Capítulo 1
Nos gusta creer que tenemos el control de nuestras vidas, que podemos trazar la ruta de nuestro navío, pero lo cierto es, que el destino existe y le gusta jugar con nosotros más de lo que debería.
Starbucks.
La cafetería de mas renombre a nivel mundial.
Y un gasto en mi cartera que ciertamente no necesito.
Revise el menú desplegado con las bebidas de temporada y las más vendidas, por unos segundos la idea de irme paso por mi mente, es una gran estupidez desperdiciar algunos dólares en algo como esto cuando después pueden hacerme falta, pero deseo ser egoísta, deseo ponerme a mí antes que a mamá, o a Hope.
—Siguiente por favor.
Egoísta. Deseo tanto ser egoísta. Necesito serlo. Al menos por unos segundos.
—Buenas tardes, ¿ya sabe qué desea ordenar?
—Hola... umm... sí. Dame... –Doy otro rápido vistazo al panel de bebidas antes de decidirme por una bebida caliente—. Un caramel macchiato grande por favor, con leche deslactozada.
—Claro, es un total de $4 dólares. Su pago será con efectivo o tarjeta.
—Efectivo.
Por unos segundos sentí como si los ojos de todos se posaran sobre mi espalda, acechantes, juzgadores.
Tomando una honda respiración y aferrándome a mi idea de ser egoísta abrí mi bolso en busca de mi cartera, sin titubear extraje un billete y se lo extendí a la chica tras el mostrador, quien con una sonrisa lo tomo, cobro y me devolvió el cambio.
Para mi sorpresa no siento como si un gran agujero hubiera aparecido de pronto en el fondo de mi bolso, o como si nos fuéramos a quedar en la calle por esos 4 dólares menos en nuestra cuenta bancaria.
—A nombre de quién.
Contemplo a la alegre chica antes de responder—: Annika.
—Bien, en un momento estará listo. Puedes recogerlo al final de la barra.
Asiento con un sentimiento de fulgor en lo hondo de mi pecho, y me muevo permitiendo que la persona tras de mí en la fila ocupe mi lugar.
Deje que mi mirada bagara por todo el lugar, era una cafetería hasta cierto punto "elegante", aunque ciertamente no es la gran cosa tampoco, su fama radica mas bien en el monopolio que han logrado construir alrededor de la idea de que el café vende clase, sobre todo un estilo de vida acomodado.
Caminé hacía una de las esquinas de la cafetería, había una mesa baja con dos silloncitos a sus costados, sin pensarlo me hice con uno de ellos.
Contemplé por unos segundos a las personas a mi alrededor, algunas de ellas estaban trabajando en sus computadoras con sus audífonos para no ser molestados, otras estaban platicando amenamente, y solo unas pocas tenían libros entre sus manos.
Envidié a estas últimas. Existió una época en que yo igual podía perderme en la profundidad de un libro sin darme cuenta, las horas podían pasar y yo apenas y lo habría notado, los libros siempre habían sido el refugio al cual huir, aunque ahora no fueran mas que hojas olvidadas en los pequeños estantes de mi cuarto.
Distraídamente saque la pequeña libreta que siempre cargaba en mi bolso, esa que usaba solo para anotar aquellos pensamientos que de otro modo no me dejarían dormir por las noches de no dejarlos libres en papel.
21 de Enero de 2023.
"Vivimos persiguiendo un mañana que puede que nunca llegue. Prostituyendo la idea de un futuro hipotético que no vive mas que en nuestros sueños cuando dormimos; nos hemos negado a nosotros mismos la oportunidad de disfrutar el ahora, el único regalo verdadero que tenemos en este plano de muerte. Porque si algo es seguro, es que todos estamos condenados a morir desde el momento en que damos nuestro primer aliento."
No ahondé más en esa idea, solo la deje estar, libre, la época en que podía discutir mis pensamientos más profundos con alguien había quedado atrás hace mucho, ahora solo dejaba que estos bagaran en el papel, y que la tinta se perdiera entre las hojas de mi libreta. Ya ni siquiera podía tener mis pensamientos para mí misma, eran demasiado escandalosos, demasiado ruidosos como para que corrieran sueltos, demasiado... escabrosos.
—Aquí tienes.
Atontada alcé la mirada encontrando frente a mí a un chico de sonrisa fácil y ojos coquetos, deposito frente a mí la bebida y con un guiño se dio la vuelta.
En otro tiempo, no, seguramente en otra vida le hubiera devuelto el coqueteo, tal vez una sonrisa lenta, un pestañeo, o un número en una servilleta pulcramente doblada, pero esa vida no era esta, y esas eran solo ilusiones estúpidas.
—No vayas por ahí.– Dejando de lado mis pensamientos tomé entre mis manos el vaso desechable.
Las pocas veces que había venido a esta cafetería me gustaba fingir que era otra persona, una chica saliendo de clases, agotada por la jornada, o tal vez por las prácticas médicas, otras, que era una estudiante de arte, que trabajaba media jornada en el museo que se encontraba a seis cuadras de aquí, era divertido hacerlo, era... Un escape.
Desde que tengo memoria he odiado escapar de las cosas, no enfrentarlas, pero... algunas veces también era lo único que me mantenía en movimiento, que me impulsaba a no rendirme, a no sumergirme en la locura de mis pensamientos.
Había días buenos así como semanas, y si tenía algo de suerte estas se convertían en meses, pero había otros momentos en que todo se volvía negro, gris... y temía no encontrar la salida.
Uno de mis mayores miedos es saber que estoy loca, porque ya lo pienso, pero una cosa es créelo uno mismo, pensarlo, y otra muy distinta que alguien mas lo diga, que vuelva real tus demonios, tus miedos, que convierta tus pensamientos en palabras y que estas sean como piedras cayendo contra un tejado de cristal, destrozándolo en pedazos.
Es aterrador.
Como entrar en agua helada con la esperanza de que cada uno de tus músculos no comience a fallar a los minutos y puedas volver a emerger de ella.
Nunca he hablado con mamá de esto. Ya tiene suficiente en su plato con Ana, mi pequeña hermana, así que simplemente guardo todo para mí, las pesadillas, los días malos, los recuerdos que no tienen sentido alguno, el dolor, los demonios, todo.
Nunca he dejado que nada salga.
Con un suspiro miro mi bebida. Odio pensar tanto, o mejor dicho sobrepensar tanto.
Soplando antes de tomar de la bebida le di un primer trago al café, mmhm, ahí está esa nota amarga pero al mismo tiempo dulce que tanto amo y hace a mi boca salivar.
Cada pequeño trago que doy es un manjar, es un lujo que me encuentro dispuesta a darme raras veces, mamás y Ana van antes que todo, incluso que yo, aunque mamá no lo entienda, y cómo lo haría, me he vuelto tan malditamente buena en construir una burbuja a su alrededor que sería difícil que la mierda de fuera las toque.
Dando un suspiro recargue mi rostro contra el respaldo del sillón y cerré fuertemente los ojos recordando el inicio de nuestro infierno.
Tres años.
Hace tres jodidos años el dador de esperma que se hacía llamar nuestro padre nos había abandonado, había decidido que no podía seguir soportando el peso de ver morir a su hija menor un día sin mas, así que simplemente nos había arrojado un puñado de billetes y se había largado con su amante.
Yo no tenía más de 19 años, nadie quería contratarme realmente, al menos no en trabajos serios con buena paga, pero ¿qué demonios debía hacer, sentarme y ver como mi madre se sacrificaba a sí misma? Imposible.
Lo primero que hice fue renunciar a mi beca, le dije adiós a la Universidad, le dije adiós a medicina, a mi sueño, y en su lugar cogí un short que dejaba mas a la vista de lo que cubría y entré en un bar, la paga era decente, pero las propinas valían toda la pena, después tomé otro trabajo, camarera por el día en un pequeño café cerca de casa, con ello nos las arreglamos por un tiempo.
Hasta que la desgracia volvió a tocar a nuestra puerta.
Anastasia tuvo que ser intervenida de emergencia una noche, el dinero simplemente desapareció y volvimos a estar en ceros, las facturas se incrementaban con las visitas constantes al hospital, mamá enfermó y una cosa llevó a la otra.
Como si el destino disfrutara burlándose de mí un día lo vi, un anuncio que solicitaba a mujeres bonitas para ser las acompañantes de hombres poderosos, ricos, no lo pensé dos veces, no había tiempo para hacerlo, me presenté, y obtuvé un lugar.
Logré conseguir además un puesto como recepcionista en uno de los mejores hoteles de la ciudad, eso me daba una coartada ante mamá, quien había dejado de trabajar al haber desarrollado fibromialgia, con ella había días buenos y días malos, mañanas en las que el vómito y el dolor no parecían desear abandonarla y tardes donde parecía volver a ser un hada.
Maddeline White creía que las noches que me ausentaba era porque hacía turnos dobles, o porque había algún evento que debía de ser cubierto en el hotel, pero la mayor de las mentiras era que salía con mis amigas como una chica común de 21 años. Pero mamá nunca comprendería que yo nunca sería normal, había un abismo demasiado grande entre yo y esa palabra como para ser saltado, por lo que simplemente le permitía jugar con esa idea, aferrarse a ella.
Unos gritos alegres llamaron mi atención haciendo que abriera los ojos. Unas mesas más allá había tres chicas reunidas, una de ellas tenía un regalo en sus manos.
¿Cuándo había sido la última vez que había recibido un regalo, tal vez cuando el dador de esperma aún se encontraba en casa? No, había sido mucho antes, ahora lo recordaba, en mi cumpleaños número 14, me habían regalado un estetoscopio, con la banda en un hermoso color agua marina y un estuche de madera de lo más lujoso, uno de los pocos actos cariñosos que aquel hombre había tenido hacía mí.
Volvía a dar unos cuantos sorbos a mi café ante ese recuerdo, si las cosas hubieran sido diferentes ahora mismo habría faltado tan solo dos años para terminar la carrera, y luego... Bah, vivir del pasado solo causa dolor, es mejor dejarlo ir.
—Desearía que todo hubiera sido distinto.
Apenas pude dar otro trago de mi café antes de que el maldito caos reinara en el lugar.
Lo primero que percibí fue el ruido estridente de lo que en un principio creí que era algo estallando, rompiéndose, pero no, eso eran... balas... alguien estaba jodidamente disparando.
El caos estaba reinando en su más natural estado.
Vi como personas corrían, se hincaban, se escondían tras las mesas, gritaban, lloraban, pero por alguna razón mi cerebro se negó a comprender nada hasta que algo caliente cayó sobre mi mano y bajó hasta mi pierna haciéndome gritar.
Ardía.
Ardía como el maldito infierno.
Pero fue como un interruptor. Nerviosa volqué la pequeña mesita frente a mí y puse el silloncito tras ella arrinconándome entre ello y la pared.
Joder... joder... vamos a morir.
Por alguna razón mi cerebro comparó el caos que estaba reinando en el lugar con música, una canción demasiado caótica para ser danzada por todos. Lo comparó con el mas puro arte de la desesperación humana, sonoros gritos, gemidos, lamentos y berridos eran las voces protagonistas de la orquesta, estallidos de cristales eran las trompetas, y el rechinar de llantas y casquillos eran los trombones.
El título para esta pieza: "Desesperación ante la fragilidad".
Luego vino la explosión de los cristales frontales, los más grandes de todo el lugar, el ruido ensordecedor me aturdió por unos segundos, antes de que volviera a escuchar en la periferia más gritos aterrados.
—¡Maldito hijo de perra, cómo te atreves a tocarme!
Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero ante la impertérrita voz ese hombre, se oía... embravecida, como el chocar furioso de las olas contra un despeñadero.
El siguiente disparo se escuchó demasiado estridente, demasiado cerca, reverberó contra cada hueso de mi cuerpo haciéndome gritar aterrada.
Estaban cerca, demasiado cerca, tal vez incluso dentro del lugar.
¡¿Este sería mi jodido fin, asesinada por comprar un café en el momento y lugar equivocados?! Por unos segundos un ataque de risa me embargo, fue una risa nerviosa que peleó desesperadamente por convertirse en llanto, pero no lo permití, la jodida vida me había enseñado a ser valiente, lo había tatuado en mis huesos, no permitiría que me doblegara nuevamente el miedo.
El impacto de una bala contra la pared que se encontraba detrás de mí me hizo chillar de terror, fue instinto puro, no pude evitarlo, y me hizo ser más consciente de lo frágil que era la maldita vida humana.
La mía incluida.
No podía permitir que alguien me metiera un tiro por una jodida equivocación, ellos no cuidarían de mi madre, de mi hermana.
De pronto el silencio pareció gobernar en el lugar, un sitio que se había convertido en cuestión de segundos en el reino del caos, ¿todo habría acabado ya?, ¿esa gente loca se habría ido sin más?
Lentamente saque unos milímetro el rostro de mi escondite, las mesas estaban en su mayoría volteadas, el que había sido un gran ventanal estaba hecho añicos, esquirlas brillantes y manchas de rojo en el piso, además había sangre por todas partes así como... viseras.
Una arcada subió del fondo de mi estómago hasta mi boca, pude contenerla, pero no la siguiente, apenas tuve tiempo de girarme sobre mí misma para devolver el estómago.
Joder... había visto demasiadas películas de terror a lo largo de mi vida, series de asesinatos, películas sangrientas, pero ninguna de esas cosas me había preparado sin duda para ver algo así en la vida real. Todo era tan... real. Tan crudo.
Traté de respirar lentamente por la nariz.
Inhalar.
Exhalar.
Inhalar.
Pero el olor a oxido de la sangre volvió a revolver mi estómago, una segunda arcada me atravesó dolorosamente y la siguiente hizo que mis ojos lagrimearan, el vientre me dolía, y sentía el pulso acelerado, en el piso no había mas que café y bilis, lo único que había estado en mi estómago.
Tomando una respiración temblorosa limpié mis labios con la manga de mi abrigo, y por unos segundos solo desee que los minutos pasaran y alguien viniera a decirnos que todo estaría bien, pero sabía mejor que nadie que eso nunca pasaría; "si deseas que alguien te salve tienes que hacerlo tú mismo, porque no lo hará nadie más", esa era una de las lecciones más duras que la vida me había enseñado.
Llenando de un coraje que no sentía volví a asomar la cabeza tan solo unos milímetros, cerca de la barra y de la entrada habían al menos seis cadáveres... Respire hondo cuando sentí otra arcada venir, no había mas en mi estómago que pudiera ser devuelto, tan solo bilis.
—Puedes hacerlo Annika, joder... Puedes hacerlo, eres valiente.
Dicen que muchas veces nos creemos las mentiras de forma más sencilla cuando estas se repiten de forma constante a nuestro alrededor, bueno, eso debía ser cierto, porque esa era de mis mentiras favoritas.
Volví a asomarme lentamente, los cadáveres, todos ellos tenían perforaciones de bala, ningún tiro había sido limpio, todos buscaban infligir el mayor dolor sin duda, pero también impedir el contraataque.
Y entonces lo vi...
Había un hombre a pocos pasos de mí, su cabello rubio como el trigo se encontraba manchado por gotas carmesí, su rostro habría sido bellísimo en otras circunstancias, en unas normales, era un rostro clásico, con mandíbula poderosa, nariz respingona y ligeramente ancha, pómulos marcados, cejas gruesas, y unos ojos de un verde profundo que me dejaron paralizada cuando hicieron contacto con los míos.
Él me estaba mirando. A mí...
No pude evitar deslizar la mirada por su cuerpo, llevaba un abrigo de un verde oscuro, largo, tal vez por debajo de las rodillas, una camisa negra de cuello de tortuga que marcaba cada uno de sus músculos. Algo más allá de él llamó mi atención, comenzaba a haber una gran mancha de sangre cerca de él, ¡oh no, había sido alcanzado por una bala!
Por alguna razón estúpida mi cuerpo quizo llegar a él, a esa razón yo la llamaba instinto de ayudar al más débil, un instinto que me había metido en demasiados problemas para el caso.
—Pero qué carajos te piensas que vas a hacer Annika. Con un demonio, puede ser un loco de mierda.
Me mordí el labio inferior con fuerza, nerviosa, no sabía qué hacer. Insegura volví a buscarlo con la mirada descubriéndolo tanteando su abdomen, cuando levantó su mano ambos pudimos ver claramente que estaba teñida de rojo.
Sangre.
Un gemido de angustia se escapó entre mis labios, por mas que deseara quedarme escondida como una tortuga en su caparazón no podía hacerlo, mi consciencia nunca me dejaría en paz sabiendo que pude haber hacho algo.
Sintiendo el chute de adrenalina recorriendo mi cuerpo me puse en pie, antes de poder pensar realmente en lo que estaba haciendo cogí mi bolso y corrí hacía el extraño hombre rubio. Ahora que podía verlo de cerca fui consciente de su largo y tonificado cuerpo, así como de sus rasgos, estos me dieron un indicio de su edad, tal vez estuviera entre los 25 o 26 años, era alguien joven sin duda.
Insegura me dejé caer a su lado, poco me importó que mis pantalones se llenaran de los que me gustaba imaginar era agua con colorante, y antes de que mis manos pudieran tocar su abdomen fueron inmovilizadas de forma dolorosa.
—¿Planeas terminar lo que esos hijos de perra no pudieron hacer, tú eras su haz bajo la manga? –El agarre sobre mis muñecas se intensificó y un pequeño gemido escapó de mis labios. Este grandísimo idiota me estaba lastimando.
No tenía ni puta idea de qué carajos estaba hablando, pero esos disparos no habían sido casualidad, ese hombre era su objetivo. Esa debió de ser razón suficiente para que me alejara de él.
—Yo solo intento impedir que te desangres hasta morir grandísimo bastardo pretensioso.
Una sonrisa ladina nació en los labios del rubio debajo mío, una sonrisa engreída.
—¿Y quién me asegura que eso sea cierto?
—Supongo que nadie niño bonito. –Las manos me temblaron entre la suya más grande, pero me obligué a conservar la calma, si perdía ese valioso recurso todo se iría al demonio antes de siquiera haber empezado—. Estudié medicina, puedo ayudarte si me lo permites. –Silencio—. Por favor.
En teoría ese dato era más o menos cierto. Había hecho dos años y medio de medicina antes de que tuviera que abandonar la escuela.
El rubio hombre me contempló ante de soltar mis manos, me dedicó una mirada profunda que me hizo temblar, sus ojos se veían demasiado duros, demasiado... Conocedores de algo que yo no sabía—: Si intentas hacer algo indebido lo sabré.
—Sí. Juró que no haré nada malo... Solo quiero ayudar. –Mi maldita voz sonó tan pequeña al final, tan asustada, y tal vez algo de ello le hizo gracia al dios griego bajo de mí pues me sonrió sombríamente.
—Bien. Voy a levantar tu suéter, necesito saber si la bala salió o sigue dentro, ¿está bien?
El aludido tan solo asintió, pero no dijo nada.
Tomando valor realice la acción, lo primero que vi fue un reguero de sangre y un amasijo de carne abierta, tuve que contener el malestar que esa imagen me provocó. Carajo, en la universidad nunca había llegado a la parte práctica de mis estudios.
Aleje mi vista de la herida sangrante y en cambio me concentré en la barbilla del extraño, era definida, poderosa, un perfecto ejemplo de algún personaje misterioso de un libro.
—Maldición, la herida está demasiado comprometida. ¡Alguien llame a una ambulancia!, ¡llamen a una ambulancia ahora!
Valentía.
Necesitaba ser valiente.
—Yo... Voy a palpar la parte trasera de tu espalda... Necesito saber si... –No pude seguir hablando pues unas manos masculinas tocaron mi rostro en una caricia suave, unas manos llenas de...
—Hazlo, y deja de hablar pajarillo.
Con calma el hombre rubio retiró sus manos de mi rostro y me dedico una sonrisa apagada. Pude sentir como algo húmedo se deslizaba entre mi piel, pero me obligue a pensar que no era nada, que tan solo era un poco de agua.
Con el miedo alojado en el fondo de mi estómago me obligue a llevar mis manos temblorosas detrás de su espalda. Tome una respiración honda antes de comenzar a palpar suavemente, a este punto lo mejor sería que la bala se encontrara alojada aún en su carne, que no hubiera punto de salida, eso retrasaría un poco la hemorragia, aunque también podría comprometer algún órgano. ¡Carajo, demasiadas posibilidades!
Lentamente y de forma minuciosa palpe la mayor parte del área sin querer moverlo demasiado. La bala seguia dentro.
—Bien. Es bueno que la bala no haya salido. Yo... –Sintiendo que de pronto las emociones amenazaban con sobrecogerme lleve mis manos a mis cienes tratando de pensar—. Necesito aplicar algo para evitar que pueda infectarse la herida, y tratar de detener el sangrado, y...
Por el rabillo del ojo vi como una mujer se abrazaba a otra y como rehuían mi mirada, busque a los demás y sucedió lo mismo, ¿acaso nadie había llamado a una maldita ambulancia a este punto?, ¿solo... dejarían que este hombre muriera?
—¡Alguien consígame un maldito botiquín! –Nadie hizo nada, solo se quedaron agazapados en sus lugares, temblando de miedo—. ¡Ahora!, ¡lo necesito ahora! ¡Y llamen a una ambulancia, ya!
Esta vez me asegure de ver a la mayoría de las personas del lugar, de hacerles saber que les hablaba a ellos, y entre temblores la mayoría saco sus celulares, y algunos empleados corrieron a una puerta de solo personal autorizado.
—Shhh, pajarillo. No debes gritar.
Volví con asombro mi mirada hacía el hombre rubio. Para tener una herida de bala en el cuerpo se veía tan... calmado. Como si no se estuviera desangrando entre mis jodidas manos.
—Todo estará bien.
—¿Có... cómo puedes saberlo? –Mi voz falló y me odie por eso, no era momento para ser débil.
Un empleado tembloroso se acercó a nosotros y torpemente me paso el pequeño kit de primeros auxilios. No había mucho, pero al menos sí lo básico. Nerviosa deje caer sobre mis manos una generosa cantidad de alcohol, por unos segundos dude en poner alcohol también sobre la herida, pero no, sería un infierno para el hombre, no sacaría la bala, solo trataría de contener el sangrado.
—Esto va a doler. –No espere que el hombre me dijera nada, cogí un par de gasas juntas y las presione firmemente contra su herida sangrante, un grito doloroso provino de sus labios los cuales se encontraban aprisionados entre sus dientes.
Joder... A este paso se destrozaría la boca. Ansiosa escanee nuevamente el lugar, la gente temblaba, lloraba y sobre todo, rehuía mi mirada.
—¡Tú! –la chica morena que no desvió su mirada a tiempo me contempló aterrada—, dame tu cinturón.
Temerosa, la aludida lo retiró de sus jeans con dedos torpes y con pasos temblorosos se acercó a mí.
—Sostén aquí unos segundos. Necesito...
—Pero... Yo...
—¡Solo hazlo, serán unos segundos! ¡Solo unos malditos segundos!
La chica aterrada se dejo caer a mi lado y puso sus manos temblorosas sobre las gasas que para ese punto se encontraban rojas y empapadas en sangre. Me obligue a no pensar en el color rojo, en toda la cantidad que había al rededor de este hombre y lo que eso significaba.
Tratando de ser meramente practica pase el cinturón por su hebilla y lo asegure antes de acercarlo a los labios del rubio, quien me fulminó con la mirada.
—Abre.
Obediente hizo caso. Tal vez eso no le ayudaría a sobrellevar el dolor, pero al menos no se destrozaría la boca a mordidas.
Podía escuchar los silenciosos rezos de la morena a mi lado, y por un par de segundos envidie su fe ciega, su reconforte en algo que no podía ver. Si existía algo en lo que yo creía era en mi misma, en nada ni nadie más.
—Voy a tomar tu pulso. –No espere que el hombre dijera nada, extendí mis dedos hacía su cuello y busque bajo el cuello de su suéter el punto correcto, justo ahí, sobre la carótida—. Joder... está bajando. ¡Dónde está esa maldita ambulancia!
Un grito de un hombre a mis espaldas me dijo que estaba en camino, pero... ¿cuánto tardaría? Había perdido demasiada sangre, su pulso comenzaba a descender, muy pronto su cuerpo entraría en shock y...
—Está sangrando demasiado. –La voz histérica de la chica a mi lado me hizo voltear a ver las gasas. No quedaba ni un espacio en ellas de color blanco.
—¡Carajo...!
Necesitaba algo que contuviera la sangre, algo lo suficientemente... Sin pensarlo me saque de golpe la pesada chaqueta y a continuación mi blusa de lana, eso debía de servir.
—Déjame a mí.
La morena no protesto, tan pronto la deje libre salió corriendo despavorida a los brazos de su amiga quien la consoló.
—¿Qué carajos... crees que haces, pajarillo?
Las palabras habían salido más lentas, arrastradas, estaba entrando en shock.
—Tratando de salvar tu vida grandísimo cretino...
Un fuerte chirrido hizo que todos los vellos de mi semidesnudo cuerpo se pusieran de punta, un grito de terror escapó de mi garganta y antes de que me pudiera dar cuenta de lo que estaba haciendo mi cuerpo ya estaba cubriendo el del rubio debajo mío. Los sonidos de llantas siendo quemadas contra el asfalto no se detenían y por un segundo solo pude escuchar el retumbe de mi corazón en mis oídos.
Pasos.
Esos eran al menos una docena de pasos.
Nos matarían...
Sin previo aviso alguien halo fuertemente de mi brazo a lo que un nuevo grito de terror escapó de mi garganta, ¡joder!, ¿habían venido a terminar el trabajo como el rubio creyó que yo haría?, ¿lo matarían? No, más importante aún, ¿me matarían?
Mis pensamientos se quedaron en blanco cuando mi cuerpo chocó por la fuerza del tirón contra un duro pecho vestido de negro.
—¡Hijo de puta...! ¡Suéltala!
Las lágrimas ante el miedo se acumularon en mis ojos, apenas podía distinguir a los hombres que nos rodeaban, todos de traje, todos intimidantes, todos con armas. Mi cuerpo no dejaba de temblar, y por un segundo me cuestione si tal vez había recibido un impacto de bala sin saberlo también.
—Pero señor...
—Ahora... mismo.
Sin esfuerzo dos hombre pusieron de pie al rubio tendido sobre el suelo, y cuando me encontré libre del férreo agarre sobre mi brazo corrí hacía él estúpidamente y sujete fuertemente mi blusa sobre la herida.
—Él... tiene que ir a un hospital. Tiene una herida de bala en el cuadrante inferior del abdomen, la bala entró, pero no salió. Pudo haber dañado algún órgano o...
—Shhh, tranquila pajarito, ellos pueden encargarse. Aunque es mejor que vengas conmigo.
A pesar de su suave voz no era una petición lo que estaba diciendo, sino mas bien una orden que me hizo sobresaltar. Y lo confirme cuando uno de los hombres me volvió a tomar del brazo, pero esta vez suavemente.
—Enzo, tu saco. Ahora.
La orden ladrada apenas se registro en mi cerebro, así como la forma en que el hombre rubio me miro, o el hecho de que el tal llamado Enzo me había envuelto con su saco, o que ahora me encontraba en la parte trasera de una gran camioneta sosteniendo el improvisado vendaje sobre el abdomen del ojiverde.
Tal parece que una vez más estoy bailando al son del caos.
—A dónde... A dónde vamos, yo... ¡Mi bolso!
Una risa masculina me hizo salir de mi estado aletargado para volver a estar alerta nuevamente.
—Tu bolso lo trae uno de los chicos. Haz hecho un gran trabajo pararillo, ahora me gustaría saber tu nombre.
—¿Mi nombre? –Apenas pude sostenerme y tratar de sostener el cuerpo del hombre en su lugar cuando la camioneta dio un volantazo—. ¡He tratado de mantenerlo vivo todo este tiempo como para que tú lo mates imbécil!
Me encogí sobre mi misma al darme cuenta de lo que había hecho, le había gritado a sabrá dios que maton... Un gruñido fue la única respuesta que se escuchó en la parte delantera de la camioneta.
—Joder... Yo... Lo siento.
—No debes disculparte con nadie pajarillo, ahora dime, sigo... esperando. –Esto último lo dijo entre un gruñido, había apretado de mas la herida ante el acelere del coche.
—Lo siento. –Una mirada verde seria me hizo callar por un par de segundos—. Mi... Mi nombre es Annika.
—¿Anika a secas?
—Sí. Anika a secas.
—¿Y cómo haré si quiero volver a verte?
Pensaba responder a esa pregunta con una respuesta ingeniosa, pero no tuve tiempo de hacerlo pues la camioneta se había estacionado, o mas bien había derrapado frente a un hospital. Uno de los más caros de la ciudad.
Y el caos volvió a desplegar sus manos y dejar correr la magia de entre la punta de sus dedos, pues de pronto todo volvió a ser gritos y voces sin sentido.
Bajaron al rubio de forma veloz y eficiente, antes de que pudiera decir nada ya se lo estaban llevando en una camilla, y un par de médicos lo rodeaban, lo perdí de vista cuando traspasó las puertas de emergencia junto con un par de hombres de negro a su lado.
No deseaba entrar, además no tenía un porqué para hacerlo.
Los hombres de saco a mi alrededor parecían nerviosos, y tenían una mirada en sus rostros que me puso más nerviosa, aún no sabía si ellos eran del bando bueno o malo, y para el caso poco importaba, tenían armas, lo mejor era que me fuera de ahí.
Lentamente comencé a alejarme, asegurándome que ninguno de ellos o alguien para el caso prestara especial atención sobre mi persona. El pago de mi huida había sido mi bolso con todas mis cosas personales dentro, pero ya podían quedarse con ello, luego conseguirían otra identificación y bloquearía mis tarjetas.
Era mejor decir aquí corrió, que aquí murió.