Juventud En Primavera

By itsslilina

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«¿Crees que el amor tenga límites?» El polvo cayó cuando la puerta fue abierta y el lugar fue limpiado del pa... More

Advertencia
Personajes
Prólogo
Capítulo 0
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
CAPÍTULO XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV

Capítulo IX

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By itsslilina

"El amor es invisible y entra y sale por donde quiere sin que nadie le pida cuenta de sus hechos"
Miguel Cervantes
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31 de marzo, 1985

Leanne podía decir que era buena en muchas áreas de la escuela. Como por ejemplo: el arte, la historia y, sobre todo, la literatura. Esas asignaturas eran su fuerte, sin dudarlo. Se denominaba, libremente, a sí misma como una estudiante más especializada en las humanidades.

A pesar de ello, las otras materias no le generaban mayor dificultad y en cada año siempre las aprobaba con buenas calificaciones. Pero, esta vez, se vio a si misma reprobando matemáticas de una manera inminente.

—Espera, Rosé, aguarda un segundo. ¿Cómo llegaste a ese resultado? —Leanne murmuró, aturdida por tanta información— ¿Por qué hay una raíz cuadrada ahí si solo era una ecuación en tercer grado hace un segundo? —expresó.

Se sentía mareada, su cabeza daba vueltas por los giros inesperados en el ejercicio y no lo lograba entender, aunque lo intentara, y eso la frustraba de sobremanera. El no entender rápido algo, que se veía tan fácil para otros, la hacía sentir frustrada de su propia inteligencia.

Eso no pasó desapercibido por Rosé, quien había estado más de una hora enseñándole a Leanne matemáticas para su examen del lunes.

Rosé cursaba clases avanzadas desde que entró a la secundaria y la materia que Leanne estaba viendo ella la había pasado hace ya dos años. Pensó que, quizás, podría serle más fácil enseñarle a Leanne por su experiencia.

—Leanne, las ecuaciones irracionales son más fáciles si tratas de simplificar los factores en la igualdad si son números enteros naturales. —trató de explicar, pero Leanne cerró el cuaderno y hundió su rostro en el colchón.

—No logró entenderlo, Rosé. —resopló— No hay forma de que pueda aprobar el examen.

Podía entender la frustración de la castaña, no era una materia fácil de aplicar. La teoría sonaba bastante sencilla a simple vista, pero cuando tocaba desarmar las ecuaciones para buscar la incógnita, las cosas cambiaban.

Quizás era momento de darle una tregua a Leanne.

Rosé tenía la hipótesis de que Leanne era de las personas que, si no les sale algo en sus primeros intentos, desistían con rapidez. Lo suponía, ya que Will es de la misma forma, pero un poco más catastrófico.

Las veces que ella había tratado de ayudarlo, William se rendía con facilidad al primer error, dudando de sus propios conocimientos. Y, aunque Rosé tratara de aconsejarlo, su hermano se encerraba en sí mismo y no dejaba a nadie entrar.

Leanne y William... eran un tanto parecidos en ese sentido.

—No seas pesimista, Leanne. Nadie entiende a la primera. —trató de alentarla.

Las dos chicas estaban acostadas en la amplia cama de la habitación de Leanne, con cuadernos, lápices, gomas de borrar, calculadoras y libros esparcidos en esta.

—¿Y a la septuagésima sí? —murmuró con la cara aun en el colchón.

—No exageres. —Rosé apoyó su brazo en la cama y con la mano sostuvo su cabeza mientras veía a Leanne— Aún nos falta un intento para llegar a ese número. —bromeó, tratando de consolarla usando esa estrategia.

Leanne soltó una carcajada al escucharla y sacó la cabeza del colchón, girándola hacia Rosé para entrecerrar sus ojos y lanzarle una mirada.

—Eso no mejora la situación, Rosé. —masculló.

Rosé observó la expresión en el rostro de Leanne y sonrió, llevando su mano a la cabellera de la chica y la acarició.

—Vamos, Leanne, solo debes entender el proceso y repetirlo un par de veces. La práctica hace al maestro. Roma no fue construida en un día. —Leanne sintió su garganta secarse— Fallar en el camino es necesario para llegar a tu destino. Si solo te dedicas a caminar en línea recta, sin mirar hacia los lados, no llegaras a ningún lugar realmente.

—Entonces, ¿en cuantos días fue construida la ciudad? —cuestionó la reflexión de Rosé.

—En los necesarios para disfrutar de cada paso. —levantó un dedo y dictó— Hay que saber perder y caerse para aprender a sacudir el polvo y valorar las victorias. Además, has avanzado mucho desde que nos sentamos hace una hora. Confía en mí, eres mi mejor alumna. —aseguró.

Leanne giró la cabeza hacia los lados, recorriendo con su mirada la habitación.

—Soy la única que tienes, Rosé. —aguantó la sonrisa que amenazaba con instalarse en sus labios.

—Detalles, Leanne, detalles. —movió la mano de arriba abajo y Leanne rio. Rosé vio que la chica había soltado la frustración y cerró su libro, empujándolo hacia los pies de la cama— Está bien, tomemos un descanso. Lo mereces.

Ahí fue cuando Leanne levantó su cabeza de la cama. —¿Tendrás piedad por mi cerebro?

—No lo digas como si hubiese estado torturándote de la peor manera. —reprochó y Leanne sonrió— Hagamos algo para distraerte, pero seguiremos estudiando después de eso.

—Acepto. —tiró su cuaderno lejos de ella y apoyó su espalda en la cama, cambiando de posición.

—Entonces, ¿qué quieres hacer? —preguntó la chica a su lado. El sol comenzó a caer por las montañas a su lado y ella se dio cuenta de ello cuando un rayo de este se posó en el rostro de Rosé. Los ojos de la chica se tornaron de un zafiro intenso, muy bello— ¿Leanne?

«Oh mierda» Ladeó su cabeza al instante al ser descubierta mirando fijamente, en silencio, a la chica. Evitando mirarla y tratando de ocultar el rubor que comenzó a nacer en sus mejillas.

—Lo que sea, pero que no tenga números. —habló, nerviosa y avergonzada, tratando de pasar desapercibida.

Rosé a su lado pareció no darse cuenta de esto, ya que simplemente se acostó a su lado, en la misma posición, viendo al techo.

—Entonces, digo que no hagamos nada —dio la idea—. Aprovechemos el tiempo para descansar, sin pensar. A veces eso realmente es una bendición.

—Suena como una. —le dio la razón a la chica.

Se quedaron en completo silencio al lado de la otra, disfrutando de la tranquilidad que el momento les regalaba a las dos y era extraño, ya que nunca sucedía algo igual cuando estaban por separado.

El sonido de las aves cantándole al atardecer, del viento moviendo los arboles y chocando con las ventanas y de la melodía inexistente entre ellas.

Era como si todas las voces del mundo se hubieran silenciado en ese mismo instante mientras dos chicas disfrutaban de una paz que pocas veces sentían en sus agitadas y movidas vidas.

Pero su burbuja, como todo en la vida, explotó rápidamente, llegando a su fin. Para la mala suerte de las dos chicas.

El sonido de la puerta principal siendo abierta y el eco de una voz femenina que retumbaba en toda la mansión hizo que Rosé abriera sus ojos de golpe y se tensara de pies a cabeza al lado de Leanne.

—¿Qué...? —Leanne habló al sentir a la chica, pero también se quedó en silencio a reconocer la voz.

Era Sophia, la voz de Sophia era la que se escuchaba en toda la mansión. Eso no debería ser algo extraño, pues era la dueña del lugar, pero era la condición en la que se encontraba la mayor la que no era normal.

Su voz sonaba como si le costara modular. Como si estuviera arrastrando sus palabras en cada silaba. También se escuchaba, tenuemente, la voz de otra mujer pidiéndole que se afirmara de ella para caminar y poder llevarla a su habitación.

No había que tener un nivel intelectual alto para darse cuenta de que Sophia estaba ebria. No, mucho más que ebria, en definitiva. Era un estado que podías reconocer fácilmente.

Leanne escuchó a Rosé soltar una risa cansada a su lado y, girándose para ver a la rubia, se encontró con la imagen de ella sonriendo con sus ojos cerrados.

—Otra vez, lo acaba de hacer otra vez. —murmuró la chica— Es la jodida sexta vez en la maldita semana. —espetó, llevando su mano al nacimiento de su cabello, en una expresión agotada y molesta.

Leanne no sabía si preguntarle, si tocar el tema al verla de esa forma, tan afectada por el eco que seguía resonando, pero lo hizo.

—¿La sexta vez...? —dejó la pregunta en el aire, dándole la posibilidad a Rosé de evadirla.

—Es la sexta vez esta semana que llega ebria a casa de sus malditas fiestas —los ojos de la chica a su lado de abrieron y se fijaron en los suyos. El debate, la lucha y el huracán dentro de ellos fue evidente para Leanne—. Creo que debería bajar para felicitarla, ¿no lo crees? Acaba de batir su anterior récord de cuatro días seguidos llegando completamente ebria a casa. —dijo con amargura— Nuevo récord para Sophia Hamilton, ¡Hurra! —soltó con falso entusiasmo.

Leanne, no supo que decir a lo que Rosé acababa de confesarle. No era una situación a la que ella estuviese acostumbrada. Su madre y su padre casi nunca bebían. De hecho, lo detestaban bastante.

Pero ella no era tonta, y ya había notado la repetitiva ingesta de alcohol de Sophia durante las mañanas. Por el olor a alcohol que venía de ella o los evidentes signos de la resaca.

—¿Cómo te hace sentir eso? —preguntó, sin dar una opinión o consejo.

No diría nada en ese momento. Ella dejaría que Rosé fuera la que hablara sin interrumpirla. La dejaría expresarse con completa libertad.

—No lo sé... he vivido de la misma forma por años. Ya ni siquiera sé cómo sentirme. —Rosé evadió la mirada de Leanne y la llevó al techo— Mamá bebe todas las semanas desde que tengo memoria. Era algo regular para mi verla llegar casi inconsciente de sus fiestas los fines de semana o, simplemente, durante la semana en casa. —el pecho de Leanne se oprimió— Antes no lograba entender la razón de su actuar, la juzgaba duramente por las decisiones que tomaba. Creyendo que solo era parte de un actuar egoísta de su parte, pero ahora sí lo hago, aún si eso me molesta, la entiendo.

—¿Por qué crees que lo hace? —dio el paso para que Rosé se explayara.

—Porque está sola. No porque se siente sola, sino porque realmente lo está. —susurró— Porque papá nunca está en casa, porque ella duerme sin compañía la mayoría del tiempo, y acudió al alcohol para dejar de sentirse en esa agonizante soledad que la atormentaba. —Rosé cerró los ojos y unas pequeñas lágrimas cayeron de ellos— No la puedo juzgar por buscar, desesperadamente, una forma de escapar de aquella soledad que la arrasa. Por buscar una forma de llenar la herida que papá causó en ella sin piedad. —concluyó.

—No te detengas, Rosé. —pidió Leanne, esperando que la chica siguiera hablando.

—Me di cuenta de la soledad en la que mamá vivía hace años. —continuó— El sufrimiento que llenaba su cuerpo cada noche y día. De como ella mantenía una imagen fuerte para sus hijos, pero cuando no podía seguir haciéndolo, caía en brazos de algo que pudiera salvarla de su propio sufrimiento. ¿Cómo podría juzgarla por algo así? Ella no es egoísta, ella trata de sobrevivir por nosotros, pero de la peor forma.

Leanne levantó su mano hacia el rostro de Rosé, instintivamente, pero se detuvo a medio camino, antes de lograr tocar la piel de la chica y la bajó.

—¿Y tu padre? ¿Dónde está? —escarbó más a fondo.

Porque sí, esa era su duda desde que llegó. Jamás lo habría preguntado si no estuviese en esa situación, pero ahora lo estaba haciendo.

«¿Dónde está el señor Hamilton y por qué la mención de su nombre generaba esa reacción en su familia?» esa era su pregunta.

—No lo sé, pero donde sea que esté no es aquí. Nunca es aquí, Leanne. —abrió sus ojos y se giró hacia la nombrada— He vivido toda mi vida viéndolo entrar y salir de este lugar sin saludar ni despedirse de nosotros. He vivido viéndolo priorizar su trabajo, su dinero y su estatus social, antes de su familia. Siempre fuimos, somos y seremos la segunda opción en su vida. No importa el momento ni el año, siempre existirá algo más importante para él que nosotros. Que su familia, irónico. —los cristalizados ojos de Rosé calaron en Leanne.

La castaña la miró fijamente por unos segundos, sin decir nada, solo estando ahí a su lado y dejó que Rosé siguiera antes de volver a responder algo.

—Es divertido, porque, a simple vista, parecemos una familia perfecta. Es decir, vivimos en este maldito palacio lleno de empleados; tenemos dinero, joyas, autos, acciones, terrenos, poder, tecnología vanguardista y estatus social, pero estamos jodidamente rotos como familia. Entonces, ¿de qué sirve toda esa mierda material? —Rosé habló sin detenerse y Leanne la dejó expresarse—. El apellido que poseo pesa en mi espalda, y parece como si cada año pesara más y más. Temo que algún día esa carga termine por aplastarme.

—No lo hará. —intervino Leanne con rapidez— No te aplastará.

—¿Cómo lo sabes? —Rosé cuestionó a Leanne.

—Porque estás aquí. —dijo, simple.

Rosé frunció su ceño. —No lo entiendo. —la voz de la chica tembló en cada sílaba.

Leanne no se detuvo esta vez y llevó su mano hacia el rostro de la chica. Con su dedo limpió, suavemente, las lágrimas que caían por sus ojos de Rosé.

—Porque creo que somos mucho más que nuestros apellidos —aseguró, incluyéndose en su reflexión—. Mucho más que el "quien debemos ser"

—¿Y eso qué significa, Leanne? —preguntó, sin lograr entender a la chica.

—Creo que el pasado es sólo el prólogo de nuestra verdadera historia. Y tengo una hipótesis muy clara en mi mente, ¿quieres oírla? —ofreció.

Rosé asintió. —Sí.

Leanne subió su mano, alejándola del rostro de Rosé y la alzó al pintoresco techo, moviéndola en el aire, formando símbolos extraños. Símbolos que Rosé siguió con la mirada sin perderse de ningún movimiento.

—El pasado no se puede cambiar, solo apreciar. El futuro no se puede adivinar, solo aguardar. Y el presente no es para siempre, es solo un momento, pero es ese momento, por muy pequeño que pueda ser, completamente nuestro. —murmuró— El destino baraja las cartas, pero nosotros las jugamos y son nuestras decisiones las que trazan nuestro verdadero camino. —finalizó, recordando las palabras de Shakespeare.

Rosé sintió su cuerpo temblar y hormiguear ante las palabras de Leanne. De su pecho nació una calidez que se expandió por todo su cuerpo en menos de un segundo.

—Hablas como si en tu espalda también existiera una carga, Leanne. —comentó, tomando por sorpresa a Leanne.

—Todos tenemos al menos una, ¿no lo crees? No somos más que rastros de un pasado marcado en nuestra piel, imborrable. —bajó su mano a la cama y observó a Rosé, ladeando su cabeza hacia ella— No somos más que un conjunto de historias entrelazadas las unas a las otras. —aseguró.

Rosé pensó unos segundos en lo último que dijo Leanne.

—Entonces, ¿la tuya y la mía lo están? ¿Nuestras historias están entrelazadas? —preguntó y la respuesta en la mente de Leanne fue más que clara, certera, rápida y segura para ella.

—Lo están, Rosé. —murmuró, bajito, sintiendo un extraño nerviosismo recorrerla.

—¿Cómo lo están? —y antes esa pregunta, Leanne, quiso contarle toda la verdad.

Quiso contarle de esa noche, de esa chica borracha en un condado desconocido, sentada al borde de un puente mientras bebía. Deseó contarle de esa rubia vestida de marquesa que deambulaba por la solitaria noche mientras bebía cerveza barata y usaba un perfume caro.

Lo tenía en la garganta, picando por salir y ser expuesta a la chica, pero... no pudo hacerlo. Aun cuando abrió su boca para contarle a Rosé, no pudo. Sus cuerdas vocales se cortaron y nada salió por su garganta.

Ya no era la exposición la que la asustaba como lo fue cuando vio a Rosé en el primer día de clases, sino el miedo a las represalias que podría generar en Rosé por su mentira. Por la mentira que defendió frente a la rubia más de una vez.

Fuera lo que fuera, la primera o la segunda excusa en su mente, todas eran producto de su cobardía y, Leanne, se detestaba por ello.

Odiaba ser tan cobarde.

—Porque, si no fuera así, no estaríamos en la misma habitación ahora mismo, ¿no lo crees? —se las ingenió para inventar una respuesta creíble para Rosé.

La sonrisa en los labios de Rosé la alivió.

—Entonces, espero que nuestras historias no solo estén entrelazadas, sino unidas. —añadió, limpiando el rastro de lágrimas de su rostro— Podrías escribir un libro, Leanne. Estoy segura de que sería un completo éxito.

Leanne sonrió, negando continuamente con su cabeza.

—Soy más de leerlos, no de escribirlos —aseguró, sin dudarlo.

—Y yo de ignorarlos —respondió Rosé—, pero lo leería si fuese escrito por ti.

—¿Lo harías? —Leanne se sorprendió.

—¡No lo dudes! No seré mucho de leer, pero si es para saber que hay detrás de tus ojos, lo leería sin detenerme. —confesó.

Leanne hizo como si pensara por unos segundos. —Mmh, ¿quieres saber qué hay detrás de mis ojos?

Rosé se emocionó en ese instante. Los ojos de Leanne era lo que más le gustaba de la castaña. El brillo en ellos era más resplandeciente que el de una maldita estrella.

—¡Joder, sí! —exclamó con emoción.

Leanne se acercó unos centímetros a ella, como si fuera a contarle un secreto muy íntimo.

—Detrás de mis ojos hay... —dejó unos segundos de intriga— muchos traumas. —soltó, con risas, lo último, desconcertando a la rubia frente a ella.

—Joder, que poético, Leanne West. ¿Ese será el prólogo o el epilogo de tu libro? —jugó ella también.

Rosé estalló en carcajadas que contagiaron a Leanne. En menos de un segundo las dos estaban riéndose sin parar. Rieron tanto que sus estómagos dolieron y sus ojos se llenaron de lágrimas, las cuales, esta vez, eran de alegría para Rosé.

Cuando se calmaron, Rosé se sentó en la cama, moviendo la cabeza, como si estuviera sacándose algo de encima, antes de volver a hablarle a Leanne.

—Tengo una idea. —expuso y el tono en la voz de la chica le indicaba a Leanne que sería algo que ella no se esperaría.

—¿Qué es? —preguntó, curiosa de lo que ideó la mente de la chica.

—¿Qué dirías si el lunes, después de tu examen de matemáticas, nos escapamos al lago que te mostré la otra vez? —propuso y los ojos de Leanne se abrieron.

—¡¿Escaparnos de clase?! —exclamó la chica, recibiendo un sonoro "Shh" de parte de Rosé y bajó un poco la voz— ¿Estás loca? ¿Y si nos descubren?

—No lo harán, confía en mí. —juró, cruzando sus dedos— O, al menos, jamás me han atrapado a mí, si te sirve de algo. —agregó y eso no le causó ninguna seguridad a la castaña.

—Rosé, jamás me he escapado de clase. —confesó— Hasta hubo un año en el que no falté ni un solo día.

Rosé sonrió. —Que correcta, Leanne. —dijo y Leanne rodó sus ojos— ¡Vamos, Leanne! Atrévete a tomar riesgos sin pensar en nada más, prometo que no te arrepentirás si lo haces. —le guiñó el ojo.

—Me da... —balbuceó, algo avergonzada— carajo, me aterran las represalias, Rosé. —soltó algo que era bastante privado de ella— No sé si pueda hacerlo. Lo siento.

Rosé miró a Leanne por unos segundos, analizando el miedo en los ojos de la chica a su lado y solo pudo pensar en todo lo que podría hacer para eliminar hasta el más mínimo rastro de ellos.

—Leanne, no dejes que el miedo a lo desconocido te limite a vivir o realmente no estarás viviendo, solo existiendo. Afuera hay un mundo de posibilidades esperando por ti. —susurró, siendo completamente sincera en sus palabras— Esperando por ser descubiertas, como un tesoro.

En la mente de Leanne había un debate; el miedo contra la curiosidad, el pánico contra la valentía, el todo contra el nada.

Los deseos de arriesgarse a lo desconocido la llenaban de pies a cabeza, tratando de eliminar con esto el miedo en su cuerpo, como si fuera un virus en su sistema.

¡Mierda! Leanne quería arriesgarse, ¿cómo llegó a ese punto? Trató de pensar y hacer memoria. Ella jamás había si quiera pensado en hacer algo como lo que la rubia le ofrecía, pero ahora... todo parecía tornarse en una nueva perspectiva.

Ahora, Leanne, quería arriesgarse a salir de su zona segura. Quería conocer más allá de lo que sus ojos alcanzaban a ver a simple vista. Quería más y en los ojos de Rosé encontraba una extraña e inexplicable sensación de seguridad que la incitaba a seguir adelante.

La decisión ya estaba tomada, lo estuvo desde antes de que Rosé preguntara, pero Leanne tiende a ser un poco ciega con sus propios deseos y emociones.

—Está bien, Rosemary Hamilton. —respondió, al fin, Leanne— Hagámoslo.

El rostro de Rosé se iluminó en el acto al recibir la respuesta positiva de la castaña a su propuesta.

—¡Sí! —exclamó con felicidad— ¡Te prometo que no te arrepentirás, Leanne!

Leanne sonrió ante la reacción tan explosiva de Rosé.

—Eres una pésima influencia, ¿te lo han dicho? —murmuró entre pequeñas risas y Rosé se encogió de hombros.

—No tengo problema en serlo, al contrario, me gusta serlo si eso significa verte sonreír. Me gusta ser esa mala influencia que se dedica a mostrarte el mundo y, si eso está mal, me declararé culpable frente al juez. —puso la mano en su corazón, jurando.

—¿No te da miedo? —Leanne inquirió al ver la seguridad de Rosé— ¿No te asusta lo que podría pasar si lo haces? ¿Si las cosas no salen como esperabas?

Rosé reflexionó unos segundos la pregunta de Leanne: sí, ella tenía miedo a muchas cosas. A veces pensaba que era bastante miedosa y le disgustaba, pero la gran diferencia era que el miedo no la paralizaba. Al contrario, le daba la fuerza necesaria para desafiarse a sí misma.

No viviría estática, no se limitaría, no se privaría de las maravillas que el mundo podía ofrecerle por el miedo.

Para ella era más importante el viaje que el destino, porque era en el camino donde conocería el mundo. El destino es solo un lugar en el que se detendría cuando llegara, más no el camino que recorrería para alcanzarlo.

—Valiente no es el que carece de miedo, Leanne. Es aquel que, aún sabiendo las consecuencia de sus actos, vive si con ello logra encontrar su propia felicidad. —respondió, con certeza en cada palabra.

—Eres increíble, Rosé. —esa fue la única conclusión de Leanne.

Ella no negaría jamás que, a sus ojos, Rosé brillaba con una luz única. Una luz que jamás antes sus ojos habían visto.

Rosé se levantó de la cama de golpe y caminó hasta el extremo donde Leanne estaba e hizo una reverencia, sacó de su cabeza un invisible sombrero y lo extendió en el aire.

—Gracias, señorita Leanne y será un placer convertirla a usted en un ser aún más increíble que yo. —respondió, ganándose una sonrisa de Leanne.

—No sé si eso será bueno o malo. —admite la castaña.

—Lo descubriremos, Leanne y esa será la mejor parte de todas. —argumentó y Leanne asintió, dándole la razón.

—Si tú lo dices. —murmuró.

Rosé miró de reojo el reloj en la mesita de noche y se puso recta

—Ahora, basta de charla. El descanso terminó, Leanne. Es momento de volver a las ecuaciones. Tenemos un examen que aprobar con un diez.

Leanne rio nerviosa. —Sin presiones, ¿eh, Rosé?

~o~

1 de abril, 1985

La iglesia central de New Spring se alzaba frente a los ojos de una cansada rubia, un aburrido castaño y una entusiasta, y con resaca, rubia.

Paredes color marfil, adornos de oro colgados, una entrada rodeada de áreas verdes y flores, y una cruz de madera a lo alto del pilar principal. La iglesia con una arquitectura renacentista era una de las más hermosas del país.

La renombrada familia Hamilton se abría paso en la amplia entrada. Como si ayer la mayor de los tres no hubiese llegado alcoholizada, casi sin poder moverse, a la casa.

Su madre estaba ahí, de pie, con la frente alzada. Portando su traje de marca, sus joyas de lujo, su bolso de última colección y un maquilla elegante. Tapando, ocultando, lo que tras lo que se ve a simple vista esconde.

Rosé pensaba en ello, su madre se esforzaba mucho tratando de ocultar lo que bajo aquella mascara había. Siempre fue de esa forma, siempre fue su madre la que se encargaba de ocultar la realidad que vivían.

A la chica le sorprendía como su madre tuvo la fuerza para levantarse de la cama con resaca para ir a primera hora a la iglesia, como era regularmente. No entendía de donde sacaba tal fuerza.

Fingiendo, sonriendo y saludando a todos los que conocía, su madre se abrió paso en la entrada de la vieja iglesia central. Mientras ella y William la seguía, pisando sus talones, en silencio.

Su hermano demostraba en sus facciones un claro disgusto, no trataba de ocultarlo. En la mañana, al despertar, fue a su habitación para decirle que no deseaba ir con su madre. Rosé no pretendía obligarlo a ir, pero solo le pidió que lo pensara bien.

William al bajar no se degastó tratando de ocultar la molestia en su rostro. La dejó libre para que todos se enteraran de ello.

Rosé sabía que Leanne entendía la molestia de William cuando compartieron el desayuno. La castaña no los había acompañado como dijo el otro día, pero si se levantó temprano para despedirse de ellos en la puerta.

Se acercaron a la entrada de la iglesia y Rosé aprovechó el momento en el que su madre caminó y se alejó de ellos, dirigiéndose donde sus amigas, para hablar con William.

—Will —susurró, llamando la atención del chico—, por favor, disimula tu desagrado. Parece como si te hubieras comido un maldito limón. —comparó el rostro de su hermano con esa sensación.

—No me jodas, Rosé. No sé cómo puedes fingir tan bien como ella. —masculló el chico, frunciendo su ceño— Es como si ayer no hubiese llegado en un estado deplorable. ¿Lo olvidas?

Rosé miró hacia los lados, cerciorándose de que nadie estuviera escuchando y tomó a William de la mano y lo llevó al jardín de la iglesia.

—No lo hago. No lo olvido. Nunca lo hago. —Rosé soltó la mano de su hermano para hablar más tranquilos— Yo tampoco estoy feliz en estos momentos, William. Para nada, estoy cansada, aburrida y disgustada con la situación. Y, créeme que, si pudiera, me iría a casa, en vez de estar aquí fingiendo. —aseguró la chica.

—Entonces, ¿Qué mierda haces aquí, Rosé? ¿Qué hacemos aquí alimentando este teatrito barato? —siseó, ladeando la cabeza, e ignorando la mirada de su hermana.

—Estoy aquí por mamá. —tomó la camisa de William para que la mirara— Porque no es por ella que estamos aquí fingiendo ser una familia perfecta, William y lo sabes. —trató de recordarle la verdadera razón de su ida a la iglesia cada domingo— No justifico a mamá por su actuar, no puedo hacerlo. Estoy molesta, decepcionada, triste, cansada y mil emociones negativas más, pero tampoco puedo juzgarla. Sabes las razones que tiene ella para levantarse, aún con resaca, para venir. —concluyó.
Porque sí. No era por su madre por la que se levantaban cada domingo para asistir a una misa de casi tres horas, sino que por él; por su padre.

—Joder. ¿Ella tampoco se cansa de esta mierda repetitiva? ¿De este teatrito de mierda mal hecho? —gruñó, sabiendo que su madre no es la culpable.

—No creo que ella lo haga, Will. No cuando él se lo pidió antes de irse. —llevó su mano a la de su hermano, tomándola cálidamente entre la suya— Will, no te pido que finjas que somos la familia perfecta, porque no es algo que yo pretendo actuar tampoco, pero si te pido que acompañes a mamá en esto. No quiero dejarla sola, no quiero dejar a mamá sola. No más de lo que ya está cada día de la semana. —le pidió.

William cerró sus ojos, soltó un par de respiraciones, apretó la mano de su hermana y apoyó su cabeza en el hombro de la chica, cansado y abatido. Con mil emociones cruzando su cuerpo y mente.

—Rosé, la escuché vomitar toda la noche, muchas veces. Tuve miedo de que le sucediera algo, nunca había vomitado tanto. —eso sorprendió a Rosé, ella no lo sabía— En la mañana se tuvo que bañar dos veces para sacarse el olor a alcohol y vomito. —concluyó con la nueva información.

Rosé levantó la vista al cielo, sin sacar a William de su hombro y trató de despejar su mente. De buscar concentrarse, aún después de lo que su hermano acababa de confesarle.

—Will, hablemos de esto en la casa, ¿está bien? —llevó su mano a la cabellera castaña, con tonalidades doradas, de su hermano— No creo que este sea el lugar para hacerlo. Hablemos en casa sobre lo que pasó, más tranquilos y veamos que podemos hacer por mamá.

William asintió con la cabeza. —Está bien, Rosé. —murmuró.

Se separaron luego de unos segundos, apretaron sus manos, dándose ánimo, contención y apoyo al otro, y salieron del jardín en busca de su madre. A la cual encontraron hablando con los padres de Michael animadamente.

Rosé se tensó cuando vio al chico parado al lado de su madre, hablando con ella y sonriéndole de manera sínica, como si nada cargara en sus hombros. Y volvió a correr al jardín, para esconderse, cuando su madre comenzó a buscarlos con la mirada entre la gente.

William la siguió, escapando de la mirada de la mujer y volviendo al jardín con la chica.

—Maldición, ¿por qué justo ahora? —espetó la chica.

No deseaba volver a ese lugar, ya no. La presencia de Michael agotó todas sus ganas de seguir con el día de misa y la sola idea de tener que fingir frente a todos que ella y Michael se llevaban bien o seguían siendo cercanos, le disgustaba.

No le había dicho a su madre que canceló la cita de Michael ni que no pretendía volver a aceptar una en su vida y estaba segura de que su madre la volvería a obligar a salir con él si iba ahora donde ella.

—Vete a casa, hermana. —la voz de William la desconcertó y giró su cabeza para mirar a su hermano, parado a su lado— No quiero que te topes con él en este lugar y mucho menos que mamá vuelva a tratar de unirlos y hacerlos salir. —Will lo decía bastante serio— Vete a casa con Henry, aprovecha que Leanne está allá. Yo le diré a mamá que te sentiste enferma y Henry te fue a dejar.

El rostro de Rosé se iluminó por los dichos de su hermano, vio una salida a su próximo martirió, pero negó rápidamente.

—No quiero dejarte solo en esta situación, William. —respondió la chica— Estamos juntos en esto.

William negó con la cabeza. —Puedo soportarlo, Rosé. Lo he hecho desde el principio, no te preocupes por mí. Solo vete a casa y disfruta de una hermosa mañana sin estar escuchando al decrepito narrar el mismo monologo de siempre. —le guiñó el ojo.

—¿Estás seguro? —cuestionó.

—La idea de estar dos horas y media sentado en un asiento de manera, escuchando a un viejo parlotear sin parar, no me agrada, pero que mamá trate de conseguirte otra cita con Michael es aún peor. —aseguró el chico, sonriéndole— Toma este acto de amabilidad como tu regalo de cumpleaños adelantado.

Rosé le dio un gran abrazo a su hermano.

—Gracias por esto, Will. Te debo una.

—Más de una, Rosemary, pero eso lo arreglaremos después. Ahora, vete en cuanto yo distraiga a mamá, Michael y los Stanley, ¿está bien? Evita ser vista. —Rosé asintió y soltó a su hermano, viéndolo caminar fuera del jardín, en dirección a su madre y los padres de Michael.

Miró su alrededor y se decidió por rodear la iglesia para irse donde Henry, y que este la llevara a casa. Fijó el plan en su mente, detalladamente, mientras veía desde la abertura de un matorral a Will llegar donde su madre estaba.

Esperó unos segundos que su madre dejara de buscar con la mirada en los alrededores y se movió cuando Will hizo una señal con su mano.

—Es una pena que tu hija tuviera que volver a casa antes de tiempo, me hubiese encantado verla. —habló la señora Stanley— Mi Michael me ha dicho que Rosé está igual de hermosa que las flores de New Spring en primavera.

—Muchas gracias por el cumplido, Juliet. Estoy segura de que a mí Rosé le hubiera encantado verte también. —respondió su madre.

«Yo no pensaría lo mismo» Dijo Will para sus adentros.

—Tu hija dejó a mi hijo plantado el otro día, ¿lo sabías, Sophia? —habló el señor Stanley, el alcalde de la ciudad, con un tono duro.

William pudo descifrar por su forma de hablar, pararse y expresarse, que el hombre estaba molesto por lo del sábado pasado. Y, como la mierda, que eso alegraba a William.

Su madre ladeó su rostro, mirándolo fijamente, atónita por lo que el padre de Michael dijo, y él, simplemente, se encogió de hombros, sin darle mayores rodeos a lo que Rosé inventó para quedarse esa noche.

—No se sentía bien —respondió, mirando a los señores Stanley y a su amigo—, amaneció enferma, aunque de igual forma quiso asistir a la cita, pero yo le dije que no, ya que se veía muy mal. —aseguró el chico, inventando lo último— No dejaría que mi hermanita saliera si se sentía mal, creo que me entiende, alcalde. —miró al hombre frente a él— Usted cuida de todos en New Spring, ¿no es así?

—Así es. —respondió el hombre, frunciendo su ceño levemente.

—Bueno, alcalde, así mismo me siento yo con mi hermana. —soltó, no siendo lamebotas con sus palabras— Mi prioridad es cuidar de ella de todo y de todos. —concluyó el chico, alzando un poco su mentón, siendo duro con sus palabras.

El ambiente que los rodeaba se tornó pesado y él pudo sentir la mirada de Michael quemando su rostro, una mirada de odio que él conocía bastante bien.

—Tienes un maravilloso hijo, Sophia. —la madre de Michael habló— Se nota que lo han criado bien, será un gran hombre cuando se case. Estoy segura de que la mujer con la que contraiga matrimonio será protegida y amada. —agregó la mujer.

El pensamiento claro que cruzó la mente de William fue ese: —Oh, no creo que eso suceda. —cortó de pronto— No tengo planes de casarme, nunca. —dijo aquello, que causaría una impresión negativa en todos, sin pelos en la lengua.

—¿No pretendes casarte, chico? —habló otra vez el alcalde— ¿Eres maricón, acaso? —soltó con repudio.

William abrió su boca para responderle, sin temor alguno, pero su madre se le adelantó.

—Discúlpeme, alcalde Stanley, pero no permitiré que diga esa barbaridad sobre mi hijo. —su madre habló— William aun es un niño, tiene toda la vida para pensar en casarse, este es solo un arrebato de rebeldía de su parte, pero no permitiré que acuse a mi hijo de algo que no es con tanta libertad, alcalde. —la dureza en la voz de su madre era algo que él quiso aplaudirle, si no fuera por todo lo que antes dijo sobre su "rebeldía" por no querer casarse.

Si él no quería casarse no era por un acto de rebeldía o inmadurez, todo lo contrario, era la decisión más madura que podría haber tomado en toda su vida: el no contraer matrimonio.

El matrimonio, a sus ojos, era una simple mentira. Un papel firmado, un juramento falso, y una vida basada en hipocresía e infelicidad. Una forma de aparentar perfección cuando detrás de las puertas privadas hay un mundo de agonía.

Le bastaba con ver a sus padres para saber que jamás se permitiría a si mismo caer en algo así. Porque esa era su razón para no casarse, el matrimonio que sus padres llevaban y para él, aquella razón, pesaba lo mismo que un centenar ellas.

—Señora Hamilton, lamento mucho lo que mi padre ha dicho. —intervino Michael— Como amigo de William sé que él no es lo que mi padre acusó, no se preocupe por el honor de Will. —el chico miró a su padre, esperando que este hablara otra vez.

—Lamento mucho mis dichos sobre William, Sophia. No es algo que sucederá otra vez. —se disculpó el hombre.

Y, ese acto tan simple, pareció haber ablandado rápidamente el corazón de su madre.

—Claramente mi Rosé debió sentirse muy mal como para haberlo dejado plantado, Michael. —murmuró su madre y él chico sonrió— Pero estoy segura de que podemos hacer algo para que vuelvan a sal...

«Oh, no. Mierda. Aborten misión, repito, aborten misión»

—Creo que ya es hora de entrar —la interrumpió rápidamente antes de que su madre hablara de más—, la misa ya está por empezar, madre. Es hora de ir a buscar nuestros puestos. —tomó a la mujer del brazo y la comenzó a guiar— Fue un gusto verlos, señores Stanley. Espero que el próximo domingo tengamos esta misma suerte. —mintió, frente a una iglesia— Nos vemos mañana en clases, Michael. —se despidió.

—Seguro, William. Nos vemos mañana. —masculló el pelinegro, con el ceño fruncido.

Caminó, obligando a la mujer a su lado a seguirlo, hasta llegar al interior de la iglesia, donde su madre se soltó de su brazo.

—¡¿Puedes explicarme que fue todo eso, William?! —espetó la mujer— Estuve a nada de organizarle a tu hermana una cita, ¿por qué hiciste eso? Además, ¿qué es eso de que "no te quieres casar"? ¿Acaso estás loco?

William sentía las ganas de mandar todo a la mierda picando en su garganta. Era suficiente con lo que él debía vivir como para que sus padres decidieran también usaran a Rosé para sus beneficios personales.

—Mamá —dijo en el oído de la mujer, en voz baja, pero demostrando su molestia en su tono—, mis decisiones personales son solo mías. No son ni tuyas ni de papá ni de nadie más. Si algún día me caso o no será únicamente mi completa decisión. Ahora, sobre Michael, lo dejaré muy claro ahora mismo, mamá: no te voy a permitir que uses a Rosé para el beneficio de papá. —siseó— Así que deja de tratar emparejar a Rosé con Michael, ¿está bien? —inquirió.

Su madre lo veía sorprendida, consternada y algo ansiosa, por sus palabras.

—No es lo que yo trataba de hacer, hijo... —trató de defenderse, pero William la conocía perfectamente.

—Sea lo que sea que buscas, mamá, detenlo ahora. —cortó las palabras de su madre— Rosé no tendrá una cita con Michael, ni hoy ni mañana ni nunca, ¿lo entiendes, mamá? No creo que sea tan difícil de entender.

—Hijo... —los ojos de la mujer se cristalizaron.

—No la obligaras a hacer algo que ella no quiera como a mí. No le harán lo mismo a ella. No se los permitiré. —siseó— Así que dile a papá que se olvide de usar a Rosé como a mí para sus propios beneficios personales. O me olvidaré de nuestro trato.

~o~

Rosé se movía entre los arbustos que rodeaban a la vieja iglesia con sigilo, cuidando cada paso y movimiento que pudiera hacer, y tratando de no ser vista por nadie que pudiera arruinar el plan que su hermano le había confeccionado.

Deseaba llegar lo más rápido posible al estacionamiento, donde Henry se quedaba por casi tres horas esperando a que la misa termine para llevarlos a casa.

Quería llegar a casa para aprovechar estas horas libres y estar con Leanne.

Se deslizó por la pared, mirando hacia los lados y llegó hasta la entrada del estaciónamelo, donde lograba ver a Henry estacionado un tanto lejos, pero lo veía.

Fue a dar el paso para entrar al lugar y se detuvo rápidamente, buscando un lugar entre los arbustos para esconderse de las repentinas voces que sonaron a la distancia. Se escondió detrás de un alto arbusto y esperó a que aquellas voces se alejaran.

—¿Qué es lo que debo hacer, padre Jones? —dijo una voz femenina, con un claro tono desolado— Creo que me volveré loca.

—¿Está usted segura de lo que me cuenta? ¿No tienes dudas de sus palabras? —reconoció la voz del reverendo Jones, él dueño de la iglesia y el hombre que siempre da las misas los domingos—. Lo que usted me cuenta es algo muy delicado, señora Hoover.

Rosé escuchó claramente como la mujer se echó a llorar y su curiosidad se incrementó. Movió unos centímetros las hojas del arbusto para ver la escena sin ser descubierta por los contrarios.

Sus ojos vieron y reconocieron al reverendo Jones, el cual consolaba a una mujer adulta que lloraba en su pecho, acariciando su cabello con delicadeza mientras la mujer se tapaba el rostro con sus manos.

—Mi hija, padre, mi pequeña hijita. —la mujer sollozó las palabras— Mi hija me dijo que era lesbiana, padre. ¡Ella misma me lo dijo hace unos días! —exclamó, consternada— Me confesó que le gustaban las mujeres sin pelos en la lengua, ¡Oh, padre! ¿Qué debo hacer para arreglar a mi pequeña Katerina? ¿Qué debo hacer para quitarle esas ideas enfermas de la cabeza? Dígame y lo haré, haré lo que sea para curarla. —la señora aseguró.

«Katerina... ¿por qué le sonaba familiar aquel nombre?» Rosé trató de hacer memoria mientras seguía mirando y observando lo que sucedía frente a ella.

—Lo que usted me cuenta es un pecado terrible, señora Hoover. Dios no lo acepta y castiga la homosexualidad con el una eternidad ardiendo en el fuego del infierno. La biblia lo dice en muchas partes: la homosexualidad es obra de satán para corromper a los hijos de Dios. —el hombre soltó, haciendo que la mujer sollozara con más fuerza.

—¡Lo sé, padre, lo sé! Por eso he venido a usted, para que me ayude a que mi Katerina no vaya al infierno. Yo sé que ella puede arreglarse si lo intenta, yo sé que ella puede ir al reino de los cielos con su ayuda. —expresó libremente.

La mente de Rosé hizo un sonoro clic cuando la mujer dejó de hablar.

¿Hablaban de la misma Katerina que ella pensaba? ¿De la que sus examigas le contaron? No creía que existiera otra Katerina en New Spring pasando por la misma situación y menos cuando un rumor se esparció.

—Dios puede perdonar a su hija si ella se entrega a sus manos para ser curada. Si ella desea hacerlo, logrará dejar de pensar en caer en la tentación de satán y corromper su alma. Si elige la gloria de nuestro señor por sobre la tentación de Lucifer, Dios perdonará su pecado. —el reverendo aseguró.

—¿Cómo lo hago, padre? ¿Cómo ayudo a que mi hija vuelva a ser normal? ¿Cómo dejo que ella se sane? Por favor, guie a mi pequeña a la luz del señor. Ayúdela a salir del pecado homosexual que la trata de arrastrar al infierno. —rogó la mujer— Mi pequeña cree que no hay nada de malo con ella, no entiende que está condenando su alma con su actuar. No entiende que Dios la castigara.

La escena que Rosé observaba le parecía más anormal que los gustos que Katerina poseía: ¿Por qué hablaban de esa forma? ¿Por qué amar era tan mal visto ante los ojos de Dios? ¿Era ese amor que sentía Katerina el que la condenaría al infierno?

Aquello no tenía sentido para la chica, no le encontraba sentido.

—Cuando el diablo entra en el cuerpo del servidor de Dios, este se deja llevar por la tentación del pecado, creyendo que todo está bien. Muchas personas han confesado caer en el pecado de la homosexualidad a lo largo de los años, pero muchas de ellas se han recuperado luego de un arduo trabajo. —entonó el hombre— ¿Ha pensado en llevar a su hija a una terapia de conversión? —cuestionó.

—¿Qué es eso, padre? —la mujer preguntó lo mismo que Rosé pensaba.

—La terapia de conversión sirve para aquellos que deseen sanarse y curarse los mismos pensamientos que su hija tiene. Los ayuda a acercarse a Dios para recibir su ayuda y poder cambiar, sanarse. También muchos grupos tienen psiquiatras especializados en esta área. Las terapias de conversión han ayudado a miles de personas, desde su creación, a dejar de lado el acto impuro y ajeno a Dios de la homosexualidad. —explicó el hombre— Los sana, los vuelve personas heterosexuales.

—¿Usted cree que mi Katerina tendrá que ir a una de esas terapias de las que habla? ¿Con esas marimachas, esos gays impuros y travestidos? —escupió la mujer, con asco.

—No hable así de ellos, señora Hoover. Esas personas están enfermas y corrompidas, debe entender que su actuar no es racional, pero ellos desean cambiar. Juzgamos el pecado, no al pecador. —el reverendo llevó la mano a su pecho.

«¿Qué mierda? ¿Realmente existen lugares así? ¡Pero si ellos no están enfermos!» Ese fue el pensamiento de Rosé al escuchar todo lo que el reverendo dijo.

—Lo lamento, padre. Solo deseo que mi hija recupere el camino antes de cometer algún acto impuro que condene su alma al infierno. —sollozó la mujer— No quiero que nadie más sepa de la enfermedad de mi hija, no quiero que la apunten con el dedo y la odien por perder su camino.

Carajo, ¿cómo le explicaba a la señora Hoover que el rumor ya se expandió por toda la escuela?

—Señora Hoover, ¿conoce al grupo Exodus? —preguntó el hombre y la señora negó— Es una organización cristiana fundada hace nueve años, en 1976 por la comunidad para aquellos que deseen sanarse del pecado homosexual y curarse. Muchos ex-gays y ex-lesbianas más famosos han salido de estos grupos.

—¿Ellos podrán curar a mi pequeña? —inquirió la mujer, sonando esperanzada.

—Podrán solo si Katerina desea ser curada. Si ella se esfuerza por sanarse, Dios verá su esfuerzo y la recompensará con su ayuda. —el hombre miró al cielo— Dios ayudará a Katerina a dejar el pecado.

—¡Oh, padre! Muchas gracias por ayudarme a sanar a mi pequeña, con su ayuda mi Katerina podrá salir del mundo del pecado para volver al camino de Dios. ¡Confío en él! —la mujer miró hacia el cielo, alzando sus manos.

—Búsqueme al finalizar la misa para darle todos los datos sobre Exodus. Hay una sede cerca de New Spring a la que puede llevar a su hija. Espero de corazón que su hija pueda salvarse y sanarse. Confío en la voluntad y gloria de nuestro señor.

—Amén, padre. Alabado sea nuestro señor.

—Alabado sea, hija mía.

Cuando el reverendo y la señora Hoover se fueron del lugar, Rosé salió de su escondite, aturdida y preguntándose: «¿Qué carajos acababa de ver?»

~o~

2 de abril, 1985

Leanne caminó hacia el final del salón acompañada por Rosé. En los asientos que usaban cada clase estaban sentados Arti y Lynn, hablando tranquilamente.

—Buenos días. —saludó Leanne al llegar a su asiento, al lado de la ventana.

—Hola, Arti. Hola, Lynn. —Rosé la siguió.

—Buenos días. —saludó Lynn, bebiendo de su café cargado.

—Buenos días, bebé pollito. —Arti respondió mirando a Leanne— Buenos días, marquesa rebelde. —dijo, esta vez, mirando a Rosé.

—¿Por qué bebé pollito? —Rosé le preguntó al chico y Leanne sintió sus mejillas sonrojarse por la explicación que Arti dará.

—¿Has visto alguna vez a un pollito nacer, Rosé? —la chica negó— Cuando nacen los pollitos tiemblan unos segundos y Leanne hace lo mismo cuando llega a lugares nuevos. ¡Es muy tierno! —exclamó Arti y Leanne quiso que la tragase la tierra.

La mirada de Rosé estaba fija en ella, tanto que la podía sentir quemando su piel.

—¿Debería buscarte un apodo, Leanne? —preguntó Rosé y Leanne levantó la cabeza hacia ella— Ya que ellos tienen un apodo para ti, buscaré uno también.

Leanne sonrió. —Entonces, ¿debo buscar uno yo para ti también? —le devolvió sus dichos a la rubia, ganándose una amplia sonrisa de su parte.

Lynn miraba la escena desde su asiento, atentamente. La sonrisa en los rostros de las dos chicas era bastante genuina. Parecía que ellas habían creado un nuevo mundo en un universo paralelo donde solo existían las dos.

Con su pierna pateó suavemente la de Arti, llamando su atención, y este llevó su mirada a las dos chicas y luego a la castaña a su lado, regalándole una sonrisa y encogiéndose de hombros sutilmente.

—Arti —Leanne hablo luego de salir de ese mundo en el que Lynn imaginó que estaban—, ¿cómo crees que te irá en el examen de matemáticas? Es en la siguiente hora.

Rosé miró a Leanne preguntarle eso a Arti y no pudo evitar pensar en lo que harían después de ese examen. De como ella haría que Leanne hiciera algo incorrecto por primera vez, ¿eso era algo de lo que debía sentirse orgullosa? A la mierda, no le importaba cual fuera respuesta, ella ya lo estaba.

El chico perdió el color de su rostro antes los dichos de la castaña, carraspeó repetidamente y movió su cuello, haciéndolo sonar, por el nerviosismo.

—Estudié lo que pude y hasta lo que mi cerebro me permitió. De ahí me di un descanso de dos merecidos días. Lo demás lo dejo en manos de Dios. —juntó sus manos en una oración.

—¿No que no creías en Dios? —Lynn alzó una ceja.

—Podría comenzar a hacerlo si aprobara. —comentó, mirando hacia el techo— Los milagros existen. —las chicas comenzaron a reír por las ocurrencias del chico.

—¡Joder! Si las devotas te escucharan cuestionar tu creencia y sacar provecho de ella para aprobar, te crucificarían sin dudarlo. —murmuró Lynn.

—Oh, chica, ellas ya me quieren crucificar. Tienen la clara idea de que poseo al demonio en mi interior, solo le estarías dando más razones para llevarme frente a un exorcista para que me saque a satán del cuerpo.

Eso hizo que Rosé recordara lo que presenció ayer a manos del reverendo y la madre de Katerina. Antes hubiera dicho que las palabras de Arti le parecían exageradas, pero luego de escuchar lo que escuchó, le creía sin dudarlo.

Eso la hizo cuestionar un poco su creencia, la creencia que ella defendía y seguía desde pequeña, no de manera devota como la gran parte del pueblo, pero si creía en ello.

Aquel cuestionamiento que se hizo la movió un poco, ya que jamás antes lo había hecho, pero ahora no podía sacarse de la cabeza los dichos del reverendo en nombre del Dios al que ella seguía.

La puerta del salón fue abierta y por ella entró la profesora de literatura. Todos pusieron sus espaldas rectas para comenzar la clase.

—Buenos días clase —saludó la profesora, recibiendo el saludo de regreso—, lo primero que haremos hoy es crear los grupos para la presentación de Romeo y Julieta. Como me aburre crearlos yo sola y perder mi valioso tiempo de esa forma, aprovecharé que el curso termina en número par. —la sala se ordenaba en tres filas con ocho asientos en cada una y la profesora sonrió al darse cuenta de ese maravilloso detalle— Sus grupos serán quienes estén sentados atrás suyo. Listo.

La sala se lleno de murmullos de los alumnos insatisfechos, por sus compañeros de equipo, hacia la profesora, la cual no dio su brazo a torcer en ningún momento.

Arti y Lynn se giraron hacia las dos chicas sentadas atrás suyo, con una amplia sonrisa en sus rostros. Porque, al parecer, esos cuatro eran los únicos felices con la decisión de la profesora.

~o~
.
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NOTA DE LA AUTORA:
¡Hola! ¿Cómo están? Bienvenidos otra vez a 1985. A la historia de Leanne y Rosé. ¿Qué tal el capítulo?

Acotación histórica sobre exodus: este grupo cristiano que menciona el reverendo si existió en la vida real en Estados Unidos, y funcionó desde 1976 hasta 2013, cuando fue abolido. Este grupo y la propaganda de curar a los homosexuales son parte de la historia de la comunidad.

Tanto el grupo en sí mismo como las denominas terapias de conversión usadas para convertir a los homosexuales en heterosexuales a través de tratamientos psiquiátricos crueles e inhumanos.

Los invito a buscar sobre estos sucesos ocurridos desde que la comunidad comenzó a salir a la luz pública en aquella época, ya que no será la primera vez que se nombraran.

Espero puedan votar, comentar y compartir la historia.

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¡Manténganse fuertes, ánimo!

-C.
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