—Su majestad, no deseo casarme con usted. Por favor… rompa el compromiso.
Por un instante, el silencio pesó más que mis palabras.
Él simplemente me observó, y luego comenzó a reír.
No dijo nada más. Solo se dio media vuelta y se marchó.
Me quedé ahí, sin entender si su reacción era burla o indiferencia.
De cualquier manera, me convencí de que había hecho lo correcto.
Si rompía el compromiso, su majestad podría enamorarse de Julieta, como mi vida pasada.
Y cuando eso pasara, yo desaparecería de su historia sin causar problemas.
O al menos, eso quería creer.
Pero entonces… ¿por qué me dolía tanto el pecho?
—¡Señorita! ¡Su majestad ha venido a verla!
Las palabras de la sirvienta me sacaron de mis pensamientos. Corrí, despeinada y con el corazón latiendo con fuerza.
Y ahí estaba él.
Su traje más reluciente que nunca, su porte majestuoso, su expresión serena…
y en sus brazos, un ramo de flores tan rojas que parecían teñidas con sangre.
> —Para ti, Amelia.
Por un segundo, olvidé respirar.
Las flores temblaban.
Y sin saber por qué, tuve miedo.