El reflejo; La dimensión del...

By Girinicup

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¿Crees en otras dimensiones en donde todo es completamente diferente? Pues dos niñas si creían en esos cuento... More

El Reino de los Elfos
La casa O
Manera elfo
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Pueblo Mofa
Los defensores del bosque
Algo las retiene

Recuerdos

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By Girinicup

Los recuerdos van y vienen como si fueran personas, algunos se quedan para siempre y otros te van abandonando lentamente. Para Perséfone, sería completamente imposible olvidar todos esos recuerdos que vivió, toda la felicidad que le dio esa pequeña niña de cabellera rubia, no sería capaz de olvidar ninguna de sus aventuras ni muriéndose.

Mientras pasaba su pincel delicadamente por su hoja, con una sonrisa pintaba el hermoso paisaje que tenía desde esa hermosa vista, el atardecer la hacía recordar con felicidad su infancia y la gran cantidad de creencias que tenía.

Una cálida mano la tocó en el hombro recordando con nostalgia ese día donde se encontraba sentada en el sillón, el día en el que toda su vida cambió por una simple acción.

—Debes comenzar a desempacar, todavía hay muchísimas cajas allá arriba que no has acomodado —su madre le arrebataría su libro mientras hojeaba un poco las páginas—. ¿De verdad? ¿Otra vez tus libros de fantasía? Te pedí que dejaras de leerlos, solo te desconectan de la realidad. Lee algo de biología o de la vida real, no sé.

—Mamá, desempacar es aburrido, déjame leer mi libro un poco más.

—¿Quién te dijo que la mudanza sería entretenida? Me lo llevo al trabajo y si vuelvo y todo está desempacado y en orden te lo devolveré ¿Me oíste?

—Bien —respondió Perséfone con tono seco.

—No me tardo, ¿te traigo algo de la tienda?

—No gracias.

—Bien, cuídate. Termina de comer y no te vayas a dormir.

En cuanto su madre cerró la puerta Perséfone subió corriendo las escaleras en busca de otro libro. Su madre no podía castigarla con quitarle sus libros cuando tenía cajas enteras llenas de libros de todo tipo. Después de buscar un poco se decidió por un libro algo viejo que hablaba sobre portales misteriosos a otras tierras. El libro aseguraba que aquellos portales podían tener forma de espejos místicos y servían con la energía de piedras preciosas.

Después de hojear un poco el libro y decidir que realmente no estaba del todo interesada en aquel tema, comenzó a desempacar la caja de su ropa y zapatos y comenzó a doblarla suavemente en su ropero color rosa. Por alguna razón comenzó a sentir sus grandes ojos algo húmedos y su respiración más agitada. Estaba muy dolida por la decisión de su madre de mudarse tan lejos y haber tenido que dejar a su mejor y única amiga.

—No tienes por qué llorar, no eres una débil.

Secó bruscamente sus lágrimas y cerró la caja que desempacaba. Al salir al pasillo decidió comenzar a ver toda la casa con curiosidad. Ella no había entendido por qué, pero su madre había comprado una casa relativamente grande para solo ser ellas dos.

Entró al baño de la planta de arriba, muy feo y poco colorido para su gusto. Pasó a la habitación de su madre, la cual ya se encontraba completamente acomodada y libre de cajas o basura, y terminó pasando a las demás habitaciones donde solo dormirían visitas, las cuales se encontrabas vacías.

Al salir de la habitación caminó el línea recta viendo el piso mientras contaba los pasos que tenía que dar para recorrer todo el corredor, cuando de repente golpeó su cabeza con algo que no había visto, un pequeño hiló que colgaba de una pequeña puerta del techo. Lo jaló y abrió el ático, bajando unas escaleras polvorientas y algo grandes. Perséfone tosió un poco y subió con valentía al aquel oscuro ático.

En la habitación hacía un frío tremendo, incluso peor que el de Quebec. Olía raro y estaba lleno de polvo, pero había un poco de luz, no era una luz solar o del exterior, era una luz brillante y destellante color blanca/plateada, parecía mágica. Perséfone se quedó admirando aquella luz y comenzó a caminar hacia ella lentamente, y, mientras más se acercaba, más lograba escuchar pequeños susurros.

—¿Estás... susurrando mi nombre?

Perséfone... Perséfone...

Se acercó lo suficiente y logró ver aquel objeto extraño, alto y cubierto por una sábana sucia. Al descubrirlo en un movimiento rápido dejó al descubierto un espejo muy antiguo y ovalado, que medía casi lo mismo que la niña. Parecía ser de oro y tener decoraciones de diferentes diseños como estrellas, palabras en otro idioma, cuadrados, constelaciones y montones de diamantes. Por la parte de arriba del espejo había 6 pequeños agujeros del tamaño de una pelotita, pero tenían más una forma rombal que circular. Por más que trató de limpiar el espejo, no lograba ver su reflejo, parecía opaco.

Al dar la vuelta para volver a bajar por su libro se tropezó con un pequeño cofre que se abrió y tiró cinco diamantes de diferentes colores, del tamaño de la palma de su mano. Inspeccionó con cuidado el de color azul, era un azul fuerte y su textura era liza y fría, su figura era la de un rombo. Agarró el rosa, el cual seleccionó como su favorita. Era de un rosa muy suave, del mismo tamaño, forma, peso y textura que el diamante azul. Inspeccionó la morada con una sonrisa, un lila muy bonito; la piedra era igual que las otras dos, después revisó la verde y por último la amarilla. Recordó haber visto ya una piedra así con anterioridad, en la casa de Artemisa.

Mientras ellas dos jugaban en el patio de la casa de Artemisa, con tan solo 7 y 6 años, comenzaron una pequeña disputa acerca de un tema completamente irrelevante donde Artemisa salió llorando, Perséfone decidió empujarla provocando que Artemisa se golpeara la rodilla con una piedra en el césped, cuando excavaron para sacar aquella piedra ambas se quedaron sorprendidas al ver aquel hermoso diamante, de un rojo brillante y un brillo singular. Decidieron no decirle a nadie y conservarla como simple "Decoración".

La pelinegra se levantó con rapidez del piso y comenzó a colocar una por una las piedras en los orificios rombales que estaban en la parte sur del espejo. Por alguna razón ella esperaba un destello de luces o algún suceso mágico, pero no hubo nada más que silencio absoluto.

—Falta la roja. Debo decirle a Artemisa.

Su amor por los libros de fantasía la habían hecho una fiel creyente en todos esos cuentos, sirenas, brujas, alienígenas y, sobre todo, su tema favorito, los dioses olímpicos, siendo su favorita Artemisa, por supuesto.

Escondió las piedras de nuevo en el cofre y las envolvió con una manta, metiéndolas muy bien debajo de su cama.

Se apresuró a comer y a terminar de desempacar todo lo que podía lo más rápido posible. Le mandó unos cuantos mensajes a su amiga Artemisa contándole lo que había encontrado, las maravillas que ese supuesto portal podía ofrecerles y lo mucho que quería ya reunirse para poder tener las seis gemas juntas. Artemisa le prometió llevarla a su casa en navidad, solo tendría que esperar un mes y escaparía a sus fantasías.

Artemisa había sido desde los 4 años la primera y única amiga de Perséfone. Sus hermosos ojos rasgados que delataban su ascendencia japonesa, su cabello rubio, alta estatura y cuerpo delgado eran la envidia de todas las niñas, en especial de Perséfone, que no se consideraba para nada bonita.

A pesar de la envidia que le tenía a su amiga por su linda apariencia, no le tenía ningún odio, al contrario, la amaba. Amaba su hospitalidad y lenguaje de amor. Era a la única persona que besaba (en el cachete) y abrazaba sin sentirse incómoda u obligada.

Recordaba haber conocido a Artemisa a los cinco años, siendo ella solo un año mayor que Artemisa.

Perséfone se había caído en la calle, Artemisa la había visto llorar desde la ventana de su casa y bajó corriendo solo para ayudarla. La metió a su casa, le ofreció agua y le dio una curita. Comenzaron a ir juntas a la escuela, juntarse en los recreos, dormir juntas y a tener pijamadas casi todos los días. Se hacían cartas y regalos, tenían una relación perfecta. Hasta que su mamá decidió abandonar Quebec y Perséfone tuvo que despedirse de su mejor amiga.

La vida para Perséfone en su nuevo hogar y nueva escuela era agotadora, ella era demasiado introvertida y no lograba hacer amigos, ni siquiera se esforzaba en tratar de hablar con alguien. Ella amaba ser la mejor de la clase y deslumbrar a todos con su alta inteligencia, nadie podía ignorar el hecho de que se saltó dos grados y era la menor de su clase. Llamaba demasiado la atención por su gran inteligencia y también era motivo de críticas como "Cerebrito" o "Sabelotodo" que en lugar de lastimar solo le subían el ego y la hacían sentirse mucho más superior.

Al no tener amigos, encontraba compañía en sus libros, se consideraba "La novia de la lectura y enemiga del celular" así que era de esperarse que casi a diario trajera un libro nuevo; este libro nuevo sería acerca de psicología y recuerdos de la infancia, que anhelaba terminar pues el siguiente que tenía en espera era de la física cuántica.

-A mí se me hace que solo eres una mentirosa que le gusta llamar la atención y anhela que los demás la vean como un ser "Inteligente", nadie lee un libro de 400 páginas en 2 días.

-Perdón, pero que tú seas incapaz de leer un libro por año no me hace a mí una mentirosa.

—¿Por qué no alzas la mirada? Tan siquiera ten algo de respeto cuando te hablan los mayores.

—Mi libro es mucho más interesante, gracias —en cuanto terminó esa frase el libro fue disparado al suelo con brusquedad por culpa de la mano de ese bravucón. Perséfone se sorprendió bastante.

—¿¡Qué mierda te pasa!?

—Mírame cuando te hablo.

Perséfone se levantó sin miedo y lo miró a los ojos, sin embargo, sus 145 cm la hacían ver indefensa. Su valentía no duró mucho pues la lanzó al suelo y comenzó a patearla cerca de las costillas sin dejarla ni siquiera respirar, cuando terminó comenzó a romper unas hojas de su libro y se fue corriendo mientras gritaba:

—¡Perdedoraaaa!

Perséfone se secó las lágrimas y respiró profundamente.

—Pudo ser peor, no eres una débil, no llores.

Se levantó con dolor y comenzó a recoger sus hojas mientras las metía a su libro. Caminó con un gran dolor a su salón y se mantuvo ahí el resto del receso. Su clase continuó con normalidad, nadie parecía haber notado su ataque.

—Te noto muy callada.

—No suelo hablar mucho.

—¿Por qué no estás leyendo?

Las pláticas con su madre mientras iban en auto solían ser "Entretenidas", pero Perséfone no estaba en el humor correspondiente para hablar.

—Ya terminé el que comencé a leer.

Apoyó su codo en la puerta y miró la nieve caer por la ventana mientras retenía las lágrimas.

—¿De verdad? Ya lo acabaste ¿Tan rápido? ¿No lo empezaste ayer?

—¿Por qué hoy todos están dudando de mis capacidades para la lectura?

Su madre suspiró levemente.

—¿Alguien te dijo algo? ¿Te hirieron? Puedo ir a hablar con el director si así lo amerita.

Ella no le solía contar lo que le pasaba a nadie más que a Artemisa.

—Solo, me rompieron mi libro.

—¿Es todo?

—Sí, es todo, no necesito que hables con nadie, gracias.

—Puedes llorar si quieres.

—¿Qué? No, mamá, no quiero llorar, no soy una débil.

—Llorar es liberador, créeme.

Unas pequeñas lágrimas salieron de sus ojos, las cuales fueron secadas rápidamente.

—Le prometí que no lloraría nunca más.

Su madre volvió a suspirar de manera más profunda.

—Él ya no está aquí.

—Me da igual.

—Si no quieres ir lo que queda de la semana a la escuela, está bien, todos sabemos que ya tienes la A+ asegurada en tus calificaciones, así que no pasa nada si no te presentas.

—Está bien, gracias.

—Oye, ¿Quieres un capuchino? Hay aquí una cafetería.

—Claro, no suena mal.

Después de su pequeña parada su madre condujo directamente a su casa y comenzaron a acomodar todo lo que faltaba para la navidad.

Para Perséfone, la navidad era solo una excusa más para comer demasiado. Aunque se consideraba católica, no la seguía demasiado y sus navidades no eran fiestas religiosas dónde rezaban. Sin embargo, le gustaba mucho, la familia de Artemisa se juntaba con la familia de Perséfone en todas las navidades desde que ella tenía 8 años, y ese año no sería diferente.

Faltaban solo 7 días para navidad, eso significaba, solo 7 días para ver de nuevo a Artemisa, escucharla platicar durante horas y después, ver aquella piedra roja que tanto anhelaba. Algo en el fondo de su corazón le decía que con esa piedra podría ir a una dimensión diferente llena de magia. Estaba dispuesta a vivir una aventura como las de los libros que leía.

El día de navidad era mucho más frío que en Quebec, estaba lleno de nieve por todos lados y era un infierno salir a la calle.

La familia Hopper conducía con rapidez su camioneta color rojo llena de 7 niños y una niña que solo peleaban, un verdadero desastre.

Todos estaban bien arreglados, vestidos y con los atuendos más formales que encontraron.

—Nena ¿Ya le avisaste a Perséfone que vamos ya casi llegando?

—Sí mami.

-Bien, porque es de mala educación llegar sin avisar Artemis, recuerda.

-Sí papá.

—¿Estás emocionada por ver a tu amiga?

-Lo estoy realmente, y espero que su madre me deje quedarme unos días en lo que inician las clases.

—Sí, esperamos que sí te dejen, así nos deshacemos de ti.

—William, evita esos comentarios sarcásticos por favor —lo reprendió su madre.

—Ya lleguemos, a la casa Honor

—Cariño, desde que pasó lo que pasó ya no son los Honor.

—Bajen todo. ¡Artemisa no corras! —le ordenó su padre.

La rubia ignoró por completo el hecho de que hacía una nieve tremenda y ella llevaba sandalias y un vestido. Tan pronto como tocó el timbre Perséfone salió corriendo para darle un abrazo enorme y un beso con una sonrisa a su amiga.

—Amiga, ¡TE EXTRAÑÉ TANTO!

—¡YO IGUAL! —expresó Perséfone con una gran sonrisa.

—Son unas exageradas.

Sus hermanos no paraban de hacer bromas y de hablar acerca de lo exagerada que era su hermana.

Artemisa y Perséfone subieron corriendo a la habitación de la pelinegra mientras reían. Cerraron la puerta y con risa y risa comenzaron a contar lo que habían vivido todo el mes.

—Y rompió mi libro, pero creo que mi mamá me compró uno por navidad.

—Ese niño es un patán —Artemisa dijo esto con mucho odio mientras se colocaba una diadema de Perséfone—, si yo hubiera estado ahí hubiera conocido mi puño ¿No te hizo nada más? ¿Verdad?

Un gran pensamiento se le posó a perséfone «No seas una cobarde, cuéntale lo que te hizo, que ese niño reciba su merecido», pensó.

—No, solo rompió mi libro.

—No dejes que vuelvan a molestarte ¿Entiendes? Eres literalmente la niña más lista que he conocido, no dejes que los demás te lastimen.

—Te lo prometo, sabes que yo no rompo promesas.

—Esa es mi amiga.

Un fuerte abrazo apretó a Perséfone y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Trajiste la gema?

La pequeña rubia sacó de su bolsillo izquierdo una gema igual a las que encontró la pelinegra en su ático, de un color rojo carmesí, brillante. Verla por los ojos negros de la pelinegra hizo que se iluminara y enamorara de esa piedra. Le extendió la mano e inspeccionó la gema.

—¿No es hermosa?

—Arte, si mis teorías son ciertas y funciona, iremos a una dimensión diferente ¡Puede que haya magia!

—No lo sé Perse, suena peligroso.

Se rascó levemente la cabeza y miró hacia otro lado.

—Ya lo entiendo, tú no confías en mí.

—No no, no es eso, pero no sabes qué hay ahí.

—Si vienes conmigo, lo averiguamos, sube al ático, yo subiré enseguida —le ordenó a la rubia.

—Vale.

La pequeña rubia subió corriendo al ático y la mayor bajó hacia el árbol, robando su regalo de navidad sin que nadie la viera. Subió a su habitación y empacó en una mochila una camisa, dos libros y dejó su regalo adentro, aún cerrado.

—Ni siquiera sé por qué estoy empacando ¿Y si es algo falso? Relájate Perse, todo saldrá bien.

Sacó debajo de su cama el cofre con las gemas y se apresuró a subir al ático dónde Artemisa la esperaba.

—Ya llegaste, déjame ver las demás gemas —Perséfone le entregó el cofre y comenzó a revisarlas—. Son super lindas ¿Crees que funcione?

—Seguro que sí, pásamelas.

—¿Para qué la mochila?

—Para nada, combina con mi atuendo.

—Vale —respondió Artemisa con inseguridad.

Perséfone sacó las gemas del cofre y comenzó a acomodarlas, primero la azul, luego la verde, después la rosa, luego la morada, siguió con la amarilla y terminó con la roja. En cuanto colocó esta última, un gran destello deslumbró y encegueció a ambas niñas. El destello parecía luz solar, era blanco y parecía rodeado de brillantina. Duró unos segundos y la pelinegra pudo volver a abrir sus ojos. Su sorpresa fue mucho mayor cuando se percató de que en el espejo había una pequeña neblina blanca, ya no parecía ser sólida, podía meter su mano por aquella neblina extraña.

—Hay que ir.

—La verdad, Perse, creo que sería mejor otro día. Ya vamos a cenar, es navidad.

Perséfone miró el suelo y decidió hacer algo de lo que no pensó que sería capaz de hacer, empujó a Artemisa por el espejo y corrió detrás de ella. Solo recordaba haber visto negro, terminó cayendo desmayada.

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