— Mamá, ya te he dicho que estoy bien. No estoy herido.
— No voy a creerlo hasta que no lo vea con mis propios ojos.
— Pero si...
Lucerys contuvo el resoplido que pugnaba por escapar de su garganta cuando su madre Rhaenyra se aproximó a su posición por quinta o sexta vez en, tal vez...unos diez minutos; rodó los ojos cuando la mujer se agachó hasta su altura mientras revisaba sus manos y palpaba sus brazos antes de que sus miradas se encontraran. Había alcanzado a cambiarse la ropa completamente empapada apenas había logrado llegar a Rocadragón y esa había sido quizás la primera inspección en busca de alguna herida no visible a simple vista — en la que Daemon había participado de lejos y Rhaenyra, desde muy cerca — mientras reemplazaba lo mojado por lo seco, su piel expuesta al escrutinio ajeno.
Pese a que la gran sala de aquel castillo se encontraba vastamente iluminada y el fuego encendido del hogar llameaba con intensidad, lo único que calmaba el frío que calaba los huesos de Lucerys era el calor de las manos de su madre sobre las suyas, sobre su rostro. Pese a las altas horas de la noche, el silencio solo interrumpido por el crepitar agradable del fuego y la soledad que los envolvía a los tres, Lucerys se sentía de alguna manera contenido por la seguridad de su madre y de su padrastro.
Aún cuando en sus manos persistía un débil temblor fino que intentaba ocultar pero que se resistía a abandonarlo.
— Lo siento, mamá.
Rhaenyra levantó la mirada de su torso aún con sus manos palpando su cuerpo en busca de una herida que lo hiciera saltar; ya había visto por cuenta propia que no tenía el más mínimo rasguño pero aún así, al igual que él, la mujer parecía no poder quitarse el susto de encima.
— ¿Por qué te disculpas, mi dulce niño?
Sus manos cálidas acunaron su rostro y sus ojos volvieron a encontrarse. Pese a mantener una expresión apacible y apenas una sonrisa levantando la comisura de sus labios, Lucerys conocía demasiado bien a su madre como para detectar la cantidad de emociones que surcaban sus ojos claros, su ceño levemente fruncido. Nuevamente, sintió el aroma dulzón de la mujer fluyendo hasta su nariz y al inhalarlo, logró calmarse un poco más antes de que la crisis lo hiciera sucumbir. Otra vez.
— Te he fallado. No he conseguido el apoyo de los Baratheon.
Su madre chasqueó la lengua y su sonrisa se expandió un poco más, el brillo del alivio llegando a sus ojos mientras negaba con la cabeza. Peinándolo con los dedos, depositó uno, dos besos en su frente aún fría.
— No importa, Luke. Eso no importa ahora. Lo importante es...
— ¡Claro que importa!.— Producto de los nervios, Lucerys levantó la voz y su grito resonó en la sala. Con cierto resquemor, echó un vistazo hacia donde se encontraba su padrastro, de pie contemplando el fuego y dándoles la espalda.— Si no importara, no me habrías enviado allí. Te fallé.
—Lo importante es.— prosiguió su madre alzando las cejas y dándole una mirada significativa por la interrupción.— que has vuelto sano y salvo. Es todo lo que una madre podría pedir.
— Pero...
— Pero nada.
Aquellas manos amorosas acariciaron de nuevo su cabeza y su rostro mientras Lucerys intentaba organizar sus ideas, la mezcla de frustración y miedo aún nublándole el juicio. Había logrado salir de la fortaleza y Arrax, fiel a su costumbre ansiosa, lo había estado aguardando fuera en un reflejo claro de la intranquilidad que su jinete había experimentado dentro del lugar y que no había hecho otra cosa que incrementarse con cada paso que daba. Montar a Arrax había sido un desafío porque la lluvia casi no le permitía ver bien cómo se estaba acomodando pero, por suerte para él, el dragón sí parecía distinguir algo en semejante aguacero cuando emprendió el vuelo, pesado y dificultoso.
El problema real había aparecido en cuanto Arrax se elevó apenas unos metros del suelo y Lucerys alcanzó a distinguir algo del panorama que lo rodeaba gracias a los relámpagos cada vez más frecuentes y luminosos.
Vhagar no estaba. No podía distinguir su silueta enmarcada en ningún sitio y, sabiendo el tamaño monstruoso que tenía aquella cosa, sólo había una posibilidad que no le tranquilizaba en absoluto: que hubiese emprendido el vuelo antes que Arrax.
¡Qué terror había experimentado en cuanto había divisado en medio de la ventisca y la lluvia la silueta enorme y siniestra de aquella bestia sobrevolando el cielo sobre él! Si la persecución de Aemond dentro del castillo en penumbras le había parecido espantosa, aquello no tenía comparación, sobre todo porque el Alfa había comenzado un juego perverso del gato y el ratón ayudado por las nubes y el desconocimiento que Lucerys tenía de la zona. Lo había seguido tan de cerca que en más de una ocasión, Lucerys había terminado cerrando los ojos ante la inminente posibilidad de una muerte horrorosa bajo las fauces de Vhagar, más un movimiento esquivo del hocico de aquel dragón gigante y la fuerza de voluntad inagotable de Arrax por huir los habían terminado salvando en varios momentos.
De nuevo, Aemond parecía haber estado divirtiéndose con él mientras Lucerys se sentía espantado e impotente frente a la situación. Esa vez sí que se había pasado con sus jueguitos estúpidos que rozaban la letalidad.
Sin embargo y a último momento cuando pensó que Vhagar iba a colisionar contra Arrax en las alturas por encima de la gran tormenta, éste se había desviado y Lucerys apenas había sufrido un empujón de la cola del dragón que había impactado en Arrax, desestabilizándolo.
"Recuerda muy bien lo que te he dicho, Luke. Más vale que lo tengas bien presente."
Aemond le había gritado en alto valyrio con furia contenida y antes de que Lucerys lograra dominar los movimientos erráticos de Arrax en el aire, aquella bestia gigante y su jinete habían vuelto a perderse hacia abajo, en el nubarrón oscuro y cargado de agua y rayos. Había permanecido un rato largo sobrevolando las nubes más claras hasta que, finalmente, se había convencido de que Aemond había finalizado su hostigamiento por aquel día.
Y Lucerys había sobrevivido, entero y con una confusión de los mil demonios en la cabeza mientras Arrax planeaba hacia Rocadragón con mayor tranquilidad, agotado por el estrés que acababa de pasar.
¿Qué...rayos...había pasado en Bastión de Tormentas?
Era la pregunta que intentaba responder aún en la gran sala de Rocadragón. Sin embargo, había otra aún peor que sí tenía una respuesta más decente y formada que la anterior, pero Lucerys se negaba a aceptarla.
¿Qué rayos le pasaba a él con lo que había sucedido?
Las únicas conclusiones claras que había podido sacar de todo aquello eran que Aemond se trataba de una persona sumamente peligrosa, posesiva y celosa...y que él se sentía atraído por ese monstruo. ¿Era sólo una faceta hormonal que los estaba alterando a ambos, o había algo más? Si bien Aemond era mayor que Lucerys, no podía dejar de recordar que no se llevaban demasiados años entre ellos, tal vez un par, quizás tres o cuatro, no lo recordaba bien. ¿Aemond estaría tan desorientado y furioso con su propia reacción como Lucerys lo estaba de la suya propia?
¡Eran enemigos, maldito fuera! ¡Y casi acababa de matarlo por un ataque de celos! ¡Dos veces! ¡No, tres! ¡Tres veces en menos de diez días! ¡Ese sujeto estaba completamente fuera de sí...!
— ¿Luke?
El aludido parpadeó y volvió a la realidad. Su madre estudiaba su rostro con preocupación; probablemente lo había estado llamando y Lucerys ni se había percatado de ello. De refilón, vio a Daemon con ambas manos apoyadas en el respaldo de uno de los asientos de roble, su mirada también fija en él.
— ¿Sí? Lo siento, me distraje.
— ¿Seguro estás bien, mi niño?
— No soy un niño.
La respuesta no fue brusca ni agresiva, más fue terminante. Lucerys se arrepintió instantáneamente por haber soltado aquello a su madre, la única persona que intentaba consolarlo pese a no conocer la historia completa; se había dejado llevar por los recuerdos y ante la mención de su juventud, había terminado estallando culpa de las idioteces de Aemond.
— Yo...lo siento, no quise...
—Claro que no eres un niño. Ya no.— Rhaenyra suspiró y tomó su rostro nuevamente, sus ojos encontrándose.— Pero para mí, siempre lo serás. No importa la edad que tengas.
— Claro.
Avergonzado, Lucerys agachó la cabeza sonriendo cuando Rhaenyra lo besó otra vez en la frente, la pena por su exabrupto combinada con la culpa y vergüenza de lo que le estaba ocultando. Simplemente se había limitado a contarles a Daemon y a ella que Aemond se le había adelantado y que luego había decidido perseguirlo en Vhagar, todo relatado por supuesto sin los detalles escabrosos que debía omitir obligatoriamente.
— Ahora, ve a descansar. A la cama.
A esa orden Lucerys no iba a decirle que no; por la tensión de los nervios, el esfuerzo por mantenerse montado a Arrax y el frío que había pasado allá afuera bajo la lluvia sentía los músculos del cuerpo entero agarrotados y exhaustos, al igual que su mente. Despidiéndose de su madre con otro beso y de Daemon con un movimiento de cabeza, se apresuró a su habitación casi arrastrando los pies, los párpados pesados.
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— Algo oculta.
Rhaenyra alzó el rostro hacia Daemon; se encontraba sentada en uno de los asientos de roble con respaldo alto, la espalda rígida y las manos presionadas en su regazo. El murmullo de la voz masculina no debería haber llegado hasta sus oídos por la distancia que los separaba, más los sentidos de Rhaenyra estaban en su punto máximo de alerta. Daemon se encontraba frente al fuego, una mano apoyada en la piedra mientras su mirada se perdía en algún detalle de los leños consumiéndose. Hacía bastante rato que ambos se encontraban allí, en soledad y silencio.
Aguardó unos segundos más para que Daemon continuara, pero no lo hizo. Tampoco volteó hacia ella, por lo que la idea de que el Alfa hubiese exteriorizado un pensamiento para sí mismo pasó por su mente. Finalmente y bajo la tensión que se negaba a abandonar su cuerpo y su mente, Rhaenyra soltó el aire e inhaló de nuevo, despacio.
— ¿Qué quieres decir?
Susurró, casi al mismo volumen que Daemon. Parecían temer que alguien más los oyera en medio de la noche cuando sabían que se encontraban absolutamente solos.
Daemon la imitó, resoplando. Se tomó su tiempo para responder.
— Hay algo que Lucerys no nos está contando.— Rhaenyra frunció el ceño, confundida.
— ¿Algo referente a Bastión de Tormentas? ¿O a Aemond?
El silencio se prolongó más de lo que la paciencia de Rhaenyra podía soportar; al cabo de un minuto, se incorporó de su asiento y caminó a paso tranquilo hacia el fuego, sus ojos también siendo atraídos por los colores vivos y cálidos del hogar. Finalmente, Daemon volteó el rostro hacia ella y su mirada fue inescrutable. No podía descifrar qué era lo que estaba pensando, pero Rhaenyra tuvo la ya familiar sensación de que su esposo la estudiaba en busca de algún indicio que ella ignoraba por completo.
— No lo sé. Tal vez no sea importante.
— Cometí un error. Un grave error al enviarlo allí, solo y...
— No teníamos forma de saber que se nos habían adelantado. Tampoco de que ese viejo orgulloso iba a traicionar el juramento que te hizo.— Daemon posó una mano sobre su hombro y presionó delicadamente, su expresión relajándose.
— Podría haber muerto. Aemond podría haberlo asesinado a mi hijo. A nuestro hijo.
— No lo hizo.— Daemon suspiró pesadamente y Rhaenyra vio un atisbo de fastidio en su expresión.-— Lucerys ya está aquí, sano y salvo. Fue una lección que no olvidará.
— Es sólo un niño.
Rhaenyra lo imitó y resoplando, se apartó de su lado y volvió a posar la mirada en el fuego. De alguna manera, podía entender por qué Daemon se pasaba horas enteras observando el crepitar de los leños consumiéndose. Le ayudaba a pensar, pero el nudo en su garganta no se deshacía.
Por su estupidez y su orgullo, casi había perdido un hijo.
— No, ya no lo es.— terció Daemon con voz cansina.— Deja de tratarlo como tal, Rhaenyra. Ya está harto.
Sus miradas se encontraron una vez más; Rhaenyra sabía que Daemon tenía razón, su mente lo sabía pero su corazón de madre no lo aceptaba, y creía que jamás iba a suceder. No importaba cuántos años cumpliesen sus retoños, siempre serían los hijos que alguna vez había tenido en su vientre.
— Creo que deberías descansar. Ha sido un día complicado y mañana tenemos que organizarnos otra vez. Sin el apoyo de ese idiota.
Rhaenyra intentó sonreír pero las comisuras de sus labios solo formaron una mueca extraña. Extendió una mano hacia Daemon y él la tomó y presionó con cariño, su palma cálida y conciliadora.
— ¿No vienes?
— En un rato. Tengo que hacer algo primero.
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Por mucho que intentara conciliar el sueño y pese a lo cansado que se encontraba, Lucerys no podía dormir. Había cambiado de posición varias veces - cientas - en su cama mullida y cálida impregnada de su propio aroma, cambiado la almohada e intentado todos los métodos tontos que Jacaerys le había enseñado para procurar caer en la inconsciencia que habían practicado muchas veces cuando eran niños, más nada había funcionado.
Luego de un par de horas, se había rendido y sus ojos permanecían ahora abiertos observando el techo oscuro de su recámara, amplia y en penumbras.
El susto ya se le había pasado; había rememorado una y otra vez la persecución en los cielos y mientras más lo pensaba, menos terrorífico le parecía. Tenía que agradecer realmente que el instinto de supervivencia de Arrax hubiese funcionado tan bien en semejante situación.
No como el suyo, que no hacía más que deteriorarse junto a su lado racional.
Restregó su rostro con fuerza, farfullando un insulto. Por mucho que intentaba enfocarse en otra cosa, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido dentro del castillo.
Mejor dicho, de lo bien que se había sentido en aquel encontronazo sin sentido alguno que había tenido con Aemond. Había lagunas en sus recuerdos producidos por la ansiedad y rapidez con la que se había desarrollado todo, pero las sensaciones seguían allí tan presentes que al recordar los labios del otro sobre los suyos y el aroma picante inundando su nariz, no pudo evitar sonrojarse en la seguridad de su cuarto.
¿Qué rayos se le había pasado por la cabeza al provocarlo y encima seguirle el juego? Aemond parecía haberlo perseguido en un principio para cobrar venganza pero después la cuestión se había transformado en una muy distinta. Más allá del enojo que le causaba toda la situación, estaba asustado, porque aquello no tendría que haberse repetido y no sólo había vuelto a pasar, sino que a una escala mayor y más comprometedora.
Y tampoco podía olvidarse de la clara amenaza que le había hecho en más de una ocasión.
Un golpe suave en la puerta de su recámara detuvo abruptamente sus pensamientos, alertándolo; dando un brinco, terminó sentándose en el revoltijo de sábanas en el que se había convertido su cama, su mirada atenta a la puerta.
¿Su madre había ido a comprobar por vigésima vez si se encontraba bien?
— Adelante.— carraspeó al oír su voz un tanto ronca, acomodando un poco el desastre de sus mantas.
La puerta se abrió lentamente y casi sin hacer ruido; la luz que se filtraba por el corredor le hizo saber, para su total sorpresa, que no se trataba de su madre quien había ido a visitarlo a esas horas de la noche.
Era Daemon, su silueta alta y su espalda ancha recortándose en el marco de la puerta abierta.
— ¿Te he despertado?.— preguntó con voz apacible. Si había algo que odiaba de Daemon y que le aterraba al mismo tiempo era que no solía cambiar el tono con el que se comunicaba, por lo que no podía saber si estaba preocupado, enojado o...— Me parece que no.
— N-No. De hecho, no puedo dormir.
El silencio se extendió entre ellos durante algunos segundos; luego, Daemon decidió finalmente ingresar al cuarto cerrando la puerta a sus espaldas con el mismo cuidado con el que la había abierto, sus pasos suaves acercándose hasta Lucerys en la penumbra. El chasquido de la lámpara de su mesita de noche y el fogonazo de luz lo encandiló un poco mientras Daemon encendía una luz en aquel lugar a oscuras.
Después, se sentó en la cama, casi a su lado. La luz mortecina y amarillenta iluminaban el perfil de su rostro. Daemon no lo miraba directamente, sino que parecía encontrar repentinamente interesantes los anillos de sus manos, posadas sobre su regazo.
— ¿Sucede algo?.— preguntó Lucerys, un poco nervioso por la conducta de Daemon.
— ¿Existe algo más que deba saber? Sobre lo que sucedió allí.
La pregunta hecha en un tono suave y tranquilo alertaron a Lucerys casi instantáneamente. Removiéndose de manera incómoda sobre el colchón, Daemon aguardó en silencio una respuesta que no podía dar, menos a él.
— No, nada más. Les he contado todo.
— Mmh. Está bien.
Lucerys soltó el aire que había estado reteniendo, un poco más tranquilo; sin embargo, su padrastro finalmente volteó hacia él y su mano aferró su antebrazo con suavidad.
— Si no tienes nada más para decir, podrías explicarme por qué el aroma de Aemond estaba sobre tu ropa. Porque no lo entiendo.
La respiración se le atascó en la garganta y por mucho que quisiera disimular su pánico, Lucerys sabía perfectamente que Daemon podía verlo en sus ojos. Los segundos pasaron sin que ningún sonido saliera de su garganta, sus labios separándose y volviéndose a unir, temblorosos.
— Se los he dicho...antes de montar a Arrax, tuve una pequeña pelea con él en el castillo. Debe haber sido por eso.— Daemon levantó el mentón y entrecerró los ojos, más su expresión impasible no varió.
— Podrás engañar a tu madre porque estaba nerviosa por lo que pasó, pero a mí no.
— Es lo que pasó, lo juro.
— Te creo. Pero hay más.
Daemon se aproximó a él sentándose tan cerca que Lucerys por un momento pensó que iba a hacerlo sobre sus piernas; sus manos ahora se posaron en su rostro, gentiles. Sus rostros se acercaron y Lucerys tuvo la sensación aterradora de que Daemon estaba intentando leer sus pensamientos, sus ojos fijos en los suyos.
— Aemond intentó hacerte algo, ¿no es así?.— susurró con cierta ansiedad y Lucerys se contagió, intentando apartarse.— No tienes que sentir pena, es mayor y más fuerte que tú. ¿Intentó forzarte a hacer algo que no querías?
— ¡No!
Lucerys logró zafarse de su agarre, agitado y acorralado por la deducción casi obvia a la que Daemon había llegado. Por supuesto que había sentido el aroma de Aemond sobre sus ropas, ¡si él mismo aún lo sentía sobre su piel!
— No me forzó a nada.
— ¿Entonces?
Con horror, Lucerys vio como una condena de sus palabras la mano de Daemon, aquella mano que había acunado su rostro, yendo directamente a su nariz.
— ¿Por qué sus feromonas están incluso sobre tu piel, Lucerys?
Sin poder sostener más la mirada de Daemon, agachó la cabeza hacia sus propias manos, jugueteando con el dobladillo de las sábanas. Su padrastro aguardó y ante su silencio, suspiró pesadamente.
— Si no te ha forzado, tengo que asumir que fue algo consensuado.
El silencio los envolvió de nuevo. Ante lo evidente y sin poder ocultar más la vergüenza, Lucerys cubrió su rostro con ambas manos, abatido.
— Lo siento, yo...no sé lo que hice.— La mano de Daemon presionó su hombro, suave pero firmemente.
— Lucerys, dime la verdad, ¿Has tenido sexo con él?
— No, no. Claro que no.— sus miradas volvieron a encontrarse mientras el Omega sentía el calor abrasador sobre sus mejillas.— No hicimos nada raro.
Extrañamente, Daemon sonrió ante sus palabras. Por un momento, Lucerys sopesó la posibilidad de que su padrastro le diera la paliza de su vida, más no parecía enojado. Sus cejas se arquearon y resopló, presionando el puente de su nariz.
— ¿De verdad? Es importante que me lo digas. Has pasado tu celo hace muy poco tiempo, no quiero correr riesgos.
— ¿A qué...a qué te refieres con eso?
— No quiero que esa basura te preñe. Justo ahora.
El jadeo de espanto que soltó Lucerys y la expresión que debía tener su rostro pareció ser suficiente para relajar a Daemon, quien extendió la sonrisa de sus labios. ¿Es que acaso él también estaba gozando de su sufrimiento al igual que Aemond? ¿Hasta en eso se parecían?
— Te lo juro, no pasó. Eso no sucedió.
— " Eso ".— Lucerys lo observó incrédulo y Daemon rodó los ojos.— No puedo juzgarte. Cuando tu madre tenía tu edad, casi hago lo mismo con ella.— fue el turno de Lucerys de arquear las cejas, sorprendido por la revelación.— Y tampoco pasó nada.
— ¿De verdad?
— Sí, pero no le digas a tu madre que te lo conté. El punto no es ese, Lucerys. No sé cómo se dieron las cosas, pero tienes que tener presente, ahora más que nunca, que tu tío es tu enemigo. Ahora tal vez no, pero más adelante existe la posibilidad de un enfrentamiento directo con él y vas a tener que recordarlo, porque él va a hacerlo. Un descuido, y...
Daemon guardó silencio. Lucerys tragó sonoramente, atendiendo a las palabras del Alfa.
— No sé si es un juego o si va en serio. Sea una u otra, esto tiene que detenerse, ahora. Aemond es peligroso, Lucerys. Es manipulador y sabe lo que está haciendo en todo este desastre. Si sigues adelante con esta tontería, podrías traerle un gran problema a tu madre. A todos, y el mayor perjudicado vas a ser tú.
Lucerys lo escuchó atentamente. Sabía perfectamente que Daemon tenía razón, él ya había sopesado todo aquello. Sin embargo, el hecho de que su padrastro lo hubiese descubierto y fuese justo él quien le estuviese diciendo todo aquello como si se tratara de un estúpido que no podía pensar, lo hacía sentir...eso, un estúpido que no podía pensar en las consecuencias graves que podía acarrear aquello, principalmente para él.
Aún así, en medio de aquellos pensamientos, se preguntó si Daemon estaba describiendo a Aemond o a sí mismo.
— Lo sé. Lo siento, no volverá a ocurrir.
La mano de Daemon presionó su hombro por última vez y luego se incorporó; apagó la lámpara y la oscuridad los envolvió de nuevo mientras Lucerys intentaba distinguir su silueta en el cuarto.
— Puedo ayudarte a controlar tus actos, pero no tus pensamientos. Ahí ya no puedo hacer nada. Y no te preocupes, no le diré nada a tu madre.
La puerta se abrió por poco tiempo; el chasquido suave se dejó oír en medio del silencio mientras Lucerys se desplomaba en el lecho, ahora sí furioso consigo mismo.
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Aegon había estado dormitando sobre aquel sillón mullido frente al fuego del hogar. En varias ocasiones, se había despertado con la intención de trasladar su cuerpo cansado hasta la cama pero no había reunido fuerzas para levantarse de aquel cómodo lugar.
¿El resultado?
Su torso se había inclinado hacia un lado, su cabeza colgando inerte en una posición extraña que después iba a acarrearle una contractura desquiciante.
Y sólo se percató de ello porque cuando la puerta de sus recámaras se abrieron bruscamente chocando incluso contra la pared, casi se había caído de cabeza al suelo producto del susto.
O al fuego, frente a él.
Alcanzó a sostenerse a tiempo de los apoyabrazos, desorientado y molesto por su despertar repentino. Al observar el recinto, no tardó en dar con la causa del estrépito. Rodando los ojos y resoplando pesadamente, se desplomó de nuevo en el sofá, golpeando la mesita que tenía a un lado con el pie.
— ¿Se puede saber qué mierda te pasa? Veo que has vuelto un poquito frustrado de Bastión de Tormentas.
La mirada iracunda que le propinó Aemond fue de tal intensidad que Aegon se arrepintió un poco de sus palabras. Su hermano menor estaba realmente furioso y no sólo lo sabía por los golpes y patadas que estaba propinándole a los costosos muebles de su recámara, sino también por el olor picante y abrumador de sus feromonas exaltadas cubriéndolo todo como un gas venenoso. Estornudó, fastidiado.
— ¿Un poquito , dices?
— Un poquito mucho , diría ahora. ¿Borros rechazó nuestra oferta?.— la mención del jefe de la casa Baratheon pareció calmar un poco a Aemond. Al menos había dejado de romper sus cosas.
— ¿Ese viejo? Ni siquiera dudó en apoyarnos. Es un traidor, así que hay que ir con cuidado aún cuando aseguró apoyarte como rey legítimo. Se pasa los juramentos por el culo.
— ¡Pero eso es maravilloso, querido hermano!.— Aemond puso una mueca extraña en su rostro y el entusiasmo de Aegon cayó un poco.— ¿Sucedió algo más?
— Claro que sucedió algo más.
Y acto seguido, Aemond pateó la mesa de roble con tanta fuerza que el mueble se desplazó unos centímetros en el suelo produciendo un chirrido espantoso. Aegon se despertó del todo alertado por el estado de su hermano; Aemond siempre había sido tranquilo y reservado y en muy pocas ocasiones lo había oído soltar un improperio, menos dos seguidos. Estaba nervioso y enojado, su lenguaje corporal le advertía que aquello podía pasar a mayores si no intentaba calmarlo.
Era menor que él, pero aún así, Aegon le temía. Un poco.
— ¿Se puede saber qué es lo que te pasó? Háblame.
La pregunta surgió en un tono más conciliador, en alto valyrio mientras se incorporaba contra su voluntad. Aemond volteó hacia él y su mirada iracunda se relajó al tiempo que Aegon llegaba hasta él.
— Vamos a decir que no fuimos los únicos con la idea de conseguir el apoyo de Baratheon.— Aegon arqueó las cejas, sorprendido.
— ¿A quién envió nuestra hermanastra? Porque no creo que haya ido ella misma.
— A Lucerys.
Aegon lo intentó con todas sus fuerzas, pero la carcajada escapó a través de sus labios cerrados al tiempo que veía a su hermano inhalando profundamente. El mayor alzó ambas manos en señal de rendición, moviéndolas frente al rostro de Aemond.
— Lo siento, fue...inesperado. Continúa.
— La imbécil lo envió con una carta exigiéndole recordar su juramento. Juramento que...
— ...se pasó por el culo.- ambos asintieron.— ¿Entonces?¿Se pelearon, le sacaste un ojo?¿Lo violaste?
Ante su último cuestionamiento, la expresión de Aemond cambió abruptamente y la ira volvió a resurgir como un volcán; adelantándose, tomó a Aegon de las solapas de su vestimenta, zarandéandolo bruscamente.
— Oye...
— No soy como tú. Métetelo en esa cabeza vacía que tienes.— Aegon rodó los ojos y chasqueó la lengua restándole importancia a su insulto.
— Vamos, Aemond. Si el mocoso te atrae, no lo niegues. No es la primera escenita que me haces por él, y la última fue hace menos de dos semanas. Cómo te tiene, eh.
Una risilla tonta se le escapó en cuanto Aemond lo soltó, empujándolo hacia atrás. Aún recordaba el anterior estallido de furia de su hermano el cual había cobrado como víctimas todos los adornos de cristal del cuarto de Helaena.
— Cállate.
— ¿Entonces?
— Entonces, ¿qué?.— Aegon abrió la boca, estupefacto.
— ¡Qué pasó esta vez! Aemond, eres muy malo para relatar historias. Suéltalo de una vez, quieres.
Y se había tomado su tiempo, el maldito. Aemond gruñó mientras comenzaba su ya conocida caminata de león enjaulado por todo el cuarto; Aegon apoyó la cintura en la mesa de roble y cruzó los brazos, aguardando con impaciencia. Aemond gruñó de nuevo y detuvo su marcha frente al fuego para luego encararlo con una mirada tan desquiciada que por un momento, Aegon pensó que el próximo roto allí iba a ser él.
— Necesito que me ayudes, Aegon .— el aludido rodó los ojos y alzó los brazos al techo para luego dejarlos caer a los costados de su cuerpo.
— En buena hora, hermanito. Vamos, cuéntamelo todo.