¿Te amo? y ¿Tu me amas? (Hero...

By A13zz4

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¿Puede lo eterno enamorar a lo efímero? Steve es un joven aventurero que, entre risas, aventuras y pequeños g... More

Cap 2. El Visitante de Ojos Blancos
Cap 3. La Convivencia entre un Mortal y un Dios
Cap 4. Las Situaciones de Vivir con un Dios
Cap 5. El Eco de un Alma que No Descansa
Cap 6. Una Guerra Física y Emocional
Cap 7. Divina Lujuria
Cap 8. ¿Comó cuidar a un Mortal?

Cap 1. Despierta

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By A13zz4


Despierta...

El joven abrió sus ojos con sorpresa, la duda rondaba su mente, fue muy espontaneo el dolor y miedo.

¿No había muerto? ¿Había sido un sueño?

Tranquilamente recostado sobre las cobijas rojas pensó vagamente, la cabeza le punzaba ¿Una Pesadilla, tal vez?, la somnolencia apaciguaba el dolor cerrando poco a poco sus ojos recordando fugazmente aquel extraño conjunto de imágenes bizarras y perturbadoras. Se tenso rápido pues un destello lo transporto cuando aún se encontraba fuera por un largo día de minar justo arribando a los límites de su casa mirándola desde la lejanía, suspiro de satisfacción para escuchar detenidamente el llano verdoso vibrante con una que otra florecilla meciéndose en el viento y los árboles chasqueando por sus verdosas hojas proyectando una fresca sombra.

-Un descanso merecido a la sombra de un árbol- hablo tranquilamente limpiando el poco sudor que aún se posaba en su frente y cuello.

Los suaves pasos cuidadosos sobre el césped se podían escuchar ligeramente pesados tal vez por el cansancio o por simple lentitud combinada con tranquilidad. Vivir entre los inmensos bosques de pino y roble tenía sus contras como todo en el peligroso mundo, la generación de monstruos y animales aumentaba durante las tardes y noches, los peores que se resguardaban de la luz eran aquellos esqueletos errantes armados con arcos y flechas.

-No creo que tenga tan mala suerte para encontrarme con un esqueleto, o tal vez si- menciono Steve cansado además de hambriento, llegando a los pies de un inmenso árbol que hace unos años había plantado, recostándose a la sombra.

Entonces lo escucho, aquel característico sonido un ¿crujido? ¿era realmente aquel sonido chasqueante?

- ¿Qué fue eso? - dijo nervioso a medio sentar dando la espalada al tronco dirigiendo su mirada a todos lados buscando el origen.

Un sonido flojo de huesos chocando entre sí, siendo cautelosa esa criatura tenso la cuerda de su arco justo detrás del joven apuntando al pecho. Steve alcanzo a mirar de reojo hasta escuchar el latigazo rápido, era una flecha rompiendo el viento que le impacto con precisión provocando un dolor punzante dejando escapar sangre que empapo su camisa.

- Muerte - La profundidad de la voz resonó por el vacío cuarto...

Las manos le temblaron al recordar lo cálido de la sangre que sintió, un opaco color rojo tiñéndole. Exaltado salió torpemente de su cama desacomodando todo, ignorando por completo esa voz que le había despertado hace poco, abrió de golpe la puerta miro a su alrededor, ¿Aún era de día?

- ¿Qué está pasando? – Dijo con voz sorprendida cuando escucho otra vez ese maldito sonido.

Ese monstro seguía ahí, lo bizarro se volvió realidad al ver sus cosas recién minadas desperdigadas por el suelo y justo en medio por un segundo miro perturbado su moribundo cuerpo lentamente haciéndose polvo.

-Por Notch – tembló su voz llena de rabia, incertidumbre y la perturbación lo proclamaron como suyo quebrajando aquella conciencia.

Corrió hacia el monstruo golpeándolo múltiples veces con odio y fuerza fue tanto que sus nudillos sangraron al romper el cráneo del esqueleto, observando como al igual este también se hizo polvo dejando atrás un arco junto con uno que otro hueso.

- Entonces morí de un flechazo – sollozo hincado sobre el césped manchado de sangre y polvo.

- Si - una voz gruesa retumbo con eco, una mezcla masculina y femenina.

Esa voz parásito su mente de ahora en adelante ya no estaría solo, una explicación sería culpar a la locura por pasar mayormente solo todo el tiempo. Tal vez haber dejado ir a su querida hermana no fue una gran idea.

- Tengo que ir a la aldea, despejarme de todo esto - murmuro temeroso para sí mismo levantándose lento y tambaleándose al tropezar con uno que otro material tirado en el piso la desesperación volvió dudo en recogerlos o no. Solo se quedó mirando como bailaba el pasto por el viento frio, la noche se acercaba.

-Los recogeré es un desperdicio dejarlos aquí- susurro de forma apagada, mirando al horizonte volverse un naranja durazno y pasar despacio a un morado hasta volverse azul negruzco.

La oscuridad amenazante atrajo monstruos, salían de las sombrías cuevas sedientos por sangre y carne humana.

Cuerpos inertes de otros viajeros se levantaban nuevamente putrefactos llenos de gusanos con piel desprendiéndose de su cuerpo soltando gemidos agónicos, buscando a otros para saciar su sed de venganza por sus muertes prematuras.

-Detesto las arañas, los zombis y ahora los esqueletos- dijo tenso.

Arañas enormes con ojos rojos sangre enredando animales o una que otra alma desafortunada para ser devorados por sus grandes colmillos. Esqueletos errantes rearmándose para salir de sus lugares donde descansaban, de vacíos ojos tomando arco y flechas para cazar a nuevos acompañantes permanentes.

Tsss, un siseo recordó a ciertas criaturas verdosas y de forma extraña muy amorfos privados de extremidades superiores contando solo con 4 patas, que explotaban y atacaban solamente humanos, también caracterizados por el sonido de una mecha encendiéndose, llamados creppers.

-Por lo menos no apareció un enderman- hablo resignado caminando hasta la puerta de su casa ya iluminada por antorchas y faroles cálidos.

La luz emitida por antorchas, fogatas, linternas y piedra luminosa ahuyentaba momentáneamente dichas creaturas que recordaban amargamente la ausencia de pertenencia a este mundo. Aunque claro no olvidar el inframundo donde siempre existe luz y calor sofocante de lava lo único posible para sentir ahí.

Steve recordó visitar aquel lugar atravesando un portal hecho con obsidiana en busca de minerales nuevos, pero si algo hay que destacar es aquella imagen grabada en su mente una arena llena de rostros en sufrimiento, titubeo en si llevarla por el fuego azul o rojo que podía provenir de ella, al final lo hizo, pero no fue más allá del portal sentía una presencia pesada casi como si alguien estuviera detrás mirándolo. Juro por Notch que mirando de reojo unos blanquecinos ojos le acechaban desde la lejanía.

- Tal vez deba dormir – musito bajo abriendo sin ganas la pesada puerta de roble oscuro, dando una pequeña mirada rápida sobre su hombro volvió a observar unos ojos blancos brillantes.

Regreso la mirada al frente y cerro tranquilamente la puerta no tenía ánimos de asustarse solo buscar su cama para dormir profundamente ya que su mente se sentía realmente cansada.

- ¿Por qué siento este cansancio?, debería estar horrorizado lleno de preguntas y al borde del colapso, pero recientemente ya pasé por todo ¿o no? - mencionaba recostado en su habitación mirando por la ventana, una que otra luciérnaga revoloteando camuflándose entre las estrellas.

- Si, pero todo ira mejor - resonó gravemente por toda su vacía mente.

- Mmm, de nuevo esa voz será que el trauma genero este mecanismo para reconfortarme obra de mi conciencia – la voz le salía tan apagada, ahí recostado sobre su triste y solitaria cama sollozo, ocupaba a alguien quería abrazos llenos de mimos - Solo duerme Steve - susurro limpiando sus lágrimas.

-Pobre y pequeño Steve, duerme porque pronto llegara aquello que tanto anhelas – oró delicadamente tratando de arrullar la destrozada mente del joven.

Sentía cómo su respiración se volvía cada vez más pesada, menos reconfortante. Jadeaba con desesperación mientras corría por un largo pasillo de ladrillo oscuro, apenas iluminado y adornado con objetos que no se detuvo a mirar. Su vida corría peligro pues algo lo perseguía... Una mirada de ojos brillantes lo acechaba desde la penumbra. A pesar del dolor que le causaba el cansancio, sus piernas se forzaron a correr con más velocidad ya que la oscuridad devoraba el pasillo, y cada pisada descuidada resonaba con fuerza, provocando que tropezara y casi perdiera el equilibrio. Entró en pánico. Los ojos blanquecinos se acercaban cada vez más; su fulgor irradiaba una extraña energía, inquietante y, al mismo tiempo, llena de vida. Entonces cayó con violencia, rodando por el suelo sin control hasta que sintió cómo algo lo arrastraba hacia un hueco profundo, un vacío que prometía una caída sin fin. Lo último que alcanzó a ver antes de perderse fue una mano extendida, alguien intentando sostenerlo.

El sol renacía en el este. Sus rayos recorrían cálidamente cada rincón del mundo, diezmando la oscuridad y acabando con la existencia de las almas intranquilas convertidas en monstruos, para dar paso a la vida. Entre aquellas luces, una jovencita de cabellos rojizos y ligeramente ondulados navegaba por el río, dejándose llevar por su corriente serena hacia la aldea donde había nacido. Anhelaba ver a su pequeño hermano, celebrar una vez más su nacimiento.

—Wasp... ¿Qué me pasó? —despertó exaltado, con las piernas adoloridas y un sudor frío recorriéndole la piel. Se sentó al borde de la cama, cubriéndose el rostro con las manos temblorosas. Estaba tan aturdido que no escuchó a alguien entrar a su casa ni subir hasta la habitación donde se encontraba.

La joven pelirroja desembarcaba con calma en la orilla del puerto. Allí la esperaba su padre adoptivo, quien, conmovido, le tendió una mano para ayudarla a subir al muelle antes de abrazarla con efusión.

—¡Oh, mi pequeña Alex, has vuelto a casa! Cuánto te extrañé me hacías tanta falta —exclamó el anciano padre, con una voz dulce y cálida, como un abrazo al corazón— Llegaste justo a tiempo, tu hermano debe estar despertando. ¿Por qué no vas a molestarlo un poco?

—Claro que sí. No sería su hermana si no lo fastidiara en el día de su cumpleaños —respondió ella alegremente, dedicándole una sonrisa— Por cierto, ¿la panadería de Hilda sigue abierta? Ya sabes que a Steve le encanta su pastel de chocolate.

—Mmm... ahora que lo dices, me recordaste que encargué su pastel de cumpleaños. No te preocupes, yo mismo lo recogeré. Mientras tanto, ve por Steve, suele marcharse al pueblo del Nether a estas horas.

Steve, en tanto, se sentía atrapado en su propia mente. El retumbar de su corazón era tan intenso que, a su percepción, hacía temblar la habitación. La desesperación lo consumía hasta que soltó un grito desgarrador.

Alex entró, extrañada. La cabaña estaba en silencio absoluto. Si algo caracterizaba a Steve era la disciplina con sus horarios; según decía su padre, por muy tarde que se le hiciera, a esa hora ya debía estar desayunando para salir de inmediato.

Subió lentamente las escaleras, cada peldaño crujía bajo sus pies. Entonces un grito desgarrador quebró el silencio. Sus instintos se encendieron y, con la adrenalina recorriéndole el cuerpo, corrió hasta la habitación. Allí lo encontró, su pobre hermano yacía en el suelo, apenas sostenido con una mano del borde de la cama, mientras con la otra se aferraba a su cabeza, como si intentara contener un dolor insoportable.

—¡Steve! ¿Qué te pasó? —gritó Alex, arrodillándose apresurada junto a él. Tomó con cuidado la mano con la que se sostenía la cabeza, intentando atraer su atención hacia ella— Respira... ya estoy aquí. No estás en la pesadilla, soy yo, Alex.

—¿Alex? ¿De dónde... si quiera saliste? ¿Cómo es que estás aquí? —preguntó pasmado, mientras su mente reaccionaba poco a poco a la voz suave de su hermana.

—Eso, por ahora, no es lo importante —respondió ella, tratando de sonar tranquila, aunque el corazón le latía con fuerza— Vine porque es tu cumpleaños, tontito.

—¿Mi cumpleaños? ¿Eso era hoy? —murmuró confundido. Seguía aturdido por aquel sueño tan real y por ver a su hermana junto a él, cuando en realidad vivía a kilómetros, en medio del desierto. ¿Qué más faltaba... que los dioses fueran reales y tangibles? — Debo estar perdiendo la cordura.

—Tal vez —concedió ella, más calmada—, pero eso no quita que sea tu día para celebrar —Lo ayudó a incorporarse, sentándolo en la cama— Sabes que te prometí no dejarte solo en ninguno de tus cumpleaños. Por eso viajé para verte.

—Gracias, Alex. En serio... he pasado por algunas cosas estos días. Me cuesta recordar, incluso saber qué día es —mintió, ocultando la verdad de que había muerto horriblemente y regresado a la vida.

—Lo entiendo, ¿Qué te parece si vamos con papá y te doy tus regalos? —propuso feliz, abrazándolo con fuerza, como si presintiera que algo malo podía ocurrir. Le daba miedo soltarlo y no volver a verlo— ¿Qué dices, nos vamos? —preguntó, sin dejar de estrecharlo.

—Por supuesto. Quiero celebrar con ustedes —dijo él, sonriendo mientras correspondía al abrazo. Realmente había extrañado a su hermana mayor.

Los tablones de madera crujieron bajo sus pasos mientras bajaban las escaleras, tomados de la mano. Disfrutaban de la compañía mutua como cuando eran niños y corrían juntos por el bosque frondoso en busca del camino hacia la aldea. Poco a poco, el miedo y la ansiedad se disiparon en Steve, permitiéndole disfrutar de aquel pequeño viaje. A lo lejos, la aldea se alzaba hermosa, con colores cálidos, olor a trigo y tierra mojada por los vastos cultivos.

—Llegamos. Ahora saluda a todos, que se han tomado la molestia de celebrarte —dijo Alex, radiante, mientras los aldeanos más cercanos corrían a recibirlos con felicitaciones.

Steve se tensó. Sus risas eran nerviosas, tan frecuentes que sorprendieron a Alex; él siempre había sido extrovertido. Algo raro pasaba.

El recibimiento fue entusiasta lleno de regalos, música y comidas deliciosas para honrar al joven héroe, alguien importante para todos ellos. El camino los llevó hasta la gran herrería, tallada en piedra y decorada con madera, donde Steve había crecido. Allí lo esperaba su padre, sonriente, que lo abrazó con fuerza y lo levantó un poco del suelo, felicitándolo con orgullo.

La fiesta comenzó llena de euforia, amor y cariño. Las risas se entremezclaban con chistes malos y anécdotas antiguas. Steve, sentado frente a un plato de comida casera en la vieja mesa de roble oscuro, trataba de disfrutar. Sin embargo, su mente lo traicionaba reflexionaba, intentando olvidar lo sucedido. El bullicio lo tensaba, las voces se desdibujaban hasta convertirse en un murmullo ahogado volviéndolo borroso y oscuro. Solo escuchaba, fuerte y claro, los latidos de su corazón. Quería disfrutar... pero algo dentro de él no se lo permitía.

- ¿Steve, te sientes bien? – pregunto preocupada Alex, llevaba horas viendo ese plato de comida ya fría, tal vez si le daba un poco del pastel de chocolate especial podría subirle los ánimos, busco con la mirada donde estaba el postre para hacer reaccionar a su hermano - Te traeré un trozo de pastel.

Mientras tanto, afuera de la herrería, algunos comerciantes se dirigían hacia la entrada de la aldea para recibir a los viajeros que iban llegando.

—Vaya... hoy han recibido a varios aventureros —comentó intrigado Larry, mientras notaba que Steve, por fin, parecía volver en sí, observando con interés a los recién llegados —Hijo, si quieres puedes subir al techo de la herrería para ver mejor. No creo que a nadie le importe que te ausentes unos minutos.

—Gracias, papá —respondió agradecido, corriendo hacia las escaleras. Necesitaba salir de aquel ambiente sofocante para calmar su mente.

Cuando Alex por fin tomó un trozo de pastel para llevárselo a Steve, no lo vio por ningún lado. Confundida, se dirigió a su padre para preguntar por su paradero. Él, sin apartar la vista del trabajo, levantó el mentón hacia arriba, señalándole con discreción el techo de la herrería.

Alex subió las escaleras con cuidado, con el manjar en mano y luchando contra la tentación de darle una mordida. Lo encontró sentado al borde del techo, respirando con fuerza, la espalda encorvada como si cargara un peso invisible. Sin hacer ruido, se acomodó a su lado y le ofreció la porción de pastel. Steve giró apenas la cabeza, sorprendido, y luego aceptó el gesto en silencio.

Desde esa altura la conmoción en la aldea se sentía distinta, menos agitada. Algunos comerciantes y aldeanos se habían reunido para recibir a dos visitantes. Uno iba totalmente encapuchado, montado en un imponente caballo negro de pelaje aterciopelado. A Steve le llamó la atención de inmediato, aunque no tardó en fijarse en el segundo, un guerrero cubierto por una pesada armadura encantada, negra con intrincados bordados azules, que llevaba colgada una espada del mismo material.

Ambos parecían llegar por caminos separados. El de armadura hablaba con la repostera del pueblo, mientras que el encapuchado se inclinaba a dialogar con un comerciante. O al menos, eso interpretaba Steve desde la distancia.

—¿Quiénes serán? —preguntó, intrigado, sin apartar la vista.

—¿Qué miras? ¿Algo que te guste? —susurró Alex de repente, haciéndolo sobresaltarse. Ella le sonrió con picardía al ver cómo sus mejillas se encendían.

—¡Alex! ¡Deja de hacer eso! ¡Papá, Alex me está molestando otra vez! —gritó Steve, acusándola mientras bajaba a toda prisa las escaleras, riendo nervioso antes de que su hermana pudiera alcanzarlo.

—¡No es cierto! ¡Lo que diga no es cierto! —respondió Alex, persiguiéndolo con un gesto de fingida indignación que no lograba ocultar su risa.

Desde la mesa del comedor, un viejo padre observaba la escena con una sonrisa amplia. El corazón le latía cálido al escuchar, después de tanto tiempo, las carreras y discusiones juguetonas de al menos dos de sus tres hijos llenando la casa. El sonido de aquella alegría sencilla lo envolvía como un abrazo.

El día comenzaba a extinguirse; el sol se despedía tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados. En la costa, el viento parecía anunciar dificultades para que los barcos zarparan con contratiempos. Alex, consciente de la hora, ayudó a recoger las mesas donde habían compartido la comida y charla con su hermano y padre. Al terminar, no pudo evitar sentir el impulso de salir un momento, necesitaba asegurarse de que su barcaza siguiera esperándola, meciéndose fiel en el puerto.

—Gracias a Notch, ningún raro se la ha robado —murmuró Alex aliviada al ver su barcaza intacta. Estaba por regresar a despedirse cuando un joven encapuchado la detuvo.

—Disculpe, joven dama —dijo con cortesía— ¿Podría saber por qué está cerrada la herrería?, si no soy inoportuno.

—Oh, eso... una disculpa —respondió Alex, algo apenada—. Estamos celebrando el cumpleaños de mi hermano Steve. ¿Necesitaba algo urgente? Si gusta, puedo forjarlo yo misma.

—No es necesario, pero agradezco la atención —contestó el viajero con una leve inclinación de cabeza— Y mis felicitaciones a su hermano. Con permiso.

Alex correspondió con una sonrisa educada antes de encaminarse al hogar que, pese al tiempo, aún sentía como suyo. Al llegar, la esperaba su padre adoptivo.

—¿Ya te vas? Me alegra haberte tenido de nuevo aquí —dijo Larry, abrazándola con fuerza— Toma, un mango antiderrapante para tu espada y unos guantes de cuero.

—Gracias, Larry —respondió ella, feliz y triste a la vez.

—Te acompaño al río —se ofreció Steve, sin dudarlo.

El atardecer pintaba el río con tonos anaranjados y dorados, volviendo su superficie un espejo del cielo. Las barcazas parecían flotar entre nubes y fuego, conectando aldeas y mares como hilos de destino.

—Bien... aquí me despido —dijo Steve, con un dejo de melancolía.

—Supongo que sí. Te quiero, hermano. Feliz cumpleaños.

—Gracias, Alex. Espero vuelvas pronto.

—Por supuesto. Pero ya sabes, para mi cumpleaños, dentro de dos meses, quiero que tengas pareja... o al menos alguien especial. ¿Entendido?

—Jajá, qué buena broma, Alex.

—Lo digo en serio —le aseguró ella, abrazándolo con fuerza por última vez— Adiós, grandote.

Steve la observó alejarse con una sonrisa nostálgica, mientras las palabras de su hermana resonaban en su mente. Al mirar el río encendido por el crepúsculo, pensó en cómo podría cumplir aquel inesperado deseo.

—¡¡Veré qué puedo hacer!! —gritó con energía, agitando la mano para despedirla.

Alex desapareció entre las luces del ocaso, dejando en Steve una mezcla de intriga y determinación.

Mientras Steve regresaba a la herrería aún con la sonrisa por la despedida de Alex, su mirada se desvió hacia la plaza. Los dos forasteros seguían allí. El encapuchado conversaba en voz baja con un comerciante, pero lo extraño era que, pese a la multitud, nadie parecía escuchar con claridad sus palabras, como si el aire se tragara cada sonido.

El otro, de la armadura negra con bordes azules, se mantenía erguido frente a la repostería del pueblo. Su sola presencia imponía respeto; los aldeanos reían nerviosos mientras le ofrecían dulces, pero ninguno se atrevía a mirarlo a los ojos. Steve sintió un escalofrío. No era miedo exactamente, sino esa sensación instintiva de que algo estaba fuera de lugar, quizás Alex tenía razón al advertirle que necesitaba a alguien más en su vida... porque si esos viajeros traían problemas, no estaba seguro de poder enfrentarlos solo.

Después de despedir a su padre, Steve siguió el camino de tierra y pasto hacia su solitaria casa en el bosque. Estaba tan concentrado en sus pensamientos que no notó en qué momento había llegado hasta la puerta, chocando con ella de golpe. Ese impacto lo trajo de vuelta a la realidad, y por un instante su mirada se posó en el umbral.

—¿Y esto? —murmuró curioso.

Un envoltorio transparente protegía una maceta con una flor negra de sutiles toques púrpuras. De ella se desprendía un polen brillante, color lila, que flotaba suavemente con la brisa.
—Qué linda... —susurró mientras veía una pequeña nota colgando del envoltorio— ¿Una nota? Dice "Feliz cumpleaños, Steve" —sonrió al leerlo— Qué bonito detalle.

- La compañía que tanto esperabas, al fin a llegado a ti — la voz grave resonó en su cabeza.

Steve se estremeció, pero decidió ignorar la voz. Sacó con cuidado una llave de su bolsillo, procurando no tirar el regalo. Al abrir la puerta, sus lobos recién domesticados se abalanzaron sobre él, casi haciendo caer la maceta. Soltó una carcajada y, firme dio la orden de que se sentaran. Luego asomó un poco la cabeza por la puerta y gritó al viento...

—¡Gracias por el detalle! —sonrió cálidamente.

Si el sol pudiera mirar esa sonrisa, seguramente estaría celoso. O al menos eso pensaba aquel encapuchado escondido tras los árboles. El joven lo había cautivado desde que lo vio cruzar aquel portal. Por muy improvisado que fuese el regalo, no podía creer el efecto que había tenido en él. Agradecía en nombre de su hermano que aquella jovencita amable hubiera compartido esa información con él.

— Rayos... si solo pudiera acercarme al chico — murmuró, recargándose contra el tronco del árbol que le servía de escondite — Pero ¿qué cosas digo? Soy el dios Herobrine, rey del caos y de los mobs. Yo puedo, sin miedo al éxito. Mañana, Steve... mañana me conocerás.

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Proyecto sacado de mis locas historias de insomnio, primera historia que hago, espero ir mejorando y no empeorando...

Sin mas disfruten...

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