Por Evelyn:
Volví junto a Abby y en cuanto me tumbé a su lado y me metí en el saco, ella se sobresaltó y me miró asustada.
- Eh, ya he vuelto. No he tardado tanto, ¿no?
Le sonreí y ella no hizo ningún gesto. Sus brazos se abrieron y me envolvieron la cintura para abrazarme suavemente. Me quedé inmóvil, sorprendida y desconcertada. Abby nunca había tenido ningún tipo de gesto afectivo conmigo. Bueno, Abby no hacía muchos gestos, y qué decir ya sobre hablar. Mis brazos envolvieron su pequeño y tembloroso cuerpo para acunarlo. Con mis manos acaricié su espalda tratando de reconfortarla y conseguir que se relajase y volviese a conciliar el sueño. Quizás ella también tenía pesadillas, pesadillas que no era de compartir con los demás y desahogarse como lo hacía el resto. Conseguí que volviera a meterse en su saco, la arropé, y finalmente se durmió. Le imité y me tumbé de lado, de cara a ella. Nunca había sido capaz de dormir de otra forma que no fuese de lado. Cerré mis ojos y suspiré pesadamente. Me sentía tan cansada. Tanto física como emocionalmente. Mi memoria se encargaba de torturarme cada día. Los anhelos no variaban mucho, pero si iban en aumento. Al principio solo era mi familia, ahora añoraba tanto mi cama, el ambientador de vainilla que había sobre mi mesita de noche, añoraba los churros que cada domingo mi padre nos traía a Joyce y a mí, añoraba un buen baño caliente, añoraba mi coche, mi vieja hojalata azul que me llevaba a donde quisiera, añoraba incluso la universidad, ¡hasta los exámenes!, las petardas de clase, los capullos de mi barrio, el maldito perro de mi vecino que nunca dejaba de ladrar y mear en las ruedas de mi coche. Añoraba mi antigua vida. Y recordando todas aquellas cosas que añoraba y que quizás jamás volvería a ver o a vivir, pensé en las que sí tendría que ver y vivir a partir de ahora. Como por ejemplo, tendría que vivir con el Sargento Fletcher rondándome constantemente y marearme y confundirme en cada uno de nuestros encuentros. Sin duda, tenía que hacer algo para pararle los pies. No podía seguir así. No podía permitirle que jugase a su antojo conmigo, que me utilizase como quería. No podía caer en su trampa cada vez que me susurrara algo al oído o cada vez que sus enormes iris verdes me observaran. Tenía que recuperar el respeto que me había perdido, tenía que poner en pie mi orgullo y mi dignidad después de cómo lo había pisoteado tan solo unos minutos atrás. Si quería jugar, íbamos a jugar. No iba a rendirme. No iba a dejarle creer que era una dama en apuros y que siempre le necesitaría. No iba a dejarle creer que me atraía de sobremanera por más obvio que fuese. Habíamos empezado una guerra y yo había perdido la primera batalla, pero esto solo era el principio de lo que estaba por llegar.
Continué pensando y planificando cómo iba a vengarme del chico Fletcher hasta que el sueño me venció. Y así fue como caí rendida y vencida ante el agotamiento, con aquellos ojos verdes como última imagen antes de que todo se volviese negro.
-o-
– ¡Arriba!
Uno de los soldados alzó la voz y despertó a todo el campamento que habíamos formado. Poco a poco y entre todos recogimos los sacos y provisiones y desalojamos el bar. El sol estaba saliendo. Debía de ser muy temprano. El Sargento Fletcher acostumbraba a aprovechar todas las horas de luz posible para viajar. Estaba acostumbrada a madrugar, pero no tanto. A esas horas además del terrible sueño que tenía, el frío se calaba en mis huesos y me hacía castañear los dientes. Noviembre estaba muy cerca y la bajada de las temperaturas se hacía cada vez más notable. Envolví a Abby en una manta y rodeé sus hombros con uno de mis brazos, manteniéndola contra mi costado. Volvimos a subir al furgón y cada uno se sentó donde pudo. ¿Cuánto más duraría aquello? La idea de que el resto de mis días fueran así tal y como estaban siendo hasta ahora, me provocaban arrojarme a uno de aquellos seres y que acabase con mi sufrimiento.
-o-
Habíamos pasado por un pueblo y topamos con un polideportivo. Aquello era tan bueno como peligroso. Era una gran oportunidad. Había mucho espacio, duchas, sí, duchas, por fin. Podría ser seguro y sería un buen lugar para alojarnos, mientras los militares intentaban contactar con los del refugio que esperábamos encontrar al día siguiente.
Pasada media hora, vinieron una decena de soldados y nos escoltaron hasta el complejo. Había sangre en la entrada, en las puertas y en algunos pasillos, pero nadie se atrevía a preguntar. Todos sabíamos qué había pasado, quizás solo unos minutos atrás. Mientras estuviésemos a salvo nada más importaba. Ahora no importaba el precio que hubiese que pagar por seguir respirando.
-o-
No sabía cómo iba a hacerlo, no sabía si Abby se dejaría o por el contrario huiría despavorida. Pero tenía que conseguir que se duchase como fuese. Quién sabe cuándo podríamos volver a tener otra oportunidad de darnos una ducha. Era increíble cómo había cambiado eso. Una cosa tan simple, como darse una ducha, algo que todos hacíamos diariamente y sin darle apenas importancia, ahora era como que te tocase la lotería. Me sentía privilegiada y afortunada.
Abby estaba nerviosa y sostenía mi mano mientras miraba inquieta a todas partes. Estábamos en la cola esperando para poder ducharnos, con una muda y una toalla para cada una que habían repartido los militares. Llevábamos más de cuarenta minutos esperando, y es que estábamos casi al final de la fila.
- ¿Aún seguís aquí?
Bruce acababa de salir de las duchas y llevaba colgando su ropa sucia y la toalla. Se acercó hasta Abby con una sonrisa y le acarició la cabeza. Ella se aferró a mi muslo, apretando mi mano con más fuerza. Bruce aún le asustaba.
- Abby, sabes que no voy a hacerte daño, pequeña. - él lo intentaba cada día, pero Abby era realmente difícil.
- Esto es desesperante. Sé que todos necesitamos ducharnos y que las mujeres tardan un poco más, pero, ¿cómo puede ser que tarden tantísimo? A este paso nos iremos y aún no nos hemos duchado. - Abby con su nerviosismo había conseguido ponerme a mí nerviosa también. Abby y mi terrible falta de paciencia para todo.
- Sí que están tardando, sí. Quizás si todos los hombres acaban antes podáis dividiros en ambos vestuarios. - Bruce se puso de pie y se rascó su canosa barba, dudando. - Quizás no os de tiempo de llegar a cenar, pero puedo guardaros la cena hasta que lleguéis.
- ¿Nos harías el favor? - Bruce sonrió y yo no pude evitar sonreír también, agradecida. - Muchas gracias, Bruce, te debo una.
- Tonterías, Evelyn. Sabes muy bien que me gusta cuidar de vosotras dos.
Bruce se marchó y yo volví a echar un vistazo a aquella cola que no parecía adelantar nunca.
-o-
Y tal y como dijo Bruce, la hora de cenar se nos había pasado. No sé si sería mi desesperación, el cansancio, la irritación que iba acumulando cada día, o en sí todo en conjunto, pero a mi parecer, las dos señoras que iban delante de nosotras estaban tardando más que todas las demás. Parecía que lo habían hecho adrede. Abby incluso se había sentado en el suelo, estaba tan cansada de esperar como yo. Cuando por fin salieron, casi me echo a llorar de alegría. No podía creerme que por fin fuese nuestro turno. Cogí a Abby de la mano y entré con ella y con nuestras toallas en el vestuario. Eché una rápida ojeada. Era un vestuario como cualquier otro. Todo alicatado, taquillas metálicas, bancos y duchas, muchas duchas individuales. Reprimí un grito de emoción al ver todas esas duchas. Casi podía sentir el agua caliente cayendo por mi piel y arrastrando toda la suciedad de estos días atrás. Añoraba tanto la sensación de limpieza, la suavidad, el olor a jabón. Pero entonces, cuando me dedicaba a andar hacia una de las duchas, caí en la cuenta. Tenía que duchar también a Abby. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Me giré hacia ella y me arrodillé para quedar ambas a la misma altura. Tomé ambas de sus manos y tomé una bocanada de aire, intentando buscar las palabras adecuadas para afrontar la situación y conseguir el objetivo deseado: salir las dos duchadas y bien limpitas de aquel sitio.
- Abby, ¿sabes por qué estamos aquí, verdad? – ella solo se dedicaba a mirarme con un dedo metido en la boca. – Tenemos que ducharnos. Si quieres puedo ayudarte yo, o también puedes hacerlo tú solita. – aguardé unos segundos para ver si hacia algún gesto que me revelase qué era lo que pensaba, pero no tuve esa suerte. – Bien, tenemos que quitarnos la ropa. Si quieres empiezo yo. No pasa nada ¿vale? Las dos somos chicas y bueno, mi cuerpo era como el tuyo, pero ahora he cambiado porque soy mayor. Cuando tú seas mayor también tendrás un cuerpo como el mío. No tienes que asustarte, cielo. No sientas vergüenza conmigo. Mira, nos quitaremos la ropa a la vez, ¿de acuerdo?
Me puse en pie y me pasé una mano por la cara que luego acabo enredada en mi pelo. Quizás estaba yo más nerviosa que ella, pero es que no sabía cómo podría verse desde fuera, pero para mí era un asunto delicado. Sabe Dios que esto no tenía maldad alguna, y mucho menos algún tipo de connotación sexual. Solo quería que ambas estuviésemos limpias después de una semana sin tocar apenas el agua. ¡Era una cuestión de higiene y de salud!
- Empecemos.
Tomé una bocanada de aire y miré al techo, deshaciéndome de mi jersey burdeos. Quedé en sujetador frente a Abby y la miré con inseguridad. Ella solo me miraba con sus hermosos ojos azules de forma curiosa. Aún seguía con su pequeño dedo en la boca, cosa que encontré muy adorable. Le dediqué una dulce sonrisa, aquello me hizo relajarme un poco, pero entonces vi como sus ojos se desviaban de los míos para empezar a examinar con atención mi torso semidesnudo. De nuevo la inquietud y el nerviosismo se instaló en mi cuerpo. Suspiré frustrada e intenté sonreírle de nuevo.
- Vamos allá.
-o-
Aún tenía el pelo mojado pero ahora no me preocupaba mucho. Estaba hambrienta. Cuando acabamos de ducharnos, salimos de los vestuarios y buscamos a Bruce, quién había preparado nuestros sacos y nos había guardado nuestra ración de comida tal y como prometió. Ahora me encontraba con una sudadera puesta que traía conmigo desde el principio, y los vaqueros. Lavé tanto como pude nuestra ropa, en especial la parte de arriba y la ropa interior. Había conseguido secarlas y nuestro aspecto ya no era similar al de un sin techo. Abby estaba comiendo sola su sándwich mixto y tenía sobre sus piernas cruzadas la manzana que debía comerse después. Yo ya me había terminado mi sándwich y ahora estaba devorando la manzana. Bruce se reía por mi forma tan primitiva de comer, pero es que hablaba en serio cuando decía que estaba hambrienta.
Cuando me dispuse a dormir tras limpiar y recoger los restos de la cena, hice recuento de todas mis pertenencias. Llevaba un buen rato con aquella sensación de que algo se me olvidaba. Parecía que no me faltaba nada, hasta que me caí en la cuenta de qué era lo que me faltaba, el sujetador. Me había dejado el sujetador en los vestuarios. Toda mi ropa estaba guardada en mi bolsa pero había olvidado ponerme el sujetador tras la ducha por cuestión de comodidad, y lo dejé allí tirado en el banco. Reprimí un grito y mis mejillas empezaron a arder con fuerza. Estaba tan roja que Bruce me miró preocupado y alzó su mano para colocarla sobre mi frente.
- ¿Te encuentras bien? Estás ardiendo. ¿Has cogido frío? Si estás enferma debemos avisar inmediatamente al Sargen... - pero entonces solo de imaginar que Ashton vendría a verme, que al final tendría que contarle la verdad, de cómo me miraría los próximos días y cómo se reiría de mí, grité totalmente abochornada.
- ¡No! – Las personas que estaban a nuestro alrededor se quedaron mirándome mientras que Bruce había dado un salto hacia atrás y me miraba asustado por el repentino grito. – Quiero decir, ¿para qué llamarles? Estoy bien, de verdad. Es solo...- no podía decírselo, tenía que inventar una excusa. –...ya sabes...problemas de chicas... - me mordí el labio inferior con fuerza y agaché mi cabeza avergonzada. No sabía si lo que le estaba insinuando era más vergonzoso que el problema real. Pero ya no había vuelta atrás. –
- Oh...- Bruce se rascó la nuca incómodo y miró hacia otro lado. – Claro. Había olvidado esos detalles... disculpa.
- No, no, todo está bien. ¿Cómo ibas a saberlo? – me reí nerviosa y me puse en pie rápidamente. – Discúlpame un momento, necesito volver a los vestuarios.
Salí de allí corriendo esquivando los diferentes sacos extendidos sobre el duro y frío suelo del pabellón. Algunos ya se habían metido dentro y estaban dormidos, otros lo intentaban, otros lloraban sus pérdidas, otros conversaban animadamente con los de alrededor. Y luego estaba yo, intentando recuperar mi sujetador y rezando porque no se lo hubiese llevado nadie. No tenía más. No podía pasar el resto de mi vida sin sujetador, ¡se me iban a caer las tetas! Perdón, el pecho.
Entré en el vestuario y recorrí con la mirada todo el lugar, revisando cada banco hasta que por fin di con mi objetivo. ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! Allí estaba. Corrí hacia él y lo abracé con una sonrisa enorme. No sería como aquellas mujeres de los países tercermundistas que llevaban el pecho a la altura del ombligo. Vale, aunque estuviésemos en esta situación, aún me quedaba amor propio y siempre había sido muy presumida. Sentí todo mi cuerpo relajarse y tomé una bocanada de aire antes de salir de allí y volver a mi sitio junto a Bruce y a Abby. Iba mirando hacia mi sujetador con una sonrisa, tan contenta y aliviada que me sumí en mis pensamientos que se me olvidó levantar la cabeza para mirar por donde iba. De repente choqué contra alguien y perdí el equilibrio. Cerré los ojos automáticamente esperando el golpe pero después de un par de segundos, los volví a abrir y en lugar de encontrarme el suelo me encontré a un sargento muy sonriente y que me miraba divertido. Mierda.
- ¿A dónde ibas con esa sonrisita? ¿Te has echado novio y no me has dicho nada? – su sonrisa se ensanchaba por segundos, sus hoyuelos perfectamente marcados provocaron que mi labio inferior fuese atrapado por mis incisivos.
- No seas absurdo. – Y entonces me di cuenta de que estaba en sus brazos. Él había evitado que me cayese y ahora estábamos en mitad del pasillo casi abrazados. Y digo casi porque mientras él me envolvía con sus brazos, yo mantenía los míos pegados a mi pecho, con el sujetador en mis manos. Oh, mierda, ¿se habría dado cuenta? – Gracias. Y perdona pero tengo prisa. – mis mejillas volvieron a colorearse y empecé a ponerme nerviosa. No quería ni imaginar que me descubriese. Necesitaba salir de allí ya. No podía permitir más jueguecitos por su parte. No iba a ser débil, no esta vez.
- ¿Por qué te has puesto colorada? ¿Es que ahora te da vergüenza hablar conmigo? – alcé mis ojos y con ellos una de mis cejas. Estaba incrédula. ¿Acaso era posible que fuese más egocéntrico?
- ¿Eres tonto? No todo gira entorno a ti, sabes. – bufé y traté de separarme de él pero entonces ejerció una mayor presión sobre mí y me apretujó a su cuerpo. - ¿Se puede saber qué haces? Suéltame. Te he dicho que tengo prisa.
- Iba a ducharme, pero entonces me topé contigo y pensé que quizás sería más divertido ducharnos juntos... aunque ya veo que te has duchado sin mí. Te parecerá bonito. – no perdía la sonrisa. Una de sus manos se alzó y atrapó uno de mis mechones húmedos y lo enredó en uno de sus dedos para juguetear con él. Yo no era capaz de articular palabra. Aquella frase de "sería más divertido ducharnos juntos" me había dejado atontada. Bueno, más bien la imagen que se formó en mi cabeza automáticamente. No, Evelyn, no. No seas débil, no caigas en su trampa. - ¿Qué llevas ahí?
- ¿Qué...? – murmuré. Mi voz se había quebrado y todo el color que había en mi cara hace segundos atrás, ahora había desaparecido. – N-nada... - me puse más nerviosa si podía y empecé a moverme intentando zafarme de su agarre. – Ashton, déjame. – alcé la voz y él me soltó de tal manera que al relajar mis brazos, se me escapó el sujetador de entre mis manos y cayó al suelo. Quise morirme en ese momento. Su mirada se desvió de mis ojos hasta el suelo y mis ojos se cerraron automáticamente. No podía mirar qué cara tendría tras ver qué era lo que guardaba. Me costaba respirar. Escuché su risa y cuando volví a abrir mis ojos, me encontré a Ashton con mi sujetador en sus manos, acariciándolo. Esto tenía que ser una broma.
- Vaya... pensaba que las chicas buenas no llevaban lencería roja. Siempre he dicho que las buenas son las peores... - volvió a reírse. Me hervía la sangre y yo solo quería golpearle tan fuerte hasta dejarle inconsciente. – ¿Sabes? Imaginaba esto de otra manera. Pensaba que cuando tu sujetador estuviese en mis manos fuese porque te lo habría quitado yo mismo.
¡Plaf! No sé de dónde había sacado la fuerza ni el valor, pero hasta yo misma me había sorprendido. Sostuve la mano con la que acababa de cruzarle la cara y la miré incrédula. Su cara estaba girada, su mejilla había adquirido un tono rojo que se intensificaba por momentos. Volvió a sonreír, esta vez con los ojos cerrados y se llevó una de sus manos a la zona donde le había golpeado. Vi mi oportunidad de oro y le arranqué de las manos mi sujetador, escondiéndolo tras mi espalda. No sabía si irme de allí, quedarme y pedirle perdón, gritarle y decirle que quién se creía para hablarme así, o sencillamente morirme del bochorno.
- Y-yo... - pero antes de que pudiese decir nada más me corto. Y lo agradecí, porque realmente no sabía por qué había empezado a hablar cuando no sabía qué decir.
- Lo que yo decía, sois las peores... – pero lejos de sonar enfadado, su tono de voz era más bajo y en él había... ¿lujuria? Su voz era más grave y arrastraba las palabras con sensualidad.
Y justo cuando iba a decir algo en mi defensa, me encontré pegada a la pared con sus manos envolviendo las mías y con nuestros brazos por encima de mi cabeza. Su cuerpo me mantenía aferrada a la pared y se encargaba de no dejar espacio posible entre nosotros para que no pudiese escapar. Alcé mis ojos y vi mi sujetador entre nuestras manos entrelazadas. Mis mejillas volvieron a colorearse y mi respiración se agitó bruscamente. ¿Iba a pegarme? ¿Qué demonios pensaba hacerme?
- Eres una caja de sorpresas, Evelyn Miller. – su nariz acariciaba la mía suavemente, sus ojos se clavaban en los míos y podía sentir su respiración contra mis labios. – Y cuando creía que no podías atraerme más, resulta que tienes carácter y valor para levantarle la mano y cruzarle la cara a un sargento. – una pequeña risa se escapó de entre sus labios. Su nariz acariciaba ahora mi mejilla muy lentamente y yo cerré los ojos por inercia. Me mordí el labio inferior una vez más, ya empezaba a doler de hacerlo tantas veces seguidas. Sus labios se plasmaron en mi mejilla y no pude evitar que un suspiro se escapara de mis labios. – Me golpeas pero sin embargo no te molesta tenerme así de cerca...
Yo no era capaz de decir nada. Era débil, demasiado débil. Por más que intentase ser fuerte y parecer indiferente, era inútil. Me gustaba, me gustaba mucho y mi cuerpo reaccionaba ante la atracción ignorando lo que mi orgullo quisiera. Mis dedos se relajaron y envolvieron sus manos, mis ojos se abrieron y les miraron con lujuria. No podía engañarme ni a mí ni a nadie. Nuestras miradas se cruzaron y el silencio reinaba entre ambos. Mis ojos decían todo aquello que mi boca no era capaz de decir. Sus hoyuelos seguían ahí, marcados gracias a su sonrisa. Nuestras narices volvieron a rozarse y nuestras cabezas se habían inclinado cada una hacia el lado contrario. Su cuerpo se había inclinado más sobre el mío si eso era posible y me sonrojé al pensar en el detalle de que yo no llevaba sujetador. Estábamos tan apretados y él sabía que yo no llevaba nada debajo de la sudadera.
- Estás muy sexy cuando te sonrojas, casi tanto como cuando te muerdes el labio. – y sus labios comenzaron a acariciar los míos muy suavemente. Oh dios, y yo pensando que me iba a pegar. Lo que iba a hacer era pegarme un beso. Qué idiota soy. Sus labios seguían jugando a acariciar los míos pero nunca los llegaba a besar. Cuando era yo quién intentaba besarle, él los apartaba y eso me hacía gruñir. – Pídemelo y te daré lo que quieres. Solo pídemelo. – susurró contra mis labios, mordiéndose el labio inferior. Ahora era él quién lo hacía y yo la que se derretía ante el gesto.
- Bésame de una maldita vez, Ashton. – protesté.
Le oí jadear y acto seguido sus labios chocaron con los míos. Los atrapó y los besó con necesidad. Sus labios se movían expertos sobre los míos, acariciándolos, mimándolos, succionándolos con los suyos propios. Empezó siendo salvaje, era un beso desesperado e intenso. Un beso que nos estaba dejando sin aire a los dos. Cuando paramos para coger aire tras un minuto besándonos así, fui esta vez yo la que tomó sus labios y los besó más dulcemente. Mis labios acariciaban los suyos, disfrutando de la suavidad de su tacto y de la carnosidad que los caracterizaba. Mis dientes atraparon su labio inferior y tiraron de este hacia mí para volver a besarle. Nuestras cabezas se inclinaron aún más para que la fricción fuese mayor. Su cuerpo se relajó y se alejó tan solo unos centímetros para dejar espacio entre nosotros y así poder acomodarnos mejor el uno sobre el otro. No podía creer que esto estuviese sucediendo. Se sentía tan bien. Me gustaba que me besase con rudeza y pasión, me encantaba, pero también me volvió loca cuando se relajó y fue tierno y dulce conmigo. El Sargento Fletcher besaba tan bien. Siendo honesta, deseaba esto desde la primera vez que lo vi, cuando me ayudó con mi crisis de ansiedad. Siempre le había deseado. Siempre había sido débil ante él, con su actitud dominante y su aspecto tan condenadamente sexy, con sus iris verdes que tantas veces se me habían aparecido en sueños. Porque sí, desde que le había conocido, me había vuelto débil, pero solo porque sabía que mi sargento estaría ahí para todo lo que yo necesitase.