La heredera sin nombre

By Aleewritess

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Si pudiese volver el tiempo atrás no lo haría. Nadie nunca me advirtió. Ni siquiera me dieron un resumen o un... More

00. Sinopsis
⟨ Primera Parte ⟩
01. Leña y Fuego
02. ¡Felices Dieciséis!
03. En el medio de la nada
04. Ante los ojos del rey
05. La academia Nova
06. El primer día del resto de tu vida
07. Miedo
08. Humanos y Enovanianos
09. La fiesta de Alexei
⟨ Segunda Parte ⟩
10. Oportunidades
11. Protegiéndote
12. Darling
13. El legado Queen
15. El antes y el ahora
16. Responsabilidades
17. El diario de la reina
18. Revelaciones
19. Volver a viejas costumbres
20. Te dejaré notas...
21. Un merecido descanso
22. Magia en Navidad
23. Remover el pasado
⟨ Tercera Parte ⟩
24. ¿Existe la paz?
25. Palabras correctas
26. Evento exclusivo
27. Sincronizados
28. La corona de Katherine Queen
29. El poder de la sangre inocente
30. Todas mentiras, todas verdades
31. Ayuda no solicitada
32. Experimentar nuevas sensaciones
33. Correr el riesgo
34. El paso de la aduana
35. El peso del prófugo
36. La vela eterna
37. Greenqueen y Bluequeen
38. Salvar a Enova
♛Epílogo♛
⟨ EXTRA 1 ⟩

14. La lluvia

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By Aleewritess

─¿Entonces tu antepasada, la primera reina de Enova, también tenía todo tipo de poderes? ─indagó Luke curioseando.

Me encontraba en su habitación, ambos acostados sobre su cama uno al lado del otro viendo el techo mientras hablábamos. Alexei claramente ya se había ido a desayunar, y como era lunes las clases iban a comenzar en pocos minutos.

─Sí, y por eso tengo miedo. ─Desde que llegué para hablarle sobre lo que descubrí en la biblioteca, había estado prestando atención y tratando de entender todo lo que yo le iba explicando─. ¿Qué pasa si me relacionan con ella por parecerme en cuanto a los poderes? ¡A la mierda el secreto! ─exclamé con preocupación.

─En eso tienes razón, ¿Pero no dijiste que había gente con más de un poder y no eran parientes de tu familia?

─Sí, nadie ha tenido todos. ─Mi tono de frustración era evidente mientras me rascaba el cabello por los nervios.

─Tranquila, lo vamos a solucionar ─giró el rostro para mirarme, yo hice lo mismo. El color miel de sus ojos se lució con intensidad mientras me observaba. Entrelazó su mano con la mía dedicándome una leve sonrisa ─, confía en mí.

─Confío en ti, pero el problema sigue estando. ¿Qué hacemos? ─suspiró en silencio pensando a toda velocidad cuando un destello de idea apareció en su mente y su expresión mostró claridad.

─Tengo una idea ─dijo emocionado, sentándose sobre las sábanas. Lo imité ordenándome los cabellos locos con los dedos ─. ¿Hay algún poder que no hayas implementado ya?

─Mmm... creo los poderes de los subelementales ─contesté, no estaba segura, pero según mis recuerdos no los había usado todavía.

─¡Genial! No los uses, puedes fingir que no los tienes ─enarqué una ceja negando con la cabeza. Él en serio creyó que era una buena idea.

─Se te olvida algo ─le señalé mi muñeca. Ahí seguían las cuatro letras de colores, permanentes como un tatuaje.

─Uh... ─su expresión demostró clara decepción ─. No importa, ya vamos a pensar algo más.

─Tu positivismo me desespera ─comenté con una sonrisa.

─Y sí, alguno de los dos tenía que ser positivo, porque si fuese por ti ya nos hubiésemos tirado de un barranco hace años ─rio abiertamente.

─No es tan mala idea, pero en vez de un barranco podemos elegir una muerte indolora con algún veneno instantáneo o mientras dormimos.

─Ni lo sueñes, no planearé mi muerte sin antes haber probado caviar.

El timbre sonó indicando el comienzo de clases, y ambos nos levantamos saliendo de su cuarto entre risas.

─Hablando de mundos, los cafages se van el jueves. ¿Ya sabes cual es tu decisión?

Vi sus músculos tensarse mientras bajaba la cabeza nervioso.

─¿Tú sí? ─Suspiré tranquilamente bajo su atenta mirada.

─Tú ya sabías cual iba a ser mi decisión, siempre lo supiste.

No sabía en que momento, pero yo había elegido quedarme. No esperaba que Luke hiciese lo mismo, pero una parte de mí lo quería cerca.

─Supongo que no puedo luchar contra tu destino... ─sonrió con tristeza, y comencé a hacerme la idea de que nos íbamos a separar, pero algo en su silencio tras esa frase me incitó a dudar.

─¿Entonces...?

─Si tú te quedas, yo también. No me voy a alejar, no sabiendo que tengo la opción de protegerte y cuidarte mientras marcas tu camino al trono.

Eso último lo dijo más bajito debido a que, como estábamos en un pasillo lleno de gente, alguien podía escucharnos. En realidad no era muy prudente hablar sobre esto en público, pero pasábamos tan rápido que no podían llegar a escuchar ni siquiera una frase completa.

─No puedo pedirte eso, estás dejando a tus amigos y tu vida atrás ─le recordé en un vano intento de que lo piense mejor.

─Donna ─se detuvo en un pasillo vacío, girándose en mi dirección y obligándome a detenerme también ─, ya te dije que eres mi familia, eres lo más importante para mí. Tú misma me reclamaste en el castillo del rey que si me pedías escapar al otro lado del mundo yo no aceptaría, ¿Y que fue lo que te contesté?

Se quedó en silencio esperando a que yo contestara, así que con un suspiro cité sus palabras, las cuales recordaba en mi mente como si me las hubiese dicho ayer.

"Sí, lo habría hecho. Abandonaría el mundo por ti".

─Entonces está decidido, nos quedamos.

Su seguridad al decirlo me hizo sentir conforme, acompañada. Mi estómago se contrajo por el sentimiento de cariño que le tenía, por la felicidad que surgió dentro de mí en ese momento.

Con una sonrisa de oreja a oreja lo abracé tan fuerte como pude, rodeando su cuello con mis brazos y aferrándolo a mí. Su calor corporal inundó mi cuerpo chiquito satisfaciendo mi frío repentino. Al separarnos me sonrió e, inclinando la cabeza como si fuese un caballero de época, se despidió:

─Ahora, a clases. La puntualidad es fundamental, y en especial para ti que siempre llegas tarde a todas partes ─le golpeé el hombro divertida.

─Esas cosas se saben pero no se dicen ─le recriminé.

─Chau, Donna ─rio mientras se alejaba.

◦★──── ᘡ ᘞ ────★◦•

Después de varias horas, las tres clases correspondientes de la academia habían finalizado, sin embargo, firmé un contrato y ahora tenía que cumplirlo. Me dirigí al sótano de Uso militar de Magia donde, según la vicedirectora, ahí y en el patio trasero entrenaría durante las horas extras. Bajé los escalones apurada sabiendo que estaba llegando tarde, pero eso no me sorprendió. Lo que si me sorprendió fue que, al entrar en la habitación del subsuelo, no solo vi a un señor alto y rubio el cual supuse que era mi nuevo entrenador y a dos o tres estudiantes más, si no que también a un pelinegro bastante conocido para mí.

─Llega tarde, señorita ─fueron las primeras palabras del profesor hacia mí.

─Sí, perdón por eso ─me disculpé dejando mi mochila junto a las demás y ubicándome al lado de los demás.

─¿No va a darme ninguna excusa poco creíble? ─entrecerró los ojos con cautela y curiosidad.

─Sería una perdida de tiempo, prefiero invertirlo en la clase ─contesté con sinceridad.

Ciertamente no tenía excusas, solo me retrasé, y siempre tuve ganas de decir esa frase así que me sentí conforme por un momento. El entrenador enarcó una ceja y me miró de pies a cabeza.

─Buena respuesta, mala puntualidad. La próxima use un reloj ─asentí con la cabeza mordiéndome la lengua. En un pasado le hubiese respondido con un insulto, pero con los años aprendí a cerrar la boca cuando fuese necesario. Bueno... seguía aprendiendo, pero la intención era lo que contaba ─. Detrás de mí hay varias espadas, tomen una cada uno y vuelvan a sus lugares.

Me acerqué junto a los demás al estante lleno de espadas y aproveché para susurrarle rápidamente al pelinegro.

─¿Qué haces aquí?

─¿Cómo que qué hago aquí? ─preguntó Azael frunciendo el ceño.

─¿Tú padre te contrató para su propia empresa? ─indagué confundida.

─Existe algo llamado legado familiar, Donna ─murmuró con obviedad antes de tomar una espada y volver a su lugar.

No lo había pensado antes. No sabía nada sobre su familia realmente, pero si Azael era hijo primogénito de Keo entonces podría heredar los negocios de su papá. Era una gran responsabilidad, y tenía sentido que el señor Darth quisiera preparar a su heredero para que ocupase su puesto cuando se retirara o muriera de forma trágica.

Volvimos a nuestros puestos frente al entrenador y este, con una postura llena de superioridad, continuó su clase.

─Si están aquí es porque el señor Darth cree que ustedes serán eficientes con un poco de ayuda. Mi trabajo es brindarles esa ayuda. Sangrarán, sudarán y aprenderán. Pero lo más importante, sobrevivirán, porque yo no entreno a cadáveres vivientes. ¿Quedó claro? ─los cinco adolescentes asentimos con la cabeza de forma obediente ─. Bien, ¡A trabajar!

◦★──── ᘡ ᘞ ────★◦•

Varias gotas de sangre corrieron con lentitud por mi brazo. La clase había acabado, me habían hecho luchar contra dos chicas a la vez en un ❛Todos contra todos❜, y una de ellas me había cortado levemente. Cuando se detuvo para disculparse, cosa que el profesor advirtió que no hagamos mientras entrenábamos porque nos podríamos disculpar cuando la hora acabara, le pegué una patada en las piernas obligándola a caerse y con un movimiento rápido hice lo mismo con la otra muchacha. Usé sus propias espadas para apoyarlas contra sus cuellos, inmovilizándolas y ganando ese round. Unos minutos después, un chico de tercer año me empujó contra el suelo, agarrando mis muñecas y apretándolas contra la piedra fría bajo nosotros para inmovilizarme, ganando ese round con su fuerza bruta y abriéndome un poco más la herida. No tuve más round's, cosa que me disgustó porque una parte de mí quería pelear contra Azael, pero al mismo tiempo lo agradecí porque ya estaba muy cansada como para seguir.

Usé una gaza del botiquín de emergencias que se encontraba en la pared para envolver mi brazo. Estaba por romperla con los dientes y atarla cuando unas manos firmes cortaron la tela con un poco de fuego, para después hacer un nudo ajustado alrededor de la herida.

─Estuviste decente hoy, para ser tu primera clase ─me felicitó, limpiando con un pedazo de tela que sobró la sangre que había resbalado por mi piel. Después volvió a cubrirme el brazo con el uniforme de la academia, el cual se había rasgado. Mas tarde me encargaría de cocerlo.

─¿Gracias?─le agradecí a modo de pregunta, algo indignada por el "decente". Cuando las yemas de sus dedos se alejaron de mi brazo, mi piel ardió, como si extrañara su tacto.

Agarré mi mochila, Azael hizo lo mismo y salimos juntos del subsuelo. El sonido del exterior comenzó a hacerse más fuerte hasta que llegamos a la superficie. Las gotas caían sin parar del cielo gris. No se avecinaba una tormenta, pero la lluvia era fuerte y constante. Varios charcos de agua se habían armado sobre el pasto y las gotas chocaban contra el suelo, dividiéndose y saltando sobre el césped para volver a caer y dividirse continuamente. Sonreí por el placer de aquel sonido, no había nada más tranquilizante que la lluvia.

─¿Por qué sonríes? ─preguntó el pelinegro siguiendo mi mirada, pero él no terminaba de entender.

─Creo que tengo una idea ─respondí extendiendo todavía más la sonrisa.

Frunció el ceño, pero antes de que adivinara lo que tenía en mente agarré su mochila junto con la mía y las tiré sobre el piso seco. Con un movimiento rápido, aferré mi mano a su muñeca y corrí hasta llegar al medio del césped, dejando que el agua nos bañara.

─¡¿Qué estás haciendo?! ─exclamó soltándose de mi agarre y retrocediendo unos pasos.

─¡Dale, morocho, un poco de agua no te va a hacer mal! ─grité para que volviese.

Se quedó quieto durante unos momentos dedicándome una mirada inexpresiva. Dos segundos después, sonrió levemente.

─¿Morocho? ¿No tenías un apodo más original?

─Te iba a decir Ricardo Fort porque eres pelinegro, tienes mucho dinero y la gente habla más de ti que de los reyes mismos, pero el señor está muerto y tú ni siquiera sabes quien es ─rio levemente acercándose, ambos medio que gritábamos sobre la lluvia para escucharnos, así que se inclinó un poco más hacia mí y preguntó:

─Así que la gente habla de mí... ¿Qué has estado escuchando entonces? ─sentí como mis mejillas ardían y se acaloraban.

«¡Yo y mi estúpida lengua suelta!» me maldije mentalmente, no era necesario revelar mi leve interés hacia su persona. Arreglando la situación de manera desastrosa, contesté:

─Como si no lo supieras.

Revoleó los ojos con una sonrisa sincera en su rostro. Con su mano se peinó el cabello mojado hacia atrás, y tomó una postura más tranquila.

─¿Y ahora qué?

Parecía que este chico solo sabía hacer preguntas, pero como respuesta sonreí una vez más y me tiré al pasto, acostándome y mirándolo como podía debido a las gotas que caían una y otra vez sobre mi rostro.

─¡El uniforme! ¡Te vas a manchar con barro! Que desastre de muchacha, por favor... ─reí abiertamente antes de palmear el lugar a mi lado con diversión.

─Tu turno.

Dudó seriamente mientras miraba hacia todas partes verificando que no hubiese nadie, después de unos segundos se mordió el labio inferior como si se estuviese rindiendo y se tiró al piso con cuidado. Expresó una mueca de disgusto mientras apoyaba sus manos sobre su abdomen para no mancharlas también. Yo reí por lo bajo antes de cerrar lo ojos en tranquilidad.

El sonido de la lluvia volvió a inundar mi oído, llenándome de satisfacción. Las gotas caían sobre mi cuerpo y si no me mojaban, se deslizaban hasta llegar a la tierra. Suspiré de una forma rítmica, en paz.

Antes, cuando estaba en mi casa, me acostaba sobre la cama para convivir con la inexistencia que me rodeaba. El silencio y la soledad inundaban mis sentidos, y por un tiempo logré apreciar y admirar aquella inexistencia. Solo había una cosa que me alejaba de ese pozo sin fondo por horas y horas, y aquello era la lluvia. Su sonido se escuchaba a pesar de tener la puerta del balcón cerrada. Interrumpía mi soledad, me acompañaba con el viento y el frío que escalaba por todo mi cuerpo.

Ahora, tirada en el césped con la compañía de una persona a la que apenas conozco, le agradecí a la lluvia por hacer ruido en medio del silencio.

Giré la cabeza para ver al pelinegro analizándome con la mirada. Ambos estábamos quietos, acostados con los pies juntos y las manos sobre nuestros cuerpos. Nuestras cabezas de lado, mirándonos el uno al otro, descubriéndonos en la lluvia.

─¿Por qué? ─preguntó con curiosidad, pero al ver mi expresión de que no entendí su pregunta aclaró ─. ¿Por qué te gusta estar así, bajo la lluvia?

Respiré hondo y sonreí levemente, la verdadera razón prefería guardármela para mi misma.

─¿Por qué no? ─se quedó pensativo tras esa respuesta. No me sentí con la necesidad de aclararla.

Hay pequeños momentos en la vida que uno disfruta sin una razón especifica, o que por el contrario los disfruta con todas las razones posibles. La felicidad no debería ser un privilegio, no cuando te hace sentir tan bien, y esta no siempre llega de la misma forma. Aquel sentimiento podía venir envuelto en una carta, o en una mínima muestra de cariño. Podía venir impresa en una camisa o podía dejarse ver a través de una persona. La euforia, la sorpresa, el placer, la satisfacción. Todo es alegría demostrado de distintas maneras.

En este momento, siendo mojada por cientos y cientos de gotas, pasando frío y ensuciándome la ropa, viendo a Azael a los ojos, en un silencio que nos consumía y nos alimentaba a la vez, ese fragmento de alegría apareció.

Intenté recordar cada sensación de cada sentido en mi memoria. El sonido; el olor a pasto mojado; a él, y de fondo la entrada al pasillo de la academia; la tela mojada sobre mi estómago; el sabor amargo de mi propia saliva en mi boca.

Sonreí antes de levantarme lentamente, con una mano ayudé a Azael a levantarse también. La lluvia se convirtió en una llovizna y el agua ya no fue tan constante. Antes de caminar de vuelta hacia la academia le susurré.

─Los mejores momentos no se planean, solo suceden. ¿Entiendes el porqué ahora?

No lo conocía hace mucho, pero me daba la sensación de que siempre procuraba tener un orden, un estilo de vida y una rutina a seguir. Lo peor era que disfrutaba salirse de su rutina, pero también le gustaba seguirla. Era contradictorio, pero me excitaba creer que yo le podía ayudar a no confundirse tanto.

Cuando agarramos nuestras mochilas evitando apoyarlas en nuestras espaldas para no mancharlas, se acercó con una leve sonrisa sincera y susurró en mi oído:

─Creo que sí, pero me gusta como tú haces que las cosas solo sucedan.

Y con ese último comentario se alejó, dejándome sola en mitad del pasillo y con las mejillas calientes.

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