Imperio Inca un nuevo amanecer

Por NocturnJers

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Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto... Más

Comienzo
En el imperio
Ninan Cuyuchi
Una prueba mortal
Preparativos de guerra
Los Hombres de la Niebla
En las orillas de Qullpa Mayu
El Eco de Leyendas
Preludio de la tormenta
La Tormenta de Bagua
Detrás de la Tormenta
Sombras del Supay
Honrando a los caídos
Semillas de un Nuevo Orden
El Juego del Poder
La Gran Competencia
Tratos Inciertos
A la sombra de Kuelap
Como el rio y la montaña
La última voluntad
Capitulación
Juramento
El precio del orgullo
El juramento de Pomacochas
El llamado de la guerra
A la sombra de Yanayaku

La Batalla del Cruce del Marañón

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Por NocturnJers

Que el viento te lleve lejos,
ve a casa, guerrero,
que ella te está esperando.

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La oscuridad, como un manto de misterio, fue cubriéndolo todo. Los chachapoyas sospechaban que el ejército incaico podría intentar cruzar el río en cualquier momento. Imaginaban balsas improvisadas o incluso un intento de cruzar a nado bajo el amparo de la espesa neblina nocturna, aunque esto último era poco probable. La mayoría de los ayllus que acompañaban a Ninan Cuyuchi no sabían nadar. Las tropas de Yana Puma se mantuvieron alerta toda la noche, esperando un ataque inesperado. Pero nada ocurrió.

Al llegar un nuevo día, las horas transcurrieron lentamente bajo una tranquilidad perturbadora. Lejos del bullicio de la guerra que todos esperaban, el silencio era inquietante. Era casi mediodía, y aún no ocurría nada, lo que ponía nerviosos a los chachapoyas.

A medida que fue avanzando la tarde, al fin algo sucedió. Un noble orejón de la guardia de Ninan Cuyuchi, un valeroso Hanan Cusqui ataviado con todos sus ornamentos, se acercó a la orilla del río, al alcance de los honderos. Esto despertó una chispa de curiosidad en Yana Puma, quien ordenó no lanzar los proyectiles y esperar para ver qué se proponía. Sin embargo, pidió que todos permanecieran listos y preparados por si se trataba de una distracción.

El emisario se acercó a la orilla, se agachó y tomó un sorbo de agua del río. Luego, se levantó y, con una voz profunda, comenzó a hablar lo suficientemente alto para que lo escucharan en la otra orilla. Sus palabras, expresadas con respeto y sinceridad, pero también con el debida fuerza y poder que conllevaba ser la voz del imperio, transmitían el deseo de su comandante de poner fin al conflicto y encontrar una solución que beneficiara a ambas partes. Su discurso fue sumamente elocuente, abriendo las posibilidades de prosperidad y los beneficios que esta decisión podría traer.

Yana Puma escuchó cada palabra y vio en ellas una pálida sombra de oportunidad para detener el derramamiento de sangre y asegurar un futuro próspero para su pueblo. Soñaba con restaurar su gloria perdida y reunirlos como un solo puño, pero ese deseo de paz fue solo un desliz momentáneo en su voluntad. Por muy atractivas que fueran las propuestas del enemigo, su decisión estaba tomada. No creía que el imperio fuera tan indulgente como para perdonar su rebeldía. Eligió la guerra. La ventaja estaba de su lado; no permitiría que cruzaran ese río.

Ya que las negociaciones diplomáticas fallaron, la guerra, inevitablemente, tenía que seguir su curso. Solo las armas le darían la razón al ganador. Ambos lados se prepararon para el choque de sus fuerzas con una determinación renovada. El sentimiento mutuo era que la paz, al menos por el momento, era inalcanzable.

Ninan Cuyuchi ya sabía que los chachapoyas probablemente rechazarían su oferta, pero la propuso de todos modos por protocolo. Al finalizar la guerra, quería presentarse como alguien que había buscado la paz, pero fue rechazado, lo que le daría una ventaja en futuras negociaciones. Ahora que la batalla y la sangre eran inevitables, tendría que poner en marcha su próxima estrategia.

La noche llegó de nuevo, y él y sus generales afinaron sus planes cuidadosamente para disminuir los riesgos catastróficos si el enemigo no reaccionaba como lo esperaban. Sin prisas, como si estuvieran guiando a una bestia salvaje hacia una trampa, prepararon el golpe final.

Mientras la luna se elevaba en el cielo, los guerreros incas se prepararon para el asalto nocturno. A la medianoche, cuando la neblina era más espesa, los tambores de batalla resonaron con fuerza, y miles de antorchas se encendieron al unísono.

Las filas chachapoyas se formaron rápidamente para esperar a sus oponentes. Yana Puma volvió a intuir que intentarían cruzar en balsas improvisadas y preparó a sus honderos, aguardando. Pero pasaron los minutos y las horas, y ningún ataque se efectuó, aunque las antorchas seguían brillando entre la bruma, y los tambores de batalla se escuchaban de cuando en cuando.

Solo cuando llegó el nuevo día, al amanecer, Yana Puma notó que lo que brillaba no eran antorchas, sino innumerables pequeños fogones que, con la neblina, semejaban otra cosa. Era ya la segunda noche que los chachapoyas no habían podido dormir bien, estresados por el posible conflicto. Mascar coca les daba cierta energía extra, pero sus cuerpos se estaban debilitando.

Con la claridad de un nuevo día, Yana Puma observó a lo lejos que el campamento enemigo no estaba preparando ninguna embarcación o algo por el estilo. Todo lo contrario: charlaban animadamente en grupos, reían y bebían algo, ¿chicha quizá? Enfurecido, habría querido lanzar un ataque que desmantelara a su oponente de un solo golpe, pero el río era un obstáculo para él también. Y otra vez el día avanzó sin ningún percance, con la única diferencia de que el ejército inca estaba tan fresco y energizado como el primer día, pero los chachapoyas estaban somnolientos y estresados. No entendían por qué los adversarios no hacían nada; no estaban acostumbrados a este tipo de lucha.

El arte de la guerra de Sun Tzu explica lo importante que es impacientar al adversario, desgastándolo psicológicamente, lo que a la larga lleva al desgaste físico, minando su moral. Esto los enoja, lo que los induce a cometer errores con mayor facilidad, interfiriendo con su capacidad para tomar decisiones racionales debido a la frustración. Cuando el adversario está impaciente, es cuando mas vulnerable esta para lo inesperado

La noche una vez más abrazó la tierra, y la neblina cubrió gran parte de la visibilidad. A medianoche, se volvieron a escuchar tambores de batalla. Los exhaustos chachapoyas pensaron que era otra treta de los engañosos cusqueños y no acudieron a sus puestos con premura. Además, no veían ninguna embarcación en la orilla opuesta. ¿Cómo los atacarían si no había forma?

Sin embargo, si la neblina les hubiera permitido ver en la otra orilla, habrían observado con asombro que miles de personas sin atavío militar traían a hombros ágiles y robustas balsas de totora, tejidas hábilmente con bejuco. La construcción de estas embarcaciones había sido ordenada por Ninan Cuyuchi incluso antes de llegar a las orillas del Marañón, a las comunidades aledañas como tributo de guerra. Las balsas se lanzaron al agua con rapidez, y en pocos minutos, cientos de batallones ya estaban cruzando las aguas, dirigidos por el beligerante Qori Killa. Esto sembró el caos entre las filas chachapoyanas; todo estaba sucediendo muy rápido.

Pero bajo el grito de Yana Puma, se organizaron y se prepararon para la batalla. Los honderos lanzaron sus proyectiles sin piedad, pero las primeras balsas ya estaban en la orilla. La luna se asomó entre las nubes, alumbrando el paisaje, tal y como había esperado Ninan Cuyuchi.

El choque fue brutal. Los defensores estaban decididos a tirar a sus atacantes al río, y los atacantes a romper el cerco y tomar la otra orilla. Con el afán de no permitir ningún avance de las tropas incas en la playa, Yana Puma ordenó extender sus guerreros a lo largo de la orilla para combatirlos con ventaja. Sin embargo, otro grupo de balsas en un extremo del campo de batalla, separado del grupo principal, estaba cruzando también en ese mismo momento. Este selecto grupo de 5000 soldados, capitaneados por Ayar Cuchi, no encontró mucha resistencia en la orilla y, formándose rápidamente, atacaron por la retaguardia enemiga, desmoralizando a los adversarios.

La batalla ya había cobrado cientos de vidas en ambos bandos, pero Yana Puma, con instinto agudo, comprendió que de continuar, lo perdería todo. Con una frialdad que solo un líder experimentado podría mostrar, descartó su plan original y ordenó una retirada veloz. Los ágiles chachapoyas se perdieron rápidamente en la espesura de la selva. Qori Killa y Ayar Cuchi habían acordado no perseguir a los fugitivos; era muy peligroso lanzarse a ciegas en un territorio donde no tenían tanto conocimiento. Solo se aseguraron de tomar control de la orilla opuesta.

Con la salida del sol, se pudieron ver cuerpos flotantes en el río y cadáveres en la orilla. La encarnizada batalla se había cobrado muchas vidas, pero la victoria fue para los incaicos, y las pérdidas estaban dentro de un rango aceptable. La campaña de Ninan Cuyuchi empezó con una victoria, logrando avanzar en territorio chachapoyano, pero la guerra apenas comenzaba.

Ninan Cuyuchi ordenó recoger a los muertos para que fueran despedidos con los ritos de rigor y que todos los heridos recibieran tratamiento, incluido los enemigos capturados. No abandonó su campamento ni durante ni después de la batalla, esperando a que sus órdenes se cumplieran. Prefería no ver de cerca los cadáveres ni escuchar el lamento de los heridos. Buscó llevar sus pensamientos lejos, distrayéndose en sus recuerdos. Un extraño zumbido y mareo se apoderó de él, así que, bebiendo una infusión de su curandero personal, decidió dormir largamente. Ya se encargarían de lo necesario sus generales.

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