Kiku No Yuuri

By N-S-Yoi

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El trono del Crisantemo peligra en el lejano Japón. Un príncipe que nadie parece conocer y un periodista que... More

1. Dos mundos diferentes
2. Una propuesta
3. Problemas en el paraíso
4. Primera impresión
5. Kiku
6. Otra oportunidad
7. Detalles
8. Decisiones
9. La recepción (Parte I)
10. La Recepción (Parte II)
11. Después de todo
12. Como si fuera el inicio
14. ¿Lo invito o no lo invito?
15. Primera cita
16. Kisu
17: Yabusame
18. La charla
19. Planes
20. Dos parejas
21. Suenan las campanas
22. Suenan las campanas II
23. Suenan las campanas III
24. Sorpresas
25. Consecuencias
26. Shitsuren 💔
27. Cuando la realidad golpea.
28. Aunque no te pueda ver
29. S dnem rozhdeniya*
30. Kiku no Yuuri
31. Arigato gozaimasu 🙏
32. En el sur - Yuuri
33. A prueba de todo - Victor

13. El que me gusta

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By N-S-Yoi

Víctor podía recordar con lujo de detalles la primera vez que había visto cómo se revelaba una foto. Su padre, dueño de un estudio de fotografía, lo invitó el día que cumplió seis años a pasar al cuarto de revelado que tenía en la trastienda.

Desde el primer momento que había visto aparecer en el papel fotográfico una imagen, Víctor supo que la fotografía era mágica. Debía serlo, porque a través de las fotos que vio en ese cuarto de revelado, Víctor viajó mentalmente en los siguientes años a playas del Caribe, a bodas en hoteles y castillos muy lujosos e incluso a bosques y ciudades muy lejanos de su amada San Petersburgo.

La fotografía fue el aliciente para que Víctor se decidiera desde pequeño a descubrir más del mundo. Y jamás se había arrepentido de ello, menos ahora que se encontraba revelando muchos aspectos de un mundo muy particular: el increíble mundo de Yuuri.

Más bien del príncipe heredero al trono del Crisantemo, Katsuki Yuuri. Pero le alegraba saber que ya no necesitaba nombrarlo con pompa para hablar de él.

En esos tres meses en Japón Víctor por fin se había sentido inspirado para empezar a escribir un avance del libro. Poco a poco había crecido la confianza con Yuuri y Víctor esperaba que esa confianza siguiera creciendo porque el príncipe tenía algo que Víctor no podía explicar, algo que se sentía como un gran imán que lo jalaba hacia su centro y el periodista era incapaz de repelerlo.

Víctor Nikiforov se consideraba un hombre feliz y afortunado después de todo. Vivía desde hacía seis meses en un hermoso lugar, rodeado de jardines; comía delicioso todos los días y, sobre todo, amaba su trabajo, razón por la que ahora se hallaba ensimismado mirando el reflejo de un espejo en el salón.

―¿Víctor?

Pero el hombre no escuchó. El reflejo que contemplaba era sencillamente exquisito, lo suficiente como para abstraerlo del contexto.

―¿Víctor?

El periodista solo tenía ojos para el príncipe, quien llevaba un hermoso kimono de seda encima. Era de un color azul oscuro que resaltaba sus facciones, simple, pero tan elegante que le quitó el aliento. La parte inferior era igual de hermosa, con unos pantalones grises brillantes, con unas sutiles rayas negras. Simplemente deslumbrante. Era la primera vez que Victor había tenido la oportunidad de verlo con un traje como ese, sobre todo porque la familia real estaba muy occidentalizada por el lado masculino; pero Yuuri había insistido en un traje tradicional, quizás para honrar la fiesta que venía a continuación con el respeto que se merecía.

―¡Víctor, contesta!

No había dejado de hacer fotos desde que le habían puesto al príncipe el traje encima. Yuuri tenía puestos los lentes de contacto por una vez en su vida, quizás porque le avergonzaba mostrar sus gafas reparadas con cinta a su sastre, y tenía el cabello desordenado, cosa que contrastaba con el look del día. ¡Pero qué hermoso que se veía! Había algo especial en Yuuri Katsuki, Víctor lo sabía, más aún en ese momento en el que la seda abrazaba el cuerpo del príncipe y lo hacía lucir tan varonil y atractivo.

―Victor ¿Estás bien? ¡Víctor!

Un zarandeo leve lo hizo regresar a la realidad. Minako Okukawa se encontraba a su lado, moviendo su hombro de un lado a otro.

El hombre en cuestión despertó confundido. Todos en la sala lo miraban, incluso el príncipe, mostrando su preocupación.

―¿Qué, qué pasó?―preguntó el fotógrafo sin darse cuenta que había quedado embobado de forma nada sutil.

Minako tuvo que morderse el labio inferior para no reír. Desde hacía poco más de dos meses que Víctor mostraba ese tipo de comportamiento cuando fotografiaba la vida del príncipe.

Seis meses habían pasado desde la llegada del hombre y todo había ido mejorando cada vez más. Por alguna razón que ella aún no entendía, Víctor Nikiforov y su querida alteza imperial,Yuuri Katsuki, habían empezado a crear una relación muy interesante en la que podía verlos intercambiando miradas, riéndose de chistes privados y tomando las comidas juntos. No sólo eso, sino que las fotos que había hecho Víctor en los últimos meses habían resultado exquisitas.

Varias de ellas mostraban a un Yuuri sencillo, tomando con delicadeza a sus queridas plantas en el jardín, otras sonriente en medio de un almuerzo o leyendo tranquilo sentado en la biblioteca. Parecía que cada foto contaba un poco del verdadero Yuuri Katsuki, un Yuuri adorable al que solo tenían acceso los más allegados a él.

―Te pregunté qué te parece el traje de su alteza imperial hace diez minutos ―explicó Minako―, pero tan pronto entró empezaste a murmurar en ruso y te pusiste a tomar fotos como loco.

Oh, con que eso había pasado. Diablos, ni siquiera se había dado cuenta de ello.

―Yo, yo...Lo siento, Minako. Me entretuve mucho mirando al príncipe, ¡digo al kimono que se puso el príncipe!

Yuuri entonces mostró unas mejillas carmesí que trató de ocultar mirando hacia otro lado.

―Ya veo ―contestó Minako entretenida―, pues entonces dime, ¿Qué te parece el príncipe, digo, el kimono del príncipe?

Fue el turno de Víctor de enrojecer. Tenía que aceptarlo: llevaba dos meses sintiendo algo especial por Yuuri. En algún momento en medio de conversaciones serias, risas, comidas juntos, silencios compartidos en el jardín y observaciones del príncipe en medio de actividades protocolares Víctor se había enamorado de él.

―Maravilloso ―contestó incapaz de mentir―. Elegante, sobrio, hermoso...tal como su alteza imperial, digo, como su alteza imperial necesita.

"¡Demonios Víctor, tienes treinta y dos años!" ―Se dijo a sí mismo avergonzado―. "¿Acaso no puedes controlar tus hormonas?"

―Entiendo. ―Minako soltó una pequeña risa que avergonzó a ambos nuevamente.

Luego de cambiarse Yuuri le agradeció al sastre imperial con una reverencia muy sencilla y dio por terminada la reunión. Detrás de él Minako, quien llevaba la agenda con sus actividades y Víctor, quien avergonzado por el papelón decidió mantener un silencio prudencial.

―¡Soy un estúpido, Chris! ―Víctor miraba a su amigo a través de la pantalla de su celular.

―Sí, pero un estúpido muy enamorado.

Víctor gimió con vergüenza.

―¡No sé qué me pasa!―exclamó colérico―. Jamás me he comportado como estúpido por una persona.

―Bueno, es que no estamos hablando de una persona normal, estamos hablando de un príncipe. Tú sabes, alguien que, en vez de poseer un auto, posee todo un país.

―Esto está mal, está muy mal.

―¿Por qué está mal sentir lo que sientes?

―¡Porque es un príncipe!

―¿Y? Tú has convivido con varios de ellos.

―Sí y todos ellos semidesnudos en medio de la estepa africana, no uno que sabe hablar seis idiomas y que por la mañana es capaz de crear un paraíso en el jardín y que por la tarde se codea con los líderes de otras potencias del mundo.

Víctor no sabía cómo seguir manteniendo su gran admiración y enamoramiento por Yuuri en secreto. Todo había empezado muy lento, casi sin notarlo. Yuuri se había mostrado como era, con sus defectos y virtudes, pasando tiempo con él y confesándole sus miedos y preocupaciones y de pronto ya no podía evitar perderse en sus ojos brillosos color café que se iluminaban cuando le contaba algo que le apasionaba o cuando lograba mantener una sonrisa ante las cámaras por varios minutos sin sentirse intimidado o cuando lograba vencer un ataque de ansiedad en pocos minutos. Ese era el Yuuri que más adoraba, el que iba conquistando miedos con confianza.

―Vitya, creo que estás exagerando ―continuó su amigo―. No hay nada de malo en enamorarse, sin importar si es de un simple mortal o de un príncipe. Por cierto, no me has dicho qué siente él al respecto.

Difícil decirlo. Víctor sentía que había química entre los dos, que por momentos ambos se sentían atraídos uno del otro, pero Yuuri siempre mantenía la compostura y evitaba hablar cuando esas ocasiones se daban. Quizás porque en el fondo sabía que era absurdo empezar algo entre los dos.

―No sé lo que puede estar pasando por su cabeza. A veces siento que algo empieza a crear chispas entre los dos, pero luego él cambia de tema o pide permiso para retirarse porque, por supuesto, es casi un super héroe que debe inaugurar un hospital o salvar el mundo de una guerra nuclear.

―No me digas que te sientes intimidado por su título.

Intimidado no era la palabra. Víctor era un hombre muy seguro de sí mismo. Había llegado a ser el periodista gráfico más importante de la última década. Sus artículos y fotografías habían brillado en diversos medios alrededor del mundo. Pero debía admitir que ahora era un completo desconocido. Todos le habían dado la espalda y se había quedado con una etiqueta negativa en el mundo periodístico. Por eso él mismo sentía que, por más reconocimiento mundial que alguna vez hubiera tenido, Yuuri estaba fuera de su liga.

―Admiro mucho su trabajo ―confesó―. Cuando llegué a Japón pensé que tendría que soportar berrinches de un niño mimado, pero Yuuri es totalmente lo contrario. Él es muy crítico y exigente consigo mismo, nada es bueno hasta que no haya dado lo mejor y todo lo acepta con sencillez y sincera preocupación por su pueblo. Me encanta eso de él. Pero yo solo soy un periodista desconocido con un departamento alquilado y una bicicleta. Él debería estar saliendo con alguien que posea un palacio en alguna parte y que lo haga feliz llevándolo a pasear en limosina y volando con él en avión privado a alguna isla del Caribe.

―Mmm, si necesita todo eso para ser feliz no es una persona tan "sencilla" como me dices.

―Es que no lo necesita.

―¿Entonces?

―Pero lo merece.

Chris suspiró. Su amigo a veces podía ser desesperante.

―Vitya, lo que él se merece es tener a alguien que esté completamente loco por él y tú lo estás. Deja de ponerte excusas tontas.

Ahora fue el turno de Víctor para suspirar.

―Sé valiente y dile lo que sientes.

―No lo sé Chris, me da miedo decirle lo que siento. A pesar de sentir esa conexión con él, jamás se ha acercado lo suficiente como para saber que él siente lo mismo y quizás soy solo yo el que está sufriendo de amor.

―Vitya, no lo vas a saber hasta que se lo digas.

―Mejor te dejo, Chris ―le interrumpió de pronto con un tono triste―. Pronto me llamarán a cenar y Yuuri se preocupará si no llego a tiempo. Hablamos después, ¿Sí?

Sentado frente al escritorio de su habitación, el príncipe Yuuri se hallaba tratando de escribir un discurso para la recepción del embajador de Nigeria, al que atendería al día siguiente. Sin embargo, no había podido avanzar más de diez palabras sin ponerse a pensar en lo que tenía sobre su escritorio: una foto hecha por Víctor de él mismo con el traje que se había probado días atrás con el sastre. Era una de sus fotos favoritas, no sólo porque sentía que lucía bastante decente, sino porque Víctor mismo la había tomado. El ruso lo había sorprendido el día anterior con la foto en un hermoso marco, diciendo que quería dársela porque se veía impresionante en ese traje.

Solo pensar en eso le hacía acelerar el corazón y sonreír como bobo. El que Víctor lo halagara de esa forma lo hacía sentir hermoso y valioso, y, por supuesto, perdidamente enamorado.

Cogió la foto entre sus manos y recorrió con uno de sus dedos la silueta de su imagen. Era en verdad un traje hermoso y elegante, que lo hacía sentir muy especial.

―Con todo el respeto que usted se merece, su alteza imperial, creo que en esa foto luce hermoso.

Yuuri casi saltó de su silla y la imagen cayó al suelo cuando la voz de Minako lo sorprendió.

―¡Minako-Sensei, me asustó!―La mujer se agachó para recoger la foto y se la devolvió. Por suerte no había sufrido ningún daño.

―Lo lamento, su alteza imperial.

―Le pediré que en adelante toque la puerta antes de entrar.

―Pero lo hice, su alteza, toqué, pero nadie me contestó, entonces entré. Asumí que andaba ocupado pensando en algo muy importante y ya veo que así es.

El calor se posó en sus mejillas con vergüenza. Yuuri se dijo a sí mismo que la próxima vez debía estar más atento para evitar un susto como ese.

―Y bien, ¿Ya se siente listo para el gran día en que usará el traje, su alteza imperial?

La voz de Minako, fuerte pero dulce a la vez obligó a buscar su mirada.

―Sí, creo que será un día muy especial.

Yuuri en verdad quería que lo fuera. En cuatro días se celebraría el Bunka no Hi, el día de la cultura en el país y su padre había decidido que ese año iría él en nombre de la corona a la apertura de la competencia de Yabusame en el Santuario Meiji de la ciudad.

―Creo que lo hará estupendo, su alteza imperial.

―Gracias, Minako-Sensei. Eso espero.

―¿Y Víctor lo va acompañar?

―Pues es el fotógrafo, claro que sí.

―Su alteza, no me refería como su fotógrafo, me refería a Victor como su cita.

Yuuri se atoró con su saliva y segundos después de recuperar el aliento abordó a su consejera.

―¿Pe- pero qué dice, Minako-Sensei?

Era adorable ver a Yuuri avergonzado. A la asesora le gustaba provocarlo, sobre todo ahora que estaba enamorado. Ella sonrió levemente.

―Bueno, su alteza, no tendría nada de malo. Debería haberle visto la mirada que llevaba el día en que le tomó esta foto. Sería un hermoso gesto que lo invitara como su cita sabiendo lo enamorado que está de usted.

El rostro de Yuuri enrojeció tanto que parecía una pequeña sandía abierta a la mitad.

―¿Qué? No esté hablando tonterías, Minako-Sensei, que eso no es posible. O...es que ¿Él le ha dicho algo?

Los ojos de Minako parecieron reír sin siquiera abrir los labios.

―No, pero ¿necesita decirlo para saberlo?

Sí, Yuuri sí necesitaba escucharlo de los labios de Víctor. Necesitaba que se acercara a él y le confesara que su corazón también se aceleraba como el suyo cuando cruzaban palabras, si pensaba en él al despertarse y al irse a dormir. Además Yuuri necesitaba que Víctor le dijera por fin lo hermosos que le parecían los crisantemos que día a día cortaba en su jardín y mandaba a poner después en su habitación. Los Kikus, como bien se llamaban, se regalaban para remarcar el carácter de nobleza de una persona. Eso era Víctor para él: un hombre noble, de buenos y francos sentimientos. ¿Podría ser que después de todo este tiempo, Víctor por fin había captado su mensaje? Necesitaba saberlo también.

Minako supo a través del silencio eterno del príncipe que se hallaba en una discusión mental consigo mismo.

―Su alteza imperial, ¿Por qué simplemente no lo lleva a una cita y se lo dice?

―¿A qué se refiere?

―A que le diga que usted también está enamorado de él.

Los ojos de Yuuri parecieron desorbitados por un momento. Negó sin cesar la cabeza, desesperado por cubrir sus propios sentimientos.

―¿Qué? Yo no...

―Su alteza, lo conozco desde que nació. Sé lo que piensa y lo que siente antes de que me lo diga, es mi trabajo y hace rato que sé que usted está enamorado de él, no tiene por qué negarlo.

Yuuri la miró asustado al darse cuenta de lo transparente que había podido ser ante los demás. Sus sentimientos eran suyos y no quería que nadie los viera. Sin saber dónde esconderse, gimió de pronto y se cubrió el rostro con la palma de sus manos.

Minako se acercó a él y le colocó suavemente la mano sobre el hombro.

―Lamento que sea tan evidente, su alteza imperial, pero estar enamorado no es malo.

No, no era malo, era terriblemente malo. Yuuri tenía demasiado con lo que tenía que lidiar día a día como para que encima el amor llegara a su puerta.
Y ahora Minako le hacía entrever que todo ese tiempo había sido muy evidente lo que sentía por Víctor. ¿Qué pensaría Víctor de él?

―Minako-Sensei, ¿Cree usted que también Víctor se haya dado cuenta de que yo...?

No pudo terminar la frase.

―Creo que ninguno de los dos se siente seguro de los sentimientos del otro, su alteza imperial. Y eso es porque ninguno se ha atrevido a decir algo al respecto.

―Es que tengo miedo de decirle algo y que él no sienta lo mismo.

―Oh, le aseguro que él siente algo por usted, créame que es tan transparente como su alteza imperial.

Yuuri en verdad esperaba que fuera así.

―Ay, es que no sé...

―Anímese, su alteza imperial. Estoy segura que no lo lamentará.

---------------------------

Nota de autora:

Sí, lo sé, este capítulo ha sido un salto en el tiempo y estaba planeado así porque supuestamente era una historia corta xD. Pero bueno, imagínense todo ese tiempo compartido entre los dos. Me imagino a Víctor hablando de política y educación y Yuuri también reflexionando sobre cómo la experiencia de Víctor podía ayudarlo a resolver asuntos internos. También los veo viendo películas y riendo durante las comidas, muy cómplices y atentos del otro.

¿Ustedes cómo se lo imaginan?

Como siempre, muchas gracias por leer 😊❤️

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