Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
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Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
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Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
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me leyó y me tuvo en su corazón
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Era la ciudad de Terranova. En ella vivía Ptolomeo Delgado, un joven de veinte años cuya única meta trazada en su vida era reflejada en el crisol con el cual apreciaba los pequeños detalles que le rodeaban. Mozo apuesto, de complexión fina, y con ojos tiernos de una casta y embelesante mirada, tenía el maravilloso don de la palabra. Descendiente de una familia pudiente y acomodada, aquella que regía sus destinos con tan sólo el papel impreso que mueve montañas, anhelaba en convertirse en un vasto y erudito poeta. Es de esta manera que el mancebo educando continuaba siendo aquél vástago con un infinito empeño de cumplir su añorada agenda. Un día, transitando por la marginal y de camino a su centro universitario, recordaba las pueriles e incesantes discusiones con su terco padre: - “No tengo la necesidad de friccionar contigo. Ante todo, eres mi progenitor. Nos debemos mutuo respeto.”. Desde niño él fue muy educado, y es que sus valores, su ética, y su desarrollo personal fueron construidos y edificados con la mayor deferencia, decoro, y amor que una madre puede ofrecer. Ésta, Altagracia Rexach, inculcó y fomentó en su progenie la admiración y la sensibilidad por su difícil y enrevesado padre. Ella, mujer estoica de estatura media, de cabello liso, de silueta perfilada pero con un pensamiento retrógrado y a la vieja usanza, traspasó a Ptolomeo Delgado su reducida pero fiel y bien cometida línea de ideales. Entiéndase el deseo de la vida en forjar un porvenir con constancia pero atenido a la añoranza y no a la ambición. Por otra parte, Eugenio Delgado, padre, esposo, médico, rector, proveedor y redentor de la familia, solía discutir con su unigénito. La raíz y las razones para tales sucesos eran evidentemente por su desarrollo educacional, y posteriormente, por su empleo profesional. Ptolomeo Delgado siempre confesó su afán de ser poeta, y un verdadero literato. Por el contrario, su padre lo instaba a que estudiara la carrera de la medicina, tal como él lo había hecho: - “Yo no estoy discutiendo. Simplemente te recuerdo que los poetas vagan por los pueblos, y piden limosnas. Hijo, tú necesitas una buena carrera que te pueda mantener, y te permita cumplir con tus deberes sociales. El dinero tiene que llegar a tu vida, y no tu vida al dinero”, le respondía. Ptolomeo Delgado le reprochaba reiterativamente a su tenaz padre sobre su imprudente incumbencia a la hora de minar su disposición a consumar sus sueños. Él entendía la complacencia de Eugenio Delgado para afrontar el rudo devenir social, inclusive observaba y asimilaba sus aportes dialécticos como consejos de buen linaje, mas no comprendía su empecinamiento en querer transformar una vida que a leguas reconocía que no le competía. Semejante displicencia era intolerable ante su visión, razón por la cual las exasperantes discusiones eran rutinarias y cotidianas. De hecho, antes de partir camino a La Universidad que es el mayor centro de docencia en Terranova, su padre le instigaba sobre el alto costo de vida, así como la mala inversión que genera una carrera artística por la poca remuneración económica que conlleva, retórica que Ptolomeo Delgado no consiente bajo los cánones que representan a su más pura esencia: - “¿El dinero?, ¿Por qué el dinero te es tan indispensable en la vida?, ¿Aún no te has dado cuenta que de todos los lujos que tú me has proveído a lo largo de tantísimos años, sólo disfruto y utilizo el teléfono móvil, y ello es así porque semejante tecnología me es una necesidad en esta etapa tan crucial de mi vida?. Padre, entiende que para mí el dinero no es motivación suficiente para cursar una carrera universitaria de esa magnitud. Gozo de una vida plena no por lo sobrante, sino por el arte. Es lo que me apasiona, y lo que pretendo hacer por el resto de mi existencia. Tus cantaletas, largas y tediosas, parecen mas bien una crítica contra mi personalidad. ¿Qué hubiese sido de ti si por destino férreo y aleatorio a la suerte, la genética hubiera decidido que yo fuera homosexual?, ¿Me hubieses desterrado de tu vida, o quizás desheredado, o hasta quien sabe si me hubieras negado?”. - “De hecho, hubiese preferido que fueras homosexual a ser un poeta. Al menos sabría que lo primero no lo hubieras escogido, mas lo segundo es reacción de tu elección, lo que me consterna a sabiendas de lo intelectual que tú eres, al tiempo en que manchas tu devenir con tan burda profesión, si así se le puede
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llamar. Tú podrías dar más de ti hacia la sociedad siendo médico, que un simple y patético poeta”, responde Eugenio Delgado. Tales repetitivas e hirientes expresiones fueron las que llevaron a Ptolomeo Delgado a marcharse sin mediar palabra alguna. Camino a La Universidad, y tras aquella regresión, Ptolomeo Delgado recibió una llamada telefónica. Al observar la pantalla de su aparato tecnológico, se percató que era su novia: - “Mi amor, ¿cómo estás?, ¿Ya sabes a qué horas regresas a Terranova?”. - “Mi vida y mi corazón, aún no sé, pero lo que sí sé es que te extraño tanto. He recibido todas tus cartas, y estoy deseosa de poder verte.”, le responde. - “Dalila, yo también te amo. Te quiero ver ya junto a mí. ¿Necesitas que te vaya a buscar al aeropuerto?”. - “No, mi vida. Te lo agradezco, pero no sé aún la hora, aunque mi padre me dijo que ha de ir a buscarme. Y sabes, es mejor así. Quiero te concentres para la eliminatoria”. - “¿Don García te buscará?, ¿Y Doña Martínez le acompañará?”, pregunta el mozo. - “No lo sé, porque mamá está constipada.”. - “¿Y cuándo puedo ir a visitarte a tu casa en los suburbios?”. - “No tendrás que hacerlo, porque seré yo quien vaya a buscarte. Creo que podré ir a verte y escucharte y sobretodo a felicitarte cuando ganes el premio. ¿El evento sigue programado para mañana, no?”. - “Sí, aún está pautado para mañana. Hoy comenzará la eliminatoria, y mañana será la final. Escuché aquí por los pasillos que posiblemente seamos entre veinticinco y treinta personas los que asistamos a la actividad. Pensé que participarían menos, pero aparenta ser lo contrario, lo que asegura una buena competencia”, le responde Ptolomeo Delgado. - “Sí, pero yo estoy segura que tú vencerás. Mi novio es el mejor, y estaré allí para apoyarte. ¿Y estás en La Universidad?, ¿Estabas en una clase y te interrumpí?”. - “No, mi vida, estaba llegando a La Universidad, y ahora me encuentro frente al salón de clases. Sin embargo, el profesor dejó una nota grapada a la puerta indicando que no habrá sesión durante el día de hoy, por lo que aprovecharé el tiempo para ir a la Biblioteca y escribir algunos poemas, de tal forma que me permita este momento el entrenar camino a la eliminatoria de hoy, y para el concurso final durante el día de mañana”. - “Mi vida, no te preocupes más. Te aseguro que tú vas a ganar. Yo estaré allí contigo, y juntos celebraremos. Le enseñaremos a Eugenio cuán capaz eres, ¿está bien?”, expresa Dalila - “Sí, mi amor”. - “¿Me lo prometes?”. - “Sí”, responde Ptolomeo Delgado. - “Pues me voy despidiendo, para terminar de hacer las maletas y así descansar para el viaje de regreso. Es posible que no te llame más tarde, primero porque sé que superarás la contienda de hoy, y además deseo recargar todas las energías, ya que estoy muy agotada. De todas formas nos vemos mañana, mi amorcito. Te amo mucho”.
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- “Y yo a ti”, culmina la conversación. Cuando Ptolomeo Delgado cierra el diálogo con su novia Dalila, inmediatamente suena el teléfono móvil nuevamente. Se percató que era su madre Altagracia Rexach: - “Mamá, ¿qué sucede?” - “Nada particular, hijo mío. Te llamaba porque me enteré que discutiste con tu padre, ¿te encuentras bien?”. - “Sí, no te preocupes. Es lo mismo de siempre. Que él no quiere que sea poeta, ni me dedique al mundo de las humanidades. Sin embargo, lo tengo muy claro y es lo que realmente me apasiona. Así lo debe entender él.”. - “Sí, hijo, lo sé. Yo traté de hacérselo entender, pero tú sabes lo terco que es. Me preocupas porque hoy es la eliminatoria, y no sé si te has desencajado o si por el contrario estás refrescado.”. - “Estoy bien. Decidí no abundarle más en el tema, para estar claro en mis intenciones. Pero no quiero seguir hablando de la misma vaina de siempre. Aprovechando que te comunicas conmigo, necesito que me hagas un favor”, le pide Ptolomeo Delgado. - “¿Qué necesitas?”. - “Mañana regresa Dalila a Terranova, y quisiera comprarle un detalle de bienvenida. No obstante, quisiera quedarme parte del día ensayando para mi presentación en la eliminatoria. ¿Podrías encargarme un ramo de flores para ella?”. - “Sí, hijo, lo que tú quieras, ¿qué tipos de flores deseas?”, le pregunta Altagracia Rexach. - “La típica rosa, y nada más, pues no tengo problema con ello, pero lo que me es indispensable es que incluyas una tarjeta y que vaya acompañado de un pequeño poema de bienvenida”. - “¿Un poema?, ¿Cuál en particular?”. - “No lo he pensado aún, pero permíteme improvisar. ¿Tienes un lápiz y papel a tu lado?”. - “No, pero lo busco en un santiamén”. En ese instante, Altagracia Rexach hace lo propio al tiempo en que le pregunta: - “¿Y cómo está Dalila?”. - “Está bien, aunque no he podido comunicarme con ella todo lo que hubiese deseado. Estos últimos tres meses han sido muy fuertes para su desarrollo corporal. Su rol deportivo la agota demasiado puesto la gimnástica requiere mucha concentración y ardua práctica, por lo que hemos cortado las sesiones de comunicación a partes iguales.”. Habiendo encontrado el lápiz y el papel, ella pregunta: - “Bueno, ya encontré el lápiz y el papel. ¿Qué quieres escribirle?”. - “Dame un momento, a lo que pienso.”. De inmediato comenzó a recitar un poema:
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En el umbral del despertar de un profundo y largo sueño Hoy aparezco en un lugar extraño y poco risueño Es aquél donde soy mi propio y repudiable dueño Porque de ti dependo para poder vivir una vida de ensueño Ya que sin ti me siento muy pequeño Lágrimas de hiel que viajan por mi piel No quiero viajar solo por el riel Te aseguro que hoy y siempre seré fiel Y si mi vida contigo será más dulce que la miel ¿Por qué yo he de ser cruel e infiel? Pétalos de rosa que castigan como látigo de avena El presente, sin tu mente, es tan endeble como partícula de arena Necesito que allí se pose mi reina sirena, tan bella como cualquier azucena Aquella que con su canto enerva la noche serena Aquella que con su presencia hace de mi vida una amena
- “Ya, ¿lo anotaste?”, pregunta Ptolomeo Delgado. - “Que bello es, hijo mío.”. - “Gracias, mamá. Entonces, ¿me concretarás el favor?”. - “Por supuesto, hijo mío, ya me dirijo hacia la floristería. A tu regresar estarán las rosas con su hermoso poema”.
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- “Muchas gracias, mamá. En estos momentos no tengo clases, así que me quedaré en La Universidad ensayando hasta la hora de la eliminatoria. Posteriormente, me dirigiré para la casa.”. - “Está bien. Nos vemos más tarde. Te quiero mucho”, culmina Altagracia Rexach. - “Y yo a ti, mamá”. Una vez engancha la última llamada, Ptolomeo Delgado, tras contentarse por la ausencia de uno de sus profesores, se dirigía hacia la Biblioteca de La Universidad. En su transcurso, y entre la ingente cantidad de personas, encontró a tres compañeras de clases, que respondían a los nombres de Belinda, Melinda, y Linda. Todas ellas, con miradas sugestivas y deseos carnosos, le lanzaron muchos piropos: - “Muchachas, observen quién está aquí. Es Ptolomeo. Debemos aprovechar que está solo. Vamos a conquistarlo”, comenta Melinda entre risas junto a sus allegadas. - “Sí, ¡vamos a lanzarnos!”, responde Linda. Ptolomeo Delgado, sonrojado y un tanto emocionado, les responde: - “Chicas, ¿cómo se encuentran?”. - “Guapo, estamos bien. Por aquí viendo el asador, y tras observarte, sinceramente no hace falta ninguna otra carne”, comenta Belinda con mucha lujuria. Ptolomeo Delgado, quien se sentía asediado y halagado por sus compañeras, desvirtuó la conversación y la lanzó a otros derroteros para evitar sentirse incómodo y tentado por sus hermosas compañeras:
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- “Chicas, mañana hay un concurso de poesía aquí en La Universidad. Les invito a que asistan, y estén presentes.”. - “¿De poesía?, ¿Y tú vas a competir?”, pregunta Melinda. - “Sí, pretendo estar allí presente.”. - “¿Y qué tipo de poesía es?”, insiste Melinda. - “Es poesía romántica. Las bases del concurso son irrelevantes ante el jurado, siempre y cuando se haga buena poesía de amor. Desean tener un buen léxico, y palabras que cautiven”. - “¿Poesía de amor?. ¡Válgame!, ¿Me vas a enamorar?, porque te confieso que ya lo lograste sin haber pasado trabajo alguno”, pregunta jocosamente Belinda. - “¿Y tu novia estará apoyándote?”, cuestiona Linda. - “Por supuesto, estará por allí también. ¿Por qué no asisten?. Así podemos compartir todos juntos.”. - “¡No!, imposible, no queremos caer en las garras de tu novia”, arremete Melinda. - “¿Y por qué te enamoraste de ella?. Si nosotras también somos bellas.”, comenta Belinda. “Observa esta hermosa silueta, mis ojos verdes, y mi cabello rubio. Allá tienes a Melinda, que aunque no es tan bella como yo, se acerca muchísimo a mí con ese cabello negro y esas piernas espectaculares. Igualmente Linda, que pese a que no me supera en hermosura, sus ojos azules y el contraste con su cabello rojo la asemeja mucho a una modelo de telenovela.”, culmina con risas, pero bien decidida. Ptolomeo Delgado, que estaba muy avergonzado de tanta insistencia, ve como salvación que su teléfono móvil suena nuevamente. Antes de atender la llamada, las jóvenes comienzan a marcharse y Linda, vivazmente, asesta: - “Muchachas, ¡huyamos!, ¡el radar de la novia nos ha observado, y el misil se acerca!”. Ptolomeo Delgado, sonriendo tras aquél ingenioso comentario, atiende a la llamada: - “¿Buenas Tardes?”. - “Sí, buenas tardes, ¿es Ptolomeo Delgado?”, pregunta el emisor. - “En efecto”. - “Sí, mi nombre es la Sra. Rodríguez. Soy la coordinadora del concurso de poesía, ¿me recuerda?”. - “Por supuesto”, responde Ptolomeo Delgado. - “Sí, me comunico para preguntarle sobre su confirmación de asistencia al evento de las eliminatorias que se llevarán a cabo durante el inicio de la noche de hoy”. - “Muchas gracias por su llamada, y sí, confirmo que asistiré a tal evento. Es mi mayor deseo.”. - “Muy bien. ¿Sabe usted dónde se llevará a cabo esta primera fase?”, le pregunta a Ptolomeo Delgado. - “Sí, será en el Teatro de La Universidad, ¿no?”.
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- “Es correcto, de igual forma se llevará a cabo la final, que lo es mañana. La diferencia es que durante la etapa de hoy, no se abrirá al público.”. - “Entiendo”. - “Bien, entonces le espero aquí más tarde”. - “Sí, gracias por su atención”. - “A usted”, se despide la Sra. Rodríguez. El entusiasmo del joven mozo incrementó como nunca antes. Es por esto que raudo y veloz se dirigió a la Biblioteca para seguir ensayando, y así asegurarse un paso a la final del evento. Una vez llega al lugar, busca un cubículo personal, y decide sentarse para encontrar la debida inspiración. Antes de comenzar a pensar y a redactar, extrajo su cartera y observó una foto de su actual compañera Dalila García Martínez. Atleta de cabello liso, ojos negros pequeños, de estatura media y de un corazón tierno y apaciguador, ella era su verdadera pasión. El sentimiento que sentía por la joven era hondo y real, tan profundo como el infinito mar. Ni siquiera él entendía por qué en ella eso veía, aunque lo justificaba afirmando que el amor no era razonable, sino indispensable. Tras besar la imagen, y guardarla con todo el recelo y delicadeza en su cartera, toma su libreta y su lápiz y comienza a escribir: Como burbujas de cristal son tus ojos a mi mirar Refulgen como rubí que no deja de brillar Hora tras hora no los dejo de limpiar Porque los quiero admirar, besar, clamar, tocar, y siempre observar Yo te amo, te añoro; yo te acaricio porque te adoro Es por ello que te hablo con tanto decoro Porque tú no eres el simple y patético oro Es que tú y tus ojos son mi mayor tesoro Cuando miro al cielo no es azul, sino como lo deseas tú Es que reconozco que para mí eres el mejor espíritu Vivaz, viveza, y vivacidad Definitivamente eres mi mayor deidad Querencia o malquerencia Tú eres la mayor esencia Es que mi completa presencia De ti tiene una gran dependencia Ptolomeo Delgado, poco convencido de lo redactado, continuaba escribiendo: Tú me haces caminar por el riachuelo Tú me haces caminar por el cielo Mas no entiendo por qué hay tanto hielo Si yo siempre a ti te celo Copos de nieve Hay por todo este relieve Y aunque la vida es breve Te amaré hasta el siglo noventa y nueve Ptolomeo Delgado, tras éste último poema, queda totalmente frustrado. Siente que por alguna razón sus
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escritos están flaqueando, por lo que decide partir fuera de la Biblioteca, y tomar un poco de aire. Próximo a las escaleras encuentra un asiento. Allí procede a recostarse. Una vez sentado, comienza a mirar en derredor. Y pegado a la pared puede divisar un papel de color anaranjado. Se levanta, y se dirige hacia él. Era un poema, el cual comienza a leer: Hoy recuerdo el voraz torbellino de tu amor. Aquél que sangraba pero sanaba todas las heridas de nuestras concupiscencias. Sí, el primero que utilizaba el talero que quebraba la única rendija de mi piel, aquella que era de cuero firme en todo mi cuerpo, pero que no soportaba la lujuria contenida en tu sensual impudicia. Para mí, vivir tu poco inquirir era una triste canallada, aunque luego con tu simple mirada, mi vida reestablecía todo el flujo de mi profunda herida por ti orquestada. Si tu ecuación estaba bien resuelta, mi construcción estaba bien envuelta, mas cuando tu resolución estaba errada, yo por mí siempre oraba. Pero no te miento, puesto hoy recuerdo el voraz torbellino de amor, aquél que quiero reestablecer porque hoy mi piel se acaba de entumecer. Aún no terminaba de leer los dos poemas contenidos en el papel, cuando sintió un leve roce en su espalda. Era su amigo Ramón Herrero: - “¡Ptolomeo!, ¿qué haces?”. - “¡Amigo!”, lo abraza Ptolomeo Delgado. “Estoy leyendo este poema que se encuentra en la pared. Me instruyo, porque mañana es la competencia de la poesía, y quiero entrar a él. Esto lo haré siempre y cuando gane las eliminatorias de hoy”. - “Por eso estoy aquí. Estaba buscándote para desearte suerte. Te llamé a tu teléfono móvil, pero no me respondías”, reprochó Ramón Herrero. - “¡Cierto!, se me olvidó activarle el timbre. Lo silencié antes de entrar a la Biblioteca, pero ya lo resuelvo”. - “¿Y qué piensas hacer ahora?”, le pregunta mientras Ptolomeo Delgado reactiva el timbre de su teléfono. - “Realmente no lo sé. Estoy un poco desencajado. Creo que mi poesía no es del todo buena. Estaba leyendo ese pequeño poema que está pegado a la pared, pero tampoco deseo influenciarme mucho con otras obras. Estoy confundido”. - “¿Y por qué no haces lo mismo?, ¿Por qué no pegas tus escritos a la pared, para saber si a alguien le atrae tu manera de versar?”, pregunta su amigo. - “Lo haría, pero la eliminatoria es hoy y ya no tendré a quién consultarle.”, prosigue Ptolomeo Delgado. “¿Y qué tal si lo haces tú?, ¿Me puedes ayudar, o te incomoda?”. - “¡Hombre!, ¡claro que no!. Eres mi amigo, y no me incomodas. Anda, permíteme leer tus poemas”. En ese instante, ambos amigos se sientan en el suelo, y Ptolomeo Delgado le muestra sus escritos. Ramón Herrero comienza a leerlos: - “A ver, leeré todos los poemas, pero solamente te diré simple y llanamente si me gustaron. No te puedo decir más porque no soy experto en estos temas”, plantea ante la afirmativa de Ptolomeo Delgado: Hoy soñé que fuimos como un candelabro Que inclusive nos ataron con candado Y ante semejante panorama dado Donde yo estaba contigo y a tu lado Yo grité: “si me desatan, ¡ya no daré alumbrado!” Ante mi alegría te recordé; ante mi tristeza por ti lloré
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Yo a ti te miré y de ti me enamoré Ante el orgullo a ti me até; ante el susurro de ti me aferré Yo a ti me entregué y contigo estaré Y hoy te aseguro que siempre te amaré - “Éste me gustó muchísimo. Proseguiré: Tú como doncella eres la más bella Tú como princesa eres como la cereza Mas hoy entiendo que como reina…, eres la reina - “Este otro es corto, pero intenso. Muy convencedor. Leeré más: La perfidia de tu amor destruiría mi dulce corazón Inclusive me llevaría a perder la razón Viviría en total desazón Sufriría y moriría con tremenda quemazón Y no podría conocer la pasión Mas hoy me acobardo Y no me enfrento a tu llamado Tengo miedo, y no lo he negado Sé que tú a mí me has rechazado Sé que tu amor no morará a mi lado Huyéndole a la congoja y a la felonía Evitaré así entrar en melancolía Mi vida no se devastaría Y mi ilusión por siempre perduraría Y felizmente por siempre viviría
Ya soy Poeta
No te responderé No te contestaré A ti te esperaré Y si no te tendré Al menos nunca te perderé - “Este último no me gustó tanto, pero no por como está escrito, sino por lo triste que es.”, responde Ramón Herrero. Ptolomeo Delgado de inmediato, y con mucho interés, le pregunta: - “¿Y qué tal?, ¿Crees que tengo madera para ser poeta y concursar?”. - “¡Claro!. Digo, a mí me encantaron tus poemas. Sigue hacia adelante, y verás que lo lograrás”. De repente suena el teléfono móvil de Ptolomeo Delgado, pero antes de atender a la llamada, le comenta a su amigo: - “No te vayas. Dame un momento”. - “¿Buenas Tardes?”. - “Sí, ¿se encuentra Miguel González?”
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- “¿Quién?”, responde Ptolomeo Delgado. - “Miguel González.”. - “No, soy Ptolomeo Delgado”, contesta nuevamente. - “Disculpa, llamada y número equivocado”, y engancha el emisor. Ptolomeo Delgado le comenta a su amigo sobre la desavenencia telefónica, y prosiguen con la conversación: - “Ptolomeo, ¿tienes tiempo para acompañarme a comer?. Es que estoy más hambriento que un virulento puma.”. - “Aún tengo algo de tiempo”, observando la hora que marca su teléfono móvil. “Está bien, te acompañaré y de paso comeré antes de la eliminatoria.”. Ambos, por lo tanto, se encaminaron a la cafetería de La Universidad. Mientras iban de camino, se preguntaban mutuamente cómo les iba respectivamente con las clases del centro de docencia. De igual manera, discutían sobre las materias que aún no podían revalidar. Ya en la cafetería, ambos entran a la pequeña fila. Agarran dos bandejas, y proceden hacer el pedido de alimentos. Mientras Ramón Herrero prefirió comprar una paella, Ptolomeo Delgado decidió por una hamburguesa. En el momento de ir a pagar, suena su teléfono móvil. Era su comprensiva madre: - “Hola, mamá, ¿qué sucede?”. - “Sí, disculpa mi llamada, pero es necesario que la haga. Es que te tengo que comunicar que no conseguí las rosas que me pediste. Estoy aquí en la floristería, y me indicaron que ya no la tienen disponible porque ha habido una gran demanda en estos últimos días. En cambio, encontré unas preciosas gardenias, ¿quieres de esas?, ¿O desistes de la idea?”. - “¿Son lindas?. Tú sabes que no sé de flores. Si consideras que están lindas, procede de la manera en que lo deseas”. - “Sí, hijo mío. Están espectaculares, y son muy olorosas. A Dalila le encantará. Entonces de esas te llevaré”, continúa Altagracia Rexach. “Bueno, eso era todo. Ya no te molesto más. Adiós”. Ptolomeo Delgado, antes de que ella enganchara, la detiene: - “¡No!, ¡espera!”. - “¿Sí?”. - “Te voy a pedir que, de acuerdo al cambio imprevisto de flores, no ordenes escribir aquél poema que más temprano te recité. Solamente llévame la tarjeta a casa, que le escribiré otro. Quiero adecuarlo”. - “Está bien, hijo mío. ¿Algo más?”. - “No, mamá. Muchas gracias. Nos vemos luego”. - “Hasta luego”, culmina la conversación. Ambos amigos se acercan a la caja registradora, pagan sus víveres, y se dirigen hacia una mesa que estaba completamente vacía. La mayoría de los estudiantes se habían marchado debido al horario, porque el día
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comenzaba a caer y la noche a crecer. Una vez sentados, y tras haber probado el primer bocado, Ramón Herrero con una sonrisa pícara inicia un nuevo diálogo: - “Ptolomeo, ¿y tu relación con Dalila?, ¿Va viento en popa?, ¿Cuándo se casan?”. El joven, sonriendo, le responde: - “¡Hombre!, ¿cómo crees?. Si apenas llevamos siete meses de noviazgo, y estos últimos tres han sido cuesta arriba”. - “¿Por qué?”. - “Como muy bien sabes, Dalila está en el equipo de gimnasia de La Universidad. Lleva tres meses fuera en duras prácticas, y la comunicación que hemos tenido ha sido anecdótica. Lee más mis cartas, que lo que escucha mi voz.”. - “¿Pero la amas?”. - “La adoro. Es mi ángel. Aunque ella viva en los suburbios de Terranova, y yo a pocos pasos de La Universidad, solemos vernos con regularidad aquí en el recinto, pero más allá de ello…, no. Su padre es muy protector. Que conste, no es mala persona, pero sí muy protector, cuyo tiempo de visita y salida en las citas lo reduce bastante. Él quiere que primero termine su carrera universitaria, y luego que realice su vida como le plazca”, responde Ptolomeo Delgado. - “Entiendo, pero sabes, el amor del verdadero es así. Se hace esperar y se hace de rogar. Es una prueba que debes superar, pero luego de haberlo hecho, todo lo bueno llegará.”.
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- “Así mismo es querido amigo, así mismo es”. Y de esta manera, ambos continúan degustando sus respectivos alimentos al tiempo en que conversan de todo tipo de temas, algunos triviales y otros trascendentales. Pasado un periodo de tiempo, Ptolomeo Delgado observó que comenzaba a oscurecer y a su amigo le confesó: - “Ramón, me alegro de que me hayas acompañado. El profesor no asistió hoy a clases, por lo que tuve mucho tiempo libre. Sin embargo, aunque tu compañía es agradable, me debo marchar camino a la eliminatoria, que empieza dentro de poco. Voy un tanto más temprano para apuntarme, y reorientarme. Luego, ensayaré un ratito, y espero lograr pasar a la final de mañana.”. - “Anda, vaya tranquilo. Sé que te irá bien. Mañana estarás en la final.”. - “¿Vas a ir al evento?. Si pasase tal como lo preludias, quisiera verte por allí.”. - “Así lo deseo, pero no he de poder. Mañana acompañaré a mi madre a un velatorio. Su tía murió ayer, y allí estaremos presente”, responde Ramón Herrero. - “Entiendo, cuánto lo siento. Espero que todo culmine para bien.”. - “Gracias”. - “No, gracias a ti. Ahora sí me despido. Hablaremos luego”. En ese instante, Ptolomeo Delgado se levanta, le estrecha su mano a su amigo, lo abraza, y se marcha.
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La distancia entre la cafetería y el teatro es muy corta, por lo que cuando menos lo pensaba, y en pocos pasos, ya estaba allí presente. En el lugar había una mesa de color blanco, y varias personas atendiendo a los competidores. Ya estaban comenzando a llegar, por lo que Ptolomeo Delgado se acomodó en la fila. Una vez le toca su turno, se dirige hacia la persona en la recepción: - “Buenas noches.”. - “Buenas noches”, le responden. “¿Cuál es su nombre?”. - “Mi nombre es Ptolomeo Delgado”. - “¿Tiene segundo apellido?”. - “Sí, Rexach”. - “Muy bien. Permítame buscar en la base de datos.”. Mientras la recepcionista buscaba el registro de Ptolomeo Delgado Rexach, él escuchó un comentario de otras personas próximas a él: - “Sí, porque él me preguntó que cuánto era uno más uno. Le respondí que obviamente es dos.”, expresó una joven rechoncha de cabello castaño. - “¿Y qué te respondió él, para que estés así tan exaltada?”, preguntó otra joven rechoncha, pero de cabello negro. - “Estoy exaltada porque el desgraciado se burló de mí”. - “¿Pero qué te dijo”. - “Que uno más uno son dos”. Ptolomeo Delgado Rexach mantuvo silencio, y una pequeña sonrisa reflejó por las alocadas ocurrencias de las personas. En ese instante, la recepcionista le dice: - “Muy bien, Ptolomeo Delgado Rexach. Usted está formalmente registrado. Puedes proseguir al teatro. Dentro de un rato comenzaremos la eliminatoria.”. El joven mozo, antes de marchar, le pregunta: - “Sí, antes de desplazarme, ¿me puede indicar cómo evaluarán toda la competición?, ¿Cuál es el protocolo a seguir?”. - “No se preocupe. Dentro de un rato uno de los organizadores orientarán a todos los presentes. Puede estar tranquilo. Adelante.”. - “Muchas gracias por la aclaración”, responde Ptolomeo Delgado Rexach. Ptolomeo Delgado Rexach entra al teatro. Estaba relativamente vacío, por lo que pudo encontrar un asiento adecuado a su estado anímico. Observó a su alrededor a varias personas. Buscaba entre el poco tumulto a alguna que pudiera conocer, pero lamentablemente no la halló. No obstante, se percató que había una participación entre mujeres y hombres, dato que le sorprendió bastante. Al fijarse que todos estaban muy pendientes de sus respectivos escritos, estudiándolos y escudriñándolos, decidió hacer lo propio, y ensayar un poco más. Aunque en un principio prefirió leer algunos de sus poemas y así escoger a uno de ellos, y posteriormente memorizarlo para lograr recitarlo en la eliminatoria, descartó esa idea, y abanderó la de
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improvisar para sujetarse ante la ruleta de la suerte. De todas formas, agarró su lápiz y la hoja de papel, y comenzó a escribir alguno que lo motivara: Cuán tiernas son las ramas de aquel pequeño árbol plantado en tan vasto terruño. Tan indefensa su presencia, pero tan rebosante que se parece a tu halagüeño recuerdo. El tronco es tu hermoso cuerpo, las ramas tus inolvidables brazos, y cada hoja compone lo más hermoso de todo tu cabello. Es un idilio el percibir la hermosa producción de sus frutos, como retoños que nacieran de tus propias entrañas, aquellas que muestran la más pura esencia de una presencia. Y sólo observando semejante silueta, cual lienzo reviste sus eternos anillos y cual órgano extenso cubre a tu bella osamenta, recuerdo cuánto poder puede promover una mujer tan perfecta. Ptolomeo Delgado Rexach, tras haber escrito un poema en prosa, pretendió continuar con su musa, aquella que le permitió recobrar la confianza en sus escritos: Hoy retas a mis sentidos: me haces ver el viento y me incitas a escuchar el silencio. Tras éste pensamiento filosófico, y luego de observar que estaba en su mejor punto para la improvisación con expresiones que lo llevaron al delirio y a la auto complacencia, decidió confiarse de sí mismo, y buscó apartarse de sus eternos pensamientos para no hastiarse ni agotarse ante su próxima prueba de fuego. Entonces por ello decide levantarse y caminar por los alrededores del teatro. En las paredes encontró muchas lecturas, aunque ninguna le provocó interés alguno. Desplazándose por el recibidor, y acercándose a la entrada y salida del lugar, justo donde lo atendieron en un principio, se topó con una antigua compañera. Se sintió muy sorprendido encontrarla por allí, y abrazándola le expresó: - “¡Ey!, ¡Andrea, tanto tiempo!, ¿Cómo has estado?. Hace años no le veía.”. - “Ptolomeo, ¡que bello sigues siendo!.”. - “Digo lo mismo. ¡Eres bella y regia!”.
Ya soy Poeta
- “Gracias, cariño. Yo he estado bien, ¿y tú?”, pregunta Andrea. - “También. Estoy feliz”. - “¿Y qué haces por aquí?”. - “¡Lo mismo pregunto!”. - “Vengo a concursar en este evento de poesía. Leí de su existencia por medio del rotativo, ¿y tú?”, pregunta Andrea. - “¡Entonces venimos a concursar!. Yo estudio en esta Universidad, y una vez me enteré de esta iniciativa, decidí ingresar a la competición”. - “Supongo que aún eres un apasionado de la poesía, ¿o me equivoco?”. Ptolomeo Delgado Rexach responde: - “No, no se equivoca. Pero yo no conocía esa faceta de su vida, ¿también le incita la poesía?”. - “No, precisamente no, sin embargo, siempre me ha gustado diversificarme. Probar nuevas experiencias, y tratar de variar en mis quehaceres. Cuando leí la noticia sobre esta actividad, no dudé en acercarme. Y lo demás es historia.”. - “Me alegra muchísimo, ya verás que no desilusionará. La poesía es magnífica.”.
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- “Eso espero. Te tengo una propuesta. ¿Me puedes ayudar?, ¿Qué es lo que debo hacer ahora?”, pregunta Andrea. - “Simplemente tenemos que esperar dentro del teatro a que comiencen con las participaciones. Si quieres, pasemos adentro y nos sentamos juntos hasta que todo fluya como debe.”. - “Estoy de acuerdo. Vamos, y muchas gracias.”. - “Siempre a la orden. Muy bien lo sabes”, le responde Ptolomeo Delgado Rexach. Ambos amigos se dirigieron hacia dentro del teatro. Buscaron un lugar particular, y posteriormente tomaron asiento. Andrea comenzó a apreciar el entorno que le rodeaba, y muy alegre nuevamente le agradeció a Ptolomeo Delgado Rexach por su hospitalidad. De inmediato le entabla una conversación sobre la actividad que está a poco tiempo de comenzar: - “¿Y tú estás preparado?”. - “Fíjate, no lo sé. A veces creo que sí, aunque últimamente estoy muy indeciso, ¿y usted?”. Andrea, un poco desaireada le increpa: - “¿Me estás llamando vieja?”. Ptolomeo Delgado Rexach, impresionado, le cuestiona: - “¿Perdón?” - “¡Me has dicho usted!”. Ambos tuvieron una carcajada: - “No, Andrea. Es por el respeto que le debo.”. - “Pues no. Puedes tutearme.”. Ptolomeo Delgado Rexach le agradece, y con una sonrisa prosigue con la conversación: - “Entonces, ¿y tú?, ¿Crees estar preparada?”. - “No lo sé, porque es mi primera experiencia de esta índole. Tengo escritos unos poemas, pero me avergüenzo demostrártelos, ¿puedes recitarme algunos para más o menos tener idea de lo que me voy a encontrar?”. - “Ante todo, la respuesta a tu última pregunta es sí. Y no, no debes avergonzarte, que no me burlaré ni te criticaré. Soy el menos idóneo para hacerlo. De todas formas, te recitaré alguno por medio de la improvisación: Estrella de mar…, estrella de mar…, estrella de mar…, a dónde me quieres llevar… Ptolomeo Delgado continuaba con su exposición: Estás manchada con sangre blanca porque tu cuerpo se reviste de la más alta pureza, cual bandera blanca se empapa de toda tu esencia. La paloma que vuela en los cielos no se compara con tu presencia en el firmamento. Tu brillo, incalculable e inigualable sólo puede opacarse por tu propio arte. Mas no logras
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demostrarme por qué a ti tengo que adorarte, pero mi cuerpo es cobarde y el traicionero no se atreve a rechazarte. Eres la sapiencia de toda conciencia; la omnisciencia, la omnipresencia, y la omnipotencia. Tú eres la más digna de todas las mujeres, no por todo lo que representas, ni siquiera por todo aquello en lo que yo mienta, sino simplemente porque en mis pensares, no he hallado competencia ninguna…, no he hallado mujer tan oportuna que aquella que simplemente no puede ser opacada ni por la propia luna. En ese instante, Andrea se levanta y se dispone a marcharse. Sin embargo, Ptolomeo Delgado Rexach la detiene: - “¿Pero qué haces?”. - “Me marcho”. - “¿Por qué?, ¿Qué sucedió?”. - “Ptolomeo, ¡despierta!, ¿cómo pretendes que yo me aventure a competir en este escenario contra semejante poema?, ¡Por Dios!, ¡ni en mis sueños!”. El mozo hermoso, con una hermosa sonrisa, le responde: - “No exageres. Tú debes tener un poema mucho más hermoso que el mío. Anda, léemelo.”. - “¡¿Yo?!, ¡nunca te leeré el mío!”. - “Por favor, Andrea, compláceme”. - “¡Ni loca!”.
En ese instante, Ptolomeo Delgado Rexach le arrebata su hoja, y lee uno de sus poemas. Ella trata de forcejear, pero no logra extraerle el papel. Él lo lee en voz alta: Yo soy Andrea Y no soy tan fea Quiero que me leas Y después que me veas Una enorme carcajada es lanzada por parte del joven mozo, mientras Andrea se sonroja y se cubre su rostro. Él no esperaba semejante desproporción romántica, por lo que luego de disfrutar el momento, le pregunta a la joven: - ¡Andrea!, ¿¡pero cómo es posible que vayas a recitar un poema de este calibre!? ¡Esto no es ni siquiera un poema romántico!”. Andrea no sabía qué decir. Estaba muy avergonzada, hasta el nivel que no quería ver los ojos de Ptolomeo Delgado Rexach. Éste, observando su renuencia le propone: - “A ver, Andrea. Mírame”. - “No.”. - “Anda, no se lo diré a nadie. Simplemente deseo que me mires, y te ayudaré a redactar un poema para que lo recites.”. - “¿Lo dices en serio?”, pregunta Andrea.
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- “Sí, lo haremos juntos”. En ese instante, la joven observa a un sonriente Ptolomeo Delgado Rexach. Él le dice: - “Vamos. Toma el papel. Busca un lápiz, y anota lo que te diré. Tienes que ser rápida, porque lo improvisaré, por lo que la musa puede traicionarme y así olvidarme de lo que te recitaré: Cuantas hermosas reminiscencias extraigo de tan pueril hermosura. Un cutis curtido con la más fina lana, aquél rostro que amilana hasta a la más poderosa cana. Tu magnificencia es la mejor luminiscencia, la que trae vida y total coherencia. Es por ello que sé que hoy existo, pero estoy retraído y totalmente perdido. Es que menoscabar mi destino por no estar contigo es mi fuerte y cruel desatino. Vivo la peor maldición, cual desazón provoca una real desilusión. Estar junto a tí es estar en idilio, mas estar sin ti es vivir sin frenesí. Entonces, ¿de qué me sirve controlar el tiempo, mancillar al mal, y recrear el bienestar?. Porque admito que no estoy de acuerdo con una vida en silencio. No lo puedo hacer, y de hacerlo…, tengo que retroceder. Mi piano, mi fiel y eterno amigo, el que está aquí mi lado me lloraría y me inquiriría que por qué lo he abandonado. Y no, ni él ni yo, ninguno de los dos tenemos que estar doblegado. Él me lleva a recordar las memorias de mi lejano pasado que son todas las cosas que siempre he anhelado, ¿y cómo crees que cerraré con candado todo por lo que he luchado?. Hoy te pido que mi vida arrebates, que me des el último remate y así mi existencia pasará como el color mate. En el momento en que Andrea iba a tomar la palabra, Ptolomeo Delgado Rexach la detiene con la palma de su mano, y prosigue: Cuántas petunias he visto en mi vida, todas ellas sinceras y mancebas. Sin embargo, nunca he entendido por qué la comparanza con una fiel doncella. Ésta es bella y realmente bella. Las petunias sobreviven alimentándolas con una regadera, que a la luna venidera puede consolidar su eterna existencia. Mas la doncella, la bella y realmente bella, tan sólo necesita de sí para poder translucir, cual regenerador crea estupor. Su belleza, aquella que pertenece a su regencia, es síntoma de toda la querencia que existe en su esencia. Y es que cuando esa petunia no manifiesta otro color, la vida se llena de mucho dolor; y cuando esa doncella me somete a una querella, yo vivo pensando, riendo y disfrutando solamente en ella.
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En ese preciso momento, desde la tarima del teatro, los dirigentes llaman la atención del público utilizando unos micrófonos. Los presentes comienzan a atender rápidamente: - “Saludos a todos lo que se encuentran esperanzados en compartir con nosotros en esta competitividad. En primer plano, deseo agradecerles a ustedes por su interés en este tipo de actividad. Estamos sumamente orgullosos de la participación, y tenemos fe y creencia en el potencial de los que aquí se dieron cita. Por falta de tiempo, y para no retraernos más en este asunto, deseamos ir directo a la yugular del meollo, y explicaremos brevemente lo que aquí se está buscando..”, expresa uno de los dirigentes. - “Es así. Ante todo, un cordial saludo a los presentes. Mi nombre es Héctor Suárez, y mi compañero es Manuel Rosa. Estamos aquí para conducir esta eliminatoria. Cómo todos ustedes deben saber, las bases que rigen a este evento son sumamente flexibles. Simplemente deseamos un poema romántico que cautive. No importa la métrica, tampoco si es en verso o prosa, ni tan siquiera su rima, su densidad ni su retórica, simple y llanamente que cuando lo escuchemos, lo podamos entender y suspiremos por tan nobles y cautivadoras palabras, puesto de eso se trata el poema romántico. Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto, empezaremos con la eliminatoria.”, comenta Héctor Suárez. - “El protocolo es el siguiente. Pasaremos a nombrar a los jurados y ellos se encargarán de puntuar y mostrar la deliberación una vez culminado todo el evento. Así se efectuará durante la final de mañana, con la leve diferencia que hoy la puntuación no será mostrada al público. Mañana sí se hará por medio de carteles, donde cada jurado ostentará un máximo de puntuación de diez, para una nota global de treinta puntos. En estos momentos poco a poco iremos llamando a los participantes, que han sido escogidos previamente por medio de sorteo dentro de una pequeña tómbola. Pasan a la tarima y recitan su poema. Posteriormente la abandonan. Por supuesto, y así quien lo desee, durante el ejercicio de hoy le permitiremos
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el poder leer su obra, mas los concursantes de mañana no lo podrán hacer. Éstos tendrán que memorizarlos, o en su defecto, improvisarlos, quedando a discreción de cada uno la decisión final. Habiendo dicho todo esto, y para evitar ralentizaciones en el proceso, durante esta sesión prescindiremos de los aplausos. Así que sin más, procedemos a comenzar la semifinal. Mucha suerte a todos”, asesta Manuel Rosa. En ese momento, los anfitriones presentan al jurado, que está compuesto de dos mujeres, y un caballero. Éstas son Lilian García, y Lú Vélez, mientras él es Tomás Benedicto. Posteriormente, proceden con los concursantes: - “Muy bien. La primera concursante lo es Aída Cintrón Rosa”, comenta Héctor Suárez. Mientras Aída Cintrón Rosa se dirigía a la tarima, Andrea en voz baja le agradece a Ptolomeo Delgado Rexach por su hospitalidad y su condescendencia. - “Ptolomeo, muchas gracias. Te debo una.”. - “No te preocupes, Andrea. Y mucha suerte.”. Una vez Aída Cintrón Rosa llega a la tarima, comienza a recitar su poema: El derecho a la verdad es el derecho a la legitimidad El derecho de recordar es el derecho a poder amar El derecho de Aída es el derecho a tener vida Mas, ¿para qué tener vida si ya he visto tu partida? ¡Exijo el derecho de la muerte, para así poder verte! - “Muchas gracias Aída Cintrón Rosa.”, expresa Manuel Rosa. “El próximo concursante lo es Ricardo Vélez Orocho.”.
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- “¿Te gustó?”, pregunta Andrea. - “No estuvo mal”, responde Ptolomeo Delgado Rexach. “Escuchemos al próximo”: Cuantas penurias he vivido en esta injusta y cruel vida. Por una parte estás tú, mujer admirada. Por otra te encuentras tú, mujer cortejada, y al final, pero con total fuerza y fiereza te hallas tú, mujer amada. Cual triunvirato cualquiera, a ellas las admiro, las cortejo, y las amo, mas todas, por más que quisiera asimilarlas, disienten y se hacen diferentes. Admirada, no puedo cortejarte. Cortejada, no puedo admirarte. Amada, no puedo tan sólo amarte. ¿Por qué todas no pueden ser una?, ¿O por qué no puedo ser también un triunvirato cualquiera?. Que trato arbitrario tan repudiado. Ellas son mujeres, y yo soy el macho. Y si son mujeres, ¿por qué así yo las trato?, Y si soy el macho, ¿por qué me doblego a ese penacho?. Admirada, Cortejada, y Amada, ¿por qué la vida tiene que ser tan polarizada? - “Muchas gracias a Ricardo Vélez Orocho”, expresa Héctor Suárez. “El próximo concursante lo es Mario Vázquez Vázquez”. Mientras el concursante se desplazaba hacia la tarima, Ptolomeo Delgado Rexach expresa: - “Cuán agradable su exposición. Denota cierto dolor.”. - “Ahora le toca al otro”, expone Andrea: Manchas de dolor, ¿por qué tengo este ardor? Si mi doncella, que es la más bella, sana con su rostro lleno de color Y aún sigo sintiendo el dolor, ¡que horrible horror! ¿Por qué aún persiste este espantoso ardor?
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Si mi doncella, que es ella, está a mi alrededor ¿Por qué el dolor es tan devastador? ¡Si mi doncella, que es aquella, no es mi agresor! ¿O acaso es que he cometido un imperdonable error? ¡No lo puedo creer, y así mismo es, mi doncella ya no es aspersor! ¡He sido adoctrinador y mi propio engañador! Aprehensión, progresión, ¡mi doncella ya no es mi salvación! ¡No puede ser, ella y aquella que fue tan bella, fue una simple ilusión! ¡Hoy entiendo a qué se debe esta horrible transgresión! - “Muchas gracias a Mario Vázquez Vázquez”, expresa Manuel Rosa. “La próxima concursante lo es Andrea Jiménez Calco”. - “¡Ay!, esa soy yo. Deséame suerte Ptolomeo”. - “Vete, ¡y mucha suerte!”, responde Ptolomeo Delgado Rexach con un tono de voz ajustado al silencio imperante dentro del Teatro: Cuántas petunias he visto en mi vida, todas ellas sinceras y mancebas. Sin embargo, nunca he entendido por qué la comparanza con una fiel doncella. Ésta es bella y realmente bella. Las petunias sobreviven alimentándolas con una regadera, que a la luna venidera puede consolidar su eterna existencia. Mas la doncella, la bella y realmente bella, tan sólo necesita de sí para poder translucir, cual regenerador crea estupor. Su belleza, aquella que pertenece a su regencia, es síntoma de toda la querencia que existe en su esencia. Y es que cuando esa petunia no manifiesta otro color, la vida se llena de mucho dolor; y cuando esa doncella me somete a una querella, yo vivo pensando, riendo y disfrutando solamente en ella. - “Muchas gracias a Andrea Jiménez Calco”, expresa Héctor Suárez. “La próxima concursante lo es Amparo María de las Casas Martínez”.
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Mientras la concursante se aproximaba a ejercer su participación, Andrea Jiménez Calco hacía lo propio ante Ptolomeo Delgado Rexach. Una vez llega hasta dónde él, lo abraza: - “¡Lo hice Ptolomeo!, ¡Muchas gracias por ayudarme!, ¡Estoy alivianada!”. - “Me alegro muchísimo. Lo hiciste de maravilla”, responde el joven. - “¡Y tú eres lo máximo!”, mientras Ptolomeo Delgado Rexach se sonroja. En ese instante, Amparo María de las Casas Martínez comienza con su participación: La loza de mi piso no es de cristal, ¿y por qué aún así yo te puedo observar? Las paredes de mi hogar no son de hoja, ¿y por qué veo tu camisa roja? ¡Que tremenda paradoja! Mi cocina, que no es cochina, tampoco es de barro, ¿por qué sé cuándo te dará catarro? Y mi baño, que no hace daño, ¿por qué me recuerda el día de tu cumpleaños? ¡Que don tan extraño! ¡Ya lo entiendo!, ¡Y hoy me estoy riendo! ¡Te amo y te amo! ¡Ya sé cuándo estás herido! ¡Es que el amor creó mi sexto sentido! - “Muchas gracias a Amparo María de las Casas Martínez”, expresa Manuel Rosa. “El próximo concursante lo es Raúl Flecha Gómez”. En ese instante Andrea Jiménez Calco expresa al tiempo en que sonreía:
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- “¡Que ingenioso!” - “Sí“, expone Ptolomeo Delgado Rexach. - “¡Su nombre también!”, asesta Andrea Jiménez Calco al tiempo en que el próximo participante recita: De mil formas lo he tratado Y ya lo he logrado De ti estoy enamorado Aunque tú a mí me habías rechazado Al final logré que terminaras a mi lado Por lo que hoy te he revelado Y así todo se ha consumado ¡Ya te he domado! Con una realidad que me ha tocado Que el amor así se ha creado: ¡Y es que en la lotería me he pegado! - “Muchas gracias a Raúl Flecha Gómez”, expresa Héctor Suárez. “La próxima concursante lo es Josefina Rodríguez Traverso.”: Ptolomeo Delgado Rexach no contuvo su disposición a comentar, por lo que dijo: - “Es el poema romántico más raro que he escuchado en toda mi vida”. - “Estoy de acuerdo”, complementa Andrea Jiménez Calco.
Mientras Josefina Rodríguez Traverso se dirigía a la tarima, ella se desmayó y se desplomó en el piso. Luego de un breve receso, donde gran parte de los asistentes se sentían preocupados por la salud de la concursante, de inmediato fue atendida por su novio, quien les confesó a todos que su pareja está embarazada. Él decidió llevársela al hospital, y así ambos no pudieron concursar. A este triste hecho Andrea Jiménez Calco expresó: - “¡Dios mío!, ¡Tan joven y ya embarazada!”. Ptolomeo Delgado Rexach, por su parte, decidió guardar silencio. - “Señoras y señores, disculpen los inconvenientes, pero la naturaleza es impredecible e imperiosa. Prosigamos con las eliminatorias”, expresa Héctor Suárez. “El próximo concursante lo es Alejandro Flecha Maldonado.”. - “Espero que este Flecha no sea tan vulgar como el otro”, responde Andrea Jiménez Calco, mientras Ptolomeo Delgado Rexach refleja una leve sonrisa tras el magnífico comentario: Tú siempre serás mi eterna damisela aquella a quien todo el mundo cela. Contigo añoro las épocas de equinoccio porque son los días que nunca estoy en ocio Noche y día me son indiferentes siempre y cuando conmigo estés presente Noche y día, día y noche admito que contigo nunca hay derroche Mas hoy realizo cualquier pirueta con tal de ver tu silueta Y buscando y buscando, no terminé hallando Sumando y restando la respuesta estoy encontrando Y es que contigo quiero estar caminando Así por siempre te estaré amando
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- “Muchas gracias a Alejandro Flecha Maldonado”, expresa Manuel Rosa. “El próximo concursante lo es Michael Gabriel García”. Ptolomeo Delgado Rexach expresó: - “No entendí lo que dijo el último concursante. Parecían un cúmulo de palabras sin sentido.”. - “Para mí todas son iguales. De hecho, ni siquiera entendí las palabras que leí”, replicó Andrea Jiménez Calco. Mientras, el otro participante expondría: Hoy estoy aquí, no para enamorarte sino para directamente hablarte. Te entregaré la corona que crea la justicia a tu honra. No te diré que eres la más bella porque eso tú lo has visto en tu espejo. Tampoco te ablandaré con dulces palabras, si ya tú eres la que comanda. Sólo estoy presente, y aquí enfrente, para recordarte que yo soy un caballero. No el de la Mancha, tampoco aquel que lo acompaña y marcha, pero sí uno que se ensancha al poder detener y derrotar toda aquella mala avalancha. No te voy a enamorar porque no me interesa,, sino simplemente actuar para demostrar todo mi respetar. Por ti muevo cielo y montañas, y aprendo cualquier maña con tal de superar la peor maraña. Y demostrar que sigo siendo un caballero, y que como caballero te seré leal hasta que tú así lo decidas, porque en ti pongo a disposición toda mi vida. Dama, Damisela; Princesa, Doncella; Reina, Virreina. Estaré aquí hasta que tu palabra arremate toda mi labra. - “Muchas gracias a Michael Gabriel García”, expresa Héctor Suárez. “El próximo concursante lo es José Díaz Castañer”. - “A mí no me inspiró nada ese poema. Por mí que pierda”, reclama Andrea Jiménez Calco. - “Es un poema caballeresco. Típico de la época medieval”, aclara Ptolomeo Delgado Rexach De inmediato, se escucha el próximo proverbio: ¿Por qué vociferar que siempre te he amado, si nunca te he abandonado? - “Muchas gracias a José Díaz Castañer”, expresa Manuel Rosa. “La próxima concursante lo es Ana Gabriel Martínez”. - “¿Ya?”, pregunta arbitrariamente Andrea Jiménez Calco. “¡Pero que porquería de poema!. ¿Cómo algo tan corto cómo eso puede expresar un sentimiento romántico?, ¿Dónde están las palabras bonitas?” Ptolomeo Delgado Rexach le responde: - “No siempre un poema está compuesto de mil palabras de tónica dialéctica diferente. El poema no es el texto, sino el contexto. La profundidad que pueda emanar en tan pocas palabras puede tener mayor valor que muchas ideas, pero inconexas entre sí. A mí en lo particular me ha parecido un extracto muy profundo, y de gran valor poético. Pero bueno, escuchemos a la próxima”: ¡Mancebo!, ¡mancebo!, ¡mancebo!…, a ti yo te elevo. Como nube sin olor, y como oro sin color, en ti poso todo mi dolor. Tu fuerza, tu eterna entereza es aquella que todo el mundo desea. Mas hoy puedo afirmar, con seguridad puedo confirmar, que a ti yo sola te puedo abrazar. Te tengo atado, bien maniatado, y te aseguraré que permaneceré a tu lado. De mí tú estás enamorado, a ti yo me he asegurado porque ambos hemos procreado, ¡y ambos estamos embarazados! - “Muchas gracias a Ana Gabriel Martínez”, expresa Héctor Suárez. “El próximo concursante lo es Avalon Mercante Rodríguez”.
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- “¿El poema de ella es decir que está embarazada?, ¿Qué rayos es eso?”. - “No, Andrea. Ella dice que por el fruto del amor, ambos pueden vivir juntos eternamente.”, responde Ptolomeo Delgado Rexach. - “Bueno, para mí eso no tiene significado. Yo me voy a enamorar, y por el momento no pretendo embarazarme para atar a ningún hombre”, asesta De esta manera, escuchan al próximo concursante: El amor es la única construcción social que trasciende fronteras, y rompe esquemas, porque es dual..., donde el arquetipo se mantiene igualmente intacto por tiempo, y espacio. Solamente una fusión de dos es suficiente para expresar el síntoma más profundo que lo llevaría a derribar cualquier maleficio que trate de coartarlo. El mundo lo define como una disección final; una infección natural; una sección vital. Compone varios nortes, entre los cuales se encuentra la bondad, la verdad, la superioridad, y la tranquilidad, quizás delimitado a la razón, y a la valoración de su deliberación contra el sinsabor del dolor. Todos éstos renglones construyen sobre sí, la base de un estado de latencia perenne en cualquier efecto bilateral, ergo, siempre permanece en una posición de levitación inevitable. Dicen que se debe a su manifestación cuasi supranatural, puesto su componenda se basa en erradicar todas las fortificaciones que se atemperen a la malversación del deseo efímero de la destrucción, aunque otros lo interrelacionan ante la envoltura de la evolución. Sí, porque antes de pensar, está el animal..., el cavernícola que no siente, sino simplemente desea, y así lo emplea. Aunque consabidamente el ser revoluciona..., antes de ser nada, lo es todo. Así se da la vida, el alma, el espíritu, y el privilegio de la continuación de una generación por la concienciación de la existencia y la inteligencia. Por supuesto, es tan intrínseco, que cualquier tema adherido a su comunicación..., es sumamente interesado por todo aquél espectador. Muchos han estado inherentes, reconociendo lo aquí impregnado..., puesto es difuminación..., es dispersación..., es propagación..., una completa recreación de la máxima expresión. No cuesta nada dispensarlo, para poder otorgarlo..., o dejarlo..., tal vez soltarlo. No lo guardes, tampoco lo resguardes, sino comparte. Manifiéstalo..., pásalo..., despáchalo, que mañana será un día donde el amor será tu mejor regalo.
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- “Dios mío, pero qué persona tan aburrida; pobre de su pareja, ¡si es que tiene!. ¿Pero y éste qué se creyó?, ¿Que era un monólogo?, ¿Se cree una enciclopedia andante, o qué?. ¡A eso le llamo plagio!, ¡Hasta los presentadores se durmieron!, ¡Aún no han dicho muchas gracias!”, comenta Andrea Jiménez Calco. Ptolomeo Delgado, por su parte, guardó silencio. - “Muchas gracias a Avalon Mercante Rodríguez”, expresa Manuel Rosa. “El próximo concursante lo es Reynaldo Meléndez Méndez”. - “Te lo dije, ¡se habían dormidos!”, expresa, mientras Ptolomeo Delgado Rexach ríe ante tales ocurrencias de Andrea Jiménez Calco. Por otra parte, continúa la eliminatoria: El volcán ruge con tan sólo decir tu nombre Y mi corazón colapsa al recordar que yo soy un hombre - “Muchas gracias a Reynaldo Meléndez Méndez”, expresa Héctor Suárez. “El próximo concursante lo es Yomar Díaz Alfaro”. - “Ese poema me encantó. Tiene un qué sé yo que electrifica”, comenta Andrea Jiménez Calco. “El muchacho que está llegando a la tarima tiene un bonito nombre, espero que al menos pueda hablar bien: Son seis los mitos que existen en el mundo contemporáneo: los unicornios, las hadas, el mar dulce, los dragones, los dinosaurios, y las mujeres feas…
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- “Muchas gracias a Yomar Díaz Alfaro”, expresa Manuel Rosa. “La próxima concursante lo es Margarita Rosales Maldonado”. - “Interesante, las mujeres feas un mito…, que buena observación” piensa Ptolomeo Delgado Rexach. - “Te lo dije, y él tiene un nombre bonito. Lo felicito, por no discriminar. Vamos a escuchar a esta otra, con nombre de flor”: Yo de los hombres siempre me mofo ¿Y por qué?, ¿Y por qué? Porque yo sin ustedes lo soy todo Mas ustedes sin mí son nada ¡Y el que no nada se ahoga! ¡Y el que se ahoga se muere! ¡¿Ves por qué somos importantes las mujeres?! - “Muchas gracias a Margarita Rosales Maldonado”, expresa Héctor Suárez. - “¡Así mismo se hace!, ¡Mujeres al poder, tú eres la ganadora!”, comenta Andrea Jiménez Calco ante la vergüenza ajena que sentía Ptolomeo Delgado Rexach al escuchar el supuesto poema. - “El próximo concursante lo es Ptolomeo Delgado Rexach”, comenta el presentador. - “Ptolomeo, ¡es tu turno!, ¡mucha suerte!”, afirma Andrea Jiménez Calco. Mientras Ptolomeo Delgado Rexach se dirigía a su destino, lucubraba sobre el poema que habría de recitar. Definitivamente no sabía cuál, y aunque al principio estaba decidido a improvisar, luego de escuchar a algunos poetas no parecía sentirse satisfecho con su actual determinación. Tampoco decidía si bien podía echar una lectura a los papeles que estaban en su poder, aunque sólo sabía que algo tendría que hacer. Una vez en la tarima, allí lo decidió, y comenzó:
Ya soy Poeta
Hoy es luna llena, y la noche está completamente serena. Observando a las estrellas, y escuchando la tranquilidad del oleaje, me hace recordar cuánto daño pude haberte hecho. La falta de aliento, aquella a la cual hoy enfrento, es repercusión de tu triste y perenne mirada. Lloraste, y me rogaste, pero nunca me lastimaste. Prefiero que me hubieras golpeado, inclusive que me hubieras insultado, y así yo hoy no estuviera rogando por estar a tu lado. Siento haberte defraudado, y hasta siento haberte dejado, pero hoy lloro por aquél amargo momento, porque entiendo que contigo lo soy todo, mas sin ti soy peor que la nada. Palabras de coco, mirada de fresa, tú para mí por siempre serás la marquesa. - “Muchas gracias a Ptolomeo Delgado Rexach”, expresa Manuel Rosa. “El próximo concursante lo es José Manuel García Morales”. En ese preciso instante, mientras Ptolomeo Delgado Rexach caminaba, se sentía muy defraudado. Reconocía que su improvisación había flaqueado, que era prescindible, bochornosa y hedionda. Una vez llega hasta donde está Andrea Jiménez Calco, ella lo felicita: - “¡Felicidades!, ¡Muy precioso tu poema!, ¡Me fascinó!”. - “No”. - “¿No qué?”. - “No fue un buen poema. No me gustó. Perdí todo el norte por simplemente querer improvisar ante el espectador. Me percaté que no tengo madera de poeta”.
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- “¿Pero qué dices?…”, pregunta Andrea Jiménez Calco. Ptolomeo Delgado Rexach, evadiendo la pregunta de su amiga, señala hacia la tarima y expresa lo siguiente: - “Ya el próximo poeta hará su exposición. Vamos a atenderlo”: …mmmmm… …mmmmm… …mmmmm… - “¿Y este personaje?, ¿Dónde cree que está?, ¿En la India?, ¿Estará practicando yoga?, ¡Que se levante y se largue!”. …mmmmm… …mmmmm… …mmmmm… … Busqué olvidarte Pero sólo pude recordarte. - “Muchas gracias a José Manuel García Morales”, expresa Héctor Suárez. “La próxima concursante lo es Marta Cifuentes González”. - “Espero que ese idiota que se sentó en la tarima a realizar semejante espectáculo no entre a la final. Sería un bochorno para todos nosotros los verdaderos ganadores.”, expresa Andrea Jiménez Calco. - “Más bochorno sería que yo no pudiera entrar a la final. Admito que prefiero su poema, a la vergüenza que yo realicé.”. - “¿Qué te sucede?, ¡si lo hiciste bien!” En ese instante, arriba el próximo y ejecuta su poema: Cuando el cielo llora es porque está en congoja No ríe, pero no se deshoja Cuando está acongojado, está desanimado Es como el objeto inanimado y mal destinado El sentido de la gracia está en la infancia No en la mujer con protuberancia Mas si no tuviera protuberancia Mi cuerpo no te provocaría ninguna gracia Es así como pude tener un hijo, ¡es así como yo ligo! - “Muchas gracias a Marta Cifuentes González”, expresa Manuel Rosa. “El próximo, y último concursante lo es Genaro Castillo Junior”. - “¿Ya, tan rápido?, ¡que pocos participantes somos!”. - “No olvides los dos que se marcharon por el desmayo. De todas maneras, es menor a lo que había escuchado por los pasillos, que eran entre veinticinco y treinta personas. Esto igualmente me favorece, quizás sí entre a la final dependiendo de la cantidad de elegidos. Supongo que debe rondar la mitad los finalistas, para evitar un descalabro a nivel de asistencia.”. - “No te ayuda…, ¡nos ayuda!, ¿O te olvidas de mí?”, expone Andrea Jiménez Calco.
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- “No me olvido de ti. Es que tú no lo hiciste mal, en cambio yo…”. - “Y dale con lo mismo. Que sí lo hiciste bien. Bueno, mejor escuchemos al último en fila, y evitemos entrar en temas inocuos.”: Te amo y te adoro. Antes que el oro está mi loro, y antes que mi loro estás tú y mi decoro. ¿Fiel tú me serás por toda la vida?, ¿o acaso es una exigencia muy tupida?. Es mi petición, y mi gran ilusión. Espero que no sea contradicción. Fidelidad, amor, sinceridad con tenor, contigo no tengo temor, mas siento el olor de tu color; reduzco todo mi dolor. Amor condicionado, así estaré a tu lado, contigo dormiré abrazado, es lo que de ti he añorado y he soñado. Así he obrado porque te amo y te adoro. Antes que el oro está mi loro, y antes que mi loro estás tú y mi decoro. - “Muchas gracias a Genaro Castillo Junior”, expresa Manuel Rosa. - “Estos dos últimos poetas de pacotilla…, parece que entraron a burlarse. ¡Que desconsiderados!”. Ptolomeo Delgado Rexach, por su parte, escucha a los presentadores que comenzaron a hablar: - “Muy bien, queremos nuevamente agradecerle a todos los presentes por haber competido en esta eliminatoria, pero sobretodo, por habernos dado la oportunidad de demostrarle al mundo de qué está compuesto el arte de la poesía. Nos sentimos sumamente orgullosos de todos ustedes, y desde ya aclamamos que todos son ganadores. Así que pido un fuerte aplauso.”, instiga Héctor Suárez. En medio de ese mar de aplausos, los presentadores se acercan al jurado para buscar la deliberación. Antes de mencionar a los ganadores, aquellos que concursarán en la final, Andrea Jiménez Calco le agradece a Ptolomeo Delgado Rexach, que está un tanto desilusionado: - “Ptolomeo, quiero agradecerte tu gentileza por haberme orientado y ayudado. ¡Sé que los dos estaremos en la final, porque tus poemas no tienen competitividad!”. - “Muchas gracias, bella damisela. Te deseo mucha suerte, y espero que ambos procedamos al siguiente nivel de la competición.”. En ese instante, los anfitriones procedieron a explicar la deliberación: - “Hemos consultado con el jurado, y llegamos a una decisión. Debido a la cantidad de participantes, y a las bajas de último momento, concluimos partir por mitad la cantidad de concursantes del día de hoy, por lo que el cincuenta por ciento de los aquí presentes se darán cita en la final de mañana. Entiéndase los que mayor puntuación han obtenido”, explica Manuel Rosa. - “Es así. A partir de este momento mencionaremos a los ganadores. Una vez habiendo conocido los resultados finales, podrán marcharse. Los mismos serán nombrados en el propio orden de participación durante la noche de hoy, donde no se revelarán puntuaciones algunas. Antes de acabar con el evento, les exhortamos que para la competición de mañana arriben con antelación. Debemos orientarlos sobre cómo ha de correr la actividad final para elegir al Poeta del Año. Teniendo en cuenta tal sugerencia, y sin más, comenzaremos con llamar a todos los ganadores. Muchas felicidades de antemano.”, comenta Héctor Suárez. En ese instante, Andrea Jiménez Calco expresa: - “Mucha suerte Ptolomeo, ¡deséamela a mí también!”. - “Por supuesto, Andrea. Mucha suerte, aunque yo la necesitaré mucho más de lo que tú puedes necesitarla”.
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- “¡Ya están empezando a decirlos!”, expresa Andrea Jiménez Calco mientras aprieta la mano de Ptolomeo Delgado Rexach - “Y los ganadores son: Aída Cintrón Rosa…”, expresa Manuel Rosa. - “Ricardo Vélez Orocho…”, dice Héctor Suárez. - “Mario Vázquez Vázquez…” , afirma Manuel Rosa. - “Andrea Jiménez Calco…”, confiesa Héctor Suárez. En ese instante, Andrea Jiménez Calco abraza de felicidad a Ptolomeo Delgado Rexach. - “Amparo María de las Casas Martínez”, comenta Manuel Rosa. - “José Díaz Castañer”, vocifera Héctor Suárez. - “Avalon Mercante Rodríguez”, menciona Manuel Rosa. - “Yomar Díaz Alfaro”, asesta Héctor Suárez - “Y Ptolomeo Delgado Rexach” - “¡Ptolomeo!, ¡Lo hemos logrado!, ¡Hurra!, ¡Pasamos a la final!”, lo abraza Andrea Jiménez Calco. Ptolomeo Delgado Rexach quedó perplejo ante su llamado. A sabiendas de su triste ejecución en escena, nunca pensó que fuera a caer entre los escogidos para la última presentación, osease la final del evento, por lo que reconocía que en vías de escogerse al Poeta del Año, quedaba una esperanza aunque fuera muy pequeña. Si bien es cierto que sentía y admitía la existencia del preludio con relación al factor suerte debida a la poca participación en la eliminatoria, decidió no desesperanzarse y disfrutar del momento junto con su vieja amiga.
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- “¡Felicidades a ti también, Andrea!, ¡Que alegría!”, expresa el mozo. Luego de tan pequeña algarabía entre ambos amigos, y para evitar atraer las miradas de los presentes por la evidente contentura, decidieron marcharse, acción que todos los demás hicieron por cuenta propia pocos segundos después. En el camino hacia las afueras del Teatro, Andrea Jiménez Calco no se detenía en su evidente agradecimiento a Ptolomeo Delgado Rexach. - “Ptolomeo, ¡mil gracias!. Cuando asistí a este evento, nunca pensé que fuera a ser de esta envergadura. Entiéndase que en mi corta mente nunca pasó la idea de las monstruosas citas poéticas a las cuales me iba a tener que enfrentar. Por eso anteriormente leíste tan vergonzosos versos.”, se sonroja Andrea Jiménez Calco. Ptolomeo Delgado Rexach, con una leve sonrisa pero cauteloso para no ofender a su acompañante, le respondió: - “No te miento el hecho de que casi sufro un ataque catatónico, pero te confieso que yo tampoco pensé que me toparía con ciertas dificultades. Por lo tanto, estamos en el mismo barco.”. Llegando hasta la salida de La Universidad, Andrea Jiménez Calco le pregunta a Ptolomeo Delgado Rexach que dónde se encontraba su automóvil:
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- “¿Y dónde está tu coche?”. - “Lo tengo en mi casa”. - “¿En la marquesina de tu casa?, ¿Y por qué no lo traes contigo?”. - “Es que vivo muy cerca, por lo que prefiero irme caminando día tras día.”. - “Entiendo…, ¿y cuán cerca?, ¿quieres te lleve a tu casa?. Yo tengo mi automóvil en la otra esquina”, le invita Andrea Jiménez Calco. - “No. No te preocupes. Me marcho caminando. Lo hago con regularidad.”. - “¿Estás seguro?. Puedo llevarte, y más aún porque es de noche. En confianza. Te debo una.”. - “No, en serio. Márchate tranquila. ¿A qué horas llegarás mañana?”, pregunta Ptolomeo Delgado Rexach. - “No lo sé, pero inmediatamente llegue, te buscaré, ¿vale?”. - “¡Por supuesto!, ¡entonces nos vemos mañana!”, responde Ptolomeo Delgado Rexach. Una vez llegan a un mutuo acuerdo, ambos se despiden con un beso y un abrazo, y parten a sus respectivos destinos. Ptolomeo Delgado Rexach iba camino a su hogar. Por el sendero estaba recordando las múltiples incidencias ocurridas en la eliminatoria. Sin embargo, no dejaba de pensar sobre el gran desliz que sufrió su amplia y mordaz labia. Se preguntaba el por qué había flaqueado tan descaradamente, como queriendo entender que posiblemente su padre tenía razón a la hora de exponer que era mucho más factible dedicar el tiempo y los esfuerzos a una carrera que monetariamente valiera la pena. Sin embargo, aunque en un instante dudó sobre sus capacidades, por otra antepuso sus emociones sobre todas las peripecias, retomando la idea de que no siempre las acciones ocurren tal como se desean. Teniendo tal pensamiento en mente, y no olvidando que el poema de Andrea Jiménez Calco era de su autoría, llegó hasta su casa donde fue recibido por su familia.
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- “¡Hijo mío!, que bueno el poder tenerte en casa nuevamente. ¿Cómo te fue en tu actividad?, ¿Triunfaste?”, pregunta Altagracia Rexach. - “Sí, mamá. Logré entrar a la final.”. Eugenio Delgado, por su parte, simplemente escuchaba lo que comentaban. - “¡Me alegra muchísimo!. Mañana estaremos junto a ti, ¡claro que sí!”. Ptolomeo Delgado Rexach observó a su madre con una leve sonrisa, y le agradeció su gesto. Luego ella le pregunta: - “¿Y tienes hambre?, ¿Quieres algo de cenar?”. - “No, mamá. No estoy hambriento. Simplemente me quiero ir para mi cuarto a descansar. Estoy agotado.”. - “Por supuesto, hijo mío. En tu habitación están las hermosas gardenias que traje, junto a la tarjeta para que le escribas el poema a Dalila. Cualquier cosa que necesites, estaré en la cocina.”. - “Gracias, mamá”.
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En ese instante, Ptolomeo Delgado Rexach se dirige a su habitación, pero antes de proseguir, saludó a su padre, quien se encontraba leyendo el rotativo en el comedor: - “Hola, papá”. - “Hola.”, contestó secamente Eugenio Delgado. De esta manera, el mozo arriba a su dormitorio. Encima de su mesa de trabajo observa el ramo de gardenias que su madre le había comprado para entregárselas como regalo de bienvenida a Dalila García Martínez. Justo al lado de las flores se encontraba la tarjeta donde habría de escribirle un poema. No obstante, Ptolomeo Delgado Rexach se sentía un tanto desanimado para redactarle las hermosas palabras que quisiera pero con una rebuscada retórica. Además pensó que no era la manera más adecuada para enamorar a su compañera sentimental. Si no sentía el gusto por hacerlo, tampoco se impondría el escribir un poema de versos infinitos ni minuciosos. Decidió, por lo tanto, admirar un rato el ramo de flores, y pensar justamente la expresión que más le naciera decir. En voz baja comentó: - “A veces no entiendo cómo son las mujeres. ¿Cómo es posible que se ilusionen por simples flores que pueden observar en cualquier imagen de algún libro?. Es algo incontestable, e incomprensible a mi manera de ver la vida.”, reflexionó. Ptolomeo Delgado Rexach decidió sentarse delante de las flores, y pensar qué poema sería idóneo escribir. Así estuvo un buen rato, pero nada le inspiraba: - “No sé si son las gardenias, o si es el sinsabor de mi participación en la eliminatoria, pero no produzco nada. Me siento mentalmente bloqueado.”. En ese momento, se levantó de la silla y comenzó a caminar por la habitación: - “Cuanta impotencia siento. Realmente no sé qué escribir.”.
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Ptolomeo Delgado Rexach, al reconocer su estancamiento, abre un libro de reflexiones y comienza a leerlo. Simplemente deseaba despejarse un poco la mente: Tengamos mucho cuidado... El ser humano ha concebido cuál debe ser el concepto que regiría el futuro de todas las generaciones. Hemos nacido bajo preceptos que desconocemos, que en principio quizás no avalamos..., confrontando situaciones que no entendemos. La naturaleza es incorruptible, pero ciertamente la avaricia humana ha logrado malformar gran parte del entorno que nos rodea; ha logrado tocar gran parte de las interioridades de cada mancomunado, así como todo lo que se encuentra a su lado. Y ahí está la cuestión..., nos han impregnado y nos han dominado. Establecieron las pautas sin ni siquiera preguntarnos..., sin ni siquiera considerarnos..., y la tábula rasa está redireccionada a un modelo o esquema que aparentemente, en principio, no asimilamos..., por lo que se convierte en una molestia que con el tiempo, repercute adversamente en la estabilidad de la sociedad, así como en el bienestar de cada ente en propiedad. Tengamos mucho cuidado... A veces no pensamos..., porque sólo trabajamos..., sólo nos robotizamos. Es un peligro enorme, porque bajo el mimetismo que nos emplea, sólo creemos.., y no creamos. Cada individuo debe analizar, y debe considerar..., lo que realmente nos mueve, inclusive sin encontrar algun final. Es mejor luchar..., aunque también gritar..., para dejar claro que estamos para ayudar..., y no dejarnos maltratar.... Si creemos..., desfallecemos..., puesto desconocemos..., que es lo que queremos.... Hay que querer, aunque
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también saber perder, porque el humano es un ser imperfecto..., un ser incompleto. Construyamos para sí..., no para los demás..., no dejemos que otros sean los dueños de nosotros…, porque no podremos continuar así. Hay un objetivo, que todos no palpamos..., porque no buscamos..., porque simplemente nos asimilamos... Tengamos mucho cuidado. Luego de leer la reflexión, añadió: - “Sí, es triste cómo nos impregnan a una base cual grapa cualquiera. Esa base que nos lleva a engañarnos con suma facilidad. Todo esto que vemos a nuestro alrededor es producto de esa falsa creación. Incluso ese ramo de flores, que a tantas mujeres embelesa, a mí nada me interesa. Lamentablemente para aquilatar una cordura social, y disfrutar de los pequeños momentos de la vida, hay que atenerse a ciertos cánones emocionales que puedan impulsar el lazo afectivo entre todos. En mi caso en particular, sé que este conjunto de gardenias en algo me ayudará para mantener una sana comunicación con Dalila. Así que tendré que esforzarme para escribirle un poema, por más corto que sea.”. En ese instante, Ptolomeo Delgado Rexach se recuesta sobre su cama, y empieza a pensar qué podría escribirle a Dalila García Martínez. Y entre tanto pensar, y pensar, tristemente nada pudo descifrar. Al notar el reloj, se percató que ya era de madrugada, y nada había logrado. Incluso en voz baja recitó: Pensé y pensé y pensé… Y a un triste insomnio analicé Busqué y busqué y busqué… Y a mi sueño no encontré Así que nada logré Ptolomeo Delgado Rexach desistió de la idea, y se durmió. Ya casi era de mañana. Cuando menos lo pensaba, Altagracia Rexach tocó a su puerta. Como él no respondía, ella irrumpe y lo despierta: - “Hijo, buen día. Te has quedado dormido. ¿No piensas asistir a clases hoy?”. El mozo, cansado y somnoliento, le responde: - “No, mamá. Estoy muy agotado. No pude dormir anoche. Descansaré todo el día, y me levantaré para prepararme y asistir a la final del concurso.”. - “Te entiendo, hijo mío. Entonces te dejo para que descanses. Duerme bien.”. De esta manera Ptolomeo Delgado Rexach permaneció en su casa todo el día, descansando y recargando energías rumbo a su responsabilidad con el concurso de poesía. Ya habiendo llegado la tarde, él se levanta. Luego se ducha, y regresa a su habitación. Empero, antes fue hasta la cocina, y allí encontró a su madre. Le preguntó: - “Mamá, ya desperté. ¿Papá y tú me acompañarán hasta el concurso?.”. Altagracia Rexach abraza al joven mozo, lo besa, y le responde: - “Yo te acompañaré.”. - “¿Y papá?.”. - “No lo sé, hijo. Yo le preguntaré cuando regrese. No debe faltar mucho tiempo para ello.”.
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Ptolomeo Delgado Rexach, un tanto resignado, le responde: - “Está bien, mamá. Dalila me dijo ayer que allí estará. Supondré que no tendrá inconveniente alguno, y todo le saldrá bien en su viaje de regreso.”. Ptolomeo toma un respiro, y continúa: “Estaré en mi habitación. Me vestiré y me acicalaré.”. El joven se dirigió a su cuarto. Una vez entra, nota la presencia de las gardenias, y le sorprendió verlas porque las olvidó por completo. Ídem con la tarjeta: - “¡Centella!, el poema de Dalila... ¡Rayos, se me olvidó y no sé qué demonios escribirle!”. En ese momento, él decide vestirse y acicalarse al tiempo en que piensa qué puede escribirle. De momento indicó: - “Bueno, no sé qué escribir. De todas maneras, colocaré la tarjeta dentro del ramo de flores y si es necesario, lo haré estando en La Universidad.”. Y así lo hizo el joven. Mientras colocaba la tarjeta entre las gardenias, escucha el retumbar de la puerta principal de la casa. Era su padre, quién había llegado del trabajo. A este hecho, sale de su habitación y va a recibirlo para preguntarle si lo acompañará al concurso. Cuando está llegando a la cocina, ya él estaba hablando con Altagracia Rexach. El joven alcanzó a escuchar: - “Altagracia, tú muy bien sabes lo reacio que estoy a aceptar la ridícula carrera universitaria de Ptolomeo. ¿Tú me estás pidiendo que vaya a un concurso tan banal y ortodoxo como lo puede ser ese?. ¡Por Dios!, ¡Que Ptolomeo no es un adolescente!. No voy a asistir a un patético evento que no compone nada en la vida de mi hijo. Es lo mas ruin, bajo, y vil que puede hacer un ser humano. ¿Qué poetas son reconocidos en esta sociedad, y devengan un buen salario?. ¡Ninguno!, ¡es un hediondo oficio, que ni siquiera es una profesión, ni digna ni verdadera!”.
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Ptolomeo Delgado Rexach, quien había escuchado nuevamente las hirientes e inexplicables palabras de su difícil padre, prefirió salir raudo y veloz de la casa sin mediar palabra alguna. Ambos padres lo observaron, y Altagracia Rexach le dice: - “Hijo, ¡no te vayas!”. Una vez fuera de la infraestructura, se escucha un frenar imprevisto entre automóviles, y posteriormente un estruendoso impacto, como si de una colisión se tratara. A este inesperado ruido, tanto Eugenio Delgado como Altagracia Rexach reaccionaron, y con celeridad salieron del hogar. Ya habiéndose encontrado en la escena, efectivamente se trataba de un impacto entre dos coches. Altagracia Rexach inmediatamente gritó: - “¡Ptolomeoooo!, ¡Noooo!”. En ese momento, Altagracia Rexach corre alocadamente hacia la carretera, sin embargo, antes de que llegara, el mozo la llama: - “¡Mamá!”. Altagracia Rexach, al escuchar su voz, buscó por todos lados, y al fin lo divisó. De inmediato corre hacia donde él, al llegar lo abraza y lo besa: - “¡Hijo!, ¿estás bien?. ¡Contesta!”. - “Sí, mamá, estoy bien. No te preocupes.”.
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Nerviosa, y un poco fatigada y asustada, comienza a llorar, y queda arrodillada: - “Mamá, ¡no llores!, ¡qué te sucede, si estoy bien!”. Mientras Altagracia Rexach continúa en llanto, Eugenio Delgado se acerca y le pregunta a Ptolomeo Delgado Rexach: - “Hijo, ¿qué sucedió?, ¿Sabes qué pasó con ese accidente?”. - “Sí, papá. Ambos automóviles colisionaron cuando uno de ellos esquivó a un perro que estaba cruzando la carretera”, le comenta un poco fatigado. - “Hijo, toma las llaves de mi coche y llévate a tu mamá, sácala de aquí, y tranquilízala. Está un poco impresionada, pero nada más. Hazle entender que todo pasó, y nada sucedió. Yo me quedaré atendiendo a las personas.”. Mientras Eugenio Delgado se dirigía a la carretera, Ptolomeo Delgado Rexach llevó a su madre hasta el coche, y partieron. El joven llegó hasta La Universidad. Buscó un estacionamiento, y aparcó. Dentro del automóvil estuvo junto a su madre por un gran lapso de tiempo, esperando a que reaccionara. Luego de tal momento, ella le comenta: - “Perdón, hijo mío, perdón por mi forma de reaccionar. Pensé que te había sucedido algo terrible.”. - “No, mamá. No tienes que pedir perdón. Estoy bien. Y tú también. Es lo importante.”. Altagracia Rexach mira a su hijo, lo abraza, y lo besa. Luego de un profundo gesto maternal, Ptolomeo Delgado Rexach le comenta: - “Mamá, el evento final para escoger al Poeta del Año ha comenzado. ¿Te sientes bien?, ¿Quieres que te devuelva para la casa?. Yo estaré bien. Además, no olvides que Dalila asistirá.”. - “No, hijo mío. Ya estoy mejor. Solamente quiero que llames a tu padre para saber cómo está.”. - “No puedo mamá. Luego de aquél suceso, salí improvistamente y dejé mi teléfono móvil en la casa. Quizás papá o Dalila me han llamado, pero no puedo tener constancia de ello.”. - “Entiendo, hijo mío. Está bien. Dejémoslo así. Simplemente vayamos para la final del concurso. Sin embargo, me gustaría ir al tocador primero. ¿Puedes decirme dónde está?. Adelántate, y preséntate a la poesía que has de presentar, que yo te alcanzo luego”, pregunta Altagracia Rexach. - “No te preocupes, que yo te acompaño”. A partir del momento, ambos se apean del coche, y se dirigen hasta el tocador. Paralelamente Eugenio Delgado trataba de salvar a uno de los accidentados utilizando su botiquín de emergencias que se encontraba en la casa. Aunque desconocía la identidad de los jóvenes accidentados, uno de ellos no lucía ni aparentaba tener más allá de veintidós años. En un instante, cuando le proporcionaba respiración boca a boca, los paramédicos arribaron. Ellos lo colocaron sobre la camilla, pero desgraciadamente en ese tiempo el joven desfalleció, puesto ya no respiraba. Éstos buscaron en la ambulancia una máquina de choques eléctricos para tratar de reanimarlo, pero lastimosamente no lo lograron. Eugenio Delgado se entristece ante este desesperado intento de infructuosa gesta.
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El médico se aleja de la escena, y se dirige hacia su casa. Llega hasta el lavabo, logra restregarse las manos con agua y jabón, y se mira al espejo. Observa algunas pocas manchas de sangre, se las limpia, y se seca con una toalla. Una vez sale del baño, se recuesta de la pared y observa que la puerta de la habitación de su hijo está abierta. Llega hasta donde ella, y se detiene a observar todo el dormitorio. Eugenio Delgado recordaba la niñez de Ptolomeo Delgado Rexach: - “¡Hijo!, ¡no hagas eso que te puedes lastimar!.”, le decía. - “Papá, te quiero mucho”, le contestaba su hijo. Eugenio Delgado estaba conmocionado, ya que la niñez de su pequeño hijo se había alejado. Cuando pretendía cerrar la puerta de la habitación, observó que encima de su mesa de trabajo estaban las gardenias que Altagracia Rexach le había escogido para regalárselas a su novia Dalila García Martínez. Entonces decide acercarse a ellas, y manosearlas. Rápido asestó: - “Sin embargo, ya mi hijo es todo un hombre”. Y a manera de celaje, recordó el momento en el cual él también se hizo hombre, que lo fue el día de su juramentación como médico donde sus padres estuvieron presentes: "Por Apolo médico y Esculapio, juro: por Higias, Panacace y todos los dioses y diosas a quienes pongo por testigos de la observancia de este voto, que me obligo a cumplir lo que ofrezco con todas mis fuerzas y voluntad. Tributaré a mi maestro de Medicina igual respeto que a los autores de mis días, partiendo con ellos mi fortuna y socorriéndoles en caso necesario; trataré a sus hijos como mis hermanos, y si quisieran aprender la ciencia, se las enseñaré desinteresadamente y sin otro género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones habladas y demás métodos de enseñanza a mis hijos, a los de mis maestros y a los discípulos que me sigan bajo el convenio y juramento que determinan la la ley médica y a nadie más.
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Fijaré el régimen de los enfermos del modo que le sea más conveniente, según mis facultades y mi conocimiento, evitando todo mal e injusticia. No me avendré a pretensiones que afecten a la administración de venenos, ni persuadiré a persona alguna con sugestiones de esa especie; me abstendré igualmente de suministrar a mujeres embarazadas pesarios o abortivos. Mi vida la pasaré y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No practicaré la talla, dejando esa operación y otras a los especialistas que se dedican a practicarla ordinariamente. Cuando entre en una casa no llevaré otro propósito que el bien y la salud de los enfermos, cuidando mucho de no cometer intencionalmente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitando principalmente la seducción de las mujeres jóvenes, libres o esclavas. Guardaré reseva acerca de lo que oiga o vea en la sociedad y no será preciso que se divulgue, sea o no del dominio de mi profesión, considerando el ser discreto como un deber en semejantes casos. Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí, la suerte adversa". Eugenio Delgado cayó de rodillas vencido por su reminiscencia. Estaba jadeante, y un poco fatigado. Abruptamente, golpeaba el piso gritando:
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- “Qué he hecho…, ¡qué he hecho!”, continuó expresando. “He roto el juramento que prometí proteger. ¡Maldita sea, pero qué he hecho!”. Eugenio Delgado se levanta, agarra el ramo de flores, y sale de la casa. Pasa de largo a todo el tumulto de gente que se encontraba chismorreando a base del accidente, y corre desmesuradamente. Agita el paso, y tras la incesante caminata, llega hasta La Universidad. Frente a ella habían varias personas que sostenían un coloquio. Él se les acerca, y les pregunta: - “¿Me pueden indicar dónde está el Teatro?”. La persona, desconocida, responde: - “Mírelo allí, donde están aquellas mesas blancas”. Eugenio Delgado corre incesantemente hasta el lugar, y entra. Al percatarse, el Teatro estaba atestado de personas, y simplemente se.limita a observar a la tarima. Un joven estaba terminando de recitar un poema: … y el solo brilló Pero tu brillo lo cegó - “Muchas gracias a Yomar Díaz Alfaro”, expresó el presentador. - “Y la puntuación de los jueces es Ocho/Nueve/Nueve para un total de… ¡veintiséis!”. - “Muy bien, señoras y señores. Estamos a punto de culminar este magnífico evento.” - “Por supuesto que sí. Todos estamos muy emocionados por saber el veredicto final. ¿Será el próximo el agraciado de ganar el concurso, o acaso la ventaja que lleva Andrea Jiménez Calco en esta competitividad le permitirá brillar por luz propia?”, expresa el segundo presentador - “No lo sé, ¡pero pronto nos enteraremos!. Y sin ánimos de retrasar esta vuelta final, le pedimos al último participante de la noche que haga acto de presencia. ¡Adelante a Ptolomeo Delgado Rexach!”. Mientras Eugenio Delgado estaba a la expectativa de lo que estaba ocurriendo, Ptolomeo Delgado Rexach se dirigía hacia la tarima. Estaba un poco atemorizado. Luego de los sucesos que ocurrieron previo al evento de la final, mentalmente no se sentía preparado para improvisar un poema de retórica rebuscada. De hecho, se sentía inútil e incapaz de presentarse ante el público, pero a sabiendas de que su madre estaba presente, y de que Dalila García Martínez le prometió estar apoyándolo desde las gradas, decidió cumplir con su cometido. Una vez en tarima, y ante un enorme nerviosismo, observa al público. Buscando hasta el lugar más recóndito, así fomentó que su corazón se detuviera. Logró divisar a quien pensaba no asistiría al evento. Tanto se impresionó, que algunas profundas lágrimas cayeron. Ahí en ese momento sintió la inspiración. Observó a los anfitriones, comenzó a caminar por la tarima, y con micrófono en mano se bajó de ella. Ante la expectativa del público, él caminó, y hasta allí llegó. El poema recitó: Uno más uno no son dos Sino tú y yo Luego el público comenzó a aplaudir incesantemente. Ptolomeo Delgado Rexach se había arrodillado ante su novia Dalila García Martínez, y le recitó un poema romántico, aquél que todo el mundo disfrutó. En ese instante la besó, y el jurado dictó su determinación: - “¡Señoras y señores!, ¡He aquí el ganador y el Poeta del Año!. Diez/Diez,/Diez. ¡Una puntuación
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perfecta!, expresó el presentador. - “Y hasta aquí el evento de hoy, ¡Ptolomeo Delgado Rexach es el Poeta del Año!”, expresó el segundo presentador. - “Oye Héctor, ¿no te daría tristeza interrumpir a semejante pareja para tan sólo homenajear a Ptolomeo Delgado Rexach?. Porque si tú quieres interrumpirlo, ¡aventúrate!”, lo expresaba mientras la pareja se besaba. - “¡No, Manuel!, ¡Para nada!, ¡Yo no me atrevo!. ¿Y ustedes, querido público, lo harían?”, pregunta. -“¡No!”, se escuchó masivamente ante la sonrisa y la vergüenza de Ptolomeo Delgado Rexach y Dalila García Martínez. - “Ya lo escuchaste, Héctor, así que le deseamos a la afortunada, y a nuestro nuevo Poeta del Año, ¡felicidades!”. En ese momento, el público, entre algarabía y risas, comienzan a abandonar el Teatro. Allí, mientras los organizadores pautaban todos los últimos pormenores de la resolución del evento, Altagracia Rexach, Don García y Doña Martínez se abrazaban profundamente. Se saludaron mutuamente, a lo que Ptolomeo Delgado Rexach le comenta a su novia: - “Dalila, cuanto te he extrañado”. - “Y yo a ti”. - “Que momento tan feliz e inolvidable. Eres mi ángel.”.
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Hubo un profundo beso. Cuando abrazaba a su novia, Ptolomeo Delgado Rexach sintió un pequeño roce por su espalda. Al virarse, era su padre. Sorprendido, responde: - “¿Papá?, ¿Tú aquí?”. Altagracia Rexach, y los padres de Dalila lo observaban con mucha sorpresa. - “Hijo, perdóname”. En ese instante, un profundo abrazo endulzó la velada. Eugenio Delgado observó a al joven con la tierna mirada: - “Hijo, te amo mucho. Siempre serás mi niño.”. En medio del abrazo, le confiesa: - “Estoy muy orgulloso de ti”. Luego, Eugenio Delgado le entrega las gardenias a Ptolomeo Delgado Rexach, y luego se dirigía a saludar a Don García y Doña Martínez, así como a su esposa Altagracia Rexach. Mientras aquello ocurre, el joven agarra las gardenias, y se las entrega a Dalila García Martínez. Ella, esperanzada, comienza a olerlas cuando se percata que dentro de ellas hay una tarjeta. La extrae, y procede a leer la nota impresa. Sin embargo, está vacía y desierta. La novia observa con ingenuidad y desentendimiento a Ptolomeo Delgado Rexach. Éste, a su vez, le sonríe y le confiesa: “Ya soy poeta, y un poema recitaré”: Cuantas flores en el ramo, y ninguna puede decirte “te amo”.
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