eldest

By OscarBerme

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Resumen de la primera parte
Un doble desastre
El consejo de ancianos
La verdad entre amigos
Roran
Cazadores cazados
La promesa de Saphira
Requiem
Lealtad
Una bruja, una serpiente y un pegamino
El regalo the Hothgrat
Matillo y tenazas
Represalias
Az Sweldn rak Anhûin
Celbedeil
Diamantes en la noche
Bajo el oscuro cielo
Lago abajo con la corriente
Deslizarse
Arya Svit-kona
Ceris
Heridas del pasado
Heridas del presente
El rostro de su enemigo
Una flecha en el corazon
La invocación de Dagshelgr
La ciudad del pino
La reina Islanzarí
Desde el pasado
Condena
Repercusiones
Exodo
Eb los riscos de Tel'naeir
La vida secreta de las hormigas
Bajo el arbol Menoa
Un laberinto de oposicion
Pendientes de un hilo
Elva
Resurgir
¿Porque luchas?
La gloria mañanera negra
La naturaleza del mal
La imagen de la perfeccion
El arrasador
Narda
Cae el martillo
El principio de la sabiduria
El huevo roto y el nido desparramado
El regalo de los dragones
En un claro estrellado
Tierra a la vista
Teirm
Un aliado inesperado
Huida
Juego de niños
Premonicion de guerra
Filo rojo, filo negro

Jeod Piernaslargas

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By OscarBerme

Si Roran hubiera sabido leer, le habría impresionado aún más el tesoro de


libros alineados en las paredes del estudio. Como no sabía, concentró su


atención en el hombre alto de cabello gris que los atendía tras un escritorio oval.


El hombre -Roran dio por hecho que se trataba de Jeod- parecía tan cansado


como el propio Roran. Tenía el rostro arrugado, marcado por las


preocupaciones y triste, y cuando se volvió hacia ellos, vieron brillar una fea


cicatriz que iba del cuero cabelludo hasta la sien izquierda. A Roran le pareció


que la marca indicaba el temple de aquel hombre. Un temple antiguo y tal vez


enterrado, pero férreo en cualquier caso.


-Siéntense -dijo Jeod-. No quiero ceremonias en mi propia casa. -Los


miró con curiosidad mientras se instalaban en los suaves sillones de cuero-.


¿Puedo ofrecerles pastas y una copa de licor de albaricoque? No puedo


dedicarles mucho tiempo, pero veo que llevan semanas por esos caminos y


recuerdo bien lo seca que quedaba mi garganta tras esa clase de viajes.


Loring sonrió.


-Sí. Desde luego, un trago de licor sería bienvenido. Es usted muy


generoso, señor.


-Para mi hijo, sólo un vaso de leche.


-Por supuesto, señora. -Jeod llamó al mayordomo, le dio sus


instrucciones y volvió a recostarse en su asiento-. Estoy en desventaja. Creo


que ustedes saben mi nombre, pero yo desconozco los suyos.


-Martillazos, a su servicio -dijo Roran.


-Mardra, a su servicio -dijo Birgit.


-Kell, a su servicio -dijo Nolfavrell.


-Y yo soy Wally, a su servicio -terminó Loring.


-Y yo estoy al de ustedes -respondió Jeod-. Bueno, Rolf ha


mencionado que querían hacer un negocio conmigo. Es de justicia que sepan


que no estoy en situación de comprar ni vender ningún bien, ni tengo el oro


necesario para invertir, ni imponentes navíos que puedan transportar lana y


comida, gemas y especias, por el inquieto mar. Entonces, ¿qué puedo hacer por


ustedes?


Roran apoyó los codos en las rodillas, entrelazó los dedos y se los quedó


mirando mientras ponía orden a sus pensamientos. «Un solo desliz podría


matarnos», se recordó.


-Por decirlo con sencillez, representamos a cierto grupo de gente que, por diversas razones, ha de comprar una gran cantidad de provisiones con muy poco dinero. Sabemos que sus propiedades serán subastadas pasado mañana para pagar sus deudas y nos gustaría hacerle una oferta por los bienes que nos convienen. Hubiéramos esperado hasta la subasta, pero las circunstancias urgen


y no podemos perder otros dos días. Si hemos de llegar a un acuerdo, ha de ser


esta noche o mañana, a más tardar.


-¿Qué clase de provisiones necesitan? -preguntó Jeod.


-Comida y todo lo necesario para equipar un barco, o cualquier navío,


para un largo viaje por mar.


Una chispa de interés se encendió en el rostro cansado de Jeod.


-¿Han pensado en algún tipo concreto de barco? Conozco todas las naves


que han recorrido estas aguas en los últimos veinte años.


-Aún está por decidir.


Jeod lo aceptó sin más preguntas.


-Ahora entiendo que hayan venido a mí, pero me temo que se han


dejado llevar por un malentendido. -Extendió sus manos grises, abarcando


toda la sala-. Todo lo que ven aquí ya no me pertenece a mí, sino a mis


acreedores. No tengo autoridad para vender mis propiedades, y si lo hiciera sin


permiso, probablemente me encarcelarían por engañar a mis acreedores y


negarles el dinero que les debo.


Se calló cuando Rolf volvió a entrar en el estudio, cargado con una gran


bandeja de plata en la que llevaba pastas, copas de cristal tallado, un vaso de


leche y un decantador de licor. El mayordomo dejó la bandeja en una peana


forrada y luego procedió a servir las copas. Roran tomó la suya y bebió un trago


del meloso licor, preguntándose en qué momento sería cortés excusarse y seguir


con su búsqueda en otro lado.


Cuando Rolf abandonó la sala, Jeod vació su copa de un solo trago y dijo:


-No puedo servirles de nada, pero conozco a gente de mi profesión que


tal vez..., tal vez sí puedan serles de ayuda. Si pudieran darme algún detalle


más sobre lo que quieren comprar, tendría una mejor idea de quién puedo


recomendarles.


A Roran no le pareció dañino, de modo que empezó a recitar una lista de


bienes que los aldeanos necesitaban, de cosas que tal vez les fueran bien y otras


que acaso quisieran pero nunca podrían permitirse salvo que tuvieran un gran


golpe de fortuna. De vez en cuando Birgit y Loring mencionaban algo que


Roran había olvidado -como una lámpara de aceite-, y Jeod los miraba un


momento antes de volver a clavar sus ojos hundidos en Roran, en quien se


fijaba con creciente intensidad. El interés de Jeod preocupaba a Roran; era como


si el mercader supiera, o sospechara, lo que le estaba ocultando.


-A mí me parece -dijo Jeod cuando Roran hubo terminado el


inventario- que eso son provisiones suficientes para transportar a varios


cientos de personas hasta Feinster o Aroughs..., o más allá. Admito que he


estado bastante ocupado estas últimas semanas, pero no he sabido de ningún


grupo de esa clase por esta zona, ni puedo imaginar de dónde podrían venir.


Con rostro inexpresivo, Roran aguantó la mirada a Jeod y no dijo nada.


Por dentro, se llenó de desprecio por haber permitido que el mercader reuniera la información suficiente para llegar a esa conclusión.


Jeod se encogió de hombros.
-Bueno, en cualquier caso eso es asunto suyo. Les sugiero que vayan a


ver a Galton, en la calle del mercado, para la comida; y al viejo Hamill, en los


muelles, para todo lo demás. Ambos son hombres honestos y los tratarán con


sinceridad y nobleza. -Se inclinó hacia delante, cogió una pasta de la bandeja,


dio un mordisco y, después de masticar, preguntó a Nolfavrell-: Bueno, joven


Kell, ¿has disfrutado de tu estancia en Teirm?


-Sí, señor -dijo Nolfavrell. Luego sonrió-. Nunca había visto una


ciudad tan grande, señor.


-Ah, ¿sí?


-Sí, señor. Yo...


Presintiendo que se adentraban en territorio peligroso, Roran lo


interrumpió:


-Siento cierta curiosidad, señor, acerca de la tienda contigua a su casa.


Parece extraño que haya un almacén tan humilde entre estos edificios tan


espléndidos.


Por primera vez una sonrisa, así fuera pequeña, iluminó la expresión de


Jeod, borrando años de su rostro.


-Bueno, su propietaria era una mujer que también era un poco extraña:


Angela, la herbolaria, una de las mejores sanadoras que he conocido. Se ocupó


de esa tienda durante veintipico años y, hace sólo unos meses, la vendió y


partió con paradero desconocido. -Suspiró-. Es una lástima, pues era una


vecina interesante.


-Es la que quería conocer Gertrude, ¿no? -preguntó Nolfavrell, mirando


a su madre.


Roran reprimió un rugido y le dirigió una mirada de advertencia tan


severa que Nolfavrell se estremeció en su asiento. El nombre no podía significar


nada para Jeod, pero si Nolfavrell no vigilaba más su lengua, terminaría


soltando algo más dañino. «Es hora de irnos», pensó Roran. Dejó la copa en la


mesa.


Entonces se percató de que el nombre sí tenía significado para Jeod. El


mercader abrió mucho los ojos por la sorpresa, luego se aferró a los brazos del asiento hasta que las puntas de sus dedos quedaron blancas como huesos.


-¡No puede ser! -Jeod se concentró en Roran y estudió su cara como si


quisiera ver algo más allá de la barba, y luego murmuró-: Roran... Roran


Garrowsson.

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