—Aida... —Al escuchar su nombre retira la mano que sujeta el papel y se pone a jugar con él entre sus dedos. Su labio es mordido lentamente, nerviosa. —Perdona por traerte a estas cosas. Sinceramente, debería haberte dejado en casa.
—¿Por qué dices eso?
—Intuyo que no es tu mejor plan para un domingo.
—Prefiero ver contigo alguna peli, tapadas y con palomitas. Pero está bien esto también, te conozco en todos los ámbitos y estoy contigo. —Justo después de soltar lo último, empieza a cambiar de color como un camaleón.
—Te prometo que el próximo fin de semana vamos dónde tú quieras.
—¿Esto es otro vale? Te vas a llenar de deudas.
—Son deudas que voy a disfrutar pagando. —Sonrío de medio lado y salgo del baño para dirigirme de nuevo hacia la mesa. Unos minutos después Aida vuelve también.
Decido tomar la iniciativa y, con suavidad, poso mi mano sobre su muslo, imitando su acción anterior.
Al principio, Aida parece sorprendida pero no muestra resistencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, noto que se tensa ligeramente bajo mi contacto. Observo su reacción y me doy cuenta de que algo la incomoda.
Preocupada, decido cambiar mi enfoque y comienzo a acariciar suavemente la zona en un intento de calmarla. En lugar de lograr el efecto deseado, parece inquietarla aún más.
Me acerco despacio hacia ella, para que no se asuste de lo que voy a hacer y ponerla en sobreaviso. Toda la atención de la mesa cae sobre nosotras cuando acerco mis labios a la oreja de aida. Al notar mi respiración tan cerca noto que, bajo la palma de mi mano, su piel se eriza de inmediato.
—¿Va todo bien?
Su contestación es un acelerado movimiento de cabeza confirmando que todo va bien. Además de unas palmaditas en la mano que reposa sobre su muslo. La quito de inmediato para evitar incomodarla más aunque me arde la palma añorando su contacto.
Cuando devuelvo la vista a la mesa, todos los comensales están en absoluto silencio intercalando miradas entre Aida y yo, como si estuviesen viendo la mejor novela de sus vidas. Una sensación incómoda se apodera de mí, y siento la necesidad de establecer límites y proteger mi espacio personal.
En respuesta a esas miradas persistentes, mi expresión facial se vuelve fría y autoritaria. Con determinación en mis ojos, dirijo mi mirada directamente hacia aquellos que me observan, enviándoles un mensaje claro de que deseo que aparten la vista.
Mi gesto no es agresivo, pero es firme y seguro. Busco establecer un límite y hacerles entender que su mirada no es bienvenida ni apropiada en ese momento. Aquellos que estaban observándome se sienten incómodos y desvían rápidamente la mirada, comprendiendo el mensaje implícito.
Al volver mi mirada hacia Aida, noto la expresión de confusión en su rostro. Puedo percibir que se siente sorprendida por la forma en que puedo mirar a los demás con una actitud autoritaria, sin mostrar arrepentimiento ni titubeos.
Y esta es la razón por la que, el tiempo que queda de cena, se me hace interminable. Aida parece no querer mirarme ni interactuar conmigo, sólo está perdida en sus pensamientos. Continúa así todo el camino hasta casa, pero yo no aguanto más.
—¿Quieres hablar de lo que te lleva rondando un rato?
—Me sorprende lo fría que puedes llegar a ser en ocasiones. Has intimidado a todo el mundo.
—¿Te incluyes?
—No. Pero puedo decir que no me gustaría volver a sentir el frío de tus ojos en mí.
—Entiendo.
—Pero parece algo natural... —Está totalmente tirada en el sofá, con la mirada perdida en el techo, reflexionando. —Es cómo si tuvieras como ajuste predeterminado el intimidar a la gente con tu presencia.
—Se ha vuelto demasiado personal la conversación. —Huyo de su mirada interrogativa hacia la cocina, buscando una cerveza.
—No huyas. —Noto que está detrás de mí, y aunque tenga la cabeza metida en la nevera, sé con certeza que está con los brazos cruzados, apoyada en la encimera.
Saco la cerveza de la nevera e intento abrirla pero se queda en eso, un intento. —Nada de beber a estas horas de la tarde. Voy a pensar que eres alcohólica. —Pongo los ojos en blanco e intercambio la cerveza por agua con gas.
Me apoyo en el mueble que se encuentra enfrente de donde está Aida colocada. Noto su mirada penetrante, intentando averiguar que es lo que ocurre en mi cabeza o qué es lo que siento.
—Déjalo estar, Aida. Las circunstancias de la vida son las que te hacen cambiar. Ya deberías saberlo.
—No entiendo cómo podría dejarme llevar por las circunstancias de mi vida. Si llegase a ser otra, no sería yo, sería una versión de mí mucho más triste y apagada. —Reconozco que su intención es ayudarme pero siento una resistencia interna a aceptar sus observaciones.
—Sería una versión mucho más independiente, precavida y con mucho menos dolor.
—Que quieras aparentar que algo no te duele no quiere decir que no te duela, simplemente estás reprimiendo el sentimiento. En tu caso lo transformas en ira. Por eso el boxeo, supongo. —Noto que mi nivel de incomodidad aumenta y la frustración comienza a apoderarse de mí.
—¿Me estás psicoanalizando? —Mi tono de voz refleja mi frustración y resistencia, dejando claro que no estoy dispuesta a dar mi brazo a torcer o escuchar sus opiniones en ese momento.
Mis ojos se endurecen y mi mirada se vuelve gélida y penetrante mientras la dirijo hacia ella. La intensidad de mi expresión facial es palpable, reflejando un aura de autoridad y dominio.
A medida que mi mirada se posa sobre Aida, ella se detiene en seco, su rostro muestra sorpresa e intimidación. Puedo ver cómo sus hombros se tensan y su postura se vuelve ligeramente rígida, evidenciando el impacto de mi mirada intensa.
Mis ojos se mantienen fijos en los suyos. La frialdad en mi mirada es inquebrantable, mostrando una determinación inflexible y una clara negativa a ceder ante su intento de psicoanalizarme. Mis emociones están a flor de piel.
Sus ojos cambian, reflejando una determinación decidida mientras habla con sinceridad. Se acerca un poco más, mirándome directamente a los ojos, y con una voz firme pero serena empieza a hablar.
—Odio que hagas eso. Te cierras en banda para protegerte, como una coraza. Y para evitar que te hagan daño hieres a otro. ¿Acaso no puedes notar que me quiebras cuándo me miras así? ¿La intensidad con la que me haces sentir mal? ¿La facilidad que tienes para procurar que la gente no se acerque a tí? —Siento cada una de sus palabras calando cada parte de mí. Respiro profundamente sabiendo que tiene razón.
—No busco herirte, Aida.
—Pero lo haces. Añades cosas en las que mi cabeza tiene que pensar. Aparto el estudio y todas mis preocupaciones por intentar entenderte. Y se repite lo mismo que hace unos días, y yo no puedo estar así. No quiero.
Al notar que una lágrima de impotencia escapa de los ojos de Aida, siento una profunda necesidad de compartir con ella una parte de mí.
—Mi hermano Aaron falleció cuando yo tenía apenas 16 años.
—No te estoy obligando a que me cuentes nada.
—No me siento obligada. Quiero que me entiendas de alguna manera. Me da miedo tener lazos con la gente.
—¿Y todos tus amigos?
—Neva y Kayden llevan conmigo desde que tengo uso de razón. Chakrii era amigo de mi hermano Aaron.
—¿Y todos los demás?
—Me dan igual, Aida. Con siete personas voy sobrada.
—Tu madre, tu padrastro, Iván, Chak, Neva, Kayden y... ¿Adriana?
—¿Cómo va a ser Adriana? Eres tú, tonta.
En un primer momento, puedo ver una mezcla de sorpresa y curiosidad en su rostro, pero rápidamente estas emociones dan paso a un torbellino de sentimientos que se reflejan en sus ojos.
La expresión de Aida comienza a cambiar rápidamente, mostrando una amplia gama de emociones. Veo asombro, alegría, gratitud y un brillo de satisfacción en su mirada. Es como si todas sus dudas y preocupaciones se desvanecieran en ese instante, dejando espacio para la completa felicidad. A medida que continúo hablando, su sonrisa se hace más amplia y sus ojos brillan con intensidad.
—Quiero dejar de pelearme contigo. —Decido volver a hablar tras el silencio de Aida. Parece que sigue disfrutando mis palabras anteriores.
—Ahora no estábamos peleando. Esto se llama tener una conversación para llegar a una solución.
—¿Y la solución va a ser dejar de pelearnos?
—Si prometes no volver a mirarme así, Gabriela, no puedo aguantarlo, mi corazón se encoge y duele.
—Lo siento, de verdad.
A medida que las emociones se suavizan, ella se acerca lentamente a mí, acortando la distancia entre nuestros cuerpos. Mi atención se centra completamente en ella. Aida se detiene a centímetros de mis labios y deposita un suave beso en mi mejilla, muy cerca de ellos.
El contacto de sus labios contra mi piel me toma por sorpresa, enviando una ráfaga de sensaciones a través de mi cuerpo. La cercanía y la delicadeza de su gesto me distraen por completo, dejándome sin aliento y sin palabras.
En ese momento fugaz, mi mente se desconecta de todo lo demás y solo puedo sentir la suavidad de sus labios y la calidez de su cercanía. Cierro los ojos por un instante, saboreando la dulzura del momento.
—Me gusta esto. Se llama comunicación. —Me sonríe con burla mientras se aleja de la cocina.
Mis ojos siguen cada movimiento de su cuerpo, desde la delicada curva de su cuello hasta la suave línea de su espalda. Su top se ajusta perfectamente a su cuerpo, realzando sus contornos y revelando una silueta cautivadora.
¿En qué estás pensando?
Sacudo la cabeza alejando cualquier tipo de sentimiento de ese estilo y empiezo a darle vueltas a la conversación tan profunda que hemos tenido. Siento cierto rechazo hacia mi confesión pero, no puedo negarlo, tiene un hueco en mi corazón.
—¿Vienes?
Aida y yo nos sentamos juntos en el sofá, preparados para disfrutar de una película. A medida que la película comienza, noto cómo Aida se va recostando lentamente en mi regazo, buscando comodidad y calidez.
Me acomodo suavemente para asegurarme de que esté cómoda, rodeándola con mis brazos mientras continuamos viendo la película. La suavidad de su cuerpo en mi regazo transmite una sensación reconfortante y familiar.
A medida que la historia se desarrolla en la pantalla, el ambiente tranquilo y la comodidad de la posición hacen que poco a poco me vaya relajando. El cansancio se apodera de mí y, sin darme cuenta, me quedo dormido junto a Aida.
El tiempo pasa sin que nos demos cuenta, hasta que finalmente nos despertamos a las diez de la noche. Cuando abro mis ojos, la primera escena que observo es a Aida buscando levantarse sin despertarme. Al girar su cabeza cierro los ojos fingiendo seguir dormida.
—Estoy demasiado agusto... —Susurra muy bajito.
Vuelvo a abrir los ojos para mirar la situación. Mis brazos la rodean completamente impidiendo que salga de forma alguna. Aida tiene la cabeza recostada en mi pecho, refunfuñando sin saber que hacer.
—Puedes levantarte si quieres. —Noto que se asusta al escucharme. Se levanta de inmediato sin que yo oponga resistencia con mis brazos y me mira, roja como un tomate. —¿Por qué estás tan roja? —Pregunto recuperándome aún del sueño.
—Perdón, no quería molestarte.
Su timidez y sonrojo solo hacen que su encanto sea aún más evidente. Ella se disculpa tímidamente por haberse quedado dormida encima y propone hacer algo rápido para cenar. Se dirige a la cocina, mientras yo la observo con una sonrisa suave, apreciando su ternura y sentido práctico.
Una vez que la cena está lista, nos sentamos juntos a comer. Después de cenar, nos damos cuenta de que todavía estamos agotadas y decidimos que lo mejor es irnos a dormir nuevamente.