México le rodeo el cuello con los brazos y sintió que presionaba su cuerpo contra el para que pudiera sentir la suavidad de su torso y el calor de su cuerpo. Gimió de nuevo, no podía evitarlo. Estaba deseando deslizar las manos bajo la resbaladiza tela de su camisa, necesitaba sentir la suavidad de su piel.
-Deberíamos parar...- susurro el más alto, recordando que tenía otras cosas que hacer. Pero México no se lo permitió, cosa que le dejo algo impresionado
- ¿Parar? Pensé que esa palabra no iba a formar parte de nuestro vocabulario esta noche.
-Estamos en la sala, México...
- ¿Y? - repuso el más bajo con una picara y desafiante sonrisa
-Y no quiero empezar algo que no tengo intención de terminar en este sitio, rodeado de papeles y cosas del trabajo- respondió Rusia con la poca fuerza de voluntad que le quedaba, para su sorpresa México sabia mover sus cartas a la perfección. - Vamos a seguir tomando nuestra merienda y... O podemos saltarnos eso si quieres, pero...
-Eso sí que es una buena idea
-Podemos ir a tu habitación
México se limitó a sacudir la cabeza
-Te agradezco el esfuerzo, Rusia. Todo esto es algo romántico pero sorpresivo, de verdad. Pero te deseo y quiero hacerlo aquí y ahora- le dijo mientras agarraba su camisa y volvía a acercarse a él.
La poca fuerza que le quedaba a Rusia se desvaneció en cuanto México lo beso. El beso hambriento y apasionado de aquel país hizo que su deseo se elevara hasta la estratosfera y no pudo evitar besarlo de la misma manera, con el mismo deseo y necesidad. Deslizó las manos hacia los pantalones del mexicano y agarro con fuerza su delicioso y redondeado trasero. Su cálida piel era tan suave como el terciopelo y solo aquella prenda estorbaba para deleitarse con aquel objeto de porcelana.
Pero aún le quedaba algo de sentido común y consiguió murmurar algo contra sus labios.
-Aquí no...-susurro Rusia, por primera vez, sintió un poco de miedo hacia aquel país tercermundista, conocía a un México tranquilo y distraído, no a un país lleno de lujuria y encanto.
Pero México debió de darse cuenta de que ya apenas podía resistirse porque se limitó a presionar con más fuerza su cuerpo contra él más alto, mientras rodeaba su cadera con una de sus piernas.
-Si- le dijo con firmeza el mexicano- Aquí. Aquí y ahora. No quiero que me trates como si fuera un plato a punto de romperse. Quiero que esto sea real y excitante. México deslizo las manos entre los dos y tiro de su camisa para abrirla. Oyó como caían al suelo algunos botones.
-Hay demasiadas mentiras en mi vida, Rusia. Tanta falsedad...-susurro México. - Quiero que, por solo una vez, algo sea real. -Le quito la camisa y no pudo evitar gemir cuando el mexicano mordió uno de sus hombros. - Quiero que sea real. Sé que puedes hacerlo. Lo sentí cuando te conocí y así quiero que seas conmigo, Rusia
El más alto sintió un nudo en el estómago, esto era diferente a lo que había vivido con Estados Unidos. Se sentía como si se tratara de su primera vez. Le costó entender lo que México le estaba pidiendo, lo que implicaban sus palabras, pero consiguieron penetrar la espesa niebla de su deseo. No se podía creer que el mexicano hubiera tenido esa energía, esa ira que tenía dentro y que eso le gustara. Una parte de él se revelo contra la idea. Le horrorizaba. Pero por otra parte de su ser rugió con fuerza, quería perder el control, dejarse llevar por fin.
Quería ser tan real como México quería que fuera. Por una vez.
Al menos por una vez. Y esa parte de su ser fue la que gano esa noche.
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México fue muy consciente del instante en el que Rusia decidió hacerle caso y dejarle llevar. Sintió de repente que estaba en caída libre. Paso de sostenerlo en sus brazos, mientras lo besaba y acariciaba su trasero, a tumbarlo en la pequeña mesa de madera de la sala. De manera inconsciente separo sus piernas y se colocó entre ellas. Se estremeció al sentir su erección contra la suya mientras el más alto lo besaba con más hambre y pasión que nunca.
Rusia se separó de él mientras trataba de recuperar ante aquel lapso de descontrol, y de manera rápido quito los pantalones del mexicano. El más bajo, tenía el rostro sonrojado y las pupilas dilatadas, subió la por una de sus piernas hasta llegar hasta su miembro. Se estremeció de nuevo y no pudo evitar quedarse sin aliento cuando sintió que deslizaba la mano bajo sus boxers, buscando aquel calor de la parte sensible de su cuerpo. De inmediato, el ruso empezó a masturbarlo con gran fuerza, haciendo que México buscara más la piel de su acompañante.
La sala estaba en silencio, solo podía oír la respiración fuerte y entrecortada de ellos dos y el sonido de la tela de la camisa al rasgarse cuando Rusia se la quitó. No le importo que la rompiera. No le importaba nada, solo lo que estaba haciéndole sentir. Quería entregarse en ese momento, sin ocultar nada... Y deseaba que Rusia hiciera lo mismo.
Quería sentirse amado por primera vez en su vida.
Y eso fue lo que sintió. Rusia beso apasionadamente su boca para bajar luego poco a poco por su garganta y su hombro. Se estremeció cuando lo mordió levemente allí, igual que le había hecho él antes. Una oleada increíble de sensaciones lo recorrió y apretó las piernas, una contra otra, atrapando la mano de Rusia entre ellas, mientras dejaba escapar un suspiro tembloroso.
-Creo que voy a...
-No, todavía no. Así no- respondió Rusia apartando su mano.
México se sintió algo consternado, pero no tuvo mucho tiempo para pensar. El más alto lo empujo más arriba de la mesa y se quedó allí, con las piernas abiertas y casi completamente desnudo. Nunca se había sentido tan expuesto, tan consiente de las sensaciones y de lo que estaba pasando. Tendido sobre la mesa que le regalo Canadá el día de su cumpleaños, con Rusia de frente a él. Le retiro el bóxer con un único y brusco movimiento, sin ningún remordimiento. Después, separo aún más sus muslos con las manos e inclino la cabeza hacia él.
México no pudo evitar arquear el cuerpo hacia el de manera casi instintiva y dejo escapar un gemido agudo y lleno de sorpresa con placer cuando sintió la boca de aquel país haciéndole una asombrosa felación, mientras introducía dos dedos en aquella abertura, haciendo movimientos circulares, el mexicano sentía una gran sensación eléctrica en todo su cuerpo, y aumento de manera drástica cuando el ruso introdujo un tercer dedo, fingiendo pequeñas pero poderosas embestidas que hacían que el juicio del mexicano se fuera por el caño.
Apenas llevaban unos cuantos minutos y ya se sentía cerca del clímax. Las sensaciones eran tan intensas, la manera en la que lo estaba preparando con la boca, con las manos... Era demasiado.
Y Rusia no dejo que se recuperara después de primer orgasmo. Estaba su cuerpo aun sacudiéndose con fuerza mientras trataba de recuperar el aliento cuando tiro del más pequeño para ayudarlo para levantarse. No tenía fuerzas, era como si su cuerpo ya no tuviera huesos. Pero el más alto lo ayudo a rodear su cadera con las piernas y lentamente se deslizo en su interior.
La sensación de tenerlo dentro de su cuerpo fue extraña, ya no sentía miedo por lo ocurrido anteriormente o incomodidad, era algo... Maravilloso. No le dolió, pero si tardo unos segundos en adaptarse y aceptar aquella invasión. Rusia lo sujetaba por las caderas para guiar sus movimientos, para adecuar el ritmo al de sus propias envestidas. Las sensaciones que estaba provocando en su cuerpo lo dejaron sin aliento, sentía que todo su ser ardía en llamas.
Se aferró a los hombros del ruso para atraerlo contra él, para tratar de estar aún más cerca de él. No le costó adaptarse a su ritmo y disfrutar de ese momento. Rusia lo apretó contra el borde de la mesa, con una mano apoyaba en él mientras se movía dentro del mexicano, cada vez con más fuerza y con más rapidez. El duro respaldo se le clava de manera doloroso al mexicano, pero no le importaba. Esa sensación no hacía sino añadir más intensidad al ambiente. Era real y... salvaje. Era todo lo que había anhelado y todo lo que había pedido. Tenía la certeza de que estaba sintiendo el instante más auténtico de su miserable vida.
De repente todas las chispas que había estado sintiendo en su interior estallaron en maravillosas llamas y su cuerpo se sacudió violentamente cuando llegaron juntos al clímax. Durante unos segundos, ninguno de los dos hablo, seguían inmóviles y abrazados, en medio del silencio de la sala. México solo podía oír los latidos del corazón de Rusia contra el suyo.
Poco después, Rusia se apartó y se deshizo del preservativo. Ni siquiera recordaba en qué momento lo saco de su bolsillo o cuando se lo coloco. Lo miro mientras se agachaba para recoger su camisa. No podía dejar de temblar. Dejo escapar un suspiro tembloroso, recordando todo lo que había sentido, tanta física como emocionalmente.
A pesar de lo que acababa de suceder, seguía siendo el mismo de siempre. Una nación de primer mundo, frio y con un objetivo; ser el mejor de todos. Tal como antes lo fue su padre.
Por su parte, México solo trataba de pensar con la cabeza fría. Por mucho que anhelara tener más emoción e intensidad en su vida, no iba a reconocer esa necesidad. En vez de hablar de lo que sentía, se limitó a decir la primera tontería que se le ocurrió.
-Wey... Siento lo de tu camisa.
Rusia miro los botones que faltaban y se encogió de hombros.
-No importa- repuso él sin mirarlo a los ojos.
México observo mientras el más alto se ponía los pantalones y después el cinturón. Fue entonces consiente de que lo que había pasado. Todo su cuerpo tenía las evidencias, mordidas y marcas de manos por todos lados, además de ver una de sus camisas, totalmente irreparable.
Se levantó de la mesa de madera y se agacho para recoger sus pantalones. No se había imaginado que fuera a haber tanta frialdad en el ambiente, después de lo que habían hecho, pero él le había pedido que se dejara llevar, quería ver a la bestia salvaje que Rusia guardaba en su interior y eso era lo que había tenido. Le bastaba con recordar esa pasión desenfrenada y animal para que su cuerpo temblara de nuevo. Aquel encuentro sexual había sido intenso e increíble.
-Entonces ¿se cancela lo de preparar más atolito? - le pregunto el mexicano para hablar de algo.
Esa parte estaba siendo más incómoda y difícil de lo que había esperado. Ni siquiera había conseguido que su voz sonara normal, sino temblorosa, Y supo que Rusia lo había notado porque dejo de vestirse y se volvió hacia él para tomarlo por los hombros
- ¿Te he hecho daño? - le pregunto con preocupación.
Parpadeo con sorpresa al oírlo. No lo entendía.
- ¿Ah? - repuso el más bajo antes de entender a qué se refería. - Fuera del dolor de la espalda. No, no me hiciste daño.
Rusia lo miro como si sospechara que le estaba mintiendo, pero supuso que consiguió tranquilizarlo porque asintió con la cabeza poco después y lo soltó. -Bien- susurro mientras que concentraba de nuevo en vestirse.
México lo miró fijamente. No tenía ni idea de lo que podría estar pasándole por la cabeza en ese momento. Ni por el corazón. Sacudió la cabeza, irritado consigo mismo. No entendía lo que le estaba ocurriendo, porque le preocupaba lo que pudiera estar sintiendo Rusia, o él, los dos habían tenido muy claro lo que estaban haciendo. Aquello no tenía nada que ver con el corazón.
No debía confundir el sexo... Con amor.