Ciudad De Origami

Por Miss_Kardii

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Nova ha sufrido una gran pérdida en su vida y lucha por dejar atrás su pasado doloroso. Para ello, decide emp... Más

Sipnosis
Dedicatoria
01 《 Latir
02 《Corazón de gatito
03 《Es solo un expediente
04 《Soñar con un final feliz
05 《Pingüino de papel
06 《Una pequeña entrevista
07 《El Pinscher no es un chihuahua
08 《Amar las cosas que nos lastiman
09 《Aquí amamos la canela
10 《Reanimación de emociones
12 《De mal en peor
13 《Pequeño tiburon
14 《Un niño grande
15 《Solo vive el que muere
16 《 Morir antes de tiempo
17 《 Palabras que pesan
18 《 Casi terapia
19 《 Una última película

11 《Naranja, un color lleno de vida

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Por Miss_Kardii



Ellen

Charles tenía apenas ocho años. A esa edad, los niños deberían preocuparse por descubrir el mundo, reír sin motivo y soñar sin límites, no por luchar por sus vidas. En vez de sobrevivir, deberían estar viviendo.

Ahora él estaba en el ala de la UCI. El doctor Cox permanecía junto a él. Yo esperaba afuera de su habitación y, a través del cristal, lo observaba recostado en la cama. Una mascarilla asistía su respiración, mientras el monitor cardiorrespiratorio seguía cada latido de su frágil corazón. Dormía como un ángel, con una valentía que no podía pasar desapercibida.

Suspire.

Cuando lo conocí por primera vez me obligo a disfrazarme de payaso para despedir a un niño de la clínica, desde entonces nos hemos vuelto inseparables. Siempre me dijeron que no debía encariñarme con los pacientes, que hacerlo era una debilidad. Pero con Charles no pude evitarlo. Su lucha y su espíritu me marcaron profundamente, y por primera vez sentí que mi corazón, en lugar de hacerse más fuerte, se quebraba un poco más.

—¿Ellen?

Me giré, ella apretó los labios cuándo mi vista la escaneo.

Estaba parada a un lado de mí manteniendo mínimo un metro de distancia entre ambas. Su largo cabello estaba suelto haciendo que las ondas marrones del mismo cayeran como cascada sobre sus hombros. Llevaba un pijama de los Minions. Bajo la vista y luego la subió. Cerré los ojos con calma.

—No puedes estar en el ala de cuidados intensivos Charlotte. Debes de volver a tu habitación.

Sonrió de medio lado —Quería saber cómo estaba Charles.

Con la carpeta médica firmemente sujeta entre mis manos, salí al pasillo sintiendo el peso de lo inusual. No solo ella no debía estar aquí; yo tampoco. Mi horario no incluía esta área, y la Unidad de Cuidados Intensivos se sentía como un territorio ajeno, casi prohibido. Sin importar el sentido de mis acciones, decidió seguirme.

—Nova me contó lo que sucedió.

—¿Bacchelli? —Me detuve, no la veía desde hace un par de horas y se suponía que ahora debería de estar en su casa descansando. Pero lo más seguro es que estuviera rondando por los pasillos —Deberías descansar. Sabes mejor que nadie que no debes hacer esfuerzos.

—Solo camine.

—Caminar mil kilómetros puede matarte.

Me miró en silencio, apretando los labios como si tratara de contener una mala respuesta. Nadie mejor que ella comprendía lo que sucedía en su propio cuerpo, cada señal, cada síntoma era un recordatorio constante. Charlotte necesitaba un nuevo corazón, un hecho tan evidente como doloroso y Charles, con su condición empeorando a pasos agigantados, quizás también necesitaría lo mismo.

—¿Él va a estar bien? —preguntó, con un tono que parecía mezclar esperanza y miedo.

Suspiré antes de responder: —¿Si te digo cómo está, volverás a tu habitación?

Charlotte asintió sin dudar.

—Necesita una cirugía de válvula cardíaca, pero aún están en busca del consentimiento de sus padres —expliqué, tratando de mantener mi voz firme. Hice una pausa antes de añadir, con algo de frustración—. Los cuales, hasta ahora, se niegan a aceptarlo.

Mis palabras se sintieron más como un reproche, y ella lo notó. Charlotte mantuvo su mirada fija en mí, sin pestañear, mientras yo apretaba los dientes. Cuando comencé a caminar por el pasillo, tratando de alejarme de la conversación, ella intentó seguirme el paso.

—Entiendo —Hubo silencio por unos segundos, en donde solo se escucharon nuestros pasos —En realidad no entiendo, pero no es necesario que me expliques.

Me detuve frente a las puertas del elevador, con el corazón latiendo más rápido de lo habitual. No entendía qué me pasaba. Tal vez era el estrés acumulado, el cansancio que llevaba días arrastrando, o la mezcla de ambas cosas lo que estaba afectando mi capacidad para socializar. Pero había algo más, algo que ardía en mi interior: una irritación creciente hacia los padres de Charles. Si él fuera mi hijo, no habría límites para lo que haría con tal de verlo vivir. Yo sería capaz de hacer lo que fuera necesario.

Presioné el botón del elevador, sintiendo el frío del metal bajo mis dedos, y ambas nos quedamos en silencio, esperando.

—Lo siento. Mi comportamiento no es el adecuado. Estoy cansada, no he dormido en veintisiete horas eso me está afectando —Miré el piso —¿Qué es lo que no entiendes?

Su cabeza giro para verme.

—Ellos quieren que viva lo necesario, pero no quieren que siga sufriendo —Alcé la cabeza para verla y una mueca se plasmó en mi rostro cuando me di cuenta de que cambio el tema de conversación. Estaba acostumbrada estas cosas con Nova, siempre me daba análisis profundos de situaciones raras.

El elevador hizo un sonido y las puertas se abrieron con un suave movimiento. Inmediatamente giré el rostro hacia su interior. Había un espejo en la pared, reflejando nuestros cuerpos casi por completo, salvo los pies, que quedaban fuera de cuadro. La luz blanca que inundaba el espacio resaltaba cada detalle, fría e impersonal. No era sorprendente; aquí todo era blanco. Las paredes, los uniformes, las libretas, las mesas... Todo.

—Escúchame, Ellen. Cuando estás en mis zapatos o en los de Charles, la edad deja de importar. No importa si tienes cinco, diez, veinte o cincuenta años. Lo único que realmente te importa es aprovechar cada segundo, hacer que cada instante de tu vida valga la pena —dijo mientras entraba al elevador, con la mirada fija en el espejo—. Y mucho más si tu corazón no aguantaría caminar mil kilómetros.

Relamí mis labios, insegura, y alcé la mirada hacia el espejo. Ella me observaba a través de él, su rostro reflejándose bajo la luz blanca. Sus ojos marrones parecían más claros.

—Entiendo —murmuré, rompiendo el silencio que había empezado a hacerse incómodo. Tras unos segundos de pausa, añadí con suavidad—. Pero, al final, Charles será quien cargue con las consecuencias.

Elevó la comisura de los labios, y por un instante me recordó al gato de Alicia en el País de las Maravillas. Ese que siempre sonreía con un aire enigmático, irradiando una extraña mezcla de paz y calma. Una amiga solía bromear diciendo que parecía un drogadicto, pero, al final, cada quien percibe las cosas de formas distintas.

—Charles quiere vivir, pero no vivir atado a máquinas ni rodeado de doctores que le indiquen qué hacer cada minuto del día. Quiere vivir de verdad, sentir la vida y disfrutarla.

Subí al elevador detrás de ella.

—¿Cómo sabes eso? ¿Cómo puedes estar tan segura? —pregunté, tratando de entenderla.

Ella giró la cabeza brevemente para mirarme, sus ojos brillando con una mezcla de certeza y nostalgia, antes de volver la vista al frente.

Las puertas del elevador se cerraron lentamente, con un leve eco que se desvaneció en el silencio. Charlotte presionó el botón del piso al que nos dirigíamos, y en apenas unos segundos, el ascensor comenzó su ascenso. El movimiento mecánico me generaba una incomodidad persistente; siempre había odiado estas máquinas. De pequeña una vez me quede atrapada en una durante siete horas. Fue traumático.

—Porque es lo que yo deseo —dijo, su voz quebrándose ligeramente con la intensidad de su confesión. Sentí un vacío repentino en el pecho, una sensación que me recordó las palabras de mi abuela: yo era demasiado débil para este trabajo. Tal vez ella tenía razón, y ya comenzaba a notarlo.

Charlotte hizo una pausa antes de añadir con firmeza: —Pero eso no significa que deban negarle la cirugía. Para vivir y disfrutar, primero hay que estar dispuesto a luchar.

Metí una de mis manos en el bolsillo de la bata y con la otra sostuve con fuerza la carpeta médica.

—Luchar. ¿Te das cuenta de que te contradices?

Me sonrió y, por primera vez, decidí devolverle la sonrisa. Las puertas del ascensor se abrieron con un leve sonido y ambas salimos, caminando por el pasillo en un silencio compartido. Hace semanas, no lograba entender qué motivaba a Nova a querer ayudar a Charlotte; era un enigma para mí. Pero, en este instante, todo cobraba sentido. Charlotte lo merecía. Porque, al final, todos necesitamos ayuda en algún momento. Nova, sin siquiera ser consciente de ello, no solo estaba brindando apoyo a los hermanos Brown, también se estaba ayudando a sí misma. Estaba encontrando el camino para volver a ser quien era. 

No conocía los detalles de su pasado, pero sabía que algo muy duro había marcado su vida, llevándola hasta este lugar. Podía sentir el peso de la culpa que cargaba por lo ocurrido en aquel entonces, aunque nunca hablara directamente de ello. Quizás fue por eso que decidí acercarme a ella. En el fondo, ambas lo merecíamos: un poco de comprensión, un poco de compañía, y tal vez la oportunidad de sanar.

Nos detuvimos frente a la puerta de la habitación. Aunque estaba abierta, decidí golpearla suavemente con los nudillos, pidiendo permiso para entrar. Un par de ojos curiosos se posaron de inmediato en nosotras.

¡Ellen! —exclamó Joe con una amplia sonrisa. Sujetaba un pequeño avioncito de papel en su mano derecha. Se levantó de un salto y corrió hacia mí, intentando rodearme con sus brazos. Me agaché para ponerme a su altura y abrazarlo.

—¿Cómo estás? —le pregunté con una sonrisa.

Charlotte entró en la habitación, moviéndose en silencio. Se sentó en una de las esquinas de la cama, junto a Nova, quien sostenía un montón de papeles entre las manos.

Bien. Nova me encheñó a hachel un avionchito de papel —dijo Joe, orgulloso, mientras me ofrecía el pequeño origami.

Le sonreí y tomé el avión cuidadosamente.

Es ñaranja —dijo él, con entusiasmo—. El ñuevo colol de la vida.

"Naranja, el nuevo color de la vida." Las palabras resonaron en mi mente mientras le devolvía la sonrisa. Nova me lanzó una mirada rápida, fugaz, pero cargada de significado.

Hay personas en los hospitales que mueren, otras que nacen, algunas que sufren inmensamente y luego están ellos. Esas pequeñas personas que sin importar que, siempre te sacarán una sonrisa y que son definidos por el positivismo.

Charlotte, Charles, Joe y Nova, en el Georgia White, eran precisamente esas personas.


¡Hola a todos! 😊

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Nos vemos la próxima semana. ¡Energía positiva para todos! =)

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