Tras evitar las primeras miradas de una pareja de avanzada edad, eligieron una mesa y se hicieron servir dos cócteles. Empezaron a hablar entre ellos intentando abstraerse de lo que les rodeaba, pero era imposible. Sus miradas también iban como locas buscando ojos cómplices, cuerpos deseables o simplemente reconociendo el local y familiarizándose con las diferentes salas que desde donde estaban podían ver.
Una escalera de caracol señalizada con un cartel que decía «habitaciones privadas», les dio a entender que arriba estaban las salas, tanto las pequeñas para dos o alguna persona más, como las grandes con camas XXL. Por otra parte, el elevado trasiego de, generalmente, solo hombres les hacía pensar que el pasillo de color morado que veían justo enfrente pudiera tratarse de alguna sala temática masculina con quizás algún glory hole. El resto de los pasillos, de diferentes colores, tenían un tránsito más reducido, y salvo el pasillo azul que claramente indicaba el paso a los jacuzzis piscinas y saunas, del resto no tenían ni idea de a donde podían ir a conducir.
Con la tercera copa Ana y Tomás ya se sintieron mucho más dispuestos y juguetones, se tocaban un poco entre ellos, pierna por aquí, brazo por allá y los cuchicheos iban en aumento. También la sala principal se había llenado y ahora resultaba muy fácil detectar miradas seductoras. Ambos se sorprendieron gratamente al comprobar que la mayoría de gente era joven, de no menos de 25, pero sí de su franja de edad. Algunos se reconocían entre ellos y subían hacia alguna habitación, otros se tomaban una copa juntos intercambiando ya las parejas desde el inicio de la conversación. Los más atrevidos empezaban ya con juegos, desnudos y toqueteos en la misma sala principal, cosa que no estaba del todo bien vista, y al cabo de poco se acababan marchando hacia algún lugar más íntimo.
En su divagar, Ana se fijó en una pareja bastante extrovertida que parecía atraer las miradas de todos los presentes. Él unos 40 años, pelo bastante cano, barba bien recortada, atlético y muy bien vestido. Ella quizás algo más retraída, vestido de noche rojo y pelo rubio suelto largo cayendo en un par de tirabuzones. Parecían una pareja de revista.
Mientras observaba embelesada una voz que no era la de Tomás le susurró al oído.
-Guapos, ¿verdad? Ella es una de las influencer más reconocidas de la ciudad y él un ex jugador de fútbol medianamente famoso -Ana se giró medio sorprendida para ver un chico algo más joven que ella con el cuerpo medio inclinado susurrándole-. Perdona por entrometerme, pero mi chica y yo también nos estábamos fijando en esa pareja hasta que nos hemos dado cuenta de quienes eran. Que, por cierto, yo soy Juan. Ella Laura.
pensó Ana.
-Hola, encantada. Yo soy Ana y él... mi novio Tomás.
-Pues mucho gusto Tomás -dijo Juan, levantándose ahora, rodeando la mesa y presentándole la mano a Tomás para estrechársela.
Ella hizo lo mismo, se levantó de su mesa y con una sonrisa le preguntó a Ana:
-¿Puedo acercar las sillas? ¿Os parece si nos sentamos con vosotros?
La respuesta fue tan natural como afirmativa.
Ella era delgada y pequeñita, pelo rubio, camisa blanca y vaqueros. Juan, moreno tirando a mestizo de piel, gafas y espalda ancha. Tras las presentaciones los cuatro quedaron dispuestos alternativamente favoreciendo que Ana interactuara con Juan y Tomás con Laura.
Todo había pasado tan rápido que Ana y Tomás no tuvieron ni siquiera tiempo de mirarse y sonreírse. Lo hicieron, de una manera muy sutil, mientras mantenían sendas conversaciones con sus nuevos amigos. Una sonrisa que quería decir: «esto va bien, ¿verdad?», pensamiento que Tomás reforzó con un gesto de su mano, situándola encima del muslo de Laura.
Ana flipó al ver que Tomás se lanzaba de esa manera, pero se sobresaltó aún más cuando la reacción de ella fue positiva situando su mano encima de la de Tomás y acercándosela un poco más hacia su zona íntima. A Ana se le aceleró un poco el pulso al ver a su amigo intimar y aunque ella era menos lanzada sí que decidió dar pie a que Juan llevara un poco iniciativa.
Mordisqueándose el labio inferior, jugueteando con la cadena que llevaba entorno al cuello y atusándose el cabello cada dos por tres, dio a entender a Juan que estaba receptiva. Él no dejó pasar por alto estas señales y elevó el tono de la conversación hacia algo más sensual al mismo tiempo que acercó las sillas un poco más hasta que ambas rodillas coincidieron en el espacio. Juan rozaba con la suya la de Ana quien cada vez que lo hacía abría sus piernas un poco más. Un gesto inconsciente, pero que le indicaba a Juan su receptibilidad. También jugaba Ana con sus pantalones haciendo una línea con un pliegue de tela extendiéndolo desde su rodilla hasta su muslo.
En una de esas tocó con la yema de los dedos la rodilla de Juan, lo cual fue recibido con una amplia sonrisa. La mano ya no se fue de ahí e inclinándose un poco hacia Juan con la excusa de oír mejor lo que decía, comenzó a deslizar la mano por su musculosa pierna. Juan se quitó la sobre camisa que llevaba abierta y la colocó encima de su entrepierna, dejando unos brazos morenos y musculosos a la vista. Llevaba una camiseta básica gris que acentuaba su espalda y brazos.
Aprovechando el amparo que la camiseta daba, Ana se sintió un poco menos cohibida y comenzó a subir por el ardiente muslo de Juan. Este, previendo la jugada, metió su mano dentro del pantalón y recolocó su miembro, lo cual hizo que acto seguido Ana lo encontrara mientras movía su mano. El calor que emanaba era inmenso y a pesar de lo que pensaba no lo encontró duro sino algo blando, ligeramente carnoso. Ana, que llevaba ya un rato algo excitada, comenzó a sentir húmeda su entrepierna. Justo se había depilado para la ocasión y había estrenado un conjunto de lencería, el cual sentía, estaba ya medio mojado y pegado a sus labios.
En un acto de complicidad con su amigo, Ana se dio la vuelta para ver que tal le estaba yendo a Tomás, cuando la sorpresa fue máxima. ¡Laura y Tomás se estaban besando!
Ana no se había dado ni cuenta. Estaba tan abstraída con Juan que se había olvidado por completo de Tomás, aunque por lo visto, no le había ido nada mal. Aprovechando el impase, Juan se levantó y se acercó a Ana, posando la camisa que cubría su entrepierna sobre la mesa y dejando su tremendo bulto al descubierto. Ana sintió un calor repentino en su interior y unas ganas ingentes de arrimarse a Juan. Se acercó. Se pegaron el uno al otro hasta que pudo notar su pene contra su cadera. La humedad traspasaba su blusa haciendo que se pegara aún más al cuerpo de Juan.
Mirándose directamente a los ojos, él le agarró con ambas manos las mejillas y se acercó para darle un beso en toda la boca. Estuvieron morreándose un buen rato, él siempre con las manos en la cara de ella, limitándole el movimiento, pero con un gran placer sumiso. Sus besos eran cálidos y dulces, con unos labios carnosos y caribeños. Ana se dejó llevar en ese mar de saliva donde la lengua de Juan le acariciaba los dientes.
Fue en esta ocasión Laura la que se acercó e interrumpió uno de esos besos.
-¿Qué tal Juan, cómo estáis? -dijo mirando directamente a Ana.
Ella respondió todavía un poco mareada que muy sorprendida al ser la primera vez que estaban de intercambio, pero que muy a gusto. Tomás, que estaba cogido de la mano de Laura, confirmó que era su primera vez y que la verdad es que había sido una suerte encontrarles a ellos.
-Siendo vuestra primera vez podemos ir a una sala común con más gente para que veáis cómo funcionan las cosas o sino a una sala de visibilidad reducida si os sentís algo incómodos, aunque a nosotros ya en este punto nos gusta más ir a una habitación privada -terció Juan.
-Si, creo que estaría bien ir a una privada. Para empezar, no creo que una orgía sea una buena idea.
Todos rieron la ocurrencia de Tomás. Acabaron sus copas de un trago y subieron la escalera de caracol. Pronto detectaron una habitación con cartel ámbar que indicaba que estaba vacía. El verde era para mostrar que cualquiera podía entrar y el rojo que el acceso estaba prohibido. Juan cambió enseguida a rojo y los cuatro entraron en la habitación.