No sirvió. Hizo un amigo nuevo que era muy agradable, molestó con gusto a aquel papanatas de pelo naranja, subiendo su nivel anímico y mejorando su humor. Creyó que con eso bastaría, que podía continuar su mañana escolar con la normalidad a la que estaba acostumbrado. Se equivocó. Nada más entrar Shinazugawa Sanemi, su profesor de matemáticas, el mundo se le vino abajo una vez más al recordar. El aula se tornó tan oscura a sus ojos, tan vacía y fría que no fue capaz de escuchar nada más que su propia voz interna, una voz que no dejaba de repetir una y otra vez en constante bucle por qué le habló así a su ex mejor amigo, por qué no aceptó que el otro llevaba la razón, por qué demonios tenía que ser tan orgulloso y rencoroso. Era la voz del sentido común, esa a la que cerró la boca cuando estalló contra el otro chico, y que ahora pagaba las consecuencias por no haber querido dar el brazo a torcer. Él solito se había hecho daño tratando mal al más mayor, desperdiciando la última oportunidad que tuvo para recuperarlo. Idiota. Jodidamente idiota, se autoproclamaba.
Dos horas. Dos horas de una agonía incesante que le ponía las manos en el cuello y apretaba sin descanso, ahogándolo en una miserable situación que él mismo provocó. Normalmente la soledad le hacía sentir la oscuridad de la depresión, le robaba la alegría y los deseos en cualquier ámbito, le arrancaba del pecho las ganas de esforzarse. Pero esto... Fue la gota que había derramado el vaso. Mil veces peor, no sabía cómo describir un dolor tan intenso, tan desesperante. Podía llegar a jurar que un disparo hacía sufrir menos. Por primera vez en su vida sintió que ya no podía avanzar, que había tocado el fondo del pozo, y no tenía ganas ni fuerzas para salir. Se sentía muerto. La única meta que tuvo en su vida fue recuperar a su amigo, incluso si resultaba imposible, y había tirado todo a la basura por los malditos celos y su asquerosa prepotencia. Fue una eternidad hasta que escuchó la campana de salida.
Era el primer día, por lo que todo el mundo se iría a casa en lugar de quedarse en los clubes escogidos. No tenía ganas de levantarse. Se quedó inmóvil, observando la madera de su mesa como si pudiera contar cada átomo que la componía. Esperó hasta un rato después de no percibir ni una sola voz, ni un solo ruido. No se levantó hasta asegurarse de que el recinto se quedaba vacío, probablemente con la única presencia de algún profesor y el conserje rondando por las aulas. Tomó su mochila y emprendió su lento camino hasta el exterior, con el corazón más pesado que su cuerpo. Jamás había pasado por algo así. No prestaba atención, nada la merecía. Ni siquiera al grupo de muchachos que esperaban fuera de la puerta.
-Tú.
Lo llamó alguno de ellos cuando estuvo al lado. Se detuvo y observó, detenidamente y con una nueva y creciente ira, quién era el desgraciado que osaba molestarlo ahora. Eran cuatro imbéciles a sus ojos, todos ellos con caras de ser lo peor de la sociedad humana. Reconoció a dos, el idiota del baño que estuvo golpeando a Himejima y al de cabello verdoso, el cual imaginaba que era el hermano mayor de su compañera. Fue este último quien captó su atención.
-¿Qué mierda quieres? -gruñó con poco interés en perder el tiempo, debía ir a recoger a Yoko a su escuela.
-¿Es cierto que amenazaste a este? -señaló al joven con pelo negro.
-¿Y qué si lo he hecho?
-Vaya... -el chico agachó la cabeza por un momento y la levantó con una risotada. Miró de reojo a los otros tres. -No sabe cómo funciona este lugar. -su atención se centró de nuevo en el de primer curso. -En esta escuela solo los incompetentes van en solitario, los demás tenemos grupos. Y meterte con uno es meterte con el grupo entero, ¿entiendes? Pero como no lo sabías, te perdono por esta vez.
-¿El qué me vas a perdonar? -su ceño se frunció más. -¿Me vas a perdonar que tu perro faldero no sepa ser un matón en condiciones?
-¿A quién llamas perr-?
El chico mencionado fue detenido por el de ojos ámbar y cabello verde, habiendo puesto la mano delante de él para evitar su avance hacia el más pequeño.
-Cierra la boca, lo peor de eso es que tiene razón. Eres un inútil. -expulsó una buena cantidad de aire por la nariz. -Pero no por eso vamos a dejar que un enano con cara nena se burle. Nos da una imagen humillante. -su mirada se clavó con fuerza sobre los ojos verdes. -Como he dicho, solo esta vez perdono tu error porque no sabías cómo funciona este sitio.
-Lo sabía, pero me importan una mierda tú, tu grupo y todos los otros que haya. Ahora fuera de mi camino. -un paso fue lo que dio. Un solo paso lo que le permitió aquel pesado que acababa de enganchar la correa de su mochila lila y tirar de ella, obligándolo a él a retroceder al llevarla colgada.
-Muy bien, acepto tu petición. -para él, haber dejado claro su conocimiento sobre los grupos y afirmar que le daba igual fue un literal "soy responsable de mis actos". -¿Por dónde quieres que empecemos? -nada más dicha la pregunta, los brazos y las piernas del muchacho fueron inmovilizados por los restantes.
Daiki entró en pánico, temiendo lo evidente. Era el peor día de su vida con gran diferencia. No debía ser así, nadie buscó en todos sus años de escuela meterse con él o considerar pelearse. Siempre era él quien empezaba con la violencia, no al revés. Aunque no era un matón, no le puso la mano encima a compañeros que nunca dijeron o hicieron nada en su contra. Solo golpeaba a aquellos que se atrevían a insultarle o a hacerle pasar un mal rato. Él había defendido a alguien que no merecía ser abusado, se interpuso, no atacó. No era justo. Él no tenía que pagar por nada. Si el otro era tan imbécil como para no buscarse un sitio mejor no era culpa suya. Por lo menos tenía clara una cosa; el grupo de cuatro que tenía encima eran los matones principales del colegio, estaba muy seguro. Iban a apalearlo, no le cabían dudas sobre ello, y eso le infundió un profundo terror. No por el simple hecho de ser golpeado sin más, sino por su cuerpo enfermo. Un golpe en un lugar desafortunado podía acabar con él. Imaginaba que aquellos chicos tampoco tenían en mente matar a alguien, eso ya era demasiado incluso para ellos.
-¡Un momento! -gritó, tratando de liberarse en vano. Su fuerza era nula comparada con la de ellos, y lo tenían tan bien agarrado que su agilidad era inservible. -¡Tengo el cuerpo frágil, si me matáis por accidente la policía irá a por vosotros!
Bien, ser sincero parecía haber funcionado, pues la duda y la incertidumbre se mostró a través de sus expresiones e hizo tambalear sus intenciones. Acertó en creer que el asesinato era algo a lo que no quería aspirar ninguno de ellos. El de ojos ámbar se acercó más a él y lo observó con detenimiento.
-¿Qué te pasa? -su pregunta fue seria, firme y con un profundo tono grave.
Daiki odiaba contar sus problemas a desconocidos o a personas que se entrometían por capricho, pero no le quedaba más opción que hacerlo para que de verdad le creyeran y le dejaran tranquilo. Tampoco les mintió, temía por su vida a causa de que dieran un mal golpe sin darse cuenta. Fue en ese momento que su instinto de supervivencia fue más fuerte que su orgullo.
-Los pulmones... Los tengo mal. -no iba a especificar, no era necesario para salvarse, además de que se ahorraba la humillación de mostrarse débil frente a matones.
-Vale. Evitaremos el pecho.
No funcionó como quiso, y como era de esperar, aunque no le fueran a golpear en zona peligrosa, todavía podían ocasionarle daños graves. Su vista se emborronó de repente, y no fue por la presencia de alguna lágrima. Fue el primer golpe lo que casi acababa de sacarle la consciencia del cerebro. Ni siquiera notó el dolor en su rostro y cabeza de lo repentino que fue aquel puñetazo.
A partir de aquel punto fue una agonía constante, sin darle tiempo a encajar la primera agresión vino la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta... Recibiendo golpe tras golpe sin poder hacer nada, siendo cambiado de posición a la fuerza numerosas veces para que fuera más fácil para ellos apalizarlo en cada rincón visible de su cuerpo, sin contar el pecho. Se arrepintió de pensar en su momento que un disparo era peor que el dolor emocional. Una simple paliza ya le estaba provocando un sufrimiento que no era capaz de gestionar, con segundos en los que después de algunos golpes su consciencia puso un pie fuera de su cabeza. Los oídos le pitaban, oía las risas de manera distorsionada. Su vista no conectaba con su capacidad de raciocinio, veía pero no era consciente del qué. Todo lo que era capaz de reconocer era el sabor metálico en su boca y el dolor cubrirle por completo como si fuera una sábana con espinas.
-Deberías irte ya. -Sanemi era el único que todavía permanecía en el edificio, en la sala de profesores, terminando de ordenar los temarios de su asignatura en los diferentes cursos.
-¿Cuánto más tardarás? -y allí estaba Eiji, sentado en el cómodo sofá de la misma sala, con la compañía de la agradable enfermera de la escuela, con una vejez que equivalía bien a su talento.
-Está bien que quieras esperar a tu tío, pero tienes que volver ya a casa, jovencito.
-Hazle caso a la anciana, terminaré cuando tenga que terminar.
El muchacho hizo un mohín con los labios al torcerlos, ligeramente disgustado. Su madre era quien se encargaba de recoger a Izumi de la escuela primaria, por lo que él tenía la tarde libre, o al menos si su padre se lo permitía. Quería esperar para irse con su tío a la casa donde su madre y el hombre de cabello blanco vivían, aquel par de semanas le tocaba la custodia a ella, por lo que tenía más posibilidades de estar tranquilo. Su padre siempre había sido más estricto que su tío, sobre todo desde el divorcio. Suspiró con desgana y se levantó.
-Aprovecharé antes de que cierren la tienda para comprarle un dulce a Izumi.
-El otro día dijo que quería probar un taiyaki nuevo con relleno de fresa. -Sanemi no levantó la vista de sus documentos, pero se interesó en facilitarle a su sobrino e hijastro la compra para la pequeña. -¿Llevas dinero suficiente?
-Sí. -tomó su mochila negra y se colgó la correa sobre el hombro. -Espero que le guste, si no, no seré yo quien se lo coma. -no le desagradaban los dulces, pero tampoco era muy fan de ellos.
-Nos vemos luego en casa. Ten cuidado. -fue la manera en la que el adulto se despidió de él, recordándole ser cauteloso en la calle.
Eiji salió de la sala de profesores. Estaba acostumbrado a ver la escuela vacía, no era la primera vez que se quedaba hasta más tarde con su tío Sanemi para volver juntos a casa. Algunos creían que ser familia cercana de un profesor era un lujo. No era cierto. De hecho, lo consideraba una desventaja porque en horas fuera del horario escolar, al tenerlo en su vida privada, también recibía cierta presión para estudiar. Por suerte, no estaba siempre con él, ni con su propio padre. Variar entre uno y otro era la mejor opción para minimizar el estrés que podían llegar a causarle. Salió del edificio hacia el enorme patio, que con la ausencia de algunos parecía mucho más grande que de costumbre. Escuchó un sonido extraño. Su oído estaba bien afinado, pero aquel ruido fue tan débil que apenas pudo determinar a qué se asemejaba. Vino de las puertas de la entrada, aquellas que separaban el recinto escolar de la calle. Avanzó hasta allí, de todas formas debía pasar sí o sí. Un rápido vistazo a su derecha fue suficiente para sentirse como si una avalancha de nieve acabara de enterrarlo vivo. El cuerpo se le había enfriado de tal manera que incluso tembló por un momento.
-¡¿Daiki?! -era inconfundible. Lo vio tirado en el suelo, encogido, quieto, pero consciente. Le oía respirar de forma demasiado acelerada y temblorosa, y a él jamás se le olvidó ni un solo dato sobre su ex mejor amigo; que respirara así podía llegar a provocarle problemas con su salud. Casi se tiró al suelo de rodillas, quitándose con desesperación la mochila. Intentó sentarlo, pero el chico comenzó a gemir de puro dolor, causándole miedo el simple hecho de tocarlo. Se acercó mucho más y cambió la táctica, optando por alzarlo despacio con un abrazo para poder tenerlo lo más inmóvil posible, pegado a su propio cuerpo. Observó con horror sus mejillas enrojecidas por los golpes, su nariz sangrante, su labio inferior partido, y sus ojos llorosos y cansados. -Tranquilo, respira... Estoy contigo, no pasa nada... No hay nadie aquí... -eran señales muy evidentes de que le habían apalizado, y se imaginaba quiénes lo habían hecho, pues nadie en la escuela a parte de ellos serían capaces de dañar así a otra persona. Era la primera y la última vez que lo harían, prometió. No recordaba haber sentido tanto odio hacia algo o alguien como ahora, fue un crecimiento iracundo que apenas tomó medio segundo, con tantas ganas de destrozar lentamente a cada culpable. Era como si algo infernal tratara de tomar el control de su ser. Nadie tenía derecho a tratar así al joven, incluso si este no fue amable con él. Simplemente no. Se negaba a ello y arrancaría la cabeza de cualquiera que lo hiciera de nuevo. Eiji sabía que su apariencia grande y dura intimidaba demasiado, mas nunca le sacó provecho. Eso acababa de terminar, no hubo dudas. Era consciente del temor que su imagen infundía, e iba a empezar usarlo. Nadie volvería ponerle la mano encima a Daiki, y estaba dispuesto a todo para ello. Por suerte, ahora mismo su preocupación y miedo eran mayores que la rabia. Notó cómo aquellos ojos esmeralda le miraron, y nada más conectarse con sus pupilas, los vio llenarse de más y más lágrimas. De un segundo a otro, Daiki empezó a llorar en sus brazos. Le rompió por completo, verlo de aquella manera le partió el alma en millones de trozos. Sintió su dolor como el suyo propio, tanto que no fue capaz de suprimir los sollozos, más sutiles que los contrarios. Parecía que eso no había cambiado... Desde niño, cuando su amigo lloraba, él lo hacía también al contagiarse del llanto. Y ahora, 6 años más tarde de haberse separado, continuaba siendo así. Ni siquiera recordaba la última vez que se había desahogado. Mas no podía dejarse llevar, debía mantener la cabeza en su lugar para serle de ayuda.
-E-espera... -se limpió los ojos con el brazo y trató de dejar a Daiki de nuevo en el suelo, con cuidado. -Voy a llamar a mi tío...
-¡Eiji! -para el mencionado fue una sorpresa que lo llamara por su nombre después de aquella intensa discusión en la que se refirió a él por el apellido. Pero no fue eso lo que más le impactó. Fue la manera en la que lo hizo, de una forma tan desesperada y aterrorizada, como si fuera a abandonarlo en medio de una tundra desértica. Se había aferrado a él con todas las fuerzas que le quedaban, lo sentía en su camisa; cómo la apretaba con los puños y trataba de regresar al pecho que le había refugiado. -No te vayas... -repitió la misma frase en murmullos una y otra, y otra y otra vez, como si su mente se hubiera quebrado.
Esa era la frase... La última frase que escuchó del pequeño Daiki del pasado...
Fue la petición más correcta para que el más grande no dudara en rodearlo una vez más, llevado por las emociones. Darle aquel cobijo primero también era esencial, conseguir que se calmara y pudiera relajar su respiración, recuperar el aliento. Mientras escuchaba con atención el aire entrar y salir de los pulmones desesperados del chico, con una mano rebuscó el móvil en su mochila y marcó a su tío. A este no le dio tiempo siquiera a preguntar o decir nada.
-¡Sal a la entrada, es urgente! -Eiji no solía usar en los momentos de su vida diaria tonos así de angustiosos y preocupados, por lo que Sanemi pudo entender al instante que había ocurrido algo grave. Fue el adulto quien colgó tras dejar que el arrastre de la silla en la que estuvo sentado sonara a través del teléfono. Rápidamente, guardó el móvil y meció un poco al muchacho mientras lo oía desahogarse. -Todo está bien, se acabó... Nadie volverá a hacerte nada, lo prometo. Estás a salvo ahora... -intentaba aportar a que el chico se relajara más rápido, y funcionaba. Lo arropaba con la calidez de su voz y la suavidad de su abrazo.
No transcurrió más de medio minuto para que Sanemi acudiera. Fue muy desagradable para él ver aquella escena, hizo crecer en él sentimientos que despertaban su parte más violenta. Lo primero que se le vino a la cabeza fueron los padres del muchacho. Si le hicieran algo así a su sobrino, no respondería de sus actos. Imaginaba cómo iba a sentirse la familia de la criatura y se le venía el almuerzo hacia la garganta de solo pensarlo, además de estar viendo a Eiji sufrir de una manera en la que no había experimentado antes. Todavía lo quería, sin importar cuánto tiempo estuvieron separados y sin contacto, y él era capaz de entenderlo. Por sus santos huevos que aquello no se iba a quedar así, sin hacer pagar al que se atrevió a agredir de tal maner al joven.
Entre ambos no hubo tantas dificultades para mover y trasladar al chico al interior de la escuela, donde la preocupada enfermera no tuvo ni una sola noticia hasta que los vio entrar a la sala de profesores. Ella se encargó de atender al pobre muchacho, echándolo en el sofá y dándole primero una mascarilla de oxígeno por unos minutos para que se estabilizara más rápido. Por suerte, no encontró heridas graves aunque los golpes fueron contundentes. Sus extremidades estaban repletas de moratones y sus mejillas rojas. Trató aquello con pomada inflamatoria que evitaría hinchazones y desinfectó la herida del labio. La nariz había dejado de sangrar, por lo que solo la limpió. No obstante, encontró una pequeña lesión en su hombro que decidió vendar por precaución.
-Ya está, pequeño. Pero deberías visitar al médico para que te mire ese hombro. -comentó la mujer, guardando todos los utensilios.
Lo peor de todo era que aquel grupo de agresores no le habían golpeado ninguno de los hombros... Miró de reojo a Eiji, reviviendo en su cabeza el momento en el que este tiró de su brazo aquella misma mañana, cuando discutieron. Fue él quien provocó esa lesión, lo sospechaba. Desde entonces, tuvo su hombro un poco resentido. Sin embargo, ya no era capaz siquiera de enojarse. Se sentía tan culpable, pensando que se había portado tan mal sin que el otro lo mereciera que era el karma actuando... Incluso empezaba a creer que el más mayor debió haberle dejado tirado, estuvo en todo su derecho de hacerlo. Ah... Pero Eiji no era así, lo sabía muy bien. Seguía siendo una persona tan buena... Y no lograba entender si eso le hacía sentir peor o mejor... Se levantó hasta sentarse. Estaba avergonzado, tanto por lo que acababa de ocurrir como por su actitud. Se mantuvo en silencio mientras Sanemi guardaba todos los papeles en su cartera y Eiji lo miraba de pie frente a él, sin saber muy bien qué decirle ahora o si acercarse.
-Te llevaré a casa. -avisó el adulto. No iba a dejar que después de aquello el muchacho caminara solo por ahí. No tenía por qué pasar nada, pero era mejor prevenir por su salud. Al haber tenido contacto con los Kamado durante mucho tiempo no había nada que los Shinazugawa no supieran.
-Tengo que recoger a mi hermana... -murmuró con pena, sintiéndose diminuto. Ese era otro problema, ¿cómo demonios iba a presentarse así frente a Yoko? Ella iba a asustarse y no quería preocuparla. Pero tampoco podía esconderse. Sus padres también lo verían en algún momento...
-¿Cómo se llama su escuela?
-No lo sé... Es la más cercana a esta...
Por suerte, solo había una escuela primaria lo suficientemente cerca. Las demás se encontraban bastante alejadas de la zona. Sanemi había probado a llamar una y otra vez a los padres del muchacho, sin éxito. Desde un principio ya imaginaba que no se encontraban en casa y que estarían trabajando.
-Está bien. Entonces nos vamos. ¿Usted se queda a esperar a su hija? -le habló a la mujer.
-Sí, ya no debe de tardar mucho con el invernadero, no te preocupes, joven.
Y de esa manera fue cómo, al fin, Daiki pudo salir de aquel maldito recinto. No habló en toda la corta caminata hasta el auto gris de su profesor. Era extraño ser llevado por uno de ellos en su propio coche. El viaje, para él, fue incómodo. Aunque estuviera en los asientos traseros, con gran espacio para acomodarse, no era capaz de mover ni un solo músculo viendo a Eiji y su tío delante. Ellos tampoco hablaban, pero estarían acostumbrados a tener silencios. No tardaron demasiado en estacionarse delante de la puerta de aquella escuela, y como Daiki imaginó, había una niña esperando sentada en el suelo.
-No te bajes, yo voy a por ella. -Sanemi abrió la puerta del coche y se acuclilló frente a Yoko, quien lo miraba extrañada y curiosa. -Hola. -el hombre tenía una profunda debilidad por los perros y las niñas, su lado amable y dulce se mostraba sin problemas. -¿Eres Yoko?
-Sí. ¿Quién es usted, señor?
-Soy el profesor de tu hermano. Él está en el auto. -miró hacia atrás, al coche, y señalo la ventanilla por la que, a través del cristal, se veía a Daiki. Yoko pudo observarlo claramente. -Ha tenido un pequeño percance en la escuela, así que hoy os llevaré yo a casa.
-¡Vale! -la niña se dio por satisfecha. No era bueno que confiara tan rápido, en caso de ser un secuestrador habría sido demasiado fácil. Lo que la convenció fue ver a su hermano dentro del auto, y él no parecía estar asustado. Suficiente motivo para ella.
Sanemi la llevó de la mano hasta la puerta de los asientos traseros y espero a que entrara. Mientras ella subía, la misma niña notó los golpes en la cara de su hermano. Se preocupó, como era de esperarse. Antes de que la pequeña pudiera preguntar nada, Daiki la ayudó a acomodarse.
-¡Nii-chan está todo golpeado! -exclamó con una expresión cercana al horror, aferrada a la manga de él.
-Me tropecé en la escalera, no te preocupes. -la sonrisa fue dulce, así como las caricias sobre la cabeza de la niña.
-¡Tienes que ser cuidadoso! -la preocupación pasó a convertirse en un gracioso enojo infantil que hizo reír a Daiki. Yoko tenía la costumbre de presionar las mejillas y los labios, algo que a su hermano le encantaba. Era el principal motivo por el que, en ocasiones, él la molestaba sin maldad.
-Lo sé, fue sin querer. ¿Qué tal tu día?
Y con esa pregunta, el interior del auto no volvió a ser silencioso en todo el viaje restante. Yoko hablaba sin parar, cada palabra era como un disparo de metralleta, contando hasta el mínimo detalle sobre sus profesores, compañeros y nuevos amigos a los que nombró: Michi, un niño muy tímido y dulce; Ameya, una niña gritona y mandona; e Izumi, otra niña, muy educada y calmada. Sanemi y Eiji escucharon a la pequeña narrar todo lo que había hecho con ellos, sintiendo una ternura imposible de espantar. La alegría y emoción con las que Yoko se expresaba eran contagiosas, y más aún siendo conscientes de que Izumi, la hermana de Eiji, parecía haber disfrutado de su primer día según la pequeña Kamado.
-Vaya casualidad. ¿Sabes? Yo soy el papá de Izumi.
-¡¿Ah?! -Yoko saltó en el sitio por la sorpresa, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillosos. -¡¿De verdad?!
-Sí, ella y tú ya habíais estado juntas antes, pero erais muy bebés como para acordaros ahora.
-¡¿Cómo?!
-Éramos casi vecinos en el pueblo donde vivíamos antes.
-¡Ooohh, entiendo eso! ¡Papi siempre dice que nos encontramos con conocidos cuando menos lo esperamos!
-No le falta razón, la vida es caprichosa.
No habían tardado más de diez minutos en llegar a su destino. Sanemi detuvo el auto sin aparcarlo, ya que solo se mantendría allí hasta que los jóvenes bajaran. Yoko fue la primera en saltar fuera y correr hacia la puerta. Daiki tardó un poco más por el dolor en su cuerpo, pero no le impidió moverse. Se dio la vuelta y observó al adulto desde la puerta trasera que aún mantenía abierta.
-Muchas gracias por todo, sensei...
-Es lo menos que puedo hacer. Me encargaré de que esto no sea ignorado y el causante tenga su sanción. -vio al muchacho asentir y cerrar la puerta. Cuando lo hizo, antes de que avanzara demasiado, volvió a hablar. -Eiji se quedará contigo hasta que regresen tus padres, no deberías estar solo en tu condición.
Daiki se dio la vuelta de golpe con los ojos como platos, al igual que el otro chico. Cierto... Sanemi no tenía ni idea de lo que había ocurrido entre ambos, del problema que tuvieron en el descanso. Veía cómo su sobrino lo miraba con una expresión un tanto compleja, pero que no era capaz de decirle nada. Era como si el muchacho tratara de callar lo que tenía en mente.
-Sí...-Eiji terminó suspirando y saliendo del auto para cumplir con su cometido.
-Kamado, si no estás cómodo con él me quedaré yo, no tengo ningún problema.
-N-no... No es necesario... -el pobre chico no sabía qué opción era peor.
-Está bien. -quitó el freno de mano cuando su sobrino cerró la puerta. -Llámame cuando sus padres estén en casa, vendré a por ti. -imaginaba que regresarían tarde, y por mucho que Eiji fuera intimidante y grande, seguía siendo un muchacho. No iba a dejarle realizar solo un camino tan largo sin luz solar.
El sonido rugiente del coche comenzaba a perderse en la lejanía junto con su imagen. Eiji no se dio la vuelta hasta que desapareció. Pudo ver entonces a Daiki abrir la puerta de la casa y dejar que Yoko entrara primero como una bala. Mas el chico no ingresó. En su lugar, giró la cabeza hacia él, cosa que hizo sentir al más mayor un intenso nerviosismo y una sensación demasiado pesada en la garganta al notarse
muy diminuto. Era la primera vez que experimentaba algo así, normalmente no solía temer la reacción de nadie con respecto a su comportamiento, nadie le importaba tanto como para necesitar caminar con pies de plomo. Incluso con sus amigos actuales no poseía aquella incertidumbre se si los iba a ofender o no.
-Entra... -después de decir aquello en un deprimente tono, entró, se quitó el calzado y se puso el de estar dentro de casa, esperando así a que el más mayor obedeciera.
Y obviamente, este lo hizo a pesar de la tensión ambiental y la incomodidad, también tomando la responsabilidad de cerrar la puerta antes de sacarse los zapatos. Daiki sacó unas suaves pantuflas blancas para Eiji, de la talla más grande que tenían. Todo lo hizo en silencio.
-Gracias... -no sabía si iba a poder soportar un ambiente tan cargado, tan asfixiante. No se quejó de que el chico le hablara poco y menos, o que ni siquiera le hubiera respondido. Miró con atención su andar cuando comenzó a avanzar al interior. Era sutil, pero se movía diferente, evidenciando que estaba dolorido. Presionó los labios, agobiado. Verlo así era... desalentador, doloroso para su pecho. Era mucho peor que recibir su ira, como si su sufrimiento estuviera conectado a él.
No quería estar todo el día en aquella situación, Daiki no estaba bien de ninguna manera, ni física ni emocionalmente. Su tío le dejó a su cargo para cuidar de él por precaución, e ignorar los problemas no entraba en ese plan. Respiró profundamente para hacerse a la idea y sacar valor. Lo siguió, entrando a una enorme sala a la izquierda del recibidor que tenía una puerta corredera en medio, para separar en dos la propia estancia. Cada mitad contaba con sus propios muebles, y la segunda parecía ser más un comedor, donde la pequeña Yoko se había sentado en el kotatsu y encendido la TV en el canal de dibujos animados. Continuó tras sus pasos, girando a la derecha, donde veía una amplia cocina gracias a las puertas abiertas de madera, también corredizas. Lo había olvidado... era la hora de comer. ¿Planeaba ponerse a cocinar en su estado? No, no podía dejarle hacer eso.
-Siéntate. -sin girarse, Daiki casi se lo ordenó, agachándose para abrir el armario y sacar una cacerola. Emitió un quejido bajo por el movimiento que acababa de provocarle varios pinchazos en las piernas.
-Daiki... -tuvo que hacer uso de su valentía para poder ignorar su orden, sabiendo el mal genio que el chico tenía. Se acercó a él, y desde atrás, lo sujeto por debajo de los brazos y lo ayudó a levantarse, sin haber cogido la cacerola, todavía guardada. -Mi tío me ha dejado aquí por tu bien... No me importa si me insultas o me miras mal, es mi deber ayudarte hasta que regresen tus padres... -miraba su cabello y parte de su espalda. No esperaba una respuesta, pero tampoco sabía cómo iba a evolucionar el momento.
-Yoko tiene que comer...
-Los dos tenéis que comer. Por favor, deja que yo lo haga.
Siendo sinceros, Daiki no tenía fuerzas para discutir o llevarle la contraria. No después de lo ocurrido. Se sentía la peor persona del planeta por tratar de aquella manera a alguien a quien aún quería. ¿Quién en su sano juicio le haría eso a un ser querido? Ah, sí... Él. Sufrió tanto y tan de repente cuando escuchó que Eiji ya tenía otro mejor amigo que perdió la cabeza, algo aterrador se apoderó de su ser y no supo contenerlo. Con un débil suspiro se dio la vuelta, mirando al suelo. Rodeó al otro y caminó con pesadez hacia el comedor, aceptando la derrota con respecto al tema de permitir al más grande encargarse de todo. Mientras Eiji comenzaba su tarea en la cocina, él se dirigió hacia el teléfono. Marcó un número y esperó.
-Hospital sudeste de Tokio, ¿qué se le ofrece?
-¿Puede ponerme con el doctor Nura?
-Ahora mismo. Espere un momento, por favor.
Eiji escuchaba perfectamente, el teléfono parecía estar en la sala. Se lo imaginaba debido a la distancia y volumen del sonido. No iba a mentir, descubrir que Daiki estaba llamando al hospital le asustaba demasiado. ¿Tan mal se sentía? ¿Y si estaba tenía lesiones internas graves que no habían notado? No podía concentrarse en la comida de esa manera, por lo que hizo una pausa y se quedó quieto, sin respirar para oír lo que el chico podía llegar a decir.
-¿Sí?
-Hola, doctor Nura.
-Daiki-kun, no me esperaba tu llamada. ¿Qué ocurre?
-Solo... Solo quería hacerle una consulta rápida porque tengo un poco de miedo...
-¿Te has sentido mal estos días?
-No... No está relacionado con el lupus, o eso espero. Verá... He tenido un percance y recibí algunos golpes en el cuerpo...
-Sabes que debes tener cuidado con eso... ¿Sientes dolor agudo en alguna parte del abdomen?
-No.
-¿Puedes moverte o notas que hay movimientos que no puedes hacer?
-Me muevo bien.
-¿Te duele al hacerlo o también en reposo?
-Al hacerlo. El hombro me molesta un poco más y no puedo levantarlo mucho porque se me estiró fuerte...
-Está bien. Si solo es cuando te mueves no es nada de lo que debas preocuparte. El dolor tras los golpes es normal, y tratándose del hombro debe ser un tirón muscular. Voy a recetarte una pomada para el hombro, ¿vale? Y unos antiinflamatorios para el dolor y la inflamación de la lesión. Deberías poder tenerlas esta tarde.
-Gracias...
-No es nada, pero ten cuidado la próxima vez.
-Sí. -siempre se le había dado un poco mal empezar o terminar conversaciones, por lo que colgó directamente. De todas formas, su doctor lo conocía bien. Miró al techo y respiró en profundidad, mucho más calmado. El miedo se disipó cuando su propio médico se mostró tranquilo al respecto y no le recomendó nada más que una crema y unas pastillas. Solo debía soportar un poco los dolores con ayuda de estas hasta que desaparecieran. Caminó hacia el largo sillón y se echó con cuidado, boca arriba. En apenas un minuto se quedó dormido. Estaba agotado, todo mañana había sido agobiante y estresante, y esperaba no tener que volver a pasar por algo así. Tal vez... era mejor empezar a buscarse un grupo al que pertenecer. Acababa de experimentar lo que Himejima vivía, pero jamás creyó que fuese tan horroroso. Ahora que era su amigo no iba a permitir que continuara así, lo llevaría con él a cualquier grupo que les aceptara. Tenía la puerta abierta del grupo de Rini y sus amigas, y aunque no era nada malo, era raro que dos chicos estuvieran ahí... Sin embargo, con lo amable y amistoso que era Himejima imaginaba que no habría problemas. Su pequeña siesta no estaba siendo de mucha ayuda, pues en ella estaba reviviendo la discusión que había tenido con Eiji, añadiendo cosas que no habían ocurrido, pero no porque fueran inventadas. Aquello estaba recreándose de la manera en la que debió haber sido, sin escudos que taparan la verdad de sus sentimientos. En toda la discusión a gritos lloraba sin control. Era una pelea sin fin en la que era incapaz de entenderse a sí mismo. No fueron más de diez minutos, pero sufrió lo suficiente. Su consciencia regresaba poco a poco, borrando el escenario y todo lo que se encontraba en él. Oía la voz de Eiji otra vez, pero distinta: era la real, lo supo porque sonaba tranquila, llamándole con paciencia. Abrió los ojos a su debido tiempo, logró vislumbrar al chico y sentir su tacto suave sobre el brazo. Fue él quien lo despertó, y daba gracias a ello por la pesadilla en la que estuvo metido.
-Daiki... Tu plato está listo. -pronunciaba en voz baja, tratando de no alterar al más pequeño.
Daiki no decía nada, solo se dejaba manipular y ayudar sin ganas de más dramas innecesarios. Permitió que Eiji se acercara tanto como necesitaba para levantarlo y acompañarlo hasta el kotatsu. Si bien, realmente podía moverse bien por sí mismo, era mejor así. Le dolía un poco menos cuando recibía apoyo. Para su suerte, la comida no fue tan deprimente como él, Yoko hablaba sin parar sobre mil y un temas imposibles de recordar, se emocionaba con los dibujos animados y reía con ellos. Para Daiki, ella era el más importante pilar que sostenía su vida. Verla feliz le hacía sentirse bien. Incluso para Eiji fue difícil resistirse a sonreír o reír con la boca llena por algunas ocurrencias de la pequeña.
El más grande se encargó de todo: de recoger la mesa, de lavar los platos, le limpiar un poco la cocina tras haber cocinado. Y justo a punto de terminar, siempre con las puertas abiertas entre la cocina y el comedor, escuchaba a la perfección lo que se hablaba.
-Nii-chan, tengo sueño. -Yoko bostezó y se frotó los ojos.
-¿Te pasaste la noche buscando de nuevo al monstruo?
-¡No, no es eso! -Yoko creía que bajo su cama vivía un monstruo. ¿Por qué? Porque oía la madera del suelo crujir, sin saber que aquellos sonidos eran debido al frío o al calor cuando dicho material se encogía o expandía. Y en lugar de asustarse, trataba de capturar al monstruo. -Es que estaba nerviosa por el primer día de escuela.
-Vamos a la cama entonces. Pero solo un par de horas, si no esta noche no tendrás sueño. -tomó su mano y empezó a caminar con ella a través de ambas salas.
-Vaaale. ¿Nii-chan me cantará mi canción favorita?
-Claro.
Eiji observaba desde la puerta de la cocina cómo ambos hermanos se alejaban y salían al pasillo recibidor. Desde allí podía ver la escalera pegada a la pared y prestar atención a la manera en la que subían los peldaños, sin prisas. Él había terminado en la cocina, pero... ¿Debía ir tras ellos sin permiso al piso de arriba? En circunstancias normales, no. Pero... estaba ahí para cuidar de Daiki y tenerlo bajo control. Podía decirse que era una excepción, por lo que decidió recorrer el mismo camino que ellos hasta llegar al pie de la escalera. Miró hacia arriba, dudoso y no muy convencido de su decisión. Respiró en profundidad, tomó valor y subió. Se había dado cuenta de algunos cuadros de la casa que portaban fotos de la familia, en la pared de la escalera había dos de ellos con Daiki y Yoko siendo muy pequeños. Eran adorables, le traían recuerdos gratos de aquel pasado perfecto... Ojalá nunca se hubiera acabado aquello. Cuando llegó arriba el pasillo continuaba hacia la izquierda. Delante de él, en la pared derecha de este, se encontraba una puerta cerrada que no planeaba abrir. Y más adelante otra, también cerrada. Y a la izquierda tras la esquina tres puertas más, la primera más pequeña y distinta, y las otras dos similares al resto. Al final del mismo pasillo había un balcón con un par de plantas fuera. Escuchaba las voces de ellos provenir del último y el único cuarto abierto. Avanzó entonces hasta posarse en el marco, sin dejarse ver demasiado, pero lo suficientemente asomado como para poder observar. La habitación era amplia, colorida, con tonos alegres dignos de la niña que la ocupaba. Aunque en cantidad, predominaba el color rosa. Era un espacio muy lindo y con un suave aroma dulce, imaginaba que por algún ambientador.
-La comida de tu amigo nuevo estaba rica. -pronunció Yoko, metida en la cama bajo una delgada sábana blanca con corazones rosas.
-Sí... -todavía se le notaba la dificultad para mencionar al chico, y no era de extrañar.
-¿Por qué es tan grande?
-No lo sé, creció y ya.
-¡Es tan grande como papi!
-Lo sé. -no hacía más que responder lo más corto y rápido posible, sin ganas de tenerlo en boca. -Calla ya, si no, no podré cantarte. -y como si hubieran sido las palabras de un poderoso hechizo, la pequeña se quedó en silencio total. Daiki comenzó a tararear una hermosa melodía lenta y hermosa, clavando los tonos y cambiando de uno a otro con suavidad. Su voz no era grave, y tampoco demasiado aguda. Estaba a la altura perfecta para ser un reto de quien solo pudiera oírle.
Eiji jamás se había imaginado que el chico con el que compartió casi toda toda su vida entera tuviera una voz así. Nunca lo había escuchado tararear nada o cantar de manera seria, sin hacer el tonto en el proceso. Sus oídos se deleitaban y él se embobaba tanto con la melodía como con la imagen de él, sentado al borde de la cama, con sus ojos cerrados y balanceando la cabeza al ritmo lento, con una débil sonrisa que delataba su disfrute. Eiji no podía, ni quería, dejar de escucharlo. Sentía en su cuerpo un leve calor que se amontonaba en su pecho y cabeza. Su vientre le incomodaba, como si en el interior de su estómago tuviera pajarillos o mariposas que, al aletear, rozaban con las alas sus entrañas, provocando un cosquilleo extraño. Quería llorar, y era consciente de que era provocado por lo que estaba oyendo. Siempre había creído que la música era poderosa y podía llegar a tocar el corazón de las personas. El suyo estaba siendo besado. Entendía muy bien por qué era la canción favorita de Yoko. De repente, todo se sumió en el silencio, y no supo por qué hasta que notó a la niña dormida. Cierto... El motivo por el que Daiki cantó fue únicamente ese... Le entristecía no continuar escuchándole, pero debía ser así. Cuando el chico se levantó y se quedó parado, mirándolo, el corazón que antes lloraba por la belleza de su voz ahora estaba asustado. Verle caminar hacia él, hacia la puerta, fue lo que terminó de provocarle una taquicardia. Daiki pasó de largo y salió, y Eiji no sabía si entristecerse o aliviarse.
-Ven.
Fue suficiente para que, de nuevo, el más mayor sintiera que se encontraba en un campo de entrenamiento militar, obedeciendo las órdenes del comandante más aterrador de la plantilla. No objetó nada, no se quejó, solo siguió la orden y fue tras los pasos del muchacho hasta la puerta de al lado que este abría para entrar. Esperó en ella hasta que el más grande ingresara para poder cerrarla. Si fuera otra persona, Eiji pensaría que estaba a punto de ser torturado, asesinado, cortado en trozos, metido en una bolsa de basura y arrojado al río más cercano. Pero Daiki no haría eso... ¿verdad?...
Tan firme como un poste de luz, siguió con la mirada los movimientos del más pequeño, quien se sentó en su cama de sábanas azules. El más grande se tomó la libertad de inspeccionar con sus ojos. Era una habitación igual de amplia que la de Yoko, con tonos blancos y azules. Lo que más le llamó la atención fue una foto sobre la cómoda. Una foto en la que aparecían los dos con, probablemente, 6 o 7 años, muy pequeños. Era cierto, Daiki no le había olvidado, y al parecer, hasta aquella misma mañana, le tenía en muy alta estima.
-Recuerdo ese día... -comentó al aire, siendo escuchado aunque no lo pareciera. -Fuimos de picnic al lago del pueblo... Me acuerdo de que después de tomar esa foto cogiste todo el pan y lo tiraste al agua diciendo que era comida para los peces... -no le quitaba la vista de encima a la imagen, escuchando un sonido muy similar a una risa nasal que trataba de ser ocultada. Aquello le hizo sonreír. -También recuerdo que tiraste mis zapatos al agua porque asegurabas que olían mal y había que lavarlos. -de nuevo, aquella risa intentando ser escondida. Le estaba haciendo reír y eso era maravilloso, le acariciaba el alma oírlo. Fue entonces que se atrevió a darse la vuelta y ver aquella diminuta sonrisa a pesar de que tenía la cabeza agachada. Se acercó y se sentó a su lado. -Mis zapatos no olían mal... sigo sosteniendo mi opinión.
-No olían mal... Olían muy mal. -remarcó la diferencia, dejándose llevar lentamente por la amena conversación que Eiji intentaba entablar.
-Vamos... Sabes que no es cierto.
-No era yo quien tenía los zapatos llenos de mierda.
-No era mi culpa tener la mala suerte de pisar los regalos de los perros.
-No mirar dónde pones los pies no se considera mala suerte.
-No habrá manera de que pienses lo contrario... ¿verdad?
-Nunca lo conseguiste.
-Sí lo hice. ¿Recuerdas cuando te hice cambiar de opinión sobre los huevos? Decías que eran asquerosos y hasta que no fingí que eran mi comida favorita no aceptaste que estaban buenos.
-Eso no cuenta.
-¿Y cuando te presté mi auto de juguete y creíste que era tuyo hasta que demostré que tenía mi nombre?
-Se están rifando golpes y te estás ganando todas las papeletas.
Fue suficiente, tampoco deseaba tentar a la suerte y llevarse un puñetazo, mucho menos hacerle enojar.
-Lo siento... -pronunció el más pequeño con una repentina tristeza.
-¿Eh? -bien, eso lo pilló con la guardia baja. No esperaba que después de ese corto intercambio de recuerdos Daiki le pidiera disculpas con un tono tan... devastado.
-Por lo que te dije... Me he portado como un imbécil...
-Daiki... -a Eiji se le partía el alma verlo tan indefenso, y encima, su apariencia magullada no era de ayuda. No le importaba que el chico tuviera la mirada sobre sus delgadas rodillas, no necesitaba que le mirara. -Estabas enfadado, es normal que hablaras de esa forma.
-Aun así... Me pasé siendo cruel...
-Escucha... -con el miedo perdido por el camino se atrevió a tomarle de las manos, llamando de esa manera su atención, siendo objetivo ahora de aquellas esmeraldas que, de alguna manera que no lograba comprender, eran demasiado llamativas a su parecer. -Es como te dije esta mañana... Me sorprende mucho que hayas estado guardando mi lugar tanto tiempo, pero puedo entenderlo. Lo único que me impactó fue que fueras tan... explosivo. -suspiró. -Es verdad que tengo un mejor amigo, pero estás equivocado. Tu lugar es solo tuyo y de nadie más. Es un sitio único en el que solo encajas tú, da igual si hay otro mejor amigo o no. Tú tienes tu propia huella y eso no se puede cambiar. Y... De verdad que no sabes las ganas que tenía de volver a verte... -presionó un poco más sus manos. -He estado mucho tiempo deseándolo y rogando a mi padre que me trajera de vuelta para visitarte en vacaciones, pero no había manera. Todos los años contrataba a un profesor particular o me apuntaba a clases para seguir estudiando... Si hubiera estado en mi mano habría ido a verte muchas veces... No te echo la culpa por creer que te había olvidado, ni por reaccionar a ello. Además... Con eso he podido notar que has cambiado bastante... No me molesta, el tiempo pasa para todos. Reconozco algunos detalles que se han quedado en ti, pero... no puedo ver del todo al Daiki que conocía... E imagino que tú tampoco puedes ver con claridad al Eiji que esperabas... Al fin y al cabo, ellos dos fueron niños pequeños que se quedaron atrás para poder transformarse y crecer. Lo gracioso es que aun así todavía siento esa conexión que tenían esos niños...
-Siento lo mismo... -era cierto, aquel chico era diferente al Eiji que imaginó, quitando algunos detalles. Era más... maduro y responsable, menos llorón, tal vez más difícil de manipular, cosa que antes era lo contrario.
-Para mí es suficiente con poder recordar y haberte visto de nuevo... -una vista de la que nunca iba a cansarse, pensaba. Una vista que jamás hubiera imaginado que tendría. Había pasado de ser un niño lindo a un chico... diferente del resto, con una feminidad marcada en su apariencia, y no le disgustaba el radical cambio. Creía que eso le hacía más especial, más único. No podía negar que, a sus azules ojos jóvenes, era una belleza a la que era difícil resistirse, con aquellos orbes esmeralda tan luminosos y sombreados por sus abundantes pestañas, su cabello largo de corte original de dos colores, su piel igual de limpia a pesar de las magulladuras, sus labios rosados que mantenían su atractivo incluso con la herida en ellos. Y su cuerpo... Ese cuerpo que pudo ver completo vestido con el uniforme, esbelto y curvilíneo, una maravilla de modelo para los artistas dibujantes y escultores, y un pecado para los demás, aunque las anchura de la ropa lo disimulara más. -¿Te acuerdas... cuando me besabas las mejillas tan fuerte que dolía?
-Recuerdo que llorabas porque te emocionaba que lo hiciera pero yo estuve creyendo muchos días que era porque te hacía daño. Eras bien llorica.
Ocasionó una risa suave en el otro.
-¿Crees que... ahora que estamos en una nueva etapa... pueda devolverte eso?...
-Mientras no me aplastes la cara con la presión. -lo mencionaba porque Eiji era enorme, e imaginaba que su fuerza también.
Para el más mayor fue duro pedirlo, su vergüenza alcanzó límites que creyó imposibles, siendo duchado por un calor sofocante que le coloreaba el rostro. No tenía segundas intenciones tras su deseo, solo experimentar una vez más algo que su niño del pasado disfrutó, pero desde el otro lado. Cerró los ojos antes de moverse siquiera debido a los nervios. Daiki tampoco estaba muy atento a causa de sus propios pensamientos que todavía le rondaban la cabeza. Eiji se acercó a ciegas, e iba por buen camino. No fue su error, no se desvió de la trayectoria hacia aquella mejilla. Fue responsabilidad del otro chico, que ladeó la cabeza para mirarle, ocasionando que el beso destinado a la piel del pómulo se estrellara contra la comisura de sus labios. Eiji no terminaba de adivinar si había acertado o no a causa de que el contacto era muy ligero, pero sentía un tacto extraño, distinto al de una mejilla. Daiki pudo haberlo cortado, mas no lo hizo. Su impresión le mantuvo inmóvil por lo inesperado del momento. Y un segundo después, asimilando que fue su error, no fue capaz de negárselo. La culpa era suya y solo suya, Eiji no tenía que pagar de nuevo por sus fallos. Su cabeza aturdida y en llamas le decía que no se quedara quieto, que ya que había provocado ese desvío, al menos lo hiciera bien para no faltarle al respeto a las puras intenciones del otro muchacho. Cerró los párpados y torció un poco sus propios labios contra el contacto a pesar del escozor en su herida. Fue en ese momento cuando el más alto se dio cuenta del lugar donde estaba ocurriendo aquella muestra de afecto, mas ya era muy tarde para detenerlo sin parecer un idiota. Con el calor corporal a otro nivel se mantuvo un par de segundos más que, sin importar los nervios, sin duda disfrutó de una manera totalmente nueva para él, casi adictiva. Y eso que no era del todo directo, sino en la comisura. De alguna manera que ninguno podía entender, la necesidad que acababa de crearse no pudo ser suprimida, como si faltara algo más.
Terminarlo apenas los separó un centímetro, existía una atadura que les impedía tomar distancia, como si estuvieran apresados el uno al otro por una soga al cuello. Sus manos no se soltaron desde el inicio de su charla, así como tampoco abrieron los ojos, adormecidos por sensaciones extrañas que les recorrían de vientre a cabeza. No fue premeditado, ni planeado, y podía dudarse de que estuvieran realmente conscientes, pero el contacto se reanudó una segunda vez con una repentina desesperación o necesidad. Fue directo, buscaron desde ese segundo inicio los labios del otro, encontrándolos sin esfuerzo. Tal vez era por esa confianza que habían tenido desde que eran bebés, quizás esa confidencialidad que les daba la capacidad para hacer de todo sin poner en duda la resistencia de su amistad. A lo mejor podía ser por eso que eran capaces de acercarse sin tambalearse, de haber tenido tanta facilidad para besarse a pesar de no ser en una mejilla. De todas formas, no podían poner a funcionar sus cerebros ahora, por lo que tampoco era seguro al cien por cien. Fue un segundo rápido de contacto simple. Algo superficial que, por probable instinto humano y nada más allá, evolucionó en profundidad, permitiéndose visitarse mutuamente con torpes movimientos de sus bocas y lenguas perdidas que se tomaron sus segundos para acompasarse y abandonar tanta torpeza para continuar con un ritmo lento, constante, pero ansioso.
Un total desastre vergonzoso que no terminó hasta que transcurrió minuto y medio de caricias húmedas entre ambos músculos bucales. Hambrientos era decir poco. La oxitocina adolescente fue la principal culpable de sus acciones, se disparó y eso era algo a lo que ningún ser humano se podía resistir. No fue hasta su separación y la apertura de sus ojos que la consciencia no regresó a sus mentes drogadas, y con ella, la horrorosa humillación propia, el color rojo y las expresiones de pánico. Desesperado y avergonzado como nunca antes por lo que acababa de pasar, Eiji se tiró al suelo para arrodillarse frente a Daiki y plantó la frente en el mismo piso de madera.
-¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡No quise hacer eso! ¡Lo juro! -parecía estar a punto de darle un ataque ataque corazón.
Daiki lo miraba desde arriba, sentado, impactado y sin poder asimilar la situación del todo. Tardó un par de segundos en espabilarse y darse cuenta de que, otra vez, Eiji se disculpaba por algo que era culpa suya, no de él.
-N-no... Yo me moví y lo provoqué... -su voz sonaba a trozos, temblorosa. -Tú avisaste... fue mi error moverme...
Escuchar sus palabras sinceras eliminó una pequeña parte de la ansiedad del más mayor, pudiendo así arrodillarse como una persona normal. No iba a levantarse, todavía se echaba parte de culpa. Miraba con vergüenza intensa al muchacho, sin saber que compartían esa misma emoción.
-Hagamos como... como que salió como dijimos... En la mejilla...
-Vale...
Cielo santo. Eiji ya no sabía qué opinar sobre Daiki. En un principio creía que sería algo más o menos parecido a su antigua amistad, pero... Desde que lo vio de cerca hubo cierta sensación que no supo identificar. Una sensación que fue en aumento cuanto más lo miraba, y que con lo recién ocurrido, creció muchísimo más, tanto que creía empezar a comprender qué demonios era. Era posible que le gustara, que fuera un flechazo... Sacudió la cabeza mentalmente, no era momento para meterse en dudas, tenía que atender cosas más importantes que eso.
-B-bueno... Sabemos que ninguno es como era antes... Así que... ¿te parece si termimanos de conocernos mejor?... -ligeramente más tranquilo, Eiji propuso comenzar desde una segunda oportunidad.
-Me parece bien... -Daiki carraspeó un poco, ladeando la mirada un segundo para calmarse.
-Pues... Soy Shinazugawa Eiji, voy a hacer 18 años, me gusta la música y trabajo en un pub con mi grupo de rock, canto y toco la guitarra.
Wow, Daiki realmente no se esperaba eso, y le gustaba.
-Humm... Soy Kamado Daiki, tengo 14 años y... me gusta... -se quedó trabado. -Me gustan los juegos y... le pego a la gente que me cabrea.
Bien, un comienzo era un comienzo.