SARA
Se suponía que mi vida debía ser extraordinaria, emocionante y divertida. Yo debía tener lo que quiera y a quien quiera.
No podía darme ese lujo. Nunca pude.
Nací de una forma, y así debía morir.
Como sea, no me quejaba. Tenía una buena vida. No la que siempre soñé, pero era buena.
¿Esto podría ser más complicado? Claro que sí.
¿Podría hacerlo? Obviamente que sí.
¿Por qué lo lograría? Porque soy Sara Santos y nadie, absolutamente nadie, me gana en el billar.
Cambie de tema muy rápido, ¿no?
Curvo mi cuerpo hacia delante, apoyándome en la mesa de billar, mi brazo se mueve hacia delante, hacienda que el taco de billar se mueva golpeando la bocha blanca, esta golpea contra uno de los bordes de la mesa, esquivando la bocha lisa violeta que queda, luego golpea la bocha ocho, y esta entra en una de las troneras. Una inevitable sonrisa de victoria aparece en mi cara.
-Entonces...- empiezo, levanto la vista para mirar al hombre que está en frente de mi- ¿Cuánto me habías dicho? ¿45 millones eran?
Su cara de sorpresa es épica. Este idiota de veras creyó que podía ganarme. Aplaudo fuerte para que reaccione, y funciona. Sus ojos marrones miran los míos. Una pequeña sonrisa aparece en su cara.
-Bien hecho, niña- dice con un toque de orgullo -. Le diré a uno de mis hombres que te envié los 45 millones.
Asiento. Me hecha una pequeña mirada más y se va. Alguien empieza a aplaudir junto a mí.
- ¿Qué te pareció? - le pregunto, dejando el taco de billar sobre la mesa, y me giro para verlo.
Sus ojos azules tenían destellos blancos y una sonrisa tierna y llena de amor adornaba su carita. Lleva puesta su camisa blanca, con un traje negro, un pantalón del mismo color, y zapatos marrones.
-De diez- responde -. Eres increíble en el billar, Sar. Tú ya lo sabes.
Me encojo de hombros, sin borrar mi sonrisa. –Lo sé.
- ¿Te llevo?
Asiento -Para algo te pago, ¿no? - digo para empezar a caminar entre las mesas del club, con Matteo detrás mío.
Escucho una risa falsa de su parte. –Que chistosa, eh.
-Lo sé. Soy genial.
Pasa uno de sus brazos sobre mis hombros. –Me encanta tu seguridad. Nunca la pierdas.
-Prometido- le aseguro.
Mi seguridad fue difícil de conseguir, me tomo años, pero lo logre. Durante años me había tragado insultos horribles por parte de mucha gente, hasta que me di cuenta de que yo valía la pena, de que yo era valiosa, tal y como era. Cambie mi cuerpo, pero no por sus comentarios, sino porque a mí no me gustaba. Mi persona se hizo más fuerte en todo sentido; mental y físico.
Me había caído.
Me había derrumbado tantas veces, pero lo logre; me levante. Una y otra vez.
Matteo vio el proceso, me ayudo a vivir así. Y no podría estar más agradecida con él.
Bajo de mi Ferrari Portofino rojo, mientras que Matteo sale por el otro lado. Matteo abre la puerta del garaje, hace una inclinación, antes de cruzarla.
-Primero las damas, ¿no? - dice mirándome.
Una sonrisa se posa en mi cara. –Que amable de su parte, señor.
Digo y entro a la cocina.
-Señor, no, eh. Me hace sentir extremadamente viejo- dice posándose a mi lado.
-Lo siento. No sabía que te lastimaba el ego...- digo con preocupación fingida y con una pequeña sonrisa -...señor.
Claro que le molesta, es la única razón por la cual lo llamo señor.
Matteo me mira mal, y va directo a la heladera. La cocina esta reluciente. Que suerte que tengo a Anna, si no, no sé qué haría, viviría en puro polvo. Salgo de la cocina, dejando a Matteo. Entro al living, y sigo de largo, para entrar a mi oficina. Daniel está detrás de mi escritorio, hay un millón de papeles sobre este, y él está mirándolos.
- ¿Cómo te fue? – pregunta, sin despegar los ojos de los papeles.
-Como siempre; genial. Obvio gane- digo obvia.
Una parte de su labio se curva hacia arriba. –Bien.
Mi oficina no tiene nada del otro mundo; una de las paredes es un mueble gigante el cual está lleno de libros, luego esta mi escritorio con dos sillas en frente y una detrás. Oh, y un sillón negro junto a la pared vacía.
Voy junto a Daniel. - ¿Qué paso?
Suspira –Debemos esparcir más la coca.
-Okay... ¿Qué lugar tienes en mente? – pregunto interesada.
Estas últimas semanas hemos tenido un poco de problemas con otras mafias, que creen ser mejores que la mía; la mafia Santos. Debemos cambiar la distribución de la coca para ganar terreno. Yo tengo todo España, Inglaterra, Nigeria, Portugal, Puerto Rico, Argentina, Ghana, Chile, Uruguay y Brasil.
Sacude la cabeza de un lado a otro.
- ¿Estados unidos? - digo, pensando en voz alta.
- ¿Qué parte? – pregunta interesado.
- ¿Qué hay libre?
Agarro unos papeles y me fijo, que lugar del mundo puede estar libre de alguna mafia, o que alguna pequeña e indefensa mafia lo tenga y yo los destruya.
-Una mitad de Texas es territorio de los Zhang, y la otra de los Bauri.
-Vamos por los Bauri. No sé ni quiénes son- digo buscando algo sobre ellos.
Nunca en mi vida había escuchado de la mafia Bauri.
-Voy a avisarle a Dante- dice Daniel para luego dejar la oficina.
Me quedo revisando un par de papeles, sobre la distribución de la coca. No quedan países fáciles. Daniel es el que más sabe de estrategias así, mientras que Matteo cuida de mí. Así funcionan las cosas en esta casa. Aunque entre los tres nos cuidamos, Daniel está casi siempre entre papeles.
- ¿Cómo estas, esposa mía?
Me había olvidado de él.
Levanto la cabeza y mis ojos se cruzan con unos bellos ojos marrones, tiene una sonrisa de oreja a oreja. Está usando una camisa blanca arremangada, que lo hace ver más sexy, con unos pantalones negros y zapatos del mismo color. Su cabello rubio esta peinado a la perfección hacia atrás. Ahí está; mi marido, Alexis Cullmore.
Sonrió y me acerco a él. Cierra la puerta detrás de él, una sonrisa aparece en mi cara, el camina hacia mí, quedamos en medio de la oficina.
-Yo estoy perfecta, ¿y tú, mi amor? - pregunto con mis manos en su pecho, levantando un poco la cabeza para mirarlo.
-Mejor, porque estoy con mi hermosa esposa- dice con una sonrisa tierna, mirando mis labios.
Miro los suyos y muero por probarlos. Se abalanza a mí, agarrando mi cintura con sus manos. Su boca devora la mía, introduzco mi lengua en su boca y busco la de él. Se separa un poco.
-Fue un día duro- susurra sobre mis labios.
Poso mis manos en sus hombros y hago presión en su nuca. –Al sofá.
Camina hacia atrás y se deja caer en el sofá negro. Me quito los pantalones, quedando en bragas, me acerco a él y me siento en su regazo, con las piernas en sus costados, sus manos van directo a mi cintura. Me siento sobre su polla y me muevo de adelante hacia atrás.
- ¿Sacamos el estrés? - le pregunto sobre su oído.
-Claro- se levanta un poco para buscar algo en su pantalón, y veo que saca un condón.
Le bajo el cierre del pantalón, agarro el borde y lo bajo junto al bóxer. Su polla sale disparada contra su estómago, la agarro y paso mi mano sobre esta de arriba abajo. Le saco el condón de la mano y abro el paquete, se lo pongo, me levanto un poco para posicionarlo en mi entrada, y bajo lentamente. Gimo cuando baje del todo, me muevo de arriba abajo sobre su polla. Jadeo y el gruñe por lo bajo, sus manos empujan mi cintura hacia arriba y abajo acompañando mis movimientos. Me muevo de adelanta hacia atrás.
- c -
Holaaaa. Queria saber que les está pareciendo la historia. Espero que les este gustandoooo.
Besoooos.