Evan pasó discretamente el paño por la polvorienta estantería, y miró de soslayo hacia la ventana.
Todo estaba tranquilo.
Era el momento apropiado para saciar la curiosidad del mayordomo.
Tanteó los gruesos tomos de Historia hasta que encontró una diminuta carpeta con cuartillas. La sacó y, tras acomodarse en un sillón cercano, empezó a observar los bocetos con deleite.
Evan era la única persona a la que Twila le mostraba su carpeta libre y voluntariamente.
Aquel anciano había cuidado de todos en aquella mansión desde el inicio. Quienes llegaban a creer que Evan Witcher era tan solo un mayordomo para los Croft, estaban muy equivocados. Aunque en el trato cotidiano no se pudiera apreciar nada más que una relación formal entre el mayordomo y los dueños de la casa, los íntimos sabían que aquel apacible anciano había sido un padre para Richard Croft cuando Lord Cherokee lo expulsó de casa.
Y Twila sentía el mayor de los afectos por Evan, guardián de su casa, sí, pero también padre que no reñía y amigo que nunca fallaba.
Así pues, Evan se hallaba repasando con auténtico cariño aquellos bocetos. Algunos representaban criaturas horripilantes que le fascinaban a pesar de su aspecto. Reconocía cada una de ellas, porque entre Twila y Evan no había secretos... al menos, en aquel aspecto. Sin embargo, al mayordomo aquellos dibujos en los que aparecían los miembros de su familia consanguínea en diversas actitudes: sonriendo, enfurruñados, desafiantes, sorprendidos; le enternecían aquellas mudas ofrendas de amor que transmitían más que las palabras. Y también lo abrumaba la cantidad de emociones que ella ponía en cada uno.
Y pensar que ella estuvo a punto de dejar aquel hábito que le resultaba de lo más admirable.
Sintió unos delgados y reconfortantes brazos rodearlo. Y el perfume que invadió sus fosas nasales le revelaron de quién se trataba sin la necesidad de voltear.
—A veces siento que cada vez lo hago peor.
Twila había entrado a la biblioteca silenciosamente para evitar darle un infarto a Evan.
—Claro que no, pequeña, siempre lo has hecho estupendamente.
Twila rio, melancólica. Evan siempre le decía lo mismo.
—¿Hace cuánto llegó?
—Hace quince minutos. No te imaginas el lío que fue salir de Kazajistán. Una semana, Evan. ¡Una semana! Casi mato a Zip.
Ambos rieron.
Evan sabía que ella sería incapaz de matar al pobrecito.
—En cuanto llegué fui a la Sala de Trofeos para ver qué cosas había destruido Samantha. Por suerte no destruyó ningún artefacto. ¿En dónde están Susan y Frida?
—Su madre tomó la decisión de darles la semana libre en lo que se reparaban los desperfectos de la casa.
—¿Vieron a esa cosa?
—Desgraciadamente sí.
—¿Sofía?
—Igual. Pero no hay de qué preocuparse. Las tres son empleadas leales.
—Sí, supongo. De otro modo me veré obligada a evitar que esto salga a la luz.
Nadie podía saber nada sobre las cosas extrañas que los rodeaba. Si eso ocurría, los auténticos problemas no habrían hecho más que empezar.
Las Gemas tenían una ley muy estricta: bajo ningún pretexto debía ser visto por nadie absolutamente nada que pusiera en peligro la existencia de su mundo. No debía ser visto por nadie. Por nadie.
Siempre se habían filtrado rumores y leyendas, así como grandes mitos, pero nadie podía probarlos, ya que la eliminación de las pruebas era otra radical obligación para las Gemas, así como el silenciar a los testigos que veían lo que no debían ver.
—Mira. —Twila sacó de su mochila los tres fragmentos de la espada que habían conseguido—. Ya solo falta una.
Evan sonrió. Sabía cuánto le emocionaba a ella el conseguir ese artefacto.
La recordaba leyendo y dibujando bocetos de él. De cómo sería, de cómo quería que fuera. Ese artefacto había sido la obsesión de Twila desde que recordaba. Y cuando se enteró de que era real, su obsesión aumentó.
—Hice que Zip contactara a Vladimir. Esta vez le dije que me esperara en el Reigate. No quiero oídos extra en mi conversación.
Evan intentó ponerse de pie mientras decía:
—¿Quiere que le sirva en algo?
—Claro que no, Evan. Tú tienes que descansar. Papá ya te ha dicho una y otra vez que ya no tienes por qué trabajar.
—Eso me hace sentir inútil, señorita.
Twila rodó los ojos.
—Cuando me conociste me llamabas simplemente Twila, ¿por qué ahora casi siempre me llamas "señorita"?
—Eso es lo apropiado.
—Ni apropiado ni leches. No me gusta que tú me digas así.
Evan rio. Le resultaba sorprendente el hecho de que, aunque Twila no fuera hija biológica de su señor, el parecido que ambos tenían era sorprendente.
—Lo intentaré.
Twila ablandó su expresión.
—Así está mejor —le dio un cariñoso beso en la mejilla y luego salió, no sin antes despedirse de él.
**********
Una puntada tras otra y Miranda cada vez estaba más cerca de terminar su bordado.
Los últimos días fueron de lo más ajetreado que pudo recordar. Tranquilizar a sus empleadas después de la sorpresiva visita de aquella chiquilla fue muy complicado. Y lo tuvo que hacer en tiempo récord.
Sabía bien qué medidas eran necesarias si en caso no conseguía persuadirlas y tranquilizarlas.
Miranda no estaba de acuerdo con aquello, y tal vez jamás lo estaría. Pero también sabía que era un precio muy amargo el que se tenía que pagar para poder vivir en paz.
Y no. No podía culpar solamente al modus operandi que Twila siempre usaba, ya que su marido hacía exactamente lo mismo. Y era algo que él ya hacía desde que lo conoció. Fue parte de su entrenamiento al igual que el de Twila. Y ella sabía que no tenía ni voz ni voto en aquello.
—Hola, mamá.
Miranda miró a Twila, sorprendida. No se percató de su presencia. Pero sonrió y corrió a abrazarla. Sabía que a Twila casi no le gustaban los abrazos, pero los recibía de todas formas.
—¿Cuándo llegaste?
—Acabo de llegar, pero quería pasar a la Sala de Trofeos antes de que Aurora llegara y no me dejara en paz.
Ambas rieron.
—Tu hermana no sería capaz de eso.
—¿Nooooo? Una vez me retuvo en mi habitación porque se me olvidó la noche de películas.
Volvieron a reír. Luego se sentaron en uno de los sillones.
Twila vio que su madre estaba un poco tensa, y no supo por qué, pero tenía el presentimiento de que no era por la visita de Samantha.
—¿Qué tienes, mamá?
—Nada, cariño, es solo que... aún no recibo ninguna noticia de tu padre y... ya me está preocupando.
Twila rodó los ojos discretamente. Sus padres no podían vivir el uno sin el otro. Sabía que habían discutido poco antes de que él se fuera, y su madre ya no soportaba un segundo más sin su presencia.
Ese tipo de amor era algo muy extraño para Twila. Y sumamente agotador de paso.
—Tranquila, mamá. Papá seguramente debe de estar igual de desesperado que tú.
Miranda dejó su bordado a un lado, puso sus manos sobre su regazo y comenzó a entrelazar sus dedos, muy nerviosa.
—No es por el viaje. Es que... —No pudo más y se cubrió el rostro con ambas manos—. Es que discutimos antes de que se fuera.
«¡Bingo!», pensó Twila.
—¿Y si él sigue molesto cuando vuelva? —Casi que se preguntó a sí misma.
—Mamá —dijo Twila—. Sé que es extraño que él aún no haya vuelto. La estatua de Durga no es una reliquia tan difícil de recuperar. Pero sea lo que sea que esté haciendo, estoy segura de que no lo está haciendo porque esté molesto. Es más, estoy segura de que se muere por verte.
—¿Estás segura?
—Apostaría mi propia vida a que sí.
Miranda se sintió más reconfortada. Suspiró más tranquila.
—Tienes razón. Pero que no se crea ese tonto-orgulloso-cabezón que le voy a dejar pasar esto tan fácilmente.
«Y aquí vamos otra vez», pensó Twila.
**********
Eli había dejado el hall y comenzó a buscar a Twila por las habitaciones.
No sabía por qué había agarrado la manía de buscarla. Pero a una pequeña parte de él le gustaba su presencia. Esa fuerza y voluntad que la envolvían le resultaba de lo más reconfortante.
Abrió la puerta de la biblioteca y encontró a Evan sentado en un sillón, con la carpeta de Twila en mano y con las piezas de la espada en una mesa.
El mayordomo le dirigió la mirada y sonrió.
—Eli.
El septuagenario se levantó muy lentamente del sillón, e Eli al verlo tan tembloroso, se acercó a Evan y lo ayudó a pararse.
—Gracias, pequeñín. Este cuerpo ya no tiene mucha utilidad.
Eli sonrió. El anciano desprendía un aura adorable que poco le recordaba a su tío Gimo, que siempre fue autosuficiente incluso cuando no lo era.
Por primera vez pensó en su tío.
Tal vez era por eso que buscaba tanto a Twila. Ella fue la primera persona de su familia que realmente se preocupó por él sin que nadie se lo pidiera.
Suspiró.
Realmente jamás pensaba demasiado en su familia. Le dolía mucho recordar. No había que mal entender nada. Su familia lo cuidó. Pero tal vez ese era el problema. Solo lo cuidaron. En lo más profundo de él jamás sintió el típico calor de hogar. Su padre rara vez estaba en casa, al contrario de su madre quien siempre estuvo ahí para él, pero al irse perdió también ese apoyo y ese cariño. Y por último estaba su tío. Él siempre fue alguien frío y un tanto indiferente. Burpy fue el único con el que sintió apoyo y cariño antes de conocer a sus amigos.
Pero Twila lo hizo volver a sentir esa pizca de calor hogareño que ya había olvidado.
El único problema era que estaba seguro de que en cuanto todo el asunto con Excalibur y su padre acabara, entonces también la perdería.
Evan observó a Eli y en cómo se rehusó a hablar.
Él tenía una habilidad que para nada servía para las batallas, pero que aun así le era de gran ayuda, y era que él podía escuchar los pensamientos de las personas. Así que sabía todo lo que Eli estaba pensando.
Cada vez más sentía que su voto de confianza hacia Eli no era en vano.
—Ayúdame —le dijo entonces Evan.
Eli salió de todo su torbellino de pensamientos.
—¿Ayuda? —preguntó.
Evan sonrió y cuidadosamente le fue entregando a Eli los fragmentos de la espada.
—Hay que ponerlos en un lugar seguro —le dijo, y lento pero seguro, caminó hacia la Sala de Trofeos junto con Eli. No sin antes dejar la carpeta de Twila en su lugar.
(...)
Eli observó de nuevo la Sala de Trofeos, solo que esta vez era un completo desastre.
Varios ventanales estaban completamente destruidos, los artefactos estaban en cajas sobre el suelo porque los pedestales en donde los vio por primera vez, estaban rotos. Con los libros pasó lo mismo. Varias libreras quedaron inservibles.
Distinguió también que ya había varias personas encargándose de reparar todo.
Evan dio un par de palmadas para llamar la atención de los trabajadores.
—Lamento la interrupción, pero requiero que todos salgan de la sala unos minutos. ¿Serían tan amables de esperar en el jardín?
Los trabajadores parecieron un tanto molestos, pero no tuvieron de otra más que salir.
Cuando el último trabajador salió de la sala, Evan le ordenó que cerrara bien la puerta y que desplegara las cortinas.
—Bien hecho, niño. Ahora está todo seguro.
«¿Niño?».
—No entiendo, ¿por qué hay trabajadores aquí dentro junto con todos los artefactos?
Evan rio.
—Es porque los más importantes ya los hemos puesto en un lugar seguro.
—Ah. ¿Le puedo preguntar algo más?
—Claro, pequeñín.
«¿Pequeñín?».
—Aurora me dijo que si tocaba algo de todo esto quedaría hecho polvo, ¿entonces por qué esa cosa pudo entrar libremente?
—Ella tiene una gran imaginación. No hay tal cosa aquí.
—¿Qué?
—Tan solo hay alarmas de seguridad.
—¿Entonces me mintió?
—No. Tan solo te quiso jugar una broma.
Eli frunció el ceño. Pero luego sonrió. Puede que Twila y Aurora se parecieran más de lo que había llegado a pensar.
Evan caminó y llegó a una estantería a la izquierda de la habitación. Eli lo siguió y vio como él presionó una parte de la estantería vacía. Un cuadrado de madera se hundió en la pared y toda la estantería salió casi por completo de la pared y se corrió a la izquierda.
En ese momento Eli pensó que sería como en la mansión de los Ricobich, y que detrás de la estantería habría una bóveda secreta. Pero no fue así. Detrás de la estantería había cuatro pedestales de madera con una daga incrustada en cada una.
Evan entró al pequeño espacio que quedó dentro y comenzó a bajar las dagas como si fueran interruptores. Lo hizo en el siguiente orden:
1° → abajo
2° → abajo
3° → sin mover
4° → abajo
Luego caminó a una de las estanterías que se encontraban cerca de la puerta y presionó otro botón que descubrió otros cuatro pedestales. Esos los accionó en el siguiente orden:
1° → sin mover
2° → abajo
3° → sin mover
4° → abajo
Y por último caminó hacia la derecha de la sala para presionar otro botón y descubrir otros cuatro pedestales. Y la secuencia que usó con esos fue:
1° → sin mover
2° → abajo
3° → abajo
4° → abajo
Cuando hizo eso un círculo en el centro de la sala se abrió y una gran escalera de caracol apareció.
—Así que esto es lo que ella dijo que no había visto.
—Abajo está la verdadera Sala de Trofeos— le dijo Evan a Eli.
Eli ayudó a Evan a bajar por las escaleras, y mientras descendían él pensó que todo el lugar estaría polvoriento. Pero fue al contrario, estaba todo limpio y reluciente. Y lo que más lo impresionó fue ver la gran cantidad de artefactos que había ahí dentro.
Habían repisas y repisas llenas de ellos.
Evan caminó y aguardó los fragmentos de la espada en la gaveta de un mueble que seguramente contenía más artefactos dentro. Pero Eli vio que sacó algo más. Sacó una daga de forma cóncava. La empuñadura era roja.
—¿Podrías llevarle esto a Twila? Es uno de sus artefactos favoritos.
Eli asintió y tomó la daga. Habló un rato más con Evan y luego salió de la Sala de Trofeos para seguir buscando a Twila.