!

Me alegra que él no haya tenido lástima de decirme la verdad a la cara. Aunque le costó.

—¿Cuándo, Klay. Cuándo el miedo ha sido un obstáculo para detener al pueblo de Dios? Recuérdalo, el perfecto amor...

Lo sabrá ahora. Siempre estuvo conmigo. No lo excluí, eso es imposible.

Jesucristo me rescató de ese hoyo oscuro.

Me salvó a mí.
Quedan todavía rastros incomprensibles de algo que he dejado de perseguir.

No soy polvo de estrellas, y soy dichosa de ello.

No estoy confinada al olvido. Jesucristo me conquistó. Alumbró mis sombras. Rompió mis cadenas.
Me envolvió en su amor y echó fuera mis temores.

Hoy puedo recordarme.
Me puse de pie y lo enfrente.
¿Acaso existe otra muestra de amor?
No me quede allí.

La ausencia puede durar.
Te apartas de las personas para cuidarlas. Sin embargo, no lo hice de la mejor manera. Pero, a mí satanás ya no puede venir a acusarme de nada, porque Dios me ha justificado. Me lavó con su sangre preciosa.

El ahora para mí, en su momento, no podía ser peor.
Estaba descubierto, pero yo estaba totalmente rota. O, así lo sentí.
Ya me dijeron que solo faltan pedazos.

No deseaba despertar. ¿Cómo me pedían hacerlo si hace mucho no estaba cómoda en abrir los ojos?
Pero sucedió.
Desperté en una tempestad.
¿Qué debía hacer?

La respuesta es sencilla.
Duraría el tiempo que yo se lo permitiera.

Cuando me despertaba, no existía madrugada que no volviera a dormir antes del amanecer.
No me quedaba esperanza. Andaba  agonizando tras acostumbrarme a los pensamientos envenenados. Quise regresar, pero era tarde.
Paralizada, no pude pedir ayuda.

Perdí pedazos de mi corazón y no he sabido cómo recuperarlos.
Existió un momento en que a ellos quise darles mi versión, ya no quería  que creyeran ese rumor en específico que, no era falso. Pero ya no contaba con el mismo valor. No quería que se alejaran de mí. Cerraba los ojos y me quedaba a vivir allí; permití que se llevarán lo mejor de mí.

Me duele aún.
He sido destrozada, pero el alfarero me ha moldeado con amor.

Susurra: «Abre ya los ojos. Está bien».

Entonces los abro.

Y me veo.

Decidí ganar de rodillas.

Usar armas que, poderosas en Dios, destruyeron y destruirán fortalezas.

Envío un ángel a mi vida.
Deambule, y tuvo que llegar él para que pudiera recuperar una sonrisa extraviada. Qué me ha enseñado a ver las cosas de distinta forma. Ha enfrentarlo. Qué en los días en que ni yo misma lo entiendo, él me dijo, muy serio: tienes alas. Pero no digas que rotas. Solo... un poco dañadas.
No estás destruida. No fue el fin.

Qué las grietas no suponen un impedimento para Dios.

Yo me anclé a sus promesas sin saberlo.

No estoy soñando. Estoy viviendo.
Puedo ver el amanecer.
Aquello de lo que me escondí.

Y voy a mejorar.

Mañana será otro día.
Mañana puedo ser mejor.












💣

🧶

💜














Dios les bendiga. メ ツ

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