75 —
Bien está lo que bien
acaba.
ゃブぉ化宛ぇ依
" 𝑬𝒔𝒕𝒆 𝒆𝒔 𝒆𝒍 𝒑𝒓𝒆𝒄𝒊𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒂𝒈𝒂𝒔
𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒂 𝑹𝒆𝒔𝒖𝒓𝒓𝒆𝒄𝒄𝒊ó𝒏. "
— Trigger Warning en todo el capítulo. —
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¿Mamá?
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Mi padre no podía amar, pero creía que podía, y eso debe ser suficiente, porque tal vez la mitad del mundo se siente así.
Él creía que me amaba, pero podía decirle lo falso que era eso, podía enumerar para él el número de veces que me había colocado directamente dentro de las fauces de la muerte; podría enumerar para él el número de veces que no había sido un padre para mí, su hija sin madre, mientras estaba en camino de convertirse en una mujer de este mundo.
Él amaba, me amaba; se amaba a sí mismo.
Tal vez sea el camino de todos los hombres.
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— Älskling, är du där? —
Unos pasos se escucharon saliendo de una habitación para entrar en otra.
— Lilith, himlen, jag tror att hon bara har en dålig dröm, låt henne sova lite.—
Acarició con cariño la espalda de la azabache, llevando sus ojos a la cuna donde su bebé era mecida suavemente. El pequeño rostro de su niña estaba un poco arrugado, haciendo que su nariz se viera aún más pequeñita y en su precioso rostro una mueca algo graciosa para él.
— Är det samma sak som din tillgivenhet, även när hon är arg bär hon? Och att hon bara är en bebis vill jag inte föreställa mig henne när hon växer upp. —
De su joven rostro una risa se escapó, haciendo que sus ojos verdes se cerraran y sus hombros temblaran de la risa.
La azabache a su lado también sonrió al verlo, negando un poco con la cabeza.
Después de unos segundos se quedaron en silencio, observando a su pequeño tesoro.
— Min lilla flicka ... Min skatt.—
Los ojos de ella se llenaron de estrellas al verla...
su tesoro, su pequeña niña.
— Du kommer att vara den ljusaste av alla stjärnor.
Min lilla vinterstjärna.—
Los ojos de él quisieron llenarse de lágrimas cuando la pequeña bebe abrió sus preciosos ojos azules como el cielo para mirarlos. Una sonrisa sin dientes y un balbuceo alegre fue dirigido a ambos padres, para luego levantar sus pequeñas manos en búsqueda de que la levantaran.
— Hon kommer att bli den ljusaste stjärnan som någonsin setts ... Vår krigare, vår efterträdare. —
Con cuidado, sus manos recogieron a la bebe para luego acurrucarla entre sus brazos. Sus dedos perfilaron la suave piel de la más pequeña.
— Hon kommer att vara den som bär kronan en dag älskling, och hon kommer att vara den största krigare som någon någonsin har sett. —
En sus ojos no había más que adoración por la más pequeña de la familia, quien también era clavada a la mujer que más amaba en este mundo.
— Min vinterprinsessa. —
Y la bebe gorgoteo alegre, llevada por las sonrisas de Papá y Mamá.
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Las lágrimas corrían por sus mejillas rojas, sus pies descalzos resonaban en las paredes a la vez que corría por el pasillo, bajando escaleras, doblando la esquina, quedándose quieta.
Sus labios temblaron, mirando a sus hermanos.
Sus ojos se aguaron mirando a Papá.
— Mama no respira.—
Paso un segundo, Papá abrió los ojos cuado miro la sangre que no le pertenecía caer de sus pequeñas manos.
Todos empezaron a correr hacia el ático.
Ninguno fueron los mismos después de todo.
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— ¡Ven aquí, pequeña mocosa estúpida!—
Ella grita mientras Él desciende sobre si, agarrando su cuello y la parte superior de su cabello y arrojándola contra la pared. Siente su espalda estallar contra la superficie dura, y se arrastra temerosamente hasta la esquina mientras Él viene a por ella de nuevo.
Sus manos se envuelven alrededor de su garganta mientras comienza a estrangularla.
— Pa...Pa... no...— Ella grazna, su visión se convierte en puntos negros con cada segundo que pasa. Justo antes de que pueda desmayarse, sienten los nudillos estrellándose contra su cara. La sangre sale de su nariz antes de que puedan respirar mientras Él la suelta y sigue dándole puñetazos.
— ¡Cállate! ¡Cállate!
¡Por que no fui este tú en vez de ella!
¡Me has arruinado la vida! —
Parece que los golpes se prolongan para siempre antes de que Él finalmente se levante y ella se caiga al suelo. Ojos hinchados, cerrados y nariz rota, haciendo que no pudiera ver el pie de Él antes de que le dé una patada en el medio del pecho.
Ella grita, pidiendo la misericordia de Él mientras las patadas continúa. La furia total de la ira de Él no se acaba hasta que Ella se queda en silencio y quieta en el suelo.
Ella puede escucharlo jadeando, agotado después de golpearla casi hasta la muerte. Su mano se envuelve alrededor de la muñeca de ella y comienza a arrastrarla de vuelta al armario, donde la encierra la gran mayoría de las noches. Ella gime en silencio por el movimiento, pero está demasiado débil para tratar de defenderse. No puede ver, pero saben cuándo El la lanza al armario y cierra la puerta con llave.
A medida que el dolor toma su conciencia, un extraño sonido comienza a resonar desde el otro lado de la puerta.
Él da un golpe, sentado contra la puerta, llorando.
Papá da un golpe, sentado contra la puerta, llorando.
Él da un golpe, sentado contra la puerta, llorando.
Ese hombre ya no es Papá.
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.........
......
... !
— ... ¿¡Alguien la ha visto!?.
Decidme por dios que alguien la ha visto.—
—... Lo siento Capitán, no consigo encontrar ningún atisbo de poder para poder encontrarla.—
— ¡Demonios!, ¡Seguid mirando!, no puede andar muy lejos.
.........
—Por favor, que alguien la encuentre.—
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— No... —susurró ella.
La palabra apenas salió de su garganta.
Sus ojos, abiertos demasiado, demasiado brillantes, se clavaron en la jeringa que él sostenía con absoluta serenidad.
— No lo hagas.—
El pánico no fue inmediato; fue un rayo que atravesó sus pupilas, una chispa eléctrica que las volvió vidriosas, casi febriles. Intentó moverse. Sus muñecas tiraron contra las correas. Sus tobillos se tensaron. Su espalda se arqueó.
Nada.
Las restricciones estaban demasiado apretadas. Crueles. Calculadas.
Apenas podía mover una pulgada.
Él avanzó sin prisa. Sin emoción. Como si se acercara a una tarea rutinaria.
A ella nunca le habían gustado las agujas. Ni siquiera en libros , ni siquiera para vacunas insignificantes. Pero aquello no era una vacuna.
La habitación estaba húmeda, impregnada de un frío pegajoso que parecía filtrarse por las paredes de aquella casa silenciosa. La jeringa no parecía médica. No parecía limpia. La aguja era más larga de lo necesario, más fina de lo normal. La sustancia dentro no era transparente: tenía un brillo turbio, apenas perceptible, como si algo se moviera en su interior.
— ¿Qué es eso? —preguntó, y su voz tembló tanto que casi no fue sonido.
Él tomó su brazo con firmeza. Enrolló la manga con meticulosidad irritante, dejando al descubierto la piel pálida. Sus dedos presionaron alrededor de las venas, estudiándolas, palpando con concentración clínica.
— ¿¡Qué es eso!? —repitió ella, ahora con desesperación.
Él no alzó la voz.
— Es un suero que he desarrollado para tomar el control de tus vías neuronales. —Su tono era casi académico—. Me han dicho que puede ser insoportable si lo luchas. Te sugiero que respires hondo y trates de relajarte.—
Sus labios se curvaron al notar la expresión de horror absoluto que se apoderaba de ella.
— Es una investigación fascinante, en realidad. Lo desarrollé a partir de la sangre de otro tipo de... monstruos. No necesitas saber más.—
¿Cómo podría relajarse?
Su respiración ya era errática. El aire no llenaba sus pulmones.
El miedo le comprimía el pecho como una mano invisible.
— No tienes por qué hacer esto —dijo atropelladamente la pequeña azabache—. Haré lo que quieras... lo que sea...—
Él la miró por fin a los ojos. Directamente. Sin parpadear.
— Ya lo intenté. —La frase cayó con un peso inamovible—. Demostraste que no se podía confiar en ti.—
Ella tragó saliva. Su mente corría buscando una salida que no existía.
Nunca imaginó que terminaría así. Nunca pensó que la consecuencia sería esta.
— No lo sabía —susurró, casi ahogándose en sus propias palabras—. Lo siento. No lo sabía. Me portaré b—
La aguja descendió.
— Está bien, así que vas a pelear. Mejor que muerdas esto entonces.—
Algo fue introducido en su boca, forzando sus mandíbulas a abrirse. El objeto bloqueó cualquier última palabra, cualquier súplica, cualquier posibilidad de morderle la mano.
La aguja perforó su piel.
No recordaría el instante exacto en que empezó a gritar.
Pero alguien gritaba.
Tal vez era ella.
El suero entró en su torrente con una violencia abrasadora. Ardía. No como fuego superficial, sino como si estuvieran inyectando metal fundido directamente en sus venas.
Intentó arquearse. Las correas la detuvieron.
Intentó respirar. El aire era insuficiente.
Pero lo peor no fue la quemadura.
Lo peor fue lo que vino después.
Una sensación íntima. Interna.
Como si algo se hubiera deslizado dentro de su cabeza.
Como si una presencia invisible se acomodara entre sus pensamientos.
La sensación se arrastró bajo su piel.
Descendió por su cuello.
Se extendió por sus hombros.
Se filtró en cada músculo.
Era como si dedos invisibles estuvieran apretándose lentamente alrededor de cada hueso de su cuerpo, alineándolos, reclamándolos.
Algo dentro de ella fue cubierto.
Sellado.
Ajustado.
El pánico se apagó primero.
No desapareció de golpe. Simplemente dejó de importar.
Después se fueron las cosas malas.
El miedo.
La culpa.
La resistencia.
La quemadura seguía ahí, pero ahora tenía propósito.
Sintió su dedo deslizarse por su mejilla, limpiando algo húmedo. Lágrimas. O sudor. Ya no estaba segura.
— Dime cómo te sientes. ¿Te duele?—
La orden se deslizó dentro de su mente como una llave encontrando la cerradura correcta.
La instrucción era clara.
Obedecer aliviaba la presión.
Responder disminuía el ardor.
Su boca se movió con lentitud mecánica.
— ...No. No siento nada.—
Y era verdad.
El dolor ya no importaba.
El miedo ya no existía.
Él sonrió.
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— Eres igual que tú madre, mi preciosa niña.—
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—¡Capitán! ¡La he encontrado, venga rápido!—
El grito atravesó las mazmorras como una cuchilla y, en cuanto llegó a sus oídos, Meliodas sintió cómo algo dentro de su pecho se tensaba hasta doler. No pensó, no dudó, no preguntó nada. Su cuerpo se lanzó a correr antes incluso de que su mente pudiera procesar lo que acababa de escuchar. El sonido de sus botas golpeando la piedra húmeda resonaba por los pasillos, acompañado de una respiración cada vez más acelerada, irregular, rota por un nudo invisible que le cerraba la garganta.
Gowther iba tras él, silencioso, midiendo cada paso. Arthur corría unos metros más atrás, sin entender del todo cómo había acabado allí ni por qué su corazón latía con tanta fuerza, como si presintiera que estaba a punto de presenciar algo que lo marcaría para siempre. Merlin, por su parte, no decía nada, pero su expresión seria y concentrada delataba que ya se preparaba para lo peor.
Meliodas sentía un hormigueo constante recorriéndole los brazos, bajando hasta los dedos, como si su propia magia reaccionara al miedo que se negaba a admitir. Tenía que llegar. Tenía que verla. Tenía que asegurarse de que seguía respirando, de que aún estaba allí, de que no había llegado demasiado tarde.
Porque no podía perderla.
No después de haberla dejado sola.
El pensamiento le atravesó la mente como una acusación silenciosa, una que no necesitaba palabras para doler.
Cuando giró el último pasillo y entró en la celda, el mundo pareció detenerse.
La escena frente a él era brutal, casi irreal. La sangre cubría las paredes y el suelo en manchas irregulares, oscuras, espesas, como si la propia mazmorra se hubiera alimentado de ella. El aire estaba cargado de un olor metálico que se le pegó al pecho al respirar. Y en una esquina, contra la piedra fría y ennegrecida por la humedad, yacía un cuerpo inmóvil de largos cabellos oscuros, desordenados, empapados en rojo.
Némesis.
Por un instante, Meliodas no pudo moverse. Sus pies parecían clavados al suelo, su mirada fija en aquel cuerpo que no debería verse así, que no debería estar allí, que no debería estar sangrando de esa forma. Algo pesado se asentó en su estómago, una mezcla de rabia, miedo y una culpa tan intensa que le quemó por dentro.
—¡Capitán, no responde!— la voz de King llegó hasta él, temblorosa, desesperada—. ¡Tiene una herida muy profunda en el hombro!
King estaba arrodillado junto a ella, presionando con ambas manos la herida sin conseguir detener el flujo constante de sangre que se filtraba entre sus dedos. Alzó la vista un segundo, buscando al Capitán, con los ojos abiertos de puro terror.
Meliodas reaccionó entonces, como si algo se hubiera roto dentro de él. Cruzó la celda en dos zancadas y cayó de rodillas junto a ellos, sin importarle ensuciarse, sin importarle nada más que el cuerpo frente a él. Cuando King intentó moverla ligeramente para colocarla sobre su Tesoro Sagrado, un gemido débil, roto, escapó de los labios de Némesis al ser incorporada lo justo para apoyarla contra la pared.
Ese sonido, apenas audible, fue suficiente.
Estaba viva.
Ese hecho se le clavó en el pecho con la fuerza de un golpe, trayéndole un alivio tan brutal que casi dolía. Meliodas la tomó en brazos con un cuidado casi reverencial, atrayéndola contra sí como si su propio cuerpo pudiera protegerla del mundo entero. Notó cómo su ropa se empapaba rápidamente de sangre, cómo el calor de ella contrastaba con el frío de la piedra, pero no le importó. No se apartó. No lo haría.
Merlin se arrodilló de inmediato a su lado, murmurando palabras antiguas mientras presionaba la herida con firmeza. El rostro de Némesis se contrajo en una mueca de dolor puro, insoportable, y de su garganta comenzaron a escapar súplicas quebradas, desordenadas, palabras sin fuerza que pedían que parara, que dolía demasiado, que no podía soportarlo. Sus lágrimas caían sin control, arrastrando sangre y suciedad por sus mejillas, dejando marcas claras de su sufrimiento.
Meliodas apretó la mandíbula.
Nunca la había visto así.
Nunca había escuchado su voz romperse de esa manera.
Y aquello lo destrozó más de lo que jamás habría admitido.
Cada gemido, cada súplica, era una acusación silenciosa que se le clavaba en la piel. No debería haber pasado. No así. No a ella. Él debía haber estado allí. Debió haberla protegido. Debió haberlo previsto.
No lloró. No podía permitírselo.
Pero su corazón latía con tanta fuerza que parecía querer salirse del pecho.
La sostuvo con firmeza, balanceándola suavemente, inclinando su frente hacia la de ella, murmurando palabras bajas, constantes, como un ancla en medio del caos.
—Tranquila... estoy aquí... ya pasó...—
No sabía si ella podía escucharlo, pero siguió hablando, porque el silencio era insoportable y porque detenerse significaba aceptar lo cerca que había estado de perderla.
Cuando Merlin decidió cauterizar la herida con un fino rayo de luz, el dolor arrancó de Némesis sollozos más fuertes, gritos ahogados que se le clavaron a Meliodas como agujas. Su cuerpo se tensó en sus brazos, sus manos temblaban, buscando aferrarse a algo, a él.
—Hazlo rápido— dijo Meliodas con voz baja, firme, peligrosa—. Por favor.
No alzó la voz. No hizo falta. La urgencia estaba en cada sílaba.
—Hay algo más— murmuró Merlin mientras trabajaba—. Su cuerpo no está sanando como debería. Es como si algo estuviera interfiriendo... como si su sangre estuviera contaminada.
Ese comentario le revolvió el estómago. Meliodas inclinó la cabeza, apoyando su mejilla contra el cabello de Némesis, cerrando los ojos solo un segundo, respirando hondo para no perder el control.
—Resiste— murmuró, más para sí mismo que para ella—. No te atrevas a rendirte.
De pronto, los sollozos cesaron.
El silencio fue inmediato y aterrador.
Meliodas bajó la mirada de golpe y entonces lo vio. La mano herida de Némesis cubriéndose la boca, sus dedos temblando mientras intentaba ahogar el sonido de su propio llanto, como si no quisiera molestar, como si no quisiera ser una carga.
Algo dentro de él se quebró.
—No— dijo en voz baja, pasando la mano por su cabello con cuidado—. No hagas eso. No tienes que contenerte... no ahora.
Pero ella seguía intentándolo, y eso lo llenó de una culpa amarga, pesada.
—Gowther.—
La voz de Merlin sonó firme, pero había una tensión evidente bajo esa calma forzada. El pecado de la Lujuria levantó la mirada desde el rincón en el que había permanecido observando, sus ojos carentes de emoción reflejando únicamente datos y probabilidades. Caminó hasta ellos con pasos tranquilos, casi demasiado tranquilos para la escena que se desarrollaba frente a él, y se agachó frente al cuerpo maltrecho de Némesis.
Ajustó las gafas sobre su nariz antes de posar su mirada directamente sobre ella, analizando cada respiración irregular, el pulso débil, el color antinatural de su piel. Frunció levemente el ceño, inclinando la cabeza a un lado como si intentara descifrar un mecanismo defectuoso.
—Signos vitales bajos— informó con su voz neutra—. La pérdida de sangre es crítica. Si la herida no es cerrada en menos de cinco minutos, su organismo no será capaz de recuperarse.
El silencio que siguió fue asfixiante.
Meliodas apretó los dientes. No dijo nada, pero su agarre se volvió más firme alrededor del cuerpo de Némesis, como si el simple hecho de soltarla pudiera acelerar aquel destino que Gowther acababa de dictar con tanta frialdad.
—Conclusión— continuó el pelirosa tras un breve análisis—. Morirá.—
Esa sola palabra cayó como un martillo.
Meliodas alzó la vista lentamente, sus ojos verdes clavándose en Merlin. No había lágrimas, no había gritos, solo una intensidad peligrosa, una súplica muda que no necesitaba ser pronunciada para sentirse.
—Merlin— dijo al final, en un murmullo áspero—. No la dejes morir.— No era una orden. No era una petición formal. Era una verdad desnuda, un ruego que nacía desde un lugar demasiado profundo como para expresarse con fuerza. —No puedo perderla— añadió, con la voz apenas sostenida—. No después de esto. No después de haber fallado.—
Merlin no respondió de inmediato. Sus manos seguían trabajando con precisión, cauterizando, cerrando, intentando contener un cuerpo que parecía empeñado en rendirse. Apretó los labios, concentrándose, y entonces Gowther habló de nuevo.
—Dado el nivel de afección emocional del Capitán por la Capitana— dijo, sin ironía ni juicio—, intervendré.—
Antes de que nadie pudiera reaccionar, se sentó junto a ellos y apoyó con suavidad una de sus pálidas manos sobre la frente de Némesis. El contacto fue ligero, casi respetuoso, como si comprendiera lo frágil que era ese cuerpo en aquel momento.
Una luz suave emergió de su palma.
No era brillante ni agresiva, sino tenue, envolvente, extendiéndose lentamente alrededor de la cabeza de la azabache como una bruma cálida. Meliodas observó el proceso sin parpadear, sintiendo cómo cada segundo se estiraba de forma cruel.
—¿Qué estás haciendo?— preguntó Merlin sin apartar las manos de la herida.
—Estoy estimulando su cerebro— explicó Gowther con tranquilidad—. Reproduzco recuerdos positivos en forma de sueño para inducir la liberación de serotonina y reducir el estrés extremo. Su cuerpo estaba reaccionando al dolor de manera contraproducente.—
Mientras hablaba, la luz descendió por el cuello de Némesis, recorriendo lentamente su cuerpo como si se filtrara por sus venas. Poco a poco, los sollozos que aún escapaban de su garganta se fueron apagando, transformándose en una respiración más profunda, más regular.
Meliodas sintió el cambio antes incluso de verlo.
El cuerpo que sostenía dejó de temblar.
Sus músculos se relajaron ligeramente, su rostro se distendió, aunque seguía pálida, exhausta, al borde de todo. Él bajó la cabeza un poco más, apoyando su barbilla cerca de la sien de ella, respirando con cuidado, como si temiera romper aquel frágil equilibrio.
—Ahora— continuó Gowther— acelero la función de las plaquetas para favorecer la coagulación.—
La sangre, que hasta entonces había brotado sin control de la herida, comenzó a disminuir. No se detuvo de inmediato, pero dejó de ser desesperante. Merlin lo notó al instante.
—Está funcionando...— murmuró, concentrándose aún más mientras cerraba finalmente la herida, sellándola con un último destello de luz.
Cuando terminó, se apartó lentamente, dejando al descubierto una cicatriz profunda, aún rosada, pero cerrada.
El silencio volvió a llenar la celda, roto únicamente por la respiración de Némesis.
—Signos vitales estabilizándose— anunció Gowther tras retirar la mano—. Siguen siendo bajos para un humano promedio, pero se mantienen constantes.—
Hizo una pausa mínima.
—Sobrevivirá.—
Meliodas exhaló por primera vez en lo que parecieron horas. No fue un suspiro de alivio completo, sino uno contenido, pesado, como si el miedo no se hubiera ido del todo, solo hubiera retrocedido un poco.
Ajustó el cuerpo de Némesis contra el suyo, abrazándola con un cuidado casi excesivo, consciente de cada herida, de cada respiración. No dijo nada durante unos segundos, observándola, memorizando el ritmo lento de su pecho al subir y bajar, asegurándose de que seguía allí.
—Gracias. — dijo al final, sin levantar la mirada.
No miró a Gowther ni a Merlin. Sus ojos seguían fijos en ella.
Gowther se incorporó con calma, juntando las manos frente a su pecho. —No he causado daño permanente— añadió—. Cuando despierte, no recordará el dolor inmediato.—
Asintió una vez y se giró para salir de la celda, dejándolos atrás.
Merlin se levantó con más lentitud, observando sus manos aún manchadas de sangre.
—Esto no ha sido un ataque al azar— dijo en voz baja—. Alguien quería enviar un mensaje.—
Meliodas no respondió. Con un gesto cuidadoso, limpió con los dedos el rastro seco de lágrimas del rostro dormido de Némesis, apartándole un mechón de cabello de la frente. Su expresión era dura, cerrada, pero en sus ojos ardía algo peligroso.
—No volverá a estar sola— murmuró, más como un juramento que como una promesa.
Y en lo más profundo de su pecho, donde no llegaban las palabras, Meliodas ya había decidido algo.
A quien le hubiera hecho esto...
No le quedaría nada.