Las viejas revistas ya no le satisfacían. Al inicio, creyó que se debía a que se había aburrido de ellas, o que masturbarse seguidamente le había atrofiado el cerebro. Ahora que se encontraba bebiendo licor en un bar de mala muerte, cayó en cuenta de que el verdadero motivo de esa insatisfacción era que la culpa le hacía imposible disfrutar su nueva vida. Ya llevaba una botella entera consumida por él solo, y ahora que había pedido la segunda al encargado de la barra, decidió que tenía que desterrar aquel sentimiento opresivo. Entre murmullos hablaba para sí mismo: «¿Qué otra cosa podía hacer?», «Yo no tengo responsabilidad —recostó la cabeza sobre la mesa—, en qué pensaba el maestro Kishibe».
Todas estas cosas se decía Denji a sí mismo, justificando su actuar de días antes, donde dejó a su suerte a la niña que se supone debía cuidar. Estaba perplejo. La sola idea de tener que vivir con ese demonio le aterró, con la cara desencajada en aquel parque, observaba el rostro inexpresivo de la niña. Sus ojos anillados le miraban fijamente, y ante su sorpresa escuchó «Perrito», y se estremeció. Le dijo a su maestro que no podía con la misión, pero al voltear ya no estaba con él, lo había dejado. La niña montaba a uno de los canes como lo haría un jinete. Y luego se recostó sobre su lomo. Sus hermosos ojos dorados eran como los de ella. Los de Makima.
Denji no tenía el valor para criar a su reencarnación. Jaló de la correa del perro para llevárselo a su casa junto a los demás, pero la niñita seguía aferrada a él.
—¿Cuál es tu nombre, pequeña niña? —preguntó Denji con un ligero temor en su voz.
—Nayuta —respondió ella con calma.
—Nayuta, me tengo que ir. Y los perros vienen conmigo. Así que tienes que bajarte.
Lo miró con detenimiento, alerta a cualquier ataque que pudiera realizar, pero la niña solo lo observó por un largo rato y luego bajó del animal. Eso le pareció fácil. Pensó que tal vez se debía a que ella reconoció el olor demoníaco dentro de él y dedujo que no le convenía un combate con él.
—¿Vas a volver? —dijo la niña.
—¿Qué cosa?
—Si vas a volver... con los perritos... —habló Nayuta acariciando a uno de ellos, quien le lamía la cara.
—Sí... Aquí los paseo siempre.
—¿Cuándo? —preguntó con curiosidad.
—A diario, pero a veces no tengo ganas de sacarlos —Denji estaba algo nervioso, pues la niña parecía muy lista, y eso no le daba confianza—, adiós —dijo y se dio la vuelta para marcharse de allí, sin voltear hacia atrás. Esperaba no volver a ver a la niña, pero por alguna razón sabía que no sería así.
Levantó la cabeza y sentía que las cosas a su alrededor se movían; ya estaba ebrio. Se puso de pie, listo para salir de aquel local y regresar a su vivienda. Cuando la voz del bartender le llamó: «Hey, ¿no querías una más?». Denji sacó un billete de su pantalón, lo puso en la mano del viejo, agarró la botella y caminó cerca de la salida. Allí se sentó en una mesa desocupada. Sería lo último que tomaría antes de largarse.
La noche en que vio a la reencarnación de Makima, descansó bien. No sentía culpa alguna; al contrario, una sensación de libertad lo invadía. “No soy un perro”, se repitió esa noche, hasta quedar dormido. Pues, Denji no quería que ningún demonio le quitara un ápice de aquella normalidad que había obtenido después de tanto sacrificio. Largos años en los que sirvió a la Yakuza con una deuda impagable, largos años de comer basura y pasar hambre, no más. Ahora era un hombre libre, no cambiaría eso por nada. Lo único que Makima le dejará serán las memorias de los momentos que compartieron juntos, su hermosa figura femenina seduciéndolo. El sentimiento de amarla. El sabor de su carne en un guiso y el de sus huesos en una sopa.
Destapa la botella con sus afilados dientes, la espuma cae hacia la mesa, bebe de ella y se termina casi la mitad de un solo sorbo. Estaba helada, por lo que siente cómo el cerebro se le congela cuando el líquido se cuela entre sus encías. El entumecimiento es desagradable.
El clima del día era templado, lo que le producía cierta tranquilidad. Vestía su casaca verde habitual, que era herencia de su difunto progenitor. Un parche en un ojo y un viejo jean que también fue heredado de su padre. La deuda con la Yakuza había sido cancelada. Ahora era un hombre con la capacidad de elegir su futuro, pero a pesar de esto, sentía que le faltaba algo importante. Una hoja le cayó en el rostro, pues estaba recostado debajo de un árbol cuyas ramas se agitaban débilmente por el viento que las sacudía. Pensó en qué elegiría de almuerzo; ahora que no tenía que pagarle a la Yakuza, podía escoger más variedad en su comida. No solo pan con mermelada, que no es que despreciara, pues comía muchas desde que quedó libre de deudas. Un udon estaría bien. ¿Pero dónde venderían un buen udon? Denji levantó su torso, a lo lejos observó un automóvil negro avanzar por la carretera. Sí, seguro que recordaba un buen sitio cerca a la carretera donde comer y... La sensación de que olvidaba algo muy importante le sofocaba. ¿Por qué se sentía así? Volvió a recostarse sobre la hierba. Arriba volaban tres aves juntas, formaban una "uve". Ahora lo recordaba... Estaba solo. Denji no tenía a nadie a su lado. ¿Cómo fue que pagó la deuda? Y ¿dónde estaba Pochita? La imagen del auto negro se formó en su mente. Ahora sabía cómo se deshizo de la deuda.
Y despertó, envuelto en sudor. Sus manos tanteaban con nerviosismo debajo de su polo; el tirador seguía en su pecho como siempre. Aquel sueño le había arruinado todo el día siguiente. No tenía ganas de salir a dar una vuelta. Por lo que optó por quedarse en casa viendo televisión y también revisando las revistas que guardaba. Darse autoplacer le producía un alivio eficaz contra sus penas, y por decencia lo realizaba en el baño, a escondidas de los ojos de los animales que convivían con él.
En el otro extremo del pequeño bar hay dos hombres ruidosos que conversan mientras dan estruendosas carcajadas; uno de ellos sacó una caja de cigarrillos y luego se puso a fumar. Pero incluso antes de que lo hiciera, el ambiente ya apestaba a cigarrillo. Ahora que tenía la mente en blanco, Denji también se percató de que el foco que alumbraba el lugar estaba un tanto inclinado hacia un lado. Un grupo de polillas volaba alrededor del fluorescente amarillo. La pequeña mesa donde estaba tenía algo de polvo sobre ella. Este lugar estaba muy lejos en calidad del sitio donde fue a beber por primera vez con todo el grupo de seguridad pública. Al menos tenía un cuadro de una mujer americana colgando en la pared de enfrente. La mujer era rubia y estaba jugando billar con una pose muy sugerente. Denji observaba la imagen con detenimiento. Quería apreciarla bien porque la chica le resultaba atractiva. Se quedó embobado mirando el cuadro, pero justo cuando se iba a parar para acercarse a la imagen, un hombre de mediana edad se interpuso entre ambos y se quedó parado en medio de ambos. El hombre parecía estar revisando una libreta; ya llevaba medio minuto en el mismo sitio, por lo que Denji se puso de pie y fue hacia el cuadro, chocando su hombro con el suyo. El sujeto se molestó ante esto: «¡Ten cuidado!» exclamó. Denji lo ignoró; estaba atento a la imagen de la mujer. «¿Te gusta la chica del cuadro?» preguntó el sujeto, que se había colocado a un lado suyo. Denji respondió que sí, que estaba buena.
Una sonrisa se formó en la cara del tipo: «Si quieres te la puedo presentar, para que se conozcan, pero no te saldrá barato» informó con un tono burlesco en su voz. Ahora Denji se dignó a mirar con detenimiento al sujeto; tenía el cabello corto y negro, llevaba lentes de montura circular y vestía un saco negro. Sus facciones del rostro le recordaban a un chino más que a un japonés. Definitivamente estaba metido en algo ilegal, podía sentirlo. Pero no le importaba.
—¿Cuándo y dónde? —dijo Denji.
—Solo sígueme. Yo vine a visitar al dueño del local, somos buenos amigos. Pero puedo venir después —afirmó el hombre.
Denji intuía que aquella visita no podía ser solo por amistad. Ambos debían de tener negocios fuera de la ley. Pero no era problema suyo, pues su corazón solo deseaba conocer a la mujer del cuadro.
—Y qué estamos esperando, vamos —propuso Denji.
Los dos salieron del local; afuera, el sol de la tarde se ocultaba detrás de los edificios de la ciudad. Muy pronto anochecería. Mientras seguía al hombre de lentes, la mente de Denji no hacía más que pensar en aquella chica que parecía extranjera. Hoy, podría ser el ansiado día en que cumpliera uno de sus más grandes sueños. Ya visualizaba su cuerpo desnudo junto a él. La textura de su piel cuando las tocara con la palma de sus manos, los labios rojos de ella sobre su boca y su lengua haciendo contacto con la suya. Y la voz interrogativa del hombre le sacó de sus maquinaciones: «¿Cuánto dinero traes?» se detuvo y volteó a verlo. Denji revisó sus bolsillos y sacó todos los billetes; no hacía mucho que había aprendido a contar, pero aún le costaba con cifras grandes. Luego de medio minuto, finalmente respondió: «Catorce mil yenes y... algo más». «Solo te pediré que me pagues la mitad» declaró el hombre de lentes. A Denji esta cantidad le parecería demasiado, pero no quería retractarse y aún tenía buena parte del dinero que le dejó Aki. Contó siete mil yenes y se los entregó al hombre. Quien se miraba contento por la buena predisposición de su cliente; luego del pago ambos continuaron su marcha. Los autos ya empezaban a circular en mayor cantidad, pues a esta hora, los empleados japoneses salen de sus trabajos para regresar a sus viviendas. El ruido volvía imposible que Denji pudiera continuar con sus fantasías eróticas.
Cuando sacó a los perros a pasear por el parque, Denji observaba con cautela cada grupo de niños que jugara cerca de él. No parecía haber nada fuera de lo habitual; solo los infantes corriendo de un lado a otro, gritando, cayéndose y jugando con cometas o pelotas entre ellos. La risa aguda y frenética de los niños se oía por todos lados; también las palabras de asombro se escuchaban alrededor suyo, pues verlo con tantos perros y un gato sobre sus hombros generaba en los presentes mucha curiosidad. Después de dar un par de vueltas alrededor del parque, llegó hasta el asiento donde estuvo hace tres días. Ahí se sentó y se recostó sobre el espaldar. Y, casi al instante, ya podía ver a la niña llamada Nayuta acercarse a los perros. Los caninos no manifestaban molestia alguna cuando ella les acariciaba. Ladra ban con alegría y jadeaban con la lengua afuera. ¿Por qué la niña tenía una fijación especial con estos perros y no con otros que también paseaban por ahí con sus dueños? Denji no lo terminaba de entender. Lo más probable era que fuera por el simple hecho de que los había visto primero, antes que a algún otro animal. Otra vez Nayuta se montó en uno de estos. Puede incluso que existiera latente, en lo profundo de su instinto demoníaco, un impulso por estar cerca de los antiguos perros que poseía en su anterior vida. Eso podría incluirlo a él. Después de presenciar al demonio y los animales por largo rato, Denji se aburrió. Cogió al gato y lo colocó en su hombro. Se puso de pie y anunció:
—Oye, niñita, ya me voy —informó Denji, y miró su rostro girarse lentamente hacia él.
—Llámame por mi nombre —manifestó Nayuta, con un semblante inexpresivo.
—Nayuta, me marcho.
La pequeña demonio dejó de jugar con uno de los perros, y le preguntó a Denji si vendría mañana.
—No te lo puedo asegurar.
—Yo estaré aquí todos los días —informó Nayuta, luego fue a sentarse en el mismo banco donde Denji había estado.
Esas palabras fueron el comienzo de su tortura. La culpa por abandonar a la niña a su propia suerte empezó a cobrar fuerza en su interior. Los demonios pueden cuidarse solos; esa niña era un demonio poderoso, no debería tener problemas con eso. Podía controlar a cualquier humano y hacer que obedecieran cualquier orden, como si de perros amaestrados se tratase. Denji se repitió incesantemente durante el camino a casa que esa niña no era su problema. Al llegar la hora de descansar, no podía dejar de moverse de un lado a otro, pues no lograba encontrar la cómoda posición que necesitaba para conciliar el sueño. Los perros, por el contrario, dormían plácidamente. Solo cuando el cansancio natural del cuerpo lo adormeció, pudo dormir. En su sueño era de noche y reinaba el silencio. Se encontraba en la antigua casucha donde había vivido en la completa miseria toda su infancia y adolescencia. Sus pequeños brazos escuálidos estaban alrededor de Pochita, el fiel demonio amigo que tenía como mascota. Abrazarlo le producía una gran calma en todo su ser.
—Denji... Mi sueño era que alguien me abrazara —confesó Pochita—, Denji, tú hiciste realidad mi sueño. Suena sencillo ¿verdad? Pero soy muy fuerte, así que era muy difícil. Acabas de hacer mi sueño realidad, Denji.
Un auto hizo sonar su claxon; por la ventana del conductor, el chófer sacó su brazo y comenzó a lanzar reclamos hacia Denji, pues estuvo a punto de atropellarlo. Este solo lo ignoró, y antes de que la impaciencia lo matara, se acercó a su guía y le preguntó cuánto faltaba para llegar a su destino.
—Ya estamos por llegar, no te impacientes —respondió con un fingido tono de calma el hombre de lentes.
—Denji... Quiero que también le concedas su sueño al demonio del control.
Denji miró a los alrededores; estaba en una zona repleta de edificios viejos, donde se podía ver a algunos niños conversando desde los balcones de los departamentos donde vivían. Las luces de los focos ya se podían vislumbrar procedentes del interior de las viviendas. «Es en el edificio del frente —señaló con su dedo un edificio que se encontraba cruzando la calle—, en el último piso» informó el hombre con lentes. Denji esperaba que conocer a aquella mujer le hiciera dejar atrás los pensamientos intrusivos que le habían asaltado en el bar. Si no era apto para la misión, entonces, ¿por qué tenía este sentimiento de tristeza en el pecho? El hombre con lentes abrió la puerta metálica del edificio con un manojo de llaves, atravesaron el pasillo que tenía una escalera al final, y subieron los peldaños con lentitud. No, no era haberle fallado a su maestro lo que le entristecía y le impedía poder disfrutar de su nueva vida.
—Y aquí estamos. ¿Ves que no era tan lejos?
—El demonio del control... Siempre quiso formar relaciones con los demás.
—Ella debe estar en su estudio. Abre la puerta con su manojo de llaves, ya adentro señala un sofá. Me esperas aquí, voy a decirle que tiene una visita.
—Ella solo podía formar relaciones a través del miedo. Siempre quiso tener algo a lo que llamar familia.
—Está todo hecho. En breve estará contigo —Apenas le mira a la cara antes de despedirse—. Fue un placer. Disfruta tu noche, adiós.
La puerta fue cerrada con fuerza al retirarse.
—Eso era lo que quería en su mundo solo que tomó el mal camino. Así que... debes formar su mundo soñado, ¿Lo harás Denji?
—Lo haré, pochita... —murmuró, recordando el sueño—. Ahora solo tengo que regresar al parque.
—¿De qué parque hablas? —preguntó una mujer con el cabello rubio, pantalones y chompa negra.
Era la mujer del cuadro, aunque en las facciones de su rostro, se evidenciaba que habían pasado unos cuantos años desde que aquel retrato había tenido lugar. No por ello dejaba de ser menos hermosa ante los ojos de Denji.
—Soy Denji... —pronunció y se quedó callado, estaba algo nervioso.
—Yo soy Haiku —dijo—, me dijeron que querías comprar uno de mis cuadros. Te puedo mostrar mis obras, si me sigues por aquí... —antes de que terminara de darse vuelta, Denji habló.
—Espera un momento —se apresuró a decir Denji—, no me dijeron nada sobre comprar algo.
—¿Entonces a qué has venido? —preguntó Haiku, con molestia y curiosidad a la vez.
Cayó en cuenta de que no podía decirle que esperaba tener sexo; resultaba obvio para Denji que esta mujer no se dedicaba a lo que él imaginó. Aquel viejo de mierda le había engañado, se llevó su dinero y encima lo dejó tirado aquí, se veía obligado a aclarar el asunto con esa inocente pintora. De ninguna manera, se moriría de vergüenza.
—Solo a ver... Es que encontré un cuadro tuyo en un bar y el tipo eso me dijo que podía ver más...
—Ese cuadro está ahí para captar clientes. En el marco está mi dirección —Haiku levanta la mirada, se pierde entre memorias—, ese cuadro se pintó por una apuesta que perdí. Me ha traído muchos problemas, pero no me quejo, pues gano mucho dinero por él. Y todos los que llegan son hombres, por alguna razón ¿No?
Denji solo da una sonrisa nerviosa. Puede que así como él, otros hayan llegado con falsas promesas. Pero ningún hombre que se aprecie de serlo dejaría a una linda chica tirada. Decenas de ellos debieron de comprar los cuadros de la pintora, con la ingenua esperanza de que esto les acercaría; volverse un cliente habitual puede traer sus beneficios. Se forman amistades entre cliente y vendedor, que luego se pueden convertir en salidas fuera del horario de trabajo, y finalmente en una relación amorosa. Todos los hombres lo intentaron. Y este enamoradizo jovenzuelo no sería la excepción.
Haiku abre una puerta de madera al final del pasadizo, revelando ante ambos una pequeña galería azul con cuadros de distintos tamaños. La habitación está a oscuras, apenas distinguible por la luz que entra por la puerta. Haiku enciende un interruptor al lado de la puerta. El foco sobre la habitación emite una cálida luz amarillenta que revela por completo las imágenes grabadas en las pinturas.
—Te dejaré solo para que examines mis cuadros, a ver si alguno te interesa y vuelves después —Haiku lo mira a los ojos—. Solo no vayas a robarte ninguno; lo lamentarías muchísimo.
Haiku se retira sin decir nada más, cerrando la puerta tras de sí al salir, dejando a Denji solo en la improvisada galería. Quien apesar de lamentar la inversión de tiempo en un proyecto fallido, decide aprovechar la oportunidad para sumergirse en las imágenes, con la esperanza de que algún cuadro logre cautivarlo.
El primer lienzo que capta su atención es pequeño. Una antigua cabaña al borde de un precipicio, envuelta en inmensas nubes grises que dominan el cielo. En el abismo inferior, la oscuridad es total, un paisaje que transmite tristeza y soledad. No le agrada y pasa al siguiente cuadro, de dimensiones mayores. En este, un hombre ataviado con un traje y una máscara blanca que cubre todo su rostro, solo dejando al descubierto las comisuras de sus ojos, que es de un color negro como la tierra de un cementerio. La figura está sentada en un imponente sillón rojo, bajo un candelabro que apenas emite brillo. A punto de pasar al siguiente cuadro, observa algo blanco a los pies del hombre, y al acercarse, descubre con cuidado que son huesos humanos, fémures y costillas. «Casi no me doy cuenta», piensa.
El siguiente cuadro, uno que Denji consideraría convencional, presenta un búho posado en una rama, mirando directamente al espectador, con la luna llena de fondo y un cielo nocturno de color rojo. Fuera de eso no encuentra ninguna otra peculiaridad.
Pasando al siguiente, se enfrenta a otro paisaje enigmático de cielo gris y frío, un vasto campo verde que se extiende hasta el horizonte, donde se yerguen ruinas de edificaciones desconocidas, con pequeños puntos de fuego y humo ascendiendo. La mente de Denji trata de visualizar que podría haber ocurrido en aquel lugar, pero eventualmente deja de intentarlo.
La tarea de examinar paisajes y escenarios comienza a aburrir a Denji, quien pasa su mirada rápidamente por todos los cuadros colgados en la pared. Al finalizar ese lado, se encuentra frente a la pared que mira hacia la puerta, donde se destaca un solo cuadro, enorme y ostentando el honor de ser el único con nombre en la sala.
El título, en inglés, es "The Monster Behind the Glass", con letras doradas sobre un marco negro. Aunque Denji está lejos de comprender las diferentes técnicas pictóricas, logra percibir que este cuadro difiere considerablemente de los anteriores. No solo en la paleta de colores, sino también en la composición de las imágenes. A diferencia de los cuadros anteriores, donde se podía casi asegurar la presencia de algo en cada rincón, aquí la figura central contrasta fuertemente con la oscuridad circundante. Por ejemplo, en el primer cuadro, a pesar de que el abismo sea completamente negro, la cabaña y el risco eran distinguibles con facilidad en toda su magnitud. Los colores eran opacos. En este nuevo cuadro, lo que tiene frente a él es de un color vivido. Solo tres largos dedos cadavéricos de color verde se aprecian, terminando en tres inmensas uñas encorvadas, como las de un depredador. Todo lo demás en la pintura es oscuridad. Negro. La obra parece tener un cristal delgado, casi imperceptible si no te acercas lo suficiente. Da la sensación de que si ese vidrio no se interpusiera entre el mundo y la negrura del cuadro, aquellos dedos podrían extenderse hasta la realidad.
Dirigiéndose a la pared faltante, observa los cuadros sin aprecio por su contenido. Finalmente, se encuentra sin nada más que hacer en la habitación. Se siente estúpido y espera unos minutos. La puerta se abre.
Haiku está de vuelta.
—Dime, Denji, ¿encontraste alguno que te gustara? —preguntó justo frente a él.
—Mmm, la verdad no... espera —no podía irse sin mostrar algún interés—... ese del búho. Ese me gustó.
Haiku mostró una sonrisa cómplice. Pues, antes que nada, seguía siendo un artista, y el reconocimiento es la forma en que un artista siente que su trabajo valió el esfuerzo. Aunque hay otros que lo hacen solo por el mero placer de crear. Este no era el caso.
—Sabes, no muchos suelen decirme que les gustaron mis cuadros; mayormente me preguntan qué es lo que quería transmitir... —Haiku movió su vista hacia el muro que mira a la puerta—, y... Denji, ¿qué te pareció el cuadro principal?
—¿Ah? —No se le ocurría nada convincente—.... está horrible.
—Eso es fantástico. Significa que logró su cometido.
Haiku se aproximó a "The Monster Behind the Glass", con una de sus manos le hacía un gesto a Denji para que se acercara. Este ya se daba cuenta del tipo de artista que era Haiku, a quien le gustaba provocar inquietud ante sus obras. «Debe estar un poco mal de la cabeza», se dijo mentalmente. «Apuesto que también le debe gustar el cine».
—Este cuadro es invaluable. Es imposible ponerle precio, pues, como te diste cuenta, es capaz de evocar sentimientos que habitan en lo profundo de la psique humana, Denji. Cosas como el miedo... ¿Sabías que hay gente que le tiene miedo a algunos cuadros? —Denji niega con la cabeza—, pues sí los hay.
Haiku contempla por un largo periodo su cuadro. Parece que medita sobre algo que Denji no termina de captar, o tal vez sí, no le gusta su sonrisa. Le recuerda a alguien.
—No muchos me dicen que les gustó una de mis pinturas; la mayoría solo me pregunta qué es lo que quería transmitir con ellas, no saben apreciar el misterio. Denji, el cuadro te lo podría vender; normalmente lo hago en cientos de dólares. No vendo muchos, pero a ti te los voy a regalar. Me agradas, me gustan los tipos como tú.
»¿Tienes familia viviendo contigo, Denji? —Él responde «No»— creí que tendrías. Sabes, es de ahí de donde me inspiro, pues siempre pregunto sobre algún deseo que tengan; entonces dibujo algo que represente una visión, cómo decirlo, que signifique una vuelta de tuerca a lo que quieren. Por ejemplo, viste ese cuadro de la cabaña y el acantilado. Pues alguien tenía el deseo de irse a vivir a las montañas, entonces yo dibujé eso; si la persona fuera a vivir en mi pintura, arriba no vería el sol resplandecer, y abajo no vería vegetación alguna, solo la oscuridad. Se cumplió lo que quería, pero no resultó como quería —Haiku se ríe—, esto nació como una broma que le hacía a mis amigas en la escuela; una vez una me dijo que quería ir de viaje a Francia. Entonces yo la dibujé a ella con la torre esa cayendo a sus espaldas. Me daba mucha risa y lo hacía como venganza cuando me fallaban en algo. Como sea, eso fue hace mucho. Y ese es el misterio detrás de mis cuadros.
El semblante de Haiku cambió. La casual alegría que había demostrado se esfumó, dando paso a uno de tristeza.
—Este es el adiós, jovenzuelo. Quédate aquí un momento —Haiku fue hacia la puerta y desde la entrada, miró directamente a Denji, o a la pintura—, Ya puedes salir.
Y el vidrio se rompió. Los tres dedos salieron directamente a envolver a Denji y arrastrarlo hacia adentro del cuadro. Él oponía resistencia mientras miraba a la cara a Haiku.
—A veces me pregunto cómo hubiera sido mi vida, si no hubiera pactado con el demonio del cuadro. Pero al menos así soy capaz de vivir de lo que me gusta.
Y Denji jaló su cordón. Las cierres salieron de su cabeza y brazos. Rebanar a los tres dedos fue como rebanar el pan por las mañanas. Se escucharon gritos desde el interior del cuadro, y entonces salieron una docena de ellos. Denji siguió rebanándolos uno por uno, hasta que se asomó un ojo gigante, del cual se extendían docenas de dedos dispuestos a atravesar al motosierra. Mientras cada extremidad era cortada, Haiku comenzó a sangrar, por sus fosas nasales, la boca, los ojos, las orejas y cuando Denji atravesó —después de jalarlo desde un tentáculo cuando intentó esconderse dentro del cuadro—, con la sierra al ojo gigante que ya estaba fuera de la pintura, finalmente la sangre brotó desde los poros de Haiku. Su contrato especificaba que si el demonio moría, ella compartiría los daños en su propio cuerpo. Denji buscó a la mujer detrás suyo, la encontró agonizando en un charco de sangre sobre el piso.
—Lo siento —dijo con borbotones de sangre que salían desde su garganta—.
—No te disculpes. La verdad es que desde que dijiste que te gustaban los chicos como yo, tuve mis dudas.
Denji se acercó al cuadro principal con nombre en letras doradas. Lo sacó de la pared sin problema alguno. Con la muerte del demonio, aquel espacio oscuro también dejó de existir. Y el marco que tenía sobre sus manos comenzó a derretirse, junto a los demás cuadros que estaban en las paredes. La pintura del búho fue una de las primeras en desaparecer completamente. No había algún motivo por el cual Denji se debía quedar más en este lugar, así que decidió que era momento de regresar a casa.
Se alejó del apartamento de la chica del cuadro. Las sombras se proyectaban sobre los viejos edificios circundantes, cuyas luces titilaban en la oscuridad de la noche urbana. En su travesía, los destellos de luz resaltaban un par de niños, pequeñas siluetas en la penumbra, entregados al juego, desafiando la oscuridad con su risa y energía. Se preguntaba si esos niños se irían corriendo a casa, si el les contará que acaba de matar a un demonio.
Entonces, en ese mar de pensamientos fugaces, se dio cuenta que había estado reflexionando sobre algo, pero no lo recordaba. «Entonces... en que me había quedado» y al terminar de formular la frase lo recordó. Tenía que ir a buscar a alguien, y llevársela la consigo. Aun no podía regresar a casa.
El parque estaba iluminado por algunas farolas, y personas se encontraban paseando a sus mascotas. Había poca afluencia, lo que le facilitaba la búsqueda. No había rastro de ella por ningún lado, así que pensó que podría intentarlo mañana. Antes de retirarse, fue a sentarse en el banco donde la vio por primera vez y que siempre frecuentaba cada vez que estaba en ese lugar. Allí se sentó y cerró los ojos. Había sido un día agotador. Mientras su mente divagaba por todo lo ocurrido durante el día, se preguntó si el hombre que lo llevó donde la pintora también tendría algo que ver con el demonio. Podrían ser cómplices o tal vez solo un empleado de Haiku. Si tuviera un pacto con el demonio, entonces su cuerpo también estaría impregnado de sangre en algún lugar, posiblemente en el bar incluso. También se cuestionó cómo Haiku había logrado pactar con el demonio y qué obtenía ella a cambio. Eso, nunca lo sabría. Y mañana ya se habrá desinteresado del asunto.
Escuchó unos pasos aproximarse y, al abrir los ojos, se encontró con Nayuta frente a él.
—¿Y los perritos? —preguntó ella sin demora, con una chispa de curiosidad en sus ojos.
—Están en mi casa.
—¿Por qué no los has traído?
—Nayuta, ¿Dónde has estado viviendo estos días? —inquirió él, con una mezcla de preocupación y desconcierto.
Pues, talves la niña había conseguido que la adopte alguna familia, y el no quería tener que ser quien los separara. Pero al ser ella un demonio, no demoraría mucho en que sus tendencias posesivas se expresarán ante ellos, y eso solo significaría que estaría a un paso de que la entregarán a seguridad pública. Con todo lo que aquello significaba.
—Por ahí —señaló con su dedo a una tienda frente al parque—. Los humanos me obedecen en todo, así que me dejan quedarme con ellos.
—¿Y no quieres venir... conmigo? —preguntó, sintiendo que se liberaba de un gran peso, como si el corazón se le aligerara.
—Pero tú me tienes miedo.
Denji no esperaba que ella supiera eso. Realmente era muy intuitiva, como lo fue en su anterior vida, pero así como había heredado sus características, también había venido con sus sueños. Eso es lo que Denji concluyó en estos días después de darle muchas vueltas a la situación. Ningún humano aparte de él podría complacerla, solo el sabia el sueño del demonio de control y lo que tenía que hacer para realizarlo.
—Yo solo estaba saliendo de algo, pero ya me siento bien —se rasco el cuello.
—No lo sé...
—Criar a los 7 perros y un gato es difícil. Necesito alguien que me ayude, podrás dormir junto a ellos.
—Está bien —aceptó finalmente el pequeño demonio.
—¿Hay algo que te guste comer?
—Pan tajado.
—Un demonio fácil de complacer —concluyó Denji.
Y Nayuta hizo el signo de la paz con sus dedos.