Answer

By Yooniesvibrator

12 1 0

Donde un estudiante de Artes queda completamente flechado del estudiante de Psicología. Taegi One shot More

Única parte

12 1 0
By Yooniesvibrator

Tal vez ya tengo la respuesta...

Esa que por tanto tiempo estuve buscando en lugares donde claramente jamás iba a encontrarla.

En el ruido.
En la gente.

Tal vez en la costumbre de sonreír aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.

O en la idea absurda de que si seguía avanzando lo suficiente, si seguía aparentando lo suficiente, si seguía sobreviviendo con cierta elegancia... en algún momento iba a dejar de doler...

Pero no fue así.

Porque la respuesta nunca estuvo en aprender a resistir solo.

La respuesta a todo...
eras tú.

Min Yoongi, estudiante de Psicología en la universidad más prestigiosa de toda Corea del Sur.

------------------------------------------------------

Honestamente, nuestra historia empezó con un cliché tan descarado que a veces todavía me da vergüenza admitirlo...

Un pasillo.

Una mañana horrible.

Dos estudiantes llegando tarde.
Y un choque tan ridículo como inevitable... y el principio de mi ruina.

-Lo lamento -dije de inmediato, todavía en el suelo y con el corazón en la garganta.

Tú levantaste la vista apenas después de acomodarte los lentes.

Camisa lisa.
Chaleco a rombos.
Pantalón oscuro.
Cabello ligeramente desordenado por la prisa.

Labios delgados.
Una expresión seria, limpia, bonita...
Demasiado bonita.

Extendí la mano para ayudarte a levantarte.

Pero tú solo la miraste un segundo antes de incorporarte por tu cuenta.

-No pasa nada -respondiste, con voz baja, calmada, casi distante.

Luego recogiste tus hojas y seguiste tu camino como si nada.

Como si no acabaras de desconfigurarme la mañana completa.

Me quedé ahí, todavía medio arrodillado, con la mano suspendida en el aire y la dignidad hecha pedazos.

-Bien... -murmuré, sintiéndome un poco idiota.

No lo sabía entonces.

Pero ese pequeño gesto tuyo...esa negativa silenciosa a aceptar ayuda, ese modo casi elegante de protegerte incluso en algo tan mínimo...se me quedó clavado.

Porque, aunque mi primer pensamiento al verte intentar irte después de la caída fue "frágil", la verdad era otra.

Tú no eras frágil.
Lo era yo.

Y no tardaría en descubrirlo...

--------------------------------------------------------

Dibujarte fue mi primer error...

No escuché nada de la clase de Biología.

Absolutamente nada.

Podrían haber estado explicando cómo regenerar extremidades humanas con ADN de ajolote y yo habría asentido como si entendiera.

Porque todo el tiempo estuve pensando en ti.

Y dibujando...

Tu nariz.
Tus labios.

La forma en la que tus lentes descansaban sobre tu rostro.

La expresión casi inaccesible de tus ojos...

Y luego escribí.

Porque cuando algo me sacude demasiado, mi cuerpo no sabe guardárselo.

Así que terminé escribiendo versos torpes al borde de la hoja.
Hasta que, por supuesto, el profesor Gong decidió humillarme frente a todo el salón...

-¡Kim Taehyung!

Levanté la cabeza como si me hubieran disparado.

-Parece que está demasiado interesado en su pupitre -comentó con ironía mientras se acercaba.

No me dio tiempo ni de cubrir la libreta.

La tomó.
La abrió.
Y leyó en voz alta:

-"En la bella mezcla de dolor y esperanza, aguarda la calidez que avanza, que avanza y me deja con la mano recta en busca de conocer al dueño de mi ahora añoranza."

Toda la clase se rió.

Y yo quería que la tierra me tragara entero.

Cubrirme la cara no fue suficiente.
Podía sentir las orejas ardiéndome.

-Joven Kim -continuó el profesor, dejándome la libreta de nuevo sobre la mesa-, bastante bueno con las letras, pero estamos en Biología, así que deje sus escritos románticos para la clase de lectura.

-Lo siento, señor Gong -murmuré, deseando seriamente dejar de existir.

A mi lado, Namjoon estaba haciendo un esfuerzo heroico por no reírse.
Y detrás, Hoseok directamente ya había perdido la batalla.

-No diré nada -susurró Namjoon, demasiado tranquilo.

-Si hablas, te mato.- amenacé mirando hacia el pizarrón.

-Solo quiero saber si el "dueño de tu añoranza" ya tiene nombre. - se burló en silencio

-Cállate.- corté molesto.

Por que no, no lo tenía.

Pero lo tendría...

Y sería el nombre que terminaría habitando demasiados rincones de mi vida.

---------------------------------------------------

Lo escuché por primera vez en la cafetería de Psicología.

-¡Yoongi!

Giré la cabeza por puro reflejo, y ahí estabas.

Sentado junto a una ventana enorme, con un vaso de café negro entre las manos y una pila impecable de apuntes frente a ti. Llevabas un suéter gris, lentes redondos y esa expresión tuya de chico que parece no querer hablar con nadie y aun así tiene algo que atrae toda la atención del lugar.

Y entonces lo supe.

Min Yoongi.

Tu nombre se sintió demasiado correcto en mi cabeza.

A tu alrededor estaban tus amigos:

Park Jimin, demasiado escandaloso para la hora.

Jeon Jungkook, peligrosamente bonito incluso en sudadera.

Y Kim Seokjin, con esa elegancia natural de alguien que claramente ya estaba harto de la humanidad.

-Te traje jugo porque desayunar solo café es un intento de suicidio lento -te dijo Jimin mientras dejaba la bebida frente a ti.

-Gracias por la dramatización -respondiste.

No sonreíste de inmediato.

Pero cuando Jungkook dijo algo que no alcancé a escuchar, lo hiciste.

Y Dios...

Tu sonrisa fue pequeña.
Casi íntima.

Pero fue suficiente para que algo en mí se acomodara mal dentro del pecho.

-Se enamoró -murmuró Hoseok a mi lado.

-No me enamoré.- quise apartar la mirada de ti, sin éxito.

-Le acaba de escuchar el nombre y ya parece víctima de una novela trágica.- se burló Namjoon.

-No me enamoré -repetí, aunque con menos convicción.

La verdad era que no sabía qué me estaba pasando.

Solo sabía que quería seguir mirándote.

Y eso ya era una mala señal.




-----------------------------------------------------

La primera vez que hablamos de verdad fue en la biblioteca.

Yo estaba buscando un libro para una clase de teoría visual cuando te encontré sentado en el suelo entre dos estanterías, rodeado de libros, apuntes y hojas sueltas como si hubieras creado un pequeño universo académico propio.

Te veías ridículamente bonito.

Tus mangas estaban remangadas hasta los antebrazos.

Tus lentes ligeramente más abajo de lo normal.

Tu ceño apenas fruncido mientras leías.

Y sí, me quedé mirándote demasiado... Lo suficiente como para que levantaras la vista y me descubrieras.

Parpadeaste.
Yo también.

-Otra vez tú -dijiste.

Yo sonreí, incómodo.

-Prometo que no te estoy siguiendo.- jugué el libro en mis manos con mis dedos.

Miraste alrededor.

-Estamos en la biblioteca de mi facultad...- tu ceja se levantó levemente.

-Bueno... ahora suena peor.- con una mano rasque mi nuca, apenado.

Tus labios se curvaron apenas.
Pero fue real.

-¿Qué haces aquí? -preguntaste.

Levanté el libro que tenía en la mano como si eso justificara mi existencia.

-Investigación.

-¿En psicología?

-No me subestimes, Min Yoongi. Soy de Artes, no un vegetal.

Tu risa fue baja.

Casi silenciosa.

Y me golpeó directo en el estómago.

-¿Puedo sentarme? -pregunté.

Vacilaste.
Lo noté enseguida.

Ese pequeño segundo donde pareciste medir si valía la pena dejarme entrar a tu espacio.

Pero al final asentiste.

-Solo si no haces ruido...- reacomodaste algunos libros para hacer espacio.

-Qué romántico.- bromee a pesar de sentir la sangre en mis mejillas.

-Cállate.- viraste los ojos con una pequeña, muy pequeña sonrisa.

Me senté frente a ti.

Y durante varios minutos simplemente compartimos el silencio.

Lo extraño fue que no se sintió incómodo.

No sentí la urgencia de llenar el aire con palabras.

No sentí que tuviera que impresionarte.

Solo... quería estar ahí.
Contigo.

-¿Siempre subrayas tan recto? -pregunté al final.

Levantaste la vista.

-¿Perdón?

-Tus líneas. Son demasiado perfectas. Eso es inquietante.

Miraste tus apuntes.

-¿Eso es un halago o una acusación?

-Todavía no lo decido.

Tu boca volvió a curvarse.

Y me sentí ridículamente satisfecho por ello.

No sé cómo terminé diciendo lo siguiente.

Probablemente por falta de autocontrol.

-Puedo dibujarte.

Parpadeaste.

-¿Qué?

Maldita sea.

-Digo... -tragué saliva-. Eres dibujable.

Silencio.

Luego una exhalación tuya, contenida.

Y una pequeña risa.

-Eso ha sido muy raro.

-Lo sé.

-Muy, muy raro.

-También lo sé.

Bajaste la vista de nuevo a tus hojas, pero esta vez con una sonrisa tan mínima que apenas estaba ahí.

-No fue ofensivo...

No debiste haber dicho eso...
Porque desde ese momento supe que estaba perdido.


------------------------------------------------------

Empezamos a cruzarnos cada vez más.

Primero por accidente.
Después por costumbre.

Y finalmente porque ambos comenzamos a buscarlo aunque ninguno lo dijera en voz alta.

Cafetería.

Pasillos.

Biblioteca.

Patio central.

Mensajes.

Yo aprendí rápido tus pequeñas costumbres...

Que tomabas café sin azúcar.
Que te frotabas la muñeca derecha cuando estabas nervioso.

Que tendías a morderte el interior de la mejilla cuando estabas concentrado.
Que te reías de verdad con Jimin, aunque fingieras molestia.

Que te gustaban las canciones tranquilas cuando estudiabas.
Que te ponías más bonito cuando estabas cansado...

Y también empecé a notar cosas que no eran tan suaves.

Que rechazabas cualquier cumplido con una facilidad casi automática.
Que minimizabas tus logros.

Que sonreías incluso cuando claramente no te sentías bien.
Que parecía importante para ti no incomodar a nadie con nada...

Era como si hubieras aprendido a existir ocupando el menor espacio posible.

Y eso no me gustaba...

Porque yo empezaba a verte.
De verdad.

Y lo que veía era precioso, sí.
Pero también... agotado.

Y luego vino el día en que tú me viste a mí romperme primero...

-------------------------------------------------------

La gente siempre cree que sabe leerme.

Que por cómo camino, cómo respondo, cómo me río cuando algo me incomoda, soy una persona segura.

No lo soy.

Solo aprendí a cubrir el miedo con dientes apretados.

A parecer a la defensiva antes de que alguien tenga la oportunidad de hacerme sentir pequeño.

A responder con ironía antes de admitir que algo me duele.

No sé exactamente cuándo empezó.

Tal vez cuando era más joven y descubrí lo fácil que era que la gente te pusiera etiquetas si te notaban demasiado sensible.

Tal vez cuando entendí que decir “no estoy bien” solo hacía que la gente se sintiera incómoda.

Tal vez cuando mis propios pensamientos empezaron a correr más rápido que yo.

Lo cierto es que para cuando llegué a la universidad, ya sabía cómo funcionar incluso estando roto.

Hasta que un día...solo dejé de funcionar.

Ocurrió en la biblioteca.

Había estado durmiendo mal por semanas.

Tenía entregas acumuladas.

Un profesor había rechazado un proyecto en el que llevaba días trabajando.

Y mi cabeza llevaba toda la mañana diciéndome cosas horribles con mi propia voz.

No era algo nuevo.

Solo que esa vez todo se juntó.

El sonido de las páginas pasando.
El murmullo de la gente.

La luz blanca.
La presión en el pecho.

La sensación de que me faltaba aire aunque estaba respirando.

Intenté ignorarlo.

Intenté concentrarme en la pantalla de mi laptop.

Pero las letras empezaron a verse borrosas.

Mi corazón golpeó demasiado fuerte.
Mis dedos temblaron.

Y de pronto tuve esa certeza aterradora:

No puedo respirar.

Me levanté tan rápido que la silla rechinó.

No miré a nadie.
Solo salí.

Caminé lo más deprisa que pude hasta llegar al baño del segundo piso y me encerré en uno de los cubículos.
Y entonces colapsé.

Las manos me temblaban tanto que tuve que apretarlas contra mis rodillas.

La respiración me salía en bocanadas cortas.

Sentía el pecho demasiado apretado, la garganta cerrada, la cabeza llena de ruido.

No era la primera vez.
Y eso era casi peor.

Porque ya sabía exactamente lo que estaba pasando y aun así no podía detenerlo.

Vamos… —me susurré a mí mismo—. Vamos, respira, respira, respira

Pero no funcionaba.

Cerré los ojos con fuerza.
Quería que pasara.
Quería desaparecer.

Quería dejar de sentirme tan ridículamente fuera de control.

Y entonces escuché una voz del otro lado de la puerta.

Suave.
Cuidadosa.

—Taehyung.

Abrí los ojos de golpe.
No respondí.

—Taehyung, sé que estás ahí. Soy
Yoongi.

Mi garganta se cerró aún más.

No.

No quería que nadie me viera así...
No quería que me vieras así.

—No voy a abrir si no quieres —dijiste—. Pero me gustaría quedarme.

Me cubrí la boca con una mano, avergonzado de incluso existir en ese momento.

—Vete —logré decir, aunque salió más roto de lo que pretendía.

Hubo un silencio breve.

—No.

No fue una negativa dura.

Fue tranquila.
Firme.
Como si no fueras a moverte.

—Solo escucha mi voz, ¿sí?

Me apoyé contra la pared fría, cerrando los ojos otra vez. Mi pecho ardía intensamente.

—No puedo respirar —susurré.

—Sí puedes. Solo se siente distinto ahora mismo.

Tu tono seguía siendo estable.
Lento.

—No intentes respirar hondo de golpe. Eso a veces empeora la sensación. Solo… acompáñame, ¿sí? Inhala poquito. No perfecto. Solo poquito.

Seguí tu voz como si fuera una cuerda en medio de un lugar oscuro.

—Eso es —murmuraste—. Otra vez.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cinco minutos.
Diez.
Quince.

Solo sé que poco a poco el pecho dejó de doler tanto.

La visión dejó de estrecharse.

Mis manos dejaron de temblar con tanta violencia.

Y tú seguiste ahí.

Sin forzar.
Sin invadir.
Sin hacer preguntas.
Solo quedándote.

Cuando por fin pude abrir la puerta, no levanté la vista enseguida.

Tenía los ojos húmedos.

La cara ardiéndome de vergüenza.
La respiración todavía inestable.

No quería verte compadecerme.

Pero cuando al fin te miré, no encontré lástima.

Solo preocupación.

Y algo mucho más peligroso:
ternura.

Hola —dijiste bajito. Con tus ojos atentos a cualquier reacción mía.

Solté una risa rota.

—Qué humillante...

Tu expresión cambió apenas.

—No digas eso.— sonó triste.

—Debo verme patético.

—No.

Lo dijiste tan rápido que me hizo alzar la vista de nuevo.

—No te ves patético, Taehyung.

Tragué saliva.

No sabía por qué me dolía tanto escucharlo.

Tal vez porque yo sí me sentía así.
Te apoyaste en la pared frente a mí, dejando una distancia prudente.

—¿Quieres agua?

Asentí.

Sacaste una botella de tu mochila y me la ofreciste.

La tomé con dedos todavía algo torpes.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme por eso.
Di un pequeño sorbo, evitando tu mirada.

El silencio reinó por unos minutos.

—Lo odio —admití, en voz muy baja.

—Lo sé.

—Siento que me voy a morir cada vez.

Lo sé.

—Y lo peor es que sé que no me voy a morir, pero mi cuerpo actúa como si sí.

Lo sé.

Levanté la vista.
Frunciste apenas el ceño.

—No te estoy diciendo “lo sé” para quitarle importancia —aclaraste—. Te lo digo porque… de verdad lo sé.

Parpadeé.
Y entonces entendí.

No por completo.
No con detalles.

Pero entendí suficiente.

Que conocías ese tipo de oscuridad.
Que sabías lo que era sonreír mientras por dentro todo se caía.

Que no me estabas mirando desde afuera.
Estabas reconociéndome desde adentro.

Y eso fue peor.

Porque por primera vez en muchísimo tiempo, no me sentí solo.

Y no estaba preparado para lo mucho que eso podía doler.

--------------------------------------------------------

Después de ese día, algo cambió entre nosotros.

No de forma escandalosa.

No fue como en las películas donde de pronto todo se vuelve confesiones a la luz del atardecer y miradas largas con música de fondo.

Fue más simple.

Más real.
Más íntimo.

Empezaste a buscarme también.

A sentarte a mi lado en la cafetería aunque hubiera otros lugares libres.

A mandarme fotos de libros con notas tipo: “Esto te gustaría.”

A pasarme audífonos en la biblioteca para que escuchara una canción “porque sí”.

A preguntarme si había comido.

A decirme “avísame cuando llegues” después de tardes largas en el campus.

Y yo, que llevaba años viviendo con la sensación de que siempre tenía que resistir solo, empecé a notar lo extraña que era esa clase de cuidado.

Porque no era invasivo.
No era insistente.

Solo… estaba.

Como .

Sin hacer ruido.
Sin pedir reconocimiento.

Y quizá por eso mismo me daba tanto miedo...

Una noche nos quedamos hasta tarde en el estudio de arte porque tenía que terminar una pieza para evaluación final. Namjoon y Hoseok se habían ido horas antes. Tú habías llegado con la excusa de “esperar a Jimin”, aunque Jimin estaba claramente en otro edificio y jamás te pidió eso.

—No tienes que quedarte —te dije mientras limpiaba grafito de mis dedos.

—No me molesta.— levantaste los hombros.

—Ya son casi las once.— repliqué mirando el reloj por un momento y regresando a la obra.

—Lo sé...

—Tu dormitorio queda lejos.— insistí.

—También lo sé.

Te miré desde el otro lado del caballete.

Tú estabas sentado en una mesa alta, balanceando una pierna mientras hojeabas apuntes de neuropsicología.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?— sonó mas tosco de lo que queria.

Levantaste la vista.

Y por un segundo, algo vulnerable pasó por tu expresión antes de que lo ocultaras con una media sonrisa.

—Porque quería asegurarme de que terminaras.

Mi pecho hizo algo estúpido.

Bajé la vista enseguida, fingiendo acomodar pinceles.

—Eso es muy… maternal de tu parte.

—Cállate.

Me reí.

Y luego, sin pensarlo demasiado, pregunté:

—¿A ti quién te asegura que tú termines?

El silencio que siguió fue pequeño.
Pero denso.

No era una pregunta compleja.
Ni particularmente profunda.

Y sin embargo, vi exactamente el momento en que algo se cerró en tu mirada.

—Yo mismo —respondiste al final.

Tu tono era tranquilo.
Demasiado.

—¿Y funciona?

—Tiene que funcionar.

—Eso no responde la pregunta...

Te quitaste las gafas para frotarte los ojos.

—No todo necesita una respuesta larga, Taehyung.

Ahí estaba.

La pared.

La reconocí de inmediato porque yo también tenía una.

Y, como suele pasar con las personas heridas, en lugar de retroceder, me piqué.

—A veces pareces un libro cerrado con candado.

—Y a veces tú haces preguntas como si la gente te debiera acceso.

Ouch.
Golpe bajo.

Levanté la vista.

Tú ya te habías puesto las gafas otra vez y habías bajado la mirada a tus apuntes como si nada.

Pero yo sí sentí el golpe.
Porque tenías razón.

Y porque, en el fondo, lo que me dolía no era que te cerraras.

Era que yo empezaba a necesitar que no lo hicieras.

—Bien —dije, más seco de lo que quería sonar.

No respondiste.

El resto de la noche se llenó de un silencio incómodo.

Uno completamente distinto a los que solíamos compartir.

Uno que raspaba.

Y cuando terminé de limpiar mis cosas, recogiste tu mochila de inmediato.

—Te acompaño a tu edificio —murmuraste.

—No hace falta.

Tus dedos se tensaron apenas alrededor de la correa de tu bolso.

—Taehyung—

—Dije que no hace falta.

Te vi apretar la mandíbula.
Luego asentiste una sola vez.

—Está bien.

Y te fuiste.

Solo así.

Sin discutir.
Sin insistir.

Lo peor fue que no me sentí mejor.

Me sentí como una mierda.

Porque no estabas huyendo de mí.
Te estabas protegiendo.

Y yo, en mi necesidad ridícula de entenderte, había apretado justo donde no debía.

-------------------------------------------------------

Dos días después, seguíamos raros.

Nos saludábamos.
Nos escribíamos lo mínimo.

Pero había algo roto en el ritmo que habíamos construido.

Yo lo odiaba.

Y aparentemente no era el único que lo había notado.

—¿Peleaste con Yoongi? —preguntó Jimin de la nada mientras hacía fila conmigo en la cafetería.

Casi se me cae la charola.

—¿Qué?

—Peleaste con Yoongi.

—No.

—Mientes fatal.— bufó virando los ojos.

—No peleamos.

Jimin me miró con una expresión de “por favor, no me hagas perder el tiempo”.

—Ayer pasó veinte minutos mirando un yogur en la tienda del campus.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?— pregunté genuinamente confundido.

—Que Yoongi solo hace eso cuando está pensando demasiado.

—Eso sigue sin decirme qué tiene que ver conmigo.

—Que te estaba evitando pensar directamente, obvio.

Lo miré en silencio.

Jimin suspiró y avanzó un paso en la fila.

—Mira, no me voy a meter en lo que sea que tengan —dijo, aunque claramente ya estaba metiéndose—. Pero si le dijiste algo feo, arréglalo.

Fruncí el ceño.

—No le dije nada feo.

—Entonces algo que le dolió.

Bajé la vista a la charola.

Sí.

Probablemente.

Jimin me observó de reojo y luego su expresión se suavizó un poco.

—Yoongi no es… fácil —admitió—. No porque sea malo. Solo… no sabe muy bien qué hacer cuando siente que alguien lo ve demasiado.

Levanté la vista.

—¿Qué significa eso?

Jimin jugueteó con su vaso vacío.

—Que está acostumbrado a ser útil. A escuchar. A estar para todos. Pero no a ser el centro de la preocupación de nadie.

Tragué saliva.
Eso encajaba demasiado bien.

—A veces creo que si pudiera, desaparecería de sí mismo para seguir estando para los demás —añadió con una sonrisa triste—. Así de absurdo es.

No supe qué decir.
Jimin tomó una bandeja y me miró fijo.

—Si de verdad te importa, no le arranques cosas a la fuerza.

—Yo no—...

—Sí lo haces —me interrumpió con total naturalidad—. Tú presionas cuando quieres entender algo. Se nota. Pero con Yoongi eso no funciona.

Apreté la mandíbula.
Porque otra vez, tenían razón.

Y odiaba cuando la gente tenía razón.

—Entonces, ¿qué se supone que haga? —murmuré.

Jimin sonrió apenas.

Quedarte.

Solo eso.

No presionar.
No exigir.
No intentar “arreglar”.

Quedarte.

Era tan simple que casi me dio rabia.
Y sin embargo, cuando lo pensé mejor, entendí que probablemente era lo más difícil de todo.

Porque quedarse con alguien implica aceptar que no puedes entrar a la fuerza.

Solo esperar a que esa persona te abra.

Y yo nunca había sido bueno esperando.

Pero por ti…
Por ti quería aprender.

------------------------------------------------------

La oportunidad de arreglarlo llegó una semana después.

Y por supuesto, llegó empapada.

Había empezado a llover justo cuando salíamos de clases. Una de esas lluvias de primavera que parecían caer de golpe, gruesas y frías, obligando a todos a correr bajo los techos de los edificios.

Yo había olvidado mi paraguas.
Tú también.

Nos encontramos atrapados bajo el pequeño voladizo del edificio de Humanidades, viendo cómo el agua convertía las escaleras en un río ridículo.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Luego tú soltaste una risa seca.

—Genial.

Te miré.

El borde de tu cabello ya estaba un poco húmedo y tenías esa expresión tuya de resignación silenciosa.

—Podríamos correr —dije.

—Podríamos morir.

—No seas dramático.

—Estoy usando zapatos de tela, Taehyung. Tengo derecho a ser dramático.

Eso me hizo reír.

Y gracias a Dios, tú también sonreíste un poco.

El silencio que siguió ya no se sintió tan tenso.

Aun así, mi pecho estaba apretado.
Sabía que tenía que decir algo.

Lo sabía.

Pero pedir disculpas siempre se me había dado fatal.

Apreté la correa de mi mochila y hablé antes de perder el valor.

—Lo siento...

Te giraste apenas hacia mí.

—¿Por qué?

Solté una risa sin humor.

—Sabes por qué.

No respondiste enseguida.
Así que seguí.

—No debí insistir esa noche. Ni hablarte así después. Yo solo… —exhalé—. A veces me gana esta necesidad estúpida de entenderlo todo. Y cuando no puedo, me pongo a la defensiva. No era contigo. Bueno… sí era contigo, pero no por ti.

Frunciste apenas el ceño, escuchándome con atención.

—Solo que… —tragué saliva—. Me importas más de lo que esperaba. Y eso me pone nervioso. Supongo.

La última palabra salió más baja.

Más honesta de lo que pretendía.
Tus ojos se quedaron sobre mí en silencio.

Luego miraste hacia la lluvia.

—Tampoco fui justo contigo —dijiste al final.

Parpadeé.

—Yoongi—

—No, déjame terminar porque si no me voy a arrepentir.

Asentí.

Tus dedos se enredaron con la manga de tu suéter, un gesto que ya había notado antes cuando estabas incómodo.

—No estoy acostumbrado a que la gente quiera quedarse cuando nota que algo no está bien conmigo —confesaste, sin mirarme directamente.— Normalmente hago que no se note. O lo suficiente para que nadie pregunte demasiado.

Mi pecho se apretó.

—Y tú… tú miras demasiado —añadiste con una pequeña risa avergonzada.

No pude evitar sonreír un poco.

—Ya me lo habías dicho.

—Sí, bueno. Es molesto...

—¿Y también…?

Te giraste.

—¿También qué?

—¿También te gusta?

Tus labios se separaron apenas.
El sonido de la lluvia llenó el espacio entre nosotros.

No te burlaste.
No esquivaste la pregunta.

Solo me miraste.

Y por primera vez desde que te conocí, vi tu vulnerabilidad sin filtro.

Cruda.
Temblorosa.
Real.

—Sí... —susurraste.

Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero de la forma buena.

De la forma en la que se rompe el hielo cuando por fin deja pasar la luz.

Di un paso hacia ti.
Tú no te moviste.

—Yoongi...

Tu respiración se trabó apenas.

—¿Sí?

No pensé.

Solo levanté la mano despacio.
Y te di tiempo de apartarte.

No lo hiciste.

Mis dedos rozaron los tuyos primero.

Fríos.
Ligeramente tensos.

Y luego entrelacé nuestras manos.

Tu respiración cambió.

Lo noté al instante.

La forma en la que tus hombros bajaron apenas.
La forma en la que tus ojos vacilaron hacia nuestras manos un segundo antes de volver a mí.

No estabas acostumbrado.

A eso.

A que alguien te tomara con cuidado en lugar de pedirte que fueras fuerte.
Apreté tu mano apenas.

—No tienes que contarme todo de golpe —dije en voz baja—. No tienes que decirme cosas para que me quede.

Tus ojos se humedecieron un poco.

No lloraste.
Pero estuviste cerca.

—¿Y si un día te cansas? —preguntaste, tan bajito que casi se perdió bajo la lluvia.

No respondí enseguida.

Porque esa era la pregunta real, ¿verdad?

No “¿te gusto?”.

No “¿quieres intentar esto?”.

Sino:

¿Qué pasa si te dejo entrar y luego te vas?

Apreté tu mano con más firmeza.

—Entonces me lo dices tú ese día —respondí—. Pero no decidas por mí antes de darme la oportunidad de quedarme.

Te quedaste mirándome como si esa respuesta te hubiera tocado un lugar demasiado sensible.

Y luego, despacio, hiciste algo que nunca olvidaré.

Te acercaste tú.
Solo un poco.

Lo suficiente para que nuestros hombros se rozaran.

Lo suficiente para que apoyaras la frente contra mi brazo por un segundo, como si estuvieras demasiado cansado para sostenerte solo.

Y juro que en ese instante entendí algo importantísimo:

A veces el amor no empieza con una confesión.

A veces empieza con una persona diciendo, sin palabras:

“Estoy cansado. ¿Puedo descansar aquí un momento?”

Y la otra respondiendo:

“Sí.”


------------------------------------------------------

Después de eso, la distancia entre nosotros se volvió más íntima.

No necesariamente más fácil.

Pero sí más cargada.

Más viva.

Más difícil de ignorar.

Empezaste a escribirme más seguido.

"¿Ya comiste?"

"¿Llegaste bien?"

"No olvides tu carpeta azul."

"Ponte algo decente, hace frío."

Y yo, que siempre había sido torpe para aceptar cuidado, empecé a esperarlo como un adicto.

Una mañana de noviembre, particularmente fría, te encontré esperándome afuera del edificio de Artes con un vaso de café en una mano y la bufanda alrededor del cuello.

-¿Qué haces aquí? -pregunté.

Me miraste de arriba abajo.

-Vine a confirmar algo.

-¿Qué cosa?

-Que efectivamente sigues saliendo vestido como si el invierno fuera un rumor.

Bajé la vista a mi suéter ligero.

-No hace tanto frío.

Me miraste durante tres segundos.
Luego soltaste un suspiro pequeño.

Y te quitaste la bufanda.

No me dio tiempo de protestar.

Simplemente la rodeaste alrededor de mi cuello con movimientos precisos, suaves, y por un segundo tus dedos rozaron la piel detrás de mi oreja.

Fue un contacto mínimo.
Ridículamente mínimo.

Pero sentí el calor subir por todo mi cuerpo de forma completamente injusta.

-Yoongi...- intenté protestar y devolverte la bufanda.

-No quiero escuchar tus quejas si te enfermas antes de finales.

-¿Y tú?

Levantaste el café.

-Intercambio.

Te miré.

Llevabas las mejillas ligeramente sonrojadas por el frío.

Tus pestañas tenían pequeñas gotitas de humedad.

Y tus labios...

Tus labios estaban un poco partidos por el clima.

No debí haber pensado en eso tanto tiempo...
Porque tú levantaste la vista.

Y te diste cuenta de que te estaba mirando demasiado.

-¿Qué? -preguntaste en voz baja.

Negué con la cabeza.

-Nada.- toqué tu nariz suavemente distrayendote.

Pero la verdad era otra.

La verdad era que ya empezaba a preguntarme cómo sería besarte.

Y esa idea se me estaba volviendo cada vez más peligrosa.

--------------------------------------------------------

No empezamos a salir oficialmente al día siguiente

No fue así.

No hubo una “declaración” inmediata.
Ni una etiqueta repentina.

Solo empezamos a estar más cerca.
Más de verdad.

Tú empezaste a buscar mi mano cuando caminábamos solos por los pasillos menos transitados.

Yo empecé a mandarte mensajes a medianoche cuando sabía que estabas despierto estudiando.

Tú me dejabas notas pequeñas dentro de mis libretas.

Yo dibujaba tu perfil mientras fingías no darte cuenta.

Nuestros amigos, por supuesto, lo notaron antes de que nosotros mismos lo admitiéramos.

—Están asquerosamente enamorados —dictaminó Seokjin una tarde, mientras te veía acomodarme distraídamente el cuello de la camisa.

—No estamos enamorados —dijiste demasiado rápido.

—Eso sonó a mentira.

—Tú suenas a señor divorciado.— intenté defenderte.

—Y tú suenas a alguien que no ha dormido bien en tres semanas.– se giró acusando.

—Hyung.

—Ni me “hyung”ees.

Jimin se estaba riendo tanto que casi escupe su bebida.

Jungkook solo nos miró a ambos y sonrió con esa clase de ternura silenciosa que lo hacía parecer peligrosamente perceptivo.

—A mí me caen bien juntos —dijo.

Tú bajaste la vista de inmediato.
Yo sonreí, aunque algo en tu reacción se me quedó clavado.

Porque sí.

Éramos cercanos.
Nos queríamos.

Nos estábamos convirtiendo en algo.
Pero eso no significaba que todo estuviera bien.

Porque quererte no te curaba.
Y estar contigo tampoco me curaba a mí.

Solo hacía algo mucho más importante:
me alcanzaba.

No eliminó mis ataques de ansiedad.
No borró tus inseguridades.

No nos convirtió en versiones mágicamente sanas de nosotros mismos.

Pero sí hizo que dejaran de ser monstruos que enfrentábamos completamente solos.

Había días malos.

Días en los que yo me aislaba porque sentía el pecho demasiado lleno de ruido.

Días en los que tú te sonreías al espejo antes de salir y aun así volvías al cuarto con la mirada rota porque una parte de ti seguía sin creer que fueras suficiente.

Y aprendimos.

Poco a poco.

A decirlo.
A no fingir tanto.

A veces bastaba con mensajes cortos.

“Hoy no me siento bien.”

“¿Quieres compañía o espacio?”

“Compañía.”

Otras veces solo nos sentábamos juntos en silencio.

Y descubrimos que eso también podía ser amor.

No el amor ruidoso.
No el amor espectacular.

Sino el amor que te alcanza una botella de agua.

El amor que te pregunta si ya comiste.

El amor que te espera afuera del salón.

El amor que se queda aunque no haya nada bonito que mostrar ese día.

---------------------------------------------------------

Los celos me llegaron de forma ridícula.

Estaba en el patio central con Hoseok cuando te vi hablando con alguien.

Un chico alto.
Bonito.

Con una sonrisa demasiado segura de sí misma.

Estaba demasiado cerca.
Demasiado cómodo.

Y tú... tú le estabas sonriendo.

Algo dentro de mí se tensó de inmediato.

-No pongas esa cara -murmuró Hoseok sin siquiera levantar la vista de su teléfono.

-¿Qué cara?- intenté hacerme el loco.

-La de "voy a apuñalar a alguien con una cuchara".

-No tengo esa cara.- insistí acomodándome en mi lugar.

-Claro que sí.- insistió.

Yo solo seguí mirándolos...

El tipo se inclinó más hacia ti.

Tú apartaste un mechón de cabello detrás de tu oreja.

Y yo sentí una punzada completamente estúpida atravesarme el pecho.

-No es tuyo, por si se te olvidaba -añadió Hoseok.

-No dije que lo fuera.- arranqué un poco de pasto del suelo.

-Pero eso quisieras...

Lo ignoré, o eso intenté...

Lo peor fue más tarde, cuando en la cafetería Jimin soltó casualmente:

-Ah, sí, ese era Choi Minseok. El ayudante nuevo del laboratorio. Creo que le gusta Yoongi.

Casi me atraganté.
Tú levantaste la vista de inmediato.

-¡Jimin! -frunciste el entrecejo y lo golpeaste con el codo.

-¿Qué? Es verdad.- se encogió de hombros.

-No me interesa.- te justificaste con todos en la mesa.

-Ya, ya. Se nota. Además, tú solo miras a- Le cubriste la boca de golpe.

Yo levanté la cabeza.

Tú estabas rojo.
Completamente rojo.

Jungkook estaba mordiéndose la sonrisa.

Seokjin directamente se giró para ocultarla.

Y yo...
Yo estaba peligrosamente cerca de perder la razón.

-¿Solo miras a quién? -pregunté despacio.

Tus ojos se abrieron apenas.

-A n-nadie.- titubeaste.

-Mentiroso.- Jungkook se rió tomando otro bocado.

-Cállate.- otra vez tu entrecejo se frunció.

Me incliné un poco más hacia ti.

-¿A nadie?- tal vez si empujaba un poco...

-Kim Taehyung, te juro que si sigues...- tu nariz se arrugó con tu leve amenaza.

-¿Qué?- te miré

Te quedaste en silencio.
Y entonces me miraste.

Directo.
Profundo.

Como si estuvieras evaluando si podías o no cruzar una línea.

Dios.

Si me mirabas así otra vez, iba a hacer algo estúpido en público.

Y por la forma en la que tu respiración cambió, tú tampoco estabas tan lejos de hacerlo...

----------------------------------------------------

La noche del casi beso llegó, y por supuesto, como cualquier cliché, fué bajo la lluvia.

Porque el universo es dramático y claramente estaba disfrutando verme sufrir.

Habíamos salido tarde de la biblioteca después de estudiar juntos durante horas. Tú me habías explicado algo de neuropsicología que honestamente jamás iba a necesitar en mi vida, pero seguí escuchándote igual porque cuando te emocionabas hablando de algo, tu voz se volvía más viva.

Más bonita.

Y yo era demasiado débil para resistirme a eso...

La lluvia comenzó justo cuando cruzábamos el patio.

-Mierda -murmuraste.

-¿Trajiste paraguas?

-Lo olvidé en casa... de nuevo.

-Yo igual...

Corrimos hasta refugiarnos bajo el pequeño techo del edificio de Letras, jadeando un poco, con las mangas húmedas y el cabello desordenado.

Tú estabas precioso.

Empapado.
Molesto.
Frío.

Y precioso.

Me miraste apenas.

-Te ves ridículo.- me dijiste con una sonrisa pequeña, intentando burlarte de mi nuevo look.

Sonreí.

-Eso iba a decir yo.- contesté divertido.

Te abrazaste un poco a ti mismo por el frío.
Y sin pensarlo demasiado, me quité el abrigo y te lo puse sobre los hombros.

Tus ojos se abrieron.

-No seas tonto, te vas a congelar.- replicaste intentando quitártelo.

-Yoongi...

-No.

-Yoongi.

-No.

-Min Yoongi, si no te lo pones bien voy a envolverte yo mismo como un taco.

Eso te hizo reír.

Una risa real.
Pequeña.
Hermosa.

Y después... después simplemente te quedaste ahí, mirándome.

Con mi abrigo sobre los hombros.
Con las manos sujetando la tela.

Con el cabello húmedo pegado un poco a la frente.

No sé quién se movió primero.
Tal vez ambos.

Pero de pronto la distancia entre nosotros se sintió mínima.

Peligrosa.

Tu respiración era visible en el aire frío.

La mía probablemente igual de irregular.

-A veces me desesperas -murmuré.

Parpadeaste.

-¿Qué?- aunque un poco confundido no apartaste tu vista de mi.

-Porque siento que estás demasiado cerca... y aun así parece que estás lejísimos.- respondí con un poco de añoranza en mis palabras.

Tu mirada bajó a mi boca.
Solo un segundo.

Pero fue suficiente para volverme loco.

-No me da miedo acercarme a ti -susurraste.

Mi corazón golpeó fuerte.

-Entonces acércate...

El silencio fue brutal.

Tus labios se separaron apenas.
Tu mano subió un poco.

Como si quisieras tocarme.

Pero se quedó suspendida en el aire.
Eso me dolió de una forma extraña.

Porque vi exactamente lo que pasaba.
Querías. Pero no sabías si podías permitirte hacerlo.

Entonces fui yo quien se acercó más.

Yo quien alzó la mano.
Yo quien rozó tu mejilla con la yema de mis dedos.

Tu respiración se quebró.

-Yoongi...

Cerraste los ojos apenas.

Y justo cuando me incliné hacia ti...

-¡AHÍ ESTÁN!

Nos separamos de golpe.
Jimin apareció corriendo bajo la lluvia con Jungkook detrás, ambos completamente empapados.

-¡Llevamos media hora buscándolos! -gritó Jimin.

Yo quería matarlo.

Tú también parecías al borde de cometer un crimen de odio.

Jungkook nos observó.

A ti con mi abrigo.
A mí demasiado cerca.

A nuestras caras.

Y sonrió.
El maldito sonrió.

-Interrumpimos algo, ¿verdad? -preguntó con falsa inocencia.

-No -respondimos al mismo tiempo.
Jimin nos miró unos segundos.

Y luego soltó:

-Mentira.

-------------------------------------------------------

Después de eso, todo se volvió peor...
O mejor.

Depende de cuánto te guste sufrir.

Porque ahora ambos sabíamos.

No lo habíamos dicho todavía.

Pero estaba ahí.

En cada mirada demasiado larga.
En cada silencio cargado.
En cada momento en que uno rozaba al otro y fingía que no era para tanto.

La primera vez que te sentaste demasiado cerca de mí en la biblioteca casi me desconfiguré.

Tu rodilla quedó rozando la mía por debajo de la mesa.

No la apartaste.
Yo tampoco.

Y de pronto leer dejó de ser una actividad viable.

Porque podía sentir tu calor.
Tu perfume.

La forma en la que tu manga rozaba la mía cada vez que pasabas página.
Todo en mí estaba excesivamente consciente de ti.

-No estás leyendo nada, ¿verdad? -preguntaste sin levantar la vista del libro.

Tragué saliva.

-Claro que sí.- me acomodé en mi lugar.

-Llevas cinco minutos en la misma línea.

Te miré.
Tú seguías viendo la página.

Pero había una sonrisa mínima en tus labios.

Maldito.

-Tal vez la línea me impactó emocionalmente.- me justifiqué

-Tal vez eres un idiota.- respondiste deliberadamente.

Me incliné un poco hacia ti.

-¿Solo tal vez?

Entonces giraste la cabeza.

Y de pronto estábamos demasiado cerca.
Demasiado.

Tus ojos se movieron a mi boca.
Los míos bajaron a la tuya.

Y por un segundo no escuché nada.

Ni la biblioteca.
Ni el aire acondicionado.
Ni la gente a nuestro alrededor.

Solo tu respiración.
Solo el impulso absurdo de inclinarme y besarte ahí mismo entre estanterías.

Pero no lo hice.
Y tú tampoco.

Solo te apartaste un poco.

Con esa pequeña tensión en la mandíbula que delataba que a ti también te estaba costando.

Y honestamente, eso me estaba matando.

-------------------------------------------------------

La primera vez que te vi llorar entendí que ya no había vuelta atrás para mí.

Te juro que jamás olvidaré ese día.

Fue después de una exposición oral importante en tu facultad.

Habías estado preparándola por semanas.

Yo lo sabía porque te había visto estudiar hasta quedarte dormido con la mejilla sobre tus apuntes. Porque te había escuchado practicar la introducción una y otra vez, corrigiendo el tono de tu voz, cambiando palabras, dudando de cada diapositiva.

Y porque, aunque no lo dijeras directamente, sabía que te importaba.

Demasiado.

Cuando saliste del edificio, te mandé un mensaje:

¿Cómo te fue?

No respondiste.

Pensé que estabas con tus amigos.

Que estabas ocupado.
Que luego me contarías.

Pero pasaron veinte minutos.

Luego treinta.

Y algo en mi pecho empezó a inquietarse.

Te busqué por la cafetería.

Por el patio.
Por la biblioteca.

Nada.

Hasta que te encontré en una de las escaleras laterales del edificio de Psicología, en ese rincón medio escondido donde casi nadie pasaba.

Estabas sentado en el último escalón.

Con los codos sobre las rodillas.

Llorando en silencio.

Me quedé inmóvil un segundo.
No por incomodidad.

Sino porque sabía que había momentos en los que entrar sin cuidado podía sentirse como una invasión.

Levantaste la cabeza apenas al oír mis pasos.

Tus ojos estaban rojos.
Tus gafas en una mano.

La respiración entrecortada.

Y aun así, lo primero que hiciste fue intentar sonreír.

Eso me partió el alma...

—No hagas eso —dije de inmediato, acercándome.

Tu sonrisa se deshizo enseguida.

—Lo siento.

—No te disculpes.

Me senté a tu lado.

No te toqué todavía.

Esperé.

Y tú tardaste unos segundos en hablar.

—Lo hice mal.

—No lo creo...

—Sí.

—Yoongi...

—Me quedé en blanco dos veces —murmuraste, mirando al frente.— Una compañera expuso antes que yo y lo hizo perfecto. El profesor me hizo una pregunta y respondí algo incompleto. Mi voz tembló. Sentí que todos lo notaron. Y luego… —tu boca se tensó—. Luego no pude dejar de pensar que no debí estar ahí en primer lugar.

Giré completamente hacia ti.

—Eso no es cierto.

—No me salió bien.

—Que algo no te salga perfecto no significa que no debías estar ahí.

Tus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

Y entonces lo dijiste.
La herida verdadera.

—A veces siento que si dejo de ser útil, no queda nada de mí...

El mundo se me cayó al estómago.

Porque ahí estaba.
La raíz.

La cosa horrible que seguramente llevabas arrastrando desde hacía demasiado tiempo.

No “quiero hacerlo bien”.

No “me da miedo fallar”.

Sino:

Si no sirvo, no valgo.”

Me acerqué un poco más.

—Mírame —pedí.

Te costó.
Pero al final lo hiciste.

Tus ojos estaban llenos de una tristeza tan antigua que me dieron ganas de romper algo.

—Escúchame bien, Min Yoongi —dije con toda la firmeza que pude reunir—. No tienes que ser perfecto para merecer cariño. No tienes que hacerlo todo bien para ser valioso. No tienes que estar sosteniendo al mundo para que la gente quiera quedarse contigo.

Tu respiración se quebró.

—Eso suena bonito, pero no se siente real...

—Lo sé...

—Entonces, ¿cómo lo hago real?

Qué pregunta tan cruel.
Tan honesta.

Tragué saliva.

Y respondí con la única verdad que tenía.

—De a poco.

Parpadeaste.
Tomé aire.

—Dejando que te quieran incluso cuando no estás en tu mejor versión. Dejando de tratarte como si fueras una máquina que solo sirve cuando rinde. Dejando que la gente te vea… incluso cuando te da vergüenza.

Tus labios temblaron.

—No sé cómo.

—Yo puedo enseñarte... si me dejas.

Ahí te rompiste.

No de forma escandalosa.
No con llanto fuerte.

Solo te cubriste la cara con ambas manos y empezaste a llorar de verdad.

Y esta vez sí te abracé.

Con cuidado.

Con las manos temblándome un poco a mí también.

Te incliné contra mi pecho y sentí cómo tu cuerpo se rendía despacio al cansancio de estar sosteniéndose demasiado tiempo.

Tus dedos se aferraron a mi suéter.

Y mientras te abrazaba en esa escalera fría, con el atardecer colándose por la ventana lateral, entendí otra cosa:

El amor no siempre salva.

Pero sí puede convertirse en un lugar donde por fin dejas de pelear solo.

---------------------------------------------------

Hubo una noche en particular que cambió algo definitivo en mí.

Era época de exámenes finales.

Todo el campus parecía respirar estrés.

Yo llevaba días durmiendo mal otra vez.

Comiendo poco.
Pensando demasiado.

Tú lo notaste antes de que yo mismo quisiera admitirlo.

—Estás más callado —dijiste esa tarde, mientras caminábamos de regreso a mi residencia.

—Estoy bien.

—Mentiroso.

—Estoy cansado.

—Eso sí te lo creo.

Sonreí un poco.
Pero no te dije más.

No quería preocupararte.
No quería sentirme como una carga.

Qué ironía.
Porque eso mismo te la pasabas diciendo siempre.

Esa noche, alrededor de las dos de la madrugada, desperté con el pecho apretado.

No sé qué estaba soñando.

Solo sé que me incorporé de golpe, jadeando, con el corazón disparado y esa sensación horrible de amenaza sin nombre envolviéndome por completo.

Intenté respirar.
No pude.

Intenté decirme que estaba bien.
No sirvió.

Me levanté tambaleándome, abrí la ventana, caminé de un lado a otro del cuarto.
Nada.

Mi teléfono vibró en el escritorio.

Un mensaje tuyo, enviado unos minutos antes.

¿Sigues despierto?

No sé por qué, pero eso me quebró.
Contesté con dedos temblorosos.

No estoy bien.

Tu llamada entró menos de cinco segundos después.
La acepté de inmediato.

—Taehyung —tu voz salió cargada de sueño y preocupación—. Háblame.

No pude.
Tenía la garganta cerrada.

—Está bien —dijiste enseguida—. No tienes que hablar mucho. Solo quédate conmigo, ¿sí?

Me dejé caer al suelo junto a la cama, apretando el teléfono contra la oreja. El llanto entrecortado había sido la única respuesta hasta ahora.

—No puedo… —logré decir.

—Sí puedes. Ya has salido de esto antes.

—Siento que—

—Lo sé.

Tu voz era tan conocida ya.

Tan ancla.
Tan hogar.

—Mírame —dijiste, y luego te corregiste con una exhalación pequeña—. Bueno, no puedes mirarme, pero tú mírame a mí en tu cabeza. ¿Sí? Estoy aquí.

Cerré los ojos.

Te imaginé.

Tu suéter gris.
Tus gafas mal puestas.
Tu cabello desordenado por el sueño.
Tu ceño fruncido cuando estabas preocupado.

Y me aferré a eso.
A ti.

—Inhala conmigo —murmuraste—. No perfecto. Solo conmigo.

Lo hice.

Mal.
Tembloroso.
Insuficiente.

Pero lo hice.

—Eso es —susurraste—. Otra vez.

No sé cuánto tiempo pasó.
Solo sé que eventualmente pude respirar sin sentir que me estaba ahogando.

Y entonces, agotado, me cubrí la cara con una mano.

—Lo siento —murmuré.
Escuché un pequeño ruido al otro lado.

Como si te hubieras sentado en tu cama.

—¿Por qué te disculpas tanto por necesitar a alguien? —preguntaste.

No respondí.
Porque no tenía una buena respuesta.

Y porque la verdadera era demasiado fea.

Porque me daba miedo que si necesitaba demasiado, un día te cansaras.

Tu voz se suavizó todavía más.

—Taehyung...

—¿Sí?

—¿Puedo decirte algo aunque suene cursi?

Solté una risa débil.

—Tú y tus cosas de psicólogo.

—Cállate y escucha.

Sonreí apenas.

—Bien.

Hubo un segundo de silencio.
Y luego dijiste las palabras que, incluso ahora, creo que se quedaron viviendo dentro de mí para siempre:

—No tienes que convertirte en una versión perfecta de ti para merecer amor. No tienes que sanar solo para ser amado correctamente. Puedes estar en proceso. Puedes estar asustado. Puedes estar cansado. Y aun así… seguir siendo alguien digno de quedarse.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Yoongi…

—Y si alguna vez se te olvida —continuaste, con la voz temblando un poco ahora—, entonces voy a repetírtelo todas las veces que haga falta.

No pude hablar, esa noche solo pude pensar en ti.



------------------------------------------------

La confesión pasó en mi dormitorio.
A las once y media de la noche.

Con dos tazas vacías de ramen instantáneo, apuntes tirados por toda la cama y tú usando una de mis sudaderas porque habías dicho que tenías frío.

No debiste haberte puesto mi ropa.
De verdad no debiste.

Porque ahora te veías todavía más íntimo.

Más cercano.
Más mío de lo que tenía permitido pensar.

Estabas sentado en mi cama con las piernas cruzadas, hojeando uno de tus cuadernos.

Yo fingía estudiar desde el escritorio.

Pero llevaba más de diez minutos leyéndote a ti en lugar de leer cualquier otra cosa.

Sentiste mi mirada.
Levantaste la vista.

-¿Qué?- acomodaste tu cabello un poco.

Sonreí un poco.

-Te queda bien.- empujé un poco.

Bajaste la mirada a la sudadera.
Luego me miraste otra vez.

-¿Solo la sudadera?- empujaste de vuelta.

El aire en la habitación cambió.
Por completo.

Me giré en la silla para quedar frente a ti.

-No me provoques.- chasquié la boca.

Tus labios se curvaron apenas.
Y luego, lentamente, dejaste el cuaderno a un lado.

-Creo que ya es demasiado tarde para fingir que no me gustas.- soltaste de repente y yo...

Mi respiración se detuvo.
Por completo.

-¿Qué?- contesté completamente descolocado.

No apartaste la mirada.

Y por primera vez desde que te conocía, no vi la intención de esconderte detrás de una sonrisa o una broma.

Solo honestidad.

Cruda.
Temblorosa.
Hermosa.

-Eso -murmuraste-. Que me gustas... mucho.

Mi corazón estaba golpeando tan fuerte que me dolía.

-Yoongi...

-Y me da miedo -continuaste, tragando saliva-. Porque no soy bueno con esto. Ni con dejar que alguien me importe tanto. Ni con... querer que alguien se quede.

Eso me rompió.

Porque lo entendía demasiado bien.
Porque yo también tenía miedo.

Yo también había aprendido a vivir a la defensiva.
Yo también estaba acostumbrado a prepararme para la pérdida antes incluso de tener algo.

Pero contigo...
Contigo quería intentar.

-Pero me gustas igual -susurraste-. Incluso con miedo.

No te dejé seguir.
Crucé la habitación en tres pasos y te besé.

Por fin.

Y Dios.

Dios.

Valió cada maldito segundo de espera.

Fue un beso suave al principio.

Tímido.
Casi incrédulo.

Como si ambos necesitáramos comprobar que eso estaba ocurriendo de verdad.

Tus labios eran cálidos.
Suaves.

Y cuando una de tus manos subió a aferrarse apenas a la tela de mi camiseta, sentí una descarga brutal recorrerme entero.

Incliné un poco más la cabeza.

Tú respondiste.

Más seguro esta vez.
Más presente.
Más hambriento.

Y eso casi me mata.

Me acerqué más.

Tú retrocediste apenas sobre la cama.

Yo seguí.

Hasta quedar inclinado sobre ti.

El beso cambió.

Se volvió más lento.
Más profundo.
Más cargado.

Uno de tus suspiros se quedó atrapado contra mi boca y juro que esa pequeña exhalación me hizo perder el poco autocontrol que me quedaba.

Mi mano subió a tu cintura.

Solo para sostenerte.
Solo para acercarte un poco más.

Pero cuando sentí el calor de tu cuerpo debajo de la sudadera, tuve que contenerme con una violencia casi ridícula.

Porque te quería demasiado.
Y eso me hacía ir con más cuidado, no con menos.

Me separé apenas.

Lo suficiente para respirar.

Tus labios estaban hinchados.
Tus ojos brillantes detrás de las gafas ligeramente torcidas.
Tu respiración tan alterada como la mía.

Ibas a matarme.

-Hola -murmuré.

Soltaste una risa bajita.
Desarmada.

Bonita.

-Hola.

Apoyé la frente contra la tuya.

-Me gustas mucho también...

Tus ojos se cerraron.

Y por la forma en la que tu cuerpo se relajó un poco bajo el mío, supe que eso también era algo que necesitabas escuchar.

---------------------------------------------------------

El segundo beso fue peor
Mucho peor...

Porque ya sabíamos a qué sabíamos.
Y eso lo volvió peligroso.

La segunda vez que te besé fue apenas unos minutos después.

Esta vez fuiste tú quien me jaló primero por la camiseta.

Tú quien cerró la distancia.

Tú quien me besó con una inseguridad inicial que duró exactamente dos segundos antes de convertirse en algo mucho más sincero.

Más necesitado.
Más tuyo.

Tu mano encontró mi nuca.

La mía se deslizó lentamente por tu costado, por encima de la tela.

Sin apurar.
Sin forzar.
Solo sintiéndote.

Y honestamente, creo que ese fue el momento en que terminé de perder la razón.

Porque no era solo el beso.

Era el hecho de que eras tú.

Tú, que parecías tan contenido con el mundo, y sin embargo ahora me estabas besando como si llevaras demasiado tiempo aguantándote.

Tu respiración se entrecortó cuando mi pulgar rozó la línea de tu cintura por encima de la sudadera.

Me detuve de inmediato.

-¿Está bien? -pregunté contra tu boca.

Tus ojos se abrieron un poco.
Y luego asentiste.

-Sí.- parecia faltarte el aire.

No te creí del todo.
No porque no quisieras.

Sino porque todavía estabas aprendiendo a no decir "sí" solo por miedo a decepcionar.

Así que bajé la mano.

Y en lugar de seguir por ahí, te acaricié la espalda con lentitud.

Tu expresión cambió enseguida.
Más suave.
Más segura.

-No tienes que hacer nada que no quieras -murmuré acariciando tu nariz con la mía.

Algo en tu mirada se quebró de una forma preciosa.

-Lo sé...

Y luego, muy bajito, añadiste:

-Pero quiero.

Esa frase casi me destruyó.

Porque estaba cargada de algo mucho más grande que el deseo.

Estaba cargada de confianza.
De elección.
De permiso.

Así que te besé otra vez.

Más despacio.

Como si quisiera memorizarte.
Como si quisiera convencer a tu cuerpo de que conmigo no había prisa.

Solo espacio.
Solo cuidado.
Solo ganas inmensas de tenerte cerca.

-------------------------------------------------------

No planeábamos dormir juntos esa noche.
O al menos yo no.

Porque honestamente, si me hubiera puesto a pensar demasiado en la idea de compartir cama contigo después de besarte así, habría dejado de funcionar como ser humano.

Pero pasó.

Naturalmente.
Casi sin darnos cuenta.

Era tarde.
Demasiado tarde.

Tú estabas despeinado, sonrojado y todavía usando mi sudadera.

Yo tenía la boca sensible por culpa tuya y el corazón haciendo cosas completamente indignas.

Y cuando te levantaste de la cama para tomar tu mochila, algo en mí reaccionó antes de que pudiera filtrarlo.

-Quédate.- sonó casi a súplica.

Te detuviste.

Giraste lentamente.
Me miraste.

Y juro que mi pulso se disparó de una forma completamente ridícula.

Porque ahora la habitación estaba demasiado silenciosa.

Demasiado íntima.
Demasiado llena de todo lo que no estábamos diciendo en voz alta.

-¿Seguro? -preguntaste dudoso.

Tragué saliva.

-Sí.

Bajaste la mirada apenas.

Como si la simple idea de ser invitado a quedarte todavía te sorprendiera un poco.

Como si todavía no terminaras de creerte que alguien pudiera querer tu presencia incluso cuando no había una razón práctica detrás.

-Está bien -murmuraste.

No sé por qué ese "está bien" me dio tanta ternura.

Tal vez porque sonó tímido.
Tal vez porque eras tú.

Te presté otra camiseta para dormir.
Y honestamente, eso fue una agresión directa contra mi estabilidad emocional.

Porque cuando saliste del baño con el cabello un poco húmedo, la tela amplia cayéndote sobre los muslos y esa expresión cansada pero tranquila, tuve que mirar hacia otro lado durante dos segundos para no hacer algo irresponsable.

-¿Qué? -preguntaste al notarlo.

Negué con la cabeza.

-Nada.

Entrecerraste los ojos.

-Estás raro.

-Tú estás muy... -me detuve.

-¿Muy qué?

Te miré.
Y decidí decir la verdad.

-Muy bonito.

Tu respiración cambió.
Tus mejillas se encendieron apenas.
Y bajaste la vista.

Dios.

Eso fue peor.
Mucho peor.

Nos metimos a la cama con una tensión tan densa que sinceramente era un milagro que el aire siguiera circulando.

Tú te acostaste de espaldas al principio.

Yo también.

Ambos mirando a la pared como dos idiotas.

Pasaron tal vez treinta segundos.
Quizá un minuto.

Hasta que te moviste un poco.
Luego otro poco.

Y finalmente giraste hacia mí.

-Taehyung....- Tu voz salió bajita.
Casi somnolienta.

-¿Hm?

-¿Puedo abrazarte?

Se me detuvo el alma.
Giré la cabeza hacia ti.

Tus ojos estaban suaves en la penumbra.

Tan abiertos.
Tan sinceros.
Tan tuyos.

-Sí -respondí enseguida.

Te acercaste.
Lento.
Como si todavía estuvieras preguntando con cada centímetro.

Y cuando finalmente te acomodaste contra mi pecho, sentí que algo entero dentro de mí se rendía.

Tu cuerpo estaba tibio.
Tus manos se acomodaron con cuidado contra mi camiseta.

Tu respiración se fue calmando poco a poco.

Y yo, que tantas veces había odiado mi propio cuerpo por no saber regularse, por temblar, por alterarse, por descontrolarse... de pronto sentí algo completamente distinto.

Paz.

Una paz pequeña.

Frágil.
Pero real.

Bajé una mano a tu espalda.
Te acerqué un poco más.

Y entonces, casi en un susurro, dijiste:

-Gracias por no hacerme sentir difícil de querer.

Se me cerró el pecho.
Porque esa frase era demasiado honesta.

Demasiado íntima.
Demasiado triste.

Besé tu frente con suavidad.

-Nunca lo has sido.

Sentí tus dedos aferrarse un poco más a mí.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, me dormí sin sentir que estaba peleando conmigo mismo.

Solo te sentí a ti.
Y fue suficiente.

-----------------------------------------------------

Despertar contigo fue una experiencia profundamente injusta.

Porque no era legal que alguien se viera así de bonito durmiendo.

Tenías el cabello desordenado.
Los labios ligeramente entreabiertos.

Las gafas abandonadas sobre la mesa de noche.

Y una de tus piernas enredada con la mía de una forma tan íntima que mi cerebro simplemente dejó de colaborar.

Tardé unos segundos en recordar dónde estaba.

Y luego otros diez en recordar que tú estabas realmente ahí.
En mi cama.

Después de besarme.
Después de dormir abrazado a mí.

Y sinceramente, estuve a punto de sufrir un colapso romántico ahí mismo.

Tu respiración seguía profunda, todavía dormido.

Y yo, siendo un idiota, me quedé observándote demasiado tiempo.

Hasta que tus pestañas se movieron.
Abriste los ojos lentamente.

Parpadeaste.
Y tardaste exactamente un segundo en darte cuenta de la posición en la que estábamos.

Te pusiste rojo de inmediato.

-Oh.

Sonreí.

-Buenos días.

Tu voz salió más grave por el sueño.
Más suave.

Y eso fue una agresión.

-Buenos días.

No te moviste de inmediato.
Yo tampoco.

Y de pronto ambos parecíamos demasiado conscientes del hecho de que seguías pegado a mí.

De que mi brazo seguía alrededor de tu cintura.

De que tu rodilla seguía entre mis piernas.
De que si cualquiera de los dos respiraba un poco más hondo, esto se iba a volver un problema.

Tu mirada bajó a mi boca.
Y luego subió otra vez.

Silencio.
Peligroso.
Lento.

-Si sigues mirándome así -murmuré- voy a asumir cosas.

Tus labios se curvaron apenas.

-¿Como qué?

Apreté la mandíbula.
Porque ahora lo estabas haciendo a propósito.

-Como que quieres besarme otra vez.

Tus mejillas se encendieron.
Pero no apartaste la vista.

-Tal vez.

Dios.

Subí una mano a tu rostro con lentitud.

Te di tiempo para apartarte si querías.
No lo hiciste.

Mis dedos rozaron tu mejilla.
Tu respiración cambió.

Y luego te besé.
Despacio.

Todavía medio dormidos.

Con esa intimidad peligrosa que solo tienen los besos de la mañana, cuando nadie está actuando y todo se siente demasiado sincero.

Tus labios se abrieron apenas bajo los míos.

Tu mano subió a mi pecho.

Y por un segundo me olvidé de todo.

De la universidad.
Del mundo.
De mis problemas.
De tus inseguridades.

Solo existía esto.

Tu boca.
Tu calor.
Tu cuerpo cediendo un poco más hacia el mío.

El beso se volvió más profundo.
Más lento.
Más cargado.

Y cuando tu pierna se deslizó apenas más arriba por accidente -o quizá no tan accidente- tuve que separarme un segundo para respirar.

Tú también estabas respirando más rápido.

Tus labios estaban enrojecidos.
Tu expresión... completamente desarmada.

-Yoongi -murmuré.

-¿Hm?

Mi mano seguía en tu cintura.
La tuya seguía en mi pecho.

Y ambos sabíamos que si seguíamos mucho más, esa mañana iba a escalar muy rápido.

No era algo malo.

Pero sí algo que quería cuidar.

Porque no quería que nuestra primera vez de verdad se sintiera como un impulso desordenado.

Quería que se sintiera como nosotros.

Así que apoyé la frente contra la tuya y sonreí un poco, todavía sin aliento.

-Si no paramos ahora, voy a perder toda mi dignidad.

Tu risa salió suave.
Avergonzada.

Pero también... satisfecha.

-No sabía que tenías tanta dignidad que perder.

Solté una carcajada.

Y ahí estabas otra vez.
Tú.

El chico que podía besarme como si fuera a incendiarme y luego arruinarme con una sola frase seca.

-Grosero -murmuré.

-Te gusto así.- te escogiste de hombros.

-Desafortunadamente, sí...

Tus ojos se suavizaron.

Y entonces me besaste una vez más.

Pequeño.
Corto.
Tierno.
Como una promesa.

Y supe que no necesitaba correr.

No contigo.

Porque lo que estábamos construyendo ya era demasiado bueno como para apurarlo.

--------------------------------------------------------

La gente suele hablar del deseo como si fuera algo simple.

Como si solo viviera en la piel.

En la boca.
En las manos.
En la cama.

Pero contigo nunca fue solo eso.

Sí, te deseaba.
Muchísimo.

Más de lo que era razonable para mi salud mental.

Deseaba besarte hasta quedarme sin aire.

Deseaba hundir la cara en tu cuello cuando usabas ese perfume suave que siempre me desarmaba.

Deseaba tocarte con la calma que merecías y con la desesperación que me provocabas.

Deseaba quedarme contigo en una cama un domingo lluvioso y no salir jamás.

Pero también deseaba otras cosas.

Deseaba verte creer en ti aunque fuera un poco más.

Deseaba que un día dejaras de pedir perdón por existir cuando estabas pasando un mal momento.

Deseaba que aprendieras a recibir amor sin sospechar que tarde o temprano te lo quitarían.

Y creo que ahí fue cuando entendí la diferencia.

Lo que sentía por ti no era solo hambre.

Era devoción.
Una muy humana.

Muy imperfecta.
Muy torpe.
Pero real.

Porque no quería tu cuerpo separado de tu alma.

Te quería completo.

Con tus nervios.
Con tu sobrepensar.
Con tu sonrisa pequeña.
Con tu miedo.

Con tus ganas de huir cuando algo se volvía demasiado importante.

Y sí.

También con la forma en la que tus manos temblaban un poco cuando me besabas después de decir algo vulnerable.

Especialmente con eso.

---------------------------------------------------------

Nos hicimos novios un viernes cualquiera.

Sin ceremonia.
Sin gran discurso.

Solo estábamos sentados en el césped detrás del edificio de Artes, compartiendo una bolsa de papas y viendo cómo Hoseok intentaba enseñarle a Jungkook una coreografía ridículamente difícil mientras Jimin lo grababa para humillarlo después.

Tu cabeza estaba apoyada en mi hombro.

Mi mano jugaba distraídamente con tus dedos.

Y de pronto dijiste:

—Creo que me gustas demasiado.
Sonreí.

—Creo que eso ya lo sabía.

—No, pero… —levantaste apenas la cabeza para mirarme—. Quiero decir que me gustas de una forma muy seria.

Eso me hizo reír suave.

—Qué romántico. Muy de estudiante de Psicología.

Me diste un pequeño golpe en el brazo.

—Estoy intentando ser vulnerable.

—Y yo lo estoy apreciando.

Pusiste los ojos en blanco, pero estabas sonriendo.

Luego bajaste la mirada a nuestras manos.

—¿Quieres…? —tragaste saliva—. O sea, ¿quieres que seamos… oficialmente?

No te dejé terminar.

Solo te besé.

Fue un beso suave.
Corto.
Un poco torpe por la sonrisa que se me escapó en medio.

Pero cuando me separé, tus ojos estaban enormes detrás de las gafas.

—Eso fue un sí —murmuré.

Y tú te reíste.

Esa risa tuya.
La de verdad.

La que hacía que el mundo se sintiera un poco menos hostil.

No fuimos perfectos después de eso.
Claro que no.

Hubo malentendidos.
Días pesados.

Inseguridades ridículas.

Hubo momentos en los que yo me cerré tanto que te hice sentir lejos.

Momentos en los que tú minimizaste tanto tus propias necesidades que terminé enojándome contigo por no pedir ayuda.

Pero lo intentábamos.
Siempre volvíamos.

Aprendimos a decir “esto me dolió” en lugar de “no importa”.

Aprendimos a pedir perdón sin orgullo.

Aprendimos a no usar nuestras heridas como excusa para herir al otro.

Y eso, honestamente, fue más valioso que cualquier versión ideal del amor.

Porque amar no es solo sentir bonito.

También es aprender a no destruir con tus miedos lo que más quieres.
Y ambos teníamos demasiados miedos.

Pero aun así, nos elegíamos.
Una y otra vez...

---------------------------------------------------------

Así que sí.

Tal vez nuestra historia fue un cliché universitario.

Con lluvia.
Con biblioteca.
Con café compartido.

Con bufandas prestadas.
Con casi besos.
Con celos.

Con tensión insoportable.
Con una cama compartida y una confesión a media noche.

Pero lo extraordinario nunca fue el cliché.

Lo extraordinario fuiste .

Min Yoongi.

El chico de los chalecos bonitos.

De los lentes torcidos después de besarme.

De las manos frías que poco a poco aprendieron a buscarme.

Del corazón inseguro escondido detrás de una sonrisa sincera.

Del cuerpo tenso que empezó a relajarse cuando entendió que conmigo no tenía que fingir tanto.

Tú me enseñaste que el amor no siempre llega como un incendio.

A veces llega como una mano esperando del otro lado de una puerta cerrada.

Como una voz diciendo "respira conmigo".

Como una bufanda alrededor del cuello.

Como un "quédate esta noche".

Como un beso que no exige nada, pero promete mucho.

Y si me preguntas hoy dónde encontré finalmente la respuesta que tanto tiempo estuve buscando...

Te diría la verdad.

La encontré en tus ojos después de llorar.

En tus labios después de besarme.

En la forma en que tu cuerpo se acomodó contra el mío como si hubiera encontrado un lugar donde por fin podía descansar.

Porque la respuesta nunca estuvo en aprender a resistir solo.

La respuesta estuvo en encontrarte a ti.

En el chico que no tomó mi mano la primera vez.

Pero que, al final...

Terminó sosteniéndola más fuerte que nadie.



---------------------------------------------------------

Fin

Ojala encontrar el amor pronto, estoy a una de rendirme y quedarme soltero toda la vida.

Me gusta cuando comentan, digan que tal estuvo!!..

Tengo en mente una historia larga, pronto subiré mas información al respecto!!.

-Ivy

Continue Reading

You'll Also Like

73.6M 6.7M 119
¿Qué harías si una noche encuentras a un chico semi desnudo y cubierto de sangre en tu patio? ¿Qué harías si es atractivo, pero también es perturbad...
143M 8.8M 64
Recién llegada a la elitista universidad Tagus, Jude Derry descubre que ahí todo gira alrededor de las fiestas, los chismes, los ligues y sobre todo...
172K 12.9K 38
Durante la inauguración de las residencias de la UA, se separan en dos edificios: uno para chicos y otro para chicas. Por un error logístico... sobra...
14M 817K 57
¿Y si descubres que el chico que te detesta en realidad está loco por ti? Hugo no soporta a las feministas y Bea no soporta a los fuckboys como él...
Wattpad App - Unlock exclusive features