Surreal

Por Gleihernandez97

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Algunas visiones son advertencias. Otras, condenas disfrazadas de destino. Ella vio el fin. Pero cambiarlo po... Más

El dominio del Don
Cruce de Nubes Londres, 2014
Entre lo normal y lo extraordinario Londres, 2014
Encuentro Casual
El concejo
Capítulo 7
Una Cena y Una Decisión
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Ecos del Pasado
Capítulo 17
Los Hilos Ocultos
El Precio de la Victoria
Una Jaula Dorada
El Cisne y la Hidra
El Fuego de la Traición
La Furia Desatada
Capitulo 24
Capitulo 25
La Semilla de la Calma
El Despertar del Silencio
Ecos en la Mente
Capítulo 29
Capitulo 30
Capitulo 31
Capitulo 32

Entre fuego y cenizas

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Por Gleihernandez97

Venezuela, 2009
El cielo es una herida abierta, sangrando gris sobre la ciudad. Debajo, un mar quieto de escombros se cierne, la tumba de todo lo que alguna vez respiró. Veo siluetas corriendo, retazos de familias con sus hijos y mascotas en brazos. Son sombras que esquivan los edificios caídos, buscando el abrazo de un refugio, un hueco donde el terror que los asedia no pueda alcanzarlos. Siento el sabor del polvo en el aire, la punzada helada del miedo.
Pero esta desolación es solo el umbral. La primera estrofa del horror. La segunda canta una melodía aún más cruel. Tras la devastación forjada por la guerra y la furia desatada del clima, un nuevo jinete cabalga: una pandemia. Un virus que se extiende como una sombra imparable, inmune a la ciencia. Nace de la semilla amarga de la ambición, sembrada en la guerra de potencias lejanas. Y su cosecha es la muerte. Se lleva consigo a casi la mitad del aliento del mundo. Nos deja naufragando en un océano de ansiedad, de angustia, con el horizonte borrado por la incertidumbre.
Quizás alguien, desde la lejanía, podría creer que en la fragua de esta crisis afloraría la nobleza. Pero lo que veo en esta tierra es distinto. Aquí, la compasión es un eco perdido, un fantasma que se desvaneció hace años, devorado por el hambre afilada de la supervivencia.
Despierto. Es una explosión de sudor, mi cuerpo se sacude, agitado. Estoy desorientada por un instante que se siente eterno, hasta que la realidad de la visión se ancla de nuevo. Estas visiones. Son fragmentos de un futuro escrito en sangre y ruinas. Son reales. Y cada vez son más nítidas. Más hambrientas de mi atención. La última, la de la ciudad destrozada y el aire teñido de enfermedad, se clavó en mí con tal nitidez que el calor de las llamas imaginarias ardió en mi piel, un recuerdo fantasma que no se desvanece. El olor a humo se aferra a mis fosas nasales.
Verás, en las venas de las mujeres de mi familia corre un río antiguo: el don de la clarividencia. Se manifiesta cada tres generaciones, buscando siempre a la hija mayor, la Primogénita. Esa ha sido la ley del linaje. La roca inamovible.
Hasta ahora.
Porque el don, con su caprichosa sabiduría, me eligió a mí.
Yo soy la rama más joven. Mi hermana Rebeca. Aunque en el mundo exterior era el remolino de rebeldía y popularidad, en el secreto familiar era ella quien se preparó, la que devoró los libros antiguos de interpretación en el vivero sagrado de mamá. La que memorizó los nombres y las historias del Consejo de Videntes. Ella estaba lista. Su alma esperaba ese llamado. Yo no. A mí nunca me guiaron por ese camino. Mi sueño era de tinta y papel: estudiar literatura en la universidad, quizás encontrar el amor y casarme, tejer una pequeña familia y abrir mi pequeña tienda de libros. Una vida tejida a mano, controlable.
Le pregunto a mamá si había alguna hebra en ese tejido que permitiera pasarle el don a Rebeca. Traspasarlo. Me mira. Sus ojos no reflejan lástima, sino la honda tristeza de un conocimiento ancestral. Niega con la cabeza.
—No se puede, hija —su voz es suave pero firme como una raíz—. El don reside en la sangre. En la sangre de quien lo hereda. Y esta vez, la sangre que lo lleva es la tuya.
No me quedó más opción que cruzar que la aceptación. Aceptar que hay algo en mí, un latido ajeno que no pedí, que nunca quise, pero que ahora fluye con mi propia sangre. Y que, lo sé en lo profundo de mis huesos, algún día me arrancará de esta tierra. Me llevará lejos, a un destino desconocido.
Mamá me dice que debo hablar con Rebeca. Que lo inevitable no puede guardarse bajo llave para siempre. Pero el aliento se me corta. No sé cómo entregarle la herida: cómo decirle que todo por lo que se ha preparado con la devoción de un ritual ya no le pertenece. Que su destino, el que creía tallado en piedra, ahora es el mío. Y, lo más difícil de todo, que no fue mi elección, que no fue mi culpa.
De las dos, Rebeca siempre ha sido la llama más viva, la caprichosa, la temperamental. Confesarle la verdad iba a ser escalar una montaña escarpada. No tengo muchos amigos; ella es la única ancla de mi mundo social. Tengo miedo. Miedo de la grieta que esto abrirá en el puente entre nosotras. Miedo de la tormenta que desatará dentro de ella.
Una noche cualquiera, bajo el manto indiferente de las estrellas sobre el tejado de la casa, le cuento. Desnudo mi verdad. Ella se queda inmóvil. Un silencio que pesa. Sus ojos cafés, siempre tan expresivos, ahora se endurecen. Se vuelven dos fragmentos pulidos de vidrio frío.
—No puede ser verdad —su voz es un hilo apenas audible, tenso.
—Lo es —respondo, mi mirada cayendo al abismo del tejado, incapaz de sostener la suya—. He tenido visiones. Mamá ya me está entrenando.
—¡Eso es absurdo! —El grito rompe la noche. Se levanta de golpe, su cuerpo una chispa de rabia. Empieza a bajar la escalera que desciende del tejado, sus movimientos rápidos y cargados de furia.
—¡Ese don me pertenece a mí! —su voz asciende, una acusación lacerante.
Quiero seguirla. Quiero tender una mano. Explicar. Calmar la tormenta que soy. Pero es inútil. La rabia la ha envuelto.
—Rebeca, espera —intento, aunque mi voz tiembla—. Quizás haya una manera... Podríamos intentar transferirlo, buscar... no sé... otra solución.
Se detiene a mitad de la escalera. Se gira. La mirada que me dedica es puro desprecio, un veneno que nunca había probado de ella.
—¿Transferirlo? —Una risa amarga y quebrada escapa de sus labios—. No seas tonta, Aurora. ¿Acaso no lo entiendes? ¡No hay forma de cambiar la genética! ¡La regla es la regla! ¡Estaba escrito!
Me duele. Sus palabras se clavan como espinas afiladas. Pero más duele el desierto que deja después. Un mes. Un mes entero donde mi existencia parece haberse borrado para ella. Pasaba por mi lado en casa como si fuera un fantasma. Mamá intentó tender puentes, hablarle, pero Rebeca construyó muros a su alrededor. No escuchó a nadie.
Hasta que una noche, la puerta de mi habitación se abre en el silencio denso de la casa. Entra. Se sienta en el borde de mi cama, una figura sombría en la penumbra.
—Está bien —dice, su voz baja, despojada de furia, solo cansancio y dolor—. No puedo cambiarlo. Ya sucedió.
Hace una pausa larga. El aire se espesa con emociones no dichas. Me mira. La dureza en sus ojos se suaviza a regañadientes, pero el dolor, la herida, sigue ahí, palpitando.
—Pero no esperes —dice, su voz recuperando un filo sutil— que sea fácil para mí, Aurora. No lo esperes.
No sé qué palabras podrían siquiera comenzar a llenar el abismo entre nosotras. Se me ahogan en la garganta. Solo la alcanzo. Extiendo mi mano temblorosa sobre la colcha y tomo la suya.
A veces, entre hermanas marcadas por el destino, las palabras simplemente sobran.

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