El agudo dolor de cabeza me levantó de golpe, me desperté en una habitación de hotel, bueno, más bien una suite.
- Menuda noche.- me dije sin recordar absolutamente nada.
Me giré y vi a un tío durmiendo a mi lado, su portentosa espalda estaba llena de arañazos, su cuello cubierto de chupetones y, para rematar, mi pintalabios rojo recorría todo su cuerpo.
Hundí mi cara en la almohada y me quejé por no recordar nada.
Después de mi momento esquizofrénico me incorporé y fui al baño.
En cuanto abrí la puerta y vi el panorama me quedé pasmada.
El cristal estaba empañado pero pude verme en él.
Mi cuerpo estaba lleno de chupetones y estaba roja.
-¿Pero qué narices hiciste anoche Gabriella?- me dije.
Suspiré y me lavé la cara para despertarme y quitarme los restos de maquillaje corrido.
Busqué por la habitación mi ropa- dónde coño habré dejado mi sujetador, mierda-
-¿Buscas esto?- preguntó una voz grave detrás de mí.
Me giré y le vi sentado en la cama con mi sujetador en las manos.
Me tapé inmediatamente con el vestido que llevaba la noche anterior.
Me aproximé a él, alargué el brazo y le arrebate mi sostén.
- Gracias.- dije cortada.
Él me miraba serio, pero lo hacía de una manera provocativa, mientras me ponía el sujetador y me vestía.
-Bueno, un placer.- dije antes de dirigirme hacia la puerta.
Se levantó con rapidez y me impidió el paso.
- Ay madre.- reaccioné al ver que estaba en pelotas.
Miré hacia otro lado, avergonzada.
- Anoche no parecías tan tímida, Gabriella.- dijo mientras me miraba de arriba a abajo.
Di un par de pasos hacia atrás, estaba muy cerca.
- Anoche hice muchas tonterías, eh, ¿cómo te llamabas?- le miré.
- Alejandro, me sorprende que no recuerdes mi nombre, ayer te pasaste toda la noche gritandolo.- sonrió con picardía.
Noté como un escalofrío recorrió mi espalda hasta mi nuca, me puse roja.
- Eh, bueno, será mejor que me vaya, encantada Alejandro.- me apresuré.
Hice el intento de abrir la puerta, cosa que me fue imposible.
- Está cerrada, cielo.
- ¿Por qué?- pregunté preocupada.
- No sería seguro para ti que te vieran conmigo.- dijo él.
Tenía sentimientos encontrados. - ¿Quién narices es este tio? -
- ¿Eres un fugitivo o que?- vacilé.
- Algo parecido.- sonrió.
- Abre la puerta.- ordené.
Se aproximó hacia mí, se inclinó un poco y mientras me miraba fijamente tocó tres veces el marco. Un tío uniformado abrió la puerta segundos después.
- Buenos días, señor.- dijo el hombre inclinando la cabeza.
Entonces se giró hacia mí e hizo lo mismo.
- Señorita, espero que haya dormido bien.
- Emm, si, gracias.- dije confundida.
- Jay, traenos el desayuno.- ordenó Alejandro.
- Ahora mismo señor.- dijo antes de volver a cerrar la puerta.
Miré a Alejandro, estaba parado justo detrás de mí, mirándome con posesividad.
- Desayuna conmigo.- pidió.
- Tengo que irme.- le rechacé.
- Puedes irte después de desayunar.- insistió.
Analizando la situación sabía que no daría su brazo a torcer.
- Desayunaré contigo, pero vístete.- accedí.
Sonrió.
- Ayer no te quejabas tanto al verme sin ropa.- dijo pícaro.
- Ayer no necesitaba que estuvieras vestido.- contesté manteniendo la mirada.
Me acerqué a la cama, cogí su camisa y se la di. Sin quejarse se la puso. Antes de que el hombre de la puerta volviera, se vistió.
Comí como si llevara días en ayuno.
- No habrías aguantado sin desayunar.- dijo él.
- Habría comprado algo de camino a casa.
Se rió.
- ¿Qué tiene tanta gracia?- pregunté molesta.
- Nada, ayer estabas distinta.
Lo miré, parecía que él recordaba todo de anoche.
- Si te soy sincera, no me acuerdo de nada de ayer.
Pareció sorprenderle.
- ¿De nada?
- Absolutamente nada.
Me miró en silencio, como si él supiera algo muy importante que yo no. El silencio se interrumpió por el sonido de mi teléfono.
Agarré mi bolso y saqué mi móvil.
- ¿Si?- respondí sin ver quien me llamaba.
- ¡Gabri!- contestó la voz de Sofía.
- Dime guapa.- dije tranquila.
- ¿¡Cómo que guapa!?¿¡Sabes lo preocupada que estaba, idiota!?
- ¿Por qué?
- ¡Llevas toda la noche desaparecida!¡Cuándo volví de la barra con las bebidas no estabas!
- ¿Cómo?
- Tia estaba preocupadísima, pensaba que te habían raptado o algo así.
Miré a Alejandro de reojo.
- Algo así.- dije.
- ¿¡Qué!?
- Tranquila, estoy bien.- intenté calmarla.
- ¿Dónde narices estas?
Tapé el altavoz del móvil y me lo aparté de la oreja.
- ¿Dónde estamos?- le pregunté a Alejandro.
- En el Hotel Aman, Nueva York.- respondió él tranquilo.
- Vale.
- Estoy en Nueva York....
Miré a Alejandro y parpadeé un par de veces mientras procesaba la situación.
- ¿¡Nueva York!?- grité.
- ¿¡Estas dónde!?- gritó Sofi desde el otro lado.
Alejandro cogió el teléfono mientras yo todavía seguía atónita.
- ¿Señorita Ortega?
- ¿Quién es?- respondió Sofía con un tono de preocupación.
- Me llamo Rodrigo Rivera, soy productor musical, actualmente estamos reclutando bailarines para un videoclip, hablé con usted anoche ¿se acuerda?- mintió.
- Si, me acuerdo.
- Usted me dijo que era la representante de la Señorita Blaze, le pregunté si podía reclutarla y me dijo que si.
- Ah, si, entonces se encuentran en Nueva York para grabar el videoclip ¿no es así?
- Así es, me disculpo por no haberla avisado, la Señorita Blaze estará fuera un par de semanas.
- De acuerdo, gracias por informarme, ¿podría pasarme a Gabriella?
- No hay problema.
Me devolvió el teléfono y sonrió.
- ¿Sí?- respondí.
- Siento haberte gritado tia, Rodrigo ya me ha informado de todo, nos vemos en dos semanas, te dejo, estarás ocupada.
Sin que pudiera decir nada, colgó.
¿Pero qué?
Lo miré de nuevo, sonreía victorioso.
- ¿¡Qué narices estoy haciendo en el puto Nueva York!?¿¡Qué hago a seis horas de casa!?- me levanté de la silla cabreada- ¿¡Y qué cojones ha sido todo eso de un videoclip!?
- Gabriella, tranquilízate.
- ¿¡Quién coño eres!?
- Gabriella...- se acercó a mi.
- Ni se te ocurra dar un paso más.
Paró en seco.
- Déjame explicarte lo que pasó ayer- me miró con cuidado- por favor.
- Me ha secuestrado un loco, voy a morir.- dije perdiendo los nervios.
- Gabriella.- repitió.
- Me van a matar, soy muy joven para morir, mierda, ya me dijo mi psicóloga que un día mis locuras me pasarían factura, no van a encontrar mi cuerpo.- hiperventile.
- ¡Gabriella!- alzó la voz.
Le miré, se aproximó hacia mí y me sentó sobre el borde de la cama.
- Relajate joder.- dijo preocupado.
Tragué saliva. Me tendió unos papeles.
- ¿Acuerdo matrimonial?- leí confundida.
- Ayer accediste a firmar este contrato, en el cual estas dispuesta a fingir ser mi prometida durante un periódo de un año como máximo.- explicó.
- ¿Cómo has dicho?- le miré entre confundida y cabreada.
- A cambio de una retribución cada mes, por supuesto.
Pestañeé dos veces.
- A ver si te he entendido, me estás diciendo que firmé un contrato el cual dice que, tu y yo, somos marido y mujer, a cambio de un sueldo mensual, ¿no?- repetí sin creermelo.
- Sí, aunque para ser exactos, serías mi prometida, no mi mujer.- matizó.
- Ah, entonces no hay ningún problema.- dije irónica.
- ¿En serio?
- ¡Claro que no!¿¡Me estás vacilando!?¿¡Cómo voy a estar de acuerdo con eso!?
Me levanté y comencé a caminar en círculos por la amplia habitación.
- Esto tiene que ser una puta broma.- maldije.
- Gabriella relájate, el acuerdo no es para siempre, cuando el contrato termine cada uno seguirá con su vida.- intentó tranquilizarme.
Entonces caí en la cuenta de algo, corrí a agarrar el contrato y busqué con detalle entre las cláusulas.
- ¿Qué haces?- preguntó.
Lo ignoré.
Después de unos minutos buscando sin éxito me senté en una silla cercana y respiré hondo.
- ¿Qué pasa?
- ¿Por qué no hay una cláusula que especifique las obligaciones del contrato?- lo miré furiosa.
- ¿Te refieres a que donde pone que no tendremos que tocarnos?- sonrió.
- Sí.
- No lo pone.- dijo sin inmutarse.
- ¿Qué?- me cabreé más.
- Tranquila cielo, no te tocare sin tu consentimiento, soy hombre pero no un animal.
Le miré dubitativa, no me fiaba ni un pelo de él.
- Pues habrá que ponerlo por escrito.- dije tajante.
- ¿No confias en mi?- dijo haciéndose el dolido.
- ¿Acaso te sorprende?
¿Vas a acceder en serio Gabriella?
- ¿De cuánto sueldo estaríamos hablando?- dije planteándome semejante locura.
- Cinco mil - dijo sin despeinarse- mensualmente claro está.
¿Cin-cinco mi-mil?
Tragué saliva de nuevo, él me miraba sonriente.
- Sé que el mundo artístico de la danza no paga lo que debería, y también sé que te hace falta el dinero.- sonrió aún más.
- Accederé, siempre y cuando se añada una nueva cláusula.- dije tajante.
- De acuerdo, cielo.
Cogí un boli de mi bolso y escribí una nueva condición en el contrato. Luego se lo tendí a Alejandro y lo miré fijamente.
- Nuevo contrato, nueva firma.- dije tajante.
Leyó lo que acababa de escribir y sonrió.
- Arruinas la diversión.- dijo.
- Te puedes divertir tu solito, firma.
Me miró juguetón. Firmó sin decir nada.
- Veremos si aguantamos sin romper esa cláusula, cielo.- me retó.
- Te aseguro que sí.- dije firmando.
Se acercó a mí, nuestros rostros estaban muy cerca.
- La Gabriella de anoche no estaría de acuerdo.
- Que bueno que la Gabriella de hoy no se acuerde de nada.- le dije sin retroceder.
- Me encanta que me desafíes, cielo.- sonrió.
Me mantuve seria. La tensión entre nosotros se sentía, mi cuerpo lo percibía y mi respiración se agitaba cada vez más, y eso me repataleaba por dentro.
Su teléfono sonó, interrumpiendo en el momento justo. Suspiró y respondió.
- ¿Sí?
Me levanté para ir al baño, cerré la puerta y me miré en el espejo.
Contrólate, idiota.- me dije.
Me refresqué e intenté recordar algo de anoche.
Mierda, ¿cómo es posible que no recuerde nada?
La situación era muy frustrante, era la primera vez que me emborrachaba tanto hasta el punto de no acordarme de absolutamente nada. Y ahora, por culpa del alcohol y la mía, no sabía cómo había acabado en Nueva York con un tío desconocido, que por lo visto, era más siniestro y misterioso de lo que parecía.
El sonido de unos nudillos tocando la puerta del baño me sacaron de mis pensamientos.
- Gabriella, tenemos que irnos.
Salí del baño al segundo, me lo encontré de frente.
- ¿A dónde vamos ahora?
Me miró de arriba a abajo.
- De compras.- dijo.
Me miré el vestido, el bajo estaba completamente arruinado, manchado de bebida y tierra, al igual que mis tacones.
- Tina me va a matar.- dije cansada.
- Le compraré ropa a ella también, sustituirá ese vestido.
- ¿En serio?
- Claro que sí, además, mi prometida no puede ir así, aunque me da pena, no podré verte con ese vestido mucho más.- sonrió.
Puse los ojos en blanco. Aprovechaba cualquier oportunidad para decir ese tipo de cosas. ¿No se cansaba o qué?.
Salimos de la habitación y bajamos hasta el garaje del hotel, allí nos esperaba un todoterreno negro con los cristales tintados.
Detrás de él había un par de coches más.
- Sube.- dijo abriendo la puerta ante mi.
Monté en el asiento del copiloto y él se sentó justo al lado, en el del conductor.
- ¿No vamos a dar un poco la nota?
- ¿Por qué lo dices?
- Por que vamos en un todoterreno negro, con los cristales tintados, y nos siguen dos coches iguales.
No pareció entenderlo.
- ¿Quién eres?- pregunté.
Me miró de reojo sin apartar la atención de la carretera.
- ¿En serio quieres saberlo?¿No te vale con mi nombre?- replicó.
- No, no me vale.- insistí.
Resopló.
- ¿Conoces el apellido Leone?
- ¿Leone?
Una de las familias más importantes de la industria de las carreras ilegales italianas.
- Me suena.- omití información.
- Mi nombre es Alessandro Leone Mancini, hijo del actual cabecilla de los Leone.
- Vamos que eres un mafioso.- concluí.
Sonrió.
- Mi familia se dedica a muchos negocios, pero en particular el negocio de coches de lujo.- explicó.
- Sí claro, coches de lujo.- dije en voz baja.
- ¿Qué?
- Nada.
Llegamos a La Quinta Avenida, nada más bajarnos del coche entramos a CHANNEL, un par de guardaespaldas entraron con nosotros y se quedaron en la puerta, vigilando que nadie entrase.
Alejandro se dirigió a hablar con el encargado mientras yo me tomaba la libertad de coger todo lo que me gustaba.
Dada la situación, me lo merecía.
- Gabri...
- Sujeta esto anda.- le corté dándole una pila de vestidos y trajes.
Me siguió por la tienda hasta que hube terminado de elegir.
- Diez, once, doce.....quince, yo creo que con esto vale.
Me miró.
- Señorita, tiene usted un gusto exquisito.- me halagó la vendedora.
Sonreí.
Me dirigí al probador y justo en la puerta me detuve.
- Puedes esperar fuera.- le dije a Alejandro mientras cogía la ropa.
- Date prisa, cielo- dijo - dentro de una hora tenemos una cena.
Le guiñé el ojo y entré.
En menos de veinte minutos salí del probador.
- Ya estoy.- dije dejando un par de conjuntos encima del mostrador.
- ¿Tan rápido?- se extrañó.
- ¿No teníamos una cena?- sonreí- Estos dos conjuntos no me los llevo, todo lo demás sí.- le dije a la dependienta.
- De acuerdo, señorita- dijo con una sonrisa- ¿quiere algún bolso?
Me enseñó cinco bolsos preciosos, acabé eligiendo dos.
Alejandro pagó y entramos a Jimmy Choo para comprar seis pares de zapatos.
Una vez en el coche nos dirigimos al Four Seasons, llegamos cuarto de hora antes de la gala, subimos a la suite y me cambié.
- ¿Estas lista?- preguntó Alejandro desde el otro lado de la puerta del vestidor.
Me apresuré a salir.
- Qué prisa tienes, madre mía.- dije mientras intentaba abrocharme el tacón.
Se me quedó mirando, sin hablar.
- ¿Qué pasa?¿Es demasiado?- dije mirando el vestido.
Era un vestido verde pera, con un escote griego y toda la espalda descubierta, tenía una abertura hasta la cadera del lado derecho. Elegí unos tacones altos de charol, un tono más oscuros que el vestido y un bolso blanco de CHANNEL.
- Espera un momento, tengo que atarme el zapato.- dije.
Antes de agacharme, él se arrodilló, sujetó con gentileza mi pierna y la alzó hasta pisarle la rodilla.
Ató el broche y me miró.
Un escalofrío me recorrió la pierna ante el roce de su mano contra mi tobillo.
- Estas increíble.- dijo incorporándose.
Le mantuve la mirada, no podía parar de verme.
Me tendió el brazo y salimos de la habitación.
Bajamos las escaleras hasta el vestíbulo, donde se celebraba la gala.
En cuanto nos dejamos ver, todos y cada uno de los presentes comenzaron a susurrar.
- Todos nos miran.- susurró Alejandro.
- ¿Estoy a tiempo de salir corriendo?
- Es bueno que miren, relájate y disfruta.- sonrió.
Me dedicó una mirada tranquilizadora, respiré hondo y entramos a la sala.
Alejandro no se separó de mi.
Caminamos hasta la barra y nos soltamos.
- Una de Brandy y agua, por favor.- pidió.
- ¿Agua?
- No voy a dejar que te emborraches, ya se como te pones.
- ¿Perdona?
Me miró de reojo.
- Ignore eso, para mi un Daiquiri de fresa, por favor.
Cuando el camarero se fue a preparar las bebidas, Alejandro se volteó hacia mi.
- Te encanta llevarme la contraria, ¿no es así?- se molestó.
- No soy una prometida obediente.- le molesté.
Se le tensó la mandíbula.
- Muy buenas noches, Señor Leone.- dijo un hombre.
Alejandro cambió su expresión tan rápido como aquel hombre le saludó.
- Buenas noches, Don Rael, ¿cómo se encuentra?- dijo con una sonrisa falsa.
- A mis setenta y ocho años solo puedo decir que sigo vivo.- se rió.
Alejandro sonrió.
- ¿Quién es la bella dama que le acompaña?- dijo girando hacía mi.
- Ella es mi prometida, señor.- me presentó él.
- Gabriella Blaze, encantada.- me presenté agachando un poco la cabeza en señal de respeto.
El hombre alzó mi mano y la besó con sutileza.
- Es usted hermosa, si me lo permite.
- Muchísimas gracias, señor.- sonreí.
- Llameme Paul, señorita.
Sonreí. Era un hombre anciano, sus ojos eran azules, casi grises, y parecía tener un alto nivel aristocrático. Era evidente su elegancia y modales, denotaban una gran educación.
- Dígame, señorita Blaze, ¿Qué ha visto en el Señor Leone?- se atrevió a preguntar Don Rael.
- ¿Qué?
Miré a Alejandro, ignoraba completamente la idea de ayudarme, más bien disfrutaba la situación.
- Pues, eh, yo....-tartamudeé.
Su estúpida sonrisa me sacó de quicio.
- Digamos que lo que me enamoró de él fue su increíble capacidad para bailar.- le molesté.
Casi se atraganta con el Brandy, sonreí exitosa.
- No sabía que bailaba, Señor Leone.
- Eh, sí.- carraspeó.
Me reí disimuladamente y tomé un sorbo de mi bebida.
Un par de horas y cinco daiquiris después mi noción del tiempo y espacio estaba distorsionada.
Encontré a Alejandro tras media hora en el baño.
En cuanto me vio se acercó a mí, molesto.
- ¿Dónde coño estabas?
- Tranquilízate, ¿es que ahora una señorita no puede ir al baño sin que la regañen?
- Estás borracha, joder.- dijo mirando a su alrededor con miedo de que alguien me viera en aquella situación.
Me agarró fuerte del brazo y me llevó hasta el pasillo de fuera de la sala.
- ¿Cuánto has bebido?
- Que bien te queda el traje.- coqueteé.
- Gabriella, ¿cuánto has bebido?.- repitió sin paciencia.
Sonreí y me acerqué a su oído.
- Vas a tener que averiguarlo.- susurré.
Volví a entrar a la sala, jugué a las escondidas pero no pude perderle entre la gente.
- Gabriella, deja de jugar y compórtate.- dijo agarrándome fuerte de la muñeca.
- ¿Comportarme?- le dediqué una sonrisa pícara.
Comenzó a sonar un tango, y decidí molestarle un poco.
Salí a bailar con un completo extraño.
Mientras la música sonaba con sutileza, pegué mi cuerpo cada vez más a aquel hombre mientras mantenía su mirada.
El baile se volvió cada vez más íntimo.
*Alejandro*
Me miraba desafiante mientras se restregaba contra ese tío.
Una rabia me invadió y mi cuerpo se movió solo.
Me hice paso entre la gente y en un paso la arrebate de las garras de aquel idiota.
- No me desafíes.- dije tensando la mandíbula.
Ella se limitó a sonreír, una sonrisa insolente que me hizo querer besarla.
Al golpe de la música se acercó más a mi.
Nuestros cuerpos chocaban con intensidad, y de repente, todo en ella me pareció tentador.
Deslicé mi palma por su muslo para alzar su pierna hasta mi cadera, acabamos cara a cara, me miraba desde abajo con esos ojos. Joder. Que ojos.
Cuando estuvimos al borde de besarnos se dio la vuelta y siguió bailando.
Comenzó a moverse y la abertura de su cadera dejó al descubierto su pierna.
Su espalda, su muslo, sus caderas, su cuello...me entraron ganas de devorarla.
La agarré con firmeza de la cadera y la pegué por completo a mi, deslizó su mano por mi torso y me estremecí.
La música estaba llegando a su fin y yo deseaba que aquello durase para siempre.
Terminamos pegados el uno al otro, sudando, ella despeinada, mis manos en sus caderas y espalda, su mano en mi nuca y mirándonos con intensidad.
Nuestras respiraciones agitadas se entremezclaban y mi deseo por ella aumentaba por momentos.
La gente a nuestro alrededor aplaudía eufórica pero ninguno de ellos me importaba lo más mínimo.
Estábamos ella y yo, nadie más.
Nos mirábamos extasiados y no me lo pensé dos veces.
La alcé en mis brazos con facilidad y salimos de allí.
Nada más llegamos al ascensor, la acorrale contra la pared.
Ninguno decíamos nada, tan solo nos mirabamos, pero con eso bastaba, ambos queríamos lo mismo, y no pude contenerme más.
La besé agresivamente, quise refrenarme pero cuando noté como me devolvió el beso no pude parar.
Me alborotó el pelo mientras presionaba su cuerpo contra el mío.
Dios mío, esa mujer me volvía loco.
En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, la levanté y se agarró a mi con sus piernas.
Éramos como dos imanes atraídos por una fuerza realmente intensa.
Llegamos a la habitación, sin soltarla ni parar de besarla rajé su vestido.
La deseaba.
Caímos sobre la cama y me abalancé contra ella como loco.
Me quité la camisa mientras ella me miraba, agitada, estaba ahí, tumbada, con las mejillas al rojo vivo y los ojos llenos de lascivia.
No me contuve, no podía, me arañó la espalda como si el deseo de que se la metiera fuese más importante que respirar.
Solté un quejido por el dolor de su rasguño, pero eso solo hizo que ambos nos calentasemos más.
Me quitó el cinturón y me bajó los pantalones.
La besé.
No me aguanté más y se la metí con fuerza.
Gimió de placer y comencé a embestirla como un animal.
La agarré del cuello y me tomé la libertad de subir el ritmo.
Se retorcia, mordiendo las sábanas y gritando como loca.
Me acerqué y la chupé el cuello, bajando hasta su torso y después su entrepierna.
Empujó sutilmente mi cabeza contra ella y comencé a lamerlo rápidamente.
Se retorció de nuevo, gritó y acabó por temblar.
La besé de nuevo con toda la boca empapada.
El roce de nuestros cuerpos desnudos subió la temperatura y no pude evitar hacerla gritar de nuevo.
Continué besándola y sujeté sus brazos hacia arriba mientras que con la otra mano hundía mis dedos hasta el fondo.
Se quejó, pero seguí. Disfrutaba viendo su cara de placer, sus expresiones y cómo su piel se enrrojecía.
No tuve piedad y también metí mi polla, estaba realmente apretada, no paraba de gemir.
Unos segundos después llegamos al clímax al unísono, gritó como loca.
Exhaustos, nos quedamos dormidos.