Kessel.

By zvp1985

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Querida yo del pasado: Sé que es más que probable que nunca llegues a leer esto, a no ser que en unas horas i... More

Prólogo.
Capítulo 1. "Toda era tiene un comienzo".
Capítulo 2. "Dónde la espalda pierde su nombre"
Capítulo 3. "Hasta el más valiente sabe cuando rendirse"
Capítulo 4 "Padre a efectos prácticos".
Capítulo 5 "Y así empezó todo"
Interludio.
Capítulo 6. Sábado tras la vuelta al purgatorio (otros lo llaman instituto)
Capítulo 7. Ese mismo día: hora 0.
Capítulo 8. Lunes post - fiesta. Día II de la Era: Odiamos a Miranda.
Capítulo 9 "Ese mismo lunes, cinco minutos antes de llegar tarde a clase".
Capítulo 10. Lunes. 3 h después de que Pablo hubiera salvado su vida.
Capítulo 11. Punto 0, es decir, Chupito, 4:35 pm.Untitled Part 13
Capítulo 12. 23:50 h. Revoltijo anteriormente conocido como mi habitáculo
Capítulo 13. Martes. 8:00 AM. Incluso el Diablo tiene su corazoncito.
Capítulo 15Martes. 05:30 Pm. Jodiendo al prójimo.
Capítulo 15. Parte II.
Capítulo 16.Martes. 09:15 PM. Home sweet home.
Capítulo 17.Miércoles. 9:00 AM. "Hora de tocarse los...".

Capítulo 14. Martes. Chupito, 1:30 pm. "Reacciones inesperadas".

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By zvp1985


- No puedo creer que para una vez que nos podemos ir antes porque el profesor se niega a dar clase con tan mala iluminación, hagamos horas extra – refunfuñó Anna.

- Y yo no puedo creer que pienses que esa letra se parece a la mía – protesté, mirando su trabajo por encima de su hombro -. Aprende de Eugenio, él sí que sabe captar mi esencia.

- Tirana – musitó Diana.

- Si ya, como si el idiota no quisiera captar tu esencia de otra forma – dijo en el mismo tono Anna.

Por mi parte, las escuché e ignoré a las dos.

- Gracias por ayudarme, Eugenio – le dije al susodicho, acariciándole una mejilla brevemente. Y la perfecta caligrafía de este sufrió un violento movimiento. Con toda la amabilidad que pude juntar, obvié este hecho.

- ¿Cuántas dijiste? – me preguntó Anna.

- Veinticinco cada uno – respondí, escribiendo la décima -, ¿cómo vais?

- Yo doce, y ya noto como me cruje la muñeca con cada movimiento – se quejó Diana.

- Toma cariño – le dijo Fran acercándole un vaso de Coca – cola para que bebiera, como si fuera a deshidratarse. Parecía que estaba corriendo una maratón, no escribiendo cuatro frases. Él estaba más bien de apoyo moral, porque la caligrafía nunca había sido lo suyo.

- Yo cuatro – apostilló Anna, quien si hubieran sido con su teléfono, nos habría dejado atrás en cuestión de segundos. Las conversaciones en los grupos de whatsapp, tratando de ser la primera en contestar siempre, curten mucho en esos casos.

- Yo terminé – declaró Eugenio, exhausto pero orgulloso.

- Pues sigue, yo tengo aquí unas cuantas – le sugirió Anna, tendiéndole el papel.

- Anna, no abuses – la regañé. Veo la ironía, que conste.

- Habló de orejas el burro – se burló Fran.

- ¿Quieres que te ponga a ti también? - lo amenacé.

- No señora – agachó la cabeza este. Sabía que tenía las de perder.

Aarón apareció en ese momento con más provisiones. Y la cara mustia de Anna fue substituida por una sonrisa tan radiante que todos pensamos en ponernos las gafas de sol.

- ¿Queréis algo más? - preguntó solícito, distribuyendo las bebidas entre los bártulos que había en la mesa.

- Depende de lo que entre en el lote – atacó Anna. Di puso los ojos en blanco y yo sofoqué una carcajada apoyando mi boca en la parte interna de mi muñeca. Aarón, por su parte, sacó su sonrisa más condescendiente, esa que parecía decir "que mona la niña con sus travesuras de nuevo".

- Cualquier refresco menos Coca Cola Light, que se acaba de terminar – respondió, salomónico.

- No me importa que la Coca – Cola tenga azúcar, soy bastante golosa, ¿sabes? - le sonrió ella de manera diabólica.

- Ten cuidado, se te pueden picar las muelas – se burló Aarón justo antes de darse la vuelta e irse.

- Lo tengo en el bote – se enorgulleció Anna.

Si, más o menos...

- ¿Qué significa en argot sexual lo de las muelas? – pregunté, intercambiando una mirada con Diana que venía a decir "como espere a comer de ese pan, se morirá de hambre".

- Olvídate de las muelas Alex, ¿no viste como me miró?

- ¿Cómo si fuera a pedir una orden de alejamiento? - replicó Fran.

¡ZAS! Libro de biología en la cabeza.

- Yo pediré otra – se quejó Fran, frotándose la frente.

- Pobre – murmuró Di, besándole el punto exacto donde había impactado la esquina del libro de cuatrocientas páginas.

- Suerte que no tenía la enciclopedia a mano – bromeé.

- Si está aquí mismo – señaló Anna a Eugenio.

- Ya quisieran las enciclopedias – me enorgullecí, alborotándole el pelo con cariño.

- Relájate Ale, nadie aquí sabe maniobras de resucitación cardiopulmonar – se burló Fran. Diana le dio un codazo, y yo le lancé el libro de matemáticas, mientras Eugenio agachaba la cabeza, azorado.

- Vale, sé cuándo tengo que retirarme – aseguró Fran, frotándose el otro lado de la frente mientras con la otra mano agitaba un pañuelo blanco.

- Aprende a callarte también – gruñí. No servía de nada que yo intentara normalizar las cosas con Eugenio si tenía al pánfilo de Fran haciendo gracias de fondo.

- ¡Eso! – me apoyó Anna, chocándome los cinco. Quizás no era muy moderno, pero nos lo pasábamos bien.

- ¿Segura de que te quieres quedar en este nido de víboras? - le preguntó Fran a su novia, inclinándose para besarla. Anna y yo tuvimos la misma idea, enseñarle los colmillos.

- Tengo título de encantadora de serpientes, tranquilo – se rio ella.

- Espero que no uses su flauta, no creo que sea muy potente – apostilló Anna con maldad. A todo esto, Eugenio estaba tan rojo que Aarón podría usarlo de iluminación por la noche.

- Te lo demostraría, pero supongo que estarás muy ocupada con tu dentista – repuso Fran con desdén -. Nos vemos después cariño... ¿Eugenio, quieres que te acerque? Ya terminaste sus deberes – y me sacó la lengua.

- Gracias, ya llego tarde a comer – asintió Eugenio, levantándose estrepitosamente.

- Gracias por la ayuda – le sonreí. Acto seguido le lancé una mirada de advertencia a Fran, quien alzó la vista, haciéndose el despistado.

De pronto, cual película, todo el mundo se quedó en modo suspensión. Las bocas de Diana y Anna dibujaron unas perfectas y compenetradas O, al contrario que las de Fran y Eugenio, que se cerraron de golpe. Se escuchó el tímido sonido de una bola de billar golpeando la mesa antes de caer por uno de los agujeros. Yo, que estaba de espaldas a la puerta, me quedé estupefacta, no entendía por qué de pronto toda la cháchara y jolgorio que había inundado el Chupito hasta el momento, lo normal en un sitio donde había tanto adolescente por centímetro cuadrado, se habían convertido en apremiantes susurros. ¿Habría entrado algún famoso? Ni de broma, Ikal estaba demasiado apartado de cualquier sitio para que un famoso se dignara a aparecer por allí. ¿Entonces...? Cuando miré por encima de su hombro, tuvo la respuesta.

<< ¡El bicho no!>>, fue lo primero que pensé. La Caníbal y sus metáforas.

Pero sí, el bicho sí. Caminaba entre las mesas del Chupito con tanta confianza como si fuera el dueño, aparentemente ajeno a tanta atención, como si no se hubiera dado cuenta que las moscas no remontarían el vuelo hasta que el pasara. Si sus ojos se desviaron en algún momento del taburete en el que pensaba sentarse junto a la barra, fue para dedicarme una breve pero contundente mirada de burla, aunque le sostuve la mirada sin pestañear, muy al contrario de lo que él esperaba seguramente. Luego, el mundo volvió a la vida.

- ¿Ese era...?

- ¿... el futuro padre de mis hijos? - completó Anna la pregunta de Fran.

- ¿Tienes pensado crear un equipo de futbol tu sola?  - se burló él.

- Ya quisieras tú ser el padre del portero – respondió Anna, maliciosa. Diana enarcó las cejas.

- A veces me pregunto si no serás una mutación genética tú o algo así... - suspiró.

- ¿Queréis contestarme? - se indignó Fran. Ese fue el momento en el que el lápiz que sostenía en la mano izquierda se partió en dos.

Todos me miraron, asombrados.

- ¿Qué? - repliqué, a la defensiva.

- Si, ese era César, de Kessel, y tenía un juego de miradas muy raro contigo – me espetó Diana mirándome con sospecha. Se me escapó una carcajada, aunque me temo que no sonó tan despectiva como me hubiera gustado, más bien tipo risa nerviosa.

- ¿Qué juego de miradas?

- ¡Eso! ¿Por qué asumes que la estaba mirado a ella? - se molestó Anna.

- ¿Es que estás ciega? - repuso Diana.

- Bueno... tendré que rendirme  a la evidencia – suspiró Anna.

- Oh, Dios, ¿no te gustará ese? Seguro que su idea de primera cita es hacerlo en un cementerio...  – intervino Fran. Eugenio lo observaba todo como si de un partido de tenis se tratara, moviendo la cabeza con cada uno que tenía la palabra. Supongo que el hecho de haber visto al matón oficial de Kessel tan de cerca también influía en su mutismo. Era algo así como ir al zoo y que el león se escapase de la jaula.

- ¡No tengo nada con ese! - siseé, echando una mirada furtiva a la barra. Pero no se estaba fijando, todavía hablaba con Aarón. Lo que me faltaba, como si no tuviera suficiente ego...

- A ver, si uno tiene mucha necesidad y el cementerio está limpio y cuidado... – musitó Anna.

Si, esa era Annita en estado puro. La nariz arrugada con asco fue un gesto generalizado y tan sincronizado como si lo hubiéramos ensayado.

- Como sea... cuidado con ese tipo Alex, acuérdate de lo que te dije – susurró Diana, como si el otro tuviera un oído supersónico.

- ¿Ah, estuvisteis hablando de él? - se ofendió Fran.

- Ya, relájate, tiene novio, no se quedó ciega – resopló Anna.

- Con que tú te quedaras muda me conformaba – le espetó él.

- Eugenio llegaba tarde a comer – recordé sutilmente, intentando zanjar un asunto que no tenía muy buena pinta.

- También puedo ir andando – replicó él, que nunca quería ser una molestia. Irónicamente los que siempre molestábamos éramos los otros.

- No, yo te llevo, así os dejo para que hagáis el top 10 de los deseados de hoy – dijo Fran con rencor, marchándose sin beso a su novia, ni siquiera de los lanzados.

- Toca revolcón de reconciliación – anunció Anna con voz cantarina.

- No quiero detalles – recalqué.

- ¡Habla por ti!

- Bueno... ya que me gané una tarde de indiferencia de mi novio el cabeza de chorlito... que sea por una buena causa.

- Eso, ¿de qué hablasteis? Ag, no puede una ni ponerse enferma – se indignó Anna.

- Nada... - murmuré, renuente. Solo quería irme a mi casa a comer.

- No, no, no – negó Diana con un dedo delante de mí -, te dije que estaban bien para mirar, no para tocar.

- ¡No quiero tocar nada! Al menos nada suyo – insistí, hastiada.

- Buena aclaración, me estabas asustando – apostilló Anna, empezando la quinta copia -. De todas formas... no veo el problema.

- Kessel, es el problema – enfatizó Diana.

- Si, ya lo sé, son malos, bla bla bla... en serio, ¿no será una leyenda urbana? Como lo de los caimanes de Nueva York.

- ¿Son cocodrilos o caimanes? - dudó Diana.

- ¡Yo que sé! No es el punto – sacudió su poblada melena Anna.

Diana lo sabía, pero después de haber intercambiado una mirada conmigo, habíamos decidido silenciosamente que lo mejor era desviar el tema. Anna, por muy integrada que estuviera en el pueblo, no había crecido allí, y no sabía las historias horripilantes que corrían sobre los desgraciados de Kessel.

- Bien, dejemos algo claro – dije de pronto, dando un golpe en la mesa con el libro más gordo que tenía -, uno, son cocodrilos. Dos, no, no es una leyenda urbana. Y tres, hay suficientes chicos en Ikal como para liarse con uno de Kessel, y va para todas – recalqué mirando a Anna, quien batió sus pestañas de forma inocente. O eso pensaba ella.

- ¿Aarón se considera de Kessel?

- No, pero se considera poco interesado en ti – la bajó de la nube Diana. La confianza da asco.

- Ash, ojalá y tengan el revolcón de reconciliación rápido, menudo humor... - refunfuñó esta.

Un cuarto de hora más tarde, había decidido que prefería hacer yo misma las  copias antes que seguir escuchando los lamentos de Anna, cada vez a mayor volumen y mayor exageración. Así que había mandado a Anna a casa y a Diana de guardaespaldas, porque no quería que se entretuviera por el camino con un lobo que se la quisiera comer, algo así como la Caperucita. Yo decidí quedarme un poco más, terminando las malditas copias que no me merecía pero que debía entregar si no quería armar un lío mayor. Y teniendo en cuenta que no llevábamos ni un mes de clase, era mucho decir. Esas cosas se hacían en mayo, cuando el año estaba terminando.

Mientras escribía de forma distraída "me acusó de llegar tarde por estar liándome con un tío, pero la verdad era que mi abuela no salía del baño", no pude evitar recordar lo tierno que había sido Hugo al interesarse por mí en la siguiente clase. Aun así no le dije nada de las copias, por mucho que fuera Hugo había pasado tres años fuera, no era como mis amigos... en cierta forma era un extraño. Y que todo el mundo diera por supuesto que volveríamos a estar juntos cuando yo ni siquiera lo veía como un amigo, era... agobiante.

- ¿Sigues con los corazoncitos? - me preguntó alguien, haciéndome saltar en mi sitio del susto.

Miré hacia la silla que había ocupado Diana hasta cinco minutos antes. Ella se había sentado correctamente, con la espalda sobre el respaldo y las piernas cruzadas. El nuevo ocupante la había echado hacia atrás, dejándose caer de manera perezosa sobre ella y con las piernas abiertas de manera más bien poco elegante. Hablando del terror de Kessel...

- ¿No has visto en la entrada que no se permiten animales? Oh, perdona, olvidaba que seguramente no sepas leer – le espeté, notando como cada uno de los músculos de mi cuerpo se tensaban.

- Entiendo tu mal humor, no creo que tu novio esté para muchos trotes...

Si, como siempre, hablaba de ese tipo de "trotes", más sobre colchón que sobre una pista de carreras.

Como toda respuesta, empecé a recoger mis cosas.

- Espero que no sea por mí, me he duchado ayer... creo recordar – se burló, haciendo como que se olisqueaba una axila.

- Eso explica lo del agua en el cerebro... - bufé, cogiendo mi bolsa de los libros y cargándomela al hombro.

- En el fondo le hice un favor a ese pobre desgraciado, viendo el genio que tienes...

Lo taladré con la mirada durante un segundo, luego me di la vuelta airada  y sin decir nada más, salí del Chupito pisando con más fuerza de la requerida, a no ser que quisiera abrir un cráter en el suelo para que el otro se cayera. Y si, en ese momento, quería.

Mi mal humor persistía cuando llegué a su casa. Mi madre no estaba para comer, como de costumbre, tampoco Lucas, que estaba en la guardería, pero si la abuela, Fernando y Dani, a quienes no les pasó desapercibido mi humor... ni a los libros de la bolsa que estampó contra el suelo.

- ¿Mala mañana Aleja? - preguntó Fer con una ceja enarcada, llevando los platos a la mesa.

- Tuve que escribir cien veces "me acusó de llegar tarde por estar liándome con un tío, pero la verdad era que mi abuela no salía del baño" - recité con retintín.

- ¿Me llamabas? - irrumpió mi abuela en la cocina.

- No Andrea, pero por el bien de Alex tendrás que comer más fibra – se rió Fernando, revolviéndome el pelo. Aunque fingí exasperarme, la verdad era que ese gesto siempre me reconfortaba... menos aquella vez en la boda de una prima lejana. Dos horas de peluquería a la mier...

- ¿Qué? - se sorprendió Andrea.

- Hola Ale, ¿al final te manda a la Antártida la Caníbal? - se interesó Dani, sentándose a la mesa.

- Señorita, los cuchillos – la regañó Fernando. Y sí, eso era lo más parecido que él conocía a la bronca.

- Voy – resopló ella, levantándose.

- Explicadme lo de la fibra – demandó Andrea.

- Estuviste media hora en el baño, llegué tarde y Juanete pensó que me estaba liando con Hugo – expliqué, dejándome caer en una silla. De pronto me levanté -, los vasos, si lo sé...

Fernando cerró la boca, complacido.

- No veo la relación – dijo la abuela, confundida.

- Hugo y yo llegamos a un tiempo, él también se quedó dormido – contesté, dejando los vasos frente a los platos.

- ¿No me acabas de decir que fue por tu abuela? - se rio Fernando.

- Fue un cúmulo de desafortunadas circunstancias – repliqué, ahora sí, sentándome.

- ¿Y no será que sí que te liaste con él? - preguntó Dani con maldad. Le mandé un trozo de pan a la cabeza -. ¡EH! Es una posibilidad...

- ¡Y tanto! Una alegría al cuerpo a primera hora y andas como un reloj el resto del día – aportó la abuela, llevando la ensalada de pasta y verduras a la mesa.

- Consejo solo aplicable a los mayores de cuarenta años – añadió Fer muy seriamente, sentándose también.

- ¿Cuarenta? - protestó Dani.

- Cincuenta como te sigas quejando – le advirtió su padre.

A mi y a la abuela se nos escapó una carcajada ante tan solemne advertencia.

- No sé si cierto rubito podrá esperar tanto – murmuró la abuela con una sonrisa malvada.

- ¿Quién? – preguntamos los demás.

- No os hagáis las tontas – nos dijo a mí y a Dani, alzando repetidas veces las cejas.

- ¿Qué se supone que significa eso? – me preguntó mi hermana. Me encogí de hombros, mientras me servía más verduras que pasta. Todavía resonaban los gritos de la entrenadora sobre culos gordos en mi cabeza.

- Que estuvo escuchando otra vez – terminé por responder.

- No juegues con mi corazón mujer – dijo con fingido dramatismo Fernando.

- Álvaro Miranda – pronunció con deliberada lentitud.

¡ZAS! El plato de Dani en el piso.

- Qué melodramático – me reí.

- ¿Quién es ese? ¿Hermano del nuevo miembro de la familia? – me pinchó Fernando.

- Vuelve a decir eso y no respondo si esto termina en uno de tus ojos – lo amenacé con un tenedor.

<<Debería comprarme armas de verdad en lugar de andar amenazando con estas gilipolleces>>, pensé, bajando el tenedor.

- He criado a dos neuróticas – suspiró Fer, empezando a comer.

- Yo no soy neurótica – protestó Dani.

- Noooo ... ese plato te lo podría confirmar, pero está hecho pedazos en el piso – apostillé, esquivando un golpe de mi hermana.

- ¡Niñas! Dani, no tiene nada de malo que te guste ese niño... tu hermana se lía con su ex – novio por las mañanas en vez de ir a clase – la disculpó la abuela, provocando un ceño fruncido en mi cara.

- No me lio con mi ex – novio.

- ¿Ya es oficial, sois novios? - se emocionó Andrea.

- Me gusta, me da confianza... mientras el sujetador se quede dónde está – añadió Fer.

- Cielo, mejor concéntrate en que no se quite otras prendas... - le aconsejó Andrea a su yerno.

Eran la antítesis a la eterna mala relación yerno – suegra. Tenían un carácter parecido y eso hacía que la relación fuera tan harmoniosa que a veces parecía... contra natura.

- ¿Sabéis qué? Esta comida se está volviendo más sexual que de costumbre – señalé mientras mi hermana tiraba los trozos rotos del pobre e inocente plato, víctima de sus hormonas.

- Habló la frígida que no se quiere acercar a un chico como Hugo – bufó la abuela.

- Ya sabes cuál es mi dicho... "mente abierta, piernas cerradas" - recitó Fer.

De pronto, en el móvil de Daniela sonó la inconfundible música que anuncia un mensaje por Whatsapp.

- Haber ... uhhhh, noticias frescas – se emocionó Dani, sentándose con otro plato.

- Tranquilo bonito, te protegeré – bromeé, acariciando la superficie del plato.

- ¿No te interesan las noticias? - se indignó Dani.

- Aunque no me interesen me las vas a contar, así que... - respondí con resignación, dándole vueltas a la comida con el tenedor.

- Cierto. Resulta que a Pablo le dieron una paliza....

- Cotilleo viejo – dije con tono aburrido.

- ¿Álex...? - preguntó Fer con recelo.

- No, no fui yo – negué con hastío. Le hubiera gustado.

- Gracias al cielo... ni que el padre de tu mejor amiga sea policia te habría salvado de esa – me advirtió, llevándose la mano al corazón, como si estuviera muy aliviado.

- ¿Me dejáis terminar? - preguntó Dani con un manotazo a la mesa.

- ¡Niña cuidado con el plato, ni Eduardo Manos Tijeras! -  la previno Andrea.

- Muy buena película de Johnny Deep – asintió Fer.

- Resulta que le dieron la paliza en Kessel – terminó Dani el cotilleo, porque si no reventaría, literalmente.

- ¿En serio? – fingí interesarme mientras trataba de masticar. Pero de pronto la comida sabía a cemento. ¿Debería decir que yo sabía quién había sido?

- Pensé que te interesaría más, como fuiste con él a Kessel el otro día...

El estruendo que hizo el tenedor de Fernando al caer sobre el plato parecía haber sido amplificado por altavoces. Las tres nos quedamos mirando, aunque la mirada de la abuela no parecía de sorpresa precisamente... estaba asustada más bien. ¿Pero de qué, o de quién?

- ¿Qué hacías en Kessel? - me preguntó con tono duro. Contuve el aliento. Nunca me había hablado así, ni el día que aparecí borracha en casa a las cinco de la mañana cantando a pleno pulmón la Macarena con la falda subida hasta la cintura.

- Pablo creyó que era un buen plan para una cita... - logré contestar, luego de tragar la masa en la que se había convertido la comida dentro de mi boca.

- ¿Kessel? Era eso o un cementerio supongo – bufó la abuela.

<<Y dale con los cementerios>>, pensé.

- ¿Por qué os ponéis así? No pasó nada, volví de una pieza, fin de la historia.

- ¡Eso! Además, yo creo que lo de Kessel son cuentos... ningún sitio puede ser tan horripilante... - dijo Dani desdeñosamente. Su padre clavó en ella sus ojos verdes como si quisiera hipnotizarla.

- Daniela, oigas lo que oigas de Kessel, nunca, óyeme bien, nunca, será lo suficientemente horripilante para hacerle justicia a la realidad. Y no quiero bajo ningún concepto que ninguna asome su nariz por allí, ¿entendido?

Las dos asentimos, con sendas expresiones de cautela.

Y Fer, sin mediar palabra con ninguna, se apartó de golpe de la mesa y se fue.

Ninguna interrumpió el silencio hasta medio minuto más tarde.

- ¿Qué acaba de...? - balbuceé.

- Come y calla Alex, es lo mejor. Y también va por ti niña, deja eso, de los cacharros que vibran ese es el que menos me gusta – bromeó ligeramente la abuela, queriendo aliviar la tensión.

Pero por la mirada que me dedicó Dani, supe que a las dos se nos había cerrado el estómago.

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