Desperté con la boca seca y un dolor sordo en la cabeza.
Por un momento, no me moví.
No quería enfrentar el día.
No quería enfrentarme a mí mismo.
Me quedé acostado, mirando el techo, sintiendo la pesadez en mi pecho.
Ayer había sido un desastre. No era la primera vez, pero sí la primera en la que lo sentía tan claramente. Como si mi propio cuerpo me estuviera gritando que algo iba mal.
Me incorporé lentamente y pasé una mano por mi cara. El sudor frío en mi nuca me hizo estremecer.
Miré el celular. Un par de mensajes de Javier. Uno de Andrea. Nada de Andrés.
No quise leerlos.
Me puse de pie con esfuerzo y fui al baño. Abrí la llave y metí las manos bajo el agua helada.
No servía de nada.
Nada servía de nada últimamente.
Cerré los ojos y me apoyé contra el lavamanos.
No podía seguir así.
Pero tampoco sabía cómo salir.
Respiré hondo, conté hasta diez y volví a mi cuarto.
Tenía que moverme. Hacer algo. Lo que fuera.
Me puse la chaqueta, agarré la mochila y la llené con algunas cosas sin pensar demasiado: la billetera, los audífonos, el libro que estaba leyendo.
Cuando fui a cerrarla, noté el papel doblado en uno de los bolsillos.
Me quedé viéndolo un momento.
El poema.
El que te había escrito y nunca te di.
Lo había encontrado días atrás, pero no tuve fuerzas para leerlo. Y en ese momento, por alguna razón, tampoco podía dejarlo ahí.
La casa estaba en silencio. Mis padres y Elías estaban en casa de mis tíos desde el viernes. Llegarían a casa ese día por la noche.
Afuera, el aire frío me despejó un poco. Me subí a la bicicleta y empecé a pedalear sin rumbo.
Solo quería sentir el viento en la cara.
Solo quería seguir moviéndome.
Pasé junto a una panadería que acababa de abrir, y el olor a pan recién horneado me revolvió el estómago.
No recordaba la última vez que comí algo que realmente quisiera comer.
Pedaleé más rápido.
No sabía a dónde iba, pero no quería detenerme. Sentía que, si lo hacía, todo el peso de los últimos días, semanas, meses, me caería encima de golpe.
El viento me cortaba la cara, y por un momento, me pareció que era suficiente. Que podía ser suficiente.
Pero entonces frené de golpe.
Estaba frente a la laguna.
Bajé de la bicicleta, sintiendo el latido en mis sienes. Me acerqué al agua y me quedé ahí, respirando el aire húmedo y frío.
Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué el poema.
Lo sostuve entre los dedos, sintiendo el papel viejo y arrugado.
No quería leerlo.
No quería recordar lo que sentía cuando lo escribí.
Pero lo hice.
Lo desplegué con cuidado y dejé que las palabras me golpearan.
No sé si alguna vez podré explicarlo bien,
pero cuando hablas, siento que el ruido del mundo baja el volumen.
Cuando me miras, es como si todo lo malo se hiciera un poco menos pesado.
No quiero ser cursi, ni sonar exagerado,
pero hay algo en ti que me hace sentir que todo esto—
la vida, los días grises, el cansancio—
vale la pena.
Y me asusta, Emily.
Me asusta porque no sé qué hacer con todo esto que siento,
pero si alguna vez dudas de lo que significas,
quiero que recuerdes que, al menos para mí,
eres la parte más bonita de esta historia.
Cuando terminé de leer, sentí que algo en mi pecho se rompía.
Me senté en el suelo, con la hoja temblando en mis manos.
La laguna estaba quieta.
El mundo estaba quieto.
Y yo quería desaparecer.
El poema seguía en mis manos, pero mi mirada se perdió en el agua. Era tan tranquila, tan indiferente a todo. Como si nada importara realmente.
Me sentía vacío. Como si todo lo que había dentro de mí se hubiera drenado con cada palabra que leí.
Pensé en ti.
Pensé en lo mucho que te había querido. En lo mucho que aún te quería.
Y pensé en lo absurdo que era todo.
Porque al final, nada de eso importaba.
Tú no estabas ahí.
Doblé el poema con cuidado y lo guardé en mi chaqueta. No porque quisiera conservarlo, sino porque no tenía fuerzas para deshacerme de él. No todavía.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Me dolía la cabeza. No sabía si por la falta de sueño, el cansancio o simplemente por existir.
Me quedé así por un rato, sentado en la orilla de la laguna, sintiendo cómo el frío de ese día se metía en mi piel.
En algún punto, escuché un ruido detrás de mí.
Pasos.
Alguien se sentó a mi lado.
No tuve que voltear para saber quién era.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo Andrés, con voz ronca.
No respondí.
Él sacó un cigarro y lo encendió con calma. Exhaló el humo y me miró de reojo.
—Te ves como mierda.
Sonreí sin ganas.
—Gracias.
—No, en serio. ¿Dormiste algo?
Negué con la cabeza. Andrés suspiró y me tendió el cigarro.
Lo tomé sin pensarlo y le di una calada.
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó.
Lo pensé por un momento. Pero, ¿qué podía decirle? ¿Que estaba cansado? ¿Que me sentía vacío? ¿Que quería desaparecer y al mismo tiempo quería aferrarme a todo lo que me quedaba?
No dije nada.
Andrés pareció entenderlo, porque no insistió. Solo se quedó ahí, conmigo.
Andrés terminó su cigarro y lo apagó contra una piedra.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije al final, sin mirarlo.
Andrés levantó una ceja.
—Que todo sigue igual. Que me despierto y sigo siendo el mismo. Que el mundo sigue girando, como si nada.
Andrés asintió lentamente.
—Sí. Pero también es lo mejor.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Que todo sigue igual. Que el mundo sigue girando. Porque significa que todavía puedes hacer algo con eso.
Me quedé callado. No sabía si me estaba dando esperanza o si solo estaba tratando de encontrarle sentido a todo.
Andrés se puso de pie y se sacudió los pantalones.
—Vamos. Te invito un café.
Lo seguí en silencio, caminando con las manos en los bolsillos. Pero mientras avanzábamos, sentí algo en mi chaqueta.
El poema.
Mi mano se cerró alrededor del papel doblado.
No quería leerlo otra vez. No quería recordar lo que había sentido cuando lo escribí.
Pero tampoco quería seguir huyendo.
No de esto.
Aseguré la bicicleta en un poste dentro del parque, y luego subimos a su carro. Fuimos a la gasolinera de siempre y Andrés pidió dos cafés. Nos sentamos en la acera, como si fuera la cosa más normal del mundo.
Tomé un sorbo del café caliente y miré el cielo.
Y entonces lo supe.
—Quiero ir a la iglesia.
Andrés me miró como si hubiera dicho que quería lanzarme a la laguna.
—¿Qué?
—A la iglesia —repetí, sin mirarlo—.
Andrés dejó su vaso a un lado y me estudió por un momento.
—¿Por qué?
—No lo sé —admití.
No tenía una respuesta concreta. Solo sabía que había algo en ese lugar que me había hecho sentir diferente. Que por un momento, entre la música y la gente orando, no había sentido este vacío.
No esperaba que Andrés entendiera. Ni siquiera estaba seguro de entenderlo yo mismo.
Pero él asintió.
—Está bien.
—¿Está bien?
Se encogió de hombros.
—Sí. Si eso es lo que necesitas.