Arrodillada [+18]

By ysabellemartin

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Valerie se ve obligada a entrar en la vida de un atractivo y millonario hombre con el que llega a un acuerdo... More

Sinopsis
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Maratón
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Arrodillada
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Spoiler
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53

Capítulo 20

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By ysabellemartin

♡CAPÍTULO 20♡

Ocho semanas después...

Son pocas las veces que acepto venir a casa de Matthew. Organiza cenas íntimas, en las que somos unas veinte o veinticinco personas aproximadamente, según la ocasión, que parecen eventos de doscientos invitados. Personas que pertenecen al círculo de Savannah y mío y al de Matthew.

Tengo muy claro que lo de ser el anfitrión perfecto a él no solo se le da fenomenal, sino que le encanta.

Me fijo en mi amiga y las ganas de sonreír entran fáciles en mí. Contemplo sus labios felizmente curvados desde un extremo de la terraza y no puedo evitar sentirme bien con la felicidad que exuda por los cuatro costados, siendo testigo del más que evidente amor que emanan ella y Matthew mientras chocan sus copas al brindar, enamorados, desbordando complicidad e ilusión por esta nueva relación que han comenzado. El floreciente amor, cada día más notorio entre ambos, me tiene más que sorprendida por lo inesperado de la situación, pero no por eso me alegro menos.

Desde que formalizaron su relación hace escasas tres semanas se les ve tan bien que da hasta envidia verlos juntos. Claro que Savannah es mi mejor amiga, es como una hermana para mí, y a mí la envidia no me nace, pero sí la felicidad por su felicidad. Y verla bien, feliz, contenta e ilusionada es maravilloso.

El modo en que Matthew la cuida, la trata, la protege, la hace sonreír, la apoya y, principalmente, la forma en que la respeta, ha logrado que lo vea como el hombre perfecto para ella. Se ha ganado a pulso ser merecedor de alguien tan maravilloso como Savannah, y he de admitir que Matthew es igual de estupendo y bueno que ella. Al menos eso es lo que está demostrando, de modo que no puedo reprocharle ningún mal gesto o mala actitud para con ella. Todo lo contrario.

Si me llegan a decir aquella noche que conocí a Matthew que se convertiría en el hombre que le devolvería la ilusión a mi amiga, que se había cerrado en banda a enamorarse tras pillar a su primer y único amor en la cama con su prima hace ya tiempo, no me lo habría creído.

Pero ahí están, juntos y más que encantados de haberse conocido.

–¿Por qué tan solita? –la voz de Cooper me saca de entre mis pensamientos.

Mirándome con una sonrisa, copa de champán en mano, se apoya en el muro a mi lado.

–Desde aquí las vistas al río son mejores –miento, porque siendo sincera estoy aquí porque no me apetece relacionarme mucho con la poca gente que hay en la cena de esta noche en casa de Matthew ahora mismo.

Cooper echa la vista atrás y asiente despacio, contemplando el río Harlem.

–Guau –silba, impresionado –. Tienes razón. Desde luego que tienes razón. De ninguna manera son las vistas al restaurante chino y la tienda de electrónica que se ven desde el balcón de mi piso –bromea aunque diciendo la verdad, haciéndome reír.

–Pues siendo honesta yo preferiría estar en tu piso ahora mismo.

–Ah ¿sí? –da un sorbo al champán y asiento, convencida de ello.

Cuando Cooper se enteró de mi... ¿ruptura? Sí, podría decirse que lo que ocurrió es que William y yo rompimos. Cuando mi amigo se enteró no dudó en enviarme un mensaje diciéndome que esperaba que me recuperase pronto emocionalmente, ya que Bianca se fue de la lengua y le dijo que yo estaba hecha una auténtica mierda. No mentía, y no me enfadé con ella por comentárselo. Cooper no dudó en decirme que contase con él para lo que necesitase, y en cierto modo eso fue lo que incentivó la reanudación de nuestra relación de amistad.

Quedé con él para tomar un capuchino cerca del hospital muchos días después de ese mensaje, el cual debo decir que no contesté hasta que me encontré capacitada para hablar con otra persona que no fuese Savannah, y desde entonces hemos recuperado la amistad como lo era antes de que la presencia de William en mi vida eliminase a Cooper de la ecuación.

Cooper estaba ofendido porque yo, supuestamente, le oculté que tenía novio mientras que ambos no parábamos de flirtear en el inicio de aquel algo que nunca fue, así que se alejó de mí tras la noche del cumpleaños de Bianca, dolido... y lo entiendo.

Ahora todo ha vuelto a la normalidad, pero sin flirteos de por medio.

Ya no estamos en ese punto, pero sigue siendo un gran amigo que me perdonó demasiado rápido mi supuesta deslealtad. Porque lo cierto es que William y yo nunca fuimos novios, pero eso no se lo puedo ni quiero contar. Y si soy fiel a lo que realmente sucedió de algún modo sí estábamos juntos, así que sacarle del error no sería hacerlo del todo.

A pesar de que lo pasé fatal durante unas cuantas semanas tras marcharme del ático, en las que no quería ni comer ni ver a nadie y lo único que me apetecía era llorar y regodearme en el amargo sufrimiento de un corazón roto por alguien que ni siquiera mereció nunca ningún buen sentimiento por mi parte, ahora me siento un poco mejor y estoy empezando a recuperarme de ese dolor emocional y mis amigos, especialmente Savannah, han sido los mejores apoyos.

No solo no me había enamorado nunca, sino que tampoco había roto con nadie, y recuperarme emocionalmente de todas esas sensaciones y sentimientos que explotaron en mi pecho fue difícil. De hecho, aunque me gustaría poder decir que ya lo he superado por completo, todavía estoy en el proceso de sanar mi destruido corazón y mi pisoteada dignidad.

–Si no tienes más ganas de estar aquí nos podemos marchar a mi casa y vemos una peli comiendo palomitas –sugiere.

Me termino la primera y única copa de champán que he tomado en toda la noche mientras me lo pienso.

Savannah parece estar divirtiéndose, y Jay ya está bailando a lo Jennifer López con Christopher mientras Alexander, risueño, contempla la escenita aplaudiendo como si estuviese en un concierto de Timberlake.

Lo que no le he dicho a nadie es que a mí venir aquí me afecta un poco, como siempre. Negativamente, por supuesto. Y la parte masoquista de mi personalidad me tiene situada en el mismo punto en el que estuve con William en esta misma terraza, cuando vinimos aquel día al cumpleaños de Matthew, y donde fue tan grosero conmigo.

El amargo recuerdo de él diciéndome en este mismo lugar que era tan indisciplinada como una yegua recién nacida se entremezcla con la furia de sus embestidas cuando gruñía en mi oído en su cama, la última vez que tuvimos sexo, diciéndome que lo que teníamos no podía acabar y que era un egoísta que me quería solo para él.

Y después de eso no lo volví a ver. Se fue sin despedirse y sin una sola explicación o conversación, y después de todo era lo mínimo que esperaba, pero solo a mí se me ocurre esperar algo de alguien que me hizo el daño que me hizo él a mí.

Nunca mantuvimos aquella conversación que quedó pendiente, y nunca nos despedimos. Se largó como el cobarde que es, y la verdad ahora que lo he podido enfriar un tanto en mi cabeza, dos meses después, creo que sí que fue lo mejor. Sus motivos, fuesen los que fuesen, la verdad es que probablemente me habrían hecho aún más daño, y me temo que en aquel momento quizás no lo habría podido soportar.

Mentiría si dijese que le he olvidado, pero digo la verdad cuando afirmo, rotundamente, que estoy esforzándome para sacarlo de mi sistema. Nunca mereció mi amor, pues jamás hizo nada para ganárselo, y no me voy a permitir a mí misma albergar esos sentimientos por mucho más tiempo.

Le arrancaré de mí cueste lo que cueste, especialmente porque mi amiga es feliz con Matthew y él me recuerda demasiado a él, y tengo que empezar a verlo más como el novio de mi amiga y no como el primo del hombre que me hizo añicos.

–¿Sabes qué, Coop? –dejo la copa en una mesita cercana –. Prefiero tu plan a este, pero no se lo digas a Sav, por favor –mi amigo me guiña un ojo con complicidad, asintiendo –. ¿Nos vamos?

Cooper ni lo duda.

–Cuando quieras.

–♡–

Aunque hemos cenado bastante y demasiado bien en casa de Matthew, Cooper siempre dice que una película sin palomitas es como comer chocolate sin azúcar. Su pequeño piso se impregna enseguida del delicioso olor de las palomitas, aroma que me lleva unos segundos a la zona de los cines donde se venden, y me encanta. Me ha dicho que va a poner Black Panther: Wakanda Forever, y estoy en su enorme sofá de cuero negro con chaise longue y asientos extraíbles, que es lo más grande de su casa, bebiendo Coca-Cola como si fuese agua aún con la película sin empezar y con las piernas cómodamente estiradas en el extraíble.

A Cooper le encantan las películas y los cómics de Marvel o del universo DC. Tiene una estantería junto al escritorio de trabajo repleta de figuritas de colección de un sinfín de superhéroes y tomos de sus cómics favoritos, todo perfectamente precintado y expuesto, sin una mota de polvo y en un orden digno de una tienda.

Por supuesto, como todo coleccionista, odia que llamen juguetes a sus figuras, pero siempre hay algún tonto de nuestros amigos que le molesta con eso.

Inicia la reproducción de la película y la pone en pausa mientras se acerca al sofá.

Si hablamos de Marvel o el universo DC... he visto algunas de Spiderman, las de Iron Man, Thor, la primera de Wonder Woman y poco más. La verdad es que incluso hasta para las películas prefiero un buen drama o un thriller que me mantenga muy atenta hasta el final, como las películas de Hércules Poirot, por ejemplo. Pero no hago ascos a la elección de Cooper.

–Tienes suerte de que trabaje desde casa y te haya hecho un hueco en esta noche en que mi único plan al volver era trabajar hasta que me ardiesen los ojos después de la cena en casa de Matt –dice con tonito de broma.

Se echa a mi lado y deja el gigantesco cubo de palomitas sobre mi regazo, inclinándose sobre mi vaso de Coca-Cola para sorber de mi pajita.

–¡Oye! –protesto, y él se ríe.

–Era para comprobar si tiene gas.

–Sí que tiene –la aparto de él como si fuese mi bien más preciado –. Coge una lata para ti.

–Era la última lata.

–Oh... La compartiremos –enseguida se la acerco, pero él la aparta negando con la cabeza.

–No pasa nada. Mañana compraré más. La Coca-Cola es un vicio que estoy intentando dejar para mantener estos abdominales –se levanta la camiseta, señalándose el torso marcado, y me echo a reír –, pero me temo que es bastante difícil –sonríe de nuevo y se mete un puñado de palomitas en la boca, masticándolas despacio –. Lo del trabajo era broma. O sea... sí tengo mucho trabajo, pero no iba a trabajar esta madrugada ni de coña.

–Entonces me sentiré más cómoda aquí invadiéndote el sofá, bebiéndome tu última lata de Coca-Cola y, espero, comiéndome más palomitas de las que alcances a comer tú.

Se mete otro gigantesco puñado de palomitas en la boca y me guiña uno de sus ojos marrones palmeando el asiento libre a su lado solo para señalar el sofá.

–Todo tuyo, preciosa. Pero lo de las palomitas... ¡ya veremos!

Me da un suave golpecito en la frente con la suya sin dejar de sonreír, y de pronto me siento muy afortunada.

–Gracias, Coop.

Suelto la Coca-Cola y le abrazo.

–Gracias por esto, porque en realidad no me lo merezco.

Al principio no me devuelve el efusivo abrazo, quedándose muy quieto dos o tres segundos, y a punto estoy de apartarme cuando me abraza.

–¿Por qué dices eso?

–Porque siempre que estoy contigo me siento bien. Y después de la nefasta amiga que fui durante...

–Pero vamos a ver..., ¿no habíamos hablado ya de eso? –rompe el abrazo y nos miramos a los ojos –. Olvídalo.

Oh... es fácil decirlo, pero ¿hacerlo? No. Hacerlo no es fácil. Olvidar todo lo que viví y todo lo que pasó antes de estos dos meses es... complicado. Me está costando, pero sé que lo conseguiré.

Lo principal era salir del hoyo en el que convertí el sofá de Savannah, donde todo era desgana, tristeza y un mar de lágrimas. Y ese paso ya lo he dado, y estoy orgullosa de ello, pero también muy agradecida a Savannah por haberme ayudado a querer levantarme, por no haberse rendido ante mi apatía, frustración, tristeza y pereza.

–Lo intento –dejo ir un suspiro lento.

–Siéntelo de nuevo y te echo de mi casa –bromea.

–No te prometo nada, pero lo intentaré –cojo una buena ración de palomitas y me lleno la boca a más no poder, imitándole y haciéndole reír.

–Pero mira que eres bruta. A ver si te vas a ahogar.

Me encojo de hombros.

–No creo –replico con la boca llena –. Yo control... controlo.

Deja ir una carcajada por cómo me cuesta tragar, negando con la cabeza. Trago todas las palomitas y riego la sequedad que han dejado en mi garganta con más Coca-Cola.

–Pon la película de una vez.

Coge el mando y lo dirige a su enorme televisor de sesenta y cinco pulgadas.

–Hecho.

–♡–

Un ruido molesto y estruendoso me despierta. Abro un ojo, incómoda con la luz repentina, y veo que es Cooper abriendo las cortinas del salón. Anoche me quedé a dormir tras la película, invadiéndole el sofá como realmente prometí.

–Hora de levantarse –canturrea emitiendo un aura de buen humor que me resulta como la primera dosis de cafeína del día, poniendo precisamente un café en la mesita de centro a mi lado, haciendo que solo con el olor que me llega mis neuronas se activen un poco.

–Si me estás echando porque ahora sí vas a ponerte a trabajar, podrías haber sido un poco más sutil.

Me incorporo en el sofá, sentándome mientras me estiro la camiseta que me dejó para dormir para cubrirme bien los muslos. Cojo la taza de café y doy el primer y delicioso sorbo. Cooper también tiene una taza cuando se sienta en la mesa delante de mí.

–No te estoy echando, y no voy a trabajar –me aclara –. Es sábado, hace un sol inesperado fantástico y tú y yo vamos a salir a dar un paseo –. Apoyo la espalda en el respaldo del sofá y, sin ningún pudor, extiendo las piernas sobre sus muslos –. ¿Qué haces? –ríe, echando un poco para atrás la espalda.

–No tengo ganas de dar ningún paseo. Pero, tal vez –se me escapa la sonrisilla al pensar en lo que quiero –, si me das un masaje de esos tuyos en los pies... tal vez me convenzas.

Cooper mueve la cabeza hacia atrás soltando la enorme risotada que le sale de lo más hondo de su ser.

–Pero mira que eres caradura –se sigue riendo.

–¿Trato?

Intento sonreír lo más ampliamente posible haciéndole hago ojitos. Los masajes de Cooper, que antes de lanzarse a por su sueño de dedicarse como autónomo al diseño gráfico era masajista en el spa Four Seasons de Midtown, son los mejores. Le va bastante bien en lo suyo, pero como masajista no tiene rival.

–Porfi, porfi –vuelvo a hacerle ojitos, juntando las manos a cada lado de la taza para simular que las coloco en posición de suplicar.

–Si me lo pides así... –me saca un calcetín y levanto el puño en señal de victoria –. Pero como me estés engañando...

–¡Que no! Te prometo que iremos a dar ese paseo.

Mis ojos se cierran cuando sus pulgares presionan por primera vez el puente de mi pie. ¡Dios! Esto es genial.

–Y te dejaré en casa de Sav cuando a mí me dé la gana –añade a la cesta de las promesas –. ¿Trato? –me imita.

–Eso es abusar –intento retirar el pie, pero me lo impide.

Tengo que apretar la lengua contra el paladar para sofocar la necesidad de gemir cuando me masajea de una forma más que placentera la planta del pie, enfocándose en las almohadillas y haciendo que sienta como si descargas de electricidad ascendieran cosquilleando por mis piernas en una especie de alivio, destense y relajación absolutamente maravillosos. De verdad que es un experto.

–¿Trato? –repite, parando.

–¡No pares! –ruego.

–¿Trato? –insiste.

–Vale... –mis ojos no se pueden ni abrir de la satisfacción tan inmensa que estoy sintiendo en los pies en cuanto vuelve a presionar, masajeando –. Lo que quieras...

–Hecho –cambia de pie y cuando gimo abro los ojos y, al mirarnos, nos echamos a reír –. Te gustan mis manos ¿eh? –alza las cejas varias veces de manera sugerente, y acabamos riéndonos otra vez.

–Me encantan tus manos –le digo, y es la verdad.

Cooper deja de sonreír, relajando la expresión, y algo en sus ojos cambia por unos segundos. No sé lo que es, pero me siento bien con esa forma que tiene de mirarme.

–♡–

Cuando acepté el trato de Cooper no imaginé que el masaje solo iba a servir para ganar un dolor de pies insufrible después. Me obligó prácticamente a recorrer todo Central Park, parando solo para darle de comer a unos pájaros sentados en un banco. Luego, caminamos por un montón de calles buscando algo que quería comprar, y al final recorrimos otro montón de avenidas hasta llegar al lugar en el que le apetecía comer.

No voy a negar que lo pasé bien. Un sábado estupendo de desconexión, pero tras tantas semanas sin tanta actividad física me agotó como hacía tiempo que no me agotaba.

Quizás es por eso que hoy en el trabajo no estoy rindiendo como debería. Normalmente trabajo de lunes a viernes, pero hacer horas extra un domingo no me parecía tan mala idea hasta la maratón de ayer.

Riley tiene que parar cada dos por tres para que yo descanse, y eso que llevo puestas una de esas malditas deportivas carísimas que me llevé de casa de William que son de lo mejorcito para caminar, pero no puedo ni con mi alma.

–Lo siento –me disculpo con ella.

Estamos a la búsqueda de edificios que alquilen las azoteas para eventos para uno que quiere hacer Alexander dentro de poco, y tiene que tener unas vistas espectaculares sí o sí, sin importar lo que pidan por el alquiler.

Riley empieza a frustrarse cuando le suplico volver a parar, esta vez para pedir un café para llevar en el Starbucks, y a modo de disculpa la invito a un té matcha latte con hielo de esos que tanto le gustan. La gente parece estar obsesionada con ese té, pero a mí es que no me gusta ni el olor.

Contenta con mi café en mano seguimos nuestra ruta, harta de que ninguna azotea esté a la altura de lo que Alexander quiere. Sin embargo, no expreso mis quejas en voz alta. Alexander es un jefe estupendo, además del ya oficial novio de mi amigo, el cual decía que lo único que había entre Alexander y él era sexo casual con muchas noches de vino y al final han acabado poniendo las cosas serias, y tras la oportunidad que me dio hace ya un mes quejarme está en lo último de mi lista de cosas por hacer en este nuevo trabajo que me encanta por lo ocupada que me mantiene, aunque hoy esté exhausta y deseando largarme a descansar.

Alexander estaba buscando una ayudante para su asistente debido al aumento de trabajo por lo bien que le va a su galería en Soho, y no dudó en hacerme una entrevista cuando Jay me sugirió, dándome el puesto dentro de la galería a pesar de saber que me faltó un año para acabar mi carrera.

Al principio me sentí un poco mal, sabiendo que había obtenido el puesto porque Jay es su novio, pero Alexander siempre me dice que le gusta mi visión del arte y que si no le hubiese conquistado como empleada en la entrevista jamás me habría contratado.

Que en ocasiones pida mi opinión cuando habla con Riley me ha hecho sentir más que bien.

Me siento más cómoda en este lado de la galería. Aunque Jay no para de insistir, exponer mis cuadros sigue siendo algo que no quiero ni intentar.

A las tres de la tarde, y tras unos escasos aperitivos, seis horas andando de aquí para allá, fatiga, cansancio y muchas dosis de frustración, Riley y yo encontramos, por fin, el lugar perfecto. No le falta detalle. La azotea del edificio está amueblada con la sofisticación que se requiere para el evento, cuenta con su propio personal de camareros a disposición del cliente que alquile y, por supuesto, las vistas son inmejorables. Se podrá ver el atardecer perfectamente desde aquí y sé que Alexander va a estar más que satisfecho con la elección de Riley y como ha pedido organizarlo todo, aunque concertando una cita en horario laboral para especificar al completo los detalles. Alexander confía en ella como en nadie, y aunque ella me ha pedido mi opinión y la he acompañado a cuanto sitio ha querido visitar todo el mérito es suyo.

Cuando vuelvo a casa me desplomo en el sofá, y aunque creía que estaba sola los ruiditos que provienen de la habitación de Savannah me indican que ella y Matthew deben estar en su dormitorio.

Para no cortarles el rollo, pues el baño comparte pared con su dormitorio, me tumbo en el sofá y me pongo los auriculares para escuchar música un rato.

Enseguida la voz del vocalista de Coldplay inunda mis oídos, aunque me deprime un poco que sea precisamente con la canción The Scientist.

Me entretengo un rato con las aplicaciones hasta que me doy cuenta de que tengo algunos mensajes sin leer en el WhatsApp de Cooper y de Jay.

El de Jay no lo contesto, pues simplemente se trata de un meme, pero el de Cooper me hace reír y al mismo tiempo quererle matar.

¿Qué tal esos pies hoy?, me ha escrito a medio día, consciente de que le dije anoche que le quería aniquilar por lo mucho que me había hecho andar.

Cien masajes voy a necesitar para recuperarme de lo de ayer y de lo mucho que he tenido que caminar hoy en el trabajo buscando locales para un evento de mi jefe, le contesto.

Un pensamiento me cruza la mente y la sonrisa se me elimina con el espontáneo recuerdo de mis mañanas yendo a correr con William por las calles del Upper East Side. Mis dedos, que cobran vida propia, buscan su contacto en el WhatsApp y abro su chat, no sabiendo muy bien qué estoy haciendo.

Mi masoquismo me obliga a abrir la foto de perfil que tiene puesta y ampliarla, y me quedo mirando un rato su imagen, acumulando sensaciones cuando veo que se trata de una instantánea que le tomaron la noche de la gala. Lleva con la misma imagen de perfil desde aquella noche.

Mis ojos navegan por la foto, despacio, y para cuando me quiero dar cuenta un suspiro ridículo se me escapa. Se ve tan perfecto que da hasta asco que sea tan guapo.

Un montón de sentimientos me invaden. Rabia, frustración, decepción, tristeza, un estúpido deseo que no debería sentir y la inevitable sensación de vacío al no tenerle ya en mi vida. Es inexplicable, pero cierto. No elegimos de quién nos enamoramos, ni la velocidad a la que podemos olvidarles cuando decidimos sacarles de nuestra vida, pero me encantaría poder extraerlo ya de mi cabeza, extirparlo como si fuese un tumor que me está jodiendo la vida. Ya. Ahora. Inmediatamente. Claro está que eso es imposible, y a pesar de los recuerdos amargos no puedo evitar pensar en las dos últimas noches que pasamos juntos, viviendo una fantasía en la que éramos dos simples amantes que estaban bien juntos en lo que, sin duda, eran escenas en las que yo me conformé con bastante poco tras lo mucho que debí exigir después de todo, pero me pareció muchísimo para lo que él solía dar. Sexo increíble y palabras de más, trato amable y cordial, fogosidad en exceso... Besos..., dormir conmigo..., tratarme bien... Ah... Eso era lo mínimo que tendría que haber ocurrido desde un principio. Lo de tratarme bien, quiero decir. Lo otro solo fue añadidos que me parecieron absolutamente maravillosos.

Maldigo cuando la primera lágrima cae de mis ojos. No puedo obviar los recuerdos que pululan por mi mente, ni la sensación de desear que todo hubiese sido distinto para poder enamorarme de un hombre con el que haber podido estar bien, como Savannah con Matthew o Jay con Alexander. Relaciones bonitas basadas en el respeto mutuo y el cariño, el amor...

Me seco la siguiente lágrima y respiro hondo, repitiéndome una y otra vez que no voy a llorar más. Me niego a hacerlo.

Si le he pedido a todo el mundo que ni me lo mencionen no debería estar yo viendo sus fotos.

Cierro la imagen y al volver a la conversación me quedo paralizada al ver que está en línea. El corazón se me dispara en el pecho. No toco nada porque me tiemblan las manos y no quiero enviarle nada ni por error, porque eso sería una metedura de pata garrafal. Sin embargo, a una parte de mí le encantaría escribirle para insultarle..., por cobarde y cabrón. No hay duda de que no voy a hacer tal cosa, pero ganas no me faltan.

Las manos me tiemblan y pulso una puñetera letra que borro enseguida. ¡Joder! El aire me arde en los pulmones con la ansiedad, pero llego a la rápida conclusión de que es imposible que haya visto que estaba escribiendo, pues en WhatsApp poner un maldito punto supone la aparición del indicativo que hace saber a la otra persona que le estás escribiendo un mensaje, pero todo ha ocurrido muy rápido y seguramente él ni estuviese viendo mi chat.

No debería haber abierto nada relacionado con él. ¿En qué diablos estaba pensando? Debería bloquearlo y después eliminarlo.

Pego un salto en el sofá cuando me arrebatan el teléfono de las manos de tal manera que hasta un auricular se me cae de la oreja.

Savannah, ataviada en su uniforme de trabajo y con un moño alto no tan perfecto como siempre, además de con las mejillas más que sonrojadas por lo que sin duda acaba de hacer en su dormitorio con Matthew, mira a mi móvil y a mí alternamente, molesta y dilatando las aletas de la nariz.

–¿Qué coño haces? –me increpa.

Resoplo, indignada y con el corazón latiéndome frenéticamente.

–Me has dado un susto de muerte.

–¡Me da igual! ¿Qué haces, Valerie?

–Solo estaba mirando su foto de perfil –me defiendo.

Se fija en la pantalla muy, muy enfadada. Y entiendo su enfado. Le costó muchísimo que la ruptura con William no me terminase de hundir en la miseria después de todo lo que ya he pasado en esta vida. Me vio llorar, me secó mil lágrimas, me tuvo que obligar a comer y a bañarme y todo por culpa del maldito desamor de alguien que ni me merece, y yo aún no me recupero de la culpabilidad de haber puesto sobre los hombros de mi amiga semejante carga.

–Voy a eliminarle de tu lista de contactos ¡ahora mismo! –avisa, y por alguna razón siento una opresión en el pecho, como si no desease que eso ocurriese, hasta que la opresión da paso al desconcierto al ver que Savannah abre los ojos como platos y me mira, temblando –. Mierda... mierda... ¡Le he llamado!

–¡¿QUÉ?! ¡Cuélgale!

Prácticamente salto del sofá y le arranco el móvil de las manos, pero ella ya ha colgado.

–He... he colgado... ra... rápido... –balbucea, nerviosa –. Dios... lo siento.

–¡Da igual lo rápido que lo hayas hecho! Seguro que se habrá dado cuenta, Sav, ¡joder!

–¿Qué ocurre? ¿A qué vienen tantos gritos? –aparece el primo del asunto en cuestión.

Le señalo mi móvil como si eso fuese explicación más que suficiente notando que estoy al borde de un ataque de pánico, demasiado ocupada en respirar agitadamente como para poder hablar.

No, corrijo; ya estoy sufriendo un ataque de pánico.

–He llamado a William sin querer desde su teléfono –le explica su novia.

Matthew arquea las cejas en un maldito gesto que me recuerda instantáneamente a William.

–¿Por qué has hecho eso?

–Ha sido accidentalmente. Toqueteando la pantalla –miente, probablemente para no contarle que yo estaba viendo el chat y la foto de él y le agradezco su discreción.

Se forma un silencio en el que lo único que se escucha es mi respiración casi violenta.

Juraría que estoy oyendo mi corazón latir en los oídos, hasta que escucho la melodía de mi teléfono y doy un fuerte respingo.

La mano de Savannah tiembla ligeramente y yo casi me desmayo al ver que es el nombre de William el reflejado en la pantalla como llamada entrante.

Mi amiga y yo nos miramos, paralizadas. Es el primer contacto entre William y yo desde que desapareció de mi vida sin mirar atrás.

Matthew coge el teléfono y se hace cargo de la situación mientras que yo, todavía paralizada, contemplo como una mera espectadora.

–Will –dice a su primo –. No, no. Soy yo, Matt... No, ella no te ha llamado... Ah ¿sí?... Bueno, el teléfono acaba de empezar a sonar debajo de nosotros en el sofá, así que probablemente estaba desbloqueado y... Sí, ha sido un error –me mira y yo sigo temblando, observando su gran actuación la cual agradezco –. No ha contestado ella a su teléfono porque está en la ducha, Will. ¿Quieres hablar con ella?

Reacciono y doy tantos pasos atrás agitando las manos en señal de negación que me golpeo la espalda con la pared, aterrorizada.

–Claro –Matthew me hace un gesto que me indica que no va a pasármelo, y me relajo solo un poco –. Sí, sí. No te preocupes. Nos vemos mañana en la oficina... Sí... Adiós.

Matthew cuelga el teléfono y mi corazón parece el galope de un caballo desbocado.

–Lo siento –murmura mi amiga –. ¿Qué te ha dicho? ¿Se lo ha creído?

–No lo sé –Matthew deja mi teléfono en la mesita de centro, junto a uno de los auriculares –. Pero no te llamará, Valerie, tranquila.

No quiere hablar conmigo.

Temblando como una hoja, en silencio, recojo mi teléfono de la mesita y me voy hasta el baño, donde me encierro y una vez a solas comienzo a llorar.

Oír su voz amortiguada y lejana, a través de mi teléfono, ha disparado mi pulso y removido algunas cosas.

Me lavo la cara y sin poder parar de llorar me siento en el váter tras bajar la tapa, demasiado nerviosa pero no lo suficiente como para saber que hay algo que debo hacer y que debí hacer hace dos meses. Así que abro mi agenda, busco su nombre y lo elimino definitivamente de mi lista de contactos, y no solo lo hago para evitar próximos accidentes sino para evitar tentaciones, así que también elimino el chat en WhatsApp en el que solo hay unos pocos mensajes, ninguno agradable.

Bloqueo el teléfono y me esfuerzo por recuperar la normalidad de mi respiración.

Tranquila. Respira.

–♡–

Esa misma noche, aún nerviosa por lo que ha ocurrido con mi teléfono y sin ganas de estar sola porque Savannah y Matthew pasarán la noche en su casa, me planto en el piso de Cooper y le obligo a darme un masaje en los pies, y en esta ocasión sí interrumpo su noche de trabajo ignorando los remordimientos.

–De verdad que los tengo destruidos.

–Se nota. Tienes hasta los talones enrojecidos. ¿Con qué has estado andando?

Señalo al suelo.

–Con esas comodísimas Balenciaga. Pero es que hoy he caminado como si estuviese cumpliendo una penitencia.

–Joder... –arquea ambas cejas mirando mis deportivas.

–Sí... me las regaló él –suspiro, exhalando con lentitud cuando presiona ese punto de mi planta del pie que tanto placer me produce –. Alexander ya me ha pagado mi primer sueldo y podrías acompañarme a comprar ropa, así le devolveré todo lo que me llevé de su casa.

–¿Todo lo que te llevaste de su casa?

–Es una larga historia que no me apetece contar.

Mi amigo me observa, pensativo, pero no dice nada. Y se lo agradezco. Realmente sí es una historia que no me apetece contar.

–♡–

Otra película de Marvel en casa de Cooper y otra noche durmiendo en su sofá no me han dado tanta fatiga muscular como el paseo que dimos el sábado y el día de trabajo de ayer, pero como estoy quince minutos en metro más lejos de la galería que yendo desde casa de Savannah me levanto un poco antes.

Dejo el café preparándose en la cafetera para cuando Cooper se despierte lo tenga recién hecho.

Voy directa al baño para asearme un poco y arreglarme estos pelos de loca.

–¡Joder! –decimos los dos a la vez, yo chillando, al encontrarme de frente a Cooper como Dios lo trajo al mundo, y no solo por haberlo pillado completamente desnudo sino porque me he dado un susto de muerte ya que le creía aún en brazos de Morfeo.

Se cubre sus partes bajas con la mano, ya que en la otra tiene el cepillo de dientes, y salgo del baño a toda velocidad, cerrando la puerta detrás de mí.

Tengo que aprender a llamar antes de entrar. Ya he pillado a Matthew un par de veces en el baño de Savannah, aunque afortunadamente no le he visto el pene en primer plano como se lo acabo de ver a Cooper.

La cafetera está casi acabando y saco dos tazas, medio ruborizada por cómo he invadido su privacidad y medio muerta de la risa por el susto y la situación.

Somos amigos. No pasa nada.

Estoy sirviendo café en la segunda taza cuando sale del baño en calzoncillos y camiseta, el cabello castaño todo mojado. En su cara una sonrisa burlona, y en la comisura de su boca un poco de pasta de dientes.

Nos miramos sin saber qué decir, pero ambos estamos sonriendo, divertidos.

Me le acerco con ambas tazas de café en mano, cediéndole la suya en cuanto nos separa solo medio metro.

–Ahora que ya me has visto mis partes bajas voy a tener que disculparme –pone solo un brazo en jarras y con el otro se lleva la taza a la boca, dando un sorbo al café.

–¿Qué? –río.

–Sí... bueno... –se rasca la nuca, burlón, haciendo el tonto –. Ahora no vas a poder dormir pensando en mis espléndidos atributos.

Le aporreo el brazo, muerta de la risa.

–¡Serás idiota!

–Idiota y justo.

–¿Justo? –arqueo una ceja, esperando a ver por dónde va a salir.

–Sí. Es justo que ahora yo también te vea a ti en las mismas condiciones que...

Le vuelvo a aporrear el brazo, esta vez más fuerte.

–¡Mierda! –se queja, acariciándose el bíceps como si le hubiese dado una paliza –. Sí que tienes fuerza, loca.

–Anda –sigo riendo, bebiendo café –, bébete el café y discúlpame por haber entrado al baño sin llamar.

Con el pulgar le quito la manchita de pasta de dientes de la comisura, y Cooper se me queda mirando con los labios entreabiertos, ceñudo.

–Pasta de dientes.

Se humedece los labios, asintiendo con un gesto un poco extraño que no sé identificar.

–Ah... vale. Gracias –alza la taza de café –. Y gracias por el café. Por cierto, ¿ya no tomas té?

Trago saliva.

–No tan a menudo como antes. Le he pillado más el gusto al café.

No pienses en él bebiendo café. No pienses en él bebiendo café. No pienses en él bebiendo café...

–El café es lo mejor, ¡y tú lo preparas mejor que yo!

Veo a Cooper sentarse en su escritorio y comienza a encender su ordenador y sus pantallas de camino al baño. Me aseo y cuando acabo voy hasta donde ya está trabajando en sus diseños y le doy un beso en la mejilla.

–Gracias por todo.

–A ti, preciosa –me agarra un momento por la cintura y me empuja para que me agache, besándome la mejilla él también –. Ya sabes... mi colección de pelis de Marvel te espera cada vez que quieras.

–Gracias, pero la próxima vez elijo yo la película. Se acabó Marvel por un tiempo.

Sonríe, y debo admitir que tiene una sonrisa demasiado encantadora.

–Hecho –promete.

Abandono la casa de Cooper a toda velocidad y me acerco a la primera boca de metro. A estas horas y más en lunes, como es normal, está atestado y debo ir de pie. Claro que con el masaje que me dio ayer Cooper hoy me siento muchísimo mejor, y sé que la cosa en el trabajo hoy no va de andar por todo Manhattan buscando sitios para eventos. Hoy, más bien, me tengo que dedicar a ayudar a Riley a organizar la exposición de nuevos y jóvenes talentos que se realizará dentro de poco en la galería, donde Alexander y su cuñada siempre eligen a los dos o tres más talentosos para darles mecenazgo, ayuda, enseñanzas y promoción.

En cuanto me reúno con Riley en las oficinas de la galería nos ponemos manos a la obra. Hay mucho que hacer y muchas llamadas que realizar, además de trabajo de organización en los ordenadores y papeleo que organizar.

El día se me pasa tan rápido que para cuando me quiero dar cuenta ya estoy en casa con Savannah cenando una ensalada césar para compartir, charlando de su día y del mío.

El tintineo del e-mail avisa de la llegada de un correo electrónico en el ordenador en el que tenemos puesto un episodio de Anatomía de Grey al que no le estamos haciendo ningún caso, y es Savannah la que lo abre.

Su mirada me deja helada, y de inmediato sé qué correo es el que ha llegado. El que llevamos esperando desde el viernes por la mañana. Prometieron los resultados el lunes, y ya es lunes...

Ambas empezamos a temblar y enseguida nos sujetamos de las manos, temiendo lo que nos podamos encontrar.

El test de embarazo de la farmacia que dio positivo la semana pasada lo visualizo en mi mente mientras el nerviosismo se apodera de mí. Intento mantener la calma, más me es imposible.

–Es de la clínica –confirma. Fuimos a una clínica a por una analítica de sangre que confirmase verídicamente y al cien por cien lo que el test farmacéutico reveló –. ¿Lo abro? –me pregunta mi amiga, parpadeando frenéticamente.

Asiento, y ella hace lo mismo.

Cliquea sobre el PDF a descargar con los resultados y ambas leemos en silencio, sin dejar de temblar ni un segundo, y me temo que llegamos a la parte clave al mismo tiempo, porque en cuanto nos miramos decimos a la vez:

–Positivo.

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