El cielo comenzó a nublarse y aun nuestro pequeño Cameron no había encontrado nada para comer él los zafacones de la comarca de Mordor. Ya hacían cuatro horas que estaba en los alrededores, descalzo y un poco maloliente, con sus pantalones rotos y con su camiseta vieja. En su búsqueda encontró una bufanda color café en la basura y se alegró en gran manera porque le sentaba muy bien con su color de ojos y sin pensarlo se la puso en el cuello. Su estómago seguía crujiendo como un tornado resoplarte y al mismo tiempo tosco como una puerta vieja y él decide comenzar a suplicar por ayuda a la gente que pasaban cerca de sus alrededores, sin conseguir el mínimo de atención. Era ignorado por todos y al parecer la gente pretendía como si nadie les hablará, mirándolo con rostro de desprecio mientras él les solicitaba su hospitalidad.—¡Que va! —se dijo a sí mismo mientras se ponía las manos en los bolsillos y caminaba por las calles—. Hoy estoy de malas. Quizás me tendré que quedar sin comer de nuevo. Tal vez si sigo caminando pueda encontrar alguna cosa en los zafacones. Mientras estaba en su andar y con una hambruna incesante, él pequeño comienza a imaginar que tenía un banquete al frente. En un momentáneo instante se distrajo en sus inocentes pensamientos y tropezó con una piedra que estaba en medio del camino, lo que provocó que cayera por una pequeña pendiente yrodará cuesta abajo, raspándose el brazo y una de sus rodillas. Tan pronto este se levanta luego de aquel incidente, toma su pequeña boina, con sus manos la limpia suavemente y continúa su travesía sin rumbo alguno.«¡Qué infortunio!», pensaba él todo el camino mientras frotaba sus manos por su estómago vacío y remojaba con su lengua sus labios resecos y pálidos. «Hoy no fui muy favorecido, pero de seguro mañana conseguiré algo, eso lo tengo por seguro». Ese día no había salido el sol y comenzó a ponerse oscuro por la densidad de las turbias nubes que rodeaban todo el firmamento. La gente comenzó a cerrar todos los establecimientos y en lo que él se rascaba la cabeza, que desde hace unos meses estaba llena de piojos, comenzaron a caer del cielo pequeñas gotas de agua fresca. Cameron miró hacia arriba, abrió su boca y sacó la lengua, tratando de tomar un poco porque estaba muy sediento. Deseaba mucho tomar un baño bajo la lluvia, sin embargo, recordó que solo le quedaban esos pantalones que tenía puestos por aquel incidente el día anterior con el perro del panadero, el cual destrozó el su otro par mientras este trataba de robar un pedazo de pan del exhibidor, y, por lo tanto, comenzó acorrer para encontrar un refugio. Donde él estaba en ese momento no había ningún, lugar donde posar, únicamente había árboles pequeños, así que él decide correr hasta encontrar un escondrijo, que por lo menos y aunque sea en su imaginación, pudiese llegar a ser confortable. Los charcos de agua que se formaban por aquel chubasco eran como ríos, inmensos y profundos. Con gran agilidad, este los evadía, aunque se empapaba en uno que otro. Después de unos minutos corriendo y cuando por fin encuentra un gran árbol con un agujero, se da cuenta de que estaba ocupado por un pequeño cervatillo, solitario, cansado y desorientado y para no asustarlo, este decide buscar otro albergue. Continúa su recorrido hasta que encuentra un viejo edificio abandonado. Aquella edificación tenía muchas goteras, y cabe mencionar, aunque no tenga mucha relevancia con esta historia, que en su época de esplendor solía ser una gran imprenta, pero por un incendio en una tormenta eléctrica, cerró sus puertas. Cameron entra y se ubica en una de las esquinas en posición fetal, tratando de controlar el frío ininterrumpido que tenía que ni siquiera frotándose el cuerpo lo podía dominar. Sus brazos temblaban y estaba muy asustado. Ya se acercaba la noche y su pequeño estómago no paraba de crujir. Trato de encender una pequeña llama, no obstante, era imposible con la humedad y la leña mojada. Cuando se cansó de intentar y casi agotadas todas sus fuerzas, este comienza a chupar su dedo pulgar para tratar de contener su hambre sin ningún resultado. Al final de la noche estaba tan agobiado por el cansancio de aquel arduo maratón que sin darse cuenta se quedó dormido. La lluvia no paró de caer durante varias horas, y era tan continua el agua que brotaba de las nubes que parecía como si se tratase de un castigo que el cielo les hacía a los habitantes de la tierra. Mientras esto pasaba, de un momento a otro, a la entrada de aquel edificio hace aparición un inmenso vehículo, con dos personas dentro. Una mujer y un hombre ambos de larga cabellera rubia, el último robusto de voz tosca, de gran altura y con un poco de barba, quien era un cazar recompensas muy famoso y mano derecha de un poderoso déspota, y sacan de aquel coche un gran baúl de madera, con forjaduras de hierro, cubierta convexa, de gran antigüedad, pero en buenas condiciones y la cargan hacia dentro del recinto, pero el pequeño Cameron no seda cuenta de aquel incidente debido a que había entrado en ensueño muy profundo por su agotamiento.—¡Georgia! —exclamó el capitán Ricky, con voz cansada, pero arrogante. —Abre esa estúpida caja para ver que hay dentro. Estoy muy agotado por el viaje y ya quiero saber qué es lo que tanto custodiaban en ese castillo.—Si mi capitán —esta contesta—. Lo que usted ordene. De inmediato sacó un cuchillo muy hermoso de su bolsillo y Comienza a tratar de quebrar la cerradura de aquel baúl. Cuando logra por fin romper aquel viejo candado, revuelve todo dentro, no obstante, solo encuentra un montón de papeles, algunos deteriorados y otros rotos. Mientras ella continuaba observando, el capitán sale a mirar el panorama y vislumbrar si aun sus perseguidores están al acecho, cuando de repente una fuerte briza arremete con aquel edificio, haciendo que algunos de los papeles de la caja volarán en la habitación como aves ahuyentadas por disparos de cazadores. Georgia sale corriendo, asustada y preocupada, tratando de recogerlos todos y mientras se movía por los rincones de aquel gran salón y ve aquel niño sucio, moribundo, mojado y dormido en el piso. Ella se queda atónita y se quita el abrigo de piel de lobo que tenía puesto y cubre los brazos y el pecho de aquel niño.
Luego saca de su pequeña bolsa un pedazo de pan que le había quedado del almuerzo y lo coloca al lado de su cabeza. El niño, aun durmiendo, se acurruca aún más y de su boca comienzan a salir las palabras: ¡mamá!, ¡mamá!, ¡no te mueras, mamá!, y dos pequeñas y dulces lágrimas comienzan a brotar de sus ojos. Él comienza a abrirlos lentamente y su nariz comenzó a percibir el delicioso aroma de aquel pedazo de pan de cebada sin levadura, hasta que los abre por completo y ve esta mujer tan extraña. Este pone rostro de espanto, reprime sus brazos y con mucho miedo se contrae contra la pared, sin decir ninguna palabra y muy asustado. Georgia sonríe, de una manera muy cálida y le dice:—No te asustes. No voy a hacerte daño pequeñín. Estoy perdida como tú y ya casi tengo que irme, así que no hay por qué asustarse—. Al oír estas palabras, Cameron baja un poco, la guardia y ella continúa hablándole.—Es más, te dejaré mi abrigo porque lo siento un poco pesado hoy y otra cosa más, y mientras hablaba introduce su mano en su bolsa y extrae una manzana y le dice: Esa manzana y se alejaba con pasos lentos en reversa. En ese mismo momento entra el Capitán al edificio, con su capucha negra empapada por la lluvia y muy, apresurado debido a que se dio cuenta de que sus perseguidores le estaban siguiendo el rastro y estaban muy cerca. Al entrar se queda observando a Georgia y le dice:—Quién anda allí —pregunta muy enojado—. ¿Con quién estás hablando? Georgia se espanta y rápidamente le hace señas al niño para que se quede en silencio, a lo que este asiente con su cabeza.—Nada, mi señor —esta le responde—. Solo estoy recogiendo unos papeles que se volaron con la ventisca y camina hacia él. El capitán enojado le da una fuerte bofetada que la hace caer al suelo.—¡Insolente! Sabes lo que nos costó esta estúpida caja. Recoge todo. Ya tenemos que irnos. Aún nos están persiguiendo y tenemos que salir rápido de la ciudad.—Si, mi capitán. Ella recoge todo, lo entra en la caja, coloca el candado supuesto y sale con el capitán en medio de la lluvia, mientras mira al niño y se despide de él ganándole un ojo y se suben nuevamente en su vehículo para salir de aquel inhóspito lugar. El pequeño se queda asombrado por lo acontecido. Abraza su nuevo abrigo y se queda mirando fijamente aquel pedazo de pan y la manzana.—¿Estarán envenenados? —se cuestiona a sí mismo—.«Bueno, de igual forma moriré de hambre, así que los comeré», pensó muy tranquilo y tres enormes mordidas devora aquella manzana, no dejando ni las semillas. Luego toma el pan y lo entra por completo en su boca y comienza a masticarlo rápidamente con mucha desesperación, como si no hubiese un mañana. Este comienza a asfixiarse porque no podía respirar y sale corriendo del edificio y se arroja encima de un charco que se había formado por el gran chubasco y la bebe despiadadamente de aquella agua sucia hasta lograr por fin eliminar esa horrible sensación de su garganta. Después se acuesta boca arriba y comienza a jugar con sus pies y el agua, lo que deja dicho que se había agotado su hambre y que su estómago estaba cantando de felicidad. Luego de un rato de Cameron estar acostado, la lluvia cesó por unos momentos. Él se levanta y entra nueva vez en aquel edificio y se acuesta en la misma esquina a pasar la noche, con su nuevo y hermoso abrigo, el cual dejó tirado en el piso cuando estaba por asfixiarse por su glotonería, y se acurruca en la esquina hasta que se queda dormido.