Cuando octubre y sus primeras nevadas invernales llegaron, Lingjiao llevaba alrededor de dos meses viviendo en territorio de Qinghe Nie.
El día posterior a su llegada fue el más caótico de todos, no sólo porque las heridas de su corazón continuaban igual de frescas que en el transcurso de la madrugada anterior, sino porque además debía aparentar serenidad en pos de conseguir el consentimiento de Nie Mingjue.
Y es que, por muchas vueltas que le diera, Lingjiao no hallaba una excusa lo suficientemente creíble para justificar el porqué detrás de fingir ser otra persona, siendo que nadie que no fuera Nie Huaisang tendría el mismo nivel de tolerancia en cuanto a su verdadera verdadera identidad respectaba. Lo más prudente sería sin duda permanecer bajo el nombre Ming Jia, pues uno nunca sabía qué clase de rencores pasados podrían tenerle a una mujer que, supuestamente, fue tan cercana al heredero legítimo de la extinta Qishan Wen. Incluso si la guerra llevaba años enterrada, lo último que quería era arriesgarse a verse sometida a todavía más suplicios.
Ahora bien, que Ming Jia haya escondido su verdadero género..., no sonaba del todo congruente. Es decir, ¿por qué habría de hacerlo? Grandes cultivadoras existían desde hacía años, por lo que nadie se habría atrevido a cuestionar sus habilidades en caso de ser puestas en tela de juicio. Y en realidad Ming Jia no era un gran cultivador, pues su prestigio había llegado mayormente por sus buenas decisiones a la hora de ayudar a Jiang Wanyin en su tarea de administrar Yunmeng Jiang.
¡Pero bueno! Digamos que a Nie Huaisang no parecía importarle el crear una historia rebuscada que justificara su cambio repentino de pronombres, resultando en él simplemente yendo con su hermano y le diciendo Ming Ziteng, ese mismo que me ha ayudado a aprender la canción de la claridad para ti, necesita ahora refugio por algunas dificultades familiares. Ah, y por cierto, ¡todo este tiempo fue una mujer! Da-ge, ¡déjame cuidar de ella como si fuera mi hermana menor!
Una vez más, la imbecilidad impensable para alguien como Chifeng-zun terminó por resultarles de lo más conveniente. Lingjiao ignoraba si Mingjue había visto en ella la posibilidad de que su hermano menor contrajera matrimonio, ni estaba segura de si a alguien como él le importaría un acuerdo así —siendo que Mingjue ni siquiera había conseguido una esposa para él mismo—, o si en realidad la hubo aceptado a modo de gratitud por resultarle útil a Huaisang durante aquellas cuatro semanas en las que "entrenaron" diariamente. Fuera la razón que fuera, Lingjiao acababa de ganarse un lugarcito en el Reino Impuro, adueñándose de la habitación que le hubieron cedido cuando permaneció con ellos unos años atrás.
Y hablando de años atrás..., ¿no se suponía que el Sistema los obligaría a subsanar la trama tres veces al año? Pues ya había transcurrido al menos uno desde que abandonó Qinghe, y ni una sola vez se apareció ante ellos para perturbarles la paz. ¿Sospechoso? ¿O acaso estaba esperando el desarrollo de algún acontecimiento importante?
No importaba, ya habría tiempo de preocuparse por ello. Más que nada porque Lingjiao no podía pensar en algo así cuando estaba tan ocupada sufriendo porque acababa de abandonar el Embarcadero de Loto para siempre.
Nie Huaisang hizo todo lo que estuvo a su alcance para ayudarla. Cuando Lingjiao se adentró en su habitación por primera vez, sobre la cama se hallaba un sobrio vestido colores tierra, muy similar a las túnicas que el propio Huaisang solía vestir prácticamente a diario. Junto a éste descansaba un abanico pintado a mano —muy segura estaba de que se trataba de uno de los varios que ellos mismos decoraron la última vez que estuvieron juntos—, una horquilla, y un par de collares. Todos y cada uno de los implementos regalados denotaban a leguas haber sido escogidos por Huaisang en persona, pues combinaban a la perfección con la personalidad quisquillosa y artística que tanto lo caracterizaba. Al verlos, Lingjiao no pudo evitar sonreír con timidez, emocionada por lo íntimo del regalo, aterrada por estar diciéndole adiós a la etapa más extensa, sentimental y al mismo tiempo tortuosa de toda su maldita vida.
Porque, a ver, recapitulemos: Lingjiao aterrizó en Qishan Wen con diecisiete, previo a la campaña para derribar al sol, y a pocas semanas de uno de los primeros acontecimientos importantes para la trama de Mo Dao Zu Shi. Menos de un año transcurrió entre preparativos y conspiraciones, por lo que antes de su primer aniversario de transmigración Lingjiao ya se hallaba acostumbrándose a su flamante uniforme de Yunmeng Jiang mientras un muy risueño Wei Wuxian la adoptaba como una de sus amiga más cercanas.
A partir de ese momento, Lingjiao no abandonó Yunmeng ni una sola vez, al menos no por períodos considerables de tiempo. Eso nos dejaba con un impensado período de diez años, ¡una década entera! Viviendo en el Embarcadero de Loto. Ahora bien, de esos diez años, a finales del primero ya había besado una vez a Jiang Cheng —aunque fue tan sólo una estrategia para salvarle el pellejo—, y para el cuarto, una vez terminada la guerra, Lingjiao estaba segura de que ya había comenzado a gustar de él al menos un poquito. Eso significaba que no sólo llevaba una década estancada en el mismo lugar, sino que además, unos buenos ocho años enamorada del mismo hombre; o bueno, en miras de enamorarse del mismo hombre.
Todavía no entendía cómo es que pasó. Si fuese por preferencias personales pre-transmigración, Lingjiao tendría que haberse alejado de él casi al instante —podría decirse, entonces, que él no era en lo absoluto uno de sus personajes favoritos— y huido a Gusu cual caballo de carreras. Pero no ocurrió, no se fue, y lo que al principio comenzó como un capricho terminó transformándose en el primer —y hasta el momento único— amor de su vida. Quizá fue la cotidianidad, la costumbre, el desarrollo de su amistad, la cercanía del trabajo, los roces inesperados, el haber sobrevivido a las mismas batallas juntos..., no lo sabía con exactitud. Lo único de lo que podía estar segura era de que ese sentimiento tan molesto y ahora tan desgarrador se fue gestando de a poco, en silencio, y lamentablemente ahora era demasiado tarde para desacreditarlo.
Pero entonces, ¿por qué? ¿Por qué tuvo que terminar así? Porque es Jiang Cheng, ese que en más de una ocasión aseguró imposible de mantener una relación estable. Su personalidad era más que sólo conflictiva: sus prejuicios eran demasiado marcados, sus prioridades colocadas en los lugares equivocados. Alguien así sólo podía vivir para perpetuarse en su soledad, porque los pensamientos negativos eran lo único que sabía amasar dentro de su pecho. Aún así, Lingjiao no quería dejarlo ir. Su Jiang Cheng —el de ésta línea de tiempo, eso era— había superado un par de miedos, había aprendido a ver más allá de algunos de sus tantos prejuicios: aceptaba a los Wen como seres humanos, reconocía sus fallas al resquebrajar su relación con Wei Wuxian. Si él fue capaz de llegar a todas esas conclusiones por su propia cuenta, bajo sus propios métodos, ¿por qué no podría aprender a aceptarla? ¿A quererla a pesar de su pasado?
No. Lingjiao tenía que dejar de pensar así. Jiang Cheng no tenía que aprender a quererla. Tal y como dijo Yanli, si Wanyin realmente la amaba, entonces ese afecto no tendría que ser asimilado como si de una lección de esgrima se tratara, sino que debería nacer sincero de su interior, de su vívido deseo de estar con ella. ¿Por qué tenía que ser Lingjiao la que se doblegue por él?
Mas qué fácil era pensarlo, y qué difícil hacerlo. Llevaba ahora una quincena viviendo en Qinghe junto a Nie Huaisang, y no existió ni un sólo día, ni una sola hora, donde ella no hubiese pensado en Jiang Cheng. ¿Y cómo no hacerlo? Si todo le recordaba a él. Nie Mingjue se sentaba por las mañanas detrás de su escritorio, tomaba sus montañas de papeleo, y trabajaba tal y como solía hacer Jiang Cheng. Nie Mingjue tomaba a baxia entre ambas manos y entrenaba junto a sus discípulos tal y como solía hacer Jiang Cheng. Si bien la gastronomía era especialmente distinta a la que acostumbraba saborear en Yunmeng, la hora del té era la hora del té, y todos aquellos que fueran cercanos al líder de secta —entre ellos estaba Huaisang, obviamente, y por consiguiente también ella— se sentaban en el pabellón principal y discutían de todos esos asuntos tan intrascendentes propios de una secta poderosa, tal y como solía hacer Jiang Cheng. No importaba que Qinghe Nie y Yunmeng Jiang fuesen como el día y la noche, no... A Lingjiao, todo le recordaba a él.
Para colmo, acostumbrarse a Qinghe Nie no era el único de sus obstáculos.
Esta no era la primera vez que lo afirmaba, pero lo cierto era que la autora de la novela tenía un gravísimo defecto y esa era su incapacidad para crear personajes físicamente feos. Ese tan incómodo detalle implicaba que, ahora vestida como mujer, Lingjiao entraba en la desventurada categoría de doncella en edad casamentera, lo que a su vez implicaba también que su sola presencia llamara, de tanto en tanto, la atención de personas indeseadas.
Cuando Lingjiao decía que no le interesaban ese tipo de cosas, es porque de verdad no le interesaban ese tipo de cosas. De hecho, de no ser porque el cruel destino la obligó a gustar de Jiang Cheng, ella estaba cien por ciento segura de que nunca saldría con nadie. Éste hecho no se trataba de un capricho, no se trataba de un error ni una omisión, tampoco de un juego ni de alguna suerte de complejo de superioridad. Lingjiao era lisa y llanamente incapaz de sentir atracción a menos que no la respaldaran ciento cincuenta mil palabras de desarrollo, y nada ni nadie podría cambiarlo. Ese era el defecto —o más bien la virtud— de su sexualidad, o mejor dicho, la carencia de ella. Ahora bien, si a su apatía usual se le sumaba el diminutísimo detalle de que Lingjiao tenía el corazón roto en al menos un trillón de pedazos, lo usual era que cada uno de los coqueteos desinteresados terminara en ella colocando su mejor cara de pocos amigos y ausentándose de la habitación incluso si Huaisang hacía todo lo posible por detenerla. Estaba harta de padecer así.
Pero, para bien o para mal, Lingjiao terminó acostumbrándose. Se ambientó al cambio de temperaturas, al cambio de paisajes, al sabor de los té, de las comidas, de los licores; a las rutinas de entrenamiento, a los horarios de lectura, a los cultivadores que la saludaban, a los que no, a los gritos de Nie Mingjue, las risas de Huaisang, las noches de juegos, las noches de chisme, de planificaciones, de quejas, de retrospección. Tan diferente era la vida en Qinghe, y tan bien le sentaba el cambio. Incluso si Lingjiao seguía atada a Yunmeng como si esa secta y su gente fueran una soga alrededor de su cuello, nada podía aplacar la realización de que, junto a Huaisang, su hermano jurado, ella por fin se sentía en casa. Sí, era cierto, tal vez faltaba Jin Ling corriendo de un lado a otro, tal vez faltaban las microexpresiones de Jiang Cheng, el tacto áspero de sus manos, el olor de su ropa, el lacio de su cabello, su timbre tan potente de voz, o la forma en la que surcaba su entrecejo mientras leía, el tic de su ojo cuando se ponía nervioso, el sabor de sus labios y el calor de su respiración chocando contra la piel de su cuello... mierda. Ahí iba otra vez.
—¡¡¡¡¡¡¡¡Jiajia!!!!!!!!—Huaisang le pegó tres veces seguidas con su abanico tan pronto como notó cómo la mirada de Lingjiao se perdía en un punto aleatorio de la habitación.
Lingjiao arrugó la nariz y sacudió la cabeza en respuesta.
—Sangsang, no me grites así...—murmuró. Huaisang soltó un largo y cansino suspiro, exhalando junto a él toda la frustración que le generaba saber que Lingjiao seguía pensando en Wanyin—. ¡Han pasado dos meses! ¡¡Dos meses!!
Cómo volaba el tiempo. Sesenta días fueron y vinieron, y en todas esas agónicas semanas no había recibido noticia alguna de Jiang Cheng ni de Jin Ling. Obviando a Wanyin, ¿qué ocurriría con su sobrino político? ¿Con el pequeño a-Ling? Suficientes tíos perdería a lo largo de su vida como para también privarse de estar con la única tía que, si los dioses querían, no moriría antes de que llegara a la adultez. ¿Algún día lo volvería a ver? Su cumpleaños estaba peligrosamente cerca. ¡Sería a fines del siguiente mes! Eso significaba que estaría invitada a su fiesta de cumpleaños, ¿no? Por lo general, era Jin Guangyao el que las organizaba incluso si en esa época del año Jin Ling residía junto a Jiang Cheng en Yunmeng. Si Jin Guangyao era el anfitrión, entonces nada le impediría ir a saludarlo, ¿no? Después de todo, el antagonismo entre ella y Lianfang-zun era invisible y unilateral. De la boca para afuera, los dos eran respetuosos conocidos.
—¿Qué crees que esté haciendo?—Lingjiao bajó la mirada hacia las palmas de sus manos y observó atenta los pliegues en su piel. Tenía las manos heladas por las bajas temperaturas, ¿por qué no tenía a Jiang Cheng para calentárselas bajo su ropa?
—¿Eh? No estarás preguntando qué está haciendo él, ¿no?—Huaisang estaba listo para volver a golpearla con su abanico.
—N-No, qué estará haciendo a-Ling. Antes de irme, le he regalado un cachorro.—a Jiang Cheng también. Tan sólo esperaba que no hubiese dado a Corazoncito en adopción—. ¿Crees que juegue con él?
Huaisang volvió a suspirar.
—Jiajia, te conozco bien. ¡Es hora de que pienses en otra cosa! Hablemos de cómo mi shixiong te ha invitado a tomar el té esta mañana. No sabes la cantidad de rumores de los que me he enterado, ¡tienes varios pretendientes! ¿Qué tal si intentamos arreglarte una cita con u-
—No—sentenció—. No, a-Sang. Ya te lo he dicho antes, yo no quiero a nadie. Estoy bien así.—o mejor dicho, quería a Jiang Cheng y no podía sacárselo de la cabeza por mucho que lo intentara.
—Pff, está bien, te dejaré atravesar este duelo tan caótico por el cual estás pasando.—Huaisang infló las mejillas, inconforme con la negativa de su hermana jurada. ¡Él quería que Lingjiao consiguiera un novio mejor! Por favor, ¡hasta su propio hermano servía! O, bueno, pensándolo bien, mejor ese no—. Pero si Jiajia no va a permitirme arreglar una cita para ella, ¡entonces por lo menos permíteme sacarte yo mismo a pasear! Jiajia, vayamos a avistar aves al bosque, ¿qué te parece?
Lingjiao sonrió incluso si sus ojos ya estaban repletos de lágrimas una vez más.
—Claro que sí, yo acompañaré a mi a-Sang adonde quiera que él vaya—confesó. Lingjiao clavó la vista en el rostro de su hermano jurado y analizó cada centímetro de él. Ese sí que era su alma gemela, ¿no? Nadie más que él la aguantaba incluso cuando su cerebro tenía severos problemas para secretar dopamina—. ¿Sabes? Hay algo de lo que siempre quise hablarte.
Los ojos de Huaisang se abrieron con sorpresa, ¿hablarle de qué? Cuando los dos estaban solos entre la seguridad de las cuatro paredes que componían su habitación, Lingjiao solía hablar y hablar y hablar de Yunmeng, tanto de su trabajo allí como de su líder. A veces las conversaciones eran depresivas, a veces nostálgicas, a veces cargadas de un amor muy específico que a Huaisang le provocaba náuseas, pero de Yunmeng al fin. ¿De qué más podrían hablar ahora? ¿De alguna variedad muy específica de pescado a la que Jiang Cheng era alérgico, tal vez?
—¿Qué es?—de todas formas Huaisang estiró la cabeza, curioso. Chisme era chisme, después de todo.
El rostro de Lingjiao se frunció con algo de tristeza ante la pregunta, lo que significaba que Huaisang estaba en lo correcto al pensar que su amiga volvería a hablar de su ex. Pobre mujer, en serio. ¡Imaginen ustedes lo que debe ser sufrir por alguien tan patético como Jiang Wanyin!
—En el futuro del que vengo, yo solía admirar a una poetisa muy estimada por la sociedad. Si bien en este momento no puedo hacerme dueña de sus melodías, al menos me gustaría mostrarle a Sangsang cómo sus versos resuenan con este dolor en el que estoy sumida.—palabras rimbombantes para intentar explicarle a un hombre de China antigua cómo las canciones de artistas modernos coincidían con su tan específica historia de desamor.
Sin perder demasiado tiempo, Lingjiao tomó un pincel y un pergamino y comenzó así a traducir todos y cada uno de los versos que creyó pertinentes, permitiéndose en ellos descargar parte de la tristeza que todavía oprimía su corazón y pulmones. Qué liberador resultó el ejercicio y con qué simpatía Huaisang leyó todos y cada uno de sus escritos, con su vena artística vibrando ante la cantidad de prosa que su amiga le estaba extendiendo. ¡Era brillante! ¡Intrigante! Porque siendo honestos, Huaisang no tenía idea de la mitad de las cosas que sus ojos intentaban leer. Conocía los carácteres, conocía sus significados unitarios, pero a la hora de ensamblarlos ciertas palabras simplemente no tenían sentido.
—Jiajia, reconozco el valor artístico de este poema de aquí—comentó Huaisang, rascándose la cabeza—. Pero dime, ¿qué es un refrigerador?
Lingjiao rió por lo bajo, y ante ese gesto de evidente alegría Huaisang no pudo sino aplaudir. ¡Al fin se reía!
—No hace falta que Sangsang entienda todas las palabras que le he escrito, con que comprendas cómo me siento es suficiente.—de todas formas, sólo Huaisang sería capaz de valorar toda esa sarta de idioteces de las que tanto hablaba. Y sí que lo apreciaba por ello.
—Ah, claro, claro.—Huaisang continuó leyendo con el ceño fruncido—. Jiajia, ¿de verdad amabas tanto a Jiang Cheng?
Es lo que toda esa poesía estaba tratando de dar a entender, ¿no? Que Lingjiao estaba al borde del colapso por no poder estar con él. Una vez más repitió su pensamiento: pobre mujer.
En realidad, Huaisang no estaba equivocado en lo absoluto. Sí, sí lo amaba así, y en ese momento estaba desesperada por dejar de sentir esa taquicardia que la paralizaba cada vez que pensaba en él. Ya, ya había sido suficiente.
—Sangsang...—no sabía bien qué responder, de todas formas—. ¿Me creerías si te dijera que para mí no existe nadie más en este mundo? ¿Sólo él?
Huaisang rodó los ojos.
—Gege está desquiciada.—qué combinación más extraña de pronombres y honoríficos—. ¿Recuerdas lo que charlamos cuando llegaste a Qinghe?
—No estoy desquiciada, sólo... sólo no puedo evitar quererlo. ¿Cómo no voy a hacerlo? Si él es simplemente perf-
—¡JIAJIA!—por el amor a todos los dioses, ¿de verdad iba a decir que Jiang Wanyin era perfecto? ¡Sí, perfecto para ser asado a fuego lento a modo de castigo por haberla insultado con tanto ahínco!—. Aquí tienes otro objetivo: dejar de idealizar a Jiang Wanyin.
—Yo no hago eso, ¿qué cosas dices?—Lingjiao se cruzó de brazos. Huaisang no tuvo más que acercarse a ella y darle un par de palmadas en la espalda—. Yo sé que todo terminó, pero no puedo simplemente dejar de sentir por conveniencia, ¿sabes?
Lingjiao tenía razón. Por mucho que a él le frustrara no conseguir una manera fácil y rápida de contentar a su Jiajia —pues la idea del "clavo que saca a otro clavo" no funcionaba con ella—, bien sabía que los sentimientos no se apagaban cual fuego de un farol, por lo que irremediablemente tendrían que pasar por un largo, sinuoso, y arduo proceso del cual llevaban a duras penas un pequeño puñado de días. El problema radicaba, por lo tanto, en hallar otro medio por el cual su amiga pudiese empezar a concentrarse en otros asuntos más importantes.
—Entonces encontraremos una forma de que a-Jia pueda distraer esos sentimientos tan conflictivos suyos, ¿te parece? Por ejemplo, podríamos hablar acerca de ya sabes quién.
Ah, sí, tenía razón. Ellos estaban parados en esa misma habitación por algo, ¿no? Más allá de sus constantes pijamadas.
—Ah, pero, Sangsang...
—¿Sí?—cuando Huaisang leyó el cambio en el tono de voz de Lingjiao, al instante supo que acababa de cambiar de tema. ¡Lo había logrado! En tan sólo un par de oraciones Huaisang alcanzó su objetivo de desviar el tema de conversación. ¡Y esta vez incluso impidió que Lingjiao comenzara a llorar!—. Jiajia ha estado muy negativa últimamente. Sé en qué estás pensando y déjame decirte que estoy seguro de que debe existir una razón especial por la cual San-ge se encuentra tan calmo. ¿No será que debemos esperar un par de años? ¿Hasta que Wei-xiong esté más próximo a despertar?
Lingjiao se llevó una mano a la barbilla, pensativa.
—Quizá debamos hablar con Mo Xuanyu para tantear terreno, ¿quién sabe qué es lo que estará haciendo en este momento?—sabía que Madam Jin lo estaba protegiendo, pero no comprendía la razón detrás de esa protección—. Sangsang..., ¿crees que podamos viajar a Lanling para el cumpleaños de a-Ling? Es el próximo mes, después de todo.
Cuando Lingjiao nombró a Jin Ling, Huaisang sabía que irremediablemente volverían a hablar de Jiang Cheng. Incluso si en ese mismo instante Lingjiao se hallaba bastante enfocada al problema relacionado con Jin Guangyao, los dos sabían que asistir a la fiesta de Jin Ling era sinónimo de reencontrarse con Jiang Wanyin. Y qué ocurriría cuando se vieran nuevamente, eso Huaisang no estaba seguro de querer saberlo.
—Jiajia...No sé si debas asistir a algo así...—Huaisang se abanicó con delicadeza.
—No, didi, me estás malinterpretando. A-Ling es mi sobrino—no, no lo era, pero ¿ya qué?—, y por lo tanto debo estar ahí para él. Que yo no viva más en Yunmeng ni esté todo el día junto a... Que yo ya no viva en Yunmeng no significa que no pueda ir y saludarlo por su día especial. De paso, podremos aprovechar la ocasión y tantear terreno, ¿no crees?. De esa forma sabremos qué es lo que ha estado haciendo Lianfang-zun durante todo este tiempo.
Huaisang se encogió de hombros ante la determinación en la voz de Lingjiao. Bueno, suponía que tenía razón en eso, ¿no? Debían ponerse manos a la obra, porque si el fantasma no les otorgaba misiones entonces ellos mismos tendrían que ser quienes tirasen la primera piedra. Después de todo, demasiados años de tranquilidad habían tenido hasta el momento.
Hablando de tranquilidad, y dos días después de esa conversación, la noticia de la repentina muerte de Madam Jin llegó a oídos de los incrédulos Nie Huaisang y Wang Lingjiao.
La historia era simple pero al mismo tiempo escandalosa. Madam Jin había sido encontrado muerta en la habitación de un prostíbulo que ya ni siquiera se hallaba en funcionamiento activo. El cómo, cuándo y porqué eran todavía un misterio, pero las malas lenguas decían haber escuchado ciertos rumores acerca de un posible...asunto referido a doncellas que disfrutaban comerse entre ellas, si es que entendían la metáfora. De todas formas la naturaleza de las presunciones era tan escandalosa que todos preferían cerrar sus bocas y hacer oídos sordos, siendo que Madam Jin fue una mujer poderosa y respetada hasta el día —o la noche, mejor dicho— de su trágica muerte.
Cuando Lingjiao analizó la historia punto por punto, cierto sentimiento de familiaridad se fue gestando lentamente en su interior. Madam Jin había muerto de maneras misteriosas dentro de una habitación de burdel, desnuda, drogada, sin nadie que viera cómo ni cuándo ocurrió el funesto suceso. ¿No era este escenario demasiado similar a la muerte del Jin Guangshan original? Los dos murieron en el mismo lugar y en circunstancias parecidas, y ambos fallecimientos acarrearon rumores tan indecentes a estándares socioculturales que la reputación de ambos resultó silenciosamente manchada. ¿No eran estas coincidencias notorias? El único ser humano sobre la faz de la tierra que podría llegar al mismo plan en dos líneas temporales distintas y ante dos personas distintas era nada más y nada menos que Jin Guangyao. No, no cabía duda alguna: el verdugo de Madam Jin fue Jin Guangyao, lo que significaba que el hombre en cuestión no había dado el brazo a torcer luego de prevenido el asesinato de Nie Mingjue.
Ahora que Madam Jin estaba muerta, una de las piezas evidenciales más contundentes que el Nie Huaisang original utilizó para por fin arrastrar a Jin Guangyao al lodo por fin se hallaba solidificada, significando que lo único que deberían hacer era hallar un testigo que los respaldara a la hora de delatarlo dentro de un par de años más. Ni siquiera creía necesitar pruebas contundentes de que haya sido Jin Guangyao el asesino, no sólo porque en una sociedad así las palabras eran un arma autosuficiente a la hora de dañar a alguien, sino porque además nada podría convencerla de que el hombre en cuestión no estaba involucrado. ¿Quién más desearía humillar a Madam Jin de esa manera? Incluso si Lingjiao no conocía los motivos reales por los cuales la mataría. ¿Quién más se esmeraría por hacer parecer esa muerte lo más natural y ajena a él posible? Jin Guangyao era un hombre casado, virtuoso, héroe de guerra y cultivador en jefe, nada tenía él que ver con tabernas y prostíbulos. Relacionarlo con la muerte de Madam Jin sería, a ojos de la mayoría, una falta total de respeto hacia él y su secta. Aquí, la única que estuvo en falta y murió justamente fue Madam Jin, ¿no? O al menos eso debía pensar la gente.
Lingjiao suspiró al mismo tiempo en el que masajeaba sus sienes, abrumada. Ella sabía que tarde o temprano tendría que ponerse manos a la obra, que en algún momento el Sistema se acordaría de su existencia y la obligaría a involucrarse en todos esos asuntos que ella hubiese preferido dejar de lado. Si bien sabía que su nueva misión era resultado directo de su capricho por salvar a Nie Mingjue y para nada se arrepentía de haberle mejorado la existencia tanto a él como a Nie Huaisang, Lingjiao no tenía ganas de trabajar. No las tenía, porque en ese momento tan específico de su vida se encontraba demasiado agotada, demasiado abatida como para tener que devanarse el cerebro pensando cómo sortear la atenta y aguda mirada de Jin Guangyao. ¿Por qué Lianfang-zun tuvo que actuar justo cuando llevaba tan sólo un puñado de semanas separada? ¿Por qué no esperar hasta, por lo menos, el primer año? Porque sí, incluso si en el fondo Lingjiao albergaba todavía las esperanzas de poder regresar con Jiang Cheng, una vocecita muy pequeña en el fondo de su corazón le decía que sus deseos no serían concedidos. Dos meses habían transcurrido y ni una sola palabra oyó de él, lo que significaba que no le importaba siquiera cerciorarse qué había sido de ella. ¿Por qué confiar que volverían a estar juntos, entonces?
Y de esa forma, la mente de Lingjiao encontró la excusa perfecta para irse de tema, para desviarse de los planes relacionados con Jin Guangyao y regresar a ese tortuoso estado de pensar en Jiang Cheng en cada maldito segundo del día. No lo entendía, si tanto le dolía y si tan segura estaba de su decisión, ¿entonces por qué lo extrañaba tanto? Una década juntos era demasiado tiempo, sin duda. Suponía que sería imposible enmendar en sesenta días lo que venía resultando una rutina prácticamente desde que hubo transmigrado. De verdad que ser ella era un infierno.
Pero ya había sido suficiente, hora de volver a los asuntos que en realidad la competen: la muerte de Madam Jin. Luego de la noticia de defunción, el mundo de la cultivación entró en lo que parecía ser un pequeño período de transición, silencioso y discreto. Otro mes se había escurrido por entre las manos de Wang Lingjiao, sin novedades del Sistema, de Jin Guangyao, de Jin Ling, ni de Jiang Cheng. Sólo se tenía a ella misma, a Nie Huaisang, y a las incontables lágrimas que derramaba cada vez que se acordaba de todo eso que hacía tan poco había perdido.
Dios santísimo, alguien péguele en la cabeza y despiértela cuando hubiese culminado su tan preciado arco de superación personal, ¿por qué tenía que atravesarlo tan lentamente?
—Sistema, ya estoy harta.—era la noche previa al cumpleaños número siete de Jin Ling. Las celebraciones en la Torre de Carpa comenzarían al comienzo de la siguiente semana, siendo que Lanling continuaba en luto por el fallecimiento de Madam Jin.
—¿Eh? ¿Qué haces?—Nie Huaisang estaba bebiendo con ella cuando tuvo que presenciar a su amiga pararse en medio de la habitación y comenzar a hablarle a la mismísima nada. ¿Acaso se habían pasado de licor? ¡Pero si ella tenía una resistencia al alcohol excepcional!—. ¿E-Estás intentando comunicarte con el fantasma?
Lingjiao no respondió, estaba demasiado ofuscada insultando al Sistema para sus adentros, pues éste parecía negarse a reaparecer incluso cuando faltaba tan poco tiempo para ponerse manos a la obra.
—¡Ya ven de una maldita vez! ¿No querías que subsanemos tu tan preciada trama? ¡Materializate, entonces!—cómo odiaba vivir con la incertidumbre de no saber qué demonios hacer con respecto a Jin Guangyao. No importaba que su estado anímico fuese deplorable y que prefiriera encerrarse en su habitación a llorar antes de tener que mover su desdichado cuerpo. Al menos si desenmascaraba a Jin Guangyao se hallaría lo suficientemente entretenida como para olvidarse de Jiang Cheng.
El Sistema le da la bienvenida al menú de inicio, agradecemos su entusiasmo a la hora de mantener el correcto desarrollo de la historia.
Nie Huaisang soltó un chillido casi inhumano tan pronto como sus oídos fueron invadidos primero por la música de Windows XP —aunque él no tenía forma de saber qué era un Windows y qué era un XP—. Acto seguido, corrió hacia Lingjiao y la abrazó por la espalda, buscando refugio en ella ante cualquier amenaza que ese fantasma tan extraño pudiese generar. No iba a matarlos, ¿no? Que se hubiere ausentado durante tanto tiempo no significaba que había estado planeando cómo asesinarlos. No, para nada, ¡Jiajia lo protegería! Ella era la experta en fantasmas, después de todo.
El Sistema está al tanto de sus sospechas, por lo que es de nuestro agrado informarle que todas y cada una de sus conjeturas son cien por ciento ciertas. Esto significa que el acontecimiento MUERTE DE MADAM JIN fue alcanzado con éxito, y que por consiguiente el ARCO DE INVESTIGACIONES se da por comenzado.
Eh, ¿de qué sospechas hablaba? ¿Acaso lo que su Jiajia había comentado era verdad? ¿De verdad Jin Guangyao había asesinado a su madrastra? Bueno, pensó Huaisang. Tiene sentido que ese maldito desgraciado haya encontrado otra víctima en la cual descargar la frustración que no hubo podido liberar en su Da-ge. Si bien no le importaba Madam Jin en lo absoluto —y estaba seguro de que a Lingjiao tampoco le importaba—, él estaría dispuesto a colaborar hasta en el más mínimo detalle con tal de arruinarle la vida a Jin Guangyao en el futuro, tal y como su hermana jurada le había prometido. Esto era lo que ganaba por meterse con la hermandad Nie.
Debido a su buen desempeño y a su predisposición por el trabajo, el Sistema se encargará de ir otorgándoles pistas y misiones a lo largo de los años con el único objetivo de ayudarlos en la correcta planificación de la venganza de Nie Huaisang y el regreso de Wei Wuxian. Su primera misión es, entonces: viajar a Lanling y encontrar al primer testigo que sellará el ataúd de culpas de Jin Guangyao. El resto, queda en sus manos. Con cariño: el Sistema.
—Eso no fue muy informativo que digamos, ¿o no, Jiajia?—Nie Huaisang salió de su escondite y retomó su posición inicial sobre su almohadón, calmado ahora sí por haber sobrevivido al fantasma que acompañaba a Lingjiao—. Tendremos que averiguar cómo planeo San-ge el asesinato y quién es este testigo del que nos habla.
—Yo sé quién es—sentenció Lingjiao—. Si Jin Guangyao está obrando como yo creo que está obrando, entonces este testigo del que nos habla debe ser el mismo que fue utilizado en el futuro del que he venido. Es una mujer, una prostituta a la que Lianfang-zun le perdonó la vida. Creí que tal vez estaría residiendo en Yunping, pero si mi fantasma nos ha enviado a Lanling entonces lo más probable es que todavía permanezca allí.
Los ojos de Huaisang se iluminaron con curiosidad. ¡Qué inteligente era su Jiajia! ¡Recordando el futuro para reconstruir el presente!
—¿¿¿Jiajia está segura de eso???—preguntó, emocionado—. ¡Entonces manos a la obra! ¡Partamos hacia Lanling lo antes posible! Así podrás también saludar al hijo de la señorita Yanli, ¿o me equivoco?
Una punzada atravesó el pecho de Lingjiao.
—S-Sí..., estás en lo correcto. Si bien mi fantasma no nos ha otorgado más pistas, he de creer que lo más prudente para nosotros será seguir esta corazonada mía. Como te dije antes, todos los puntos se unen demasiado bien..., debemos intentar.—¿por qué no se podían terminar de una vez todos esos años de espera? ¿No podían adelantarse ya al plan final?—. Preparémonos para el viaje, quiero comprarle algo a a-Ling en el camino.
Huaisang la miró con determinación pura, y luego de asentir un par de veces con la cabeza, los dos comenzaron la operación arruinar la reputación de Jin Guangyao, parte uno. Qué les depararía el destino en Lanling Jin, eso estaría aún por verse.
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Y así es como volvemos a los capítulos que mezclan las dos cosas (??). No creo tener mucho más para decir por hoy, así que nos vemos el domingo. Hasta luego!